Dejando el camino real a la derecha, nos dirigimos por una senda áspera
y tortuosa para atravesar la sierra. Vino la aurora, vino el día, sin
que en todo él ocurriese ningún suceso digno de ser marcado con piedra
blanca, negra ni amarilla; mas en el siguiente tuve un encuentro que
desde luego señalo como de los más felices de mi vida.
Marchábamos perezosamente al mediodía sin cuidados ni precauciones,
por la seguridad de que no encontraríamos franceses en tan agrestes
parajes. Iban cantando los soldados, y los oficiales disertando en
amena conversación sobre la campaña emprendida; dejábamos a los
caballos seguir en su natural y pacífica andadura, sin espolearlos ni
reprimirlos. El día era hermoso, y a más de hermoso algo caliente, por
lo cual caía la llama del sol sobre nuestras espaldas, calentándolas
más de lo necesario.
Yo iba de vanguardia. Al llegar a la vista de San Esteban de la Sierra,
pueblo pequeño, rodeado de frondosa verdura y grata sombra de árboles,
a cuyo amparo habíamos resuelto sestear, sentí algazara en los primeros
grupos de soldados que marchaban delante, rotas las filas y haciendo
de las suyas con los aldeanos que se parecían en el camino.
--No es nada, mi comandante --me contestó Tribaldos, a quien pregunté
la causa de tan escandalosa gritería--. Son Panduro y Rocacha que han
topado con un fraile agustino, y más que agustino pedigüeño, y más que
pedigüeño tunante, el cual no se apartó del camino cuando la tropa
pasaba.
--¿Y qué le han hecho?
--Nada más que jugar a la pelota --respondió riendo--. Su paternidad
llora y calla.
--Veo que Rocacha monta un asno y corre en él hacia el lugar.
--Es el asno de su paternidad, pues su paternidad trae un asno consigo
cargado de nabos podridos.
--Que dejen en paz a ese pobre hombre, ¡por vida de!... --grité con
ira--, y que siga su camino.
Adelanteme y distinguí entre soldados, que de mil modos le
mortificaban, a un bendito cogulla, vestido con el hábito agustino, y
azorado y lloroso.
--¡Señor --decía mirando piadosamente al cielo y con las manos
cruzadas--, que esto sea en descargo de mis culpas!
Su hábito descolorido y lleno de agujeros cuadraba muy bien a la
miserable catadura de un flaquísimo y amarillo rostro, donde el polvo,
con lágrimas o sudores amasado, formaba costras parduzcas. Lejos
de revelar aquella miserable persona la holgura y saciedad de los
conventos urbanos, los mejores criaderos de gente que se han conocido,
parecía anacoreta de los desiertos o mendigo de los campos. Cuando se
vio menos hostigado, volvió a un lado y otro los ojos buscando a su
desgraciado compañero de infortunio, y como le viese volver a escape
y jadeando, oprimidos los ijares por el poderoso Rocacha, se apresuró
a acudir a su encuentro. En tanto yo miraba al buen fraile, y cuando
le vi volver, tirando ya del cordel de su asno reconquistado, no pude
reprimir una exclamación de sorpresa. Aquella cara, que al pronto
despertó vagos recuerdos en mi mente, reveló al fin su enigma, y a
pesar de la edad transcurrida y de lo injuriada que estaba por años
y penas, la reconocí como perteneciente a una persona con quien tuve
amistad en otro tiempo.
--Sr. Juan de Dios --exclamé deteniendo mi caballo a punto que el
fraile pasaba junto a mí--, ¿es usted o no el que veo dentro de esos
hábitos y detrás de esa capa de polvo?
El agustino me miró sobresaltado, y luego que por buen rato me
contemplara, díjome así con melifluo acento:
--¿De dónde me conoce el señor general? Juan de Dios soy, en efecto.
Doy gracias a su eminencia por haber mandado que me devolvieran el
burro.
--¿Eminencia me llama usted?... --repuse--. Todavía no me han hecho
cardenal.
--En mi turbación no sé lo que me digo. Si su alteza me da licencia me
retiraré.
--Antes pruebe a ver si me conoce. ¿Mi cara ha variado tanto desde
aquel tiempo en que estábamos juntos en casa de D. Mauro Requejo?
