Adelantos de la misión.--Oposición de los _macambas_.--Saipan y
Rota.--Los _urritaos_.--Tradiciones usos y costumbres.--Colegio de San
Juan de Lotrán.--Crónicas de los jesuítas--Hostilidades.--Asesinato de
San Vítores.--Una modesta cruz.--Los Padres Solano y Ezguerra.--El
almirante Coello.--Nuevos asesinatos. Represalias.--D. Juan
Santiago.--El Gobernador Irrisari.--Descubrimientos al Norte de
Agaña.--Marianas en el siglo XVIII.
La misión dirigida por el Padre San Vítores desembarcó en la isla de
Guajan, estableciéndose en el pueblo de Agaña, en donde inmediatamente
principió su obra de conversión.
La misión al principio fué recibida con grandes muestras de cariño,
sometiéndose gustosos los naturales al bautismo y á oir la voz de los
que predicaban una religión para ellos desconocida; mas bien pronto
aquellos afectos se convirtieron en una tenaz y terrible oposición
en la que perdieron la vida varios misioneros y soldados.
En los primeros meses los agasajos y la dulzura que emplea todo el
que trata de persuadir, hicieron su efecto, predisponiendo los ánimos
á la protección de que fué objeto la misión.
Más tarde surgieron varios conflictos, creados primeramente por
la intemperancia del magnate, el cual, oyendo un día y otro las
excelencias del bautismo, quiso fuese patrimonio exclusivo de ellos
y sus hijos. Esto, como es consiguiente, creó luchas y excitó los
ánimos, no por la idea del bautismo, sino por la división que surgía
su aplicación. La dulzura del Padre San Vítores y la fuerza de sus
convincentes argumentos pudieron desvanecer este primer conflicto,
viendo en ello dar al cristianismo el primer paso á la unión de clases.
La herida que abría lo anterior en las antiguas costumbres, fué
comprendida por algunos que se propusieron crear nuevos conflictos
en defensa de sus odiosos privilegios.
Los magnates descontentos por una parte, la superstición por otra
ayudada de falsas tradiciones, y robustecida con las intransigencias
de los sacerdotes ó macambas que concitaban los ánimos, despertando
antiguas costumbres, y unido á esto el estratégico é infame rumor de
que el bautismo originaba la muerte de los niños, fueron los elementos
que pusieron en juego los enemigos de los ministros de la fe.
Los anteriores males fueron venciéndose, contrarrestándose unas veces
la fuerza con la fuerza, é interponiendo otras la convicción en medio
de las supersticiosas creencias.
No contentos los jesuítas con la aparente sumisión de la isla de
Guajan, se extendieron al Norte, en donde descubrieron nuevas islas
siendo las principales las nombradas Saipan y Zarpana, ó sea Rota. En
estas se reflejaron bien pronto los mismos males por que estaba
pasando Guajan, haciéndose los trabajos con grandísimo riesgo.
Las costumbres fueron siempre los principales elementos que los
macambas trataron de explotar en defensa del predominio é influencia
que venían poseyendo en aquellos pueblos, sujetos al capricho de su
voluntad, por medio de las acomodaticias invocaciones, originarias
de supersticiosos manejos.
La poligamia con toda la asquerosa desnudez venía sucediéndose en las
costumbres de aquellos isleños, y la poligamia que necesariamente había
de ser combatida en los ascéticos principios de San Vítores produjo
sus consecuencias. Los _urritaos_, ó sean los jóvenes, levantaron una
cruzada que fué á engrosar las filas de los que combatían la idea por
el orgullo, viniendo á ser las pasiones sensuales y las tradiciones
aristocráticas, las piedras de apoyo que sustentaban la discordia y
la oposición.
La lucha entre la argucia del macamba y la persuasión del misionero,
era tanto más tenaz cuanto que tenía por palenque la condición
del natural, el cual admitía cuantas ideas llegaban á su escasa
comprensión.
Su imaginación voluble está comprobada en sus tradiciones, que
atestiguan eran muy dados á las fantásticas leyendas, las cuales
relataban en coro formando dos círculos, uno de hombres y otro
de mujeres, que giraban en inverso sentido. Para estas fiestas,
en las cuales cantaban las excelencias y las antigüedades de sus
_Anitis,_ se adornaban las mujeres tiñéndose de negro los dientes
y blanqueándose el pelo, completando el adorno conchas, caracoles,
plumas, insectos de colores y hojas de plátano. Los hombres se rapaban
el pelo, yendo completamente desnudos. Restos de estas antiguas
costumbres y reminiscencias de aquellas fiestas todavía se conservan
en Marianas. El autor de estas líneas ha presenciado algunas escenas
entre los carolinos residentes en Agaña, en las cuales se refleja
las primitivas tradiciones.
