CAPÍTULO VI.

La mujer india.--Angué--Pepay la sinamayera.--¡¡¡Una!!!

Desde los tristes monólogos de Adán (pues es de suponer no tuviera

ganas de conversación con su _ex-costilla_, después de lo de marras)

hasta los _Apuntes_ de Catalina, y desde las lágrimas de Ovidio, á

los ataques de nervios de Julieta, cuánto se ha dicho, y sobre todo

cuánto se ha calumniado, es decir, menos cuando no se ha calumniado,

á esas sensibles _palomas_ sin hiel, á esas infelices y desgraciadas

inocentes, á esas pobrecitas cofrades del sexo débil.

A lo mucho que se ha dicho, vamos á añadir un poco más.

No vamos á tratar á la mujer á la sombra de un _patrón_ de la moda

elegante, ni á la semiluz de una _bambalina_, ni á las tinieblas de un

coche con cortinillas, ni á los truenos y relámpagos de un _can-can_;

no, vamos á ocuparnos de la primitiva hija del Oriente, raza hoy

poco conocida, que después de haber perecido casi por completo en

las Américas, va siguiendo la misma suerte en los inmensos dominios

que comprende la India inglesa.

La raza pura la encontramos en cerca de seis millones de seres,

en el vasto Archipiélago filipino.

Descorramos las _conchas_, alcemos el _tapanco_ ó descansemos un

momento bajo el _carang_, y al tornasolado de las primeras, veremos

á la india rica; bajo la palma del segundo, podremos estudiar la

india industrial, ó sea la clase media, y al abrigo del tercero se

nos presentarán perfectos modelos de las hijas desheredadas de todos

aquellos dones que no sean el mojarse cuando llueve, admirar el sol

cuando sale y limpiarse el sudor si tiene con qué cuando calienta,

dones todos que la naturaleza prodiga de tal forma en el Oriente, que

cuando llueve lo hace tres ó cuatro meses seguidos, con una fuerza,

un viento y unos truenos, que ni hay más que dar, ni más que pedir.

Ya tenemos prólogo. Exhibamos los tipos.

Supongamos que son las diez de la mañana en Manila, y por consiguiente,

la misma hora en cualquiera de los pueblos que forman Binondo;

supongamos á más que es la fiesta de la Patrona y que estamos cerca

de la casa del hermano mayor.

El hermano mayor es un sér exclusivo de Filipinas, es en las fiestas

como si dijéramos, el _caballo blanco_ de nuestros espectáculos,

ó el editor responsable sin sueldo de un periódico demagógico en

tiempo de los moderados.

Decíamos que estábamos cerca de la casa del hermano mayor, y esto

bien fácil nos es conocerlo, porque distintamente llegan á nuestros

oídos los ecos de la marcha de _Pan y Toros_, tocata ahora en boga

en Filipinas, cual lo será Dios mediante, dentro de ocho ó diez años,

la jota del _Molinero de Subiza_, ó la _polka de Flama_.

Ya estamos á la vista de la casa.

Banderolas de todos colores, pañuelos de todos ribetes, y trapos de

todos tamaños, ondean ó no ondean (pues esto no depende del hermano

mayor), suspendidos, no digamos de ventanas y balcones, sino de

agujeros más ó menos grandes, abiertos en el cogon y algunos en

la tabla.

La música la seguiremos oyendo, pues asisten las de los _dos gremios_,

y mientras la una toca, la otra come ó fuma, y esto de amanecer

á amanecer.

Alguna que otra _dalaga_, adornada con cuantos objetos relucientes

ha podido encontrar, pasa por delante de nosotros con dirección á la

iglesia ó á la casa del hermano, que de seguro es lo menos _capitán

pasado_ ó _cabeza, de Barangay_, sociales jerarquías que le dan

opción al _vos_ en el trato, á un asiento en la _principalía_ y á un

trozo de banco que procurará esté cerca, ó del canuto donde coloca el

Gobernadorcillo el bastón, ó del tallado del respaldo que representa

todo lo representable, pues en cuestión de dibujo y de talla los

indios no atascan, y llevan su despreocupación hasta un punto que

hemos visto el retrato de un General muy conocido, sustituído su

nombre por el del bienaventurado Santiago, y todo porque el general

está retratado á caballo y tiene algunos moros á sus piés.

