Fuera de la estancia sentí el ruido de los cerrojos que corría por
dentro la hermosa inglesa, y me retiré a mi aposento, que era el rincón
de un oscuro pasillo, donde Tribaldos me había arreglado un lecho con
mantas y capotes. Tendime sobre aquellas durezas, y en buena parte de
la noche no pude conciliar el sueño; de tal modo se había encajado
dentro de mi cerebro la extraña señora inglesa, con su caída, sus
desmayos, su té y su acabada hermosura. Pero al fin, rendido por el
gran cansancio, me dormí sosegadamente. Por la mañana, díjome la señora
de Forfolleda que la señorita rubia estaba mejor; que había pedido agua
y té y pan, ofreciendo dinero abundante por cualquier servicio que se
le prestara. Como manifestase deseos de entrar a saludarla, añadió la
Forfolleda que no era conveniente, por estar la señorita arreglándose y
componiéndose, a pesar de las heridas leves de su brazo.
Al salir a mis quehaceres, que fueron muchísimos y me ocuparon casi
todo el día, encontré a Sir Tomás Parr, a quien encargué lo de la
maleta.
Por la tarde, después del gran trabajo de aquel día que me hizo
poner un tanto en olvido a la interesante dama, regresé a casa de
Forfolleda, y vi a gran número de ingleses que entraban y salían, como
diligentes amigos que iban a informarse de la salud de su compatriota.
Entré a saludarla; la reducida estancia estaba llena de casacas
rojas pertenecientes a otros tantos hombres rubios que hablaban con
animación. La joven inglesa reía y bromeaba, y habíase puesto tan
linda, sin cambiar de traje, que no parecía la misma persona demacrada,
melancólica y nerviosa de la noche anterior. La contusión del brazo
entorpecía algo sus graciosos movimientos.
Después que nos saludamos y cambié con aquellos señores algunos fríos
cumplidos, uno de ellos invitó a la señorita a dar un paseo; otro
ponderó la hermosura de la apacible tarde, y no hubo quien no dijese
una palabra para decidirla a dejar la triste alcoba. Ella, sin embargo,
afirmó que no saldría hasta la siguiente mañana; y con estos diálogos y
otros en que la graciosa joven no hacía maldito caso de su libertador,
vino la noche, y con la noche luces dentro del cuarto, y tras las luces
un par de teteras que trajeron los criados de los ingleses. Entonces se
alegraron todos los semblantes, y empezó el trasiego con tanto ahinco,
que el que menos se echó dentro un río del licor de la China, sin que
ni un momento cesase la charla. Trajeron después botellas de vino de
Jerez, que en un santiamén dejaron como cuerpos sin alma, porque toda
ella pasó a fortificar las de aquellos claros varones; mas ninguno
perdió su gravedad. Brindamos a la salud de Inglaterra, de España, y a
eso de las nueve nos retiramos todos, despidiéndonos la hermosa ninfa
con afabilidad, pero sin que ni con frase, ni gesto, ni mirada me
distinguiese de los demás.
Me retiraba a mi escondite cuando sentí que la desconocida echaba
el cerrojo. Aquella noche me mortificó como en la anterior un tenaz
desvelo; mas a punto de vencerlo estaba ya, cuando hízome saltar en el
lecho el chirrido del cerrojo con que aseguraba su cuarto la consabida.
Miré hacia la puerta, pues desde mi alcoba rincón se distinguía esta
muy bien, y vi a la inglesa que salía, encaminándose a una galería o
solana situada al otro confín del pasillo y de la casa. Como había
dejado abierta la puerta, la luz de su cuarto iluminaba la casa lo
suficiente para ver cuanto pasaba en ella.
Llegó la inglesa a la destartalada galería, y abriendo una ventana que
daba al campo se asomó. Como estaba vestido, fácil me fue levantarme
en un momento y dirigirme hacia ella con paso quedo para no asustarla.
Cuando estuve cerca volvió la cara, y con gran sorpresa mía, no se
inmutó al verme. Antes bien con imperturbable tranquilidad me dijo:
--¿Andáis rondando por aquí?... Hace en aquel cuarto un calor
insoportable.
--Lo mismo sucede en el mío, señora --dije--; cuando la he visto a
usted pensaba salir al campo a respirar el aire fresco de la noche.
--Eso mismo pensaba yo también... La noche está hermosa... ¿y pensábais
salir...?
--Sí, señora; pero si usted lo permite tendré el honor de acompañarla,
y juntos disfrutaremos de este suave ambiente, del grato aroma de esos
pinares...
