Islote de San Bernardino.--El Gran Pacífico.--Cielo y
agua.--Nostalgia.--El secreto de las mareas.--Calma sospechosa.--Pesca
del tiburón--Los crepúsculos en la mar.
Poca fué la estancia en San Jacinto y pocos fueron los víveres
con que pudimos reforzar las cantinas de la _María Rosario._ Unas
cuantas cabras, un centenar de aves y algunas verduras, fué todo lo
que pudimos conseguir.
Aprovechando la brisa matinal, salimos del pequeño puerto de San
Jacinto poniendo proa al cercano islote de San Bernardino, el cual
no tardamos mucho en doblar, merced á la _empopada en redondo_ que
nos favorecía.
El pequeño islote poco á poco fué ocultándose en los espacios, siendo
sus difusos contornos el adiós que nos daban las playas filipinas.
La _María Rosario_ navegaba en ancha mar. Las revueltas ondas del Gran
Pacífico nos mostraban por doquier los inmensos dominios donde viven,
sin percibir por ninguno de los horizontes, la arena donde mueren.
El gran número de islas que dejamos tras la estela, la diversidad de
panoramas que habíamos admirado, la riqueza del suelo, la patriarcal
y primitiva vida que reflejaban en sus toscas construcciones, el sin
número de casas de nipa y palma enclavadas en el monte y en la playa;
todo, todo desapareció.
¡Solo cielo y agua! ¡Solo inmensidad!
El Océano tiene para mí tantos recuerdos, nos conocemos tanto, y me
son tan familiares sus manifestaciones, que siempre que tras algún
tiempo contemplo su grandiosidad, experimento un indescriptible placer.
El Océano constituye una verdadera necesidad de mi vida.
Lo mismo que para apreciar la salud es preciso haber estado enfermo,
así para comprender ciertos problemas de la vida, hay que ir á leerlos
á los _azules desiertos_, misteriosos y dilatados dominios que no se
sujetan á más ley que á la de Dios, ni reconocen más soberanos que
al gigante del día que deshace en perlas sus brumas, y á la tímida
_sultana_ de la noche, que muestra su influencia en esos misteriosos
besos en que las ondas elevan hacia el á su espuma, cual si fueran
los brazos del amante, que buscan á su amada.
El misterio de las _mareas_ está basado en la simpatía que tiene
el Océano con la luna. Mientras esta alumbra con su pálida luz, los
genios de la mansión de los corales alzan hacia ella la superficie de
su líquida cárcel; cuando se retira, cuando apaga su último destello,
los genios duermen, quedando las ondas en su natural estado.
La _esclava_ del sol puede estar orgullosa de su _señor,_ que la
presta la majestad bastante, para que reine durante la noche.
El que no conoce el Océano; el que no ha vivido algunos días en sus
dominios, es un _sér imperfecto_.
Los árabes se conceptúan desgraciados hasta que no visitan la Meca;
yo en cambio creo que la verdadera desgracia es la de morirse sin
haber recorrido el Océano.
El Océano es el único _maestro_ que en la vida enseña á amar y
á perdonar!
* * * * *
La _María Rosario_ navegaba por el Pacífico con una marcha de _ocho
nudos_, cuando de pronto en la noche del día primero de Agosto fué
aflojando el viento, cesando á las pocas horas por completo.
En calma amaneció el día dos, pero en una de esas calmas que indican
ser precursoras de borrascas en la pesadez de su influencia, en el
sudor pegajoso y poco franco que origina, y en los tintes plomizos
que toman las aguas, las cuales adquieren una completa inmovilidad;
una de esas calmas en que ni el timón rige, ni la vela _flamea_,
ni el _catavientos_ oscila, ni el mar muestra en la superficie de
su insondable abismo, ni el más ligero ampo de espuma, ni el más
imperceptible de sus movimientos.
Por las _portas_ y _batallolas_ de popa, de cuándo en cuándo
se divisaban las ondulaciones proyectadas á flor de agua por el
inseparable compañero de los barcos en las regiones de calma, por
el más carnicero y terrible habitante de las ondas, por el temido
tiburón.
Uno de grandes proporciones pagó con la vida su persistencia.
A cosa de la una de la tarde, después de darnos la observación
la situación de 14° 2' latitud N. y 141° 13' long. E., se armó el
aparejo de pescar; varias veces el tiburón se acercó á la carnaza
que envolvía el hierro; varias veces había mostrado á nuestra vista,
transparentando en el azul espejo su blanco vientre al revolverse
perezosamente sobre su plomizo lomo para morder, y varias veces se
había frustrado el que los corbos dientes del anzuelo hicieran presa,
hasta que excitado el voraz apetito del monstruo, se colocó de dos
fuertes aletazos al alcance de cebo, el cual vimos sumergirse en
la informe masa que presentaba su descomunal boca. La fuerza de
la embestida y la violenta contracción de sus poderosas mandíbulas
armadas de triple hilera de dientes, fueron bastante á sepultarle
en la cabeza las afiladas barras.