Ejemplo del General convertido en Santo por la gracia de un

cortaplumas, que ha borrado un excelentísimo señor, sustituyéndolo con

un San Antonio ó San Andrés, es muy común, y menos mal que al pobre

General lo hicieron Santo, pues si hubiera hecho falta una Santa,

conforme rasparon el nombre, lo hubieran hecho con el bigote y la

barba. Todo esto no se crea se hace riendo ni mucho menos, pues el

indio posee una formalidad y una fuerza de convicción en ciertos

actos, que se cree las cosas más raras y estupendas. De un frasco

de cristal con tapón esmerilado, nos decía muy grave un criado al

preguntarle por los bizcochos que guardaba, que se los había visto

comer á las lagartijas.

El hermano mayor tiene, á más de las prerrogativas marcadas,

el _non plus_ de los honores; el más preciado y característico

distintivo. Puede llevar dentro y fuera de su casa, lo mismo ante Rey

que Roque, cual antiguo mesnadero, no crean ustedes que el sombrero

puesto ó las manos en los bolsillos, sino muchísimo más; puede llevar

una camisa de faldones bastante largos fuera del pantalón, y una

chaqueta muy corta encima de la camisa. Esto no será muy bonito,

pero es tan noble y distintivo que _guay_ del plebeyo que sin haber

sido siquiera _directorcillo_ ó _juez de sementeras_, osara profanar

aquella parodia de frac, que tiene por faldones faldamentos.

No queremos se nos olvide decir que la camisa _oficial_ es blanca y

la chaqueta negra.

Andando con dirección al ruido, hemos visto más de un _camisa por

fuera_, ostentando un bejuquillo con puño de plata. Sus poseedores

ejercen jurisdicción, tienen poder, son _tenientes_ de justicia,

funcionarios públicos que pueden llegar hasta el _solio_ del superior

munícipe, el día que su jerárquica persona se vea atacada de un

fuerte _romadizo_.

Ya estamos frente á la casa del mayor cofrade; es de buen aspecto, su

construcción llega hasta el despilfarro de ser la cubierta de tejas y

estar rodeada de una espaciosa cerca de cañas, á cuya sombra, y atados

á un _arigue_, gruñen uno ó dos _babuis_, huéspedes indispensables

en toda casa india.

Un toldo que da sombra á parte del patio, bajo el cual toca la

música; vistosas colgaduras en todos los bastidores de la casa;

sinnúmero de faroles de todas formas, caprichos y tamaños, colgados,

atados ó sostenidos donde quiera hay un clavo, un agujero, una rama

ó un pequeño espacio, completan el adorno de aquella casa, que por

su alegría y aglomeración de cosas y objetos, revela que sus amos

están dispuestos á _echarla_ por la ventana.

Si tenemos la suerte de ir acompañados del Jefe de la provincia ó

Alcalde mayor, nuestra presencia será saludada con la marcha Real;

si el _bastón_ desciende de aquellas categorías, entonces nos tocarán

el _Mambrú_ ó las _habas verdes_.

Ya estamos dentro de la casa; ya están á nuestra presencia

_cabezang-Gogo; ñora Putin_ y la hija de ambos, la _chichirica

dalaga Angué;_ que es como si dijéramos en Europa el ex-diputado

Sr. D. Gregorio, la respetable Sra. Prudencia y la elegantísima

Srta. María.

Putin y Angué, ó sean Prudencia y María, son los tipos de la india

rica. Observadlos y habremos llenado nuestro cometido.

Madre é hija en el momento que hemos pasado de la _escala_ á la

_caída,_ dan la última mano á una de las mesas de viandas y dulces.