Este nombre hizo estremecer al buen agustino, que fijó en mí sus ojos
calenturientos, y más bien espantado que sorprendido, dijo:
--¿Será posible que el que tengo delante sea Gabriel? ¡Jesús mío! Señor
general, ¿es usted Gabriel, el que en abril de 1808...? Lo recuerdo
bien... Deme usted a besar sus pies... ¿Conque es Gabriel en persona?
--El mismo soy. ¡Cuánto me alegro de que nos hayamos encontrado! Usted
hecho un frailito...
--Para servir a Dios y salvar mi alma. Hace tiempo que abracé esta
vida tan trabajosa para el cuerpo como saludable para el alma. ¿Y tú,
Gabriel?... ¿Y usted, Sr. D. Gabriel, se dedicó a la milicia? También
es honrosa la vida de las armas, y Dios premia a los buenos soldados,
algunos de los cuales santos han sido.
--A eso voy, padre, y usted parece que ya lo consiguió, porque su
pobreza no miente, y su cara de mortificación me dice que ayuna los
siete reviernes.
--Yo soy un humildísimo siervo de Dios --dijo bajando los ojos--, y
hago lo poco que está en mi miserable poder. Ahora, señor general,
experimento mucho gozo en ver a usted... y en reconocer al generoso
mancebo que fue mi amigo; y con esto y su venia me retiro, pues este
ejército va sierra adentro, y yo busco el camino real.
--No permito que nos separemos tan pronto, amigo mío. Usted está
fatigado, y además no tiene cara de haber cumplido aquel precepto que
manda empiece la caridad por uno mismo. En ese pueblo descansará el
regimiento. Vamos a comer lo que haya, y usted me acompañará para que
hablemos un poco, refrescando viejas memorias.
--Si el señor general me lo manda, obedeceré, porque mi destino es
obedecer --dijo marchando junto a mí en dirección al pueblo.
--Veo que el asno tiene mejor pelaje que su dueño, y no se mortifica
tanto con ayunos y vigilias. Le llevará a usted como una pluma, porque
parece una pieza de buena andadura.
--Yo no monto nunca en él --me respondió sin alzar los ojos del
suelo--. Voy siempre a pie.
--Eso es demasiado.
--Llevo conmigo este bondadoso animal para que me ayude a cargar las
limosnas y los enfermos que recojo en los pueblos para llevarlos al
hospital.
--¿Al hospital?
--Sí, señor. Yo pertenezco a la Orden Hospitalaria que fundó en
Granada nuestro santo padre y patrono mío el gran San Juan de Dios,
hace doscientos y setenta años poco más o menos. Seguimos en nuestros
estatutos la regla del gran San Agustín, y tenemos hospitales en varios
pueblos de España. Recogemos los mendigos de los caminos, visitamos las
casas de los pobres para cuidar a los enfermos que no quieren ir a la
nuestra, y vivimos de limosnas.
--¡Admirable vida, hermano! --dije bajando del caballo y encaminándome
con otros oficiales y el bendito Juan a un bosquecillo que a la vera
del pueblo estaba, donde, a la grata sombra de algunos corpulentos y
frescos árboles, nos prepararon nuestros asistentes una frugal comida.
--Ate usted su burro en el tronco de un árbol, y acomódese sobre este
césped junto a mí, para que demos al cuerpo alguna cosa, que todo no ha
de ser para el alma.
--Haré compañía al Sr. D. Gabriel --dijo Juan de Dios humildemente
luego que ató la cabalgadura--. Yo no como.
--¿Que no come? ¿Por ventura manda Dios que no se coma? ¿Y cómo ha de
estar dispuesto a servir al prójimo un cuerpo vacío? Vamos, Sr. Juan de
Dios, deje a un lado esa cortedad.
--Yo no como viandas aderezadas en cocina, ni nada caliente y compuesto
que tenga olor a gastronomía.
--¿Llama gastronomía a este carnero fiambre y seco, a este pan más duro
que roca?
--Yo no puedo probar eso --repuso sonriendo--. Me alimento tan solo con
yerbas del campo y raíces silvestres.
--Hombre, lo admiro; pero francamente... Al menos beberá usted un
trago. Es de Rueda.
--No bebo más que agua.
