Hallábame una hora después en una casa de labradores ajustando el
precio del vestido que había de ponerme, cuando sentí en el hombro
un golpecito producido al parecer por un látigo que movían manos
delicadas. Volvime, y Miss Fly, pues no era otra la que me azotaba,
dijo:
--Caballero, hace una hora que os busco.
--Señora, los preparativos de mi viaje me han impedido ir a ponerme a
las órdenes de usted.
Miss Fly no oyó mis últimas palabras, porque toda su atención estaba
fija en una aldeana que teníamos delante, la cual, por su parte,
amamantando un tierno chiquillo, no quitaba los ojos de la inglesa.
--Señora --dijo esta--, ¿me podréis proporcionar un vestido como el que
tenéis puesto?
La aldeana no entendía el castellano corrompido de la inglesa, y
mirábala absorta sin contestarle.
--Señorita Fly --dije--, ¿va usted a vestirse de aldeana?
--Sí --me respondió sonriendo con malicia--. Quiero ir con vos.
--¡Conmigo! --exclamé con la mayor sorpresa.
--Con vos, sí; quiero ir disfrazada con vos a Salamanca --añadió
tranquilamente, sacando de su bolsillo algunas monedas para que la
aldeana la entendiese mejor.
--Señora, no puedo creer sino que usted se ha vuelto loca --dije--. ¿Ir
conmigo a Salamanca, ir conmigo en esta expedición arriesgada y de la
cual ignoro si saldré con vida?
--¿Y qué? ¿No puedo ir porque hay peligro? Caballero, ¿en qué os
fundáis para creer que yo conozco el miedo?
--Es imposible, señora; es imposible que usted me acompañe --afirmé con
resolución.
--Ciertamente no os creía grosero. Sois de los que rechazan todo
aquello que sale de los límites ordinarios de la vida. ¿No comprendéis
que una mujer tenga arrojo suficiente para afrontar el peligro, para
prestar servicios difíciles a una causa santa?
--Al contrario, señora: comprendo que una mujer como usted es capaz
de eminentes acciones, y en este momento Miss Fly me inspira sincero
entusiasmo. Pero la comisión que llevo a Salamanca es muy delicada,
exige que nadie vaya al lado mío, y menos una señora que no puede
disfrazarse ocultando su lengua extranjera y noble porte.
--¿Que no puedo disfrazarme?
--Bueno, señora --dije sin poder contener la risa--. Principie usted
por dejar su guardapiés de amazona, y póngase el manteo, es decir, una
larga pieza de tela que se arrolla en el cuerpo, como la faja que ponen
a los niños.
Miss Fly miraba con estupor el extraño y pintoresco vestido de la
aldeana.
--Luego --añadí--, desciña usted esas hermosas trenzas de oro,
construyéndose en lo alto un moño del cual penderán cintas, y en las
sienes dos rizos de rueda de carro con horquillas de plata. Cíñase
usted después la jubona de terciopelo, y cubra en seguida sus hermosos
hombros con la prenda más graciosa y difícil de llevar, cual es el
dengue o rebociño.
Athenais se ponía de mal humor, y contemplaba las singulares prendas
que la charra iba sacando de un arcón.
--Y después de calzarse los zapatitos sobre media de seda calada, y
ceñirse el picote negro bordado de lentejuelas, ponga usted la última
piedra a tan bello edificio, con la mantilla de rocador prendida en los
hombros.
La señorita Mariposa me miró con indignación, comprendiendo la
imposibilidad de disfrazarse de aldeana.
--Bien --afirmó mirándome con desdén--. Iré sin disfrazarme. En
realidad no lo necesito, porque conozco al coronel Desmarets, que
me dejará entrar. Le salvé la vida en la Albuera... Y no creáis, mi
conocimiento con el coronel Desmarets puede seros útil...
--Señora --le dije poniéndome serio--, el honor que recibo y el placer
que experimento al verme acompañado por usted, son tan grandes, que no
sé cómo expresarlos. Pero no voy a una fiesta, señora: voy al peligro.
Además, si este no asusta a una persona como usted, ¿nada significa el
menoscabo que pueda recibir la opinión de una dama ilustre que viaja
con hombre desconocido por vericuetos y andurriales?
--Menguada idea tenéis del honor, caballero --declaró con nobleza y
altanería--. O vuestros hechos son mentira, o vuestros pensamientos
están muy por debajo de ellos. Por Dios, no os arrastréis al nivel de
la muchedumbre, porque conseguiréis que os aborrezca. Iré con vos a
Salamanca.
Y tomando el partido de no contestar a mis razonables observaciones,
se dirigió al cuartel general, mientras yo tomaba el camino de mi
alojamiento para trocarme de oficial del ejército en el más rústico
charro que ha parecido en campos salmantinos. Con mi calzón estrecho
de paño pardo, mis medias negras y zapatos de vaca, con mi chaleco
cuadrado, mi jubón de haldetas en la cintura y cuchillada en la
sangría, y el sombrero de alas anchas y cintas colgantes que encajé en
mi cabeza, estaba que ni pintado. Completaron mi equipo por el momento
una cartera que cosí dentro del jubón con lo necesario para trazar
algunas líneas, y el alma de la expedición, o sea el dinero que puse en
la bolsa interna del cinto.