La mujer india.--Angué--Pepay la sinamayera.--¡¡¡Una!!!
Desde los tristes monólogos de Adán (pues es de suponer no tuviera
ganas de conversación con su _ex-costilla_, después de lo de marras)
hasta los _Apuntes_ de Catalina, y desde las lágrimas de Ovidio, á
los ataques de nervios de Julieta, cuánto se ha dicho, y sobre todo
cuánto se ha calumniado, es decir, menos cuando no se ha calumniado,
á esas sensibles _palomas_ sin hiel, á esas infelices y desgraciadas
inocentes, á esas pobrecitas cofrades del sexo débil.
A lo mucho que se ha dicho, vamos á añadir un poco más.
No vamos á tratar á la mujer á la sombra de un _patrón_ de la moda
elegante, ni á la semiluz de una _bambalina_, ni á las tinieblas de un
coche con cortinillas, ni á los truenos y relámpagos de un _can-can_;
no, vamos á ocuparnos de la primitiva hija del Oriente, raza hoy
poco conocida, que después de haber perecido casi por completo en
las Américas, va siguiendo la misma suerte en los inmensos dominios
que comprende la India inglesa.
La raza pura la encontramos en cerca de seis millones de seres,
en el vasto Archipiélago filipino.
Descorramos las _conchas_, alcemos el _tapanco_ ó descansemos un
momento bajo el _carang_, y al tornasolado de las primeras, veremos
á la india rica; bajo la palma del segundo, podremos estudiar la
india industrial, ó sea la clase media, y al abrigo del tercero se
nos presentarán perfectos modelos de las hijas desheredadas de todos
aquellos dones que no sean el mojarse cuando llueve, admirar el sol
cuando sale y limpiarse el sudor si tiene con qué cuando calienta,
dones todos que la naturaleza prodiga de tal forma en el Oriente, que
cuando llueve lo hace tres ó cuatro meses seguidos, con una fuerza,
un viento y unos truenos, que ni hay más que dar, ni más que pedir.
Ya tenemos prólogo. Exhibamos los tipos.
Supongamos que son las diez de la mañana en Manila, y por consiguiente,
la misma hora en cualquiera de los pueblos que forman Binondo;
supongamos á más que es la fiesta de la Patrona y que estamos cerca
de la casa del hermano mayor.
El hermano mayor es un sér exclusivo de Filipinas, es en las fiestas
como si dijéramos, el _caballo blanco_ de nuestros espectáculos,
ó el editor responsable sin sueldo de un periódico demagógico en
tiempo de los moderados.
Decíamos que estábamos cerca de la casa del hermano mayor, y esto
bien fácil nos es conocerlo, porque distintamente llegan á nuestros
oídos los ecos de la marcha de _Pan y Toros_, tocata ahora en boga
en Filipinas, cual lo será Dios mediante, dentro de ocho ó diez años,
la jota del _Molinero de Subiza_, ó la _polka de Flama_.
Ya estamos á la vista de la casa.
Banderolas de todos colores, pañuelos de todos ribetes, y trapos de
todos tamaños, ondean ó no ondean (pues esto no depende del hermano
mayor), suspendidos, no digamos de ventanas y balcones, sino de
agujeros más ó menos grandes, abiertos en el cogon y algunos en
la tabla.
La música la seguiremos oyendo, pues asisten las de los _dos gremios_,
y mientras la una toca, la otra come ó fuma, y esto de amanecer
á amanecer.
Alguna que otra _dalaga_, adornada con cuantos objetos relucientes
ha podido encontrar, pasa por delante de nosotros con dirección á la
iglesia ó á la casa del hermano, que de seguro es lo menos _capitán
pasado_ ó _cabeza, de Barangay_, sociales jerarquías que le dan
opción al _vos_ en el trato, á un asiento en la _principalía_ y á un
trozo de banco que procurará esté cerca, ó del canuto donde coloca el
Gobernadorcillo el bastón, ó del tallado del respaldo que representa
todo lo representable, pues en cuestión de dibujo y de talla los
indios no atascan, y llevan su despreocupación hasta un punto que
hemos visto el retrato de un General muy conocido, sustituído su
nombre por el del bienaventurado Santiago, y todo porque el general
está retratado á caballo y tiene algunos moros á sus piés.
