CAPÍTULO VII.

España en Filipinas.--Colonización.--Política.--Tolerancia

religiosa.--Juramento chínico.--Pascuas, festejos y

Confucios.--El _matandá_.--El municipio dentro del municipio.--El

empleado.--Patriótico aviso.--Desconocimiento de Filipinas.--Reformas

y mejoras.

Todas las colonias del mundo obedecen á un sistema fijo, á un

fin dado, beneficioso al dominador, al par que al dominado. La

colonización inglesa, la holandesa y hasta la misma francesa, bien se

estudie bajo el cosmopolitismo comercial de Singapore; bien en las

primitivas costumbres del malabar que lleva sus dedos á la frente

en señal de acatamiento ante una civilización de que se utiliza,

por más que no comprende; bien se aquilate en las colosales obras

de la cisterna de Aden; bien en las riquezas de los mercados de

Calcuta y Bombay; bien en la transigencia de la pagoda; bien en

las sagradas corrientes que baten la druídica peña ó dan vida al

muérdago del sacrificio; bien que esa colonización se levante á

la sombra del peñasco de Hong-Kong, atalaya que vigila al Celeste

Imperio; bien que se extienda por las abrasadas arenas de la Arabia,

bíblicos recuerdos que evocan las civilizaciones faraónicas; bien que

respete antiguos usos, contemporizando con las grotescas fórmulas del

ritual cipayo; bien viva bajo el protectorado yankee en las ondas

del Pacífico; bien á la sombra de la tricolor bandera de Saigón;

bien que se extienda desde los modestos establecimientos de Macao,

á las opulentas factorías de la India y de Java, donde el indígena

percibe los efectos del telégrafo y del vapor, sin que jamás llegue

al conocimiento científico de las causas que obran bajo el émbolo de

la caldera que desarrolla la fuerza ó la confusión de los elementos

de la pila que arrancan el rayo; bien que la metrópoli explote, ora

el sensualismo malabar, ora el embrutecimiento en que reduce al chino

las perniciosas emanaciones del anfión, siempre vemos su razón de ser,

su principio vital de conservación, extremo al cual debe llevar la

raza dominante todo su estudio, toda su ciencia y todos sus cuidados.

En Filipinas, en ese riquísimo Archipiélago que constituye por la

feracidad de su suelo la colonia mas rica del mundo, en lo único que

puede decirse se asemeja á las demás en cuanto á la constitución

que las gobierna, es en la tolerancia, tanto religiosa como

político-administrativa.

En un país como Filipinas que viene anatematizado poco menos que

como una sucursal de los antiguos y terroríficos tribunales del Santo

Oficio. En Filipinas, _nido_ de frailes, de procesiones y de jesuítas

¡cosa rara! puede decirse hay libertad de cultos. ¿Se creerá esto

de aquellas comarcas simbolizadas por el que no las conoce bajo la

intransigencia del exorcismo, de la intolerancia y de la presión del

púlpito y del confesonario? La libertad de cultos existe de hecho y

de derecho; tanto es así, que se ha legislado y está, vigente en los

Reales autos de las Islas las complicadas fórmulas de los juramentos

chínicos; de modo que no solo el chino practica su ritual, sino que

hace partícipe de él á católicos rancios, pues no otra cosa sucede ante

el sacerdocio de la ley, tan luego acude en juicio un chino y pide

la solemnidad del juramento. Esta petición es legítima, la ampara la

ley, y el juez se ve precisado á presenciar, autorizar y respetar el

que el santuario de la justicia se vea ahumado ante el fuego de las

invocaciones, y los profundos textos del Rey Sabio interrumpidos por el

cacarear de los gallos blancos que han de ser degollados en el ara, que

no es, ni más ni menos que el pavimento de los estrados del juzgado.

La pascua chínica se celebra en Filipinas por los sectarios de

Confucio, frente á frente de la autoridad y de las Ordenes monásticas,

sin que la una ni las otras les pongan el más ligero veto. La quema de

las candelas, los altares que se ven en la mayor parte de las casas de

los chinos, la práctica de su ritual, y la exhibición de sus genios

y Confucios son bastantes pruebas de la tolerancia, ó mejor dicho,

de la protección en materia religiosa.

Esta transigencia que vemos en el terreno de las conciencias, la

vemos quizá más amplia en el régimen y gobierno.

