CAPÍTULO XII.

El siglo XVI.--Hernando de Magallanes.--Capitulaciones.--La

_Capitana_, el _San Antonio_, la _Victoria_, la

_Concepción_ y el _Santiago._--Sebastián Elcano.--Llegada al

Brasil.--Invernadas.--Rebelión abordo.--Comunicaciones de mares.--El

paso del Sur.--Bula de Alejandro VI.--Las Velas latinas.--Islas

de los Ladrones.--Navegación penosa.--Isla de Cebú.--Muerte

de Magallanes.--La _Victoria_--Vuelta al mundo.--Llegada á

Sanlúcar.--Otras expediciones.--Legaspi.--El navío _San Damián.--_ Luís

de San Vítores.--Doña Mariana de Austria.--Primera misión.--Verdadera

posesión.

Al siglo XVI, á ese siglo en que ni el sol dejaba de alumbrar dominios

españoles, ni su bandera de ondear doquiera hubiera una peña donde

sustentar su grandiosa insignia; al siglo XVI, epopeya ante la cual,

todo español vuelve los ojos engrandeciéndose con su grandeza; al siglo

XVI, que veía pasar ante los misteriosos dientes de su grandiosa rueda,

hazaña tras hazaña, conquista tras conquista; á ese siglo que parecía

no acabaría de registrar en sus doradas páginas triunfos y victorias:

á ese siglo, en que veneros de oro arrojaba el Nuevo Mundo, mundo

del cual dice un célebre poeta invocando la gran figura de Isabel,

_que había en bancos de coral, rocas de perlas_; á ese siglo que tiene

un prólogo tan grandioso como el que dejó escrito con la punta de su

espada, el invencible Gonzalo de Córdoba, siendo una de las letras

de su epílogo el postrimer suspiro del que moría entre los sombríos

y artísticos muros del Escorial, después de haber hecho temblar al

mundo de Oriente á Occidente; á ese siglo en que, á imitación de

los antiguos rituales, hacían renacer los aragoneses y catalanes la

memoria de Rodrigo de Vivar, reproduciendo las solemnes fórmulas

del juramento que hizo temblar á Sancho el Bravo; á ese siglo que

compendia la edad de oro de nuestra literatura, á cuyo frente figuran

genios como Lope de Vega y Cervantes; á ese siglo, en que un Carlos

I recogía del suelo los pinceles del Ticiano; á ese siglo en que

se incubaban en la mente de Blasco de Garay los primeros gérmenes

que habían de crear esos gigantescos pulmones de hierro que en sus

potentes transpiraciones de vapor horadan la roca, dividen las ondas

y acortan el espacio; á ese siglo, en fin, le cupo la gloria de ver

descubiertas á la nueva civilización las hoy llamadas islas Marianas,

con todo el Archipiélago Filipino.

A poco de ver el nieto de los Reyes Católicos reunidas en su sien las

coronas de España y Alemania, la primera, por muerte de su padre Don

Felipe el Hermoso y locura de Doña Juana, y la segunda, por muerte de

su abuelo Maximiliano, apareció uno de esos genios que dejan de tarde

en tarde por su valor, por su talento, ó por sus virtudes, una estela

luminosa en el prosaico laberinto de intrigas y miserias que se agitan

y revuelven en todas las etapas de los siglos. Esa estela la abrió

en el Océano de la historia el intrépido marino Hernando de Magallanes.

La presencia de Hernando de Magallanes y la oferta hecha á Castilla

de descubrir por ella y para ella nuevas y ricas tierras al Occidente,

siguiendo un nuevo rumbo hasta el entonces conocido por los navegantes,

originó oposición por parte de la corte de Portugal, procurando el

entonces embajador de dicho reino, D. Alvaro de Acosta, entorpecer

la empresa que ya se proyectaba.

Los manejos de Portugal y las excitaciones tardías de D. Manuel,

su Soberano, se estrellaron en la firme decisión tomada por el

Monarca español, el cual otorgó solemnemente en Zaragoza, las regias

capitulaciones con arreglo á las cuales había de hacerse la expedición

á Occidente.

