XX

De la horrenda tragedia con que se encontró sorprendido y espantado

Miguel de Cervantes.

Cuando los nublados ojos de Cervantes recobraron su claridad, hallose en

un aposento, no muy grande, teniendo ante sí a doña Guiomar, que pálido

el bello semblante, ardiendo los celestes ojos, demudada toda,

descompuesto el traje, le miraba con una tan no vista pasión y

sentimiento, que no una mujer creyó tener delante de sí Cervantes, sino

algo sobrenatural y nunca imaginado.

Tal parecía doña Guiomar, que todo encarecimiento sería poco para decir

de qué manera ardían sus ojos amenazando muerte, manifestando congojas,

diciendo desesperados cuanto la rabia, y el despecho, y el dolor, y la

agonía, todo junto, y la soberbia, y el espanto, pueden decirse con el

lenguaje de la mirada.

Afeábase su hermosura por lo desencajado y lo amarillo del semblante, y

estaba, en fin, tal, que todo había que temerlo de ella, ya contra sí se

volviese, ya contra los que eran la causa de aquella desventura horrible

en que se encontraba.

Por algún tiempo, doña Guiomar estuvo mirando con todo este dolor, con

toda esta rabia, con toda esta amenaza, con toda esta descomposición,

con toda esta desesperación, con toda esta pasión que se ha dicho, a

Cervantes, que al verla de tal modo, encontrándose ante ella abrumado

por la culpa, habría querido que la tierra se hubiese abierto bajo sus

pies y le hubiese ocultado.

Y ella continuaba asiéndole, trémula, ansiosa, fuera de sí, mortal; y

Cervantes sentía el temblor y la fuerza de la delicada mano de doña

Guiomar, mano fría, helada, que comunicaba su hielo a la sangre de

Cervantes.

--Pues, enemigo cruel de mi sosiego y de mi alma,--dijo doña

Guiomar,--que más rudo enemigo que tú ni le he tenido, ni le tengo, ni

tenerle puedo, ni hay criatura que en las impiedades de tal enemistad

como la tuya caiga, ¿en qué te detienes? ¿qué aguardas? ¿qué miras? ¿qué

dudas, que ya tu tiranía no ejercitas y a todo te atreves, y no mirando

más que a tus gustos, por todo no atropellas? Sea lo que Dios quisiere

de esta desventurada, que no sabía hasta qué punto de nadie conocido

podía llegar su desventura. Pues qué, ¿no te basta haber envuelto en las

malas redes de tus palabras traidoras, de tus engaños homicidas, a una

triste que has encontrado en el mayor de los desconsuelos y en la más

miserable de las orfandades? Continúa tu obra, lobo carnicero y sin

entrañas; hiere, mata, devora, cébate en tu presa, y no te acuerdes de

que hay un Dios que ha puesto en las criaturas eso que tú no conoces;

pero que un día traerá sobre ti el remordimiento, tu infierno en la

vida, el castigo de Dios antes que mueras, y que se llama conciencia.

Y de tal manera se había acongojado doña Guiomar, expresando, arrastrada

por la fuerza increíble de su pasión, sus atropellados razonamientos,

que no pudo decir ni una palabra más, porque la sobrevino una tal

congoja, que la enmudeció.

Y no sabía Cervantes qué decir, que ella lo sabía todo.

Y si la decía, como era cierto, que él, desesperado, conocía que las

obligaciones en que se había puesto con Margarita no habían sido parte

para vencer en su alma aquel entrañable y violento amor que ya era dueño

de su alma cuando a Margarita conoció, y que sólo la locura de sus

turbulentos deseos había podido ponerle en obligaciones de honra paca

con ella, ocasión daría a doña Guiomar para que le despreciase y se

sintiese avergonzada por aquel su amor, tan mal empleado en un indigno

sujeto.

Ni podía decirla que por Florela sabía que Margarita estaba aposentada

en la misma alcoba de doña Guiomar, porque no sabía cómo disculpar su

ida secreta, amparándose del silencio de la noche y de la soledad de la

casa, para ir a buscar a la que ya debía tener como su esposa.

Esto hubiera sido la confesión de su menosprecio a la casa de la que,

tan generosamente, primero le había amparado a él, y luego a Margarita.

En malos pasos habíase metido en aquella ocasión Cervantes. Por agria,

torcida y difícil senda había tomado.

En empeño gravísimo se encontraba, y en la falta en que últimamente le

había encontrado doña Guiomar no había disculpa, y aunque una falsa

disculpa hubiese podido encontrar, su turbación y su espanto no le

permitían hallarla.