Herido el tiburón trató de apelar á la huida buscando en los profundos
abismos su salvación; mas todos sus esfuerzos se estrellaron en lo
bien templado del hierro que lo aprisionaba, y en la consistencia
del _aparejo_ que lo sostenía.
_Sujeto el cabo é izada_ la cabeza del tiburón fuera del agua, se le
echó un doble aparejo _oprimiendo_ en el círculo de un nudo corredizo
las aletas. En tal estado la muerte del tiburón es segura; hasta que el
círculo del nudo corredizo no se entierra entre la blanda carnosidad,
y las aletas no presentan un fuerte apoyo, todavía puede librarse de
la muerte, bien safándose del hierro por desgararse la piel á los
supremos esfuerzos del animal, bien y debido á aquellos el romperse
el cabo ó el mismo hierro, lo que no sucede cuando queda suspendido
por el anzuelo y por la doble cuerda.
Al alcance del brazo de la tripulación permaneció el tiburón más
de media hora, recibiendo en la cabeza en ese espacio de tiempo un
sinnúmero de golpes con hachas y _espeques._
El que no haya presenciado la muerte de un tiburón, no puede
comprender el gran principio de irritabilidad y fuerza vital que
posee su organismo. Mucho tiempo después de estar separadas sus
grandes vísceras, producen las masas informes del tiburón terribles
contracciones que algunas veces han sido bien funestas, pues el
poco conocimiento ó la imprudencia han sido causa de que algunos
pasajeros hayan perdido un pie ó una mano, entre mandíbulas que creían
desprovistas de fuerza vital.
En la comida de la tarde se nos sirvió un plato de tiburón, del
cual podemos decir sucede con él lo que con otros muchos animales,
que no se comen porque la tradición, sin consultar con el paladar, ha
puesto su veto, veto que nosotros hasta cierto punto podemos desmentir
respecto al tiburón, el cual tiene gastronómicamente considerado,
mucha semejanza con el llamado cason.
Agotados los comentarios y depurado bajo todas sus fases el
acontecimiento del día, pues acontecimiento es á bordo cuando se lleva
una larga navegación cualquier incidente, volvimos nuevamente á la
desesperante calma que tenía al barco cual si estuviera enclavado en
aquel dilatado desierto de agua.
Ni el _catavientos,_ ni las nubes, ni el barómetro, ni el cariz del
cielo nos presagiaban señales de viento, reinando absoluta inmovilidad
en las ondas y en las lonas.
En tal estado, vino el crepúsculo vespertino.
El que no ha contemplado un crepúsculo vespertino en las zonas
intertropicales, no ha visto la celeste bóveda en toda su belleza.
En el crepúsculo á que nos referimos, parecía que el Creador había
depurado todas las divinas tintas celestiales para esparcirlas en
la inmensa bóveda, en la cual poco á poco fueron confundiéndose á
medida que el gigante de la luz hundía su lumbre en los horizontes
del Poniente.
En aquellos momentos todos estábamos sobre cubierta; todos admirábamos,
y todos callábamos, porque nuestro espíritu, en alas del deseo,
se posaba en otras regiones.
¡Todo era sentimiento! ¡Todo poesía!
¡El día iba á morir!
Una ligera brisa del Sudeste hinchó las velas, murmurando triste entre
_jarcias_ y _obenques_, y compactos y plomizos celajes aparecieron por
los horizontes de la aurora, trayendo en su seno la inmensa mortaja
que bien pronto cubriría todo el espacio, abriendo una _hoja_ en la
historia del ayer, y _borrando_ una _página_ en el _libro_ del mañana.
Lo que el alma experimenta en esos momentos no se puede explicar;
el mortal se aproxima á Dios, y el hombre es demasiado pequeño para
remontar su vuelo al conocimiento del Creador.
La muerte del día se asemeja al último suspiro del moribundo. El
último aliento del enfermo es una palabra de perdón; la última mirada
al sol que desaparece es una oración.
El crepúsculo matutino es la actividad, la vida. El vespertino es
el sentimiento, la poesía. Aquel, la juventud, la primavera; este,
el otoño, la melancolía. El primero es el alegre trino del ruiseñor,
la exuberancia de vida de la verde hoja, el vivificador grito de
¡tierra! del náufrago marino; el segundo, el clamor de la solitaria
tórtola que gime entre la floresta, la mustia hoja arrastrada por el
cierzo, la blanca lona, que cual las alas de la gaviota, se cierne
en los poéticos lagos.
