CAPÍTULO II.

Recuerdos de Silam--Ordoñez y Oñate--El _yo cuidado_.--En

marcha--Sungay--Talisay--La Capitana Ramona.--Tiempo viejo--Los

labios de un chico y la boca de una chocolatera.--Perlas y

brillantes--Laguna encantada.--El cráter.--Volcán de Taal--Grandiosidad

del volcán--Erupciones notables--Sueño del coloso.

El año 1869 recorriendo la provincia de Cavite tuvimos ocasión de

pernoctar en el pueblo de Silam, célebre entre otras cosas por criarse

un café que, fin género de duda, puede competir con el mejor de Moka.

En la _caída_ del convento y ya entrada en horas la noche, charlábamos

sobre la madre patria, el cura del pueblo, excelente padre de la

Orden de Recoletos, un oficial de partidas y mis queridos y buenos

amigos de expedición, Melchor Ordoñez y Ciriaco Oñate, ayudante el

primero del General de Marina y médico militar el segundo.

Después de haber rodado la conversación por todos los tonos y de

haber evocado nuestra memoria los queridos recuerdos de España,

nos ocupamos de la localidad. Explicándonos el Padre los productos,

se habló de las vecinas cordilleras del Sungay, á cuya falda se

extiende la laguna llamada por unos de Bombon, por los más de Taal

y por algunos Encantada, nombres todos justificados y que tienen

su origen, el primero por haber existido en aquellas inmediaciones

un pueblo llamado Bombon, el cual fué sumido en los horrores de una

erupción; el segundo lo justifica la hermosa y extensa población que

se asienta á las orillas de la laguna, y por último, el tercero lo ha

encontrado la imaginación oriental en la salvaje y bella perspectiva

que presenta aquella inmensa masa de agua sobre la que se levanta el

sombrío monte del volcán.

Mis compañeros de viaje, que tiempo hacia tenían, no la curiosidad de

ver el volcán, sino el legítimo deseo de estudiar en cuanto cabe sus

misterios, recogiendo sobre el terreno su historia, interrogaron al

Padre sobre la manera de hacer el viaje, formulando todos la resolución

de ir al volcán costara lo que costara. Hecha la decisión, se llamó

á un guía, y este, que era un viejo _tulisan_ de los más conocedores

del bosque, oyó con toda la imperturbable indiferencia india nuestros

deseos, contestando con un sacramental y lacónico _yo cuidado_.

El _yo cuidado_, en el lenguaje filipino, es la síntesis de la

filosofía, es el extracto del refinamiento del _yo_ y el _no yo_ de

Hegel y Krausse aplicado á la India. _Yo cuidado_ lo dice todo unas

veces, y otras no dice nada; ora es un consuelo, ora una amenaza, ora

un asentimiento, ora una esperanza, ora un recuerdo, ora una súplica,

en fin, es todo, lo encierra todo, lo expresa todo en el vocabulario

del indio siempre parco en el decir. Increpad á un indio sobre el no

cumplimiento de sus deberes, y si á la última frase de la filípica os

contesta con un _yo cuidado_, aquella frase es la atrición completa

de la enmienda. Despertadle los celos, hacedle entrever que su _babay_

escucha amoroso _cundiman_, alza el _cogon_ ó descorre las _conchas_ á

significativas _enfrentadas,_ y si le oís murmurar _yo cuidado_, veréis

en aquellas palabras estereotipado el paroxismo de los celos. Llevad á

su inteligencia el hilo de una aventurilla y el _yo cuidado_ en este

caso envuelve toda la argucia _buscona_ de la histórica época de capa

y espada. Que una mestiza de corto y airoso _tapis_, pintarrajeada

saya y sombreada camisa de _piña_, entrelace su hermoso pelo con

_sampaguitas_ en el característico _pusod_, que lleve á sus ojos

esa dulce languidez llamada _matang-mapungay,_ propia solo de las

hijas del Oriente, que formule un deseo á su _ñol_ y el _yo cuidado_

en este caso es la realización completa del mas exigente capricho.

El _yo cuidado_ tiene tanta latitud, dice tanto, es aplicable á

tantas cosas, afirma y niega tantas otras, que es imposible darle

su verdadero valor. Es una frase propia de Filipinas imposible de

traducir en su práctica significación en ninguno otro país.