En Filipinas casi casi puede decirse impera tácitamente

una Constitución, que se aproxima á las más avanzadas. Esto

parecerá una paradoja. ¡Encontrar la libertad en lo que se cree

el absolutismo! ¡Hallar la fórmula federal al pie de los sombríos

muros del convento! ¿Es esto posible? Recorred los dilatados campos

de Filipinas, y al encontrar el modesto bajay del indio, descansar un

rato á la sombra del cogon ó la palma; estudiar la familia que guarece

y veréis una pequeña colonia sujeta á la voz patriarcal del matandá, ó

sea el más viejo. Donde éste pone su veto no hay réplica ni discusión,

sino obediencia. Este jefe de familia en unión de algunos de su gremio,

nunca de otro, se sujeta en sus relaciones con el Estado al cabeza

de Barangay, autoridad electiva que vela al par que vigila por las

familias encomendadas á su cabecería, la cual rinde homenaje ante el

Alcalde pedáneo ó sea Gobernadorcillo, funcionario que ha de salir

del mismo gremio que sus gobernados. Bajo este sistema que nace en

el patriarcal, y que constituye el Municipio dentro del Municipio,

puesto que cada uno cuida de las propias necesidades y de las

circunscripciones en que habita, vive el indio bajo sus primitivas

costumbres con una libertad no interrumpida por la confusión de

razas, puesto que lo mismo aquel que el mestizo y el sangley, saben

que su Municipio ha de componerlo, tanto en la Principalía como en

los Barangais, individuos de su misma raza. Dígase si esto no es

la vida del Municipio dentro del Municipio y si esta es una odiosa

esclavitud ó una benéfica dominación.

A ser posible que el indígena pudiera comparar viendo lo que pasa en

las demás colonias, de seguro bendeciría día y noche el patriarcal

dominio que por ellos vela.

Desgraciadamente, nuestro sistema de colonización pierde su semejanza

con el de las demás, en otras muchas cosas, haciendo llegar no pocas

veces la metrópoli á sus posesiones un hálito que si en Europa vivifica

en el Asia envenena.

En Oriente el español no puede ni debe ser más que español, ajeno

de pasiones políticas y exento de miserias cortesanas. La clave de

este principio fundamental de colonización está en los gabinetes

de Madrid. La elección del empleado, su mayor saber, las garantías

para el porvenir y la verdadera estabilidad son las bases en que se

asienta en otras colonias la gran obra de su dominación.

La Inglaterra en la India, la Holanda en Java, y hasta el Portugal en

China, sus empleados son escogidos entre los buenos, son vigilados y

templados en el yunque de una constante inspección. El que sale de

la prueba, el que con su ciencia y merecimientos es declarado como

bueno, su porvenir en Colonias es seguro, cual seguro es el bienestar

de sus deudos si alguna de las enfermedades le hacen dormir el sueño

eterno lejos de su patria y de la fosa donde descansan los suyos.

Bajo este principio nace la emulación y el perfeccionamiento en la

esfera del deber. La práctica facilita el trabajo, al par que las

virtudes del bien y de la moralidad se aunan bajo la morada en que

se podrán llorar ausencias, mas no temer la venida del correo y la

cesantía, y con ella quizás el mendigar el pan ó volver á su nativo

suelo enervadas las fuerzas por una laboriosa aclimatación, ó muerta

la fe ante una larga serie de sacrificios olvidados.

Estabilidad y suficiencia en el empleado. He aquí la clave de todas

las mejoras.

Filipinas es dócil y ama al español. La suerte de Filipinas reside

en Madrid.

Con tiempo damos el alerta desde sus tranquilas tiendas.

Mucho se habla de nuestras colonias del Asia y no menos se escribe,

¿pero en qué tonos? ¿por quién? y sobre todo ¿con qué grados de

conocimientos? Unos, porque absolutamente no conocen la localidad;

otros, porque alientan ideas rutinarias ó quizás lo que es peor,

por querer vengar rencillas y miserias, y los más, porque toda su

experiencia y saber se reduce á haber ido cuarenta días en un camarote,

instalarse en Manila, cobrar una nómina conociendo al habilitado,

aunque no siempre al jefe, extender sus correrías por el país á

la Calzada, los _fosos_ de Santa Lucía, el campo de _Bagumbayang_

y lo más lo más llegar á las aguas de _Malinta_, ó á las provistas

despensas de los frailes de _Imus_; y con semejante extensión de

tierra y el solo hecho de haber desembarcado en Manila y vivido unos

cuantos meses ó años dentro de su murado recinto, arreglan el país

y escriben furibundos artículos que no tienen de Filipinas más que

las gotas de sudor que caen de la frente á la cuartilla.

Es preciso comprender y acabar de persuadirse que Manila ni

personifica ni representa más que un pueblo grande, que en vez de

reflejar las costumbres de la India lo hace más bien de las de Europa.

