XXIII

En que se habla algo de la jornada de Lepanto y de cómo fue la

manquedad de Cervantes.

Llegó al fin la orden del rey para que la flota que en el Guadalquivir

se encontraba zarpase con rumbo a Messina, donde había de juntarse con

las otras naves de España y las de la Liga.

Juntáronse allí todas el 25 de Agosto de 1571.

Nunca se vio una tan poderosa armada, ni aprestados para una tan grande

empresa tantos grandes capitanes; que siendo don Juan de Austria

generalísimo de todas las escuadras de la Liga, allí asistían el

príncipe Alejandro Farnesio, don Luis de Requesens, Marco Antonio

Colonna, el proveedor Barbarigo, Juan Andrea Doria, el marqués de Santa

Cruz don Alvaro de Bazan, Sebastián Veniero, Ascanio de la Corna, el

prior y los caballeros de Malta, y otra multitud de capitanes, no de tan

gran linaje, pero no menores en valor y nombradía, entre ellos Gil de

Andrade, don Sancho de Leiva, don Miguel de Moncada, Francisco de Sancti

Pietro y Diego de Urbina, y otros muchos de mar y tierra.

Pasaban de trescientas, entre galeras, naos y galeazas, las naves de la

Liga, y tan bien aprestadas, que sólo con verlas se podía tener por

segura la victoria.

Allí iba también la galera _Marquesa_, con las que mandaba el general

Andrea Doria, y en ella, muy doliente aún, nuestro Miguel de Cervantes.

En vano habían pasado dos meses desde que aconteció la tragedia de la

infeliz doña Guiomar, que no parecía sino que cada día que pasaba

aumentaba el horror que de sí mismo Cervantes tenía, y su hastío de la

vida; y si un día al combés de la galera podía subir a respirar el aire

y a aspirar el olor marino, por otros dos o tres veíase obligado a

quedarse en el entrepuente, enfermo y sin poder valerse, abrasado por la

calentura.

Ansiaba nuestro mozo que se llegase a punto y término de pelea con el

turco, que en ella pensaba ponerse en tal lugar y hacer tanto, que su

muerte fuese inevitable.

Tal era el desesperado amor imposible que en su pecho ardía por la

muerta doña Guiomar, y tal su desesperación por su pérdida, y tal su

ansia por ir a encontrarla a un mundo mejor.

Esforzábanse sus compañeros por consolarle de aquel su dolor, que se

veía claro en la perpetua desolación de su semblante, y en vano, para

consolarle mejor, la causa de su dolor le pedían; callábase él,

agradeciéndoles sus buenos deseos; y como el capitán Diego de Urbina, a

quien su desventura había revelado para que le amparase, su secreto

noblemente le guardaba, nadie sabía qué pensar de aquel dolor que tan

acabado a Cervantes tenía, y tan desesperado, y tan melancólico, que

harto claro se comprendía que le pesaba la vida.

Y acontecía, que habíase olvidado Cervantes de Margarita como si nunca

la hubiese visto, y que para su corazón y su memoria no existía otra

cosa que la muerta doña Guiomar.

Entretúvose don Juan de Austria en Messina con las grandes fiestas que

en honra suya se hicieron, y otrosí, ordenando y acabando de aprestar su

armada, hasta que esta zarpó el día 5 de Setiembre.

Con las naves que a Messina últimamente habían arribado, de trescientas

pasaron las de la Liga, en las cuales más de ochenta mil hombres iban,

entre marineros, soldados y galeotes.

Comulgado y confesado habían antes de dejar el puerto de Messina todos

los que en la armada iban, como si todos hubieran tenido por cierta la

muerte en aquella empresa; tan temerosa se aparejaba; que se sabía que

el generalísimo turco, Alí-Bajá, comandaba un espantable número de

naves, que de cuatrocientas entre grandes y chicas pasaban, y en ellas

venían más de ciento veinte mil hombres, turcos, egipcios, africanos;

todos feroces, todos corsarios, duros y cruentos, avezados al carnaje y

a la matanza, y, como tigres, carniceros.

Teníase el miserable ejemplo de Nicosia y de Famagusta, sus defensores

degollados y sus capitanes martirizados por el implacable infiel,

aborrecedor del cristiano y nunca satisfecho de su sangre; y tal era el

pavor que la voladora fama traía en sus alas, de las crudezas de aquella

numerosa hueste de sanguinarias fieras, que capitanes tales y tan

probados por su prudencia en el consejo y su bravura en lides, como

Andrea Doria, Ascanio de la Corna y Sebastián Veniero, aconsejaron a don

Juan de Austria, teniendo por temeridad el embestir contra el turco;

pero el generoso mancebo, por cuyas venas corría la sangre del nunca

vencido, ni en temor por nada puesto, emperador Carlos V, de gloriosa

memoria, respondió a las dudas y a los temores de todos:

--Señores, ya no es hora de aconsejar, sino de combatir.

