En que se ve que nada ve la justicia relativamente a Cervantes, y
se sabe que Cervantes se había perdido.
Negra se vio la justicia, negros los criados de doña Guiomar, para
lograr, en fin, prender o ahuyentar a los malhechores que con don
Baltasar de Peralta, en la casa, por el corral de la del rapista,
habíanse entrado.
Hallose que de ellos había muerto uno, quedando dos mal heridos, y
asimismo heridos algunos de los criados.
Habíanse preso cuatro bravucones de mirada torva y harapiento pelaje,
que harto claro manifestaban, sólo con dejarse ver, que eran racimos de
horca, no vendimiados aún por la justicia.
Halláronse en el aposento de Florela los cuerpos de doña Guiomar y de
don Baltasar de Peralta, ella marchita y afeada por la muerte su
hermosura, él cubierto aún con el antifaz el semblante.
Otrosí, hallose sobre una mesa que en el aposento había, una minuta o
borrador de testamento; que en tanto que Cervantes peleaba con sus dudas
y sus tentaciones, no sabiendo por cuál determinarse, si por Margarita
su obligación cumpliendo, o por doña Guiomar contentando su amor, un
notario que Florela había llevado recatadamente, el testamento de doña
Guiomar había escrito, y su borrador, tal vez por descuido, tal vez
porque doña Guiomar le examinase, allí había dejado.
En verdad que aquel testamento no podía ser más breve, porque después de
la profesión de la fe y de las fórmulas de derecho, en esta sola
cláusula se contenía:
»Es mi libre voluntad y firme determinación, dejar heredada en todos mis
bienes inmuebles, dinero, joyas y ropas, y de todo lo que poseo, a mi
amiga, que tal como a mi hermana amo, doña Margarita de Ledesma.»
Y luego seguía la forma de derecho.
Hallose asimismo encerradas y temblando, en el aposento de doña Guiomar,
a Margarita y a Florela, que como el vulgo dice, murieron por Dios, y no
salieron de decir que ellas no sabían nada, sino que cuando se armó
aquel no esperado tumulto, Florela se había entrado espantada en el
primer aposento que había podido, que había sido aquel en que Margarita
estaba, y que de miedo no les sobreviniera algún mal, la puerta habían
cerrado y permanecido allí asustadas.
La justicia tomó por el atajo; dejó una guardia de alguaciles con los
muertos, y asimismo, para que la casa guardasen; envió al hospital los
heridos, y a todos los otros, sin exceptuar a Margarita ni a Florela, se
los llevó a la cárcel y los encerró.
Preguntó la justicia tanto, que a las pocas horas las fojas del proceso
alzaban que daban espanto, según que se había plumeado; pero no sacó en
limpio sino lo que Florela dijo: que señor Miguel de Cervantes Saavedra,
soldado y poeta, había llevado el día antes a su señora, para que la
amparase, a doña Margarita, que amparada por doña Guiomar había sido.
Declaró Margarita cómo a Cervantes había conocido cuando el entierro de
su madre, y conteste estuvo con Florela.
Ninguna de las dos declararon que Cervantes hubiese permanecido en la
casa; y como Cervantes no había entrado en ella sino a trasmano y
secretamente, conducido por Florela, ninguno de los de la casa sabía que
en ella había estado aquella noche, y nada referente a él declarar
pudieron.
Por otra parte, los pícaros que habían entrado con don Baltasar de
Peralta en la casa habían dado más luz, porque habían declarado que don
Baltasar de Peralta los había buscado por medio del rapista
_Viváis-mil-años_, y les había dado dinero para que le ayudasen a robar
a doña Guiomar de Meneses y Alvarado, y que por la tapia del corral de
la casa del rapista, que al huerto de doña Guiomar daba, habíanse
entrado.
De resultas se echó el guante al señor _Viváis-mil-años_, que empezó por
negar toda participación en el delito que la justicia perseguía.
Pero puesto en el potro, aunque aguantó como un santo dos vueltas de
cordel, a la tercera el dolor le deshizo la firmeza, y cantó que no
había más que pedir.
Súpose, pues, por él, que don Baltasar de Peralta había perseguido
rudamente a doña Guiomar, que le desdeñaba, y la justicia tuvo que
contentarse con esto, y con no encontrar en las resultas otra cosa sino
que la muerte de doña Guiomar había sido a causa de don Baltasar de
Peralta, si es que no había sido por su propia mano, quedándose la
justicia sin saber quién había matado a don Baltasar, ni cómo y por qué
había sido su muerte.