Pero como todo el amor que en él había era de doña Guiomar, y este amor,

al ser combatido tan duramente y tan sin remedio por la desatentada

conducta suya para con Margarita, hubiese llegado a la pasión que en

nada se para, que a todo se arroja, cuando se hubo calmado aquel primer

espanto y sorpresa, y el anonadamiento y vergüenza que le habían

cogido, Cervantes se determinó a manifestar lo que en él pasaba a doña

Guiomar, y viéndola toda entregada a aquel amor tan grande, que parecía

no consentir igual sobre la tierra, prevalerse de él imaginó y lanzarla

en el desvarío de la pasión, haciéndola olvidarse de toda virtud, de

todo deber, de todo decoro, y compelerla a que con él se casase y a

Margarita satisfaciese con dinero; y si esto no bastase, fuese lo que

Dios quisiese de ella.

Quiso, pues, llevar a doña Guiomar a que se sentase en un canapé que en

el aposento había, y con voz dulce, y tentadora, y acariciadora, y

enamorada, la dijo:

--Ni yo para más que para vos vivo, hermosa y adorada señora mía, ni

pudiera vivir después de conoceros, si no fuese para cifrar en vos mi

ventura, ni pensar quiero, porque sólo pensar en ello me mataría, que de

vos habré de vivir apartado y a otra unido; que sería como verme unido a

un insoportable tormento, que me haría desear, como un menor mal, la

muerte. Sosegaos, idolatrada alma mía, que vuestro soy, y no hay poder

que de vos me aparte, ni obligaciones que tanto puedan, que por ellas a

la inefable dicha de ser vuestro y de que vos seáis mía renuncie.

Escuchábale atónita doña Guiomar, inmóvil, muda y fría como una estatua;

y creyendo Cervantes que no le respondía por el mismo efecto que en

ella causaban sus palabras, prosiguió de esta manera:

--¿Qué hay que pueda moveros de tal modo a furor y odio contra mí, y a

tal desconsuelo y tal desesperación os lleve? A buscar vuestro aposento,

cuando vos me encontrasteis en ese oscuro pasadizo iba, resuelto a

pediros con todas las ansias de mi alma me perdonaseis la injuria, que,

sin ser yo poderoso a evitarlo, en un momento de turbación y de

ceguedad, arrastrado por no sé qué tentación invencible, sin que mi alma

en ello tomase parte alguna, ni determinación mi voluntad, ni

satisfacción mi deseo, os he hecho. Y creedme, señora mía, que tan no ha

tardado la penitencia de mi culpa, que cuando en ello reflexionar pude,

de mí se apoderó el miedo de las consecuencias de haberos ofendido, no

de otra manera que si hubiera ofendido a Dios, que todo lo ve y lo sabe.

Sed, pues, tan grande en la indulgencia y en el perdón, como veo que lo

sois en el amor que me mostráis.

--Pues, mal hombre, y protervo, y maldito que vos sois,--exclamó doña

Guiomar,--¿cuándo vos habéis merecido el amor, no digo yo mío, sino de

cualquiera otra que como yo tenga alma? ¿ni qué sabéis vos qué cosa es

amor, si en vos no hay más que deseo corrompido, y lascivia asquerosa, y

sangre podrida, y alma ennegrecida por el continuo comercio y trato del

vicio, de la mentira y de la desvergüenza? ¿Pero qué mucho que vos

seáis así, si hombre sois? ¿ni cómo puedo deciros yo que os desprecio,

sin decir que desprecio a los hombres todos? que no hay uno solo que

merezca, no ya que una mujer le ame, sino que en él piense, según que lo

veo en lo que vos sois, que habiendo recibido de Dios claro

entendimiento, no habéis entendido las delicadezas del alma de las

mujeres, y cuanto para ellas no hay otra vida que el amor de su alma.

Remedio no tiene lo que hecho habéis; que, de una parte, a esa, que

honrada era, y que por vos sin honra gime, dicho se está que la debéis

la honra; en cuanto a mí, yo no os amo; engañada estaba, y harto

diferente de lo que sois os creía cuando os amaba, o mejor dicho, amaba

en vos un sujeto de mi fantasía: de mi sueño he despertado; el fantasma

de mi amor ha desaparecido; la estrella de mi esperanza se ha nublado, y

el aliento de mi vida es ya un fuego del infierno que resistir no puedo,

que el corazón me abrasa y en la desesperación de los condenados me

arroja; que yo, antes de conoceros, el amor no conocía, y cuando le

conocí, le amé, y tanto, que en tan poco tiempo, en mi vida, en mi única

existencia posible trocose; y cuando le pierdo, cuando veo lo imposible

de recobrarle, siento y conozco, sin que me quede ni aun el consuelo de

una duda, que sin él vivir no puedo; y ya que sabéis esto, y que

comprender debéis si es que ya la pasión, o el empeño, o el vicio y la

maldad no os han entorpecido el entendimiento, que vos, causa de mi

amor, no podéis ser mi amor, porque en vos no hallo lo que mi alma en el

amor hallar deseaba; renunciad a toda esperanza de que yo, olvidándome

de quién soy, y de lo que a mi honra y a mi conciencia debo, mi perdón

os otorgue, por esposo os reciba y en vuestros brazos me eche. No, que

no sois vos el que yo creía; y no siéndolo, vuestras traidoras palabras,

en vez de engañarme, me desesperan; en vez de contentarme, me ofenden;