Venía el bárbaro Alí-Bajá confiado en el triunfo, y engañado; qué

algunos pescadores habíanle dicho que la armada de la Liga era mucho

menor que la suya, y mal proveída y pertrechada, y que aun así, mucho

mayor era el número que la valía de la gente de la Liga, toda de leva y

allegadiza; por su parte, don Juan de Austria creía que el dey de Argel,

Aluch-Alí, temeroso de la suerte de la batalla, había abandonado a

Alí-Bajá. Así es que cristianos y turcos avanzaban los unos contra los

otros, todos engañados acerca de las fuerzas del enemigo, y todos

confiando en el triunfo de sus armas.

Pero ni eran pocas las galeras cristianas, ni valadí ni allegadiza la

gente que las montaba, ni a Alí-Bajá había abandonado el dey de Argel

Aluch-Alí.

Manteniendo su rumbo a Levante la armada de la Liga, dejando atrás la

Fosa de San Juan, llegó el 26 de Setiembre a Corfú, de donde zarpó el

28.

Aguardaba en el golfo de Lepanto la escuadra del turco.

Al fin, el 5 de Octubre la armada de la Liga llegó a Cefalonia, teniendo

a babor la _Morea_; y la descubierta, comandada por el capitán Juan de

Cardona, descubrió al doblar el golfo de Lepanto la escuadra del turco.

No es nuestro ánimo pintar aquí la famosa batalla de Lepanto, ni al

propósito de nuestro libro conviene; que el curioso puede verla en las

historias que de ella hablan largamente, y con pelos y señales: gran

jornada fue, gran gloria alcanzó en ella nuestra patria; que puesto que

fueron diversas las naciones que con sus armadas a aquella empresa

acudieron, por generalísimo fue nuestro don Juan de Austria, y a su

prudencia y a su buen consejo y a su aliento, se debió que aquel

grandísimo triunfo se lograse; y más grande fuera, si a todas sus

consecuencias se hubiera llegado: a nosotros sólo nos compete decir en

el presente libro, cómo fue que nuestro Miguel conquistó en aquella

memorable jornada su glorioso apodo de _Manco de Lepanto_.

Si a doña Guiomar no conociera, si no la amara, si de su tragedia

involuntaria causa no fuera, si a Margarita no encontrara, corrido por

distinto cauce hubieran las cosas, y en vez de llegar a ser Cervantes el

_Manco de Lepanto_, casádose hubiera dichosamente con su doña Guiomar, y

andando el tiempo no se hubiera visto en ocasión de ir, para asuntos que

no eran suyos, a la Mancha ni a Argamasilla, ni conocido hubiera a

Aldonza Lorenzo, ni a Alonso Quijano, ni a Sancho Zancas, y

probablemente no tendríamos nuestro buen _Don Quijote_ con que

recrearnos y enorgullecernos, teniendo tal vez que contentarnos con

_Rinconete y Cortadillo_ y el _Coloquio de los perros_, y con las

_Ejemplares_; ¡y quién sabe! que un leve acontecimiento, importante en

la vida de un hombre, todo el curso de su vida cambia, echándole por

otro cauce.

Montaba, como hemos dicho, Cervantes la galera _Marquesa_, que era de

las de Andrea Doria, con la gente de infantería del capitán Diego de

Urbina; y cuando a la vista la una de la otra las dos escuadras, llegó

el punto del rompimiento de la batalla, Cervantes, que muy enfermo y con

calentura estaba en el entrepuente, subió a la cubierta y pidió le

pusiesen en el lugar de más peligro; advirtiole Diego de Urbina que

mirase que estaba enfermo, y que de muy poco podía aprovecharse su

esfuerzo cuando tan sin fuerzas se hallaba; a lo que respondió

Cervantes, y a lo que otros como el capitán le decían:

--Señores, ¿qué se diría de Miguel de Cervantes? En todas las ocasiones

que hasta hoy en día se han ofrecido de guerra a su majestad, y se ha

mandado, he servido muy bien como buen soldado; y así, ahora no haré

menos, aunque esté enfermo y con calentura; más vale pelear en servicio

de Dios y de su majestad, y morir por ellos, que no bajarme so cubierta;

así pues, pónganme en el lugar más peligroso, y en ello me haréis

merced.

Y como se sintiesen maravillados todos de su valor y entereza, diéronle

doce soldados que mandase, y con ellos combatiese en el lugar del

esquife, que era el de mayor peligro.