Los elementos turbulentos cada vez tomaban más fuerza, al par que la
adquiría la evangélica persistencia de los misioneros, en tanto que
el corto número de soldados mantenían en los cañones de sus mosquetes
el desbordamiento que ha tiempo se venía presintiendo.
En 1669 se bendijo una iglesia, creándose poco después un colegio
con el nombre, que aún hoy lleva, de San Juan de Letrán, para el cual
consiguió San Vítores se expidiera en 1663 Real cédula de perpetuidad,
con la dotación anual de 3.000 pesos, los cuales se habían de pagar
por las cajas de Méjico.
En contestación á esta merced, otorgada por Doña Mariana de Austria,
escribió el jesuíta una sentida carta al Padre Nitarht, haciéndole
presente participara á su Reina que en él espacio de pocos meses
y debido á su protección, había en las islas entre bautizados y
catecúmenos 34.000.
Este dato no lo hemos podido comprobar en documentos oficiales,
y como quiera que nos parece un tanto exagerado, debemos hacer
presente lo hemos tomado de las mismas _Crónicas de los Jesuítas,_
de cuya institución dependían todos los Padres que compusieron las
misiones de Marianas, cuya dotación eclesiástica corrió á su cargo
hasta que fueron expulsados de los dominios españoles.
Las expresadas crónicas hacen subir la población de las islas á 100.000
almas, cifra que asimismo nos parece inexacta, no comprendiendo que
ni la extensión, ni los productos del suelo pudieran alimentar tal
exceso de población, y sobre todo y más que la falta de proporción
entre los habitantes y el suelo, en que aquellos, según las mismas
crónicas, se redujeron en muy pocos años á más de la quinta parte;
disminución incomprensible en tan poco tiempo, teniendo en cuenta la
razón de situación de las islas y la casi absoluta incomunicación en
que estaban con los demás pueblos.
La emigración sin los medios de comunicación es imposible, y la
enormidad de la baja sin aquella, por razón de mortandad también lo
es, atendiendo á la salubridad que en todo tiempo se experimenta en
las islas.
El casi imposible se opone á la creencia de que hubiera 100.000 almas,
en donde escasamente solo restan en el día unas 7.000.
De estos y otros datos se prevale un escritor francés para mezclar
entre el gran caudal de poesía que respiran sus obras, un sinnúmero
de vulgaridades, por no calificarlas de otra manera, al ocuparse
de Marianas.
Los pocos narradores de aquellas islas habrán podido equivocarse, es
más, de hecho se han equivocado en algunas cosas; en cambio M. Arago,
escritor á quien aludimos, es muy posible no haya dicho una sola
verdad en las páginas que consagra á las Marianas.
Mas continuemos su historia.
Las hostilidades de que fueron objeto los sacerdotes y soldados,
la alevosa muerte que dieron los isleños á más de uno, y las
dificultades que oponían, ora en la resistencia pasiva, ora en
el éxito de las armas, motivaron el que poco á poco, y á medida
que llegaban las naos se fuera aumentando el personal de guerra,
y que el inofensivo y modesto establecimiento que se levantó en un
principio, se perfeccionara tomando el carácter que distingue la
conquista, y la persuasión, las armas y la fe, la suavidad de los
principios del cristianismo, y los mortíferos estragos de la metralla;
participando bien pronto el establecimiento de la abadía y del fuerte;
del campanario y de la atalaya; de la cruz y de la espada.
En tal estado llegó el 2 de Abril de 1672, en que Diego San Vítores
desoyendo prudentes consejos, salió del recinto de Agaña acompañado
únicamente de un filipino, dirigiéndose al pueblo de _Tumhun_ á seguir
su evangélica obra. No bien había caminado una legua, cuando oyó llorar
á una niña en una casa de palma; quiso bautizarla, mas fué muerto
á lanzadas por su padre llamado _Matapang_ y por _Hirao_, vecino de
aquel. Después de muerto fué arrastrado hasta la playa, arrojando su
cuerpo en los arrecifes de la costa del Pico de los Amantes.
