CAPÍTULO III.

Punta Matoco.--Calmas.--Isla Verde.--El sudeste.--Marinduque y

Mindoro.--Razas salvajes.--Sus costumbres.--Los negritos aetas.--Su

manera de ser.--_Inalug y Acubac._--De puerto Galera á punta

Bunga.--Horizontes de Marinduque.--Isla Banton.--El Padre Pablo.

Á la vista de punta _Matoco_, límite de la provincia de Batangas,

navegábamos en la mañana del día quince.

El capitán, la tripulación y el escaso pasaje experimentaba el malestar

de la calma y el calor tropical, tanto más sensible, cuanto que nos

encontrábamos bajo la influencia de uno de los puntos más angostos

del estrecho.

La maniobra se hacía cada vez más difícil por el poco espacio de que

se podía disponer, y sobre todo, por la fuerza de las corrientes que

ora nos llevaban á las playas de Batangas, ora á las peligrosas costas

de Mindoro, entre cuyas dos provincias se destacan los perfiles de

la isla verde, atalaya que domina la entrada del estrecho que va á

morir en San Bernardino, peñón que azotan las aguas del Pacífico.

Sin adelantar un _cable_ y sin poder ganar una buena y segura _vuelta,

cruzando_ constantemente vela para evitar las corrientes, estuvimos no

sé cuántos días á la vista de la pintoresca isla Verde, retrocediendo

unas veces y avanzando otras por las bandas, siendo empujados á la

tranquila ensenada de Batangas ó á las arenas de puerto Galera.

No hay nada en el mundo tan aburrido, como las horas que se suceden

en un barco que se duerme bajo la influencia de las calmas.

Un amanecer y otro vimos al despertar la exuberante vegetación de la

isla Verde, y cuando nuestro deseo creía desconocer aquella tierra,

venía la voz del capitán con su sempiterno ¡_levanta muras_! y ¡_cambia

en medio_! á recordarnos continuábamos de _vuelta y vuelta_, ó mejor

dicho, que nos manteníamos _sobre bordos_ en demanda del centinela

del estrecho.

Cuando no reinaba calma, la ventolina soplaba por la misma

proa. ¡Parecía cual si el islote se resistiera á dejarnos libre aquel

difícil paso en medio del cual se levanta!

A la caída de la tarde del diez y nueve, las densas nubes que

perezosamente descansaban sobre los lejanos picachos de Mindoro

oscilaron en el firmamento, rodando á los pocos momentos compactas por

la celeste bóveda, al empuje del tan deseado SE. Nuestro horizonte

poco á poco fué cubriéndose de los blancos copos desprendidos de la

región de las puras brumas, destacándose entre aquellos algún siniestro

nubarrón, arrancado por el viento del seno donde se engendra el rayo.

El _catavientos_ y las velas altas dieron señales de haber percibido

las primeras caricias del viento que tanto deseábamos, despertando

la _María Rosario_ del letargo en que há tiempo estaba sumida.

El viento se _entabló_ por completo, reinando con bastante fuerza el

marcado en las _monzones_ de Julio y Agosto.

Una vez que quedó la isla Verde entre la espumosa estela que dejaba

en las aguas una marcha de nueve millas, el estrecho se ensancha y

la navegación se hace más franca y menos peligrosa.

Con buen tiempo, SE. fijo, mar limpia de escollos, navegando en largo,

_demoramos_ por la proa la isla de Marinduque, teniendo á la banda de

estribor las extensas tierras de Mindoro. Esta isla que tiene más de

cuatrocientas millas de costa, es casi desconocida, cual sucede en el

Archipiélago con otras muchas y dilatadas comarcas. Los habitantes del

interior de la isla de Mindoro, han sido poco estudiados. El viajero,

el curioso ó el que por su cargo inspecciona la isla, recorre las

costas, siéndole muchas veces imposible internarse por oponerse la

fragosidad del terreno, lo inhospitalario de sus _pampas_ y bosques,

la falta de caminos, la carencia de recursos y el estado de algunas

tribus que se asemejan á las que habitan las montañas de _Mariveles_

y algunas provincias del Norte.