en vez de halagarme, me atormentan, y me avergüenzan en vez de

satisfacerme; porque creo que me juzgáis capaz de seguiros en la torpe

prosecución de vuestra falta, y hacerme cómplice de ella, y cruenta y

homicida como vos; que allí está en mi propio lecho la que ser debe

vuestra esposa, la que ya lo es, porque ante Dios por esposa la habéis

tomado, y ella, esposa vuestra creyéndose, en vuestros brazos ha caído

enamorada. Y no os digo esto por reprenderos, por persuadiros, por hacer

de vos caso alguno por el que en alguna manera yo a vos pueda

asemejarme, sino para deciros, y esto debí deciros sin otras

demostraciones que os hicieran creer que en mí duraba la en mal hora

concebida pasión que por vos he sentido, que si a romper sagrados lazos

que vos habéis hecho, y a faltar a obligaciones en que voluntariamente

os habéis puesto, os movían y os mueven, no mi hermosura, si es que

para vos alguna he tenido y tengo, no un encendido y disculpable deseo,

sino las muchas riquezas que mis paires me dejaron y que se aumentaron

con las que me dejó mi buen marido, vuestras son, que los muertos no han

menester del oro, ni más que de una tumba en que descansar en paz, si es

que aun en la tumba pueden hallar reposo.

Sintió Cervantes una tan indecible amargura, un tal desgano de la vida,

una tal cosa horrenda y nunca de él sentida, que no se sabe lo que en la

desesperación de verse así menospreciado, así perdido, así humillado,

hubiera pasado por él. Pero ni aun tuvo tiempo de reposar en la

vengativa injuria, o más bien lamentable engaño de doña Guiomar, porque

esta, apenas hubo dicho sus últimas palabras, tan últimas, que necesidad

no tuvo, ni deseo ni pensamiento de decir ni una sola más, y sí de poner

por obra lo que su desesperación la hacía sentir, que era librarse del

peso de su pobre y atormentada existencia, echó mano tan rápida y tan

inopinadamente a la espada de Cervantes, que antes de que él pudiese

evitarlo la desenvainó, y haciéndose atrás, ante Cervantes quedose

inmóvil y muda, mirándole como ojos humanos no han mirado jamás a

criatura.

Y Cervantes que esto vio, turbado con lo que le acontecía, abriéndose

el coleto, la dijo con voz serena, pero triste y apenada.

--Si la ofensa que tan sin voluntad os he hecho, señora de mi alma, no

podéis perdonarme, y tal y tan sañosa es la ira que contra mí sentís que

mi vida os enoja, y saciar con mi sangre queréis la sed de vuestra

rabia, herid en buen hora, no tardéis; atravesad este corazón que sólo

por vos late y que sólo por vos existe. Muera yo si con mi muerte

desdichada daros algún contento puedo; y vivid vos y olvidadme como cosa

maldita que junto a vos para fenecer en vuestra hermosura y acabar en

vuestras manos ha llegado.

--Sí que morir debe quien en la vida encontrar no puede más que una

agonía continuada, mil veces peor que una agonía una sola vez sufrida; y

porque esto es tan cierto que no puede dejar de ser cumplido, cúmplase,

y que Dios me perdone, porque en mí no he hallado valor para otra cosa.

Y corriendo rápidamente la espada, dejando caer su pomo en el suelo, y

bajo el seno poniéndose la dura punta, se arrojó sobre ella, y con tal

rapidez y tal violencia, que a la otra parte asomó casi en el mismo

punto un palmo de enrojecido acero.

Gritó Cervantes, como por su dolor los condenados gritan.

Arrojose sobre doña Guiomar pretendiendo socorrerla, y halló que ya los

turbios ojos volvía, y vio que en aquella su última mirada amor le

decía, y amor que era tal, que no parecía sino que los cielos se

mostraban en la moribunda mirada de aquella infelice.

