Junto a una gran mesa colocada en el centro, estaba el Duque de
Ciudad-Rodrigo con otros tres generales examinando una carta del país,
y tan profundamente atendían a las rayas, puntos y letras con que el
geógrafo designara los accidentes del terreno, que no alzaron la cabeza
para mirarnos. Hízome seña D. Carlos España de que debíamos esperar, y
en tanto dirigí la vista a distintos puntos de la sala para examinar,
siguiendo mi costumbre, el sitio en que me encontraba. Otros oficiales
hablaban en voz baja retirados del centro, y entre ellos ¡oh sorpresa!
vi a Miss Fly, que sostenía conversación animada con un coronel de
artillería llamado Simpson.
Por fin, Lord Wellington levantó los ojos del mapa y nos miró. Hice una
amabilísima reverencia: entonces el inglés me miró más, observándome de
pies a cabeza. También yo le observé a él a mis anchas, gozoso de tener
ante mi vista a una persona tan amada entonces por todos los españoles,
y que tanta admiración me inspiraba a mí. Era Wellesley bastante alto,
de cabellos rubios y rostro encendido, aunque no por las causas a que
el vulgo atribuye las inflamaciones epidérmicas de la gente británica.
Ya se sabe que es proverbial en Inglaterra la afirmación de que el
único grande hombre que no ha perdido jamás su dignidad después de los
postres, es el vencedor de Tipoo Sayb y de Bonaparte.
Representaba Wellington cuarenta y cinco años, y esta era su edad, la
misma exactamente que Napoleón, pues ambos nacieron en 1769, el uno
en mayo y el otro en agosto. El sol de la India y el de España habían
alterado la blancura de su color sajón. Era la nariz, como antes he
dicho, larga y un poco bermellonada; la frente, resguardada de los
rayos del sol por el sombrero, conservaba su blancura, y era hermosa
y serena como la de una estatua griega, revelando un pensamiento sin
agitación y sin fiebre, una imaginación encadenada y gran facultad de
ponderación y cálculo. Adornaba su cabeza un mechón de pelo o tupé
que no usaban ciertamente las estatuas griegas; pero que no caía mal,
sirviendo de vértice a una mollera inglesa. Los grandes ojos azules
del general miraban con frialdad, posándose vagamente sobre el objeto
observado, y observaban sin aparente interés. Era la voz sonora,
acompasada, medida, sin cambiar de tono, sin exacerbaciones ni acentos
duros, y el conjunto de su modo de expresarse, reunidos el gesto, la
voz y los ojos, producía grata impresión de respeto y cariño.
Su Excelencia me miró como he dicho, y entonces D. Carlos España dijo:
--Mi general, este joven desea desempeñar la comisión de que vuecencia
me ha hablado hace poco. Yo respondo de su valor y de su lealtad; pero
he intentado disuadirle de su empeño, porque no posee conocimientos
facultativos.
Aquello me avergonzó, principalmente por hallarme delante de Miss Fly,
y porque, en efecto, yo no había estado en ninguna academia.
--Para esta comisión --dijo Wellington en castellano bastante
correcto--, se necesitan ciertos conocimientos...
Y fijó los ojos en el mapa. Yo miré a España, y España me miró a
mí. Pero la vergüenza no me impidió tomar una resolución, y sin
encomendarme a Dios ni al diablo, dije:
--Mi general, es cierto que no estudié en ninguna academia; pero una
larga práctica de la guerra en batallas, y sobre todo en sitios, me ha
dado tal vez los conocimientos que vuecencia exige para esta comisión.
Sé levantar un plano.
El Duque de Ciudad-Rodrigo, alzando de nuevo los ojos, habló así:
--En mi cuartel general hay multitud de oficiales facultativos; pero
ningún inglés podría entrar en Salamanca, porque sería al instante
descubierto por su rostro y por su lenguaje. Es preciso que vaya un
español.
--Mi general --dijo con fatuidad España--, en mi división no faltan
oficiales facultativos. He traído a este porque se empeñó en hacer
alarde de su arrojo delante de vuecencia.
Miré con indignación a D. Carlos, y luego exclamé con la mayor
vehemencia:
--Mi general, aunque en esta empresa existan todos los peligros, todas
las dificultades imaginables, yo entraré en Salamanca, y volveré con
las noticias que vuecencia desea.
Tranquila y sosegadamente Lord Wellington me preguntó:
--Señor oficial, ¿dónde empezó usted su vida militar?
--En Trafalgar --contesté.
Cuando esta histórica y grandiosa palabra resonó en la sala en medio
del general silencio, todas las cabezas de las personas allí presentes
se movieron como si perteneciesen a un solo cuerpo, y todos los ojos
fijáronse en mí con vivísimo interés.
--¿Entonces ha sido usted marino? --interrogó el Duque.
--Asistí al combate teniendo catorce años de edad. Yo era amigo de
un oficial que iba en el _Trinidad_. La pérdida de la tripulación me
obligó a tomar parte en la batalla.
--¿Y cuándo empezó usted a servir en la campaña contra los franceses?
--El 2 de mayo de 1808, mi general. Los franceses me fusilaron en la
Moncloa. Salveme milagrosamente; pero en mi cuerpo han quedado escritos
los horrores de aquel tremendo día.
--¿Y desde entonces se alistó usted?
--Alisteme en los regimientos de voluntarios de Andalucía, y estuve en
la batalla de Bailén.
--¡También en la batalla de Bailén! --dijo Wellington con asombro.
--Sí, mi general: el 19 de julio de 1808. ¿Quiere vuecencia ver mi hoja
de servicios, que comienza en dicha fecha?
