Marché aquella tarde y parte de la noche, y después de dormir unas
cuantas horas en Castrejón, dejé allí el caballo, y habiendo adquirido
gran cantidad de hortalizas, con más un asno flaquísimo y tristón,
hice mi repuesto y emprendí la marcha por una senda que conducía
directamente, según me indicaron, al camino de Vitigudino. Halleme
en este al mediodía del lunes; mas una vez que lo reconocí, aparteme
de él, tomando por atajos y vericuetos hasta llegar al Tormes, que
pasé para coger al camino de Ledesma y lugar de Villamayor. Por
varios aldeanos que encontré en un mesón jugando a la calva y a la
rayuela, supe que los franceses no dejaban entrar a quien no llevase
carta de seguridad dada por ellos mismos, y que aun así detenían a
los vendedores en la plaza, sin dejarlos pasar adelante para que no
pudiesen ver los fuertes.
--No me han quedado ganas de volver a Salamanca, muchacho --me dijo el
charro fornido y obeso, que me dio tan lisonjeros informes después de
convidarme a beber en la puerta del mesón--. Por milagro de Dios y de
María Santísima está vivo el Sr. Baltasar Cipérez, o sea, yo mismo.
--¿Y por qué?
--Porque... verás. Ya sabes que han mandado vayan a trabajar a las
fortificaciones todos los habitantes de estos pueblos. El lugar que no
envía a su gente es castigado con saqueo, y a veces con degüello...
Bien dicen que el diablo es sutil. La costumbre es que mientras los
aldeanos trabajan, los soldados estén quietos hablando y fumando, y
de trecho en trecho hay sargentos que, látigo en mano, están allí con
mucho ojo abierto para ver el que se distrae o mira al cielo, o habla
a su compañero... Bien dijo el otro, que el diablo no duerme y todo lo
añasca... En cuanto se descuida uno tanto así... ¡plas!...
--Le toman la medida de las espaldas.
--Yo tengo mala sangre --añadió Cipérez-- y no creo haber nacido para
esclavo. Soy aldeano rico, estoy acostumbrado a mandar, y no a que me
den de latigazos. A perro viejo no hay tus, tus... Así es que cuando
aquel Lucifer me...
--Si soy yo el azotado, allí mismo le tiendo.
--Yo cerré los ojos; yo no vi más que sangre; yo me metí entre todos,
porque... ¡Baltasar Cipérez azotado por un francés!... Yo daba
mojicones... quien no puede dar en el asno da en la albarda. En fin,
allí nos machacamos las liendres durante un cuarto de hora... Mira las
resultas.
El rico aldeano, apartando la anguarina puesta del revés según uso del
país, mostrome su brazo vendado y sostenido en un pañuelo al modo de
cabestrillo.
--¿Y nada más? ¡Pues yo creí que le habían ahorcado a usted!
--No, tonto, no me ahorcaron. ¿De veras lo creías tú? Habríanlo hecho
si no se hubiera puesto de parte mía un soldado francés, llamado
Molichard, que es buen hombre y un tanto borracho. Como éramos amigos
y habíamos bebido tantas copas juntos, se dio sus mañas, y sacándome
del calabozo me puso en salvo, aunque no sano, en la puerta de Zamora.
¡Pobre Molichard, tan borracho y tan bueno! Cipérez el rico no olvidará
su generosa conducta.
--Sr. Cipérez --dije al leal salmantino--, yo voy a Salamanca y no
tengo carta de seguridad. Si su merced me proporcionara una...
--¿Y a qué vas allá?
--A vender estas verduras --repuse mostrando mi pollino.
--Buen comercio. Te lo pagarán a peso de oro. ¿Llevas lo que ellos
llaman _jericó_?
--¿Habichuelas? Sí. Son de Castrejón.
El aldeano me miró con atención algo suspicaz.
--¿Sabes por dónde anda el ejército inglés? --me preguntó clavando en
mí los ojos--. Por la uña se saca al león...
--Cerca está, Sr. Cipérez ¿Conque me da su merced la carta de
seguridad?...
--Tú no eres lo que pareces --dijo con malicia el aldeano--. ¡Vivan
los buenos patriotas y mueran los franceses, todos los franceses menos
Molichard, a quien pondré sobre las niñas de mis ojos!
--Sea lo que quiera... ¿me da su merced la carta de seguridad?
--Baltasarillo --gritó Cipérez--, llégate aquí.
Del grupo de los jugadores salió un joven como de veinte años,
vivaracho y alegre.