En las fiestas que describimos no hay sala de _buffet_ ni una sola

mesa. Todos los sitios de la casa son comedores. En la _cerca_

comen los músicos; en la antecocina, el _lancape_ se convierte en

mesa para los _batas_ y demás gente menuda. En la _caída_ el _lujo_

mejora notablemente. La caída es la destinada á los pretendientes á

hombres de justicia, _mediquillos_ sin parroquia, _cuadrilleros_ en

activo, _tulisanes_ arrepentidos, _jueces_ de ganados, aprendices á

_directorcillos_ y demás gente del bronce. Como la mesa de la caída

está á la vista de los que suben, procura Putin que esté vistosa

y arreglada, en tanto que Angué recorre los papeles de colores,

inspecciona los _tinsines_ y pone rodajitas de limón á los cochinillos

fritos, manjar indispensable, sin el cual no hay convite posible en

la India.

Arreglada la caída, las dueñas de la casa se dirigen á la sala. Aquella

es el tabernáculo, es el _arca santa_ donde se ha puesto todo el

esmero y cuidado.

Andemos despacio no nos escurramos sobre las lucientes tablas del

pavimiento recién frotadas con hojas de coco, impregnadas de aceite.

El conjunto que presenta la sala es de lo más abigarrado y

churrigueresco que imaginarse puede. Al lado de un fanal cuyos

cristales enseñan el Cristo de Antípolo vestido de general, lucen

sus contornos dos figuras de barro de China, sobre las cuales se

apoyan bombones de caña, llenos de tabacos, bandejitas de cristal con

fósforos y _buyos_; y si las figuras conservan las manos, un pico en

el sombrero, ó cualquier punto saliente, se ven colgados rosarios,

candelas, parches milagrosos y relicarios.

Las paredes están cuajadas de pabellones de coquillo colorado, bombas,

farolillos, vasos, y guirnaldas de ramaje ó flores de papel.

En un rincón se ostenta una lujosa arpa; esto ya quiere decir algo.

El centro de la sala lo ocupan dos mesas: en la una están los platos,

botellas y repuestos de todas clases. La otra, ¡ah! la otra merece

mucha atención. ¡_Es la mesa oficial_! Es como si dijéramos, la

sepultura de la mitad de la fortuna de cabezang-Goyo.

La mesa oficial se sabe tiene mantel por las caídas, pues lo que

cubre la tabla está completamente lleno de cuanto produce la India y

los establecimientos de Europa. Donde no hay sitio para una fuente,

se coloca un candelabro; donde no halla lugar un plato, se acomoda

una taza; si no hay asiento para una jícara, se reprieta una copa;

y por último, los huecos que quedan se rellenan con penachos de

palillos de dientes, ó tiras bordadas de papel de colores.

Todo se ha inspeccionado por las amas de la casa, todo se ha visto

y todo se ha manoseado.

El gusto estético de la india rica ya lo han visto ustedes.

_Ñora Putin_ descansa en una mecedora; su hija da vueltas á un collar

de olorosas _sampaguitas_, entrelazadas en una fina hebra de abacá. Las

dos callan. Examinémoslas, y si es posible sepamos qué piensan.

Angué es una muchacha de 15 á 17 años; su padre no recuerda el año

que nació, pero sabe el nombre del cura que la bautizó, y el del

Capitán general que mandaba entonces las islas.

Para un _práctico_ del país, Angué es guapa; es más, es muy hermosa.

Esto merece una explicación.

El tipo indio difiere poco: así que para hallar diferencias es preciso

la práctica y el tiempo. En corroboración de esto, puedo decir que

tardé más de dos años en distinguir la fea de la guapa; hoy ¡ah! hoy

ya es otra cosa; he comido mucho _plátano_, y he estado trimestres

enteros sin ver siquiera un _cuarto_ de cara de las de allá, así que

puedo asegurar que Angué es muy guapa.

