XVII

De como Miguel de Cervantes supo lo que le bastó para meterse en

una aventura de más empeño que la más atrevida en que osó meterse

cualquiera de los Doce Pares.

--Ruegoos, amigos míos,--dijo doña Guiomar,--me perdonéis si tan largo

rato he estado apartada de vosotros, que gran causa ha habido para ello.

Y refirioles a seguida lo que el familiar de la Inquisición había ido a

decirla.

Alborotose Cervantes, y juró que él había de desollar al rapista y poner

de claro en claro quien el que por él con la Inquisición había

intercedido fuese, aunque él lo sospechaba ya; y para salir de sospechas

pidió a doña Guiomar licencia para salir, prometiendo que con la

noticia de lo que averiguase volvería; con lo qué por el postigo del

jardín, que la misma doña Guiomar abrió, saliose, y doña Guiomar quedose

con Margarita, mostrándose para ella tan buena y cariñosa, como negras y

envenenadas tenía contra ella las entrañas; y con el dolor que Margarita

decía sentir por la reciente muerte de su madre, disimulaba las ansias y

las congojas que por aquel su amor, que ya esposa de Miguel de Cervantes

la hacía, la atormentaban; espantábanla los recelos, y viendo tan

enamorada de Cervantes, y de tanto valer a doña Guiomar, temía que una

vez poseedor de ella Cervantes, la posesión de la hermosísima viuda no

perdonase, y que siendo ella pobre y la otra rica, y desventurada ella y

dichosa la otra, con la otra se casase, dejándola a ella para que

muriese desesperada.

Encubría su negro odio a Margarita doña Guiomar, y consolábala y

acariciábala, como si hubiera creído que sólo por la muerte de su madre

era el dolor y la congoja, cuyas muestras no podía ocultar Margarita.

En tanto, Cervantes encaminábase al próximo bodegón de la tía

_Zarandaja_. El sol se había puesto, caía la tarde; paseaban por las

calles galanes y soldados, haciendo señuelos a sus enamoradas; los

menestrales dejaban sus trabajos, y se iban cerrando comercios y

tiendas. En aquellos tiempos se trabajaba de día y se descansaba y se

dormía de noche, salvos los rondadores y la gente maleante, que lo

hacían al revés.

Encontró Cervantes a la ilustre tía _Zarandaja_ apercibiéndose a cerrar

su bodegón, que según las ordenanzas, estos tales a la oración se

cerraban. Dio entrada con mil amores la vieja al gallardo soldado, y

cerrando la puerta, díjole:

--Ya me temía que no vinierais, y sentíalo, porque en verdad, que muchas

y muy importantes cosas que decir a vuestra merced tengo.

--Pues desembuche, buena madre,--dijo Cervantes,--que aquí hay lugar

donde quepa todo lo que en él entre; y no os abro el apetito regalándoos

alguna cosilla que os dé contento, porque pobre ando, y tal, que por

Dios que me dejaría ahorcar por dos reales.

--El que a buen árbol se arrima,--contestó la tía _Zarandaja_,--buena

sombra le cobija, y de manzanas de oro, y aun con aditamentos de

diamantes, es aquel bajo cuyas frondosas y frescas ramas os habéis

puesto.

--Ya me tarda el oíros, buena madre,--dijo Cervantes;--que grandes cosas

y de mucho provecho han de ser, a lo que me parece, las que tenéis que

decirme.

Púsose en esto la vieja en los labios un dedo como imponiendo silencio a

Cervantes, que a la puerta habían llamado, y con prisa; y llevole a

aquel cuartucho que a lo último del bodegón estaba, como se dijo, y

encerrole, y fuese a abrir la puerta de la calle, y hallose con que era

el señor _Viváis-mil-años_, que venía a su casa.

Entró el rapista tan mudado de la fisonomía que otras veces tenía, que

no le conoció la tía _Zarandaja_.

Venía entre satisfecho y soberbio, y descontento y mohíno.

--¿Y dónde habéis estado, señor _Viváis-mil-años_,--le preguntó la

vieja,--que hoy no se os ha visto el pelo?

--En ayunas vengo, y en ayunas desde anoche, tía _Zarandaja_,--dijo el

rapista,--salvo dos onzas de queso y un panecillo que compré esta mañana

en una tienda, cuando salía de allí, adonde picardías de un mal

familiar, que ya está bien castigado, me llevaron; y venga, venga, tía

_Zarandaja_, la uña de vaca con habas y morcilla, que voy a comerla con

el mismo gusto que si no hubiera comido en mil años.

--Dejadme primero que cierre, que con la alegría de veros, de cerrar la

puerta me he olvidado; y con que pase un alguacil y lo vea, multa

tendremos, y no estamos para esos lujos, que los tiempos andan muy

magros.

Y la tía _Zarandaja_ cerró, y fuese luego a su marmita con una escudilla

de cobre, ancha y honda, que llenó de gazofia, yendo a ponerla, con un

buen pan blanco, a lo que añadió un mediano jarro lleno de vino, delante

del señor _Viváis-mil-años_.

Aplicose éste a la uña y a las habas como si hiciera un siglo que no

había comido, y la tía _Zarandaja_, que estaba sentada de media anqueta

a un extremo de la mesa, esperó en vano a que el rapista la hablase..