--No... salid, bajad, iré yo también --dijo con viva resolución y mucha
naturalidad.
Entrando rápidamente en su cuarto, sacó una capa de forma extraña,
y echándosela sobre los hombros, me suplicó que cuidadosamente la
embozara por no tener aún agilidad en su brazo herido; y una vez que
la envolví bien, salimos ambos, sin tomar ella mi brazo y como dos
amigos que van a paseo. Por todas partes se oía rumor de soldados, y la
claridad de la luna permitía ver los objetos y conocer las personas.
Súbitamente y sin contestar a no sé qué vulgar frase pronunciada por
mí, la inglesa me dijo:
--Ya sé que sois noble, caballero. ¿A qué familia pertenecéis? ¿A los
Pachecos, a los Vargas, a los Enríquez, a los Acuñas, a los Toledos o a
los Dávilas?
--A ninguna de esas, señora --le respondí ocultando con mi embozo la
sonrisa que no pude contener--, sino a los Aracelis de Andalucía, que
descienden, como usted no ignora, del mismo Hércules.
--¿De Hércules? No lo sabía ciertamente --repuso con naturalidad--.
¿Hace mucho que estáis en campaña?
--Desde que empezó, señora.
--Sois valiente y generoso, sin duda --dijo mirándome fijamente al
rostro--. Bien se conoce en vuestro semblante que lleváis en las venas
la sangre de aquellos insignes caballeros, que han sido asombro y
envidia de Europa por espacio de muchos siglos.
--Señora, usted me favorece demasiado.
--Decidme: ¿sabéis tirar las armas, domar un potro, derribar un toro,
tañer la guitarra y componer versos?
--No puedo negar que un poco entendido soy en alguna, si no en todas
esas habilidades.
Después de pequeña pausa y deteniendo el paso, me preguntó bruscamente:
--¿Y estáis enamorado?
Durante un rato no supe qué responder: tan extrañas me parecían
aquellas palabras.
--¿Cómo no, siendo español, siendo joven y militar? --contesté decidido
a llevar la conversación a donde la fantasía de mi incógnita amiga
quisiera llevarla.
--Veo que os sorprende mi modo de hablaros --añadió ella--.
Acostumbrado a no oír en boca de vuestras mojigatas compatriotas sino
medias palabras, vulgaridades y frases de hipocresía, os sorprende esta
libertad con que me expreso, estas extrañas preguntas que os dirijo...
Quizás me juzguéis mal...
--¡Oh, no, señora!
--Pero mi honor no depende de vuestros pensamientos. Seríais un necio
si creyérais que esto es otra cosa que una curiosidad de inglesa, casi
diré de artista y de viajera. Las costumbres y los caracteres de este
país son dignos de profundo estudio.
«De modo que lo que quiere es estudiarme --dije entre dientes--.
Resignémonos a ser libro de texto.»
--El hombre que ha dado muerte a Lord Gray, que ha realizado esa gran
obra de justicia, que ha sido brazo de Dios y vengador de la moral
ultrajada, excita mi curiosidad de un modo pasmoso... Me han hablado de
vos con admiración, y contádome algunos hechos vuestros dignos de gran
estima... Dispensad mi curiosidad, que escandalizaría a una española y
que sin duda os escandaliza a vos... Habiendo matado a Gray por celos,
claro que estábais enamorado. Y vuestra dama (esto de _vuestra dama_ me
hizo reír de nuevo), ¿habita en algún castillo de estas cercanías, o en
algún palacio andaluz? ¿Es noble como vos?...
Al oír esto, comprendí que tenía que habérmelas con una imaginación
exaltada y novelesca, y al punto apoderose de mí cierto espíritu de
socarronería. No me inclinaba a burlarme de la inglesa, que a pesar de
su sentimentalismo fuera de ocasión no era ridícula; pero mi carácter
me inducía a seguir la broma, como si dijéramos, prestándome a los
caprichos de aquella idealidad tan falsa como encantadora. Todos
somos algo poetas, y es muy dulce embellecer la propia vida, y muy
natural regocijarnos con este embellecimiento, aun sabiendo que la
transformación es obra nuestra. Así es que con cierta exaltación
novelesca también, mas no con completa seriedad, contesté a la damisela:
--Noble es, señora, y hermosísima y principal; pero ¿de qué me vale
tener en ella un dechado de perfecciones, si un funesto destino la
aleja constantemente de mí? ¿Qué pensará usted, señora, si le digo
que hace tiempo cierto maligno encantador la tiene transfigurada en
la persona de una vulgar comiquilla, que recorre los pueblos formando
parte de una compañía de histriones de la legua?