Fotografiémosla.

Angué es alta, fuerte, de abultadas y exuberantes formas; ha dejado

de jugar con las sampaguitas, y apoya indolentemente su cuerpo en

las conchas. Todo su sér respira dulzura y melancolía. Sus ojos,

ligeramente entornados, están fijos, están en uno de esos momentos en

que _no ven_; tiene la falta de vida que constituye en la inteligencia

esas profundas abstracciones en que _nada_ pensamos. Los ojos de Angué

son negros, cual negras son sus largas pestañas y su hermoso pelo,

que esparcido en hebras le cubre la espalda y los hombros, haciendo

resaltar el color cobrizo de su cara, rasgo característico de la india,

en cuyos cutis jamás encontraréis otro color. La nariz es menos chata

que las de su raza. Su boca es pequeña, aunque de labios un tanto

gruesos; sus pómulos pronunciados; la frente deprimida; los dientes

pequeños y ligeramente coloreados por los jugos del buyo, y mórbidas

y correctas sus formas, según podemos ver bajo la transparencia de

su rica camisa de _piña_.

Angué viste un costoso traje. Cual en Madrid en tiempos, el día del

Corpus, daba los patrones á la moda, así en Filipinas los da el de la

fiesta de Binondo. Con arreglo á lo tácitamente convenido en aquella,

nuestra dalaga ostenta camisa de piña sombreada, corto y airoso tapis

de glasé, vistosa saya de gró á rayas verdes y blancas, chinela bordada

en plata, escapulario de finos relieves y terno completo de corales.

El traje de la india rica, que hoy se confunde con el de la mestiza,

es sumamente gracioso. No siendo una mujer _verdaderamente_ fea, parece

bonita con el pintoresco atavío de las hijas del Oriente. Ahora sí,

lo que debemos manifestar es que el _aire_ para llevar ese traje es

preciso tomarlo desde el vientre de la madre. Con el tapis sucede lo

que con la mantilla; ni se puede falsificar ni se puede parodiar. Para

llevar tapis hay que nacer á las orillas del Pasig, como para terciarse

una mantilla no hay más remedio que comer las papillas acariciado

por las brisas de Sierra-Nevada, dormir arrullado por las palmas y el

polo gitano, despertar con el alegre volteo de la campana de la Vela,

saber beber manzanilla, y en fin, y ¡viva mi tierra! haber nacido en

aquel pedazo de cielo que se llama Andalucía.

La mirada de Angué sigue inmóvil.

¿En qué pensará?

¿Abrigará temores? No. El sol alumbra en el horizonte sin nubes,

los canarios de China cantan sus amores, las _bomgas_ y las palmas

baten sus hojas ante la fresca brisa del mar. Con cantos, flores y

luz no puede haber temores. El _Asuang_ y todos los malos espíritus,

ya sabe la dalaga que buscan las sombras.

¡Inmóviles siguen los ojos de Angué! ¿Dormirán ante el temor de

algún remordimiento, ó ante el éxtasis del placer de una satisfecha

venganza? No. Angué no tiene remordimientos, como no los tiene ninguna

india. Todo lo que hacen creen lo pueden hacer.

El deber y el honor tiene en la india una interpretación muy diferente

que en el viejo mundo. Entre la raza pura, no habría necesidad de

escrituras ni protocolos. Jamás una india del interior ha negado

una deuda, como jamás ha llegado á ocultar un momento de pasión

en el sangriento drama del infanticidio, ó en el misterioso torno

del expósito.

Lo que hace, si no lo pregona, tampoco lo oculta. Sufre con resignación

cuanto le proporciona su culpa, y ni se queja, ni se lamenta, ni

se arrepiente.