La corta duración del crepúsculo matutino crea la admiración, la del
vespertino, los recuerdos. Estos, para una madre alejada de su hijo,
representa una lágrima; para el amante, un suspiro; para el poeta,
una inspiración.
Todas las ideas que nuestra mente forja ante el sol que desaparece,
son otros tantos pensamientos de amor.
El espíritu siente una extraña armonía ante el mudo estertor del día
que muere, como igualmente al percibir las primeras caricias del que
nace; en aquel, las vibraciones que dan las sensibles cuerdas del
alma, originan acordes tan dulces como la mirada de la tierna madre
que vela el tranquilo sueño de su hijo; en el último, los acordes son
alegres y ligeros, cual las modulaciones del jilguero. Los primeros
son el _nocturno_ sublime de la muerte; los segundos, el bullicioso
_allegro_ de la vida.
El crepúsculo vespertino, visto desde un mirador, es sumamente bello;
contemplado en regiones intertropicales desde el puente de un buque,
es altamente conmovedor.
Ningún espectáculo produce tanta admiración como ver por primera vez
la caída de la tarde en medio de las inmensas soledades del Océano.
No hay nada que hable tanto al corazón como los cambiantes que ese
espectáculo desarrolla en su gigantesco panorama. Rizadas olas por
doquier, reflejando en su seno colores indefinibles que salpican
el firmamento, bulliente estela revolviendo entre su espuma tintes
oscuros, graznidos lúgubres de pájaros marinos, y parduscos horizontes
que se estrechan, forman el imponente y majestuoso cuadro.
El círculo inmenso que á la vista se presenta por momentos se
reduce. El marino entonces, cual el autor de los _Tristes_ encomendaba
al _Noto_, murmurase una súplica al oído de Augusto, deposita en el
céfiro que acaricia la lona de su ligero buque un pensamiento que
generalmente dice ¡_para ella_! Este ¡_ella_! sintetiza toda una
poética historia.
Con la puesta del sol, la muerte se presenta ante la imaginación
del navegante, y recuerda el humilde techo del hogar doméstico, el
apacible calor de la casa, el ángel de sus amores. Ensimismado en
esos tiernos recuerdos contempla la última luz del moribundo día,
llevándole su fantasía á los sitios que sueña.
En esos momentos una sonrisa se dibuja en sus labios, y una silenciosa
lágrima rueda por sus facciones, valientes, cual los fieros elementos
que las rodean, rudas, como el aquilón que sobre ellas se estrella,
y vivas, cual los tropicales rayos que las alumbran.
La lágrima del hijo del mar compendia toda una existencia de
recuerdos. Aquella lágrima es la carta que dirige al sér por quien
sueña, desde los salados desiertos del Océano, ora envuelto en la
inamovilidad de la calma, ora en medio de la terrible lucha de gigante
que continuamente tiene que sostener con las embravecidas olas que
mugen á sus pies, y con las compactas nubes que ruedan sobre su cabeza.
La anterior misiva se diferencia de todas las demás, en que aquella
al ser oreada por el último rayo del sol se eleva á Dios y Él es el
encargado de llevarla al corazón del sér por quien se vierte, bien en
el perdido rumor de la medrosa noche, bien en el espejo de la pálida
sultana de los harenes de los céfiros, bien en los misterios de los
sueños, ó bien en el incomprensible arcano de los presentimientos.
¡Cuántas veces el aroma de la flor, ó el murmurio de la fuente, son
los medios de que el Hacedor se vale para susurrar en el alma querida,
esas _mudas_ y misteriosas palabras que se escriben en el grandioso
libro de la naturaleza!
Una de las sublimes páginas de ese gran _libro_ que abraza toda la
creación, y que solo á su Autor le es dado hojear, la compone el
crepúsculo vespertino.
¡La síntesis del Gólgota la representa el vespertino crepúsculo!
¡A los cansados rayos de la tarde se puso la última letra del sublime
epílogo de la redención!
¡El Dios-hombre elevó á su Padre el último aliento entre el sentimiento
de la naturaleza!
¡La agonía del Hijo de María se confundió con la agonía del día!...
* * * * *
El día muere, el velamen muge, las olas crecen, la humedad entumece los
miembros y las dulces ilusiones se convierten en tristes realidades,
al ver solo inmensidad en nuestra alma, inmensidad bajo nuestros piés
é inmensidad sobre nuestras cabezas.