Esto era sin duda demasiado fuerte.
--Caballero --dijo la inglesa con estupor--, ¿pues qué, todavía hay
encantamientos en España?
--Encantamientos, precisamente, no --dije tratando de abatir el
vuelo--; pero hay artes del demonio, y si no artes del demonio,
malicias y ardides de hombres perversos.
--Veo que leéis libros de caballerías.
--Pues ¿quién duda que son los más hermosos entre todos los que se han
escrito? Ellos suspenden el ánimo, despiertan la sensibilidad, avivan
el valor, infunden entusiasmo por las grandes acciones, engrandecen la
gloria y achican el peligro en todos los momentos de la vida.
--¡Engrandecen la gloria y achican el peligro! --exclamó
deteniéndose--. Si esto que habéis dicho es verdad, sois digno de haber
nacido en otros tiempos... pero no he entendido bien eso de que vuestra
dama está transformada en una comiquilla...
--Así es, señora. Si pudiera contar a usted todo lo que ha precedido a
esta transformación, no dudo que usted me compadecería.
--¿Y dónde están la encantada y el encantador? Les doy estos nombres
porque veo que creéis en encantamientos.
--Están en Salamanca.
--Como si estuvieran en el otro mundo. Salamanca está en poder de los
franceses.
--Pero la tomaremos.
--Decís eso como si fuera lo más natural del mundo.
--Y lo es. No se ría usted de mi petulancia; pero si todo el ejército
aliado desapareciera y me quedase solo...
--Iríais solo a la conquista de la ciudad, queréis decir.
--¡Ah, señora! --exclamé con énfasis--. Un hombre que ama no sabe lo
que dice. Veo que es un desatino.
--Un desatino relativo --repuso--. Pero ahora comprendo que os estáis
burlando de mí. Os habéis enamorado de una cómica y queréis hacerla
pasar por gran señora.
--Cuando entremos en Salamanca podré convencer a usted de que no me
burlo.
--No dudo que haya cómicos en el país, ni menos cómicas guapas --dijo
riendo--. Hace dos días pasó por delante de mí una compañía que me
recordó el carro de las Cortes de la Muerte. Iban allí siete u ocho
histriones, y, en efecto, dijeron que iban a Salamanca.
--Llevaban dos o tres carros. En uno de ellos iban dos mujeres, una de
ellas hermosísima. Venían de Plasencia.
--Me parece que sí.
--Y en otro carro llevaban lienzos pintados.
--Los habéis visto; pero no sabéis lo que yo sé. Cuando pasaron
por delante de mí, sorprendiéndome por su extraño aspecto que me
recordaba una de las más graciosas aventuras del _Libro_, un vecino de
Puerto de Baños me dijo: «Esos no son cómicos, sino pícaros masones
que se disfrazan así para pasar por entre los españoles, que les
descuartizarían si les conocieran.»
--No me dice usted nada que yo no sepa --contesté--. Señora, ¿ha oído
usted decir a Lord Wellington cuándo lanzará nuestros regimientos sobre
Salamanca?
--Impaciente estáis... Quiero saber otra cosa. ¿Amáis a vuestra
Dulcinea de una manera ideal y sublime, embelleciéndola con vuestro
pensamiento aun más de lo que ella es en sí, atribuyéndole cuantas
perfecciones pueden idearse y consagrándole todos los dulces
transportes de un corazón siempre inflamado?
--Así, así mismo, señora --dije con entusiasmo que no era enteramente
ficticio, y deseando ver a dónde iba a parar aquella misteriosa mujer,
cuyo carácter comenzaba a penetrar--. Parece que lee usted en mi alma
como en un libro.
Después de oír esto, permaneció largo rato en silencio, y luego reanudó
el diálogo con una brusca variación de ideas, que era la tercera en
aquel extraño coloquio.
--Caballero, ¿tenéis madre? --me dijo.
--No, señora.
--¿Ni hermanas?
--Tampoco. Ni madre, ni padre, ni hermanos, ni pariente alguno.
--Veo que está muy mal parado el linaje de Hércules. De modo que
estáis solo en el mundo --añadió con acento compasivo--. ¡Desgraciado
caballero! ¿Y esa gran señora, cómica, o mujer masónica, os ama?
--Creo que sí.
--¿Habéis hecho por ella sacrificios, arrostrado peligros y vencido
obstáculos?
--Muchísimos; pero son nada en comparación con lo que aún me resta por
hacer.
--¿Qué?