¿Amará Angué? ¿Obedecerá su languidez á uno de esos tiernos

sentimientos que llenan el alma? No. Las pasiones de Angué, como todas

las de su raza son momentáneas; aman hasta el delirio, pero olvidan

hasta la absoluta indiferencia. Es cierto que las horas que aman las

rodean de cuantas ternezas caben en el humano corazón, y de cuantos

cariños y locuras puede soñar un sér amante. Ella vela el sueño--ella

aletarga dulcemente nuestro espíritu con el cadencioso susurro del

_cundiman_ ó el mimoso _mata-mata_; ella refresca nuestro ardoroso

cuerpo con el _paypay_ ó el _pancag_; ella nos rodea de una perfumada

atmósfera con las hojas del _ilang-ilang_ ó las blancas sampaguitas;

ella, si nos ve tristes, dice en su sencillo y poético lenguaje que el

cielo tiene nubes; ella, paloma del Oriente, arrulla á su amante con

sus palabras, sus caricias, sus canciones, mas ... en estos momentos

de abandono, sin saber por qué, sin causa ni motivo alguno, cesan

sus caricias y callan sus pasiones. El genio de la inconstancia

sustituye al dios de los amores; y la que momentos antes era la

esclava, torna á ser señora y deja el nido y al amante sin amor,

sin pena y sin recuerdos.

La india posee el indiferentismo en un grado tal, que todo le importa

poco. El amor propio suele adormecerla alguna vez, pero el despertar

es momentáneo. Pruebas del indiferentismo indio se ven inmediatamente

que se ancla en un puerto de Filipinas. Asistid á un entierro y las

lágrimas que allí veréis, son cual el de las antiguas plañideras:

estas desempeñaban su papel por el dinero: la india rinde un tributo

á la costumbre; vió que lloró su madre cuando murió su abuela, y ella

llora cuando se muere su madre, sin que esto sea obstáculo para reir

ó bailar á las dos horas de verificarse el entierro. Entrar en una

casa de juego, pasión culminante de la india, y allí la veréis sin

contraérsele un músculo de su cara, y sin pronunciar una palabra mal

sonante su lengua, perder su último dinero, y pasar de la riqueza á

la indigencia como si tal cosa. Colmarla de favores y de beneficios

y os dará si lo pedía cuanto tiene; más no esperéis una palabra de

consuelo en el dolor, ni una lágrima, ni un significativo apretón de

manos en un momento solemne.

En la indiferencia ni nacen venganzas, ni anidan amores, ni se evocan

recuerdos.

Angué es indiferente.

Angué sigue inmóvil. Ni piensa, ni siente, odia, ni ama.

Angué duerme.

* * * * *

Esta es la india rica, este es su tipo. Llegará la tarde y disfrutará

un momento de vanidad al contemplarse rica y hermosa: se comparará con

las demás y se verá la dalaga mejor ataviada de la procesión. Esta

pasará por delante de su casa cuyas conchas atestadas de castilas

le mantendrán la vanidad, Concluída la procesión hará los honores

de la casa, dará doscientas vueltas alrededor de la sala, ofrecerá

sin cesar en bandejitas de cristal, pequeños bullos y secos tabacos,

bailará y hasta hará vibrar en el arpa los recuerdos de alguna canción

morisca ó evocará la triste historia de _Atala_, desfigurada por la

_sangrienta_ mano de algún joven _filósofo_.

Después ... después la música dará su último _trompetonazo_, los

_tinsines_ su postrimer chisporroteo, y Angué despojada de sus galas

ni aun soñará con el triste _Chartras._

Descorramos los bastidores.

Veamos otro tipo.

Entre la iglesia de Binondo á la capitanía del Puerto, hay una calle

llamada de San Fernando: en la parte izquierda un trozo tiene portales.

A los portales de la calle de San Fernando vamos á llevar á nuestros

lectores.

En una de las tiendas, mejor dicho cajones, está nuestro tipo.

_Pepay_, sentada en el pequeño mostrador, observa á los transeúntes al

par que con una mano acaricia un fardo de diversas y pintarrajeadas

telas, y con la otra perezosamente da vueltas á un pequeño listón de

_narra_ que le sirve de medida.

