Archipiélago de las Marianas.--Historia moderna.--Guajan.--El pueblo
de Agaña.--Puerto de Apra.--Punta Pití.--Flora y fauna.--La mujer de
Marianas.--M. Arago.--Ingratitud.--Caridad española.
El Archipiélago de Marianas lo compone una cordillera de islas,
enclavadas en el gran Océano Pacfico. Corren de Sur á Norte, desde
la principal llamada Guajan, residencia del Gobernador y demás
autoridades.
A más de Guajan y en una extensión como de dos grados y medio, se
encuentran Rota, Aguiguan, Tinian, Saipan, Farallon de Medinilla,
Anatajan, Sariguan, Farallon de Torres, Guguan, Alamagan, Pagan,
Agrigan, Asunción, Urracas y Farallon de Pájaros.
De las anteriores islas, solamente están habitadas, según ya dijimos,
Guajan, Rota y Saipan, siendo estas dos últimas, miserables asilos
en que difícilmente se refleja la escasa vida que disfruta la primera.
La isla de Guajan la encuentra el navegante á los 13° 26' lat. N. y
150° 52' long. E. del meridiano de San Fernando; mide unas 32 millas
de longitud en su mayor extensión de Sudoeste á Nordeste, variando en
razón á su configuración la latitud entre cuatro á nueve, y componiendo
su total bojeo de 190 á 200.
En el término medio del panorama que presenta la isla de Guajan hay
un istmo, el cual divide la isla en dos penínsulas. En la lengüeta
que une los dos ensanches que forman aquellas, se eleva la ciudad de
Agaña, capital del Archipiélago de Marianas.
Las costas de Guajan en su general perímetro, las constituyen,
multiplicados arrecifes y bancos madrepóricos que se internan mar
adentro desde rocas escarpadas donde nacen. En los centros calizos
suelen formarse canales, por los cuales los ligeros botes balleneros,
son las únicas embarcaciones que sin grave peligro pueden recorrerlos,
y esto en algunos sitios, pues en otros, la mar es tan brava, y la
costa tan inhospitalaria, que hace de sumo riesgo el aventurarse en
aquel laberinto de arrecifes calizos, terminados por masas acantiladas,
azotadas incesantemente por mares peligrosas y revueltas.
El ruido del romper la ola, no es el gemir monótono y acompasado que
produce en la generalidad de las playas. El ruido que paulatinamente
se va disipando á medida que la ola va rodando sobre un lecho de
menuda arena, en Guajan es desconocido; allí el ruido es atronador
é imponente; allí, las masas de agua empujadas por las grandes
marejadas llegan compactas, no á una superficie igual, sino á
cordilleras inmensas de arrecifes, que presentan en las sinuosidades
y desigualdades de sus configuraciones, otros tantos obstáculos,
que dividen la ola en infinidad de partes, originando los huecos que
presentan las múltiples ramificaciones madrepóricas, imponentes ruidos
que repite el eco de cavidad en cavidad.
Las primeras noches que se duerme en Agaña, es imposible conciliar
un sueño tranquilo y sostenido.
Sin embargo de los múltiples y peligrosos bajos de que están sembradas
las mares de Guajan, la experiencia y la práctica pueden conducir al
navegante á encontrar abrigo y seguro anclaje en varios puntos de la
isla; debiendo citar como el principal y más seguro de sus puertos,
el que se encuentra en la parte Oeste, entre la península de Orote
y la pequeña isla de las Cabras, llamada de _San Luís de Apra_. A
pesar de lo espacioso del puerto de Apra, desde luego aconsejamos al
navegante, no se aventure en sus aguas sin llevar práctico, pues la
situación del anclaje por razón de los abrigos que preserven en lo que
cabe los fuertes temporales de Oeste á Noroeste, á cuyos cuadrantes
tiene pocos resguardos el puerto, y el sinnúmero de escollos que se
extienden desde el sitio denominado la _Caldera_, á la playa, son
innumerables. Si á esto se agrega las varias y encontradas corrientes
que los canales de coral producen, se comprenderá fácilmente lo
necesario de poner la nave á la dirección de un hábil conocedor de
aquellos lugares.