Listas las naves y nombrados los capitanes, recibió Magallanes con

toda la pompa regia de manos del Asistente de Sevilla, D. Martín

de Leiva, el Real estandarte, celebrándose esta ceremonia con gran

concurrencia en la iglesia de Santa María de la Victoria, en Triana

en donde el Almirante juró pleito-homenaje con arreglo al fuero y

costumbre de Castilla, prometiendo conducirse en la empresa como fiel

y leal vasallo de su Majestad Católica, juramento que fué repetido

por los capitanes y pilotos.

Componía la expedicionaria flota, á más de la nave Capitana, las

llamadas _San Antonio, Victoria, Concepción_ y _Santiago_; yendo á

las órdenes de Hernando de Magallanes entre otros marinos célebres,

el maestre Juan Sebastián Elcano, Juan Ginovés, Luís de Mendoza,

Juan de Cartagena, Gaspar Quesada y Rodríguez Serrano. Montando las

naves y completando sus dotaciones doscientos treinta hombres entre

soldados y marineros.

Con tales elementos y un regular repuesto de vituallas, se hicieron

á la mar el 10 de Agosto de 1519, tomando rumbo en demanda de las

islas Canarias.

El 15 de Octubre dejó la escuadra la vista de Tenerife, poniendo proa

á la Costa de Guinea.

Después de varios contratiempos, de sufrir la presión de altas

temperaturas y terribles tormentas, llegaron el 13 de Diciembre á las

costas del Brasil; rebasaron el Cabo de Santa María; recorrieron el

misterioso río de Solís, y siguiendo la costa del Sur encontraron una

pequeña bahía, á la cual por la gran abundancia de aves acuáticas

llamaron de los Patos; en dicha bahía les sorprendió un fuerte

temporal, aguantando en fondeadero hasta que aplacados los elementos,

pudieron continuar su empresa.

Poco habían navegado, cuando la invernada se presentó altamente fría

y desapacible.

Las anteriores y recientes luchas, el frío, la nieve, la soledad

de aquellos inhospitalarios lugares y todas las privaciones que ya

se dejaban sentir, levantaron descontestos que quisieron poner proa

á Castilla; esto originó más de un tumulto, que el fuerte carácter

de Magallanes reprimió, condenando á muerte á un capitán y algunos

soldados. Cerca del Estrecho se verificó la invernada, permaneciendo

sobre anclas á la embocadura del río que les había de abrir paso

al Pacífico.

A primeros de Noviembre se descubrió un canal que corría de Oriente

á Poniente, y sospechando fuese el paso que comunicaba el Atlántico

con el mar del Sur, mandó el Almirante fuese de exploradora la _San

Antonio_, cuya nave volvió con la fausta nueva, de que el canal que

acababa de recorrer vertía sus aguas en las saladas ondas de los

mares que buscaban.

Esta noticia produjo grandísimo aliento en los desfallecidos ánimos,

internándose la escuadra por el canal, el cual debiendo ser nuevamente

reconocido por haber llegado á puntos difíciles, salió en nueva

exploración la _San Antonio_, la que se esperó en vano, sabiéndose

después, que habiéndose perdido en el intrincado laberinto de aquel

peligroso paso, y no encontrando á la _Capitana_, tomó rumbo á España.

La falta de la _San Antonio_ y la pérdida del gran número de

provisiones que llevaba, no hicieron vacilar la voluntad de hierro

del navegante portugués, el cual siguió el peligroso y misterioso

derrotero.

Muchos peligros arrostró la flota en el canal; hasta que por último,

el 27 de Noviembre de 1520, desembocaron en los extensos dominios

del mar del Sur, el cual fué descubierto por el valiente Balboa, el

25 de Setiembre de 1513, en las exploraciones que hizo por el Istmo

de Panamá, pequeña lengüeta que divide las dos Américas. El grandioso

Océano del Sur, ¿se comunicaría con los ya descubiertos? Esta pregunta

se hicieron los navegantes, viniendo Magallanes á resolver el problema,

enseñando en su Estrecho la unión de los mares y el paso para dar la

vuelta al mundo.

