El siglo XVI.--Hernando de Magallanes.--Capitulaciones.--La
_Capitana_, el _San Antonio_, la _Victoria_, la
_Concepción_ y el _Santiago._--Sebastián Elcano.--Llegada al
Brasil.--Invernadas.--Rebelión abordo.--Comunicaciones de mares.--El
paso del Sur.--Bula de Alejandro VI.--Las Velas latinas.--Islas
de los Ladrones.--Navegación penosa.--Isla de Cebú.--Muerte
de Magallanes.--La _Victoria_--Vuelta al mundo.--Llegada á
Sanlúcar.--Otras expediciones.--Legaspi.--El navío _San Damián.--_ Luís
de San Vítores.--Doña Mariana de Austria.--Primera misión.--Verdadera
posesión.
Al siglo XVI, á ese siglo en que ni el sol dejaba de alumbrar dominios
españoles, ni su bandera de ondear doquiera hubiera una peña donde
sustentar su grandiosa insignia; al siglo XVI, epopeya ante la cual,
todo español vuelve los ojos engrandeciéndose con su grandeza; al siglo
XVI, que veía pasar ante los misteriosos dientes de su grandiosa rueda,
hazaña tras hazaña, conquista tras conquista; á ese siglo que parecía
no acabaría de registrar en sus doradas páginas triunfos y victorias:
á ese siglo, en que veneros de oro arrojaba el Nuevo Mundo, mundo
del cual dice un célebre poeta invocando la gran figura de Isabel,
_que había en bancos de coral, rocas de perlas_; á ese siglo que tiene
un prólogo tan grandioso como el que dejó escrito con la punta de su
espada, el invencible Gonzalo de Córdoba, siendo una de las letras
de su epílogo el postrimer suspiro del que moría entre los sombríos
y artísticos muros del Escorial, después de haber hecho temblar al
mundo de Oriente á Occidente; á ese siglo en que, á imitación de
los antiguos rituales, hacían renacer los aragoneses y catalanes la
memoria de Rodrigo de Vivar, reproduciendo las solemnes fórmulas
del juramento que hizo temblar á Sancho el Bravo; á ese siglo que
compendia la edad de oro de nuestra literatura, á cuyo frente figuran
genios como Lope de Vega y Cervantes; á ese siglo, en que un Carlos
I recogía del suelo los pinceles del Ticiano; á ese siglo en que
se incubaban en la mente de Blasco de Garay los primeros gérmenes
que habían de crear esos gigantescos pulmones de hierro que en sus
potentes transpiraciones de vapor horadan la roca, dividen las ondas
y acortan el espacio; á ese siglo, en fin, le cupo la gloria de ver
descubiertas á la nueva civilización las hoy llamadas islas Marianas,
con todo el Archipiélago Filipino.
A poco de ver el nieto de los Reyes Católicos reunidas en su sien las
coronas de España y Alemania, la primera, por muerte de su padre Don
Felipe el Hermoso y locura de Doña Juana, y la segunda, por muerte de
su abuelo Maximiliano, apareció uno de esos genios que dejan de tarde
en tarde por su valor, por su talento, ó por sus virtudes, una estela
luminosa en el prosaico laberinto de intrigas y miserias que se agitan
y revuelven en todas las etapas de los siglos. Esa estela la abrió
en el Océano de la historia el intrépido marino Hernando de Magallanes.
La presencia de Hernando de Magallanes y la oferta hecha á Castilla
de descubrir por ella y para ella nuevas y ricas tierras al Occidente,
siguiendo un nuevo rumbo hasta el entonces conocido por los navegantes,
originó oposición por parte de la corte de Portugal, procurando el
entonces embajador de dicho reino, D. Alvaro de Acosta, entorpecer
la empresa que ya se proyectaba.
Los manejos de Portugal y las excitaciones tardías de D. Manuel,
su Soberano, se estrellaron en la firme decisión tomada por el
Monarca español, el cual otorgó solemnemente en Zaragoza, las regias
capitulaciones con arreglo á las cuales había de hacerse la expedición
á Occidente.