--¡Hombre... agua y yerbecitas del campo! Lindo comistrajo es ese. En
fin, si de tal modo se salva uno...
--Ya hace tiempo que hice voto firmísimo de vivir de esa manera,
y hasta hoy, D. Gabriel mío, aunque no limpio de pecados, tengo la
satisfacción de no haber cometido el de faltar a mi voto una sola vez.
--Pues no insisto, amigo. No se vaya usted a condenar por culpa mía.
La verdad es que tengo un hambre... Pobre Sr. Juan de Dios... ¡Quién
había de decir que nos encontraríamos después de tantos años...! ¿No es
verdad?
--Sí, señor.
--Yo creí que usted había pasado a mejor vida. Como desapareció...
--Entré en la Orden en enero del año 9. Acabé mis primeros ejercicios
en marzo, y recibí las primeras órdenes el año último. Todavía no soy
fraile profeso.
--¡Cuántas cosas han pasado desde que no nos vemos!
--¡Sí, señor, cuántas!
--Usted, retirado del mundo, vive de un modo beatífico sin penas ni
alegrías, contento de su estado...
Juan de Dios exhaló un suspiro profundísimo, y después bajó los ojos.
Observándole bien, advertí las señales que en su extenuado rostro
patentizaban no ser jactancia de beato aquello de las campestres
yerbecitas y agua de los arroyos cristalinos. Bordeaba sus ojos un
cerco violáceo muy intenso, que hacía más vivo el brillo de sus
pupilas, y marcándosele los huesos de la cara bajo la estirada y
amarillenta piel. Su expresión era la de las almas exaltadas por
una piedad que igualmente hace sus efectos en el espíritu y en el
sistema nervioso. Misticismo y enfermedad al mismo tiempo, es una
devoción singular que ha llevado hermosísimas figuras al cielo de las
grandezas humanas. Si en un principio creí ver en Juan de Dios un
poco de artificio e hipocresía, muy luego convencime de lo contrario,
y aquel santo varón, arrojado por las tempestades mundanas a la vida
contemplativa y austera, vivía inflamado por un fervor tan ardiente
como sincero. Se le veía quemarse; se observaba la combustión de
aquel cuerpo, que poco a poco se convertía en ceniza, calcinado por
la llama de la espiritual calentura; se veía que aquel hombre apenas
a la tierra tocaba, apenas al mundo de los vivos, y que la miserable
arcilla que aún mantenía el noble espíritu con endeble atadura, se iba
descomponiendo y desmenuzándose grano a grano.
--Es admirable, amigo mío --le dije--, que haya llegado a tan lisonjero
estado de santidad un hombre que no se vio libre ciertamente de las
pasiones mundanas.
La fisonomía de Fr. Juan de Dios contrájose con ligero temblor. Pero
serenándose al punto su rostro, me dijo:
--¿No sabe usted qué ha sido de aquellos benditos señores de Requejo?
Sentiría que les hubiese pasado alguna desgracia.
--No he vuelto a saber de ellos. Estarán cada vez más ricos, porque los
pícaros hacen fortuna.
El fraile no hizo gesto alguno de asentimiento.
--Pero Dios les habrá castigado al fin --continué-- por los martirios
que hicieron padecer a aquella infeliz joven...
Al decir esto, advertí que en las venas de aquel miserable cuerpo
humano, que la tumba pedía para sí, quedaba todavía un resto de sangre.
Bajo la piel de la cara se traslucieron por un instante las hinchadas
venas azules, y un ligero tinte amoratado encendió la austera frente.
No me hubiera sorprendido más ver una imagen de madera sonrojándose al
contacto del beso de las devotas.
--Dios sabrá lo que tiene que hacer con los señores de Requejo por esa
conducta --me contestó.
--Creo que no le será indiferente a usted saber el fin que ha tenido
aquella desgraciada joven.
--¿Indiferente? No --repuso poniéndose como un cadáver.
--¡Oh! Las personas destinadas a padecer... --dije observando
atentamente la impresión que en el santo producían mis palabras--.
Aquella pobre joven tan buena, tan bonita, tan modesta...
--¿Qué?
--Ha muerto.
