Cuando recibí esta carta, marchaba a unirme al ejército llamado
de Extremadura; pero que no estaba en Extremadura, sino en Fuente
Aguinaldo, territorio de Salamanca.
En abril había yo dejado definitivamente la compañía de los
guerrilleros para volver al ejército. Tocome servir a las órdenes
de un mariscal de campo llamado Carlos Espagne, el que después fue
conde de España, de fúnebre memoria en Cataluña. Hasta entonces aquel
joven francés, alistado en nuestros ejércitos desde 1792, no tenía
celebridad, a pesar de haberse distinguido en las acciones de Barca del
Puerto, de Tamames, del Fresno y de Medina del Campo. Era un excelente
militar, muy bravo y fuerte; pero de carácter variable y díscolo. Digno
de admiración en los combates, movían a risa o a cólera sus rarezas
cuando no había enemigos delante. Tenía una figura poco simpática, y
su fisonomía, compuesta casi exclusivamente de una nariz de cotorra y
de unos ojazos pardos bajo cejas angulosas, revueltas, movibles, y en
las cuales cada pelo tenía la dirección que le parecía, revelaba un
espíritu desconfiado y pasiones ardientes, ante las cuales el amigo y
el subalterno debían ponerse en guardia.
Muchas de sus acciones revelaban lamentable vaciedad en los aposentos
cerebrales, y si no peleamos algunas veces contra molinos de viento,
fue porque Dios nos tuvo de su mano; pero era frecuente tocar llamada
en el silencio y soledad de la alta noche, salir precipitadamente de
los alojamientos, buscar al enemigo que tan a deshora nos hacía romper
el dulce sueño, y no encontrar más que al lunático España vociferando
en medio del campo contra sus invisibles compatriotas.
Mandaba este hombre una división perteneciente al ejército de que era
comandante general D. Carlos O’Donnell. Habíasele unido por aquel
tiempo la partida de D. Julián Sánchez, guerrillero muy afortunado en
Castilla la Vieja, y se disponía a formar en las filas de Wellington,
establecido en Fuente Aguinaldo, después de haber ganado a Badajoz a
fines de marzo. Los franceses de Castilla la Vieja mandados por Marmont
andaban muy desconcertados. Soult operaba en Andalucía sin atreverse a
atacar al _Lord_, y este decidió avanzar resueltamente hacia Castilla.
En resumen, la guerra no tomaba mal aspecto para nosotros; por el
contrario, aparecía en evidente declinación la estrella imperial,
después de los golpes sufridos en Ciudad-Rodrigo, Arroyomolinos y
Badajoz.
Yo había recibido el empleo de comandante en febrero de aquel mismo
año. Por mi ventura mandé durante algún tiempo (pues también fui
jefe de guerrillas) una partida que recorrió el país de Aranda, y
luego las sierras de Covarrubias y la Demanda. A principios de marzo
tenía la seguridad de que Santorcaz no estaba en aquel país. Alargué
atrevidamente mis excursiones hasta Burgos, ocupada por los franceses;
entré disfrazado en la plaza, y pude saber que el antiguo comisario
de policía había residido allí meses antes. Bajando luego a Segovia,
continué mis pesquisas; pero una orden superior me obligó a unirme a la
división de D. Carlos España.
Obedecí, y como en los mismos días recibiese la última carta de
las que puntualmente he copiado, juzgué favor especial del cielo la
disposición militar que me enviaba a Extremadura. Pero, como he dicho,
Wellington, a quien debiera unirse D. Carlos España, había dejado ya
las orillas del Tiétar. Nosotros debíamos salir de Piedrahita para
unirnos a él en Fuente Aguinaldo o en Ciudad-Rodrigo. De aquí se podía
ir fácilmente a Plasencia.
Mientras con zozobra y desesperación revolvía en mi mente distintos
proyectos, ocurrieron sucesos que no debo pasar en silencio.