CAPÍTULO XIV.

Archipiélago de las Marianas.--Historia moderna.--Guajan.--El pueblo

de Agaña.--Puerto de Apra.--Punta Pití.--Flora y fauna.--La mujer de

Marianas.--M. Arago.--Ingratitud.--Caridad española.

El Archipiélago de Marianas lo compone una cordillera de islas,

enclavadas en el gran Océano Pacfico. Corren de Sur á Norte, desde

la principal llamada Guajan, residencia del Gobernador y demás

autoridades.

A más de Guajan y en una extensión como de dos grados y medio, se

encuentran Rota, Aguiguan, Tinian, Saipan, Farallon de Medinilla,

Anatajan, Sariguan, Farallon de Torres, Guguan, Alamagan, Pagan,

Agrigan, Asunción, Urracas y Farallon de Pájaros.

De las anteriores islas, solamente están habitadas, según ya dijimos,

Guajan, Rota y Saipan, siendo estas dos últimas, miserables asilos

en que difícilmente se refleja la escasa vida que disfruta la primera.

La isla de Guajan la encuentra el navegante á los 13° 26' lat. N. y

150° 52' long. E. del meridiano de San Fernando; mide unas 32 millas

de longitud en su mayor extensión de Sudoeste á Nordeste, variando en

razón á su configuración la latitud entre cuatro á nueve, y componiendo

su total bojeo de 190 á 200.

En el término medio del panorama que presenta la isla de Guajan hay

un istmo, el cual divide la isla en dos penínsulas. En la lengüeta

que une los dos ensanches que forman aquellas, se eleva la ciudad de

Agaña, capital del Archipiélago de Marianas.

Las costas de Guajan en su general perímetro, las constituyen,

multiplicados arrecifes y bancos madrepóricos que se internan mar

adentro desde rocas escarpadas donde nacen. En los centros calizos

suelen formarse canales, por los cuales los ligeros botes balleneros,

son las únicas embarcaciones que sin grave peligro pueden recorrerlos,

y esto en algunos sitios, pues en otros, la mar es tan brava, y la

costa tan inhospitalaria, que hace de sumo riesgo el aventurarse en

aquel laberinto de arrecifes calizos, terminados por masas acantiladas,

azotadas incesantemente por mares peligrosas y revueltas.

El ruido del romper la ola, no es el gemir monótono y acompasado que

produce en la generalidad de las playas. El ruido que paulatinamente

se va disipando á medida que la ola va rodando sobre un lecho de

menuda arena, en Guajan es desconocido; allí el ruido es atronador

é imponente; allí, las masas de agua empujadas por las grandes

marejadas llegan compactas, no á una superficie igual, sino á

cordilleras inmensas de arrecifes, que presentan en las sinuosidades

y desigualdades de sus configuraciones, otros tantos obstáculos,

que dividen la ola en infinidad de partes, originando los huecos que

presentan las múltiples ramificaciones madrepóricas, imponentes ruidos

que repite el eco de cavidad en cavidad.

Las primeras noches que se duerme en Agaña, es imposible conciliar

un sueño tranquilo y sostenido.

Sin embargo de los múltiples y peligrosos bajos de que están sembradas

las mares de Guajan, la experiencia y la práctica pueden conducir al

navegante á encontrar abrigo y seguro anclaje en varios puntos de la

isla; debiendo citar como el principal y más seguro de sus puertos,

el que se encuentra en la parte Oeste, entre la península de Orote

y la pequeña isla de las Cabras, llamada de _San Luís de Apra_. A

pesar de lo espacioso del puerto de Apra, desde luego aconsejamos al

navegante, no se aventure en sus aguas sin llevar práctico, pues la

situación del anclaje por razón de los abrigos que preserven en lo que

cabe los fuertes temporales de Oeste á Noroeste, á cuyos cuadrantes

tiene pocos resguardos el puerto, y el sinnúmero de escollos que se

extienden desde el sitio denominado la _Caldera_, á la playa, son

innumerables. Si á esto se agrega las varias y encontradas corrientes

que los canales de coral producen, se comprenderá fácilmente lo

necesario de poner la nave á la dirección de un hábil conocedor de

aquellos lugares.