Yo creí que Juan de Dios se conmovería al oír esto; pero con gran
sorpresa vi su rostro resplandeciente de serenidad y beatitud. Mi
asombro llegó a su colmo cuando, en tono de convicción profundísima,
dijo:
--Ya lo sabía. Murió en el convento de Córdoba, donde la encerró su
familia en junio de 1808.
--¿Y cómo sabe usted eso? --pregunté, respetando el engaño del pobre
agustino.
--Nosotros tenemos visiones singulares. Dios permite que por un estado
especial de nuestro espíritu, sepamos algunos hechos ocurridos en
país lejano, sin que nadie nos los cuente. Inés murió. Yo la he visto
repetidas veces en mis éxtasis, y es indudable que solo se nos presenta
la imagen de las personas que han tenido la suerte de abandonar para
siempre este ruin y miserable mundo.
--Así debe ser.
--Así es, aunque los torpes ojos del cuerpo crean otra cosa. ¡Ay!
Los del alma son los que no se engañan nunca, porque hay siempre en
ellos un rayo de eterna luz. La corporal vista es un órgano de quien
dispone a su antojo el demonio para atormentarnos. Lo que vemos en ella
es muchas veces ilusorio y fantástico. Yo, Sr. D. Gabriel, padezco
tormentos muy horrorosos por las continuas pruebas a que sujeta mi
espíritu el Señor de cielo y tierra, y por los pérfidos amaños del
espíritu maligno, que, anhelando perderme, juega con mis débiles
sentidos, y se burla de esta desgraciada criatura.
--Querido amigo, cuénteme usted lo que pasa. Yo también sirvo a veces
de juguete y mofa a ese señor demonio, y puedo dar a usted algún buen
consejo sobre el modo de vencerle y burlarse de él en vez de ser
burlado.
V
--Puesto que usted ha nombrado a una persona que tanta parte ha tenido
en que yo abandonase el perverso siglo, y puesto que usted conoció
entonces mis secretos, nada debo ocultarle. Cuando Dios me crió dispuso
que padeciese, y he padecido como ningún otro mortal sobre la tierra.
Antes de sentir en mi alma el rayo divino de la eterna gracia, que
me alumbró el sendero de esta nueva vida, una pasión mundana me hizo
desgraciado. Después que me abracé a la santa cruz para salvarme, las
turbaciones, debilidades y agonías de mi espíritu han sido tales, que
pienso es esto disposición de Dios para que conozca en vida infierno y
purgatorio antes de subir a la morada de los justos... Amé a una mujer,
mas con tanta exaltación, que mi naturaleza quedó en aquel trance
trastornada. Cuando comprendí que todo había concluido, yo no tenía ya
entendimiento, memoria ni voluntad. Era una máquina, señor oficial, una
máquina estúpida: mis sentidos estaban muertos. Vivía en las tinieblas,
pues nada veía, y en una especie de letargoso asombro. Varias veces he
pensado después si, como aquel estupor mío, será el limbo a donde van
los que apenas han nacido.
--Justo. Así debe ser.
--Cuando volví en mí, querido señor, formé el proyecto de hacerme
fraile. Yo había concluido para el mundo. Me confesé con grandísimo
fervor. El padre Busto aprobó con entusiasmo mi propósito de consagrar
a la religión el resto de mis tristes días, y como yo manifestara deseo
de entrar en la Orden más pobre y donde más trabajase el cuerpo y más
apartada de mundanales atractivos estuviese el ánima, señalome esta
regla de hermanos hospitalarios. ¡Ay!, mi alma recibió un consuelo
inexplicable. Buscaba los sitios solitarios para meditar, y meditando
sentía rodeada mi cabeza de celestial atmósfera. ¡Qué luz tan pura!
¡Qué dulzura y suave silencio en el aire!
--¿Y después?
--¡Ay! Después empezaron nuevamente mis infortunios bajo otra forma.