--Es mi hijo --dijo el charro--. Es un acero... Baltasarillo, dame tu
carta de seguridad.
--Entonces...
--No, no vayas mañana a Salamanca. Vuelve conmigo a Escuernavacas. ¿No
dices que tu madre quedó muy triste?
--Madre tiene miedo a las moscas; pero yo no.
--¿Tú no?
--Por miedo de gorriones no se dejan de sembrar cañamones --replicó el
mancebo--. Quiero ir a Salamanca.
--A casa, a casa. Te mandaré mañana con un regalito para el Sr.
Molichard... Dame tu carta.
El joven sacó su documento y entregómelo el padre diciendo:
--Con este papel te llamarás Baltasarillo Cipérez, natural de
Escuernavacas, partido de Vitigudino. Las señas de los dos mancebos
allá se van. El papel está en regla, y lo saqué yo mismo hace dos
meses, la última vez que mi hijo estuvo en Salamanca con su hermana
María, cuando la fiesta del rey Copas.
--Pagaré a su merced el servicio que me ha hecho --dije echando mano a
la bolsa, cuando Baltasarito se apartó de mí.
--Cipérez el rico no toma dinero por un favor --dijo con nobleza--.
Creo que sirves a la patria, ¿eh? Porque a pesar de ese pelaje... Tan
bueno es como el Rey y el Papa el que no tiene capa... Todos somos
unos. Yo también...
--¿Cómo recibirán estos pueblos al _Lord_ cuando se presente?
--¿Cómo le han de recibir?... ¿Le has visto? ¿Está cerca? --preguntó
con entusiasmo.
--Si su merced quiere verle, pásese el miércoles por Bernuy.
--¡Bernuy! Estar en Bernuy es estar en Salamanca --exclamó con exaltado
gozo--. El refrán dice: «Aquí caerá Sansón»; pero yo digo: «Aquí caerá
Marmont y cuantos con él son.» ¿Has visto los estudiantes y los mozos
de Villamayor?
--No he visto nada, señor.
--Tenemos armas --dijo con misterio--. Ténganos el pie al herrar y verá
del que cojeamos... Cuando el _Lord_ nos vea...
Y luego, llevándome aparte con toda reserva, añadió:
--Tú vas a Salamanca mandado por el _Lord_... ¿eh? como si lo viera...
No haya miedo. El que tiene padre alcalde, seguro va a juicio. Bien,
amigo... has de saber que en todos estos pueblos estamos preparados,
aunque no lo parece. Hasta las mujeres saldrán a pelear... Los
franceses quieren que les ayudemos; pero lo que has de dar al mur dalo
al gato, y sacarte ha de cuidado. Yo serví algún tiempo con Julián
Sánchez, y muchas veces entré en la ciudad como espía... Mal oficio...
pero en manos está el pandero que lo saben bien tañer.
--Sr. Cipérez --dije--, ¡vivan los buenos patriotas!
--No esperamos más que ver al inglés para echarnos todos al campo con
escopetas, hoces, picos, espadas y cuanto tenemos recogido y guardado.
--Y yo me voy a Salamanca. ¿Me dejarán trabajar en las fortificaciones?
--Peligrosillo es. ¿Y el látigo? Quien a mí me trasquiló, las tijeras
le quedaron en la mano... Pero si ahora no trabajan los aldeanos en los
fuertes.
--¿Pues quién?
--Los vecinos de la ciudad.
--¿Y los aldeanos?
--Los ahorcan si sospechan que son espías. Que ahorquen. Al freír de
los huevos lo verán, y a cada puerco le llega su San Martín... Por mí
nada temo ahora, porque en salvo está el que repica.
--Pero yo...
--Ánimo, joven... Dios está en el cielo... y con esto me voy
hacia Valverdón, donde me esperan doscientos estudiantes y más de
cuatrocientos aldeanos. ¡Viva la patria y Fernando VII! ¡Ah! por si te
sirve de algo, puedes decir en Salamanca que vas a buscar hierro viejo
para tu señor padre Cipérez el rico... Adiós...
--Adiós, generoso caballero.
--¿Caballero yo? Poco va de Pedro a Pedro... Aunque las calzo no las
ensucio... Adiós, muchacho, buena suerte. ¿Sabes bien el camino? Por
aquí adelante, siempre adelante. Encontrarás pronto a los franceses;
pero siempre adelante, adelante siempre. Aunque mucho sabe la zorra,
más sabe el que la toma.
Nos despedimos el bravo Cipérez y yo dándonos fuertes apretones de
manos, y seguí a buen paso mi camino.