Ejemplo del General convertido en Santo por la gracia de un
cortaplumas, que ha borrado un excelentísimo señor, sustituyéndolo con
un San Antonio ó San Andrés, es muy común, y menos mal que al pobre
General lo hicieron Santo, pues si hubiera hecho falta una Santa,
conforme rasparon el nombre, lo hubieran hecho con el bigote y la
barba. Todo esto no se crea se hace riendo ni mucho menos, pues el
indio posee una formalidad y una fuerza de convicción en ciertos
actos, que se cree las cosas más raras y estupendas. De un frasco
de cristal con tapón esmerilado, nos decía muy grave un criado al
preguntarle por los bizcochos que guardaba, que se los había visto
comer á las lagartijas.
El hermano mayor tiene, á más de las prerrogativas marcadas,
el _non plus_ de los honores; el más preciado y característico
distintivo. Puede llevar dentro y fuera de su casa, lo mismo ante Rey
que Roque, cual antiguo mesnadero, no crean ustedes que el sombrero
puesto ó las manos en los bolsillos, sino muchísimo más; puede llevar
una camisa de faldones bastante largos fuera del pantalón, y una
chaqueta muy corta encima de la camisa. Esto no será muy bonito,
pero es tan noble y distintivo que _guay_ del plebeyo que sin haber
sido siquiera _directorcillo_ ó _juez de sementeras_, osara profanar
aquella parodia de frac, que tiene por faldones faldamentos.
No queremos se nos olvide decir que la camisa _oficial_ es blanca y
la chaqueta negra.
Andando con dirección al ruido, hemos visto más de un _camisa por
fuera_, ostentando un bejuquillo con puño de plata. Sus poseedores
ejercen jurisdicción, tienen poder, son _tenientes_ de justicia,
funcionarios públicos que pueden llegar hasta el _solio_ del superior
munícipe, el día que su jerárquica persona se vea atacada de un
fuerte _romadizo_.
Ya estamos frente á la casa del mayor cofrade; es de buen aspecto, su
construcción llega hasta el despilfarro de ser la cubierta de tejas y
estar rodeada de una espaciosa cerca de cañas, á cuya sombra, y atados
á un _arigue_, gruñen uno ó dos _babuis_, huéspedes indispensables
en toda casa india.
Un toldo que da sombra á parte del patio, bajo el cual toca la
música; vistosas colgaduras en todos los bastidores de la casa;
sinnúmero de faroles de todas formas, caprichos y tamaños, colgados,
atados ó sostenidos donde quiera hay un clavo, un agujero, una rama
ó un pequeño espacio, completan el adorno de aquella casa, que por
su alegría y aglomeración de cosas y objetos, revela que sus amos
están dispuestos á _echarla_ por la ventana.
Si tenemos la suerte de ir acompañados del Jefe de la provincia ó
Alcalde mayor, nuestra presencia será saludada con la marcha Real;
si el _bastón_ desciende de aquellas categorías, entonces nos tocarán
el _Mambrú_ ó las _habas verdes_.
Ya estamos dentro de la casa; ya están á nuestra presencia
_cabezang-Gogo; ñora Putin_ y la hija de ambos, la _chichirica
dalaga Angué;_ que es como si dijéramos en Europa el ex-diputado
Sr. D. Gregorio, la respetable Sra. Prudencia y la elegantísima
Srta. María.
Putin y Angué, ó sean Prudencia y María, son los tipos de la india
rica. Observadlos y habremos llenado nuestro cometido.
Madre é hija en el momento que hemos pasado de la _escala_ á la
_caída,_ dan la última mano á una de las mesas de viandas y dulces.