Este glorioso descubrimiento sin duda alguna hubiera sido para

Portugal, á no ser por las muchas ingratitudes que en recompensa de

los servicios prestados á aquella Corona en las Indias Orientales,

no hubieran puesto á Magallanes en el caso de ofrecer sus servicios

al Monarca español, al cual cumplió como bueno, no sólo con el

descubrimiento del paso del Sur, Tierra del Fuego, Continente de los

Patagones, Archipiélago de Marianas y Filipinas, sino que planteó

ventajosamente para Castilla, la cuestión que originaron las islas

Molucas por razón de su falsa situación geográfica. Magallanes, que al

par que intrépido marino y valiente soldado, era profundo astrólogo;

Magallanes, que seguía con los ojos de la ciencia la rotación de los

astros, la dirección de los vientos y el movimiento de las corrientes;

que sondaba los abismos en el mundo de su inteligencia al par que

interrogaba las misteriosas é incompletas cartas marítimas del gran

Behen, y recogía cuantas observaciones constantemente le presentaba

en su camino su aventurera existencia; demarcó la verdadera situación

de aquellas islas, colocándolas dentro de los meridianos que á España

señalaban las cláusulas de la Bula de Alejandro VI, reproduciendo

en un todo al servicio de la corte castellana, sus pasadas hazañas

prestadas al soberano de Portugal, en la aventurada empresa del sitio

de Malaca y en tantas otras á cual más arriesgadas en que tomó parte

al servicio de Alburquerque en las comarcas orientales.

El paso que une los dos grandes Océanos, aún hoy en que la navegación

parece ha puesto su última letra en el libro de los adelantos, es uno

de los más peligrosos derroteros que pueden emprender los navegantes,

y que Magallanes llevó á cabo, falto de víveres, con imperfectos

instrumentos, y con una tripulación descontenta y tumultuosa.

No contento el gran navegante con haber encontrado el paso que lleva

su nombre y de hollar con su planta la tierra del Fuego, puso rumbo

por el ancho mar en busca de nuevas empresas.

Largo todo el capo, la quilla de la _Capitana_, levantó hirviente

espuma en el Océano Pacífico, dirigiendo Magallanes el timón aun más

allá que veía en su atrevida imaginación.

El más allá que comprendía la fe de un hombre que sueña hazañas,

encontró un eco en la voz de _tierra_ que se escapó de todos los

labios al descubrir por los horizontes donde se oculta la luz, una

informe masa confundida con las espesas y revueltas nubes.

Tierra era en efecto, y abordando á ella se tomó fondo, siendo el 6

de Marzo de 1521.

La tierra que los intrépidos navegantes tenían á la vista, les ofrecía

hospitalidad y recursos. Falta les hacía la una y los otros, pues al

descubrirla, la desesperación, la impaciencia y las necesidades todas

habían llegado á su término. Desde que entraron en las aguas del Sur,

fueron poco á poco acortándose las raciones hasta el punto de hacer

las comidas con agua del mar, no habiendo encontrado en el derrotero

que traían, más tierra que las islas Desventuradas, así llamadas por

Magallanes, en vista de su situación, inhospitalario abrigo y falta

de recursos.

Tan luego Magallanes _dió_ fondo, rodearon á la _Capitana_ sinnúmero

de pequeñas embarcaciones movidas por paletas que servían de remos, y

por unas velas de tejido de palma. Por el gran número de embarcaciones

y por la figura de sus velas, llamaron á aquellas islas de las Velas

Latinas.

Aquel grupo de islas hay quien cree son las _Celebes_ de la

antigüedad. Los naturales las llamaban á la llegada de Magallanes,

Laguas.

El día 7 del mismo mes, desapareció un bote de la _Capitana_, por

lo que y por otros robos que hicieron los naturales en los demás

barcos, cambió Magallanes el nombre de las Velas Latinas por el

de los _Ladrones_, que es como todavía las llaman los extranjeros

en la mayor parte de sus cartas. Con algunos arcabuceros y no pocas

amenazas, consiguió el Almirante recuperar su bote, y no satisfaciendo

á su carácter emprendedor la pequeñez y pobreza de la nueva tierra,

nuevamente levó anclas el 9 del mismo mes, en demanda de las ricas

y fértiles comarcas Filipinas. Después de una penosa navegación tomó

puerto en la isla de Cebú, donde consiguió captarse el cariño y los

servicios del Reyezuelo que imperaba en aquella, el cual estando en

guerra con su vecino el de la isla de Maetan impetró de Magallanes

su auxilio, que le fué otorgado por el intrépido marino, yendo él

mismo con parte de su gente á una expedición contra los enemigos de

los cebuanos; aquellos en gran número y con gran destreza resistieron

el ataque, muriendo Magallanes. Esta sensible pérdida acaeció el 26

de Abril de 1521.