San Luís de Apra es el puerto en que anclan todos los barcos que

llegan á Guajan.

Se conocen á mas del anterior, los de Agaña, Tepungan, Daví, Jatí,

Merizo, Sajayan, Actayan, Inarajan Tarofofo y Pago, los cuales por

sus escasas proporciones y por las revueltas que á ellos llegan las

mares, los tiene de antiguo completamente abandonados el uso.

Una vez anclada la nave en el puerto de Apra, hay que recorrer una

larga extensión hasta llegar á la playa. La travesía entre esta y el

barco se hace en botes balleneros, únicos que por su escaso calado

pueden utilizarse en el canal que forma Guajan y la isla de las

Cabras, el cual es sumamente pintoresco. Luego que se toma tierra,

quedan unas cinco millas que andar hasta llegar á la ciudad de Agaña,

trayecto que generalmente se hace en pequeñas carromatas de ruedas

de una sola pieza, tiradas por novillos, los que también se emplean

para silla, prestando toda clase de servicios de carga y arrastre.

Pocos paisajes habrá en el mundo tan hermosos como el que presenta el

cuadro que se desarrolla desde Punta Patí, hasta las primeras casas

de Agaña: unas cinco millas, las separan del puerto como ya dijimos;

cinco millas, en que la vista se recrea con todas las maravillas de

que el Creador dotó el suelo. _La palma_, la _bonga,_ y la variedad

de _cocos_ con sus frondosos penachos, que al acariciarlos el viento

cimbrean sus esbeltos y elevados troncos; la _rima_, el _cajel_, el

naranjo y el limonero, con su exuberante vegetación, sus múltiples

y verdes hojas, y sus olorosas emanaciones de azahar y nardo; el

poético limoncito de China con sus abundantes frutos; el corpulento

_ifil,_ el tortuoso _abgao_ verdadero sáuce de la India, el _agoho_,

con sus pequeñas piñas armadas de afiladas púas, el productivo _daog_

ó _palo maría_, el _goya_, la _guayava_ y el _ate_, entrelazan sus

hojas, sus frutos, sus flores, y su potente vida, con las olorosas y

variadas enredaderas, con los intrincados laberintos de _bacauam_,

con los desiguales y trepadores tallos de la silvestre pámpana,

y con las esbeltas y flexibles ramas del jazmín blanco.

Sobre la inmensa capa de verdura que presenta la prodigiosa vegetación

que se extiende por un terreno desigual y accidentado, se contempla

un cielo puro y trasparente, bajo cuya diáfana bóveda baten sus alas y

cantan sus amores, la pintada _garza_, la veloz _dulili_ y la amorosa

tórtola, cuyos cantos son interrumpidos por el agorero chillido del

_mamoy_ y el estridente graznido del _fanifi_. Las palomas blancas,

las aves marinas en su diversidad de clases, las agachonas, el tordo, y

los carpinteros completan el viviente mundo de la región de las nubes.

Cuanto define y compone la belleza, tiene allí su rasgo característico,

su estigma que la distingue y señala. La escarpada peña cría verdura,

el cielo presta tibios ambientes, los pájaros alegres cantos,

las flores deliciosas emanaciones, el arroyo tiernos murmurios y

cristalinas aguas, los árboles sabrosos frutos, y el cielo claridad

y hermosura.

De Guajan se ha dicho es un país privilegiado y es muy cierto. Aquel

cielo y aquel suelo en el Grao de Valencia, ó las orillas del

Guadalquivir, sería una dulcísima parodia de los jardines del Profeta;

mas un paraíso, _anclado_ en medio del revuelto Pacífico, lejos del

universal concurso y sin tener por lo menos una Eva, es un paraíso

que al principio encanta, después, aburre, _y por último_ desespera.

No se crea por lo anterior que en Marianas no hay mujeres, que las

hay y muchas, pero ... pero francamente, y con perdón sea dicho de

la _Mariquita_ y la _Ángela_ de M. Arago, entre todas no componen ni

una caricatura de las de _allá_, ni un octavo de cuartilla de las

que tan mal empleó el escritor francés al ocuparse de Marianas. Al

principiar este trabajo dijimos, y si no lo hacemos ahora, que si

algún mérito tiene, es, que lo en él escrito, es producto de la verdad,

y no emanación de ridículas fábulas, propias de una novela mas no de

un viaje.