En las fiestas que describimos no hay sala de _buffet_ ni una sola
mesa. Todos los sitios de la casa son comedores. En la _cerca_
comen los músicos; en la antecocina, el _lancape_ se convierte en
mesa para los _batas_ y demás gente menuda. En la _caída_ el _lujo_
mejora notablemente. La caída es la destinada á los pretendientes á
hombres de justicia, _mediquillos_ sin parroquia, _cuadrilleros_ en
activo, _tulisanes_ arrepentidos, _jueces_ de ganados, aprendices á
_directorcillos_ y demás gente del bronce. Como la mesa de la caída
está á la vista de los que suben, procura Putin que esté vistosa
y arreglada, en tanto que Angué recorre los papeles de colores,
inspecciona los _tinsines_ y pone rodajitas de limón á los cochinillos
fritos, manjar indispensable, sin el cual no hay convite posible en
la India.
Arreglada la caída, las dueñas de la casa se dirigen á la sala. Aquella
es el tabernáculo, es el _arca santa_ donde se ha puesto todo el
esmero y cuidado.
Andemos despacio no nos escurramos sobre las lucientes tablas del
pavimiento recién frotadas con hojas de coco, impregnadas de aceite.
El conjunto que presenta la sala es de lo más abigarrado y
churrigueresco que imaginarse puede. Al lado de un fanal cuyos
cristales enseñan el Cristo de Antípolo vestido de general, lucen
sus contornos dos figuras de barro de China, sobre las cuales se
apoyan bombones de caña, llenos de tabacos, bandejitas de cristal con
fósforos y _buyos_; y si las figuras conservan las manos, un pico en
el sombrero, ó cualquier punto saliente, se ven colgados rosarios,
candelas, parches milagrosos y relicarios.
Las paredes están cuajadas de pabellones de coquillo colorado, bombas,
farolillos, vasos, y guirnaldas de ramaje ó flores de papel.
En un rincón se ostenta una lujosa arpa; esto ya quiere decir algo.
El centro de la sala lo ocupan dos mesas: en la una están los platos,
botellas y repuestos de todas clases. La otra, ¡ah! la otra merece
mucha atención. ¡_Es la mesa oficial_! Es como si dijéramos, la
sepultura de la mitad de la fortuna de cabezang-Goyo.
La mesa oficial se sabe tiene mantel por las caídas, pues lo que
cubre la tabla está completamente lleno de cuanto produce la India y
los establecimientos de Europa. Donde no hay sitio para una fuente,
se coloca un candelabro; donde no halla lugar un plato, se acomoda
una taza; si no hay asiento para una jícara, se reprieta una copa;
y por último, los huecos que quedan se rellenan con penachos de
palillos de dientes, ó tiras bordadas de papel de colores.
Todo se ha inspeccionado por las amas de la casa, todo se ha visto
y todo se ha manoseado.
El gusto estético de la india rica ya lo han visto ustedes.
_Ñora Putin_ descansa en una mecedora; su hija da vueltas á un collar
de olorosas _sampaguitas_, entrelazadas en una fina hebra de abacá. Las
dos callan. Examinémoslas, y si es posible sepamos qué piensan.
Angué es una muchacha de 15 á 17 años; su padre no recuerda el año
que nació, pero sabe el nombre del cura que la bautizó, y el del
Capitán general que mandaba entonces las islas.
Para un _práctico_ del país, Angué es guapa; es más, es muy hermosa.
Esto merece una explicación.
El tipo indio difiere poco: así que para hallar diferencias es preciso
la práctica y el tiempo. En corroboración de esto, puedo decir que
tardé más de dos años en distinguir la fea de la guapa; hoy ¡ah! hoy
ya es otra cosa; he comido mucho _plátano_, y he estado trimestres
enteros sin ver siquiera un _cuarto_ de cara de las de allá, así que
puedo asegurar que Angué es muy guapa.
