En que se sabe lo que fue de Cervantes.
Llegado había nuestro Miguel más muerto que vivo, amparado por la
soledad de las calles y lo tenebroso de la noche, a la puerta de la casa
de su amigo Carrascosa, y apenas si había tenido fuerzas para llamar a
ella; que cuando la amiga del bachiller, a medio vestir, y no con gran
empacho, bajó y abrió la puerta, encontrósele en el umbral poco menos
que tendido y punto menos que desmayado.
Gritó la moza, bajó el bachiller, Dios solo sabe en qué apariencias,
metieron adentro a Cervantes, y desnudáronle y acostáronle.
Contoles Cervantes lo que le acontecía, y con tal encarecimiento de
dolor y de desesperación, que no parecía sino que para él todo en el
mundo había acabado.
Ni bastaron razones para consolarle, ni consejos para que no tomase
alguna negra determinación que acabase con su vida, que él decía no era
otra cosa que muerte horrenda; porque al ver ante sí perdiendo la vida
con la sangre a aquella su adorada criatura, conoció más que nunca que
ella era su vida y su alma, y que sin ella no podía tener ni contento ni
vida, sino existencia angustiosa, infierno en la tierra, muerte en el
alma; y así les dijo, que no pudiendo él quitarse la vida por su mano,
que cosa era esta en que ningún hombre que en algo estima el que su
valor se estime, incurrir puede, resuelto estaba a ir a ampararse del
buen capitán Diego de Urbina, que en la galera _Marquesa_ estaba en el
Guadalquivir próximo a zarpar para Levante, y contarle su desdicha; que
él le estimaba y le ampararía; y luego cuando con el turco se rompiese,
ponerse en punto donde la muerte fuese inevitable y se pudiese caer con
honra.
Dejaron de aconsejarle más, cuando esta determinación le oyeron, el
bachiller y su amiga, porque pensaron que para los dolores del alma no
hay otro mejor remedio que el tiempo, y tuvieron por seguro que este
gran remedio había de producir su efecto en Cervantes.
Partiéronse al rayar el día, yendo Cervantes disparado hacia la puerta
de Jerez, llegando a punto que la abrían, y llegáronse a la Torre del
Oro, y alquilando una barca, hacia la galera _Marquesa_ bogaron,
llegando a ella cuando sonaba el cañonazo de leva y tocaban en cada
galera los instrumentos militares a la oración de la mañana.
Admitiéronle, y entraron, y a poco, encerrado el capitán Diego de Urbina
con Cervantes en la cámara del alcázar de popa, oía el cuento de su
desdicha, y le amparaba, y secretamente en la galera le tenía.
Volviose Carrascosa ya contento a su casa, porque amparado veía a su
amigo, a quien en gran manera estimaba, y Cervantes dejole ir sin darle
comisión alguna, como si hubiese perdido la memoria de haber conocido a
Margarita.
Y así era en verdad, que loco estaba en aquellos momentos Cervantes, y
apenas si había podido ordenar su relato para Diego de Urbina; y con
calentura habíanle bajado al entrepuente, y tan en peligro, que los
médicos de la galera habían tenido que acudir a él harto de priesa.