El vencido Rey de Cebú, bien por temor, bien por haber entrado en las

prescripciones impuestas por el vencedor, ó bien por la inconstancia

propia del natural, es lo cierto que so pretexto de un convite preparó

una emboscada, en la cual perecieron villanamente asesinados hasta

30 soldados. Los pocos que habían quedado en las naves, impotentes

por su número para tomar venganza, resolvieron salvar sus vidas y

regresar á Castilla con las nuevas del descubrimiento.

Los pocos expedicionarios que habían logrado salvar la vida,

emprendieron el viaje por el antiguo derrotero de las Molucas, en

la _Victoria y_ la _Trinidad_. Esta última nave quedó en la mar,

aguantando únicamente la _Victoria_ que mandaba Sebastián Elcano,

los mares del Cabo de Buena Esperanza el cual consiguió doblar, no

sin falta de ímprobos trabajos, arribando al puerto de Sanlúcar el

6 de Setiembre; sobreviviendo á aquella colosal empresa en que la

_Victoria_ había dado la vuelta al mundo, solamente 18 hombres.

Las nuevas que Elcano trasmitió á Carlos V, y la seguridad del

descubrimiento, originaron nuevas expediciones.

La ocupación de las Filipinas y las Molucas hicieron sin duda por su

poca importancia, el que no se atendiera á las islas de los Ladrones,

limitándose por entonces su ocupación á la toma de posesión que de

ellas hizo el año 1528 D. Alvaro de Saavedra, y más tarde, en 25 de

Enero de 1565, en que el intrépido Legaspi á su paso para Filipinas

desembarcó en Guajan, en donde mandó celebrar una misa y levantó

acta de posesión. Esta fué solamente nominal, pues ni dejó hombres,

ni hizo nada de lo que constituye la material posesión; continuando

los naturales en sus usos, costumbres y religión, si bien es verdad

existen verídicos testimonios en que se acredita que las _naos_

que recorrían el Pacífico, refrescaban aguada y se hacían de algunos

víveres en las islas de los Ladrones.

En tal estado, llegó el año de 1662, en que tocó en la principal de

las islas llamada, como ya dijimos, Guajan, el navío _San Damián_,

que procedente de Acapulco se dirigía á Manila. En dicho navío, y como

presidente de una misión de Jesuítas, venía el devoto Padre Diego Luís

de San Vítores, el cual, viendo el estado de los naturales, resolvió

trabajar para establecer una misión en aquellas apartadas regiones.

No bien llegó San Vítores á Manila, principió á gestionar la

realización de su pensamiento, el cual no solamente no fué secundado

sino que encontró acérrimos enemigos; esto no obstante el Padre San

Vítores abrigaba en su alma la más fuerte de las perseverancias;

la perseverancia que emana de principios del mismo Dios, «bautizarás

al idólatra» dijo, y el infatigable jesuíta firme en su propósito se

dirigió al Padre Nitarht, confesor de Doña Mariana de Austria, esposa

del Soberano reinante por aquella época en Castilla, Don Felipe IV,

del cual consiguió aquella una Real cédula satisfaciendo ampliamente

los deseos del jesuíta.

En la expresada Real cédula se prevenía al desgraciado Gobernador de

Filipinas, D. Diego Salcedo, facilitara á San Vítores toda clase de

recursos para establecer una misión en las islas de los Ladrones, y

en efecto, y al cumplimiento de lo mandado, se construyó en el puerto

de Cavite, el navío _San Diego_, en el cual se embarcó la misión,

á la que le surgió nuevos contratiempos al ir primero á Méjico en

donde el Virey interpuso nuevas dificultades, que la constancia

y excitaciones del jesuíta pudieron vencer; logrando por último,

gracias á su invencible tesón, arribar á la isla de Guajan el 15 de

Julio de 1668, desde cuya fecha se puede conceptuar la verdadera

posesión de las islas de los Ladrones á los dominios españoles,

puesto que hasta entonces no hay noticias se hiciera ocupación alguna.

Viajes por Filipinas: De Manila á Marianas · 第 31 / 39 题