XIII

«Ya está mi Sr. Araceli en campaña --me dije--. El miércoles a las doce

de vuelta en Bernuy... ¡en buena me he metido!... Si la inglesa da en

el hito de acompañarme, soy hombre perdido... Pero me opondré con toda

energía, y como no entre en razón, denunciaré al general en jefe el

capricho de su audaz paisana para que acorte los vuelos de esta sílfide

andariega y voluntariosa.»

No era tanta mi inmodestia que supusiese a Athenais movida

exclusivamente de un antojo y afición a mi persona; pero aun creyéndome

indigno de la solícita persecución de la hermosa dama, resolví poner

en práctica un medio eficaz para librarme de aquel enojoso, aunque

adorable y tentador estorbo, y fue que, bonitamente y sin decir nada

a nadie, como D. Quijote en su primera salida, eché a correr fuera de

Sancti Spíritus y delante de la vanguardia del ejército, que en aquel

momento comenzaba a salir para San Muñoz.

Pero juzgad, ¡oh señores míos! ¡cuál sería mi sorpresa cuando, a poco

de haber salido espoleando mi cabalgadura, que en el andar allá se iba

con Rocinante, sentí detrás un chirrido de ásperas ruedas y un galope

de rocín y un crujir de látigo y unas voces extrañas de las que en

todos los idiomas se emplean para animar a un bruto perezoso! Juzgad

de mi sorpresa cuando me volví y vi a la misma Miss Fly dentro de un

cochecillo indescriptible, no menos destartalado y viejo que aquel de

la célebre catástrofe, guiándolo ella misma, acompañada de un rapazuelo

de Sancti Spíritus.

Al llegar junto a mí, la inglesa profería exclamaciones de triunfo. Su

rostro, enardecido y risueño, era como el de quien ha ganado un premio

en la carrera; sus ojos despedían la viva luz de un gozo sin límites;

algunas mechas de sus cabellos de oro flotaban al viento, dándole el

fantástico aspecto de no sé qué deidad voladora de esas que corren por

los frisos de la arquitectura clásica, y su mano agitaba el látigo con

tanta gallardía como un centauro su dardo mortífero. Si me fuera lícito

emplear los palabras que no entiendo bien aplicadas a la figura humana,

pero que son de uso común en las descripciones, diría que estaba

_radiante_.

--Os he alcanzado --dijo con acento triunfal--. Si _Mistress_ Mitchell

no me hubiera prestado su carricoche, habría venido sobre una cureña,

Sr. Araceli.

Y como nuevamente le expusiera yo los inconvenientes de su

determinación, añadió:

--¡Qué placer tan grande experimento! Esta es la vida para mí:

libertad, independencia, iniciativa, arrojo. Iremos a Salamanca...

Sospecho que allí tendréis que hacer, además de la comisión de Lord

Wellington... Pero no me importan vuestros asuntos. Caballero, sabed

que os desprecio.

--¿Y qué hice yo para merecerlo? --dije poniendo mi cabalgadura al

paso del caballo de tiro y aflojando la marcha, lo que ambas bestias

agradecieron mucho.

--¿Qué? Llamar locura a este designio mío. No tienen otra palabra

para expresar nuestra inclinación o las impresiones desconocidas, a

los grandes objetos que entrevé el alma sin poder precisarlos, a las

caprichosas formas con que nos seduce el acaso, a las dulces emociones

producidas por el peligro previsto y el éxito deseado.

--Comprendo toda la grandeza del varonil espíritu de usted; pero

¿qué puede encontrar en Salamanca digno del empleo de tan insignes

facultades? Voy como espía, y el espionaje no tiene nada de sublime.

--¿Querréis hacerme creer --dijo con malicia-- que vais a Salamanca a

la comisión de Lord Wellington?

--Seguramente.

--Un servicio a la patria no se solicita con tanto afán. Recordad lo

que me dijisteis acerca de la persona a quien amáis, la cual está

presa, encantada o endemoniada (así lo habéis dicho) en la ciudad a

donde vamos.

Una risa franca vino a mis labios; mas la contuve diciendo:

--Es verdad; pero quizás no tenga tiempo para ocuparme de mis propios

asuntos.

--Al contrario --dijo con gracia suma--. No os ocuparéis de otra cosa.

¿Se podrá saber, caballero Araceli, quién es cierta condesa que os

escribe desde Madrid?

--¿Cómo sabe usted?... --pregunté con asombro.

--Porque poco antes de salir yo de la casa de Forfolleda, llegó un

oficial con una carta que había recibido para vos. La miré, y vi unas

armas con corona. Vuestro asistente dijo: «Ya tenemos otra cartita de

mi señora la condesa.»

--¡Y yo salí sin recoger esa carta! --exclamé contrariado--. Vuelvo al

instante a Sancti Spíritus.

Pero Miss Fly me detuvo con un gesto encantador, diciendo con gracejo

sin igual:

--No seáis impetuoso, joven soldado; tomad la carta.