¿Qué español que no haya salido de Manila conoce las costumbres de

los siete millones de habitantes de las Islas, ó los rudimentos de

cualquiera de los treinta y tantos idiomas que se hablan? Ninguno.

Filipinas donde hay que estudiarlo, es en sus dilatadas _pampas_,

en sus bosques vírgenes, en sus campos de impenetrables _cogonales;_

allí bajo la palma ó la bonga vive y muere el indio en su primitivo

estado, con su dulce carácter, su notable indiferentismo y su

felicidad no perturbada por las exigencias que aumentan al par que

la civilización crece.

El elemento español, volvemos á repetirlo, porque mucho importa, es lo

primero en que debe fijar el Gobierno todo su cuidado. La ignorancia

por una parte, antiguos hábitos por otra y confusas ideas que no

concluyen de conocer las cabezas en que bullen el daño que hacen, es

lo que, salvo honrosísimas excepciones, constantemente están llegando

á las ricas y fértiles comarcas del Oriente. Hasta el día en que el

funcionario se persuada que al llegar al Corregidor debe ser otra cosa

distinta de lo que hasta entonces fué; hasta que comprenda que ciertas

ideas debe guardarlas cuidadosamente en el secreto santuario de los

recuerdos sin que jamás salgan á la lengua; hasta que la inamovilidad

del empleado sea una verdad al par que verdad sea su suficiencia;

hasta que la confianza y las garantías alienten el comercio y con

él la acumulación de capitales; hasta que el español descentralice

el producto de manos extranjeras; hasta que una buena inteligencia

secundada con un buen deseo, haga de las provincias tabacaleras lo que

deben ser; hasta que la ilustración universitaria llegue solamente al

conocimiento de la virtud y no al comentario histórico de los pueblos

y de los derechos de los hombres; hasta que ingenuamente y con los

datos á la mano confesemos que el fraile podrá ser, habrá sido y será

en Europa lo que se quiera, pero que en Filipinas es una necesidad

personificadora de dominación y de ahorro, lo primero, porque fueron

siempre españoles, porque ejercen una influencia positiva y porque

conocen el país; y lo segundo, porque son los soldados avanzados que

menos cuestan al Estado; hasta que el conocimiento del fraile origine

las garantías para el porvenir que tiemblan al par que preveen; hasta

que en ellos renazca la antigua confianza, no del poder omnímodo que

ejercieron, sino de la estabilidad porque temen, ante cuyo temor nace

el indiferentismo, que previene, al par que aleja á las procuraciones,

acumula en las misiones ú oculta en lo más recóndito de los claustros,

capitales que estarían en circulación; hasta que la conciencia no

salga de la persuasión del misionero español; hasta que al Gobernador

superior se le den facultades propias, creando una verdadera situación

de confianza en los actos del que manda, como confianza debe tener

en él quien le nombra; hasta que los centros gubernativos ejerzan

alguna policía llevando su mirada inspectora á un poco más allá de los

cortos renglones de un pasaporte; hasta que el ministerio de la ley

corra parejas con el sacerdocio de la conciencia; hasta que el hálito

revolucionario que se asienta en el viejo mundo ante los humeantes

escombros de la _Commune_ y las teorías de la Internacional, quede

dentro de la Administración de Correos de Manila, no llegando jamás á

despertar inteligencias, que ni alientan ambiciones porque no conocen

necesidades, ni abrigan miserias, porque sus odios son francos y se

dirimen con el talibón ó la flecha y no con sonrisas hipócritas que

encubren la farsa y la mentira; hasta que esto poco á poco no vaya

corrigiéndose, el extenso Archipiélago filipino no llegará á la meta

de felicidad, de bienestar y de riqueza á que es acreedor.

Demasiado comprendemos que el remedio á lo anterior no cabe en las

bases de un proyecto ni en la sola concepción de un buen deseo;

buenísimos los han tenido algunos de los ministros que se han venido

sucediendo en la cartera de las Colonias, pero el mal es antiquísimo

y el remedio necesariamente ha de ser paulatino. Esto prácticamente lo

ven los gobernantes á los primeros pasos que dan en el terreno de las

mejoras. La imposibilidad por una parte, falta de tiempo por otra,

y circunstancias gravísimas y difíciles en la metrópoli las más,

son los principales escollos que tenazmente se oponen á los mejores

deseos que á más de lo anterior y de estar abstraídos por tanto y

tanto acontecimiento por que está pasando nuestra querida España,

luchan con la distancia, la falta de datos, la adulteración de los

hechos, la imposible inspección y el tardío remedio.

Gran patriotismo, tiempo, inteligencia y buenos deseos, y todo se

andará. [3]

Viajes por Filipinas: De Manila á Marianas · 第 26 / 39 题