XXI

En que se ve que nada ve la justicia relativamente a Cervantes, y

se sabe que Cervantes se había perdido.

Negra se vio la justicia, negros los criados de doña Guiomar, para

lograr, en fin, prender o ahuyentar a los malhechores que con don

Baltasar de Peralta, en la casa, por el corral de la del rapista,

habíanse entrado.

Hallose que de ellos había muerto uno, quedando dos mal heridos, y

asimismo heridos algunos de los criados.

Habíanse preso cuatro bravucones de mirada torva y harapiento pelaje,

que harto claro manifestaban, sólo con dejarse ver, que eran racimos de

horca, no vendimiados aún por la justicia.

Halláronse en el aposento de Florela los cuerpos de doña Guiomar y de

don Baltasar de Peralta, ella marchita y afeada por la muerte su

hermosura, él cubierto aún con el antifaz el semblante.

Otrosí, hallose sobre una mesa que en el aposento había, una minuta o

borrador de testamento; que en tanto que Cervantes peleaba con sus dudas

y sus tentaciones, no sabiendo por cuál determinarse, si por Margarita

su obligación cumpliendo, o por doña Guiomar contentando su amor, un

notario que Florela había llevado recatadamente, el testamento de doña

Guiomar había escrito, y su borrador, tal vez por descuido, tal vez

porque doña Guiomar le examinase, allí había dejado.

En verdad que aquel testamento no podía ser más breve, porque después de

la profesión de la fe y de las fórmulas de derecho, en esta sola

cláusula se contenía:

»Es mi libre voluntad y firme determinación, dejar heredada en todos mis

bienes inmuebles, dinero, joyas y ropas, y de todo lo que poseo, a mi

amiga, que tal como a mi hermana amo, doña Margarita de Ledesma.»

Y luego seguía la forma de derecho.

Hallose asimismo encerradas y temblando, en el aposento de doña Guiomar,

a Margarita y a Florela, que como el vulgo dice, murieron por Dios, y no

salieron de decir que ellas no sabían nada, sino que cuando se armó

aquel no esperado tumulto, Florela se había entrado espantada en el

primer aposento que había podido, que había sido aquel en que Margarita

estaba, y que de miedo no les sobreviniera algún mal, la puerta habían

cerrado y permanecido allí asustadas.

La justicia tomó por el atajo; dejó una guardia de alguaciles con los

muertos, y asimismo, para que la casa guardasen; envió al hospital los

heridos, y a todos los otros, sin exceptuar a Margarita ni a Florela, se

los llevó a la cárcel y los encerró.

Preguntó la justicia tanto, que a las pocas horas las fojas del proceso

alzaban que daban espanto, según que se había plumeado; pero no sacó en

limpio sino lo que Florela dijo: que señor Miguel de Cervantes Saavedra,

soldado y poeta, había llevado el día antes a su señora, para que la

amparase, a doña Margarita, que amparada por doña Guiomar había sido.

Declaró Margarita cómo a Cervantes había conocido cuando el entierro de

su madre, y conteste estuvo con Florela.

Ninguna de las dos declararon que Cervantes hubiese permanecido en la

casa; y como Cervantes no había entrado en ella sino a trasmano y

secretamente, conducido por Florela, ninguno de los de la casa sabía que

en ella había estado aquella noche, y nada referente a él declarar

pudieron.

Por otra parte, los pícaros que habían entrado con don Baltasar de

Peralta en la casa habían dado más luz, porque habían declarado que don

Baltasar de Peralta los había buscado por medio del rapista

_Viváis-mil-años_, y les había dado dinero para que le ayudasen a robar

a doña Guiomar de Meneses y Alvarado, y que por la tapia del corral de

la casa del rapista, que al huerto de doña Guiomar daba, habíanse

entrado.

De resultas se echó el guante al señor _Viváis-mil-años_, que empezó por

negar toda participación en el delito que la justicia perseguía.

Pero puesto en el potro, aunque aguantó como un santo dos vueltas de

cordel, a la tercera el dolor le deshizo la firmeza, y cantó que no

había más que pedir.

Súpose, pues, por él, que don Baltasar de Peralta había perseguido

rudamente a doña Guiomar, que le desdeñaba, y la justicia tuvo que

contentarse con esto, y con no encontrar en las resultas otra cosa sino

que la muerte de doña Guiomar había sido a causa de don Baltasar de

Peralta, si es que no había sido por su propia mano, quedándose la

justicia sin saber quién había matado a don Baltasar, ni cómo y por qué

había sido su muerte.

