De la horrenda tragedia con que se encontró sorprendido y espantado
Miguel de Cervantes.
Cuando los nublados ojos de Cervantes recobraron su claridad, hallose en
un aposento, no muy grande, teniendo ante sí a doña Guiomar, que pálido
el bello semblante, ardiendo los celestes ojos, demudada toda,
descompuesto el traje, le miraba con una tan no vista pasión y
sentimiento, que no una mujer creyó tener delante de sí Cervantes, sino
algo sobrenatural y nunca imaginado.
Tal parecía doña Guiomar, que todo encarecimiento sería poco para decir
de qué manera ardían sus ojos amenazando muerte, manifestando congojas,
diciendo desesperados cuanto la rabia, y el despecho, y el dolor, y la
agonía, todo junto, y la soberbia, y el espanto, pueden decirse con el
lenguaje de la mirada.
Afeábase su hermosura por lo desencajado y lo amarillo del semblante, y
estaba, en fin, tal, que todo había que temerlo de ella, ya contra sí se
volviese, ya contra los que eran la causa de aquella desventura horrible
en que se encontraba.
Por algún tiempo, doña Guiomar estuvo mirando con todo este dolor, con
toda esta rabia, con toda esta amenaza, con toda esta descomposición,
con toda esta desesperación, con toda esta pasión que se ha dicho, a
Cervantes, que al verla de tal modo, encontrándose ante ella abrumado
por la culpa, habría querido que la tierra se hubiese abierto bajo sus
pies y le hubiese ocultado.
Y ella continuaba asiéndole, trémula, ansiosa, fuera de sí, mortal; y
Cervantes sentía el temblor y la fuerza de la delicada mano de doña
Guiomar, mano fría, helada, que comunicaba su hielo a la sangre de
Cervantes.
--Pues, enemigo cruel de mi sosiego y de mi alma,--dijo doña
Guiomar,--que más rudo enemigo que tú ni le he tenido, ni le tengo, ni
tenerle puedo, ni hay criatura que en las impiedades de tal enemistad
como la tuya caiga, ¿en qué te detienes? ¿qué aguardas? ¿qué miras? ¿qué
dudas, que ya tu tiranía no ejercitas y a todo te atreves, y no mirando
más que a tus gustos, por todo no atropellas? Sea lo que Dios quisiere
de esta desventurada, que no sabía hasta qué punto de nadie conocido
podía llegar su desventura. Pues qué, ¿no te basta haber envuelto en las
malas redes de tus palabras traidoras, de tus engaños homicidas, a una
triste que has encontrado en el mayor de los desconsuelos y en la más
miserable de las orfandades? Continúa tu obra, lobo carnicero y sin
entrañas; hiere, mata, devora, cébate en tu presa, y no te acuerdes de
que hay un Dios que ha puesto en las criaturas eso que tú no conoces;
pero que un día traerá sobre ti el remordimiento, tu infierno en la
vida, el castigo de Dios antes que mueras, y que se llama conciencia.
Y de tal manera se había acongojado doña Guiomar, expresando, arrastrada
por la fuerza increíble de su pasión, sus atropellados razonamientos,
que no pudo decir ni una palabra más, porque la sobrevino una tal
congoja, que la enmudeció.
Y no sabía Cervantes qué decir, que ella lo sabía todo.
Y si la decía, como era cierto, que él, desesperado, conocía que las
obligaciones en que se había puesto con Margarita no habían sido parte
para vencer en su alma aquel entrañable y violento amor que ya era dueño
de su alma cuando a Margarita conoció, y que sólo la locura de sus
turbulentos deseos había podido ponerle en obligaciones de honra paca
con ella, ocasión daría a doña Guiomar para que le despreciase y se
sintiese avergonzada por aquel su amor, tan mal empleado en un indigno
sujeto.
Ni podía decirla que por Florela sabía que Margarita estaba aposentada
en la misma alcoba de doña Guiomar, porque no sabía cómo disculpar su
ida secreta, amparándose del silencio de la noche y de la soledad de la
casa, para ir a buscar a la que ya debía tener como su esposa.
Esto hubiera sido la confesión de su menosprecio a la casa de la que,
tan generosamente, primero le había amparado a él, y luego a Margarita.
En malos pasos habíase metido en aquella ocasión Cervantes. Por agria,
torcida y difícil senda había tomado.
En empeño gravísimo se encontraba, y en la falta en que últimamente le
había encontrado doña Guiomar no había disculpa, y aunque una falsa
disculpa hubiese podido encontrar, su turbación y su espanto no le
permitían hallarla.
