De como Miguel de Cervantes supo lo que le bastó para meterse en
una aventura de más empeño que la más atrevida en que osó meterse
cualquiera de los Doce Pares.
--Ruegoos, amigos míos,--dijo doña Guiomar,--me perdonéis si tan largo
rato he estado apartada de vosotros, que gran causa ha habido para ello.
Y refirioles a seguida lo que el familiar de la Inquisición había ido a
decirla.
Alborotose Cervantes, y juró que él había de desollar al rapista y poner
de claro en claro quien el que por él con la Inquisición había
intercedido fuese, aunque él lo sospechaba ya; y para salir de sospechas
pidió a doña Guiomar licencia para salir, prometiendo que con la
noticia de lo que averiguase volvería; con lo qué por el postigo del
jardín, que la misma doña Guiomar abrió, saliose, y doña Guiomar quedose
con Margarita, mostrándose para ella tan buena y cariñosa, como negras y
envenenadas tenía contra ella las entrañas; y con el dolor que Margarita
decía sentir por la reciente muerte de su madre, disimulaba las ansias y
las congojas que por aquel su amor, que ya esposa de Miguel de Cervantes
la hacía, la atormentaban; espantábanla los recelos, y viendo tan
enamorada de Cervantes, y de tanto valer a doña Guiomar, temía que una
vez poseedor de ella Cervantes, la posesión de la hermosísima viuda no
perdonase, y que siendo ella pobre y la otra rica, y desventurada ella y
dichosa la otra, con la otra se casase, dejándola a ella para que
muriese desesperada.
Encubría su negro odio a Margarita doña Guiomar, y consolábala y
acariciábala, como si hubiera creído que sólo por la muerte de su madre
era el dolor y la congoja, cuyas muestras no podía ocultar Margarita.
En tanto, Cervantes encaminábase al próximo bodegón de la tía
_Zarandaja_. El sol se había puesto, caía la tarde; paseaban por las
calles galanes y soldados, haciendo señuelos a sus enamoradas; los
menestrales dejaban sus trabajos, y se iban cerrando comercios y
tiendas. En aquellos tiempos se trabajaba de día y se descansaba y se
dormía de noche, salvos los rondadores y la gente maleante, que lo
hacían al revés.
Encontró Cervantes a la ilustre tía _Zarandaja_ apercibiéndose a cerrar
su bodegón, que según las ordenanzas, estos tales a la oración se
cerraban. Dio entrada con mil amores la vieja al gallardo soldado, y
cerrando la puerta, díjole:
--Ya me temía que no vinierais, y sentíalo, porque en verdad, que muchas
y muy importantes cosas que decir a vuestra merced tengo.
--Pues desembuche, buena madre,--dijo Cervantes,--que aquí hay lugar
donde quepa todo lo que en él entre; y no os abro el apetito regalándoos
alguna cosilla que os dé contento, porque pobre ando, y tal, que por
Dios que me dejaría ahorcar por dos reales.
--El que a buen árbol se arrima,--contestó la tía _Zarandaja_,--buena
sombra le cobija, y de manzanas de oro, y aun con aditamentos de
diamantes, es aquel bajo cuyas frondosas y frescas ramas os habéis
puesto.
--Ya me tarda el oíros, buena madre,--dijo Cervantes;--que grandes cosas
y de mucho provecho han de ser, a lo que me parece, las que tenéis que
decirme.
Púsose en esto la vieja en los labios un dedo como imponiendo silencio a
Cervantes, que a la puerta habían llamado, y con prisa; y llevole a
aquel cuartucho que a lo último del bodegón estaba, como se dijo, y
encerrole, y fuese a abrir la puerta de la calle, y hallose con que era
el señor _Viváis-mil-años_, que venía a su casa.
Entró el rapista tan mudado de la fisonomía que otras veces tenía, que
no le conoció la tía _Zarandaja_.
Venía entre satisfecho y soberbio, y descontento y mohíno.
--¿Y dónde habéis estado, señor _Viváis-mil-años_,--le preguntó la
vieja,--que hoy no se os ha visto el pelo?