Sentimos no poder describir aquellos ojos de fuego, aquella exuberancia

de formas, aquella corrección de líneas, que completan los acabados

modelos del universal viajero en sus _dadivosas_ y enamoradas

concepciones chamorras y carolinas, prontas, por supuesto, eso sí,

y dicho también por supuesto por el escritor francés, á consagrarle

sus amorosas primicias y hasta su existencia, y vean ustedes cómo

el ilustre viajero casi casi introduce en las pacíficas chamorras el

uso de los fósforos de Cascante, y la entidad acabada del Don Juan,

con sus irresistibles filtros sus tiernas pláticas y sus incendiarios

conceptos, con la diferencia que al Don Juan europeo le abrían las

puertas dueñas y rodrigones, y al _Don Juan_ trasatlántico pañuelos

y relicarios.

Léanse detenidamente las páginas que Arago consagra á Marianas, y se

verá que todo se reduce á decir que no hubo chamorra ni carolina, que

primero por su linda cara, y después por un relicario, no le ofreciera

sus caricias. Esto, y ver por doquier restos humanos consumidos por

la lepra, enterrar á todo el que buenamente le parece á consecuencia

de dicha enfermedad, crear tipos á su capricho, y acusar de no sé

cuántas cosas á los poseedores de aquellas islas, hasta el punto de

conceptuarlos como un mal para la humanidad, completan las páginas de

M. Arago, salpicadas de cuando en cuando con bravatas que son fáciles

de escribir ya que no de realizar.

¡Se atreve M. Arago á hablar de humanidad!

¡Válgame Dios, y cómo se escribe la historia!

En la infinidad de naufragios, en el sinnúmero de siniestros que por su

situación ha presenciado Guajan, jamás han dejado sus habitantes y sus

Gobernadores, de hacer muchísimo más de lo que dicta la caridad oficial

y la reciprocidad del derecho de gentes. Lea M. Arago el naufragio

de su compatriota Mme. Wisio, interróguela y la verá llorar al solo

recuerdo de los beneficios recibidos de los españoles. Crónicas de

Nueva-York, de California y del Japón son buenos testigos á quienes

preguntar sobre la caridad española. Las columnas de sus periódicos

de cuándo en cuándo, se llenan con la relación de conmovedoras escenas

en que la abnegación y el desinterés juegan en primer término.

No solo encuentran en Marianas recursos y consuelos los náufragos que

logran tras miles de riesgos y privaciones, ganar las hospitalarias

costas, sino que también cuantos llegan á ellas empujados por cualquier

otra desgracia.

Jamás, jamás en Marianas se ha cerrado la puerta al dolor, ni el

consuelo al sufrimiento.

Esto podemos contestar á las páginas de Arago respecto á humanidad; en

cuanto á los _dicharachos_ puestos en boca de Petit, le recordaremos,

que si hay islas de Saipan, también hay Geronas y Bailenes, y que

si creía fácil tomarse la justicia, frente las playas de Marianas,

no la encontraron tan fácil sus compatriotas frente los pechos de

los zaragozanos.

Mucho, muchísimo más podríamos decir respecto á M. Arago, el cual

nos consta por fidedignas autoridades, que en el tiempo que residió

en las islas, fué objeto de cuantas deferencias y atenciones se le

pudieron ofrecer, á pesar de los escasos recursos de la localidad.

¡La ingratitud siempre frente al beneficio!

Cerremos el _libro de Los viajes_ por su página de Marianas, y si no

hemos llegado á convencer de que en Guajan, hay siempre un consuelo

y un remedio á toda necesidad, pregunten á los que allí hayan sufrido

y ellos contestarán.

Confundamos las páginas del viajero de la _Urania_, con las de

otros compatriotas suyos, y continuemos en la descripción de la isla

de Guajan.

Viajes por Filipinas: De Manila á Marianas · 第 33 / 39 题