¡Orza!--De vuelta y vuelta.--Tiempo duro.--Siniestros
preparativos.--Falta de crepúsculo--_La piel de zapa_.--¡El
tifón!--Baja de barómetros.--Pobre _María Rosario_!--Horas de
agonía.--Las seis de la tarde del cinco de Agosto.--¡Una pulgada
de descenso!--Salida de la luna.--Esperanzas--Fúnebres fechas.--El
_Malespina_.--Cuatro días sin comer.
La voz de _¡orza!_ fué la salutación que recibió mi despertar el día 4.
--Parece que orzamos, ¡eh!--le dije con tono malicioso al Padre
Recoleto, compañero de camarote.
--Toda la noche hemos estado de vuelta y vuelta; la ventolina se
cambió en viento duro, y ya le tenemos de mal cuadrante.
La voz del capitán interrumpió la conversación.
¡Lista maniobra virar! ¡Levanta muras! ¡Cambia en medio!
Estas concisas palabras fueron perfectamente interpretadas por
la tripulación, y á nosotros nos pusieron en conocimiento de que
navegábamos de vuelta y vuelta.
El tiempo principió á arreciar.
Se pudo hacer observación, y nos situamos á los 12° 39' lat. N.,
y 139° 38' long. E. del meridiano de Greenwich.
A las dos de la tarde todos los síntomas eran de aproximarse uno de
esos terribles fenómenos llamados _tifones_, propios de los mares de
China y del Pacífico en latitudes determinadas.
Mares vivas tendidas y gruesas del Nordeste, vientos duros de aquel
cuadrante, intermitencias huracanadas, cielo y horizontes cerrados,
barómetros bajos, completa movilidad en la aguja del _aneróide_;
esto agregado al color plomizo de las aguas, á la pesadez de la
atmósfera, que por momentos se achicaba cerrándonos los espacios,
y á la menuda llovizna que constituyen la _garua_ intertropical,
nos pusieron en verdadera alarma, alarma que se justificó con las
voces de mando del capitán, que desde el puente gritó: ¡listas todas
las guardias! ¡aclarar aparejos! ¡listos gavieros!
Cada uno ocupó su puesto, reinando un momento de silencio.
Después ... después nos persuadimos de que el barco se preparaba á
recibir un tifón.
Rodaron motones y cuadernas, se sacaron de la bodega cabos y cadenas,
se aprestaron aparejos de respeto, se calaron masteleros, se trincaron
lanchas y maderas de reserva, se revisaron bombas y escotillas,
se apilaron cadenas, se afianzaron las maniobras de serviolas, se
clavaron lumbreras, escotilla y escobenes, se guarnieron burdas, se
tendieron cabos de cabilla á cabilla, se puso doble cadena al timón,
colocando dos rebenques para atar al timonel, y en fin, se tomaron
por el entendido capitán cuantas determinaciones surgieron en su
imaginación la lucha que presentía habíamos de sostener bien pronto
con la furia desencadenada de los elementos.
A la caída de la tarde la _María Rosario_, desprendida de todas sus
galas, presentaba un aspecto sombrío y aterrador. Aquella no era
la velera nave que, largo todo su blanco trapo, aprovechando vela y
rechinando los guarda-cabos de su bolina, paseaba su ligera quilla por
el azulado manto, bordando de encajes de espuma la plateada estela;
aquella no era la coqueta de los mares que se balanceaba á los besos
de la aurora en las matinales marejadas, hundiendo en las cristalinas
ondas sus ligeros tajamares: aquella no era la orgullosa señora de las
saladas regiones. La sultana que imponía leyes al adormecido Océano
en la caña de su timón, era la humilde esclava del potente monstruo
de los mares, que despertaba de su letárgico sueño revolviendo en
sus convulsiones inmensas montañas de hirviente espuma, atronando el
espacio con sus potentes mugidos.
¡El día cuatro no tuvo crepúsculo!
El paso de la claridad del día á las tinieblas de la noche fué
momentáneo.
¡Qué triste es un día sin sol! ¡Qué amargura se experimenta al
presentir la muerte sin que nos rodeen seres queridos, flores,
pájaros y transparentes cielos!
A las cinco, la oscuridad era completa.
Todos comprendíamos el peligro, mas ninguno lo expresaba.
El barómetro era el único que en aquellos momentos de angustia tenía
elocuencia: esta, aunque muda, poseía la más fuerte de las razones. ¡La
convicción de la realidad!
El descenso de la columna barométrica vertía en nuestra alma las
mismas amarguras que tan magistralmente describe el gran fisiólogo
del corazón humano en la reducción de su _piel de zapa_.
Las nueve era la hora señalada para la salida de la luna, la cual
nos marcó su influencia con fuertes chubascos del Nordeste.