--En ayunas vengo, y en ayunas desde anoche, tía _Zarandaja_,--dijo el
rapista,--salvo dos onzas de queso y un panecillo que compré esta mañana
en una tienda, cuando salía de allí, adonde picardías de un mal
familiar, que ya está bien castigado, me llevaron; y venga, venga, tía
_Zarandaja_, la uña de vaca con habas y morcilla, que voy a comerla con
el mismo gusto que si no hubiera comido en mil años.
--Dejadme primero que cierre, que con la alegría de veros, de cerrar la
puerta me he olvidado; y con que pase un alguacil y lo vea, multa
tendremos, y no estamos para esos lujos, que los tiempos andan muy
magros.
Y la tía _Zarandaja_ cerró, y fuese luego a su marmita con una escudilla
de cobre, ancha y honda, que llenó de gazofia, yendo a ponerla, con un
buen pan blanco, a lo que añadió un mediano jarro lleno de vino, delante
del señor _Viváis-mil-años_.
Aplicose éste a la uña y a las habas como si hiciera un siglo que no
había comido, y la tía _Zarandaja_, que estaba sentada de media anqueta
a un extremo de la mesa, esperó en vano a que el rapista la hablase..
Comía, bebía y callaba _Viváis-mil-años_; pero gesticulaba y guiñaba los
ojos alternativamente como hablando consigo mismo, todo lo cual metía
mucho más en curiosidad a la tía _Zarandaja_, que como había visto lo
que doña Guiomar favorecía y lo mucho que amaba a aquel soldado que
tenía encerrado, por favorecer sus amores esperaba mucha cosa.
Tenía la tía _Zarandaja_ sus motivos para que la importase en gran
manera por doña Guiomar y por Cervantes lo que el señor
_Viváis-mil-años_ la dijese, porque el rapista y ella habían hablado
mucho de un cierto señor que andaba sin seso y casi convertido en alma
en pena por la hermosísima viuda.
Miguel de Cervantes escuchaba ávido, con el oído pegado al ojo de la
cerradura; que habíale puesto en cuidado lo que le había prevenido,
haciéndole callar, cuando llamaron a la puerta, y escondiéndole después,
la tía _Zarandaja_.
Pero no oía otra cosa más que el recio mascar del rapista, que era tal
como el de un cerdo, con perdón sea dicho.
No se sabe si el señor _Viváis-mil-años_ había guardado silencio a causa
de su apetito, y por aquello de que oveja que bala bocado pierde, o si
había dudado en lo que tenía que decir a la tía _Zarandaja_, porque
cuando ya la escudilla, o más bien lo que contenía, que no era poco,
había quedado reducido a la mitad, y bebido el primer jarro de vino,
limpiándose la boca con el revés de la mano, dijo:
--En un aprieto me hallo, y tal, mi buena tía _Zarandaja_, que de él no
puedo salir, porque si no hago lo que de mí se quiere, en peligro me
hallo de que me tornen allí de donde me han sacado; y os aseguro que no
ha sido sitio de gusto; que en una mazmorra de la Inquisición me han
tenido, y aunque de hierros no me han cargado, con el recelo de lo que
pudiera sobrevenirme la mitad de las carnes he perdido. Sacome de allí,
horro y sin costas, un bienhechor; pero diciéndome antes de sacarme, que
si no le servia en lo que él había menester, volvería a meterme, y mía
sería la culpa de lo que me sucediese. Prometí yo, que el prometer no
cuesta, y tanto como me pidieron; que cuando en tales aprietos se
encuentra un cristiano, para salir de ellos no mira en pelillos, ni aun
en cabelleras, aunque sean más grandes que aquella del filisteo Samson.
--Mirad, señor _Viváis-mil-años_, que el Divino Nazareno Samson no fue
filisteo, sino el destruidor de ellos por la voluntad de Dios.
--Dios me destruya si sé lo que me digo, tía _Zarandaja_,--contestó el
señor _Viváis-mil-años_;--que este oficio nuestro que traemos tiene
tales quiebras, que a veces nos vemos quebrados por el espinazo; y si yo
hago lo que ese señor quiere, en tratos y comercio, que no me tienen
cuenta puedo verme con la justicia ordinaria; y si no lo hago, es tal
ese señor y tan poderoso, que como de la Inquisición me sacó, puede
meterme otra vez en ella, donde yo me pierda y no vuelva a saberse de
mí; que tal vez me empareden o me entierren vivo. De suerte que, entre
la Inquisición y la horca, no sé qué haga, ni qué deje de hacer, ni por
dónde tire.
