CAPÍTULO VIII.

Islote de San Bernardino.--El Gran Pacífico.--Cielo y

agua.--Nostalgia.--El secreto de las mareas.--Calma sospechosa.--Pesca

del tiburón--Los crepúsculos en la mar.

Poca fué la estancia en San Jacinto y pocos fueron los víveres

con que pudimos reforzar las cantinas de la _María Rosario._ Unas

cuantas cabras, un centenar de aves y algunas verduras, fué todo lo

que pudimos conseguir.

Aprovechando la brisa matinal, salimos del pequeño puerto de San

Jacinto poniendo proa al cercano islote de San Bernardino, el cual

no tardamos mucho en doblar, merced á la _empopada en redondo_ que

nos favorecía.

El pequeño islote poco á poco fué ocultándose en los espacios, siendo

sus difusos contornos el adiós que nos daban las playas filipinas.

La _María Rosario_ navegaba en ancha mar. Las revueltas ondas del Gran

Pacífico nos mostraban por doquier los inmensos dominios donde viven,

sin percibir por ninguno de los horizontes, la arena donde mueren.

El gran número de islas que dejamos tras la estela, la diversidad de

panoramas que habíamos admirado, la riqueza del suelo, la patriarcal

y primitiva vida que reflejaban en sus toscas construcciones, el sin

número de casas de nipa y palma enclavadas en el monte y en la playa;

todo, todo desapareció.

¡Solo cielo y agua! ¡Solo inmensidad!

El Océano tiene para mí tantos recuerdos, nos conocemos tanto, y me

son tan familiares sus manifestaciones, que siempre que tras algún

tiempo contemplo su grandiosidad, experimento un indescriptible placer.

El Océano constituye una verdadera necesidad de mi vida.

Lo mismo que para apreciar la salud es preciso haber estado enfermo,

así para comprender ciertos problemas de la vida, hay que ir á leerlos

á los _azules desiertos_, misteriosos y dilatados dominios que no se

sujetan á más ley que á la de Dios, ni reconocen más soberanos que

al gigante del día que deshace en perlas sus brumas, y á la tímida

_sultana_ de la noche, que muestra su influencia en esos misteriosos

besos en que las ondas elevan hacia el á su espuma, cual si fueran

los brazos del amante, que buscan á su amada.

El misterio de las _mareas_ está basado en la simpatía que tiene

el Océano con la luna. Mientras esta alumbra con su pálida luz, los

genios de la mansión de los corales alzan hacia ella la superficie de

su líquida cárcel; cuando se retira, cuando apaga su último destello,

los genios duermen, quedando las ondas en su natural estado.

La _esclava_ del sol puede estar orgullosa de su _señor,_ que la

presta la majestad bastante, para que reine durante la noche.

El que no conoce el Océano; el que no ha vivido algunos días en sus

dominios, es un _sér imperfecto_.

Los árabes se conceptúan desgraciados hasta que no visitan la Meca;

yo en cambio creo que la verdadera desgracia es la de morirse sin

haber recorrido el Océano.

El Océano es el único _maestro_ que en la vida enseña á amar y

á perdonar!

* * * * *

La _María Rosario_ navegaba por el Pacífico con una marcha de _ocho

nudos_, cuando de pronto en la noche del día primero de Agosto fué

aflojando el viento, cesando á las pocas horas por completo.

En calma amaneció el día dos, pero en una de esas calmas que indican

ser precursoras de borrascas en la pesadez de su influencia, en el

sudor pegajoso y poco franco que origina, y en los tintes plomizos

que toman las aguas, las cuales adquieren una completa inmovilidad;

una de esas calmas en que ni el timón rige, ni la vela _flamea_,

ni el _catavientos_ oscila, ni el mar muestra en la superficie de

su insondable abismo, ni el más ligero ampo de espuma, ni el más

imperceptible de sus movimientos.

Por las _portas_ y _batallolas_ de popa, de cuándo en cuándo

se divisaban las ondulaciones proyectadas á flor de agua por el

inseparable compañero de los barcos en las regiones de calma, por

el más carnicero y terrible habitante de las ondas, por el temido

tiburón.

Uno de grandes proporciones pagó con la vida su persistencia.

A cosa de la una de la tarde, después de darnos la observación

la situación de 14° 2' latitud N. y 141° 13' long. E., se armó el

aparejo de pescar; varias veces el tiburón se acercó á la carnaza

que envolvía el hierro; varias veces había mostrado á nuestra vista,

transparentando en el azul espejo su blanco vientre al revolverse

perezosamente sobre su plomizo lomo para morder, y varias veces se

había frustrado el que los corbos dientes del anzuelo hicieran presa,

hasta que excitado el voraz apetito del monstruo, se colocó de dos

fuertes aletazos al alcance de cebo, el cual vimos sumergirse en

la informe masa que presentaba su descomunal boca. La fuerza de

la embestida y la violenta contracción de sus poderosas mandíbulas

armadas de triple hilera de dientes, fueron bastante á sepultarle

en la cabeza las afiladas barras.