Respecto á estas razas, apenas conocidas, dice una notable publicación

que vió la luz en Manila, lo que sigue:

«En el terreno que ocupa la provincia de Ilocos Sur, habitan algunas

rancherías, cuyo principal número se halla en las altas montañas que

están en la parte Este. Entre ellas se hallan las de los tinguianes,

busaos, igorrotes quinanos y negritos, las cuales se extienden por la

gran cordillera, compartiendo su posesión con las de los itetapanes,

quinanos, mayoyaos, silipanes y otras que se hallan en terrenos de

otras provincias del Norte de la Isla de Luzón. Daremos una ligera

descripción de las razas que habitan en parte de la provincia de

que nos ocupamos, ó más próximas, que viven en rancherías y que

tienen alguna comunicación y comercio con los pueblos civilizados

de ella. Los igorrotes habitan las montañas de la parte más al Sur,

confinantes ya con la provincia de la Unión; los que se hallan en

los sitios más apartados de ellas, no tienen comunicación alguna

con los indios cristianos, pero los que ocupan los primeros montes

tienen algún trato con las poblaciones, y aunque su comercio es en

cortísima escala y muy lento, se ejecuta por lo regular en cambio ó

trueque, más bien que con numerario, pues de este solo se sirven para

la compra del oro que traen en pequeñas partículas. Los igorrotes

infieles admiten en cambio de sus efectos toda especie de animales,

aunque sean inútiles y despreciables, como el perro y el gato.

«No conocen otra ley que la más completa libertad, sin subordinación

á autoridad alguna, y son inclinados á toda clase de vicios. No usan

otro vestido que una especie de faja de lienzo ó de corteza de árbol,

según pueden, que se llama bajaque, y ellos la denominan _baac,_ y una

manta por lo regular de las que se fabrican en Ilocos, y se conocen con

el nombre de bandalas, ó bien un pedazo de tela cualquiera que colocan

sobre los hombros plegada ó suelta. Las mujeres usan una especie de

camisilla ó chaleco, abierto por delante, que atan con unos cordones,

y una manta ceñida á la cintura que las cubre hasta las rodillas. Los

principales llevan la manta y el baac negro y con bordados; en sus

lutos usan telas blancas. Los igorrotes son de buena estatura, su

color es cobrizo amarilloso; los ojos grandes, rasgados y negros,

y con el ángulo exterior muy agudo y más alto que el interior. Los

carrillos anchos y juanetudos; el pelo es largo, muy negro, y áspero;

el cuerpo robusto y bien formado; suelen pintarse de colores, y en

la mano se hacen una figura parecida á un sol. Fabrican sus casas

ó chozas de caña, cubriéndolas con cogon, formando la figura de un

triángulo como una especie de tienda de campaña, y no tienen más

luz que la que entra por el pequeño agujero que sirve de puerta;

generalmente las tienen muy desaseadas. En el centro de la cordillera

tienen casas mayores, de tabla de pino, que labran toscamente con una

especie de cuchillo de dos cortes que llaman _talivong_ y _bujías,_

el cual les sirve de arma. Usan también como ofensivas la lanza,

que arrojan con gran acierto, y las flechas, en cuyo manejo son poco

diestros y no alcanzan en esto á los negritos. Se alimentan con arroz,

frutas silvestres, raíces alimenticias, carne de búfalo, puerco y

ciervo, que cazan y preparan para su conservación: según se dice hay

entre ellos algunos que comen la carne humana, son muy asquerosos

y padecen muchas enfermedades cutáneas. Las mujeres para los partos

se van á la orilla de un río donde lavan la criatura así que ve la

luz; se baña también la madre, y concluída esta operación, coloca el

recién nacido en una especie de cestillo á la espalda y se vuelve á

su choza. Su idioma es muy distinto del de los pueblos cristianos

confinantes. La observación de las lunas les sirve de calendario,

y aun para formar sus pronósticos; los hay llamados bravos y mansos,

siendo los primeros los que no quieren comunicación alguna con los

pueblos reducidos.