--¿Y quién es ese tal y tan poderoso señor que en tales preñeces sin
salida os mete, señor _Viváis-mil-años_?
--¿Pues quién ha de ser, tía _Zarandaja_, más que el capitán don
Baltasar de Peralta, que Dios confunda, que cada vez más empeñado por
esa doña Guiomar de mis culpas, y celoso, y con más furia que una
rabiosa pantera hircana por lo de la música anoche, y porque doña
Guiomar salió a sus miradores a oírla, empeñado está en acabar de una
vez, y en meterle todo a barato, y a salga lo que saliere, aunque lo que
hubiera de salir fuese la destrucción y acabamiento del mundo? Y habéis
de saber, que lo que ese caballero, (maldígale Dios) quiere, no es menos
que meterse esta noche, cuando sea de ella la mitad por filo, en el
jardín de doña Guiomar por las tapias de mi corralejo.
Se le volvió el alma de arriba abajo a Miguel de Cervantes, y temblaba
de cólera, y al mismo tiempo se le alegraba el corazón, porque oyendo
estaba que se le venía a las manos la mejor manera que podía haber
deseado de castigar a don Baltasar de Peralta y libertar de él a su
adorada y ya imposible doña Guiomar.
Continuado había con su plática entretanto _Viváis-mil-años_, y había
dicho:
--Que yo he de servir, mal que me pese, a don Baltasar de Peralta,
veislo harto claro, tía _Zarandaja_; que en casa de la maldita viuda
quiere meterse a la media noche, ya os lo he dicho; y aun pudiera
sufrirse si en entrar solo y por mí guiado, consintiese, que todo ello
sería que, o empeñaría la honra de doña Guiomar, por la violencia de su
pasión atropellada, o ella se defendería y gritaría, y acudirían sus
criados, lo cual, habiéndome yo escurrido a tiempo, nada me importaría,
y él vería cómo salía del empeño en que se había metido. Pero es el caso
que don Baltasar se ha puesto en todo, y con gente dura y resuelta en
casa de doña Guiomar meterse quiere, cosa que puede salir de tal manera
y con una tal tormenta, que el agua llegue a las nubes.
--¿Y a cuento de qué me habéis manifestado todas esas cosas, señor
_Viváis-mil-años?_--dijo la tía _Zarandaja_.
--A cuento de que vos podéis sacarme del aprieto en que me hallo.
--¿Y cómo, si os place, de tal aprieto he de sacaros yo?--dijo, poniendo
muy mal gesto al rapista, la tía _Zarandaja_.--Ya que vos estáis
perdido, ¿queréis que yo me pierda también? ¿Y estas son las buenas
correspondencias de nuestra amistad? Pues de amigos como vos, Dios me
libre, y que yo no los vea jamás sino descuartizados.
--Dios os lo pague por la buena voluntad, que me tenéis, que cuando a
vos vengo a ampararme, porque ya me considero ahorcado, vos me tiráis de
los pies. Y no a que perdáis vengo yo, tía _Zarandaja_, sino a que
ganéis la mitad de mil ducados, que porque le sirva me ha dado don
Baltasar de Peralta. Y vedlos aquí en buenos doblones de a ocho de los
del cuño del emperador.
Y el señor _Viváis-mil-años_ sacó una bolsa de malla de seda verde, con
ricos pasadores de oro, y tan repleta, que casi reventaba.
