Veintitrés grados en treinta y tres días.--Inseguridad en la
monzón del SE.--Calmas desesperantes.--Los viajes largos.--Los
ranchos.--¡Tierra!--Costas de Guaján.--Islote de las Cabras.--Puerto de
San Luís de Apra.--Vegetación de Marianas.--La sanidad y la capitanía
del puerto.--Desembarque.
Con vientos variables y navegando bien en popa, bien en largo, pudimos
contrarrestar la gran corriente ecuatorial, que muchas veces desvaneció
nuestros cálculos.
Día hubo que el barco parecía iba dejando muchas millas por la popa,
y al creer encontrarnos con una buena singladura, nos situaba la
observación más atrás que estábamos el día anterior.
¡Llevábamos treinta y tres días de navegación, y escasamente habíamos
andado 23°.
Para estar á la vista de Guaján, nos restaba unas 120 millas.
Los víveres iban escaseando, y el agua había que refrescarla
constantemente con la que se recogía de los aguaceros, tan comunes
en aquellas latitudes.
Á pesar de ser el mes de Septiembre, y por consiguiente estar en plena
monzón del SE., puede decirse tuvimos vientos de todos los cuadrantes
menos de aquel. Esto demuestra una vez más lo insegura que es dicha
monzón, lo que no sucede en la del NE., por lo menos en el derrotero
que seguíamos.
El que ha participado una sola vez de las comodidades de un barco de
vapor, apenas concibe exista uno solo de vela. Eso de pasar un día y
otro día, y otro, y otro, sin adelantar un cable, sin que haya cálculo
posible, ni conjetura racional respecto á la llegada y á la marcha,
es insufrible.
Los calmazos de los equinoccios constituyen la mayor de las
contrariedades de los barcos de vela. Nace el aburrimiento de la
monotonía, y con él la desesperación y el agriarse el carácter,
hasta el punto que se hace vidrioso y estalla por cualquier cosa,
produciendo ese sinnúmero de desagradables escenas que sin cesar se
suceden en largas navegaciones.
El que era simpático se hace indiferente, concluyendo por ser
antipático, y en tal estado, una mirada, una palabra, una reticencia,
un cambio de servilleta ó de asiento y ... adiós educación y
miramientos sociales. Esto con el que fué simpático, pues con el que
no lo fué, los disgustos son inevitables. Verdad es que es terrible
eso de no haber medio de huir de una persona y tenerla constantemente
á una cuarta de las narices.
Dicen que para conocer la educación nada hay como la mesa y el
juego; quien tal dijo no había hecho seguramente un viaje largo por
mar. Téngase presente que todo es relativo, y que al decir largo,
no se vaya á creer hablamos de un viaje de Santoña á San Sebastián,
ni de Valencia á Marsella, ni aun de Alicante á la Habana, sino de
Cádiz á Manila, por supuesto por el Cabo de Buena Esperanza, en barco
de vela y con 80 ó 100 pasajeros entre mujeres, hombres y chicos,
nacidos ó por nacer, pues rara es la barcada que hace su viaje por
el Cabo que no aumenta el personal del rol.
El que hace uno de esos viajes que dura de cuatro á seis meses,
es el que puede decir dónde se conoce mejor la humanidad.
Á los primeros días se cruzan ofrecimientos, á los siguientes palabras,
y en los restantes ... ¡ah! en los restantes ya no se cruza más que
alguna que otra bofetada entre hombres, y más que algún chisme entre
el bello sexo, que en una larga navegación ni aun es bello, pues el
pobre sexo toma un _color_, un genial, y aun cuando tiene excepciones,
un lenguaje que les digo á ustedes, que más de una vez hemos recordado
el Avapiés y la calle de Toledo. En fin, para acabar, conozco á una
_dama_ que tuvo que arrestarla el capitán. ¡Si sería brava!
Las _delicias_ de los viajes por el Cabo se concluyeron. El Istmo de
Suez y la competencia cerraron aquella inolvidable vía, que para el
que la ha hecho, forma una verdadera etapa en su vida.