Los tinguianes es otra raza que se extiende por las montañas del Este

de Ilocos hasta la provincia de Abra: son mucho más civilizados que

los igorrotes, y casi no merecen la denominación de salvajes. Los

hombres usan calzones anchos y una chaqueta ó chupa cerrada por

delante, como la de los chinos: se arrollan una tela ó especie de

toalla á la cabeza, cuyas puntas con flecos caen con gracia sobre la

espalda. Las mujeres usan el mismo traje que las igorrotas, con la

única diferencia de ser de color blanco, así como el de los hombres,

muy aseado, y bordadas las orillas de colores cuando están de gala;

desde la muñeca al codo se atan unos anchos brazaletes de abalorios

de colores, tan apretados, que les suele producir inflamación en el

brazo y la mano. Del mismo adorno usan algunas en los piés y hasta

en la cabeza, ciñéndose también un turbante, y otras se ponen una

especie de banda cuyo traje en conjunto es vistoso y bonito. El cutis

de esta raza es blanco, y con corta diferencia como el de los chinos;

su vida es frugal y aislada; comercian con los pueblos de cristianos;

pagan reconocimiento en frutos ó en dinero; compran tabaco en los

estancos de los pueblos reducidos, pero en una cantidad dada,

que reparten con equidad entre todos los vecinos de una ranchería,

son limpios y observan entre sí cierta etiqueta, viven tranquilos en

sus pueblecillos, y su carácter pacífico pero suspicaz, los aproxima

mucho á los indios civilizados. Hay algunos pueblos de ellos reducidos

al cristianismo y cultivan extensos campos de arroz, teniendo piaras

de carabaos, caballos y bueyes: se ejercitan en la caza de venados

y son enemigos de los igorrotes. Esta raza por su color, facciones y

traje, se cree sea descendiente de los chinos, que según tradición,

se internaron por estos montes desde la provincia de Pangasinan

cuando el pirata Limahon fué batido y obligado á reembarcarse; pero

la historia de aquellos tiempos nada dice de que quedasen estos

restos del ejército, antes bien asegura, que todos se embarcaron;

pero ello es que esta raza de infieles es distinta enteramente de las

demás que pueblan los montes del Norte de la isla de Luzón. Hay otra

raza llamada de guinanos que habitan la parte interior del país y á

la falda Este de la gran cordillera, que separa al Abra de Cagayan;

son de carácter feroz, y en los meses de Febrero y Marzo suelen hacer

sus correrías al Abra con solo el objeto de cortar cabezas, sean de

cristianos, sean de tinguianes ó igorrotes: para ello se aprovechan

de algún descuido; en teniendo alguna cabeza humana se retiran á sus

pueblos con gran algazara, donde celebran una gran fiesta que dura

muchos días. Concluída la fiesta, el matón guarda cuidadosamente el

cráneo como prueba de su valentía, y es tanto más estimado por sus

compoblanos, cuantas más cabezas ó cráneos adornan sus casas; suelen

también estar en continua guerra unos pueblos con otros; siempre

acometen á traición, y con grandes alaridos al echarse encima de la

víctima. Aun no ha sido posible hacer que penetrara hasta ellos la

luz evangélica.

Aunque bastante apartadas de la provincia de Ilocos por la parte

del Este, ocupa también esta cordillera la raza de los busaos

que confina con la de los tinguianes; sus tribus son de carácter

dulce y hábitos más propensos á la civilización, se pintan el brazo

imitando varias flores, llevan grandes anillos en las orejas y otros

se cuelgan en ellas un gran pedazo de madera, lo que les alarga mucho

la ternilla. El traje de los busaos es parecido al de los igorrotes,

solo se diferencian en que llevan en la cabeza una especie de casquete

ó solideo de bejuco ó de madera, cilíndrico y abierto por los lados

que algunas veces adornan con plumas; en lugar del _talibon_ usan

una arma llamada _ligua_ de la que usan también los tinguianes, que

es como una hacha de hierro casi cuadrada, con una punta por detrás

y mango corto, la que fabrican ellos mismos con hierro que extraen

junto á Benang; cultivan arroz con muy buen sistema de riego.

Los negritos que ocupan las montañas de Ilocos más bien se extienden

hacia la parte de Ilocos Norte que hacia el Sur; se diferencian poco de

los demás negros de los otros montes de las islas; su escaso vestido

suele ser de cáscara ó corteza de árboles ó alguna manta tosca; pagan

reconocimiento cuando se les puede hallar, reconocen por reyezuelo al

más viejo entre ellos, y entierran sus difuntos en el monte, poniendo

junto al cadáver eslabón, piedra, yesca, un arma y un pedazo de carne

de venado, y todo el que de ellos pasa próximo, ha de dejar algo de

lo que cogió en la caza ó le dieron los cristianos.»