Dios decretó que yo padeciese y padeciendo estoy... Óigame usted un
momento más. Comencé mis estudios y las prácticas religiosas para
ingresar en la Orden. Recibiéronme una mañana en el convento, donde
vestí el traje de lego. Di aquel día mis lecciones más contento que
nunca; asistí como fámulo a los pobres de la enfermería, y por la
tarde, tomando el segundo tomo de _Los nombres de Cristo_, por el
maestro Fr. Luis de León, libro que me agradaba en extremo, fuime a
la huerta, y en el sitio más secreto y callado de ella, entregué mi
espíritu a las delicias de la lectura. No había acabado el capítulo
hermosísimo que se titula _Descripción de la miseria humana y origen
de su fragilidad_, cuando sentí un calofrío muy intenso en todo mi
cuerpo, una gran turbación, una zozobra muy viva, pues toda la sangre
agolpose en mi pecho, y experimenté una sensación que no puedo decir
si era gozo profundísimo o dolor agudo. Una extraña figura, bulto o
sombra, impresionó mi vista; miré, y la vi: era ella misma, sentada en
el banco de piedra junto a mí.
--¿Quién?
--¿Necesito decir su nombre?
--Ya.
--El libro se me cayó de las manos; observé la asombrosa visión,
pues visión era, y el mundano amor renació violentamente en mi pecho
como la explosión de una mina. Quedé absorto, señor, mudo y entre
suspendido y aterrado. Era ella misma, y me miraba con sus dulces
ojos, trastornándome. Separábala de mí una distancia como de media
vara; mas no hice movimiento alguno para acercarme a ella, porque el
mismo estupor, la admiración que tal prodigio de belleza me producía,
el mismo fuego amoroso que quemaba mi ser, teníanme arrobado y sin
movimiento. Estaba vestida con riquísima túnica de una blanca y sutil
tela, la cual, así como las nubes ocultan el sol sin esconderlo,
ocultaba su hermoso cuerpo, antes empañándolo que cubriéndolo. Bajo
la falda asomaba desnudo uno de sus delicados pies; sus cabellos,
ensortijados con arte incomparable, le caían en hermosas guedejas a un
lado y otro de la cara, entre sartas de orientales perlas, y en la mano
derecha sostenía un pequeño ramillete de olorosas flores, cuya esencia
llegaba hasta mí embriagándome el sentido.
--En verdad, Sr. Juan de Dios, que nunca he visto a la señorita Inés en
semejante traje, no muy propio por cierto para pasear en jardines.
--¿Que había usted de verla, si aquella imagen no era forma corporal y
tangible, sino una fábrica engañosa del demonio, que desde aquel día me
escogió para víctima de sus abominables experimentos?
--¿Y la joven del pie desnudo y el ramo de flores, no dijo alguna
palabrilla?
--Ni media, hermano.
--¿Y usted no le dijo nada, ni traspasó el espacio de media vara que
había entre los dos?
--No podía hablar. Acerqueme, sí, a ella, y en el mismo momento
desapareció.
--¡Qué picardía! Pero el demonio es así, amigo mío: ofrece y no da.
--Mucho tardé en reponerme de la horrible sensación que aquello dejó
en mi alma. Al fin recogí el libro, y dirigí mis pensamientos a Dios.
¡Ay, qué extraña sensación! Tan extraña es, que no puedo explicarla.
Figuraos, querido señor, que mis pensamientos, al remontarse al cielo
tomando forma material, fueran detenidos y rechazados por una mano
poderosa. Esto ni más ni menos era lo que yo sentía. Quería pensar y no
tenía espíritu más que para sentir. Por mi cuerpo corrían, a modo de
relámpagos del movimiento, unas convulsiones ardientes... ¡Ay! no, no
puedo de modo alguno explicar esto... En mi cuerpo chisporroteaba algo,
cual mechas que se van apagando, y cuyas pavesas, mitad fuego, mitad
ceniza, caen al suelo... Levanteme; quise entrar en la iglesia; pero...
¿creerá usted que no podía? No, no podía. Alguien me tiraba de la cola
del hábito hacia afuera. Corrí a la celda que me habían destinado, y
arrojándome en el suelo, puse la frente sobre mis manos y mis manos
sobre los ladrillos. Así estuve toda la noche orando y pidiendo a Dios
que me librara de aquellas horribles tentaciones, diciéndole que yo no
quería pecar, sino servirle; que yo quería ser bueno y puro y santo.
--¿Por qué no contó usted el caso a otros frailes experimentados en
cosas de visiones y tentaciones?
