XIX

De como enloquecido Cervantes por el amor, creyó que la mano de

Dios le apartaba de los efectos de su locura.

Por algún tiempo estuvo Cervantes sin poder darse cuenta de si era

persona de este mundo o alma del otro, abatido por la misma grandeza y

pesadumbre de lo que le acontecía.

Acometíale a veces el torcido propósito de salirse de aquel aposento y

entrarse en el de doña Guiomar, y abandonando a Margarita, prometerse a

doña Guiomar, empujándola con el encanto de la palabra y la fuerza del

amor y de las lágrimas, a que a sus amores cediese, y en ellos se

perdiese y enloqueciese, y su esposa fuese; que ampararse podía a

Margarita y hacerla rica, y por la pingüe dote encontrarla marido.

Pero si el bueno puede caer en la tentación del mal, su misma bondad de

ella le obliga a apartarse avergonzado; que si bien la fuerza del amor

puede enloquecer a las mujeres, y en efecto, con suma frecuencia las

enloquece, nunca el crimen cometido deja de volver sobre la conciencia,

y morderla y despedazarla, haciendo imposible toda felicidad y contento,

que si Cervantes pensaba que en algunas horas no podía Margarita haberse

empeñado por él en un amor tal, que por él la vida se le hiciese odiosa,

pensaba también que no hacía mucho más tiempo que sus amores con doña

Guiomar duraban, y atendiendo a la realidad, ningún empeño de honra con

doña Guiomar tenía, en tanto que en la mayor deuda de honra en que un

hombre puede hallarse con una mujer, lo estaba por Margarita. Otrosí,

abogaban a voces por Margarita su miserable fortuna, su orfandad y su

abandono, en tanto que la riquísima doña Guiomar otra desgracia más que

la del amor no tenía, y podría suceder muy bien que de ella se

consolase, y todo al fin se redujese a contrariedad y despecho, que el

tiempo iría gastando, hasta que al fin aquello no fuese para ella más

que un enojoso recuerdo.

Pensando en que esto podría suceder muy bien, sacaba en claro Cervantes,

que él quedaría el único dolorido y el único desesperado; que al perder

la esperanza de gozar a doña Guiomar, y cuanto para él doña Guiomar

valía, había conocido cuánto la amaba, y cuán con exclusión de toda

otra mujer.

Y esta misma certidumbre de lo imposible de su amor, de tal manera

sublimaba el alma y el cuerpo de doña Guiomar para Cervantes, que le

parecía que si Dios para consolarle hiciera bajar un ángel del cielo, no

había de parecerle tan hermoso en cuerpo y en alma como doña Guiomar;

que hermosa era de cuerpo y de alma Margarita, ¿cómo dudarlo? pero con

ser ya suya, y sin el encanto de lo imposible, puesta como un

impedimento entre Cervantes y doña Guiomar, hacíase para Cervantes

enojosa y casi aborrecible, y aborrecía la hora en que con aquel

miserable entierro se encontró, y aun con más ahínco maldecía la

compasión que a irse tras el entierro moviole, llevándole a punto en que

conoció a Margarita.

Todo era confusiones y vacilaciones, y tentaciones y arrepentimientos

Cervantes, y dar en una idea, y dejarla para dar en otra, y de aquella

otra volver a la misma idea.

Y como, aunque era noble y altivo, no era santo, y de tal manera le

apretaban el amor y el deseo por doña Guiomar, y hasta tal punto doña

Guiomar iba acreciendo para él en lo preciosa e incomparable, ganándole

la fiebre, apoderándose de su pensamiento la locura, atormentado ya de

tal manera por las ansias que le acongojaban que resistirlas no pudo,

como si una potencia invencible de él hubiese tirado y atraídole a doña

Guiomar, con las vascas casi mortales de su pasión, determinose; y

diciéndose que su vida era doña Guiomar y que Dios hiciese lo que fuese

servido de Margarita, levantose del sillón en que había permanecido

inmóvil desde que en aquel aposento le había dejado Florela; y

acercándose quedo a la puerta, abriola silenciosamente, y en un corredor

oscuro se encontró, y sin saber adónde había de dirigirse para dar con

el aposento de Florela, en que doña Guiomar estaba; que aunque Florela

le había dicho que entre el suyo y el de su señora estaba el aposento a

que le había llevado, no sabía a cuál lado estuviese el de doña Guiomar

o el de Florela, si a la derecha o a la izquierda.

Pero como Cervantes se había decidido a satisfacer los gustos de su

amor, y cuando tomaba una resolución se mantenía firme en ella, y una

vez resuelto el encanto de doña Guiomar para él crecía, determinose a

reconocer las dos puertas de la derecha y de la izquierda, escuchar, y

ver si por algún indicio sacaba cuál el aposento en que doña Guiomar

estaba fuese.

Así es, que estando a la puerta misma de su aposento, a la izquierda

volviose, y palpando la pared, adelantó hasta tocar una mampara de seda,

y tan rica, que ella le demostró que no al aposento de la doncella debía

dar entrada una tal manpara, sino al de doña Guiomar.

Y turbose, y pareciole que Dios, viéndole en aquel mal paso en que,

olvidado de su obligación y de la grande y sagrada deuda que con

Margarita le había empeñado, le llevaba a aquella habitación de doña

Guiomar, en que él sabía que Margarita estaba, como diciéndole: «Este es

tu camino; no el de tus gustos, que tan desatentadamente buscabas para

perderte.»

Y como este pensamiento agobiase a Cervantes, y le turbase y le

aniquilase, como si hubiese sentido sobre sí la justiciera y al par

misericordiosa mano de Dios, vaciló, y con la mampara dio, y causó

ruido; y a aquel ruido sucedió inmediatamente el ladrar de un perro

dentro de la estancia, y el ladrar con toda la fuerza y la saña que su

vejez le permitían, porque aquel perro era el triste compañero que a

Margarita había seguido.

Aturdiose más y más Cervantes, más y más se acongojó, más y más el miedo

de la justicia de Dios acometiole, y trémulo, y cobarde, hacia el

aposento que había dejado tornose.

En aquel punto oyose una puerta que violentamente se abría.

El perro continuaba ladrando, y de improviso una mano helada asió una

mano de Cervantes, y llevósele.

Pero lo que aconteció requiere capítulo aparte.

El manco de Lepanto episodio de la vida del príncipe de los ingenios, Miguel de Cervantes-Saavedra · 第 34 / 40 题