En otro lugar leemos:

«En las escabrosidades de las altas montañas de todas las islas

Filipinas, y en las espinosas de sus impenetrables bosques, habitan

numerosas razas ó tribus de infieles, hasta cuyos desgraciados

individuos no ha penetrado aún, por desgracia, la luz del cristianismo

y de la civilización. Las cordilleras de la isla de Luzón están

habitadas por los _igorrotes, tinguianes, ifugaos_ y otras razas de

costumbres más ó menos feroces; pero la más generalmente extendida

por todos los montes de las islas es la de negritos aetas, que por

sus caracteres genéricos, su pelo crespo, sus labios prominentes y su

ángulo facial, se cree por algunos, sean los primitivos habitantes

de este suelo, pues concuerdan dichos caracteres con los de otros

que residen en la misma zona tórrida de África y varios puntos de

la Oceanía.

Los de estas islas viven errantes en la fragosidad de las selvas,

y aunque los hay de ellos que bajan á comerciar y se comunican con

los pueblos cristianos, se encuentran muchos que huyen de todo trato

con los hombres de distinta raza, manteniendo una continua guerra

con otros habitantes de los bosques. Se cree que los _desmayas,

malancos, manabos_ y _tagabotes_ de la isla de Mindanao, así como

los negros feroces de Nueva Ecija y otras tribus menos conocidas,

sean pertenecientes á la gran familia de estos primitivos moradores

de las islas.

Los negritos son en general pequeños, delgados y ágiles; pero no mal

formados. Tienen la nariz gruesa y aplastada, el cabello crespo como

lana enredada; el labio superior grueso y caído sobre el inferior;

su color es más claro y menos feo que el de los negros de la costa de

África, sin duda porque los de estas islas tienen más frondosos bosques

donde resguardarse de la acción del sol y porque se comunican más con

pueblos civilizados. Van completamente desnudos y se cubren con un

taparrabos de cortezas de árbol; los que tienen trato más frecuente

lo usan de tela, y llevan además un pedazo de coquillo de colores ó

de manta echado sobre los hombros y se suelen poner un pañuelo en la

cabeza. Los que comercian con dichos pueblos civilizados dan varios

productos de los montes, como miel, cera y bejucos, á cambio de telas

y de moneda: las mujeres de estos visten una ligera camisilla y un

tapis; las de los más feroces van desnudas: las primeras colocan en

su pelo un peine de caña, en el que ejecutan finas labores, y por

sus orejas taladradas atraviesan un pedacito de rama en flor, que

además de su erizada cabellera les da un aspecto extraño. Los hombres

solteros suelen usar también el peine de caña, como distintivo de su

estado. Todos ellos llevan siempre en su mano el arco y las flechas

que acostumbran á envenenar con jugo de plantas que ellos conocen,

en las cuales frotan é impregnan el hierro ó punta de ellas; algunos

usan un carcax de caña bambú para colocarlas; en la cintura llevan

un cuchillo ó _bolo_ muy afilado.

Se casan muy jóvenes y aunque no se reúnen con sus mujeres, se les ve

tomar estado á los ocho ó nueve años. Les gusta mucho estar junto el

fuego; encienden grandes hogueras, y por la noche se acuestan sobre

la ceniza caliente; para mayor abrigo suelen poner entre dos árboles

una especie de techado de hoja de palma, y por la mañana levantan el

campo para volver á dormir donde les coge la noche.

Las mujeres paren también sobre la ceniza: concluído el parto se bañan

y vuelven á acostarse sobre ella y á cuidar de su hijo, el que cuando

marchan lo llevan pendiente del cuello ó á la espalda, sostenido por

un lienzo atado, ó por una corteza de árbol apoyada en la nuca.

No se les conoce religión alguna. Comen puercos de monte, venados y

raíces alimenticias; pero nunca lo verifica uno solo. Tienen castigos

de pena de la vida para sí y para sus hijos por varios delitos; uno

de ellos es el de robar una mujer ajena; pena conmutable, entregando

flechas y armas.