Pocas existencias humanas habrán recorrido su peregrinación sobre
la tierra con más fe, con más abnegación, y con más valor que la que
alentaba Diego Luís de San Vítores.
Cuatro años permaneció en las islas Marianas, cuya reducción casi
puede asegurarse se le debe á él, y en ese tiempo predicando la
caridad y la virtud fué consuelo de propios y extraños.
En el sitio en que fué muerto se conserva en el día una modesta
cruz; á la sombra de su tosca madera consagramos una oración como
cristianos y un recuerdo como españoles. En sus descarnados brazos,
habrá marchitado el hálito de los fuertes Nortes, una corona de
flores silvestres que hizo una decidora chamorra que nos acompañó en
la expedición.
Ni la religión, ni las nuevas costumbres, ni los escasos rayos
de civilización que se abren paso hasta aquellas lejanas tierras,
han podido destruir antiguos gérmenes de pasadas generaciones. La
superstición y la fábula son innatas en el chamorro, así que la muerte
del Padre San Vítores, como su martirio y su vida, la envuelve en
sinnúmero de fantásticas relaciones. Decir á un chamorro, y sobre todo
á una chamorra, que las aguas donde arrojaron al jesuíta no tienen el
color de sangre, y os mirará con la lástima de creer trata con un loco.
Al Padre Diego sucedió en la dirección de la misión, el jesuíta Fray
Francisco Solano, el cual continuó la obra de su antecesor con fe
y perseverancia.
La dirección del Padre Solano fué bien corta, pues la falta de
alimentos, la naturaleza de estos, las fatigas causadas por las
incesantes luchas y la tristeza que le ocasionó el martirio de su
compañero, rindieron aquella existencia, ocasionando su muerte una
aguda enfermedad.
Á la muerte de Solano, acaecida en Junio de 1672, sucedió el Padre
Francisco Ezguerra. Por este tiempo y acostumbrados los naturales á los
azares de la guerra, y ora generalizándola y dirigiendo sus ataques
al establecimiento, ora localizándola de ranchería á ranchería y de
caudillo á caudillo, tenían á los pocos españoles en una continua
zozobra, la cual se aplacó un tanto con la llegada de los navíos
_Santiago_ y _San Antonio_, los cuales sucesivamente tomaron puerto
en Agaña, el año 1672 y 1673.
El almirante Coello, que mandaba el navío _Santiago_, enterado del
estado en que se encontraban los españoles los atendió con toda clase
de recursos, haciendo quedase al mando de la fuerza que se organizó,
el capitán de los antiguos tercios D. Juan Santiago; este, como
buen soldado, de genio aventurero, de pronta y decisiva acción, de
resistente naturaleza y de un valor y tesón á toda prueba, comprendió
que las contemplaciones eran el verdadero foco donde se incubaban las
hostilidades y la guerra, así que, dejando correr sus instintos en
armonía con sus antiguos hábitos de campaña, reforzó el fuerte, levantó
empalizadas, acumuló materiales y vituallas, y una vez asegurada la
retirada, principió su obra de conquista talando cuantos campos se
le oponían y quemando las rancherías que mostraban resistencia.
El miedo cundió por las islas, el cual bien pronto fué acompañado
del supersticioso terror que produjo en los naturales la vista
de un caballo que se había desembarcado del navío _San Antonio_,
por disposición de su Almirante Monfort, el cual prestó hombres y
recursos á la obra de la conquista.
Los isleños comprendieron que su ruina era cierta de continuar en
actitud de guerra, y aparentemente desistieron, enviando emisarios
á los españoles, con presentes de conchas y tortugas como símbolos
de paz, pidiendo perdón por los hechos pasados, y prometiendo ciega
obediencia para lo sucesivo. Esto acaeció á 13 de Noviembre de 1673.
Las anteriores paces se concertaron con los elementos de la confianza
y la hidalguía por una parte, y el terror y la necesidad por otra,
convenciéndose bien pronto los españoles de lo mentido de las promesas
y la falsía de la sumisión.
A 1° de Febrero de 1674, dirigiéndose el Superior Padre Ezguerra con
cinco soldados por el camino de Fuuña, fué asaltado por sinnúmero de
hombres armados, los cuales, con grandes gritos pedían su muerte. Las
palabras se hicieron obras, y el Padre Ezguerra y sus compañeros
perecieron taladrados de flechas y arrastrados sus restos hasta el mar,
en donde los arrojaron.
