XXII

En que se sabe lo que fue de Cervantes.

Llegado había nuestro Miguel más muerto que vivo, amparado por la

soledad de las calles y lo tenebroso de la noche, a la puerta de la casa

de su amigo Carrascosa, y apenas si había tenido fuerzas para llamar a

ella; que cuando la amiga del bachiller, a medio vestir, y no con gran

empacho, bajó y abrió la puerta, encontrósele en el umbral poco menos

que tendido y punto menos que desmayado.

Gritó la moza, bajó el bachiller, Dios solo sabe en qué apariencias,

metieron adentro a Cervantes, y desnudáronle y acostáronle.

Contoles Cervantes lo que le acontecía, y con tal encarecimiento de

dolor y de desesperación, que no parecía sino que para él todo en el

mundo había acabado.

Ni bastaron razones para consolarle, ni consejos para que no tomase

alguna negra determinación que acabase con su vida, que él decía no era

otra cosa que muerte horrenda; porque al ver ante sí perdiendo la vida

con la sangre a aquella su adorada criatura, conoció más que nunca que

ella era su vida y su alma, y que sin ella no podía tener ni contento ni

vida, sino existencia angustiosa, infierno en la tierra, muerte en el

alma; y así les dijo, que no pudiendo él quitarse la vida por su mano,

que cosa era esta en que ningún hombre que en algo estima el que su

valor se estime, incurrir puede, resuelto estaba a ir a ampararse del

buen capitán Diego de Urbina, que en la galera _Marquesa_ estaba en el

Guadalquivir próximo a zarpar para Levante, y contarle su desdicha; que

él le estimaba y le ampararía; y luego cuando con el turco se rompiese,

ponerse en punto donde la muerte fuese inevitable y se pudiese caer con

honra.

Dejaron de aconsejarle más, cuando esta determinación le oyeron, el

bachiller y su amiga, porque pensaron que para los dolores del alma no

hay otro mejor remedio que el tiempo, y tuvieron por seguro que este

gran remedio había de producir su efecto en Cervantes.

Partiéronse al rayar el día, yendo Cervantes disparado hacia la puerta

de Jerez, llegando a punto que la abrían, y llegáronse a la Torre del

Oro, y alquilando una barca, hacia la galera _Marquesa_ bogaron,

llegando a ella cuando sonaba el cañonazo de leva y tocaban en cada

galera los instrumentos militares a la oración de la mañana.

Admitiéronle, y entraron, y a poco, encerrado el capitán Diego de Urbina

con Cervantes en la cámara del alcázar de popa, oía el cuento de su

desdicha, y le amparaba, y secretamente en la galera le tenía.

Volviose Carrascosa ya contento a su casa, porque amparado veía a su

amigo, a quien en gran manera estimaba, y Cervantes dejole ir sin darle

comisión alguna, como si hubiese perdido la memoria de haber conocido a

Margarita.

Y así era en verdad, que loco estaba en aquellos momentos Cervantes, y

apenas si había podido ordenar su relato para Diego de Urbina; y con

calentura habíanle bajado al entrepuente, y tan en peligro, que los

médicos de la galera habían tenido que acudir a él harto de priesa.

El manco de Lepanto episodio de la vida del príncipe de los ingenios, Miguel de Cervantes-Saavedra · 第 37 / 40 题