Nombran sus jefes á los más ancianos. Entre los que frecuentan para

su comercio los pueblos cristianos, se suele investir á uno de ellos

del carácter de justicia, el cual impuesto de su cargo, los reune y

presenta cuando se les llama para el trabajo.

Sus distracciones consisten en el canto, en el baile y en ejercitarse

en el manejo de sus armas. Ejecutan un baile llamado _acubac_ que se

reduce á poner á las mujeres en el centro, y los hombres agarrándose

uno á otro por la cintura van marchando en círculo alrededor de ellas,

levantando la pierna dando una fuerte patada en el suelo al compás

de una canción muy lúgubre y pausada que con voz casi imperceptible

entonan las negras, y á la que ellos contestan con una especie de

terminaciones consonantes; á este triste canto le llaman _inalug_.

Por más esfuerzos que se han hecho por los PP. Misioneros y por las

autoridades de las islas para civilizar á los negros aetas, y hacerlos

vivir en sociedad, todo ha sido infructuoso. Aman su vida errante y

salvaje, y tarde ó temprano se vuelven á ella; ha sucedido ya estar

un negro enteramente civilizado y aun haber seguido estudios, y ha

desaparecido para volverse al monte á vivir desnudo y salvaje entre

sus compañeros. Estos desgraciados se niegan siempre á la luz de la

verdad y de la razón.»

Las anteriores líneas son la prueba más concluyente de lo mucho

que falta por hacer en Filipinas. A la vista de Manila, en su misma

bahía, en la provincia de Bataan, se destaca la sierra de Mariveles;

pues bien, en sus bosques hay razas errantes sin más dominio ni ley,

que las que Dios les dicta, ni la potente voz de los elementos que se

desarrollan sobre la inmensa copa de los árboles que les dan sombra,

alimento y guarida, y las que impone en la punta de sus flechas el

que impera por la ley del más fuerte.

Todas estas razas respetan instintivamente al español, sobre todo si

no los hostiga y maltrata. El europeo que se pierde en los laberintos

de bejucos y verduras de Mariveles, no tiene que temer por su vida aun

cuando se encuentre con alguna ranchería de _aetas_; estos lo acogerán

con mirada recelosa, mas bien pronto si ven que no les hacen daño,

se tornan dulces y serviciales.

El estado pacífico en que viven las razas de Mariveles, es sin duda

la causa del por qué no se las ha reducido, á pesar de habitar á las

puertas de Manila.

¡Cuántos misterios desconocidos, cuánta riqueza oculta y cuántas

cosas ignoradas contendrá la gran extensión de tierra que comprende

la isla de Mindoro, desde puerto _Galera_ á punta _Bunga_!

Las montañas de Mindoro poco á poco fueron ocultándose en los

horizontes que dejábamos á la proa, aclarándose los de _Marinduque_

por los círculos que abría en el espacio el bauprés de la _María

Rosario_.

Las pequeñas _Dos hermanas_, formando el vértice del triángulo

que cierran _Banton, Bantoncillo, Simarra y Maestre de Campo_, se

destacaban perfectamente ante nuestra vista, como asimismo los pequeños

islotes llamados _Tres Reyes_ y el _Diamante_, azotados constantemente

por las encontradas olas, efectos de las corrientes y las notables

_resacas_ que refluyen su influencia desde las costas de Marinduque.

La pequeña isla de Banton, nos trajo á la memoria un sin número de

recuerdos y un gran caudal de observaciones. En sus estrechos límites

habitaba nuestro querido amigo el Padre Pablo, fraile recoleto de gran

iniciativa, ciencia y decisión, que después de haber desempeñado en

Filipinas la supremacía del poder en la Orden, había dejado el peso

y responsabilidad del Provincialato, por el recogimiento, la quietud

y el aislamiento de la parroquia de Banton, islote casi desierto,

inhospitalario y desprovisto de cuanto constituye lo más necesario

de la vida.

Ya que la isla de Banton nos ha traído á la memoria á un antiguo amigo

fraile, y ya que tanto se ha dicho de estos, añadamos nosotros en el

siguiente capítulo una página más.

Viajes por Filipinas: De Manila á Marianas · 第 22 / 39 题