San Luís de Apra es el puerto en que anclan todos los barcos que
llegan á Guajan.
Se conocen á mas del anterior, los de Agaña, Tepungan, Daví, Jatí,
Merizo, Sajayan, Actayan, Inarajan Tarofofo y Pago, los cuales por
sus escasas proporciones y por las revueltas que á ellos llegan las
mares, los tiene de antiguo completamente abandonados el uso.
Una vez anclada la nave en el puerto de Apra, hay que recorrer una
larga extensión hasta llegar á la playa. La travesía entre esta y el
barco se hace en botes balleneros, únicos que por su escaso calado
pueden utilizarse en el canal que forma Guajan y la isla de las
Cabras, el cual es sumamente pintoresco. Luego que se toma tierra,
quedan unas cinco millas que andar hasta llegar á la ciudad de Agaña,
trayecto que generalmente se hace en pequeñas carromatas de ruedas
de una sola pieza, tiradas por novillos, los que también se emplean
para silla, prestando toda clase de servicios de carga y arrastre.
Pocos paisajes habrá en el mundo tan hermosos como el que presenta el
cuadro que se desarrolla desde Punta Patí, hasta las primeras casas
de Agaña: unas cinco millas, las separan del puerto como ya dijimos;
cinco millas, en que la vista se recrea con todas las maravillas de
que el Creador dotó el suelo. _La palma_, la _bonga,_ y la variedad
de _cocos_ con sus frondosos penachos, que al acariciarlos el viento
cimbrean sus esbeltos y elevados troncos; la _rima_, el _cajel_, el
naranjo y el limonero, con su exuberante vegetación, sus múltiples
y verdes hojas, y sus olorosas emanaciones de azahar y nardo; el
poético limoncito de China con sus abundantes frutos; el corpulento
_ifil,_ el tortuoso _abgao_ verdadero sáuce de la India, el _agoho_,
con sus pequeñas piñas armadas de afiladas púas, el productivo _daog_
ó _palo maría_, el _goya_, la _guayava_ y el _ate_, entrelazan sus
hojas, sus frutos, sus flores, y su potente vida, con las olorosas y
variadas enredaderas, con los intrincados laberintos de _bacauam_,
con los desiguales y trepadores tallos de la silvestre pámpana,
y con las esbeltas y flexibles ramas del jazmín blanco.
Sobre la inmensa capa de verdura que presenta la prodigiosa vegetación
que se extiende por un terreno desigual y accidentado, se contempla
un cielo puro y trasparente, bajo cuya diáfana bóveda baten sus alas y
cantan sus amores, la pintada _garza_, la veloz _dulili_ y la amorosa
tórtola, cuyos cantos son interrumpidos por el agorero chillido del
_mamoy_ y el estridente graznido del _fanifi_. Las palomas blancas,
las aves marinas en su diversidad de clases, las agachonas, el tordo, y
los carpinteros completan el viviente mundo de la región de las nubes.
Cuanto define y compone la belleza, tiene allí su rasgo característico,
su estigma que la distingue y señala. La escarpada peña cría verdura,
el cielo presta tibios ambientes, los pájaros alegres cantos,
las flores deliciosas emanaciones, el arroyo tiernos murmurios y
cristalinas aguas, los árboles sabrosos frutos, y el cielo claridad
y hermosura.
De Guajan se ha dicho es un país privilegiado y es muy cierto. Aquel
cielo y aquel suelo en el Grao de Valencia, ó las orillas del
Guadalquivir, sería una dulcísima parodia de los jardines del Profeta;
mas un paraíso, _anclado_ en medio del revuelto Pacífico, lejos del
universal concurso y sin tener por lo menos una Eva, es un paraíso
que al principio encanta, después, aburre, _y por último_ desespera.