Listas las naves y nombrados los capitanes, recibió Magallanes con
toda la pompa regia de manos del Asistente de Sevilla, D. Martín
de Leiva, el Real estandarte, celebrándose esta ceremonia con gran
concurrencia en la iglesia de Santa María de la Victoria, en Triana
en donde el Almirante juró pleito-homenaje con arreglo al fuero y
costumbre de Castilla, prometiendo conducirse en la empresa como fiel
y leal vasallo de su Majestad Católica, juramento que fué repetido
por los capitanes y pilotos.
Componía la expedicionaria flota, á más de la nave Capitana, las
llamadas _San Antonio, Victoria, Concepción_ y _Santiago_; yendo á
las órdenes de Hernando de Magallanes entre otros marinos célebres,
el maestre Juan Sebastián Elcano, Juan Ginovés, Luís de Mendoza,
Juan de Cartagena, Gaspar Quesada y Rodríguez Serrano. Montando las
naves y completando sus dotaciones doscientos treinta hombres entre
soldados y marineros.
Con tales elementos y un regular repuesto de vituallas, se hicieron
á la mar el 10 de Agosto de 1519, tomando rumbo en demanda de las
islas Canarias.
El 15 de Octubre dejó la escuadra la vista de Tenerife, poniendo proa
á la Costa de Guinea.
Después de varios contratiempos, de sufrir la presión de altas
temperaturas y terribles tormentas, llegaron el 13 de Diciembre á las
costas del Brasil; rebasaron el Cabo de Santa María; recorrieron el
misterioso río de Solís, y siguiendo la costa del Sur encontraron una
pequeña bahía, á la cual por la gran abundancia de aves acuáticas
llamaron de los Patos; en dicha bahía les sorprendió un fuerte
temporal, aguantando en fondeadero hasta que aplacados los elementos,
pudieron continuar su empresa.
Poco habían navegado, cuando la invernada se presentó altamente fría
y desapacible.
Las anteriores y recientes luchas, el frío, la nieve, la soledad
de aquellos inhospitalarios lugares y todas las privaciones que ya
se dejaban sentir, levantaron descontestos que quisieron poner proa
á Castilla; esto originó más de un tumulto, que el fuerte carácter
de Magallanes reprimió, condenando á muerte á un capitán y algunos
soldados. Cerca del Estrecho se verificó la invernada, permaneciendo
sobre anclas á la embocadura del río que les había de abrir paso
al Pacífico.
A primeros de Noviembre se descubrió un canal que corría de Oriente
á Poniente, y sospechando fuese el paso que comunicaba el Atlántico
con el mar del Sur, mandó el Almirante fuese de exploradora la _San
Antonio_, cuya nave volvió con la fausta nueva, de que el canal que
acababa de recorrer vertía sus aguas en las saladas ondas de los
mares que buscaban.
Esta noticia produjo grandísimo aliento en los desfallecidos ánimos,
internándose la escuadra por el canal, el cual debiendo ser nuevamente
reconocido por haber llegado á puntos difíciles, salió en nueva
exploración la _San Antonio_, la que se esperó en vano, sabiéndose
después, que habiéndose perdido en el intrincado laberinto de aquel
peligroso paso, y no encontrando á la _Capitana_, tomó rumbo á España.
La falta de la _San Antonio_ y la pérdida del gran número de
provisiones que llevaba, no hicieron vacilar la voluntad de hierro
del navegante portugués, el cual siguió el peligroso y misterioso
derrotero.
Muchos peligros arrostró la flota en el canal; hasta que por último,
el 27 de Noviembre de 1520, desembocaron en los extensos dominios
del mar del Sur, el cual fué descubierto por el valiente Balboa, el
25 de Setiembre de 1513, en las exploraciones que hizo por el Istmo
de Panamá, pequeña lengüeta que divide las dos Américas. El grandioso
Océano del Sur, ¿se comunicaría con los ya descubiertos? Esta pregunta
se hicieron los navegantes, viniendo Magallanes á resolver el problema,
enseñando en su Estrecho la unión de los mares y el paso para dar la
vuelta al mundo.