--No, me basta --repuso Wellington--. ¿Y después?
--Volví a Madrid y tomé parte en la jornada del 3 de diciembre. Caí
prisionero, y quisieron llevarme a Francia.
--¿Le llevaron a usted a Francia?
--No, mi general, porque me escapé en Lerma, y fui a parar a Zaragoza
en tan buena ocasión, que alcancé el segundo sitio de aquella inmortal
ciudad.
--¿Todo el sitio? --dijo Wellington con creciente interés hacia mi
persona.
--Todo, desde el 19 de diciembre hasta el 12 de febrero de 1809. Puedo
dar a vuecencia noticia circunstanciada de las diversas peripecias
de aquel grande hecho de armas, gloria y orgullo de cuantos nos
encontramos en él.
--¿Y a qué ejército pasó usted luego?
--Al del centro, y serví bastante tiempo a las órdenes del Duque del
Parque. Estuve en la batalla de Tamames y en Extremadura.
--¿No se encontró usted en un nuevo asedio?
--En el de Cádiz, mi general. Defendí durante tres días el castillo de
San Lorenzo de Puntales.
--¿Y luego formó usted parte de la expedición del general Blake a
Valencia?
--Sí, mi general; pero me destinaron al segundo cuerpo, que mandaba
O’Donnell, y durante cuatro meses serví a las órdenes del Empecinado
en esa singular guerra de partidas en que tanto se aprende.
--¿También ha sido usted guerrillero? --dijo Wellington sonriendo--.
Veo que ha ganado usted bien sus grados. Irá usted a Salamanca, si así
lo desea.
--Señor, lo deseo ardientemente.
Todos los presentes seguían observándome, y Miss Fly con más atención
que ninguno.
--Bien --añadió el héroe de Talavera, fijando alternativamente la
vista en mí y en el mapa--. Tiene usted que hacer lo siguiente: se
dirigirá usted hoy mismo disfrazado a Salamanca, dando un rodeo para
entrar por Cabrerizos. Forzosamente ha de pasar usted por entre las
tropas de Marmont, que vigilan los caminos de Ledesma y Toro. Hay
muchas probabilidades de que sea usted arcabuceado por espía; pero Dios
protege a los valientes, y quizás... quizás logre usted penetrar en la
plaza. Una vez dentro, sacará usted un croquis de las fortificaciones,
examinando con la mayor atención los conventos que han sido convertidos
en fuertes, los edificios que han sido demolidos, la artillería que
defiende los aproches de la ciudad, el estado de la muralla, las obras
de tierra y fagina, todo absolutamente, sin olvidar las provisiones que
tiene el enemigo en sus almacenes.
--Mi general --repuse--, comprendo bien lo que se desea, y espero
contentar a vuecencia. ¿Cuándo debo partir?
--Ahora mismo. Estamos a doce leguas de Salamanca. Con la marcha que
emprenderemos hoy, espero que pernoctemos en Castroverde, cerca ya
del Valmuza. Pero adelántese usted a caballo, y pasado mañana martes
podrá entrar en la ciudad. En todo el martes ha de desempeñar por
completo esta comisión, saliendo el miércoles por la mañana para venir
al cuartel general, que en dicho día estará seguramente en Bernuy. En
Bernuy, pues, le aguardo a usted el miércoles a las doce en punto de la
mañana. No acostumbro esperar.
--Corriente, mi general. El miércoles a las doce estaré en Bernuy de
vuelta de mi expedición.
--Tome usted precauciones. Diríjase a la calzada de Ledesma, pero
cuidando de marchar siempre fuera del arrecife. Disfrácese usted bien,
pues los franceses dejan entrar a los aldeanos que llevan víveres a
la plaza; y al levantar el croquis, evite en lo posible las miradas
de la gente. Lleve usted armas, ocultándolas bien; no provoque a los
enemigos; fínjase amigo de ellos; en una palabra, ponga usted en juego
su ingenio, su valor, y todo el conocimiento de los hombres y de la
guerra que ha adquirido en tantos años de activa vida militar. El
_Mayor_ general del ejército entregará a usted la suma que necesite
para la expedición.
--Mi general --dije--, ¿tiene vuecencia algo más que mandarme?
--Nada más --repuso sonriendo con benevolencia--, sino que adoro la
puntualidad, y considero como origen del éxito en la guerra la exacta
apreciación y distribución del tiempo.
--Eso quiere decir que si no estoy de vuelta el miércoles a las doce,
desagradaré a vuecencia.
--Y mucho. En el tiempo marcado puede hacerse lo que encargo. Dos horas
para sacar el croquis; dos para visitar los fuertes, ofreciendo en
venta a los soldados algún artículo que necesiten; cuatro para recorrer
toda la población y sacar nota de los edificios demolidos; dos para
vencer obstáculos imprevistos; media para descansar. Son diez horas y
media del martes por el día. La primera mitad de la noche para estudiar
el espíritu de la ciudad, lo que piensan de esta campaña la guarnición
y el vecindario; una hora para dormir, y lo restante para salir y
ponerse fuera del alcance y de la vista del enemigo. No deteniéndose en
ninguna parte, puede usted presentárseme en Bernuy a la hora convenida.
--A la orden de mi general --dije disponiéndome a salir.
Lord Wellington, el hombre más grande de la Gran Bretaña, el rival
de Bonaparte, la esperanza de Europa, el vencedor de Talavera, de la
Albuera, de Arroyomolinos y de Ciudad-Rodrigo, levantose de su asiento,
y con una grave cortesanía y cordialidad que inundó mi alma de orgullo
y alegría, diome la mano, que estreché con gratitud entre las mías.
Salí a disponer mi viaje.