XVIII

De como puede enamorarse una mujer hasta el punto de morir de amor.

--¡Ay, señor mío de mi alma!--dijo Florela,--¡que no sabéis lo que

sucede!

El alma tenía en un hilo Miguel de Cervantes, y sobresaltado por las

palabras que acababa de decirle Florela, preguntola con la voz no muy

firme:

--¿Pues qué puede suceder en esta casa que sea una desgracia, como

parece manifestármelo las palabras que me habéis dicho y vuestro

espantado acento?

Echósele de rodillas a los pies Florela, y díjole:

--Vuestro perdón os pido, que yo, por la lealtad que a mi señora tengo,

y por el mucho amor que veo que mi señora os tiene, que aunque no lo

confiesa, harto claro con las acciones exteriores muestra, he sido la

causa de la desdicha que acontece.

--Hablad presto, Florela,--exclamó Cervantes levantándola,--que oyendo

lo que me decís, estoy suspenso y sin vida.

--¡Ay señor!--dijo Florela,--que yo, cuando mi ama se fue a la visita de

ese familiar, que Dios confunda, que a buscarla vino, entre la espesura

del cenador acechando quedeme, y oí lo que con doña Margarita

hablasteis, y vi que vuestra la hicisteis; y como tanta es, ya os lo

dije, la lealtad que a mi señora tengo y el agradecimiento a que ella me

obliga por el amor que me tiene, sabedora de todo la hice.

Alegrádose hubiera Cervantes si en aquel momento hubiérase abierto bajo

sus pies la tierra.

--Buena y valiente es mi señora,--dijo Florela gimiendo;--que su dolor

ha vencido, su semblante ha compuesto, con vos y con doña Margarita ha

hablado como si no la hubiese aguijado el impío dolor que la mordía las

entrañas; solícita y amiga con doña Margarita se ha mostrado después de

que vos os partisteis, y ella misma en su mismo aposento y en su mismo

lecho la ha recogido, y luego se ha ido a aquella cámara donde vos a

ella anoche os aparecisteis, y no pudiendo más, allí una congoja tras

otra la ha acometido. Y como yo quisiese salir a enviar por

médico,--«no llames a nadie, Florela, me ha dicho, que no quiero que

nadie vea el triste espectáculo del dolor que en mí causa la no esperada

y tirana desventura mía; y llévame a tu lecho, amiga Florela, mientras

que pasa esta cruel fuerza del dolor que me acaba.»

--¡Oh! ¡en mal hora nacido yo,--exclamó Miguel de Cervantes,--que por

donde quiera que voy, siguiéndome va como inseparable compañera la

desventura! ¡Oh dichas entrevistas y con alegría de amor en esperanzas

gozadas, y antes de ser tocadas, desvanecidas e imposibles!

--Por imposible debéis tenerla,--dijo llorando y acongojada Florela;--y

no es vuestra la desventura, que así os hiere a vos como a mi señora,

sino de mi señora, que para ser desventurada ha nacido, y tan sin

merecerlo, que en ella la hermosura, con ser tan grande, es lo menos, y

más la hermosura es de su alma; que Dios ha hecho para la nobleza, para

la honestidad y para la virtud. Y no hay que pensar en el remedio de lo

que ha sucedido, que no le tiene; que mi señora no cesará hasta que

casado os vea con doña Margarita, y veros casado con ella, para ella

será la muerte; que no podrá resistir al desesperado dolor de sus amores

malogrados; que aunque yo no entienda cómo tan presto han llegado a

pasión mortal estos amores malhadados, tales son para mi señora, que

mataranla perdidos y sin esperanza de ser logrados.

--Sea lo que Dios quisiere,--dijo Cervantes,--y si con mi vida rescatar

yo pudiera el corazón de vuestra señora, que sin tan yo merecerlo ni

esperarlo, por mis amores está cautivo, con gusto la daría y mil que

tuviera.

--Dos desgracias serían, que no creáis que mi desventurada señora pueda

sobrevivir mucho a lo cruel de su desengaño: ella creía viendo lo que en

vos veía, y cómo en sus ojos de amor agonizabais, que otra mujer que

ella para vos no había en el mundo, ni otra gloria que la de Dios que

sobrepujar pudiera en bienandanza a la gloria que vos gozabais enamorado

por ella; y es tal y de tal manera la agonía que a mi señora atormenta y

mata, que llamar ha mandado a un escribano, que hacer testamento quiere.

Perplejo más y más se encontraba Cervantes, que en aquella ocasión no

imaginada, ni él se atrevía a ponerse ante doña Guiomar, ni podía

hacerlo, ni había para qué hacerlo; que lo hecho hecho estaba, ni otro

medio encontraba que casarse con Margarita, y por esto su vista con doña

Guiomar no sólo no podía ser, sino que ni aun debía pensarse en ello.

Salirse de la casa en aquel punto y enviar al otro día un su amigo, o

más bien un sacerdote, que su casamiento con Margarita tratase, ser no

podía, porque de esta manera quedaría abandonada a los malos intentos de

su tenaz perseguidor doña Guiomar.

Y advertir de lo que pasaba a Florela, era llevar más el espanto y la

perturbación a aquella casa, y mostrarse cobarde huyendo el bulto al

peligro, después de haberse mostrado veleidoso, cuando no libertino, mal

apreciador y temerario de la valía de doña Guiomar; pues permanecer en

aquella casa a cuya dueña había entregado al dolor y a la desesperación,

también era cosa recia.

Amparose, pues, de Florela, y la dijo:

--De todo lo que puede hacerse después de hecho el mal que me obliga a

descontentarme de haber nacido, lo mejor que puede hacerse es dejar

venir el tiempo; que puede ser que milagrosamente Dios nos abra camino

por donde salir podamos a un punto no tan desesperado como en el que

ahora nos vemos. Y así pues, llevadme a un aposento donde yo quede,

hasta que mañana veamos dónde esta desesperada aventura nos lleva; que

bien podrá ser que durante la noche doña Guiomar se aconseje con su

alma, y a algo muy diferente de lo que hoy piensa se determine, o tal

vez se desengañe y se cure, quedando yo el solo enfermo y el solo

desesperado. Y pluguiera a Dios que así aviniera y que para mí solo

fuese la desgracia.

--¡Ay, señor mío!--dijo Florela,--que muerta estoy de espanto; que tal

está mi señora, que aunque ello parezca increíble, a mañana no llega;

que bien conocéis vos el corazón que tiene, y cuánto y con cuánto amor

de vos se ha llenado, y tal es así, que, al quedarse vacío, con la

muerte se llenará. Pero sea lo que vos decís. Venid, que en un aposento

que hay entre el de mi señora y el mío voy a colocaros, sin que ella lo

sepa; y así, si algo sobreviniere por lo que sea necesario acudáis a

ayudarme, estaréis a punto.

Y con esto la fiel doncella condujo a un aposento del piso alto a Miguel

de Cervantes, y allí dejole más muerto que vivo, con el alma turbada, y

de tal manera, que a veces le parecía un sueño la realidad que tan dura

y cruel se le mostraba.

El manco de Lepanto episodio de la vida del príncipe de los ingenios, Miguel de Cervantes-Saavedra · 第 33 / 40 题