Fotografiémosla.
Angué es alta, fuerte, de abultadas y exuberantes formas; ha dejado
de jugar con las sampaguitas, y apoya indolentemente su cuerpo en
las conchas. Todo su sér respira dulzura y melancolía. Sus ojos,
ligeramente entornados, están fijos, están en uno de esos momentos en
que _no ven_; tiene la falta de vida que constituye en la inteligencia
esas profundas abstracciones en que _nada_ pensamos. Los ojos de Angué
son negros, cual negras son sus largas pestañas y su hermoso pelo,
que esparcido en hebras le cubre la espalda y los hombros, haciendo
resaltar el color cobrizo de su cara, rasgo característico de la india,
en cuyos cutis jamás encontraréis otro color. La nariz es menos chata
que las de su raza. Su boca es pequeña, aunque de labios un tanto
gruesos; sus pómulos pronunciados; la frente deprimida; los dientes
pequeños y ligeramente coloreados por los jugos del buyo, y mórbidas
y correctas sus formas, según podemos ver bajo la transparencia de
su rica camisa de _piña_.
Angué viste un costoso traje. Cual en Madrid en tiempos, el día del
Corpus, daba los patrones á la moda, así en Filipinas los da el de la
fiesta de Binondo. Con arreglo á lo tácitamente convenido en aquella,
nuestra dalaga ostenta camisa de piña sombreada, corto y airoso tapis
de glasé, vistosa saya de gró á rayas verdes y blancas, chinela bordada
en plata, escapulario de finos relieves y terno completo de corales.
El traje de la india rica, que hoy se confunde con el de la mestiza,
es sumamente gracioso. No siendo una mujer _verdaderamente_ fea, parece
bonita con el pintoresco atavío de las hijas del Oriente. Ahora sí,
lo que debemos manifestar es que el _aire_ para llevar ese traje es
preciso tomarlo desde el vientre de la madre. Con el tapis sucede lo
que con la mantilla; ni se puede falsificar ni se puede parodiar. Para
llevar tapis hay que nacer á las orillas del Pasig, como para terciarse
una mantilla no hay más remedio que comer las papillas acariciado
por las brisas de Sierra-Nevada, dormir arrullado por las palmas y el
polo gitano, despertar con el alegre volteo de la campana de la Vela,
saber beber manzanilla, y en fin, y ¡viva mi tierra! haber nacido en
aquel pedazo de cielo que se llama Andalucía.
La mirada de Angué sigue inmóvil.
¿En qué pensará?
¿Abrigará temores? No. El sol alumbra en el horizonte sin nubes,
los canarios de China cantan sus amores, las _bomgas_ y las palmas
baten sus hojas ante la fresca brisa del mar. Con cantos, flores y
luz no puede haber temores. El _Asuang_ y todos los malos espíritus,
ya sabe la dalaga que buscan las sombras.
¡Inmóviles siguen los ojos de Angué! ¿Dormirán ante el temor de
algún remordimiento, ó ante el éxtasis del placer de una satisfecha
venganza? No. Angué no tiene remordimientos, como no los tiene ninguna
india. Todo lo que hacen creen lo pueden hacer.
El deber y el honor tiene en la india una interpretación muy diferente
que en el viejo mundo. Entre la raza pura, no habría necesidad de
escrituras ni protocolos. Jamás una india del interior ha negado
una deuda, como jamás ha llegado á ocultar un momento de pasión
en el sangriento drama del infanticidio, ó en el misterioso torno
del expósito.
Lo que hace, si no lo pregona, tampoco lo oculta. Sufre con resignación
cuanto le proporciona su culpa, y ni se queja, ni se lamenta, ni
se arrepiente.