Pero como todo el amor que en él había era de doña Guiomar, y este amor,
al ser combatido tan duramente y tan sin remedio por la desatentada
conducta suya para con Margarita, hubiese llegado a la pasión que en
nada se para, que a todo se arroja, cuando se hubo calmado aquel primer
espanto y sorpresa, y el anonadamiento y vergüenza que le habían
cogido, Cervantes se determinó a manifestar lo que en él pasaba a doña
Guiomar, y viéndola toda entregada a aquel amor tan grande, que parecía
no consentir igual sobre la tierra, prevalerse de él imaginó y lanzarla
en el desvarío de la pasión, haciéndola olvidarse de toda virtud, de
todo deber, de todo decoro, y compelerla a que con él se casase y a
Margarita satisfaciese con dinero; y si esto no bastase, fuese lo que
Dios quisiese de ella.
Quiso, pues, llevar a doña Guiomar a que se sentase en un canapé que en
el aposento había, y con voz dulce, y tentadora, y acariciadora, y
enamorada, la dijo:
--Ni yo para más que para vos vivo, hermosa y adorada señora mía, ni
pudiera vivir después de conoceros, si no fuese para cifrar en vos mi
ventura, ni pensar quiero, porque sólo pensar en ello me mataría, que de
vos habré de vivir apartado y a otra unido; que sería como verme unido a
un insoportable tormento, que me haría desear, como un menor mal, la
muerte. Sosegaos, idolatrada alma mía, que vuestro soy, y no hay poder
que de vos me aparte, ni obligaciones que tanto puedan, que por ellas a
la inefable dicha de ser vuestro y de que vos seáis mía renuncie.
Escuchábale atónita doña Guiomar, inmóvil, muda y fría como una estatua;
y creyendo Cervantes que no le respondía por el mismo efecto que en
ella causaban sus palabras, prosiguió de esta manera:
--¿Qué hay que pueda moveros de tal modo a furor y odio contra mí, y a
tal desconsuelo y tal desesperación os lleve? A buscar vuestro aposento,
cuando vos me encontrasteis en ese oscuro pasadizo iba, resuelto a
pediros con todas las ansias de mi alma me perdonaseis la injuria, que,
sin ser yo poderoso a evitarlo, en un momento de turbación y de
ceguedad, arrastrado por no sé qué tentación invencible, sin que mi alma
en ello tomase parte alguna, ni determinación mi voluntad, ni
satisfacción mi deseo, os he hecho. Y creedme, señora mía, que tan no ha
tardado la penitencia de mi culpa, que cuando en ello reflexionar pude,
de mí se apoderó el miedo de las consecuencias de haberos ofendido, no
de otra manera que si hubiera ofendido a Dios, que todo lo ve y lo sabe.
Sed, pues, tan grande en la indulgencia y en el perdón, como veo que lo
sois en el amor que me mostráis.
--Pues, mal hombre, y protervo, y maldito que vos sois,--exclamó doña
Guiomar,--¿cuándo vos habéis merecido el amor, no digo yo mío, sino de
cualquiera otra que como yo tenga alma? ¿ni qué sabéis vos qué cosa es
amor, si en vos no hay más que deseo corrompido, y lascivia asquerosa, y
sangre podrida, y alma ennegrecida por el continuo comercio y trato del
vicio, de la mentira y de la desvergüenza? ¿Pero qué mucho que vos
seáis así, si hombre sois? ¿ni cómo puedo deciros yo que os desprecio,
sin decir que desprecio a los hombres todos? que no hay uno solo que
merezca, no ya que una mujer le ame, sino que en él piense, según que lo
veo en lo que vos sois, que habiendo recibido de Dios claro
entendimiento, no habéis entendido las delicadezas del alma de las
mujeres, y cuanto para ellas no hay otra vida que el amor de su alma.