Este hecho inaudito, propio solo de una raza salvaje é indómita,
produjo el efecto consiguiente en el ánimo del capitán y de los pocos
soldados que tenía á sus órdenes. Siendo rotas las treguas y ávidos de
venganza, no hubo perdón ni misericordia. Donde quiera había oposición,
había incendio; donde quiera había resistencia, había metralla; se
talaron campos, se destruyeron estacadas, y por último, se pisotearon
los falsos ídolos personificados en las calaveras, acompañando á este
sangriento cuadro la ejecución que con toda publicidad se llevó á cabo,
ahorcando á todos los que pudo justificarse participación directa en
los asesinatos.
La destrucción de las calaveras y el haber entre los ahorcados dos
macambas de los más influyentes, fueron causa de que se apoderara
de los isleños un grandísimo terror, alejádose del terreno de las
hostilidades, buscando amparo en los extremos de las islas y en lo
más oculto de los bosques, convencidos de que toda resistencia era
imposible en vista de la actitud de los españoles y filipinos, los
cuales habían perfeccionado las obras del establecimiento, proveyendo
de dos pequeños cañones el torreón que dominaba las trincheras y
estacadas, doblemente resguardadas con sinnúmero de púas de cañas y
palma brava.
Con la conducta observada por D. Juan Santiago y por su sucesor
D. Damián de Esplana, que con decisivo tesón continuó en la obra
de reducción, se pudo ir asegurando la tranquilidad en las islas,
en las cuales fueron construyéndose iglesias y casas de instrucción,
habiéndolas en gran número de pueblos, cuando llegó á Agaña en Junio
de 1676 el navío _San Antonio_, conduciendo á su bordo al capitán
D. Francisco de Irrisari, primer Gobernador de Real nombramiento de
las islas Marianas.
Azarosos fueron en extremo los dos años que gobernó Irrisari;
el odio estaba oculto, la venganza por un lado, y por otro la
cautela aprendida por los chamorros á consecuencia de los continuos
descalabros que habían sufrido siempre que frente á frente y en ancho
campo presentaron contienda, los hicieron astutos y precavidos. Las
asechanzas y emboscadas eran cada vez más frecuentes, y las muertes
y asesinatos parciales sustituyeron á los ataques francos y en masas.
Los macambas, á pesar de ver que la numerosa población que en otro
tiempo habían subyugado, merced á la evocación de supersticiosas
fábulas estaba casi aniquilada, que las cábalas mágicas de los anitis
eran impotentes ante el fuego de los mosquetes y la metralla de los
cañones, que los castigos eran públicos y ejemplares, que de día
en día se perfeccionaban las obras, se levantaban otras aumentaban
hombres y vituallas, que se talaban y se incendiaban las rebeldes
rancherías, no desmayaban en sus predicaciones y en sus pérfidas
gestiones. En un principio explotaron el orgullo y privilegios de
raza; más tarde, excitaron la maternidad; después, echaron mano del
desenfrenado sensualismo, y por último, y en los años que nos ocupa,
aprovecharon como arma de excisión el hecho primero en aquellas
islas, de casarse una mariana con un español. Esto dió origen á que
los macambas predicaran el odio contra aquellos, recrudeciendo los
ánimos al presentar el matrimonio como un robo simulado, ante el cual
los conquistadores principiaban á apoderarse de sus hijas y mujeres.
Esta falsa doctrina hizo su efecto y volvieron á las antiguas
hostilidades, las cuales fueron estrellándose en la constancia y
valor de Irrisari y los suyos.
Al llegar á Marianas en el año 1678 D. Juan Antonio de Salas,
su segundo Gobernador, se hicieron exploraciones en el puerto, se
situaron lugares seguros de anclaje, y se desembarcaron refuerzos;
con estos y con la inteligencia, tanto de Salas como de su sucesor
D. José Quiroga, se logró reducir, no solo la isla de Guajan, sino
las que aún quedaban revueltas al Norte.
En completa reducción, y estando las islas al mando de Madrazo,
llegó el siglo XVIII, á cuyos principios se aumentaron escuelas, se
perfeccionaron las obras de las iglesias, se levantaron almacenes, se
abrieron caminos y se ultimaron cuantas construcciones habían estado
abandonadas por efecto de la guerra. Las rancherías esparcidas por
los montes se refluyeron al llano, desapareciendo la vida nómada y
errante del natural, con la aparición de los pueblos de Merizo, Pago,
Agat é Inarajan.