El disparo de un cañonazo de cada una de las dos capitanas, fue la señal

del rompimiento del combate, que se trabó bravamente, y de una manera

tan recia y con tal estruendo de arcabucería y de artillería, que no

parecía sino que una pavorosa tormenta y espantable, de la mar y del

viento habíase enseñoreado. Todo era humo, y fuego, y estrago, y cuerpos

muertos que a la mar caían, y sangre que en la mar se vertía y la ponía

roja; y acá sonaban los clarines y las trompetas y los atambores, y allá

sonaban los añafiles, las dulzainas y las atakebiras; que no podían

causar menos fragoroso estruendo en su combate con el turco más de

trescientas naves grandes y pequeñas que la mar cubrían en un tan grande

espacio como no se había visto desde los tiempos del imperio de Roma; y

de estas naos, ciento sesenta y cuatro, y las mejor aprestadas, eran del

rey de España; y del pontífice Pío V eran seis galeras y otras tantas

fragatas; y llevaban los venecianos ciento treinta y cuatro naos, pero

no tan bien armadas ni proveídas como las de España. Asistían allí

también las galeras de Génova y de Malta, y no se cuenta gran número de

trasportes que con la armada iban, armada inmensa, gente en grandísimo

número a morir resuelta, alentada por la fe y por las indulgencias

concedidas a los que en aquella empresa se encontrasen, que eran las

mismas que se concedieron por otros pontífices a los conquistadores de

los Santos Lugares, y que poco antes había llevado el nuncio de Su

Santidad monseñor Ondescalco. Y era el orden de batalla: en la

vanguardia, seis galeras venecianas; en el cuerno izquierdo iban sesenta

galeras, comandadas por el proveedor Barbarigo; Juan Andrea Doria era el

general de las sesenta galeras del cuerno derecho, y sesenta y tres

galeras formaban el centro de la batalla, llevando en medio de ella la

Real, y en ésta el generalísimo don Juan de Austria. A la derecha de la

Real iba la capitana de Roma con su capitán Colonna, y la de Venecia con

Veniero, a la izquierda.

Llevaba la Real a popa la nao del comendador de Castilla don Luis de

Requesens, y con don Alvaro de Bazan, marqués de Santa Cruz, formaban la

retaguardia treinta y cinco galeras.

Mayor en número de naves era la armada infiel.

Comandaba su cuerno derecho Mahomet Ciroko, virey de Alejandría; el dey

de Argel, Aluch-Alí, comandaba el izquierdo, y el bajá Alí-Pachá se

mostraba en el centro de la batalla con un gran número de naves, y otra

formidable escuadra formaba a retaguardia.

En media luna avanzaban la una contra la otra las dos formidables

flotas. El viento había calmado; el golfo, más que una mar turbulenta,

un terso espejo parecía.

Embistió el primero el cuerno derecho de los turcos, a los que

resistieron los venecianos.

Aluch-Alí había embestido a las naves del general Doria, y en este

primer encuentro y trabazón de la pelea, la capitana de Malta fue

cercada, embestida y entrada por muchas galeras argelinas, que pasaron a

cuchillo a todos los caballeros, menos al gran prior y otros dos, que

casi despedazados por terribles heridas, tuvieron por muertos.

Con no menor saña se embistieron las galeras de don Juan de Austria y de

Alí-Pachá, y ya el combate se extendió por toda la línea, sin haber

galera que no combatiese.

Se levantó el viento favorable a los cristianos, y como ya se ha dicho,

un infierno terrible, que no otra cosa parecía la pelea, que todos

peleaban como si hubieran sido inmortales.

Apretada se veía la Real de don Juan de Austria.

Cargaban sobre ella con sus genízaros los dos bajaes Alí-Pachá y Pertew,

y a no acudir en su socorro de la capitana el marqués de Santa Cruz,

Dios sólo sabe si aquel día hubiera perecido a manos de infieles el gran

don Juan de Austria.

Rayo parecía la espada del marqués de Santa Cruz, que firme en la crujía

de su capitana con sus arcabuceros españoles, rechazaba una y otra

embestida.

A la Real salvó, y voló con sus galeras a socorrer a Andrea Doria, y

socorrido éste, a poco rescataba la capitana de Malta y hacía huir

aterrado con sus argelinos, y ponerse fuera de combate, al formidable

Aluch-Alí.

Todo era proezas y hazañas, todo estrago y muerte.