Y me la dio, y al punto la abrí y leí. En ella me decía simplemente,

a más de algunas cosas dulces y lisonjeras, que por Marchena acababa

de saber que nuestro enemigo se disponía a salir de Plasencia para

Salamanca.

--Parece que os dan alguna noticia importante, según lo mucho que

reflexionáis sobre ella --me dijo Athenais.

--No me dice nada que yo no sepa. La infeliz madre, agobiada por el

dolor y la impaciencia, me apremia sin cesar para que le devuelva el

bien que le han quitado.

--Esa carta es de la mamá de la encantada --dijo la señorita Mariposa

con incredulidad--. Forjáis historias muy lindas, caballero; pero que

no engañarán a personas discretas como yo.

Recorrí la carta con la vista, y seguro de que no contenía cosa alguna

que a los extraños debiera ocultarse, pues la misma condesa había

hecho público el secreto de su desgraciada maternidad, la di a Miss

Fly para que la leyese. Ella, con intensa curiosidad, la leyó en un

momento; y repetidas veces alzó los ojos del papel para clavarlos en

mí, acompañando su mirada de expresivas exclamaciones y preguntas.

--Yo conozco esta firma --dijo primero--. La condesa de ***. La vi y la

traté en el Puerto de Santa María.

--En enero del año 10, señora.

--Justamente... Y dice que sois su ángel tutelar, que espera de vos su

felicidad... que os deberá la vida... que cambiaría todos los timbres

de su casa por vuestro valor, por la nobleza de vuestro corazón y la

rectitud de vuestros altos sentimientos.

--¿Eso dice?... Pasé la vista sin fijarme más que en lo esencial.

--Y también que tiene completa confianza en vos, porque os cree capaz

de salir bien en la gran empresa que traéis entre manos... Que Inés

(¿conque se llama Inés?), a pesar de lo mucho que vale por su hermosura

y por sus prendas, le parece poco galardón para vuestra constancia...

Miss Fly me devolvió la carta. Inflamaba su rostro una dulce confusión,

casi diré arrebatador entusiasmo. Su brillante fantasía, despertándose

de súbito con briosa fuerza, agrandaba sin duda hasta límites fabulosos

la aventura que delante tenía.

--¡Caballero! --exclamó sin ocultar el expansivo y grandioso

arrobamiento de su alma poética--, esto es hermosísimo, tan hermoso

que no parece real. Lo que yo sospechaba y ahora se me revela por

completo, tiene tanta belleza como las mentiras de las novelas y

romances. De modo que vos, al ir a Salamanca, vais a intentar...

--Lo imposible.

--Decid mejor dos imposibles --afirmó Athenais con exaltado acento--,

porque la comisión de Wellington... ¡qué sublime paso, qué incomparable

atrevimiento, Sr. Araceli! El Coronel Simpson decía hace poco que hay

noventa y nueve probabilidades contra una de que seréis fusilado.

--Dios me protegerá, señora.

--Seguramente. Si no hubieran existido en el mundo hombres como vos, no

habría historia, o sería muy fastidiosa. Dios os protegerá. Hacéis muy

bien... apruebo vuestra conducta. Os ayudaré.

--¿Pero todavía insiste usted?

--¡Extraño suceso! --dijo sin hacer caso de mi pregunta--; ¡y cómo me

seduce y cautiva! En España, solo en España podría encontrarse esto que

enciende el corazón, despierta la fantasía, y da a la vida el aliciente

de vivas pasiones que necesita. Una joven robada; un caballero leal

que, despreciando toda clase de peligros, va en su busca y penetra con

ánimo fuerte en una plaza enemiga, y aspira solo con el valor de su

corazón y los ardides de su ingenio a arrancar el objeto amado de las

bárbaras manos que la aprisionan... ¡Oh, qué aventura tan hermosa! ¡Qué

romance tan lindo!

--¿Gustan a usted, señora, las aventuras y los romances?

--¿Que si me gustan? ¡Me encantan, me enamoran, me cautivan más que

ninguna lectura de cuantas han inventado ingenios de la tierra!

--repuso con entusiasmo--. ¡Los romances! ¿Hay nada más hermoso,

ni que con elocuencia más dulce y majestuosa hable a nuestra alma?

Los he leído y los conozco todos: los moriscos, los históricos, los

caballerescos, los amorosos, los devotos, los vulgares, los de cautivos

y forzados, y los satíricos. Los leo con pasión; he traducido muchos al

inglés en verso o prosa.

--¡Oh, señora mía e insigne maestra! --dije, afirmando para mí que la

enfermedad moral de Miss Fly era una monomanía literaria--. ¡Cuánto

deben a usted las letras españolas!

--Los leo con pasión --añadió sin hacerme caso--; pero, ¡ay!, los busco

ansiosamente en la vida real y no puedo, ¡no puedo encontrarlos!