_Yo cuidado_, nos había dicho el _matandá_; así que ya no tuvimos

que hacer nada en la seguridad de encontrarlo todo hecho. El guía

sabía queríamos ir al volcán; la sola concepción de este deseo y el

_yo cuidado_, bastan para comprender que lo dispondría todo, yéndonos

en tal confianza á acostar, al tiempo que la hermosa y clara luna nos

anunciaba que aun cuando tuviéramos que caminar de noche su plateado

disco nos enviaría luz y alegría.

Escaso fué el reposo, pues aún no alumbraba la aurora cuando fuimos

despertados. El despertar para madrugar siempre modifica en el ánimo

los proyectos del día anterior. Una noche de insomnio robustece las

ideas, las penas ó las alegrías, como por el contrario, las horas

en que las sombras baten su beleño sobre nosotros entregándonos al

reposo, modifican, alientan, consuelan el espíritu.

El bueno de Oñate, que hay que despertarlo á tiro de fusil, se

volvió del otro lado, pidiendo le dejaran de volcán, de Sungay y de

expediciones; Ordóñez, acostumbrado á desechar la pereza en la ruda

campaña del marino, puso los huesos en punta, y yo le grité á Oñate en

todos los tonos:--¡Vamos! ¡arriba! la laguna nos espera!--dando por

resultado el que el interpelado tras un largo bostezo se incorporara

en la cama.

Listos y provistos de todo, dimos un cariñoso adiós al Padre, y

montados en los ligeros caballos del país, tomamos el camino del

vecino Sungay, á la hora en que los primeros ecos de la campana del

convento despertaban al pueblo de Silam, llamando á los indios á la

oración de la mañana. Confiados al guía y al notable instinto de los

caballos, tras algunos dilatados campos de _palay_ y varios grupos

de _calumpang_, desapareció todo camino ante la compacta barrera de

cogonales que se extendía á nuestra vista. Con harta dificultad y no

menos precauciones por el temor de encontrar algún _carabao cimarrón,_

caminamos por espacio de una hora valiéndonos de la voz para no

perdernos, puesto que nos tapaban completamente los penachos del

_cogon_. Tras un trayecto que nos fué sumamente difícil de correr, se

aclaró la maleza dejando el habla al ponernos á la vista; pocos pasos

más y los cascos de nuestros pequeños caballos pisarían las faldas del

_Sungay_, cuyas crestas las envolvía las densas brumas de la mañana.

Dimos unos momentos de descanso á los caballos, arreglando lo mejor

posible nuestro equipo, empapado en el agua que nos había regalado

el rocío que la humedad de la noche depositó en las hojas del _cogon_.

Trabajosamente y confiados en un todo al instinto de los caballos,

principiamos la ascensión del famoso monte. Las afiladas hojas de la

fresa silvestre y las entrelazadas ramas de las guayabas, obligaron

más de una vez á que se hiciera uso de la cuchilla para dejarnos paso

en aquellos estrechos desfiladeros apenas hollados por humana planta.

El Sungay, con sus innumerables precipicios, sus estrechas cortadas

revestidas de musgos y helechos, su vegetación virgen, los panoramas

que se admiran desde sus pintorescas mesetas, el rumor de arroyos y

cascadas que lo salpican, los indescriptibles y misteriosos ruidos

que produce el bosque en la hoja que oscila, el ave que cruza,

el agua que gime, la guija que rueda, el insecto que zumba y los

miles de millones de seres que componen el impenetrable mundo de lo

infinitamente pequeño, con sus cantos, su lenguaje y su idioma, tan

impenetrable como lo son los profundos misterios de los océanos de

luz donde giran las creaciones de lo infinitamente grande, compendian

uno de los sitios más bellísimos de la perla del Oriente.

Un amanecer contemplado desde una de las alturas de Sungay es

indescriptible. Las tintas que proyecta el sol naciente en las nubes

y los cambiantes que se suceden en los horizontes de verdura, poseen

una riqueza de luz y una fuerza de colores tan potente, que á ser

posible trasladarlas al lienzo se creería el sueño de un artista.

De hondonada en hondonada; y de precipicio en precipicio, dieron las

cabalgaduras con nuestros huesos en el término de la ascensión. Nos

encontrábamos en la línea que divide las provincias de Cavite y

Batangas. La división de estas provincias la deciden la dirección de

las corrientes que se deslizan por las pendientes del Sungay.