--Una acción peligrosa, una locura; el último grado del atrevimiento.
Espero morir o lograr mi objeto.
--¿Tenéis miedo a los peligros que os aguardan?
--Jamás lo he conocido --respondí con una fatuidad cuyo recuerdo me ha
hecho reír muchas veces.
--Estad tranquilo, pues los aliados entrarán en Salamanca, y entonces
fácilmente...
--Cuando entren los aliados, mi enemigo y su víctima habrán huido
corriendo hacia Francia. Él no es tonto... Es preciso ir a Salamanca
antes.
--¡Antes de tomarla! --exclamó con asombro.
--¿Por qué no?
--Caballero --dijo súbitamente deteniendo el paso--, veo que os estáis
burlando de mí.
--¡Yo, señora! --contesté algo turbado.
--Sí: me ponéis ante los ojos una aventura caballeresca, que es pura
invención y fábula: os pintáis a vos mismo como un carácter superior,
como un alma de esas que se engrandecen con los peligros, y habéis
adornado la ficción con hermosas figuras de Dulcinea, y encantadores,
que no existen sino en vuestra imaginación.
--Señora mía, usted...
--Tened la bondad de acompañarme a mi alojamiento. El olor de esos
pinares me marea.
--Como usted guste.
Confieso, ¿por qué no confesarlo?, que me quedé algo corrido.
La elegante inglesa no me dijo una palabra más en todo el camino;
y cuando subimos a casa de Forfolleda y la conduje a su cuarto,
que ya empezaba a figurárseme regio camarín tapizado de rasos y
organdíes, metiose en su tugurio como un hada en su cueva, y dándome
desabridamente las buenas noches, corrió los cerrojos de oro... o de
hierro, y me quedé solo.
X
Acomodándome en mi lecho, hablé conmigo de esta manera:
«¿La tal inglesa será una de esas mujeres de equívoca honradez que
suelen seguir a los ejércitos? Las hay de diferentes especies; pero
en realidad jamás vi en pos de los soldados de la patria ninguna tan
hermosa, ni de porte tan noble y aristocrático. He oído que tras
el ejército francés van pájaros de diverso plumaje. ¡Bah!... ¿pues
no dicen que Massena ha tenido tan mala suerte en Portugal por la
corrupción de sus oficiales y soldados, y aun por sus propios descuidos
con ciertas amazonas muy emperifolladas que andaban en los campamentos
tan a sus anchas como en París?...»
Después, dando otra dirección a mis ideas, dije a punto que empezaba a
embargarme el dulce entorpecimiento que precede al sueño:
«Tal vez me equivoque. Después de haber conocido a Lord Gray, no debo
poner en duda que las extravagancias y rarezas de la gente inglesa
carecen de límite conocido. Tal vez mi compañera de alojamiento sea tan
cabal, que la misma virginidad parezca a su lado una moza de partido,
y yo estoy injuriándola. Mañana preguntaré a los oficiales ingleses
que conozco... Como no sea una de esas naturalezas impresionables y
acaloradas que nacen al acaso en el Norte, y que buscan, como las
golondrinas, los climas templados; bajan, llenas de ansiedad, al
mediodía, pidiendo luz, sol, pasiones, poesía, alimento del corazón y
de la fantasía, que no siempre encuentran, o encuentran a medias, y van
con febril deseo tras de la originalidad, tras las costumbres raras, y
adoran los caracteres apasionados, aunque sean casi salvajes; la vida
aventurera, la galantería caballeresca, las ruinas, las leyendas, la
música popular y hasta las groserías de la plebe, siempre que sean
graciosas.»
Diciendo o pensando así, y enlazando con estos otros pensamientos que
más hondamente me preocupaban, caí en profundísimo sueño reparador.
Levanteme muy temprano a la mañana siguiente, y sin acordarme para nada
de la hermosa inglesa, cual si la noche limpiara todas las telas de
araña fabricadas y tendidas el día anterior dentro de mi cerebro, salí
de mi alojamiento.
--Marchamos hacia San Muñoz --me dijo Figueroa, oficial portugués amigo
mío que servía con el general Picton.
--¿Y el _Lord_?
--Va a partir no sé a dónde. La división de Graham está sobre Tamames.
Nosotros vamos a formar el ala izquierda de la división de D. Carlos
España y la partida de D. Julián Sánchez.