Gritaba Cervantes pidiendo a voces socorro, y en sus brazos sostenía a

doña Guiomar, y se teñía en su sangre, y entre sus brazos doña Guiomar

se le moría; y empezaba a sentirse en la casa movimiento de gentes que a

las desaforadas y desesperadas voces de Cervantes parecían acudir, y ni

en salvarse pensaba Cervantes, ni en otra cosa que en reanimar con su

aliento a doña Guiomar, que no era ya en sus brazos más que un cuerpo

difunto.

No tardó en oírse rumor de voces.

Cerca se percebian pasos precipitados.

Pero de improviso un ruido de espadas oyose, tiros de pistoletes

retumbaron, y acordose Cervantes del intento de don Baltasar de Peralta

que conocía, de asaltar aquella noche con gente armada la casa de doña

Guiomar para robarla a ella; y desesperado, como que convencido estaba

de que doña Guiomar había muerto, en su desesperación, en su furor, en

su desgano de la vida, con el ansia de exterminio en que aquella su

desgracia le había puesto, del triste cuerpo de doña Guiomar sacó su

espada, y lanzose fuera del aposento, a tiempo que por el oscuro

corredor se echaban encima las cuchilladas; que los criados, que a las

voces con que Cervantes había pedido socorro despertaron, habíanse

encontrado con don Baltasar y con los que con él venían, que por la

tapia del huerto del rapista habían entrado; y como aquellos criados

hubiesen acudido armados, porque al despertar a las voces de Cervantes

habían pensado, como era natural lo pensasen, en un grande peligro, y

cada cual, antes de salir a ver lo que aquello fuese, había cogido el

arma que había tenido a mano, como eran muchos los criados de doña

Guiomar y muy bravos, especialmente aquellos cuatro lacayos vigotudos,

que, como se dijo, la resguardaban cuando con el alba iba a la catedral

a misa, trabose la más mortífera pelea que puede imaginarse, y por el

corredor adelante venían hundiéndole a tajos y a tiros, que no parecía

sino que la casa iba a venirse abajo.

Y a todo esto, en el oscuro corredor nada se veía.

Pero de improviso, y cuando Cervantes acababa de sacar su espada del

cuerpo de aquella miserable víctima de un ciego amor desventurado,

entrose en el aposento un hombre con la espada en la mano, al cual,

apenas le vio, más que por el semblante, que no podía verle, porque

sobre él un antifaz llevaba, por instinto, conociole Cervantes.

Y no se engañó, que don Baltasar de Peralta era, que hallando al paso

del tumulto por el corredor aquella puerta franca, creyendo que al

aposento de doña Guiomar daba, en él entrose, y en mal hora por cierto,

que ciego Cervantes de dolor y de rabia, a él se fue omnipotente, de tal

manera, que apenas se chocaron las espadas, al suelo vino difunto de una

estocada en el corazón don Baltasar, cayendo tal vez, porque Dios lo

quiso, junto a doña Guiomar, y tan cerca, que la sangre que de su pecho

corría fue a mezclarse con la que del inocente pecho de doña Guiomar

había salido.

Quedose Cervantes tan turbado por lo que acontecía, tan sin vida y tan

sin alma, espantado por aquella tragedia que tenía ante los ojos, tan

impensada, tan sin culpa en la intención por él producida, como primera

causa de aquel pavoroso efecto, que por algún tiempo más que hombre fue

una estatua.

Y como parte de los criados, en tanto que se trababa la formidable

pelea, hubiesen acudido a los balcones, dando voces llamando a la

justicia y pidiendo socorro a los vecinos, y algunos de ellos la puerta

principal de la casa hubiesen abierto y a la calle salídose, y acertase

a pasar por allí un alcalde con su ronda, entrose en la casa la

justicia, subiendo atropellada por las escaleras, y acudiendo donde la

pelea continuaba empeñada.

Llegaron al turbado Cervantes las voces de ¡téngase al rey! ¡dense a la

justicia! y pavor entrole, no de ser muerto, sino de ser allí

encontrado y preso, y, cargado de cadenas, como criminal y mal hombre

tratado; y así fue, que recobrando en un punto todo su valor sereno, a

la ventana que en el aposento había fuese, abriola y arrojose a la

calle, no huyendo de la muerte y del peligro, sino de la deshonra; que

bien hubiera podido creer la justicia, si junto a aquellos dos cuerpos

muertos le hubiera encontrado, que él los había matado, por celos al uno

en riña, y asesinada la otra.

Huyó, en fin, como quien de su mala suerte huye, no como el cobarde que

con la fuga el peligro evita, y fuese, sin saber por dónde iba, a casa

del bachiller Carrascosa, aquel de quien ya se dijo era su grande

amigo.

El manco de Lepanto episodio de la vida del príncipe de los ingenios, Miguel de Cervantes-Saavedra · 第 35 / 40 题