El amor de Margarita por Cervantes, y la lealtad de Florela a su señora

y sus miramientos por su honra, hicieron que aquellas dos mujeres

callasen de tal modo, que en el proceso no pudo aparecer el nombre de

Miguel de Cervantes sino como por incidencia y libre de todo cargo,

porque no se sabía sino que él había amparado a doña Margarita, y

llevádola a doña Guiomar para que la amparase mejor.

No embargante esto, la justicia buscole.

Pero no le halló, ni su capitán, don Lope de Figueroa, pudo decir otra

cosa sino que el soldado por quien se le preguntaba hacía tres días que

por la compañía no parecía; de modo, que se temía, o que le hubiese

acontecido alguna desgracia, o que hubiese abandonado su bandera, cosa

que al noble don Lope de Figueroa se le hacía muy recio creer; que

conocía bien a Cervantes, y le estimaba, y por honrado le tenía.

En resumen, la justicia se contentó con _Viváis-mil-años_ y con los

cuatro bravos que había pescado.

Soltó a Margarita y a Florela, y otrosí a los criados de doña Guiomar;

levantó el embargo que sobre su casa había hecho; y en cuanto a la tía

_Zarandaja_, ni aun pensó en ella, porque el señor _Viváis-mil-años_,

que no podía mejorarse enredando con la justicia a la tía _Zarandaja_,

porque esta, apretada por los cordeles, no cantase, y se vengase de él

sacando a plaza otros primores suyos, de la tía _Zarandaja_ no hizo

mención, y ella no sufrió otro castigo que el miedo de que la justicia

la echase las garras y la malparase.

Enterró Margarita a doña Guiomar con gran pompa, que su herencia había

aceptado, y a ella tocaba procurarla los últimos homenajes.

Enterrado fue asimismo con gran ostentación por sus parientes don

Baltasar de Peralta, y andando no mucho tiempo, en galeras se vio con un

grillete, remando por el rey, con sentencia para toda su vida, el

ilustre rapista _Viváis-mil-años_.

Y como la justicia no podía pasarse sin ahorcados, visto que asalto

durante la noche, y en cuadrilla y a una casa habitada, habían dado, y

muertes y heridas habían cometido, y resistencia a la justicia habían

hecho los cuatro malhechores que había cogido vivos, que los heridos lo

habían sido de tal manera que murieron, enforcolos por el pescuezo hasta

que rindieron los espíritus vitales, con gran contentamiento del pueblo

de Sevilla, que se salió a Tablada a recrearse con el espectáculo.

Dicho esto por adelantado, volvamos atrás otra vez, y digamos por qué

Margarita había aceptado la herencia de aquella que bien sabía había

sido su enemiga, y que, más que por caridad, por grandeza de venganza la

había instituido su heredera; sin contar con que podía ser muy bien que

no a ella fuese a quien heredada dejaba, sino a Cervantes, que, como

debía presumir, con ella había de casarse; y como Margarita sabía harto

bien cuán dura y terrible es la mano de la miseria, y cuánto por esto,

como porque con el oro todo se tiene, las riquezas en el mundo se

estiman, y acaso por aquellas riquezas que heredaba, con ella Cervantes

se casaría, puesto que su obligación, si no su amor, fuese empeño

bastante para que por esposa la tomase, la herencia aceptó; y desde el

punto y hora en que hubo sepultado a doña Guiomar, a buscar se echó

desalada a Cervantes por cuantos medios le fue posible, y servida por la

discreta Florela, que con ella se había quedado, como si una parte de la

herencia hubiese sido.

Pero por más que Florela fuese de despierto ingenio, y buscase, y

pagase, y revolviese el mundo, pasaban y pasaban días, y no parecía

Cervantes.

A todo esto, las galeras que en el Guadalquivir habían estado muchos

días recogiendo las compañías y gente de leva que para la gran empresa

contra el turco se juntaban, habían zarpado y desaparecido. Pero como en

Sevilla se había quedado, presidiándola, la compañía de infantería de

que era soldado Cervantes cuando la tristísima tragedia de doña Guiomar,

esperaba la triste Margarita que alguna vez Cervantes remaneciese,

volviendo a ponerse bajo su bandera.

Ahora, dejando a Margarita con su tristeza y sus ansias, se pasa al

capítulo siguiente, para decir lo que de Cervantes había sido.

El manco de Lepanto episodio de la vida del príncipe de los ingenios, Miguel de Cervantes-Saavedra · 第 36 / 40 题