Indecisa se mostraba la victoria, y es fama que entre la densa nube de

humo, y en el punto más formidable de la batalla, apareció un resplandor

de gloria sobre la armada de la Liga, y en medio de él la Santísima

Virgen del Rosario, a la que acompañaban legiones de arcángeles, que con

sus espadas de fuego descendían y se metían en la pelea; milagro que la

fe no repugna, pero que bien pudo ser visión de algún soldado devoto que

luego lo contó y creyéronlo; que no señales de muerte por fuego del

cielo tenían los turcos que muertos se hallaron en las galeras enemigas

apresadas, sino de pelota de arcabuz, o de lombarda, y corte de espada,

y golpe de pica, y astillazos y aplastamientos, por las entenas y

jarcias que la artillería cortaba; y entre este pavoroso estrago, entre

este humo, entre este fuego, y poco antes de que la victoria se

declarase por los cristianos, un arcabuzazo alcanzó a Cervantes en la

mano izquierda, y deshízosela, y otros dos le atravesaron el pecho,

dejando en su persona las honrosas señales por las que, acometido por la

malevolencia, dijo muchos años más adelante, cuando le injurió aquel

Avellaneda, temerario continuador de _Don Quijote_: «Lo que no he podido

dejar de sentir, es que me note de viejo y de manco, como si hubiera

sido en mi mano haber detenido el tiempo, que no pasase por mí, o si mi

manquedad hubiera nacido en alguna taberna, sino en la más alta ocasión

que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan verlos

venideros. Si mis heridas no resplandecen sobre los ojos de quien las

mira, son estimadas a lo menos en la estimación de los que saben dónde

se cobraron; que el soldado más bien parece muerto en la batalla que

Ubre en la fuga; y es esto en mí de manera, que si ahora me propusieran

y facilitaran un imposible, quisiera antes haberme hallado en aquella

facción prodigiosa, que sano ahora de mis heridas sin haberme hallado en

ella. Las que el soldado muestra en el rostro y en los pechos, estrellas

son que guían a los demás al cielo de la honra y a desear la justa

alabanza.»

Tal fue la alta ocasión, como él mismo dice, en que se quedó manco

Miguel de Cervantes, y a esta última ocasión lleváronle sus mal

aventurados y trágicos amores con doña Guiomar.

Pero no dejemos por terminar el relato sucinto de la batalla.

Sufrido habían los turcos una pérdida irreparable en el bajá Pertew, que

acometido por don Juan de Cardona, y habiendo tomado Pablo Jordán

Urbina su galera, hubo de arrojarse al mar y llegar nadando a un

esquife, en que escapó.

Aluch-Alí se había puesto también en salvo con todas sus galeras de

Argel.

Alí-Pachá, que combatía como un león irritado con trescientos genízaros,

cayó al fin por una pelota de arcabuz que en la frente le hirió.

Arrojáronse sobre él los castellanos, y un soldado cortole la cabeza, y

en la punta de una pica la puso, como guión sangriento y horrible señal

de la victoria.

Ya gran número de navíos infieles ardían y se hundían con pavoroso

estrago en las ondas.

Gran parte de la armada infiel había sido apresada, y el resto huía proa

al Levante.

--¡Victoria, victoria!--sonaba por todas partes.

Ya no se oía el estruendo formidable de la artillería.

El humo se elevaba lentamente, y se disipaba en los aires.

Doscientos veinticuatro bajeles perdieron los musulmanes.

Quedaron ciento treinta en poder de los vencedores, y el resto lo tragó

el mar o lo abrasó el fuego.

Veinticinco mil turcos murieron, y más de cinco mil, cautivos quedaron.

Halláronse en las galeras apresadas ciento diez y siete tiros gruesos de

artillería y doscientos cincuenta menores, y se libertaron doce mil

cautivos cristianos.

Pero no se obtuvo esta gran victoria sino a gran bosta; que se perdieron

quince galeras, ocho mil valientes murieron: de ellos, dos mil

españoles, del Papa ochocientos, y el resto de Venecia, Génova y Malta.

El Mediterráneo era libre.

Ya las doncellas cristianaste sus riberas no tenían que temer las

excursiones de los piratas, ni verse vendidas en los harenes de los

infieles.

Ya se podía reposar en aquellas riberas.

Los genízaros del turco no eran ya invencibles, ni, deshecha su poderosa

flota, para Europa podía ser una amenaza el poder del turco.

Con razón se enorgullecía Cervantes de haberse hallado en aquella

jornada memorabilísima y de las heridas gloriosas que en ella había

recibido.

Volviéronse al fin las naves españolas a Nápoles y Sicilia.

Dejó la galera _Marquesa_ en el hospital de Messina a sus heridos, y

entre ellos a Miguel de Cervantes, que sanó al fin, pero quedándole

mutilada la mano izquierda, por lo cual, cuando la muerte abrió para él

la edad de la gloria, al par que se le llamó el príncipe de los ingenios

españoles, llamósele también el MANCO DE LEPANTO.

El manco de Lepanto episodio de la vida del príncipe de los ingenios, Miguel de Cervantes-Saavedra · 第 38 / 40 题