Este glorioso descubrimiento sin duda alguna hubiera sido para
Portugal, á no ser por las muchas ingratitudes que en recompensa de
los servicios prestados á aquella Corona en las Indias Orientales,
no hubieran puesto á Magallanes en el caso de ofrecer sus servicios
al Monarca español, al cual cumplió como bueno, no sólo con el
descubrimiento del paso del Sur, Tierra del Fuego, Continente de los
Patagones, Archipiélago de Marianas y Filipinas, sino que planteó
ventajosamente para Castilla, la cuestión que originaron las islas
Molucas por razón de su falsa situación geográfica. Magallanes, que al
par que intrépido marino y valiente soldado, era profundo astrólogo;
Magallanes, que seguía con los ojos de la ciencia la rotación de los
astros, la dirección de los vientos y el movimiento de las corrientes;
que sondaba los abismos en el mundo de su inteligencia al par que
interrogaba las misteriosas é incompletas cartas marítimas del gran
Behen, y recogía cuantas observaciones constantemente le presentaba
en su camino su aventurera existencia; demarcó la verdadera situación
de aquellas islas, colocándolas dentro de los meridianos que á España
señalaban las cláusulas de la Bula de Alejandro VI, reproduciendo
en un todo al servicio de la corte castellana, sus pasadas hazañas
prestadas al soberano de Portugal, en la aventurada empresa del sitio
de Malaca y en tantas otras á cual más arriesgadas en que tomó parte
al servicio de Alburquerque en las comarcas orientales.
El paso que une los dos grandes Océanos, aún hoy en que la navegación
parece ha puesto su última letra en el libro de los adelantos, es uno
de los más peligrosos derroteros que pueden emprender los navegantes,
y que Magallanes llevó á cabo, falto de víveres, con imperfectos
instrumentos, y con una tripulación descontenta y tumultuosa.
No contento el gran navegante con haber encontrado el paso que lleva
su nombre y de hollar con su planta la tierra del Fuego, puso rumbo
por el ancho mar en busca de nuevas empresas.
Largo todo el capo, la quilla de la _Capitana_, levantó hirviente
espuma en el Océano Pacífico, dirigiendo Magallanes el timón aun más
allá que veía en su atrevida imaginación.
El más allá que comprendía la fe de un hombre que sueña hazañas,
encontró un eco en la voz de _tierra_ que se escapó de todos los
labios al descubrir por los horizontes donde se oculta la luz, una
informe masa confundida con las espesas y revueltas nubes.
Tierra era en efecto, y abordando á ella se tomó fondo, siendo el 6
de Marzo de 1521.
La tierra que los intrépidos navegantes tenían á la vista, les ofrecía
hospitalidad y recursos. Falta les hacía la una y los otros, pues al
descubrirla, la desesperación, la impaciencia y las necesidades todas
habían llegado á su término. Desde que entraron en las aguas del Sur,
fueron poco á poco acortándose las raciones hasta el punto de hacer
las comidas con agua del mar, no habiendo encontrado en el derrotero
que traían, más tierra que las islas Desventuradas, así llamadas por
Magallanes, en vista de su situación, inhospitalario abrigo y falta
de recursos.
Tan luego Magallanes _dió_ fondo, rodearon á la _Capitana_ sinnúmero
de pequeñas embarcaciones movidas por paletas que servían de remos, y
por unas velas de tejido de palma. Por el gran número de embarcaciones
y por la figura de sus velas, llamaron á aquellas islas de las Velas
Latinas.
Aquel grupo de islas hay quien cree son las _Celebes_ de la
antigüedad. Los naturales las llamaban á la llegada de Magallanes,
Laguas.
El día 7 del mismo mes, desapareció un bote de la _Capitana_, por
lo que y por otros robos que hicieron los naturales en los demás
barcos, cambió Magallanes el nombre de las Velas Latinas por el
de los _Ladrones_, que es como todavía las llaman los extranjeros
en la mayor parte de sus cartas. Con algunos arcabuceros y no pocas
amenazas, consiguió el Almirante recuperar su bote, y no satisfaciendo
á su carácter emprendedor la pequeñez y pobreza de la nueva tierra,
nuevamente levó anclas el 9 del mismo mes, en demanda de las ricas
y fértiles comarcas Filipinas. Después de una penosa navegación tomó
puerto en la isla de Cebú, donde consiguió captarse el cariño y los
servicios del Reyezuelo que imperaba en aquella, el cual estando en
guerra con su vecino el de la isla de Maetan impetró de Magallanes
su auxilio, que le fué otorgado por el intrépido marino, yendo él
mismo con parte de su gente á una expedición contra los enemigos de
los cebuanos; aquellos en gran número y con gran destreza resistieron
el ataque, muriendo Magallanes. Esta sensible pérdida acaeció el 26
de Abril de 1521.
