Después de larguísima jornada durante la tarde y gran parte de una
hermosísima noche de junio, España ordenó que descansásemos en
Santibáñez de Valvaneda, pueblo que está sobre el camino de Béjar a
Salamanca. Teníamos provisiones relativamente abundantes, dada la
gran escasez de la época, y como reinaba en el ejército muy buena
disposición a divertirse, allí era de ver la algazara y alegría del
pueblo a media noche, cuando tomamos posesión de las casas, y con las
casas, de los jergones y baterías de cocina.
Tocome habitar en el mejor aposento de una casa con resabios de palacio
y honores de mesón. Acomodó mi asistente para mí una hermosa cama, y
no tengo inconveniente en decir que me acosté, sí, señores, sin que
nada extraordinario ni con asomos de poesía me ocurriese en aquel acto
vulgar de la vida. Y también es cierto, aunque igualmente prosaico, que
me dormí, sin que el crepúsculo de mis sentidos me impresionase otra
cosa que la histórica canción cantada a media voz por mi asistente en
la estancia contigua:
En el Carpio está Bernardo
y el Moro en el Arapil.
Como va el Tormes por medio,
non se pueden combatir.
Me dormí, y no se crea que ahora van a salir fantasmas, ni que los
rotos artesanados o vetustas paredes de la histórica casa, antaño
palacio y hoy venta, se moverán para dar entrada a un deforme vestiglo,
ni mucho menos a una alta doncella de acabada hermosura que venga a
suplicar me tome el trabajo de desencantarla o prestarle cualquier
otro servicio, ora del dominio de la fábula, ora del de las bajas
realidades. Ni esperen que dueña barbuda, ni enano enteco, ni fiero
gigante vengan súbito a hacerme reverencias, y mandarme les siga por
luengos y oscuros corredores que conducen a maravillosos subterráneos
llenos de sepulturas o tesoros. Nada de esto hallarán en mi relato
los que lo escuchan. Sepan tan solo que me dormí. Por largo tiempo,
a pesar de la profundidad del sueño, no me abandonó la sensación del
ruido que sonaba en la parte baja de la casa. Las pisadas de los
caballos retumbaban en mi cerebro con eco lejano, produciendo vibración
semejante a la de un hondo temblor de tierra. Pero estos rumores
cesaron poco a poco, y al fin todo quedó en silencio. Mi espíritu se
sumergió en esa esfera sin nombre, en que desaparece todo lo externo,
absolutamente todo, y se queda él solo, recreándose en sí propio o
jugando consigo mismo.
Pero de repente, no sé a qué hora, ni después de cuántas horas de
sueño, despertome una sensación singularísima, que no puedo descifrar,
porque sin que fuese afectado ninguno de mis sentidos, me incorporé
rápidamente diciendo: «¿Quién está aquí?»
Ya despierto, grité a mi asistente:
--Tribaldos, levántate y enciende luz.
Casi en el mismo instante en que esto decía, comprendí mi engaño.
Estaba enteramente solo. No había ocurrido otra cosa sino que mi
espíritu, en una de sus caprichosas travesuras (pues esto son
indudablemente las fantasmagorías del sueño), había hecho el más
común de todos, que consiste en fingirse dos, con ilusoria y mentida
división, alterando por un instante su eternal unidad. Este misterioso
_yo y tú_ suele presentarse también cuando estamos despiertos.
Pero si en mi alcoba nada ocurría de extraño fuera de mí, como lo
demostró al entrar en ella Tribaldos alumbrando y registrando, algo
ocurría en los bajos del edificio, donde el grave silencio de la noche
fue interrumpido por fuerte algazara de gente, coches y caballos.
--Mi comandante --dijo Tribaldos sacando el sable para dar tajos en el
aire a un lado y otro--, esos pillos no quieren dejarnos dormir esta
noche. ¡Afuera, tunantes! ¿Pensáis que os tengo miedo?
--¿Con quién hablas?
--Con los duendes, señor --repuso--. Han venido a divertirse con usía,
después que jugaron conmigo. Uno me cogía por el pie derecho, otro por
el izquierdo, y otro, más feo que Barrabás, atome una cuerda al cuello,
y con este tren y el tirar por aquí y por allí, me llevaron volando a
mi pueblo para que viese a Dorotea hablando con el sargento Moscardón.
--¿Pero crees tú en duendes?
--¡Pues no he de creer, si los he visto! Más paseos he dado con
ellos que pelos tengo en la cabeza --repuso con acento de convicción
profunda--. Esta casa está llena de sus señorías.
--Tribaldos, hazme el favor de no matar más mosquitos con tu sable.