Parémonos ante aquella tienda.

Estamos frente á frente á Pepay la _Sinamayera_.

La sinamayera, ó sea vendedora de telas, representa la clase

industrial, la clase trabajadora.

Nosotros ya la conocemos de antiguo, así que de antiguo sabemos su

historia. La hemos visto crecer y no ignoramos todas las fases por

que ha pasado para llegar á ser tendera.

Contemos su historia.

Pepay no conoce á sus padres. Huérfana y niña recuerda haber dado sus

primeros pasos, en la caída de una _casa grande_. Pertenece á lo que

se llama la dudosa clase de _crianza_.

El nacimiento de las crianzas en su generalidad envuelve más de

un misterio. La primera _bola_ de _morisqueta_ la hacen en casa

respetable, y dan el título de _tía_ á la dueña de ella.

En Filipinas también hay _sobrinas_.

Nadie recuerda cuando nació Pepay ni quién la bautizo, pero todos

saben es sobrina de su tía.

Tan luego empezó á balbucear en la Cuaresma las dos mil _mangas_

que empiezan con _manga_ Pilatos, y concluyen con manga celestial,

Pepay pasó del bullicio de la casa al recogimiento del _beaterio_. Allí

aprendió á leer y escribir, y en estos progresos murió la tía.

La pensión dejo de pagarse. Los herederos de aquella no estuvieron

todo lo propicios al reconocimiento del parentesco, y Pepay se

encontró en el mundo á los quince años, con una regular figura,

unos cuantos conocimientos, un buen deseo y un tanto de malicia,

fruta que sazona en todas las corporaciones de gente joven.

Pepay, como todo ser racional de la India, tenía su compadre. Este

mantenía un pequeño tráfico naval. Era dueño de unos cuantos _cascos_;

proveía de leña las tahonas de _Joló_ y _Gunao;_ hacía comercio de

aceite y _palay_; contrataba carga y descarga, intervenía en alguna

pequeña contrata en el arsenal, y por último, daba dinero á _módico_

precio. Tan heterogéneo comercio encontró una especie de tenedora de

libros en la crianza.

En su nueva profesión aprendió Pepay toda la ciencia _bursátil_:

profundizó los productivos misterios que puede encerrar el _lamcape_

de la _bullera_, el _lusong_ de la _pilandera_, y las telas de las

_sinamayeras_, oprimidos seres, sujetos en su mayoría á la usura,

terrible enemigo del capital.

Con una _mediana_ usura, un cuaderno de cuenta y una regular

disposición, en poco tiempo puede hacerse de un peso tres,

multiplicación que acabó de comprender Pepay en las complicadas listas

de una vecina, _cabecilla_ de mesa de la fábrica de tabacos de Fortín,

personaje que, Dios mediante, encontraremos más adelante.

Teniendo Pepay _alas_ propias, principió á volar fuera del círculo

de las operaciones ajenas.

Explotó _zacatales_, y unas veces teniendo _aparceros_ y otras

_casamas_, recorrió en pequeña escala todos los negocios.

En las relaciones de su tráfico tuvo ocasión de tratar con un guapo

mestizo, y con él y algunos cuartos dió fondo en los soportales de

San Fernando, abriendo al público y á sus muchos amigos una tienda

de _sinamais_ y otras telas.

La india industrial difiere de la rica en que aquella tiene actividad

por días mientras que á esta constantemente la domina la pereza.

La primera gestiona sus negocios, piensa y observa, va y viene con un

pañuelo lleno de cuentas, _reclamos_ y papeles; la segunda, comparte

la vida entre el baño, el _petate_, las fiestas y los paseos á la

luz de la luna.

Pepay, no por ser industrial deja de ser india; así que su actividad á

lo mejor se convierte en pereza, y sus ahorros, planes y cálculos se

pierden en la inercia, en una apuesta de un gallo ó un entrés contra

una sota.