¿Amará Angué? ¿Obedecerá su languidez á uno de esos tiernos
sentimientos que llenan el alma? No. Las pasiones de Angué, como todas
las de su raza son momentáneas; aman hasta el delirio, pero olvidan
hasta la absoluta indiferencia. Es cierto que las horas que aman las
rodean de cuantas ternezas caben en el humano corazón, y de cuantos
cariños y locuras puede soñar un sér amante. Ella vela el sueño--ella
aletarga dulcemente nuestro espíritu con el cadencioso susurro del
_cundiman_ ó el mimoso _mata-mata_; ella refresca nuestro ardoroso
cuerpo con el _paypay_ ó el _pancag_; ella nos rodea de una perfumada
atmósfera con las hojas del _ilang-ilang_ ó las blancas sampaguitas;
ella, si nos ve tristes, dice en su sencillo y poético lenguaje que el
cielo tiene nubes; ella, paloma del Oriente, arrulla á su amante con
sus palabras, sus caricias, sus canciones, mas ... en estos momentos
de abandono, sin saber por qué, sin causa ni motivo alguno, cesan
sus caricias y callan sus pasiones. El genio de la inconstancia
sustituye al dios de los amores; y la que momentos antes era la
esclava, torna á ser señora y deja el nido y al amante sin amor,
sin pena y sin recuerdos.
La india posee el indiferentismo en un grado tal, que todo le importa
poco. El amor propio suele adormecerla alguna vez, pero el despertar
es momentáneo. Pruebas del indiferentismo indio se ven inmediatamente
que se ancla en un puerto de Filipinas. Asistid á un entierro y las
lágrimas que allí veréis, son cual el de las antiguas plañideras:
estas desempeñaban su papel por el dinero: la india rinde un tributo
á la costumbre; vió que lloró su madre cuando murió su abuela, y ella
llora cuando se muere su madre, sin que esto sea obstáculo para reir
ó bailar á las dos horas de verificarse el entierro. Entrar en una
casa de juego, pasión culminante de la india, y allí la veréis sin
contraérsele un músculo de su cara, y sin pronunciar una palabra mal
sonante su lengua, perder su último dinero, y pasar de la riqueza á
la indigencia como si tal cosa. Colmarla de favores y de beneficios
y os dará si lo pedía cuanto tiene; más no esperéis una palabra de
consuelo en el dolor, ni una lágrima, ni un significativo apretón de
manos en un momento solemne.
En la indiferencia ni nacen venganzas, ni anidan amores, ni se evocan
recuerdos.
Angué es indiferente.
Angué sigue inmóvil. Ni piensa, ni siente, odia, ni ama.
Angué duerme.
* * * * *
Esta es la india rica, este es su tipo. Llegará la tarde y disfrutará
un momento de vanidad al contemplarse rica y hermosa: se comparará con
las demás y se verá la dalaga mejor ataviada de la procesión. Esta
pasará por delante de su casa cuyas conchas atestadas de castilas
le mantendrán la vanidad, Concluída la procesión hará los honores
de la casa, dará doscientas vueltas alrededor de la sala, ofrecerá
sin cesar en bandejitas de cristal, pequeños bullos y secos tabacos,
bailará y hasta hará vibrar en el arpa los recuerdos de alguna canción
morisca ó evocará la triste historia de _Atala_, desfigurada por la
_sangrienta_ mano de algún joven _filósofo_.
Después ... después la música dará su último _trompetonazo_, los
_tinsines_ su postrimer chisporroteo, y Angué despojada de sus galas
ni aun soñará con el triste _Chartras._
Descorramos los bastidores.
Veamos otro tipo.
Entre la iglesia de Binondo á la capitanía del Puerto, hay una calle
llamada de San Fernando: en la parte izquierda un trozo tiene portales.
A los portales de la calle de San Fernando vamos á llevar á nuestros
lectores.
En una de las tiendas, mejor dicho cajones, está nuestro tipo.
_Pepay_, sentada en el pequeño mostrador, observa á los transeúntes al
par que con una mano acaricia un fardo de diversas y pintarrajeadas
telas, y con la otra perezosamente da vueltas á un pequeño listón de
_narra_ que le sirve de medida.
