De como puede enamorarse una mujer hasta el punto de morir de amor.
--¡Ay, señor mío de mi alma!--dijo Florela,--¡que no sabéis lo que
sucede!
El alma tenía en un hilo Miguel de Cervantes, y sobresaltado por las
palabras que acababa de decirle Florela, preguntola con la voz no muy
firme:
--¿Pues qué puede suceder en esta casa que sea una desgracia, como
parece manifestármelo las palabras que me habéis dicho y vuestro
espantado acento?
Echósele de rodillas a los pies Florela, y díjole:
--Vuestro perdón os pido, que yo, por la lealtad que a mi señora tengo,
y por el mucho amor que veo que mi señora os tiene, que aunque no lo
confiesa, harto claro con las acciones exteriores muestra, he sido la
causa de la desdicha que acontece.
--Hablad presto, Florela,--exclamó Cervantes levantándola,--que oyendo
lo que me decís, estoy suspenso y sin vida.
--¡Ay señor!--dijo Florela,--que yo, cuando mi ama se fue a la visita de
ese familiar, que Dios confunda, que a buscarla vino, entre la espesura
del cenador acechando quedeme, y oí lo que con doña Margarita
hablasteis, y vi que vuestra la hicisteis; y como tanta es, ya os lo
dije, la lealtad que a mi señora tengo y el agradecimiento a que ella me
obliga por el amor que me tiene, sabedora de todo la hice.
Alegrádose hubiera Cervantes si en aquel momento hubiérase abierto bajo
sus pies la tierra.
--Buena y valiente es mi señora,--dijo Florela gimiendo;--que su dolor
ha vencido, su semblante ha compuesto, con vos y con doña Margarita ha
hablado como si no la hubiese aguijado el impío dolor que la mordía las
entrañas; solícita y amiga con doña Margarita se ha mostrado después de
que vos os partisteis, y ella misma en su mismo aposento y en su mismo
lecho la ha recogido, y luego se ha ido a aquella cámara donde vos a
ella anoche os aparecisteis, y no pudiendo más, allí una congoja tras
otra la ha acometido. Y como yo quisiese salir a enviar por
médico,--«no llames a nadie, Florela, me ha dicho, que no quiero que
nadie vea el triste espectáculo del dolor que en mí causa la no esperada
y tirana desventura mía; y llévame a tu lecho, amiga Florela, mientras
que pasa esta cruel fuerza del dolor que me acaba.»
--¡Oh! ¡en mal hora nacido yo,--exclamó Miguel de Cervantes,--que por
donde quiera que voy, siguiéndome va como inseparable compañera la
desventura! ¡Oh dichas entrevistas y con alegría de amor en esperanzas
gozadas, y antes de ser tocadas, desvanecidas e imposibles!
--Por imposible debéis tenerla,--dijo llorando y acongojada Florela;--y
no es vuestra la desventura, que así os hiere a vos como a mi señora,
sino de mi señora, que para ser desventurada ha nacido, y tan sin
merecerlo, que en ella la hermosura, con ser tan grande, es lo menos, y
más la hermosura es de su alma; que Dios ha hecho para la nobleza, para
la honestidad y para la virtud. Y no hay que pensar en el remedio de lo
que ha sucedido, que no le tiene; que mi señora no cesará hasta que
casado os vea con doña Margarita, y veros casado con ella, para ella
será la muerte; que no podrá resistir al desesperado dolor de sus amores
malogrados; que aunque yo no entienda cómo tan presto han llegado a
pasión mortal estos amores malhadados, tales son para mi señora, que
mataranla perdidos y sin esperanza de ser logrados.
--Sea lo que Dios quisiere,--dijo Cervantes,--y si con mi vida rescatar
yo pudiera el corazón de vuestra señora, que sin tan yo merecerlo ni
esperarlo, por mis amores está cautivo, con gusto la daría y mil que
tuviera.
--Dos desgracias serían, que no creáis que mi desventurada señora pueda
sobrevivir mucho a lo cruel de su desengaño: ella creía viendo lo que en
vos veía, y cómo en sus ojos de amor agonizabais, que otra mujer que
ella para vos no había en el mundo, ni otra gloria que la de Dios que
sobrepujar pudiera en bienandanza a la gloria que vos gozabais enamorado
por ella; y es tal y de tal manera la agonía que a mi señora atormenta y
mata, que llamar ha mandado a un escribano, que hacer testamento quiere.
Perplejo más y más se encontraba Cervantes, que en aquella ocasión no
imaginada, ni él se atrevía a ponerse ante doña Guiomar, ni podía
hacerlo, ni había para qué hacerlo; que lo hecho hecho estaba, ni otro
medio encontraba que casarse con Margarita, y por esto su vista con doña
Guiomar no sólo no podía ser, sino que ni aun debía pensarse en ello.
Salirse de la casa en aquel punto y enviar al otro día un su amigo, o
más bien un sacerdote, que su casamiento con Margarita tratase, ser no
podía, porque de esta manera quedaría abandonada a los malos intentos de
su tenaz perseguidor doña Guiomar.
Y advertir de lo que pasaba a Florela, era llevar más el espanto y la
perturbación a aquella casa, y mostrarse cobarde huyendo el bulto al
peligro, después de haberse mostrado veleidoso, cuando no libertino, mal
apreciador y temerario de la valía de doña Guiomar; pues permanecer en
aquella casa a cuya dueña había entregado al dolor y a la desesperación,
también era cosa recia.
Amparose, pues, de Florela, y la dijo:
--De todo lo que puede hacerse después de hecho el mal que me obliga a
descontentarme de haber nacido, lo mejor que puede hacerse es dejar
venir el tiempo; que puede ser que milagrosamente Dios nos abra camino
por donde salir podamos a un punto no tan desesperado como en el que
ahora nos vemos. Y así pues, llevadme a un aposento donde yo quede,
hasta que mañana veamos dónde esta desesperada aventura nos lleva; que
bien podrá ser que durante la noche doña Guiomar se aconseje con su
alma, y a algo muy diferente de lo que hoy piensa se determine, o tal
vez se desengañe y se cure, quedando yo el solo enfermo y el solo
desesperado. Y pluguiera a Dios que así aviniera y que para mí solo
fuese la desgracia.
--¡Ay, señor mío!--dijo Florela,--que muerta estoy de espanto; que tal
está mi señora, que aunque ello parezca increíble, a mañana no llega;
que bien conocéis vos el corazón que tiene, y cuánto y con cuánto amor
de vos se ha llenado, y tal es así, que, al quedarse vacío, con la
muerte se llenará. Pero sea lo que vos decís. Venid, que en un aposento
que hay entre el de mi señora y el mío voy a colocaros, sin que ella lo
sepa; y así, si algo sobreviniere por lo que sea necesario acudáis a
ayudarme, estaréis a punto.
Y con esto la fiel doncella condujo a un aposento del piso alto a Miguel
de Cervantes, y allí dejole más muerto que vivo, con el alma turbada, y
de tal manera, que a veces le parecía un sueño la realidad que tan dura
y cruel se le mostraba.