Remedio no tiene lo que hecho habéis; que, de una parte, a esa, que
honrada era, y que por vos sin honra gime, dicho se está que la debéis
la honra; en cuanto a mí, yo no os amo; engañada estaba, y harto
diferente de lo que sois os creía cuando os amaba, o mejor dicho, amaba
en vos un sujeto de mi fantasía: de mi sueño he despertado; el fantasma
de mi amor ha desaparecido; la estrella de mi esperanza se ha nublado, y
el aliento de mi vida es ya un fuego del infierno que resistir no puedo,
que el corazón me abrasa y en la desesperación de los condenados me
arroja; que yo, antes de conoceros, el amor no conocía, y cuando le
conocí, le amé, y tanto, que en tan poco tiempo, en mi vida, en mi única
existencia posible trocose; y cuando le pierdo, cuando veo lo imposible
de recobrarle, siento y conozco, sin que me quede ni aun el consuelo de
una duda, que sin él vivir no puedo; y ya que sabéis esto, y que
comprender debéis si es que ya la pasión, o el empeño, o el vicio y la
maldad no os han entorpecido el entendimiento, que vos, causa de mi
amor, no podéis ser mi amor, porque en vos no hallo lo que mi alma en el
amor hallar deseaba; renunciad a toda esperanza de que yo, olvidándome
de quién soy, y de lo que a mi honra y a mi conciencia debo, mi perdón
os otorgue, por esposo os reciba y en vuestros brazos me eche. No, que
no sois vos el que yo creía; y no siéndolo, vuestras traidoras palabras,
en vez de engañarme, me desesperan; en vez de contentarme, me ofenden;
en vez de halagarme, me atormentan, y me avergüenzan en vez de
satisfacerme; porque creo que me juzgáis capaz de seguiros en la torpe
prosecución de vuestra falta, y hacerme cómplice de ella, y cruenta y
homicida como vos; que allí está en mi propio lecho la que ser debe
vuestra esposa, la que ya lo es, porque ante Dios por esposa la habéis
tomado, y ella, esposa vuestra creyéndose, en vuestros brazos ha caído
enamorada. Y no os digo esto por reprenderos, por persuadiros, por hacer
de vos caso alguno por el que en alguna manera yo a vos pueda
asemejarme, sino para deciros, y esto debí deciros sin otras
demostraciones que os hicieran creer que en mí duraba la en mal hora
concebida pasión que por vos he sentido, que si a romper sagrados lazos
que vos habéis hecho, y a faltar a obligaciones en que voluntariamente
os habéis puesto, os movían y os mueven, no mi hermosura, si es que
para vos alguna he tenido y tengo, no un encendido y disculpable deseo,
sino las muchas riquezas que mis paires me dejaron y que se aumentaron
con las que me dejó mi buen marido, vuestras son, que los muertos no han
menester del oro, ni más que de una tumba en que descansar en paz, si es
que aun en la tumba pueden hallar reposo.
Sintió Cervantes una tan indecible amargura, un tal desgano de la vida,
una tal cosa horrenda y nunca de él sentida, que no se sabe lo que en la
desesperación de verse así menospreciado, así perdido, así humillado,
hubiera pasado por él. Pero ni aun tuvo tiempo de reposar en la
vengativa injuria, o más bien lamentable engaño de doña Guiomar, porque
esta, apenas hubo dicho sus últimas palabras, tan últimas, que necesidad
no tuvo, ni deseo ni pensamiento de decir ni una sola más, y sí de poner
por obra lo que su desesperación la hacía sentir, que era librarse del
peso de su pobre y atormentada existencia, echó mano tan rápida y tan
inopinadamente a la espada de Cervantes, que antes de que él pudiese
evitarlo la desenvainó, y haciéndose atrás, ante Cervantes quedose
inmóvil y muda, mirándole como ojos humanos no han mirado jamás a
criatura.
Y Cervantes que esto vio, turbado con lo que le acontecía, abriéndose
el coleto, la dijo con voz serena, pero triste y apenada.
--Si la ofensa que tan sin voluntad os he hecho, señora de mi alma, no
podéis perdonarme, y tal y tan sañosa es la ira que contra mí sentís que
mi vida os enoja, y saciar con mi sangre queréis la sed de vuestra
rabia, herid en buen hora, no tardéis; atravesad este corazón que sólo
por vos late y que sólo por vos existe. Muera yo si con mi muerte
desdichada daros algún contento puedo; y vivid vos y olvidadme como cosa
maldita que junto a vos para fenecer en vuestra hermosura y acabar en
vuestras manos ha llegado.
--Sí que morir debe quien en la vida encontrar no puede más que una
agonía continuada, mil veces peor que una agonía una sola vez sufrida; y
porque esto es tan cierto que no puede dejar de ser cumplido, cúmplase,
y que Dios me perdone, porque en mí no he hallado valor para otra cosa.
Y corriendo rápidamente la espada, dejando caer su pomo en el suelo, y
bajo el seno poniéndose la dura punta, se arrojó sobre ella, y con tal
rapidez y tal violencia, que a la otra parte asomó casi en el mismo
punto un palmo de enrojecido acero.
Gritó Cervantes, como por su dolor los condenados gritan.
Arrojose sobre doña Guiomar pretendiendo socorrerla, y halló que ya los
turbios ojos volvía, y vio que en aquella su última mirada amor le
decía, y amor que era tal, que no parecía sino que los cielos se
mostraban en la moribunda mirada de aquella infelice.