A la vista teníamos la laguna, viendo elevarse perezosamente del

cráter del volcán columnas de espeso y blanco humo.

A la falda del Sungay se extendían diseminadas las casas de Talisay,

adonde llegamos á cosa de las diez de la mañana.

Talisay es un pintoresco pueblo de poco vecindario, este es

sumamente dulce y cariñoso; hay una pequeña iglesia de cogon y una

casa parroquial habitada por un cura indígena. Tan luego supo el cura

nuestra llegada, nos hizo ir á su casa, en donde nos sirvió un almuerzo

bastante bueno, dadas las condiciones del pueblo; no tuvimos pan,

pero al que lleva algún tiempo en Filipinas esto no es obstáculo,

pues cual el hijo del país, sabe sustituirlo con el arroz cocido

llamado _morisqueta_.

Desde las _conchas_ de la casa del Padre se veían perfectamente los

menores detalles de la laguna y del volcán.

El día estaba bastante entoldado, y el calor no mortificaba como

de ordinario.

A los postres se nos presentó la _capitana_ Ramona, viuda de un

_Gobernadorcillo_.

La capitana Ramona es un verdadero _personaje_ en la provincia de

Batangas, tiene fama de ser sumamente afecta á los españoles y posee

toda la melosidad y cariño de la raza del Oriente. Sabe tocar el arpa

y canta con voz gangosa y pausada alguna que otra canción de moros y

cristianos, de aquellas que la tradición ha venido conservando desde

las gargantas de los que acompañaron á Legaspi.

La capitana Ramona quiere al _castila_ como á los misterios y encantos

de que están impregnados sus bosques. El cariño al español alguna

que otra vez (pues frágiles somos), se ha convertido en pasión más

ó menos intensa, según cuentan crónicas de pasados tiempos.

Sea de esto lo que quiera, es lo cierto que la capitana ya es vieja

y vive solo de recuerdos. Muchos conserva gratos, mas uno, según me

contó muy bajito el Padre, viene de cuando en cuando á nublar todo el

hermoso panorama de su juventud. Cuéntase, por más que cuento no sea,

que años ya muy pasados, un alto funcionario, animado de nuestros

mismos deseos de ver el volcán, llegó al pueblo de Talisay. Por aquel

entonces, la hoy vieja Ramona era una hermosa _dalaga_, de ojos de

fuego, lustroso y largo pelo, y dulce y meloso hablar. Joven y hermosa,

había amado casi niña, y casi niña fué madre. El visitante, que no

por tener curiosidad dejaba de tener necesidades, sintió la de comer

á las pocas horas de llegar á Talisay; le formuló su deseo á la bella

capitana, no dice la crónica si en pocas palabras, aunque sí asegura

que la vergonzosa mirada de ella fué sostenida con larga insistencia

y picaresca intención. El personaje pidió se le sirviera chocolate

con leche, y chocolate con leche, en efecto, tomó; pero grande fué

su sorpresa y no menos sus ascos cuando supo que el chocolate había

participado del producto de los pechos de la _dalaga_. La incomodidad

que esto originó y el malestar que produjo, diz que ocasionaron el que

la _dalaga_ no volviera á bajar los ojos, ni el caballero á mirar con

insistente significación. Las mujeres son en todas partes lo mismo;

un desprecio y una herida en el amor propio, constituyen en el sexo

femenil las verdaderas heces del cáliz de la vida.

Hoy que han pasado muchos años, recuerda la vieja con pena aquel

incidente de joven, que después de todo, conociendo el carácter indio

no tiene nada de extraño.

La raza india, cuanto más pura y más lejos está de las grandes

capitales, mira al español con una especie de adoración. Sus palabras

son órdenes que jamás comenta, de aquí el sucedido de dar á un sastre

un pantalón de modelo con un remiendo y hacer siete que se le habían

encargado con siete remiendos iguales.

A la _capitana_ Ramona se la pidió chocolate con leche y en el

fanatismo de la obediencia creyó de muy buena fe que lo más corto

era sustituir los labios del chico por la boca de la chocolatera.

Ejemplos parecidos al de los pantalones y el chocolate se cuentan

por todas las islas. El indio jamás comenta, obedece siempre al pié

de la letra las palabras del _castila_.