Hoy hemos dicho que apenas se concibe un barco de vela; sin embargo,
nuestro convencimiento en contrario era tan perfecto, como que el
día diez y seis sólo habíamos andado doce millas.
¡Y nos faltaban ciento veinte!
Indudablemente los barcos de vela quedarán relegados únicamente para
el uso de los pescadores de caña y los jugadores al dominó.
A más de todas las contrariedades en cuanto á la marcha que tienen
los barcos de vela, hay otras, mucho, muchísimo mayores.
Da la pícara casualidad que los barcos de vela en que hemos hecho
viajes largos, pertenecen á armadores amigos y ... qué demonios,
la amistad ha de ser un poco indulgente, dejando quieto el pico de
la manta.
Bastante decimos, sin embargo, que como dice el gran Príncipe de los
Ingenios, al buen entendedor ... y aquí el buen entendedor no es el de
la ínsula Barataria, si no el público y casi casi la autoridad. Verdad
es que como las pícaras _latas_ van soldadas, y ... luego como la
duración de los viajes no obedece á cálculo y ... la hoja de lata
no tiene agujeros, hay cada _rancho_ por esas bodegas que lleva
el germen, no digamos de un cólico, si no de un par de gruesas de
disenterías. Cierto es que hay un consuelo y es ... el de sufrir ó
reventar hasta que se llegue á puerto.
Al de Guajan, punto al que llevábamos la proa, es adonde nosotros
deseábamos llegar, pero ... faltaban ciento veinte millas.
Por último, como todo tiene su fin, y sin más accidente que sea de
contar, llegaron las primeras horas de la tarde del diez y siete
en que la voz de _¡tierra!_ se oyó del castillo de proa. Tierra, en
efecto, teníamos por el bauprés; al principio se divisó confusamente
por perderse entre las brumas, luego lo que apareció como una ligera
nube tomó contornos, luego se detallaron perfiles, y luego ... todo
volvió á confundirse en las sombras de la noche. Estábamos á unas
veinte millas de Guajan, la mayor de las islas Marianas.
Al amanecer del diez y ocho nos encontrábamos muy cerca de los
peligrosos arrecifes que rodean la pequeña isla de las Cabras, la
que separa á la de Guajan un estrecho canal de fondo madrepórico.
La vegetación de la isla se presentaba con toda la potente exuberancia
de vida de los trópicos.
Bosques inmensos de altísimos cocos, pendientes lomas cubiertas
de entrelazadas rimas, dilatados campos salpicados de algodoneros,
cageles y limoneros admirábamos por doquier.
El barco acortó vela manteniéndonos fuera de fondo esperando práctico,
mas esperamos una hora y otra, y ni el práctico ni el pequeño fuerte
que domina la entrada del canal daban señales de vida.
El pueblo, ó mejor dicho, la ciudad de Agaña, pues ciudad es por la
gracia del Rey, que gloria haya, nuestro Sr. D. Felipe IV, no podía
vernos, pues á más de tener entre ella y nosotros la isla de las
Cabras, hay cerca de dos leguas del fondeadero, que lleva el nombre
de San Luís de Apra, próximos al cual estábamos y en el que habíamos
de anclar.
En las salvas de dos pequeños cañones que monta la _María Rosario_,
mandamos una cortés salutación á los dormidos habitantes de Marianas,
los cuales nos correspondieron izando bandera en el fuerte y armando
botes en el puerto.
A todo remo y en buena vela apareció por la desembocadura del canal
un bote ballenero. Bandera flotaba en la popa y galones relucían en
las bordas. La sanidad y la capitanía del puerto tuvimos á bordo.
Después de enterarse el médico no había nadie de menos ni de más, y
el capitán del puerto de que no llevábamos _gato_ encerrado, previas
las formalidades de declinarse la responsabilidad del anclaje en la
experiencia del práctico, y tras algunas maniobras, se dió la voz
de _¡fondo!_ y fondo encontraron las uñas del ancla que rodó de las
_serviolas_ á la región de los corales.
Treinta y cinco días nos había costado llegar. Ya estábamos en
Marianas. ¡El puerto todo lo borra!