Herido el tiburón trató de apelar á la huida buscando en los profundos

abismos su salvación; mas todos sus esfuerzos se estrellaron en lo

bien templado del hierro que lo aprisionaba, y en la consistencia

del _aparejo_ que lo sostenía.

_Sujeto el cabo é izada_ la cabeza del tiburón fuera del agua, se le

echó un doble aparejo _oprimiendo_ en el círculo de un nudo corredizo

las aletas. En tal estado la muerte del tiburón es segura; hasta que el

círculo del nudo corredizo no se entierra entre la blanda carnosidad,

y las aletas no presentan un fuerte apoyo, todavía puede librarse de

la muerte, bien safándose del hierro por desgararse la piel á los

supremos esfuerzos del animal, bien y debido á aquellos el romperse

el cabo ó el mismo hierro, lo que no sucede cuando queda suspendido

por el anzuelo y por la doble cuerda.

Al alcance del brazo de la tripulación permaneció el tiburón más

de media hora, recibiendo en la cabeza en ese espacio de tiempo un

sinnúmero de golpes con hachas y _espeques._

El que no haya presenciado la muerte de un tiburón, no puede

comprender el gran principio de irritabilidad y fuerza vital que

posee su organismo. Mucho tiempo después de estar separadas sus

grandes vísceras, producen las masas informes del tiburón terribles

contracciones que algunas veces han sido bien funestas, pues el

poco conocimiento ó la imprudencia han sido causa de que algunos

pasajeros hayan perdido un pie ó una mano, entre mandíbulas que creían

desprovistas de fuerza vital.

En la comida de la tarde se nos sirvió un plato de tiburón, del

cual podemos decir sucede con él lo que con otros muchos animales,

que no se comen porque la tradición, sin consultar con el paladar, ha

puesto su veto, veto que nosotros hasta cierto punto podemos desmentir

respecto al tiburón, el cual tiene gastronómicamente considerado,

mucha semejanza con el llamado cason.

Agotados los comentarios y depurado bajo todas sus fases el

acontecimiento del día, pues acontecimiento es á bordo cuando se lleva

una larga navegación cualquier incidente, volvimos nuevamente á la

desesperante calma que tenía al barco cual si estuviera enclavado en

aquel dilatado desierto de agua.

Ni el _catavientos,_ ni las nubes, ni el barómetro, ni el cariz del

cielo nos presagiaban señales de viento, reinando absoluta inmovilidad

en las ondas y en las lonas.

En tal estado, vino el crepúsculo vespertino.

El que no ha contemplado un crepúsculo vespertino en las zonas

intertropicales, no ha visto la celeste bóveda en toda su belleza.

En el crepúsculo á que nos referimos, parecía que el Creador había

depurado todas las divinas tintas celestiales para esparcirlas en

la inmensa bóveda, en la cual poco á poco fueron confundiéndose á

medida que el gigante de la luz hundía su lumbre en los horizontes

del Poniente.

En aquellos momentos todos estábamos sobre cubierta; todos admirábamos,

y todos callábamos, porque nuestro espíritu, en alas del deseo,

se posaba en otras regiones.

¡Todo era sentimiento! ¡Todo poesía!

¡El día iba á morir!

Una ligera brisa del Sudeste hinchó las velas, murmurando triste entre

_jarcias_ y _obenques_, y compactos y plomizos celajes aparecieron por

los horizontes de la aurora, trayendo en su seno la inmensa mortaja

que bien pronto cubriría todo el espacio, abriendo una _hoja_ en la

historia del ayer, y _borrando_ una _página_ en el _libro_ del mañana.

Lo que el alma experimenta en esos momentos no se puede explicar;

el mortal se aproxima á Dios, y el hombre es demasiado pequeño para

remontar su vuelo al conocimiento del Creador.

La muerte del día se asemeja al último suspiro del moribundo. El

último aliento del enfermo es una palabra de perdón; la última mirada

al sol que desaparece es una oración.

El crepúsculo matutino es la actividad, la vida. El vespertino es

el sentimiento, la poesía. Aquel, la juventud, la primavera; este,

el otoño, la melancolía. El primero es el alegre trino del ruiseñor,

la exuberancia de vida de la verde hoja, el vivificador grito de

¡tierra! del náufrago marino; el segundo, el clamor de la solitaria

tórtola que gime entre la floresta, la mustia hoja arrastrada por el

cierzo, la blanca lona, que cual las alas de la gaviota, se cierne

en los poéticos lagos.