--Justo, porque esos tiempos pasaron, y ya no hay Lindarajas, ni

Tarfes, ni Bravoneles, ni Melisendras --afirmé, reconociendo que me

había equivocado en mi juicio anterior respecto a la enfermedad de la

Pajarita--. ¿Pero de veras se ha empeñado usted en encontrar en la vida

real los romances? Por ejemplo, aquellas moritas vestidas de verde que

se asomaban a las rejas de plata para despedir a sus galanes cuando

iban a la guerra, aquellos mancebos que salían al redondel con listón

amarillo o morado, aquellos barbudos reyes de Jaén o Antequera que...

--Caballero --dijo con gravedad interrumpiéndome,--¿habéis leído los

romances de Bernardo del Carpio?

--Señora --respondí turbado--, confieso mi ignorancia. No los conozco.

Me parece que los he oído pregonar a los ciegos; pero nunca los compré.

He descuidado mucho mi instrucción, Miss Fly.

--Pues yo los sé todos de memoria, desde

En los reinos de León

El quinto Alfonso reinaba;

Hermosa hermana tenía,

Doña Jimena se llama,

hasta la muerte del héroe, donde hay aquello de

Al pie de un túmulo negro

Esta Bernardo del Carpio.

¡Incomparable poesía! Después de la Iliada no se ha compuesto nada

mejor. Pues bien. ¿No conocéis ni siquiera de oídas el romance en que

_Bernardo liberta de los moros a su amada Estela y al Carpio que tenían

cercado_?

--Eso ha de ser bonito.

--Parece que resucitan los tiempos --dijo Miss Fly con cierta vaguedad

inexplicable, al modo de expresión profética en el semblante--; parece

que salen de su sepultura los hombres, revistiendo forma antigua, o

que el tiempo y el mundo dan un paso atrás para aliviar su tristeza,

renovando por un momento las maravillas pasadas... La Naturaleza,

aburrida de la vulgaridad presente, se viste con las galas de su

juventud, como una vieja que no quiere serlo... retrocede la Historia,

cansada de hacer tonterías, y con pueril entusiasmo hojea las páginas

de su propio diario, y luego busca la espada en el cajón de los

olvidados y sublimes juguetes... ¿pero no veis esto, Araceli, no lo

veis?

--Señora, ¿qué quiere usted que vea?

--El romance de Bernardo y de la hermosa Estela, que por segunda vez...

Al decir esto, el caballo que arrastraba, no sin trabajo, el carricoche

de la poética Athenais, empezó a cojear, sin duda porque no podía

reverdecer, como la Historia, las lozanas robusteces y agilidades de su

juventud. Pero la inglesa no paró mientes en esto, y con gravedad suma

continuó así:

--También tiene ahora aplicación el romance de D. Galván, que no está

escrito, pero que puede recogerse de boca del pueblo, como lo he hecho

yo. En él, sin embargo, D. Galván no hubiera podido sacar de la torre

a la infanta sin el auxilio de una hada o dama desconocida que se le

apareció...

El caballo entonces, que ya no podía con su alma, tropezó, cayendo de

rodillas.

--Mi estimable hada, aquí tiene usted la realidad de la vida --le

dije--. Este caballo no puede seguir.

--¡Cómo! --exclamó con ira la inglesa--. Andará. Si no, enganchad el

vuestro al carricoche, e iremos juntos aquí.

--Imposible, señora, imposible.

--¡Qué desolación! Bien decía Mistress Mitchell, que este animal no

sirve para nada. A mí, sin embargo, me pareció digno del carro de

Faetonte.

Levantamos al animal, que dio algunos pasos, y volvió a caer al poco

trecho.

--Imposible, imposible --exclamé--. Señora, me veo obligado, muy a

pesar mío, a abandonar a usted.

--¡Abandonarme! --dijo la inglesa.

En sus hermosos ojos brilló un rayo de aquella cólera augusta que los

poetas atribuyen a las diosas de la antigüedad.

--Sí, señora: lo siento mucho. Va a anochecer. De aquí a Salamanca

hay diez leguas; el miércoles a las doce tengo que estar de vuelta en

Bernuy. No necesito decir más.

--Bien, caballero --dijo con temblor en los labios y acerba

reconvención en la mirada--. Marchaos. No os necesito para nada.

--El deber no me permite detenerme ni una hora más --afirmé volviendo

a montar en mi caballo, después que, ayudado por el aldeanillo,

puse sobre sus cuatro patas al de Miss Fly--. El ejército aliado

no tardará... ¡Ah! ya están aquí. En aquella loma aparecen las

avanzadas... Las manda Simpson, su amigo de usted el coronel Simpson...

Conque ya puede darme su licencia... No dirá usted, señora mía, que la

dejo sola... Allí viene un jinete. Es Simpson en persona.

Miss Fly miró hacia atrás con despecho y tristeza.

--Adiós, hermosa señora mía --grité picando espuelas--. No puedo

detenerme. Si vivo, contaré a usted lo que me ocurra.

Apresurado por mi deber, me alejé a todo escape.

La batalla de los Arapiles · 第 14 / 46 题