Deja los duendes, y baja a ver de qué proviene ese infernal ruido que
se siente en el patio. Parece que han llegado viajeros; pero, según lo
que alborotan, ni el mismo Sir Arturo Wellesley con todo su séquito
traería más gente.
Salió el mozo dejándome solo, y al poco rato le vi aparecer de nuevo,
murmurando entre dientes frases amenazadoras, y con desapacible mohín
en la fisonomía.
--¿Creerá mi comandante que son ingleses o príncipes viajantes los
que de tal modo atruenan la casa? Pues son cómicos, señor; unos
comiquillos que van a Salamanca para representar en las fiestas de San
Juan. Lo menos conté ocho entre damas y galanes, y traen dos carros
con lienzos pintados, trajes, coronas doradas, armaduras de cartón y
mojigangas. Buena gente... El ventero les quiso echar a la calle; pero
han sacado dinero, y su majestad el Sr. Chiporro, al ver lo amarillo,
les tratará como a duques.
--¡Malditos sean los cómicos! Es la peor raza de bergantes que
hormiguea en el mundo.
--Si yo fuera D. Carlos España --dijo mi asistente demostrándome
los sentimientos benévolos de su corazón--, cogería a todos los de
la compañía, y llevándoles al corral, uno tras otro, a toditos les
arcabuceaba.
--Tanto no.
--Así dejarían de hacer picardías. Pedrezuela y su endemoniada mujer la
María Pepa del Valle, cómicos eran. Había que ver con qué talento hacía
él su papel de comisionado regio y ella el de la señora comisionada
regia. De tal modo engañaron a la gente, que en todos los pueblos por
donde corrían les creyeron, y en el Tomelloso, que es el mío y no es
tierra de bobos, también.
--Ese Pedrezuela --dije, sintiendo que el sueño se apoderaba nuevamente
de mí-- fue el que en varios pueblos de la margen del Tajo condenó a
muerte a más de sesenta personas.
--El mismo que viste y calza --repuso--; pero ya las pagó todas juntas,
porque cuando el general Castaños y yo fuimos a ayudar al _Lord_ en el
bloqueo de Ciudad-Rodrigo, cogimos a Pedrezuela y a su mujercita y los
fusilamos contra una tapia. Desde entonces, cuando veo un cómico, muevo
el dedo buscando el gatillo.
Tribaldos salió para volver un momento después.
--Me parece que se marchan ya --dije notando un ruido que anunciaba la
partida.
--No, mi comandante --repuso riendo--: es que el sargento Panduro y
el cabo Rocacha han pegado fuego al carro donde llevan los trebejos
de representar. Oiga mi comandante chillar a los reyes, príncipes
y senescales al ver cómo arden sus tronos, sus coronas y mantos de
armiño. ¡Cáspita, cómo graznan las princesas y archipámpanas! Voy abajo
a ver si esa canalla llora aquí tan bien como en el teatro... El jefe
de la compañía da unos gritos... ¿Oye mi comandante?... Vuelvo abajo a
verlos partir.
Claramente oí aquella entre las demás voces irritadas, y lo más extraño
es que su timbre, aunque lejano y desfigurado por la ira, me hizo
estremecer. Yo conocía aquella voz.
Levanteme precipitadamente y vestime a toda prisa; pero los ruidos
extinguiéronse poco a poco, indicando que las pobres víctimas de una
cruel burla de soldados, salían a toda prisa de la venta. Cuando yo
salía, entró Tribaldos y me dijo:
--Mi comandante, ya se ha ido esa flor y nata de la pillería. Todo el
patio está lleno con pedazos encendidos de los palacios de Varsovia, y
con los yelmos de cartón, y la sotana encarnada del Dux de Venecia.
--¿Y por qué lado se han ido esos infelices?
--Hacia Grijuelo.
--Es que van a Salamanca. Coge tu fusil y sígueme al momento.
--Mi comandante, el general España quiere ver a usía ahora mismo. El
ayudante de su excelencia ha traído el recado.
--El demonio cargue contigo, con el recado, con el ayudante y con el
general... Pero me he puesto el corbatín al revés... dame acá esa
casaca, bruto... ¡Pues no me iba sin ella!
--El general espera a usía. De abajo se sienten las patadas y voces que
da en su alojamiento.
Al bajar a la plaza, ya los incómodos viajeros habían desaparecido. D.
Carlos España me salió al encuentro diciéndome:
--Acabo de recibir un despacho del _Lord_ mandándome marchar hacia
Sancti Spíritus... Arriba todo el mundo; tocar llamada.
Y así concluyó un incidente que no debiera ser contado si no se
relacionara con otros curiosísimos que se verán a continuación.