En el año 1701 no había habitadas en todo el Archipiélago de Marianas
más que las islas de Guajan, Rota y Saipan, y estas últimas, era
tan poca su importancia y tanta su miseria, que al despoblar los
españoles años después la isla de Rota, dice una crónica de aquel
tiempo, literalmente lo que sigue: «La tierra es estéril, el cielo
melancólico, el viento y el mar á temporadas furioso, horrible y
formidable. Solo en ciertas monzones se ve un aspecto apacible,
la gente es poca, bárbara y bozal. Nadie sale de allí, nadie pasa
por allí, no hay noticias, ni del resto del mundo, ni aun de aquel
pequeño rincón del mundo. No hay desierto ni yermo en la Nitria, ni
la Thebaida, que sea comparable á esta soledad. Ovidio, no acaba de
ponderar las miserias de Tomis; pero si hubiera visto á Rota dijera,
que era el Tomis del mismo Tomis.»
La situación de Rota desde que con tan vivos colores se describió,
realmente poco ha mejorado, participando del sensible descenso que se
observa en todo aquel pequeño Archipiélago, descenso más sensible en
Rota por la casi absoluta carencia de comunicaciones, por la nulidad
en las transacciones, por la consiguiente miseria del natural, y por
lo inhospitalario de sus puertos.
La reducción de las islas como hemos dicho, quedó ultimada en
absoluto á principios del siglo XVIII. Pero, ¿qué quedó de aquella
reducción? Una docena de peñascos deshabitados en su mayor parte,
y un pequeño pueblo al cual había que atender con cuantiosas
sumas, á fin de darle vida al par que actividad y movimiento. Los
sacrificios pecuniarios de la nación y los deseos de los gobernantes,
se estrellaron como era consiguiente, con la falta de inspección que no
podían ejercer en razón á la distancia que separa Marianas de Manila.
Se estudiaron todos los medios al par que iban creciendo las
exigencias, y aumentando por consiguiente el personal y con este el
presupuesto. Se ensayó centralizar el comercio en sentido oficial,
y á este propósito el Real Erario en vez de remitir caudales, lo
hacía de géneros de más ó menos fácil realización.
El Estado se convirtió en tendero; la Hacienda absorbió el cambio, la
venta y la permuta y los gobernantes constituyeron la Real Hacienda
en muestrario de las transacciones. El gobernado se convirtió en
comprador, y el Estado en razón social mercantil.
Semejante manera de arbitrar fondos, produjo como consiguiente
era, un sinnúmero de abusos, que denunciaron otras tantas fortunas
improvisadas y caudales adquiridos á la sombra de un mostrador, en que
la mercancía venía gravada con el impuesto de considerables primas,
en que los comerciantes eran meros factores, y en que los dueños eran
puramente nominales.
La acumulación del capital por razón de la venta; la ventaja de la
retención, á causa de la escasez; el aumento del pedido en proporción
á la demanda, y el acopio y almacenaje ante el cálculo racional del
expendio y la necesidad, fuentes de todo comercio, no las negamos en
el _muestrario_ oficial, pero lo que desde luego aseguramos, es que
dichas fuentes no vertían sus caudales en las cajas de la entidad
jurídica llamada Estado, sino en la positiva de los administradores
al par que administrados. Ellos se compraban y se vendían facturas,
y este continuo agiotaje y más que todo la triste realidad, que aunque
tarde se iba observando en los centros inspectores, dieron origen á
que se abandonara el sistema anterior y á que se ensayara el hacer
los pagos por medio de situados. Estos y aprovechando las naves de
Méjico, dejaban en Marianas el total del importe del presupuesto.
Mas adelante, y pasados bastantes años de ser evacuadas las Américas,
y cerrado por consiguiente el paso de las naves por Marianas, se
redujeron en las cláusulas de un reglamento los gastos de las islas,
quedando estos en la suma de _unos doce mil pesos_.
El reglamento no podemos negar se publicó, pero el presupuesto por
ningún concepto refleja en el día los beneficios de su observación
y con ella su reducción.
Hemos visto lo que _fueron ayer_ las islas de los Ladrones; veamos
lo que _son hoy_ las islas Marianas.