El barómetro señalaba 29,35. En pocas horas había bajado 65
centésimas. La observación del barómetro, la dirección de los chubascos
y el cariz en general, nos patentizaban que el destructor tifón pronto
nos envolvería en alguno de los anillos de sus espirales zonas.
Ciñendo mura babor nos manteníamos, sujetando al barco las gavias
bajas, mayor cangreja y trinquetilla; todas las demás velas iban
aferradas en sus vergas con dobles tomadores.
El barco cada vez trabajaba más, por efecto del fuerte viento
y grandes mares que por su dirección nos indicaban que el huracán
corría del Nordeste.
Sabido es que estos fenómenos llevan en su vertiginosa carrera los
movimientos de rotación y traslación, originando poderosas comentes
en espiral más ó menos fuertes, á medida que las zonas de aquellas
se alejan del punto céntrico de donde se desarrollan.
El círculo del tifón es lo que se llama _vórtice_; aquel círculo es
el que comunica sus estragos á los demás que lo envuelven, siendo
los movimientos de rotación y traslación tanto más vivos cuanto más
reducida es la primera vuelta que forma la espiral.
¡Desgraciado del barco que lo envuelva el vórtice! ¡Infeliz del pueblo
que haga experimentar sus estragos!
¡El tifón se acercaba! ¿Nos cogería el vórtice? Es decir,
¿moriríamos? Solo Dios, solo Él, á quien en esos momentos todos claman
y todos creen sabía nuestro destino.
En la mayor de las agonías, en la de la incertidumbre, nos cogió
la escasa claridad de un día que presagiábamos sería el último de
nuestra vida.
La observación de las seis de la mañana aumentó la agonía.
¡El barómetro marcaba 29,30! La impresión atmosférica cada vez mayor,
el enrarecimiento del aire más sensible, y la influencia del fenómeno
perfectamente indicada nos señalaba su proximidad. Apenas teníamos
horizontes, y estos de un color plomizo muy pronunciado; el viento
completamente huracanado traía su furia del Nordeste; las mares se
precipitaban unas á otras en inmensas trombas, las cuales al romper
rebasaban la obra muerta, siendo infructuosas las bombas que no se
dejaban de la mano; la impetuosidad de los vientos arrancaba montañas
de espuma que en menuda lluvia nos azotaba; cerrando tan angustioso
cuadro mares encontradas que hacían retemblar á la pobre _María
Rosario_, que unas veces hundía en el abismo la perilla del bauprés,
para luego verla levantarse trabajosamente y rozar con la espuma las
_batallolas_ de popa.
¡Un esfuerzo infructuoso en uno de esos momentos, un golpe de mar
combinado con una ráfaga del huracán y....
* * * * *
y una línea que se abre en los abismos cerrándose inmediatamente
hubiera guardado en el misterio existencias que alentaban vida, salud,
amores, esperanzas, ilusiones!
¡Venid, ateos, amarráos á un palo; contemplad uno de estos fenómenos
y veréis cuál distinto es el sofisma que se fragua al calor del
gabinete, á la potente al par que salvaje y majestuosa realidad
que os enseña un Dios que renegáis por un mal entendido orgullo,
no porque no le creáis! ¡Sabed que hay Océanos sin fondo, y que
una sola línea que inmediatamente se cierra, puede sepultar todos
vuestros falsos templos y todas vuestras ciudades, que por grandes
y populosas que sean, comparadas con la inmensidad del Océano, son
muchísimo menos que palacios de cartón que desaparecen al capricho
del niño que momentáneamente recrean.
A las seis de la tarde el huracán era deshecho. Su descripción es
imposible. La pluma jamás puede llegar á estas manifestaciones de
la naturaleza.
El que escribe estas líneas ha recorrido muchos mares; le son conocidos
los fenómenos marítimos, pero en verdad, ni en su memoria, ni en su
imaginación, pudo nunca comprender el espectáculo que en los cielos
y en los mares desarrolla un tifón.
La mayor parte de las velas, á pesar de ir perfectamente _aferradas_,
se _rifaron_; el viento producía entre _jarcias_ y _obenques_
sonidos metálicos imposibles de imitar y los mares engrosaban más y
más destruyendo la _obra muerta_.
La _María Rosario_ no gobernaba. La caña de su timón era impotente.
¡El barómetro marcó 29,16!
¡¡¡Cerca de una pulgada de descenso!!!
El vórtice debía estar próximo á las muras.
Eran las nueve de la noche al notar la anterior bajada, enormísima
al tener en cuenta las latitudes en que se verificaba.
La luna salía á las diez menos cuarto.
Tal situación no podía prolongarse.
El estado en que se encontraba el barco admitía pocas horas de
esperanza.