Parémonos ante aquella tienda.
Estamos frente á frente á Pepay la _Sinamayera_.
La sinamayera, ó sea vendedora de telas, representa la clase
industrial, la clase trabajadora.
Nosotros ya la conocemos de antiguo, así que de antiguo sabemos su
historia. La hemos visto crecer y no ignoramos todas las fases por
que ha pasado para llegar á ser tendera.
Contemos su historia.
Pepay no conoce á sus padres. Huérfana y niña recuerda haber dado sus
primeros pasos, en la caída de una _casa grande_. Pertenece á lo que
se llama la dudosa clase de _crianza_.
El nacimiento de las crianzas en su generalidad envuelve más de
un misterio. La primera _bola_ de _morisqueta_ la hacen en casa
respetable, y dan el título de _tía_ á la dueña de ella.
En Filipinas también hay _sobrinas_.
Nadie recuerda cuando nació Pepay ni quién la bautizo, pero todos
saben es sobrina de su tía.
Tan luego empezó á balbucear en la Cuaresma las dos mil _mangas_
que empiezan con _manga_ Pilatos, y concluyen con manga celestial,
Pepay pasó del bullicio de la casa al recogimiento del _beaterio_. Allí
aprendió á leer y escribir, y en estos progresos murió la tía.
La pensión dejo de pagarse. Los herederos de aquella no estuvieron
todo lo propicios al reconocimiento del parentesco, y Pepay se
encontró en el mundo á los quince años, con una regular figura,
unos cuantos conocimientos, un buen deseo y un tanto de malicia,
fruta que sazona en todas las corporaciones de gente joven.
Pepay, como todo ser racional de la India, tenía su compadre. Este
mantenía un pequeño tráfico naval. Era dueño de unos cuantos _cascos_;
proveía de leña las tahonas de _Joló_ y _Gunao;_ hacía comercio de
aceite y _palay_; contrataba carga y descarga, intervenía en alguna
pequeña contrata en el arsenal, y por último, daba dinero á _módico_
precio. Tan heterogéneo comercio encontró una especie de tenedora de
libros en la crianza.
En su nueva profesión aprendió Pepay toda la ciencia _bursátil_:
profundizó los productivos misterios que puede encerrar el _lamcape_
de la _bullera_, el _lusong_ de la _pilandera_, y las telas de las
_sinamayeras_, oprimidos seres, sujetos en su mayoría á la usura,
terrible enemigo del capital.
Con una _mediana_ usura, un cuaderno de cuenta y una regular
disposición, en poco tiempo puede hacerse de un peso tres,
multiplicación que acabó de comprender Pepay en las complicadas listas
de una vecina, _cabecilla_ de mesa de la fábrica de tabacos de Fortín,
personaje que, Dios mediante, encontraremos más adelante.
Teniendo Pepay _alas_ propias, principió á volar fuera del círculo
de las operaciones ajenas.
Explotó _zacatales_, y unas veces teniendo _aparceros_ y otras
_casamas_, recorrió en pequeña escala todos los negocios.
En las relaciones de su tráfico tuvo ocasión de tratar con un guapo
mestizo, y con él y algunos cuartos dió fondo en los soportales de
San Fernando, abriendo al público y á sus muchos amigos una tienda
de _sinamais_ y otras telas.
La india industrial difiere de la rica en que aquella tiene actividad
por días mientras que á esta constantemente la domina la pereza.
La primera gestiona sus negocios, piensa y observa, va y viene con un
pañuelo lleno de cuentas, _reclamos_ y papeles; la segunda, comparte
la vida entre el baño, el _petate_, las fiestas y los paseos á la
luz de la luna.
Pepay, no por ser industrial deja de ser india; así que su actividad á
lo mejor se convierte en pereza, y sus ahorros, planes y cálculos se
pierden en la inercia, en una apuesta de un gallo ó un entrés contra
una sota.