El vencido Rey de Cebú, bien por temor, bien por haber entrado en las
prescripciones impuestas por el vencedor, ó bien por la inconstancia
propia del natural, es lo cierto que so pretexto de un convite preparó
una emboscada, en la cual perecieron villanamente asesinados hasta
30 soldados. Los pocos que habían quedado en las naves, impotentes
por su número para tomar venganza, resolvieron salvar sus vidas y
regresar á Castilla con las nuevas del descubrimiento.
Los pocos expedicionarios que habían logrado salvar la vida,
emprendieron el viaje por el antiguo derrotero de las Molucas, en
la _Victoria y_ la _Trinidad_. Esta última nave quedó en la mar,
aguantando únicamente la _Victoria_ que mandaba Sebastián Elcano,
los mares del Cabo de Buena Esperanza el cual consiguió doblar, no
sin falta de ímprobos trabajos, arribando al puerto de Sanlúcar el
6 de Setiembre; sobreviviendo á aquella colosal empresa en que la
_Victoria_ había dado la vuelta al mundo, solamente 18 hombres.
Las nuevas que Elcano trasmitió á Carlos V, y la seguridad del
descubrimiento, originaron nuevas expediciones.
La ocupación de las Filipinas y las Molucas hicieron sin duda por su
poca importancia, el que no se atendiera á las islas de los Ladrones,
limitándose por entonces su ocupación á la toma de posesión que de
ellas hizo el año 1528 D. Alvaro de Saavedra, y más tarde, en 25 de
Enero de 1565, en que el intrépido Legaspi á su paso para Filipinas
desembarcó en Guajan, en donde mandó celebrar una misa y levantó
acta de posesión. Esta fué solamente nominal, pues ni dejó hombres,
ni hizo nada de lo que constituye la material posesión; continuando
los naturales en sus usos, costumbres y religión, si bien es verdad
existen verídicos testimonios en que se acredita que las _naos_
que recorrían el Pacífico, refrescaban aguada y se hacían de algunos
víveres en las islas de los Ladrones.
En tal estado, llegó el año de 1662, en que tocó en la principal de
las islas llamada, como ya dijimos, Guajan, el navío _San Damián_,
que procedente de Acapulco se dirigía á Manila. En dicho navío, y como
presidente de una misión de Jesuítas, venía el devoto Padre Diego Luís
de San Vítores, el cual, viendo el estado de los naturales, resolvió
trabajar para establecer una misión en aquellas apartadas regiones.
No bien llegó San Vítores á Manila, principió á gestionar la
realización de su pensamiento, el cual no solamente no fué secundado
sino que encontró acérrimos enemigos; esto no obstante el Padre San
Vítores abrigaba en su alma la más fuerte de las perseverancias;
la perseverancia que emana de principios del mismo Dios, «bautizarás
al idólatra» dijo, y el infatigable jesuíta firme en su propósito se
dirigió al Padre Nitarht, confesor de Doña Mariana de Austria, esposa
del Soberano reinante por aquella época en Castilla, Don Felipe IV,
del cual consiguió aquella una Real cédula satisfaciendo ampliamente
los deseos del jesuíta.
En la expresada Real cédula se prevenía al desgraciado Gobernador de
Filipinas, D. Diego Salcedo, facilitara á San Vítores toda clase de
recursos para establecer una misión en las islas de los Ladrones, y
en efecto, y al cumplimiento de lo mandado, se construyó en el puerto
de Cavite, el navío _San Diego_, en el cual se embarcó la misión,
á la que le surgió nuevos contratiempos al ir primero á Méjico en
donde el Virey interpuso nuevas dificultades, que la constancia
y excitaciones del jesuíta pudieron vencer; logrando por último,
gracias á su invencible tesón, arribar á la isla de Guajan el 15 de
Julio de 1668, desde cuya fecha se puede conceptuar la verdadera
posesión de las islas de los Ladrones á los dominios españoles,
puesto que hasta entonces no hay noticias se hiciera ocupación alguna.