La corta duración del crepúsculo matutino crea la admiración, la del

vespertino, los recuerdos. Estos, para una madre alejada de su hijo,

representa una lágrima; para el amante, un suspiro; para el poeta,

una inspiración.

Todas las ideas que nuestra mente forja ante el sol que desaparece,

son otros tantos pensamientos de amor.

El espíritu siente una extraña armonía ante el mudo estertor del día

que muere, como igualmente al percibir las primeras caricias del que

nace; en aquel, las vibraciones que dan las sensibles cuerdas del

alma, originan acordes tan dulces como la mirada de la tierna madre

que vela el tranquilo sueño de su hijo; en el último, los acordes son

alegres y ligeros, cual las modulaciones del jilguero. Los primeros

son el _nocturno_ sublime de la muerte; los segundos, el bullicioso

_allegro_ de la vida.

El crepúsculo vespertino, visto desde un mirador, es sumamente bello;

contemplado en regiones intertropicales desde el puente de un buque,

es altamente conmovedor.

Ningún espectáculo produce tanta admiración como ver por primera vez

la caída de la tarde en medio de las inmensas soledades del Océano.

No hay nada que hable tanto al corazón como los cambiantes que ese

espectáculo desarrolla en su gigantesco panorama. Rizadas olas por

doquier, reflejando en su seno colores indefinibles que salpican

el firmamento, bulliente estela revolviendo entre su espuma tintes

oscuros, graznidos lúgubres de pájaros marinos, y parduscos horizontes

que se estrechan, forman el imponente y majestuoso cuadro.

El círculo inmenso que á la vista se presenta por momentos se

reduce. El marino entonces, cual el autor de los _Tristes_ encomendaba

al _Noto_, murmurase una súplica al oído de Augusto, deposita en el

céfiro que acaricia la lona de su ligero buque un pensamiento que

generalmente dice ¡_para ella_! Este ¡_ella_! sintetiza toda una

poética historia.

Con la puesta del sol, la muerte se presenta ante la imaginación

del navegante, y recuerda el humilde techo del hogar doméstico, el

apacible calor de la casa, el ángel de sus amores. Ensimismado en

esos tiernos recuerdos contempla la última luz del moribundo día,

llevándole su fantasía á los sitios que sueña.

En esos momentos una sonrisa se dibuja en sus labios, y una silenciosa

lágrima rueda por sus facciones, valientes, cual los fieros elementos

que las rodean, rudas, como el aquilón que sobre ellas se estrella,

y vivas, cual los tropicales rayos que las alumbran.

La lágrima del hijo del mar compendia toda una existencia de

recuerdos. Aquella lágrima es la carta que dirige al sér por quien

sueña, desde los salados desiertos del Océano, ora envuelto en la

inamovilidad de la calma, ora en medio de la terrible lucha de gigante

que continuamente tiene que sostener con las embravecidas olas que

mugen á sus pies, y con las compactas nubes que ruedan sobre su cabeza.

La anterior misiva se diferencia de todas las demás, en que aquella

al ser oreada por el último rayo del sol se eleva á Dios y Él es el

encargado de llevarla al corazón del sér por quien se vierte, bien en

el perdido rumor de la medrosa noche, bien en el espejo de la pálida

sultana de los harenes de los céfiros, bien en los misterios de los

sueños, ó bien en el incomprensible arcano de los presentimientos.

¡Cuántas veces el aroma de la flor, ó el murmurio de la fuente, son

los medios de que el Hacedor se vale para susurrar en el alma querida,

esas _mudas_ y misteriosas palabras que se escriben en el grandioso

libro de la naturaleza!

Una de las sublimes páginas de ese gran _libro_ que abraza toda la

creación, y que solo á su Autor le es dado hojear, la compone el

crepúsculo vespertino.

¡La síntesis del Gólgota la representa el vespertino crepúsculo!

¡A los cansados rayos de la tarde se puso la última letra del sublime

epílogo de la redención!

¡El Dios-hombre elevó á su Padre el último aliento entre el sentimiento

de la naturaleza!

¡La agonía del Hijo de María se confundió con la agonía del día!...

* * * * *

El día muere, el velamen muge, las olas crecen, la humedad entumece los

miembros y las dulces ilusiones se convierten en tristes realidades,

al ver solo inmensidad en nuestra alma, inmensidad bajo nuestros piés

é inmensidad sobre nuestras cabezas.

Viajes por Filipinas: De Manila á Marianas · 第 27 / 39 题