Pepay difiere poco de Angué; es preciso fijarse mucho para distinguir

la india que compone la aristocracia del dinero, á la que caracteriza

la del trabajo. La verdadera diferencia está entre la clase pobre y

las demás, según podremos ver en el boceto del siguiente cuadro.

En la caída de una elegante casa de uno de los aristocráticos

barrios de Manila, vese sentado sobre un petate un ser que con solo

mirarlo se comprende arrastra su existencia por el triste arenal

de las penas y amarguras. Aquel sér es una mujer, mejor dicho, una

niña. Sus facciones están demacradas, y son miserables sus escasas

ropas. Entre sus descarnados y largos dedos, esponja y prepara una

_batea_ de _gogo_ que servirá para refrescar y limpiar la cabeza del

soberano de aquella casa.

El soberano no es soberano, sino _soberana_. Es la casa de una rica

y guapa mestiza.

La pobre niña mira la hirviente espuma que forman los jugos del

gogo con la infantil complacencia de la que eleva blancas burbujas

de jabón. En su sonrisa hay, sin embargo, un no sé qué difícil de

explicar. Aquella unas veces parece reflejar una completa idiotez, al

par que otras transparenta una melancolía, una pena y un sentimiento,

cual si aquella sonrisa la alentara el genio que guarda los misteriosos

secretos del alma.

¡Pobre niña! ¿Cuál será tu porvenir? ¿Cuál tu pasado?

¡Tu presente es negro, cual las alas del _panique_ de la noche! ¡Tu

existencia triste, cual tristes son esas melancólicas flores que crecen

en todos los cementerios de la India! ¡Ha tiempo eres esclava! ¡Ha

tiempo fuiste llevada al _mostrador_ de la usura y quedaste empeñada!

Tu madre era cigarrera; un día necesitó pagar una deuda, y no teniendo

dinero se lo pidió á la cabecilla de su mesa: esta se lo dió ¡pero á

qué costa! Tú fuiste la hipoteca de aquel contrato; tu sangre, y un

trabajo sin tregua ni descanso, los réditos; y la absoluta pérdida de

tu libertad, la cláusula de aquel monstruoso pacto. Desde aquel momento

tuviste una despótica señora. El dinero dado era poco, más los réditos

eran muchos; tu sudor era el pago. Tres años de continuos trabajos,

no solo no bastaron para amortizar el capital, sino que acumularon

los réditos.

La madre de la pobre niña murió.

La _hipoteca_ que aquella contrajo, estaba existente.

Un día la mestiza, á quien sirve la niña, necesitó un ser de sus

condiciones; habló con la cabecilla, y previos _justos_ y _legítimos_

pagos, le transmitió la _propiedad_, sin que para nada interviniera

la voluntad de la enajenada.

Se dirá: pero la esclavitud ¿existe en Filipinas? ¿no hay leyes? ¿no

velan justos tribunales?

Los hay; pero ¿qué sabe la pobre niña de leyes, de jueces, ni de

derechos? Desde los pechos de su madre solo aprendió deberes. ¡Su

ciencia se reduce & obedecer y llorar!

Aquel desgraciado ser que prepara el gogo, es posible que muera sin

haber podido pagar con una vida de trabajos el rédito de _ocho_

ó _diez_ pesos dados á su madre. La ropa que usará mientras esté

bajo el dominio de su señora serán los últimos harapos de la casa,

dados por supuesto, con su cuenta y razón.

No decimos el nombre de la niña, porque no lo sabemos; es más, no lo

sabe nadie. Su ama cuando la llama, dice solamente _¡una!_ y esa una

es la desgraciada hija de la cigarrera.

Es cierto que estos abusos van desapareciendo ante la asidua vigilancia

de la autoridad; más sin embargo, tipos como el anterior se encuentran

todavía en Filipinas.

Hemos descrito la individualidad; volvamos hoja, y aunque ligeramente

y á grandes rasgos, veremos la colonia en general.

Viajes por Filipinas: De Manila á Marianas · 第 25 / 39 题