--La mitad voy a contaros,--continuó _Viváis-mil-años_, corriendo los
pasadores de la bolsa y echando fuera con tiento los doblones para que
no sonaran,--y así no podréis decirme, si os perdéis, que os perdéis
por mi provecho y no por el vuestro. Y sabed, tía _Zarandaja_, que esta
buena hacienda que tomáis, nada tiene que ver con lo que haya de pagarse
a los bravos que con don Baltasar de Peralta, para resguardarle y
asegurarle el golpe, hayan de entrar casa de la hermosa viuda; ni
tampoco lo que haya de darse a los que con una silla de mano esperarán
en mi corral para meter en ella a doña Guiomar, tapada la boca y atada;
y porque vos busquéis a esa buena gente, que vos tenéis más
conocimientos que yo, que no conozco más que pelones y personas de
nonada, muy buenos para bravear de lengua y sin valor alguno para llegar
a los hechos, estas riquezas os doy; que bien sé yo que una docena de
hombres de alma y puños que se necesitan, los encontraréis vos a medio
rodeo; y contando ya con que los buscaréis, porque veo que os vais
guardando estos bendecidos doblones, os digo que no andéis escasa en
prometerles, y con lo que pidieren por su pena y el peligro en que van a
ponerse, a mi casa andad y se os dará lo que fuere menester; y no
reposemos, que las noches son cortas, y las doce se echan encima en
seguida. Así pues, decidme lo que os parezca, y si os pareciere no hacer
lo que se os pide, tornadme esos doblones e ireme yo a otra parte en
donde mejor dispuestos estén a ayudarme.
El alma hubiera dado antes la tía _Zarandaja_ que los doblones, que ya
había sepultado en la honda faltriquera que llevaba debajo de la saya.
Así es que dijo:
--Hablando, las gentes se entienden; y cuanto más honradas son, mejor.
Id y en paz y contento, señor _Viváis-mil-años_, que dentro de media
hora en vuestra casa me tendréis con la razón de lo que sea, y que será
tal, que bien descontentadizo habréis de ser para no contentaros.
Acabose de beber su vino el señor _Viváis-mil-años_, despidiose de la
tía _Zarandaja_, echole esta afuera, cerró la puerta de la calle y fuese
a abrir la del aposentillo en que Cervantes toda la conversación que
acababa de pasar había escuchado.
Estaba nuestro mozo pálido de cólera, y a duras penas se contenía.
Y tan feroz miraba, que de miedo, se echó a temblar la tía _Zarandaja_,
y por satisfacerle, y temiendo no empezase por ella con algo que no muy
del gusto de ella fuese, se apresuró a decirle:
--Pues que yo no puse punto en boca al señor _Viváis-mil-años_ cuando en
tales honduras se metía, claro os he dado, señor mío, a entender, que mi
intento era que todo lo supieseis; y si todo lo habéis oído, vos diréis
lo que haya de hacerse, que a vuestro mandato me pongo, y estos dineros
que el señor _Viváis-mil-años_ me ha dejado, dispuesta estoy a
entregaros.
--Guardadlos, tía _Zarandaja_, que pocos son, y una mínima parte
comparados con lo que doña Guiomar os dará cuando sepa de qué manera la
habéis servido.
--Venga ahora el mandato de lo que quisiereis,--dijo la tía _Zarandaja_.
--Pues dígoos,--respondió Cervantes,--que hagáis como si yo nada supiera
y como si quisierais servir a ese don Baltasar de Peralta.
--Ved lo que hacéis, o más bien lo que pensáis hacer, señor
soldado,--dijo la tía _Zarandaja_, mirando con asombro a Cervantes;--que
en una temeridad tal podíais dar, que os cueste cara; que no querría yo
que a un mozo tal como vos, que sois un pino de oro, y tan amado por una
tal y tan rica hembra de la hermosura como doña Guiomar, le aconteciese
una desgracia; que no me consolaría de ella en todos los días de mi
vida.
--Nada se os dé por eso,--dijo Cervantes,--y dejad a cada cual que allá
vaya adonde le parezca bien ir, y haced vos lo que os he dicho, que así
conviene que sea. Y sin más, quedaos con Dios y hasta la vista, que no
será sino para premiaros largamente por lo bien que nos habréis servido.
Y como la tía _Zarandaja_ quisiese replicar, impúsola Cervantes
silencio, mandola abriese la puerta, saliose, y de allí a gran paso
fuese a casa de doña Guiomar, y allegándose al postigo del jardín llamó,
y abrió Florela, que harto cuidadosa por la gravedad de los sucesos que
habían sobrevenido, por allí andaba esperando.