Gritaba Cervantes pidiendo a voces socorro, y en sus brazos sostenía a
doña Guiomar, y se teñía en su sangre, y entre sus brazos doña Guiomar
se le moría; y empezaba a sentirse en la casa movimiento de gentes que a
las desaforadas y desesperadas voces de Cervantes parecían acudir, y ni
en salvarse pensaba Cervantes, ni en otra cosa que en reanimar con su
aliento a doña Guiomar, que no era ya en sus brazos más que un cuerpo
difunto.
No tardó en oírse rumor de voces.
Cerca se percebian pasos precipitados.
Pero de improviso un ruido de espadas oyose, tiros de pistoletes
retumbaron, y acordose Cervantes del intento de don Baltasar de Peralta
que conocía, de asaltar aquella noche con gente armada la casa de doña
Guiomar para robarla a ella; y desesperado, como que convencido estaba
de que doña Guiomar había muerto, en su desesperación, en su furor, en
su desgano de la vida, con el ansia de exterminio en que aquella su
desgracia le había puesto, del triste cuerpo de doña Guiomar sacó su
espada, y lanzose fuera del aposento, a tiempo que por el oscuro
corredor se echaban encima las cuchilladas; que los criados, que a las
voces con que Cervantes había pedido socorro despertaron, habíanse
encontrado con don Baltasar y con los que con él venían, que por la
tapia del huerto del rapista habían entrado; y como aquellos criados
hubiesen acudido armados, porque al despertar a las voces de Cervantes
habían pensado, como era natural lo pensasen, en un grande peligro, y
cada cual, antes de salir a ver lo que aquello fuese, había cogido el
arma que había tenido a mano, como eran muchos los criados de doña
Guiomar y muy bravos, especialmente aquellos cuatro lacayos vigotudos,
que, como se dijo, la resguardaban cuando con el alba iba a la catedral
a misa, trabose la más mortífera pelea que puede imaginarse, y por el
corredor adelante venían hundiéndole a tajos y a tiros, que no parecía
sino que la casa iba a venirse abajo.
Y a todo esto, en el oscuro corredor nada se veía.
Pero de improviso, y cuando Cervantes acababa de sacar su espada del
cuerpo de aquella miserable víctima de un ciego amor desventurado,
entrose en el aposento un hombre con la espada en la mano, al cual,
apenas le vio, más que por el semblante, que no podía verle, porque
sobre él un antifaz llevaba, por instinto, conociole Cervantes.
Y no se engañó, que don Baltasar de Peralta era, que hallando al paso
del tumulto por el corredor aquella puerta franca, creyendo que al
aposento de doña Guiomar daba, en él entrose, y en mal hora por cierto,
que ciego Cervantes de dolor y de rabia, a él se fue omnipotente, de tal
manera, que apenas se chocaron las espadas, al suelo vino difunto de una
estocada en el corazón don Baltasar, cayendo tal vez, porque Dios lo
quiso, junto a doña Guiomar, y tan cerca, que la sangre que de su pecho
corría fue a mezclarse con la que del inocente pecho de doña Guiomar
había salido.
Quedose Cervantes tan turbado por lo que acontecía, tan sin vida y tan
sin alma, espantado por aquella tragedia que tenía ante los ojos, tan
impensada, tan sin culpa en la intención por él producida, como primera
causa de aquel pavoroso efecto, que por algún tiempo más que hombre fue
una estatua.
Y como parte de los criados, en tanto que se trababa la formidable
pelea, hubiesen acudido a los balcones, dando voces llamando a la
justicia y pidiendo socorro a los vecinos, y algunos de ellos la puerta
principal de la casa hubiesen abierto y a la calle salídose, y acertase
a pasar por allí un alcalde con su ronda, entrose en la casa la
justicia, subiendo atropellada por las escaleras, y acudiendo donde la
pelea continuaba empeñada.
Llegaron al turbado Cervantes las voces de ¡téngase al rey! ¡dense a la
justicia! y pavor entrole, no de ser muerto, sino de ser allí
encontrado y preso, y, cargado de cadenas, como criminal y mal hombre
tratado; y así fue, que recobrando en un punto todo su valor sereno, a
la ventana que en el aposento había fuese, abriola y arrojose a la
calle, no huyendo de la muerte y del peligro, sino de la deshonra; que
bien hubiera podido creer la justicia, si junto a aquellos dos cuerpos
muertos le hubiera encontrado, que él los había matado, por celos al uno
en riña, y asesinada la otra.
Huyó, en fin, como quien de su mala suerte huye, no como el cobarde que
con la fuga el peligro evita, y fuese, sin saber por dónde iba, a casa
del bachiller Carrascosa, aquel de quien ya se dijo era su grande
amigo.