La influencia de la luna había de resolver la situación.
Aquí no era ya la agonía de la _Piel de zapa_ de Balzac, sino
la magistralmente descrita en el Frollo de Víctor Hugo, con la
diferencia de que en aquella había blasfemias, y en la nuestra
recuerdos y oraciones.
La aguja del reloj marcó las nueve y media.... Las diez menos veinte.
La vista no se separaba de la columna barométrica cayendo fatídicamente
en el alma, cada uno de los acompasados golpes del péndulo.
¡Cuántos pensamientos en aquellos supremos instantes! ¡Qué de
recuerdos! ¡Qué de zozobras! ¡Qué de esperanzas!
¡Debe ser tan terrible morir ahogado dentro de las cuatro tablas del
camarote! Esta idea me asaltó en aquellos instantes y resuelto á morir
á la vista del cielo fuera de aquel ataúd, me puse de pie para salir
de la cámara. En aquel instante la campana dió los tres cuartos.
La luna debía estar en su carrera visible.
La percepción de la campanada se confundió con la visual al barómetro.
¡¡¡Principiaba á subir!!!
¡¡¡Nos habíamos salvado!!!
* * * * *
Las grandes mares que el tifón había dejado á su paso fueron poco
á poco aplacándose, cesando la furia del viento á medida que la
influencia del fenómeno iba disminuyendo al alejarse de nosotros,
siguiendo su destructor derrotero, en el cual había de sembrar ruinas
y espantos.
Tan funestos se han considerado siempre los tifones y tan frecuente
su desarrollo en los mares de China y parte del Pacífico en los
meses de Agosto, Setiembre y Octubre, que constituyen el trimestre
del cambio de los equinoccios que antiguamente no se admitía por las
casas aseguradoras ningún riesgo, marítimo en expediciones para dichos
mares y en tales meses.
Terribles y misteriosos naufragios registra la historia de la
equinoccial de Setiembre. Los puertos de China, del Japón y de
Filipinas guardan escritos en informes restos, imperecederas memorias
de fenómenos pasados que nos hacen temer por los venideros.
Hace cinco años á la fecha en que escribimos, el 21 de Setiembre de
1867, si mal no recordamos, salió del puerto de Hong-Kong con rumbo
á Manila el vapor español _Malespina_.
En el _Malespina_ venía un numeroso pasaje.
El vijía del Corregidor esperó en vano un día y otro día tenerlo á
la vista.
¡El _Malespina_ no se descubría!
Pasaron más días y la intranquilidad creció de punto.
Cada cual explicaba la tardanza del vapor á su manera, suponiéndose
estaría al seguro abrigo de algún puerto al cual hiciera arribada.
Se siguió esperando.
¡El _Malespina_ no llegaba!
Las suposiciones tranquilizadoras se convirtieron en una alarmante
impaciencia.
Cada cual anhelaba algo.
Era conductor de pasaje y de correo; por lo tanto, el que no esperaba
abrazar á un ser querido, aguardaba los consoladores lenitivos que
latentemente sostienen en las ausencias pedazos de papel á los cuales
se les da vida al correr la pluma, de cuyos puntos se van desprendiendo
consuelos y esperanzas.
En vista de la tardanza salió otro correo. Este volvió, más ... nada
sabía del _Malespina_.
Cinco años largos han transcurrido desde entonces y nada sigue
sabiéndose de aquel barco.
Ni una tabla, ni un pedazo de lona, ni el más ligero vestigio ha
venido á atestiguar la catástrofe.
Las olas y las nubes fueron los únicos testigos.
Las nubes y las olas empujadas por el destructor hálito del tifón,
guardan en sus insondables misterios una historia más.
Si el voraz diente de los monstruos marinos ha respetado las osamentas
humanas, en el profundo abismo, sobre un lecho de algas y corales
habrá entrelazados restos de dos seres.
Entre los pasajeros venían dos jóvenes que hacía pocos días se habían
jurado fe eterna al pie de los altares.
El bramido del viento confundiría la última palabra de amor de aquellas
dos almas, el rugir de las olas su último suspiro, y quién sabe si
algún rayo de la poética luna su última mirada.
¡Cuántas historias semejantes á esta no guardarán los mares!
Las desconsoladoras descripciones de tifones que frecuentemente leemos,
nos patentizan más y más que la _María Rosario_ estuvo en inminente
peligro de haber seguido la misma suerte que el _Malespina_.
Dios, sin embargo, no tenía contados nuestros días, y con la calma
de los vientos y de los mares se tranquilizaron los espíritus,
armonizándose las costumbres y la manera de ser de á bordo.
Cuatro días habíamos estado sin poder encender los fogones; cuatro
días que atendidas las provisiones, puede decirse, estuvimos sin comer.