No se crea por lo anterior que en Marianas no hay mujeres, que las
hay y muchas, pero ... pero francamente, y con perdón sea dicho de
la _Mariquita_ y la _Ángela_ de M. Arago, entre todas no componen ni
una caricatura de las de _allá_, ni un octavo de cuartilla de las
que tan mal empleó el escritor francés al ocuparse de Marianas. Al
principiar este trabajo dijimos, y si no lo hacemos ahora, que si
algún mérito tiene, es, que lo en él escrito, es producto de la verdad,
y no emanación de ridículas fábulas, propias de una novela mas no de
un viaje.
Sentimos no poder describir aquellos ojos de fuego, aquella exuberancia
de formas, aquella corrección de líneas, que completan los acabados
modelos del universal viajero en sus _dadivosas_ y enamoradas
concepciones chamorras y carolinas, prontas, por supuesto, eso sí,
y dicho también por supuesto por el escritor francés, á consagrarle
sus amorosas primicias y hasta su existencia, y vean ustedes cómo
el ilustre viajero casi casi introduce en las pacíficas chamorras el
uso de los fósforos de Cascante, y la entidad acabada del Don Juan,
con sus irresistibles filtros sus tiernas pláticas y sus incendiarios
conceptos, con la diferencia que al Don Juan europeo le abrían las
puertas dueñas y rodrigones, y al _Don Juan_ trasatlántico pañuelos
y relicarios.
Léanse detenidamente las páginas que Arago consagra á Marianas, y se
verá que todo se reduce á decir que no hubo chamorra ni carolina, que
primero por su linda cara, y después por un relicario, no le ofreciera
sus caricias. Esto, y ver por doquier restos humanos consumidos por
la lepra, enterrar á todo el que buenamente le parece á consecuencia
de dicha enfermedad, crear tipos á su capricho, y acusar de no sé
cuántas cosas á los poseedores de aquellas islas, hasta el punto de
conceptuarlos como un mal para la humanidad, completan las páginas de
M. Arago, salpicadas de cuando en cuando con bravatas que son fáciles
de escribir ya que no de realizar.
¡Se atreve M. Arago á hablar de humanidad!
¡Válgame Dios, y cómo se escribe la historia!
En la infinidad de naufragios, en el sinnúmero de siniestros que por su
situación ha presenciado Guajan, jamás han dejado sus habitantes y sus
Gobernadores, de hacer muchísimo más de lo que dicta la caridad oficial
y la reciprocidad del derecho de gentes. Lea M. Arago el naufragio
de su compatriota Mme. Wisio, interróguela y la verá llorar al solo
recuerdo de los beneficios recibidos de los españoles. Crónicas de
Nueva-York, de California y del Japón son buenos testigos á quienes
preguntar sobre la caridad española. Las columnas de sus periódicos
de cuándo en cuándo, se llenan con la relación de conmovedoras escenas
en que la abnegación y el desinterés juegan en primer término.
No solo encuentran en Marianas recursos y consuelos los náufragos que
logran tras miles de riesgos y privaciones, ganar las hospitalarias
costas, sino que también cuantos llegan á ellas empujados por cualquier
otra desgracia.
Jamás, jamás en Marianas se ha cerrado la puerta al dolor, ni el
consuelo al sufrimiento.
Esto podemos contestar á las páginas de Arago respecto á humanidad; en
cuanto á los _dicharachos_ puestos en boca de Petit, le recordaremos,
que si hay islas de Saipan, también hay Geronas y Bailenes, y que
si creía fácil tomarse la justicia, frente las playas de Marianas,
no la encontraron tan fácil sus compatriotas frente los pechos de
los zaragozanos.
Mucho, muchísimo más podríamos decir respecto á M. Arago, el cual
nos consta por fidedignas autoridades, que en el tiempo que residió
en las islas, fué objeto de cuantas deferencias y atenciones se le
pudieron ofrecer, á pesar de los escasos recursos de la localidad.
¡La ingratitud siempre frente al beneficio!
Cerremos el _libro de Los viajes_ por su página de Marianas, y si no
hemos llegado á convencer de que en Guajan, hay siempre un consuelo
y un remedio á toda necesidad, pregunten á los que allí hayan sufrido
y ellos contestarán.
Confundamos las páginas del viajero de la _Urania_, con las de
otros compatriotas suyos, y continuemos en la descripción de la isla
de Guajan.