--Así lo hice al punto. Consulté aquella misma tarde con el padre
Rafael de los Ángeles, varón muy pío y que me mostraba gran cariño,
el cual me dijo que no tuviese cuidado, pues para desnudar el
entendimiento (así mismo lo dijo) de tales aprensiones imaginarias y
naturales, bastaba una piedad constante, una mortificación infatigable
y una humildad sin límites. Añadiome que él, en los primeros años de
vida monástica, había experimentado iguales aprietos y compromisos;
mas que al fin, con las rudas penitencias y lecturas místicas,
había convencido al demonio de la inutilidad de sus esfuerzos para
pervertirlo, con lo cual le dejó tranquilo. Aconsejóme que entrase en
la vida activa de la Orden; que marchase en pos de las miserias y
lástimas del mundo, recogiendo enfermos por los pueblos para traerlos a
los hospitales; que vagase por los campos, haciendo corporal ejercicio
y alimentándome con yerbas y raíces, para que el miserable y torpe
cuerpo, privado de todo regalo, adquiriese la sequedad y rigidez que
ahuyentan la concupiscencia. Encargome, además, que durmiese poco, y
jamás sobre blanduras, sino más bien encima de duras rocas o picudas
zarzas, siempre que pudiere; que asimismo me apartase de toda sociedad
de amigos, esquivando coloquios sobre negocios mundanos, no mostrando
afición a persona alguna, sino huyendo de todos para no pensar más que
en la perfección de mi alma.
--Y haciéndolo así, ha conseguido usted...
--Así lo he hecho, hermano; mas poco o nada he conseguido. Cerca
de tres años de mortificaciones, de ejercicios, de penitencias,
de vigilias, de rigores, de dormir en campo raso y comer berraza
y jaramagos crudos, si han fortalecido mi espíritu, librándome de
aquellas vaguedades voluptuosas que al principio ponían al borde del
precipicio mi santidad, no me han librado de los continuos asaltos del
ángel infernal, que un día y otro, señor, en el campo y bajo techo, en
la dulce oscuridad de la alta y triste noche, lo mismo que a la luz
deslumbradora del sol, me pone ante los ojos la imagen de la persona
que adoré en el siglo. ¡Ay! en aquel tiempo, cuando estábamos en la
tienda, yo blasfemé, sí... me acuerdo que un día entré en la iglesia
y, arrodillándome delante del Santísimo Sacramento, dije: «Señor,
te aborreceré, te negaré, si no me la das, para que nuestras almas y
nuestros cuerpos estén siempre unidos en la vida, en la sepultura y en
la eternidad.» Dios me castiga por haberle amenazado.
--De modo que siempre...
--Sí, siempre, siempre la veo, unas veces en esta, otras en la otra
forma, aunque por temporadas el demonio me permite descansar y no veo
nada. Esta funesta desgracia mía me ha impedido hasta ahora recibir
los últimos y más sublimes grados del sacramento del Orden, pues me
creo indigno de que Dios baje a mis manos. ¡Es terrible sentirse uno
con el corazón y el espíritu todo dispuesto a la santidad, y no poder
conseguir el perfecto estado! Yo me desespero y lloro en silencio, al
ver cuán felices son otros frailes de mi Orden, los cuales disfrutan,
con la paz más pura, las delicias de visiones santas que son el más
regalado manjar del espíritu. Unos, en sus meditaciones, ven ante sí
la imagen de Cristo crucificado, mirándoles con ojos amorosísimos;
otros se deleitan contemplando la celestial figura del Niño Dios; a
otros les embelesa la presencia de Santa Catalina de Siena o Santa
Rosa de Viterbo, cuya castísima imagen y compuestos ademanes incitan a
la oración y a la austeridad; pero yo ¡desgraciado de mí! yo, pecador
abominable que sentí quemadas mis entrañas por el mundano amor, y me
alimenté con aquel rocío divino de la pasión, y empapé el alma en mil
liviandades inspiradas por la fantasía, me he enfermado para siempre
de impureza, me he derretido y moldeado en un desconocido crisol que me
dejó para siempre en aquella ruin forma primera. No puedo ser santo,
no puedo arrojar de mí esta segunda persona que me acompaña sin cesar.
¡Oh, maldita lengua mía! Yo había dicho: «Quiero unirme a ella en la
vida, en la sepultura y en la eternidad», y así está sucediendo.
Fr. Juan de Dios bajó la cabeza y permaneció largo rato meditando.