Cuando nos dirigíamos juntos al alojamiento del general, pedile
informes de la dama inglesa cuya figura y extraños modos he dado a
conocer, y me contestó:
--Es Miss Fly; o lo que es lo mismo, Miss Mosquita, Mariposa, Pajarita
o cosa así. Su nombre es Athenais. Tiene por padre a Lord Fly, uno de
los señores más principales de la Gran Bretaña. Nos ha seguido desde la
Albuera, pintando iglesias, castillos y ruinas en cierto librote que
trae consigo, y escribiendo todo lo que pasa. El _Lord_ y los demás
generales ingleses la consideran mucho, y si quieres saber lo que es
bueno atrévete a faltar al respeto a la señorita Fly, que en inglés se
dice _Flai_, pues ya sabes que en esa lengua se escriben las palabras
de una manera y se pronuncian de otra, lo cual es un encanto para el
que quiere aprenderla.
Acto continuo referí a mi amigo las escenas de la noche anterior y
el paseo que en la soledad de la noche dimos Fly y yo por aquellos
contornos; lo que, oído por Figueroa, causó a este muchísima sorpresa.
--Es la primera vez --dijo-- que la rubita tiene tales familiaridades
con un oficial español o portugués, pues hasta ahora a todos les miró
con altanería...
--Yo la tuve por persona de costumbres un tanto libres.
--Así parece, porque anda sola, monta a caballo, entra y sale por medio
del ejército, habla con todos, visita las posiciones de vanguardia
antes de una batalla, y los hospitales de sangre después... A veces
se aleja del ejército para recorrer sola los pueblos inmediatos,
mayormente si hay en estos abadías, catedrales o castillos, y en sus
ratos de ocio no hace más que leer romances.
Hablando de este y de otros asuntos empleamos la mañana, y cerca del
mediodía fuimos al alojamiento de Carlos España, el cual no estaba allí.
--España --nos dijo el guerrillero Sánchez-- está en el alojamiento del
cuartel general.
--¿No marcha Lord Wellington?
--Parece que se queda aquí, y nosotros salimos para San Muñoz dentro
de una hora.
--Vamos al alojamiento del Duque --dijo Figueroa--: allí sabremos
noticias ciertas.
Estaba Lord Wellington en la casa ayuntamiento, la única capaz
y decorosa para tan insigne persona. Llenaban la plazoleta, el
soportal, el vestíbulo y la escalera, multitud de oficiales de todas
graduaciones, españoles, ingleses y lusitanos, que entraban, salían,
formaban corrillos disputando y bromeando unos con otros en amistosa
intimidad, cual si todos perteneciesen a una misma familia. Subimos
Figueroa y yo, y después de aguardar más de hora y media en la
antesala, salió España y nos dijo:
--El general en jefe pregunta si hay un oficial español que se atreva
a entrar disfrazado en Salamanca para examinar los fuertes y las obras
provisionales que ha hecho el enemigo en la muralla, y enterarse de
si es grande o pequeña la guarnición, y abundantes o escasas las
provisiones.
--Yo soy --dije resueltamente sin aguardar a que el general concluyese.
--¿Tú --dijo España con la desdeñosa familiaridad que usaba hablando
con sus oficiales--, tú te atreves a emprender viaje tan arriesgado?
Ten presente que es preciso ir y volver.
--Lo supongo.
--Es necesario atravesar las líneas enemigas, pues los franceses ocupan
todas las aldeas del lado acá del Tormes.
--Se entra por donde se puede, mi general.
--Luego has de atravesar la muralla, los fuertes; has de penetrar en
la ciudad, visitar los acantonamientos, sacar planos...
--Todo eso es para mí un juego, mi general. Entrar, salir, ver... una
diversión. Hágame vuecencia la merced de presentarme al señor Duque,
diciéndole que estoy a sus órdenes para lo que desea.
--Tú eres un atolondrado, y no sirves para el caso --repuso D.
Carlos--. Buscaremos otro. No sabes una palabra de geometría ni de
fortificación.
--Eso lo veremos --contesté sofocado.
--Y es preciso, es preciso ir --añadió mi jefe--. Aún no ha formado
el Lord su plan de batalla. No sabe si asaltará a Salamanca o la
bloqueará; no sabe si pasará el Tormes para perseguir a Marmont,
dejando atrás a Salamanca, o si... ¿Dices que te atreves tú?
--¿Pues no he de atreverme? Me vestiré de charro, entraré en Salamanca
vendiendo hortalizas o carbón. Veré los fuertes, la guarnición, las
vituallas; sacaré un croquis, y me volveré al campamento... Mi general
--añadí con calor--, o me presenta vuecencia al Duque, o me presento yo
solo.
--Vamos, vamos al momento --dijo España entrando conmigo en la sala.