La revelación del Padre me hizo fijar la atención en la capitana

y me persuadí de que si había perdido con los años su hermosura,

en cambio había acaudalado con la experiencia cierta discrecional

filosofía que descubría un talento nada común, y una amabilidad y

deseo de servir tan natural como verdadero.

Se nos había olvidado decir que la capitana era rica. Esto aunque no

nos lo dijeron, ya lo habíamos nosotros traducido en la pureza de un

riquísimo terno de brillantes que la adornaban.

El que no haya estado en Filipinas, quizás creerá exagerado esto de

los brillantes en una india habitante poco menos que de la selva;

el que haya estado y recuerde las procesiones y _catapúsanes_ de los

pueblos y evoque en su memoria los trajes de las _dalagas_, sabrá

que no tiene nada de extraño el hallar en _bajais_ de caña y cogon

riquísimos brillantes y preciadas perlas de _Joló_.

La antigua capitana de Talisay no solamente tenía buenas alhajas, sino

que también era dueña de un gran bote que con sus correspondientes

remeros puso á nuestra disposición.

Listo el bote y listos nosotros, ayudados de la lona y de los remos,

dimos rumbo en demanda del monte de _Taal_, gigantesca y sombría masa

que se destaca en medio de las aguas.

Los contornos del monte no presentan ninguna regularidad, revelando su

situación, conjunto y configuración, las huellas de un gran cataclismo.

En las primeras capas que lamen las aguas, difícilmente crecen algunos

raquíticos arbustos sin verdura, frutos ni flores. Más arriba piedras

calcinadas y residuos volcánicos son los componentes de aquel coloso

que revela en la espesa columna de humo que se eleva de su cráter

que en sus entrañas de granito duermen los genios de las ruinas y de

los estragos.

¡Desgraciados pueblos los de Taal y Talisay si en el libro de las

lágrimas está escrita una nueva erupción!

Las aguas de la laguna tienen una inmovilidad tan constante, un

color plomizo tan pronunciado y una superficie tan siniestra, que

su conjunto parece reflejar la maldición que pesa sobre las dormidas

aguas del mar Muerto.

A cosa de las cuatro de la tarde, bajo un cielo cubierto de negruzcos

nubarrones y una temperatura sofocante, atracamos el bote á la falda

de la montaña. La ascensión es difícil por ser en algunos puntos

la pendiente muy pronunciada. El calor nos ahogaba; las materias

volcánicas rechinaban bajo nuestros piés y experimentábamos los

efectos de la fuerte irradiación que lo avanzado de la tarde y

la falta de sol operaban en las masas calizas impregnadas de los

ardientes rayos tropicales. La monotonía del camino, de cuándo en

cuándo era interrumpida por precipicios, siniestros testigos que

vienen á enseñar al viajero antiguos cáuces por los cuales ha corrido

la lava y el fuego.

De trecho en trecho, el ruido producido por nuestras pisadas nos

indicaba pasábamos sobre bóvedas. ¿Qué guardarán estas? ¿Dónde

terminará su fondo? ¡Profundos misterios de la divina ciencia

impenetrables á la humana materia!

Varias veces tuvimos que pararnos á fin de cobrar aliento.

Unas cuantas varas más y estaríamos en la línea del vértice.

Las nubes del poniente confusamente coloreaban el paso del sol; su

luminoso disco se aproximaba á su ocaso, cuando un grito se escapó

de todos los labios y una fuerte palpitación se experimentó en todos

los pechos.

Estábamos en el vértice. Teníamos la profunda sima del volcán bajo

nuestros piés. La percepción del panorama es tan instantánea y la

grandiosidad del conjunto tan colosal, que el espíritu se sobrecoge

ante aquella maravilla, no dando por largo tiempo cabida más que á

una muda al par que profunda admiración.

Las proporciones del cráter son colosales. Lo forma en su conjunto

la cavidad que deja el monte, el cual constituye en su configuración

un cono, cuya base mide de bojeo unas 9 millas.

En el fondo del cráter se ven desigualdades, alternando las

prominencias con lagunas de más ó menos extensión, impregnadas de

materias azufradas según revelan el color de sus aguas.

Por intervalos y con más ó menos intensidad, se elevan columnas de

humo de las distintas prominencias, que vienen á ser cual si el fondo

estuviera salpicado de pequeños hornillos.

Aunque con trabajo y peligros puede bajarse al cráter, contándose en

Talisay de un viajero, que no solamente descendió, sino que permaneció

en el fondo muchas horas.