Pepay difiere poco de Angué; es preciso fijarse mucho para distinguir
la india que compone la aristocracia del dinero, á la que caracteriza
la del trabajo. La verdadera diferencia está entre la clase pobre y
las demás, según podremos ver en el boceto del siguiente cuadro.
En la caída de una elegante casa de uno de los aristocráticos
barrios de Manila, vese sentado sobre un petate un ser que con solo
mirarlo se comprende arrastra su existencia por el triste arenal
de las penas y amarguras. Aquel sér es una mujer, mejor dicho, una
niña. Sus facciones están demacradas, y son miserables sus escasas
ropas. Entre sus descarnados y largos dedos, esponja y prepara una
_batea_ de _gogo_ que servirá para refrescar y limpiar la cabeza del
soberano de aquella casa.
El soberano no es soberano, sino _soberana_. Es la casa de una rica
y guapa mestiza.
La pobre niña mira la hirviente espuma que forman los jugos del
gogo con la infantil complacencia de la que eleva blancas burbujas
de jabón. En su sonrisa hay, sin embargo, un no sé qué difícil de
explicar. Aquella unas veces parece reflejar una completa idiotez, al
par que otras transparenta una melancolía, una pena y un sentimiento,
cual si aquella sonrisa la alentara el genio que guarda los misteriosos
secretos del alma.
¡Pobre niña! ¿Cuál será tu porvenir? ¿Cuál tu pasado?
¡Tu presente es negro, cual las alas del _panique_ de la noche! ¡Tu
existencia triste, cual tristes son esas melancólicas flores que crecen
en todos los cementerios de la India! ¡Ha tiempo eres esclava! ¡Ha
tiempo fuiste llevada al _mostrador_ de la usura y quedaste empeñada!
Tu madre era cigarrera; un día necesitó pagar una deuda, y no teniendo
dinero se lo pidió á la cabecilla de su mesa: esta se lo dió ¡pero á
qué costa! Tú fuiste la hipoteca de aquel contrato; tu sangre, y un
trabajo sin tregua ni descanso, los réditos; y la absoluta pérdida de
tu libertad, la cláusula de aquel monstruoso pacto. Desde aquel momento
tuviste una despótica señora. El dinero dado era poco, más los réditos
eran muchos; tu sudor era el pago. Tres años de continuos trabajos,
no solo no bastaron para amortizar el capital, sino que acumularon
los réditos.
La madre de la pobre niña murió.
La _hipoteca_ que aquella contrajo, estaba existente.
Un día la mestiza, á quien sirve la niña, necesitó un ser de sus
condiciones; habló con la cabecilla, y previos _justos_ y _legítimos_
pagos, le transmitió la _propiedad_, sin que para nada interviniera
la voluntad de la enajenada.
Se dirá: pero la esclavitud ¿existe en Filipinas? ¿no hay leyes? ¿no
velan justos tribunales?
Los hay; pero ¿qué sabe la pobre niña de leyes, de jueces, ni de
derechos? Desde los pechos de su madre solo aprendió deberes. ¡Su
ciencia se reduce & obedecer y llorar!
Aquel desgraciado ser que prepara el gogo, es posible que muera sin
haber podido pagar con una vida de trabajos el rédito de _ocho_
ó _diez_ pesos dados á su madre. La ropa que usará mientras esté
bajo el dominio de su señora serán los últimos harapos de la casa,
dados por supuesto, con su cuenta y razón.
No decimos el nombre de la niña, porque no lo sabemos; es más, no lo
sabe nadie. Su ama cuando la llama, dice solamente _¡una!_ y esa una
es la desgraciada hija de la cigarrera.
Es cierto que estos abusos van desapareciendo ante la asidua vigilancia
de la autoridad; más sin embargo, tipos como el anterior se encuentran
todavía en Filipinas.
Hemos descrito la individualidad; volvamos hoja, y aunque ligeramente
y á grandes rasgos, veremos la colonia en general.