El amor de Margarita por Cervantes, y la lealtad de Florela a su señora
y sus miramientos por su honra, hicieron que aquellas dos mujeres
callasen de tal modo, que en el proceso no pudo aparecer el nombre de
Miguel de Cervantes sino como por incidencia y libre de todo cargo,
porque no se sabía sino que él había amparado a doña Margarita, y
llevádola a doña Guiomar para que la amparase mejor.
No embargante esto, la justicia buscole.
Pero no le halló, ni su capitán, don Lope de Figueroa, pudo decir otra
cosa sino que el soldado por quien se le preguntaba hacía tres días que
por la compañía no parecía; de modo, que se temía, o que le hubiese
acontecido alguna desgracia, o que hubiese abandonado su bandera, cosa
que al noble don Lope de Figueroa se le hacía muy recio creer; que
conocía bien a Cervantes, y le estimaba, y por honrado le tenía.
En resumen, la justicia se contentó con _Viváis-mil-años_ y con los
cuatro bravos que había pescado.
Soltó a Margarita y a Florela, y otrosí a los criados de doña Guiomar;
levantó el embargo que sobre su casa había hecho; y en cuanto a la tía
_Zarandaja_, ni aun pensó en ella, porque el señor _Viváis-mil-años_,
que no podía mejorarse enredando con la justicia a la tía _Zarandaja_,
porque esta, apretada por los cordeles, no cantase, y se vengase de él
sacando a plaza otros primores suyos, de la tía _Zarandaja_ no hizo
mención, y ella no sufrió otro castigo que el miedo de que la justicia
la echase las garras y la malparase.
Enterró Margarita a doña Guiomar con gran pompa, que su herencia había
aceptado, y a ella tocaba procurarla los últimos homenajes.
Enterrado fue asimismo con gran ostentación por sus parientes don
Baltasar de Peralta, y andando no mucho tiempo, en galeras se vio con un
grillete, remando por el rey, con sentencia para toda su vida, el
ilustre rapista _Viváis-mil-años_.
Y como la justicia no podía pasarse sin ahorcados, visto que asalto
durante la noche, y en cuadrilla y a una casa habitada, habían dado, y
muertes y heridas habían cometido, y resistencia a la justicia habían
hecho los cuatro malhechores que había cogido vivos, que los heridos lo
habían sido de tal manera que murieron, enforcolos por el pescuezo hasta
que rindieron los espíritus vitales, con gran contentamiento del pueblo
de Sevilla, que se salió a Tablada a recrearse con el espectáculo.
Dicho esto por adelantado, volvamos atrás otra vez, y digamos por qué
Margarita había aceptado la herencia de aquella que bien sabía había
sido su enemiga, y que, más que por caridad, por grandeza de venganza la
había instituido su heredera; sin contar con que podía ser muy bien que
no a ella fuese a quien heredada dejaba, sino a Cervantes, que, como
debía presumir, con ella había de casarse; y como Margarita sabía harto
bien cuán dura y terrible es la mano de la miseria, y cuánto por esto,
como porque con el oro todo se tiene, las riquezas en el mundo se
estiman, y acaso por aquellas riquezas que heredaba, con ella Cervantes
se casaría, puesto que su obligación, si no su amor, fuese empeño
bastante para que por esposa la tomase, la herencia aceptó; y desde el
punto y hora en que hubo sepultado a doña Guiomar, a buscar se echó
desalada a Cervantes por cuantos medios le fue posible, y servida por la
discreta Florela, que con ella se había quedado, como si una parte de la
herencia hubiese sido.
Pero por más que Florela fuese de despierto ingenio, y buscase, y
pagase, y revolviese el mundo, pasaban y pasaban días, y no parecía
Cervantes.
A todo esto, las galeras que en el Guadalquivir habían estado muchos
días recogiendo las compañías y gente de leva que para la gran empresa
contra el turco se juntaban, habían zarpado y desaparecido. Pero como en
Sevilla se había quedado, presidiándola, la compañía de infantería de
que era soldado Cervantes cuando la tristísima tragedia de doña Guiomar,
esperaba la triste Margarita que alguna vez Cervantes remaneciese,
volviendo a ponerse bajo su bandera.
Ahora, dejando a Margarita con su tristeza y sus ansias, se pasa al
capítulo siguiente, para decir lo que de Cervantes había sido.