La mayor ó menor cantidad de humo que espele el volcán, la intensidad

de calórico que irradia, la actividad en que mantiene sus hornillos,

y las altas temperaturas y emanación de gases que constantemente se

observa en las pequeñas lagunas, son indicios ciertos de que la lava

y el fuego germinan en su seno.

Muchos archivos, y no menos crónicas hemos consultado referentes á

Filipinas, y tanto en los unos como en las otras, las noticias que

hemos hallado respecto al volcán son muy escasas, remontándose las

más antiguas á últimos del siglo XVII; después, y con referencia á

los años 1745 y 1749, se vuelven á encontrar algunos datos, confusos

unas veces y exagerados otras, cual lo son la mayor parte de los que

guardan las escasas y antiguas historias del Archipiélago.

El cuándo y el cómo se formó el volcán, ni la historia lo dice,

ni la tradición lo relata; solo la configuración del monte, la

relación que en sí guarda con las vertientes del Sungay y el estudio

del suelo, pueden conducirnos á la hipótesis más ó menos aproximada

de suponer haber corrido por lo que hoy es laguna, una cordillera,

que comprendería desde las faldas del Sungay, á las riberas de la

laguna de Bay, y quién sabe si llegaría más allá, encadenando sus

ásperas lomas con los picos de la isla del Talin, yendo á perderse

entre la fragosidad de Morong y Nueva Ecija.

Suposiciones son estas que no tienen comprobante alguno en narración

escrita.

La última erupción del volcán acaeció há más de un siglo, pereciendo

entre la ceniza y el fuego, entre otros muchos, la mayor parte

de los habitantes del pueblo de Sala. El fraile que administraba

su parroquia, describe el fenómeno en las siguientes líneas que

literalmente copiamos:

«Por el mes de Diciembre de 1754 reventó el volcán más furiosamente

que nunca, porque el ruido era como de una batalla muy grande,

los terremotos espantosísimos y la oscuridad de la atmósfera tal,

que puesta la mano delante de los ojos no se veía: la ceniza y

arena que arrojaba era tanta, que cubrió todos los tejados y casas

de Manila, la que dista unas 20 leguas y aun llegó hasta Bulacan y

la Pampanga. Hervía á borbollones el agua de la laguna con los ríos

de azufre y betún derretidos que bajaban del volcán, quedando cocido

todo el pescado de ella, el cual fué arrojado después á la playa por

la resaca é inficionó el aire. Los truenos subterráneos y atmosféricos

se oyeron en todas las provincias circunvecinas. En Manila se comía

con candelas encendidas al medio día. Duró esta calamidad ocho

días cabales, quedando enteramente arruinados y aniquilados por las

piedras y lodo del volcán, todos los pueblos que estaban á orillas de

la laguna, á saber: Taal, que era entonces la cabecera de provincia,

Tanauan, Sala y Lipá, viéndose obligados sus habitantes á buscar otros

sitios más distantes del volcán donde establecerse, como de hecho

se establecieron en los sitios que actualmente ocupan. El pueblo de

Bauan, aunque al principio había estado también á orillas de la laguna

se había trasladado al interior antes de esta catástrofe. Bayalan y

los pueblos de aquel rumbo también padecieron bastante. Hubo muchas

muertes de personas á quienes alcanzaron las piedras del volcán y

los desplomes de los edificios. Perecieron también por la misma causa

muchísimos animales y todo el arbolado y siembras de los contornos,

pues la abundancia de piedra, ceniza y lodo, que vino del volcán lo

soterró todo. El río grande, que comunica la laguna con la ensenada de

Taal, quedó cegado casi del todo, y rotos y enterrados los champanes

y demás bajeles fondeados en el río y la laguna. El mal olor de todas

las materias extrañas vomitadas por el volcán, duró por espacio de más

de seis meses y desarrollóse en su consecuencia una peste cruelísima de

calenturas pútridas y malignas que acabó con la mitad de la provincia,

pues de 18.000 atributos que tenían antes solo quedaron 9.000.»

Más de un siglo hace que el coloso duerme sobre las inmóviles aguas,

envuelto entre el humo y las brumas. ¡Dios haga que sus impenetrables

misterios no rompan algún día sus grandiosas cárceles de piedra!

Viajes por Filipinas: De Manila á Marianas · 第 21 / 39 题