Comía, bebía y callaba _Viváis-mil-años_; pero gesticulaba y guiñaba los

ojos alternativamente como hablando consigo mismo, todo lo cual metía

mucho más en curiosidad a la tía _Zarandaja_, que como había visto lo

que doña Guiomar favorecía y lo mucho que amaba a aquel soldado que

tenía encerrado, por favorecer sus amores esperaba mucha cosa.

Tenía la tía _Zarandaja_ sus motivos para que la importase en gran

manera por doña Guiomar y por Cervantes lo que el señor

_Viváis-mil-años_ la dijese, porque el rapista y ella habían hablado

mucho de un cierto señor que andaba sin seso y casi convertido en alma

en pena por la hermosísima viuda.

Miguel de Cervantes escuchaba ávido, con el oído pegado al ojo de la

cerradura; que habíale puesto en cuidado lo que le había prevenido,

haciéndole callar, cuando llamaron a la puerta, y escondiéndole después,

la tía _Zarandaja_.

Pero no oía otra cosa más que el recio mascar del rapista, que era tal

como el de un cerdo, con perdón sea dicho.

No se sabe si el señor _Viváis-mil-años_ había guardado silencio a causa

de su apetito, y por aquello de que oveja que bala bocado pierde, o si

había dudado en lo que tenía que decir a la tía _Zarandaja_, porque

cuando ya la escudilla, o más bien lo que contenía, que no era poco,

había quedado reducido a la mitad, y bebido el primer jarro de vino,

limpiándose la boca con el revés de la mano, dijo:

--En un aprieto me hallo, y tal, mi buena tía _Zarandaja_, que de él no

puedo salir, porque si no hago lo que de mí se quiere, en peligro me

hallo de que me tornen allí de donde me han sacado; y os aseguro que no

ha sido sitio de gusto; que en una mazmorra de la Inquisición me han

tenido, y aunque de hierros no me han cargado, con el recelo de lo que

pudiera sobrevenirme la mitad de las carnes he perdido. Sacome de allí,

horro y sin costas, un bienhechor; pero diciéndome antes de sacarme, que

si no le servia en lo que él había menester, volvería a meterme, y mía

sería la culpa de lo que me sucediese. Prometí yo, que el prometer no

cuesta, y tanto como me pidieron; que cuando en tales aprietos se

encuentra un cristiano, para salir de ellos no mira en pelillos, ni aun

en cabelleras, aunque sean más grandes que aquella del filisteo Samson.

--Mirad, señor _Viváis-mil-años_, que el Divino Nazareno Samson no fue

filisteo, sino el destruidor de ellos por la voluntad de Dios.

--Dios me destruya si sé lo que me digo, tía _Zarandaja_,--contestó el

señor _Viváis-mil-años_;--que este oficio nuestro que traemos tiene

tales quiebras, que a veces nos vemos quebrados por el espinazo; y si yo

hago lo que ese señor quiere, en tratos y comercio, que no me tienen

cuenta puedo verme con la justicia ordinaria; y si no lo hago, es tal

ese señor y tan poderoso, que como de la Inquisición me sacó, puede

meterme otra vez en ella, donde yo me pierda y no vuelva a saberse de

mí; que tal vez me empareden o me entierren vivo. De suerte que, entre

la Inquisición y la horca, no sé qué haga, ni qué deje de hacer, ni por

dónde tire.

--¿Y quién es ese tal y tan poderoso señor que en tales preñeces sin

salida os mete, señor _Viváis-mil-años_?

--¿Pues quién ha de ser, tía _Zarandaja_, más que el capitán don

Baltasar de Peralta, que Dios confunda, que cada vez más empeñado por

esa doña Guiomar de mis culpas, y celoso, y con más furia que una

rabiosa pantera hircana por lo de la música anoche, y porque doña

Guiomar salió a sus miradores a oírla, empeñado está en acabar de una

vez, y en meterle todo a barato, y a salga lo que saliere, aunque lo que

hubiera de salir fuese la destrucción y acabamiento del mundo? Y habéis

de saber, que lo que ese caballero, (maldígale Dios) quiere, no es menos

que meterse esta noche, cuando sea de ella la mitad por filo, en el

jardín de doña Guiomar por las tapias de mi corralejo.

Se le volvió el alma de arriba abajo a Miguel de Cervantes, y temblaba

de cólera, y al mismo tiempo se le alegraba el corazón, porque oyendo

estaba que se le venía a las manos la mejor manera que podía haber

deseado de castigar a don Baltasar de Peralta y libertar de él a su

adorada y ya imposible doña Guiomar.

Continuado había con su plática entretanto _Viváis-mil-años_, y había

dicho:

--Que yo he de servir, mal que me pese, a don Baltasar de Peralta,

veislo harto claro, tía _Zarandaja_; que en casa de la maldita viuda

quiere meterse a la media noche, ya os lo he dicho; y aun pudiera

sufrirse si en entrar solo y por mí guiado, consintiese, que todo ello

sería que, o empeñaría la honra de doña Guiomar, por la violencia de su

pasión atropellada, o ella se defendería y gritaría, y acudirían sus

criados, lo cual, habiéndome yo escurrido a tiempo, nada me importaría,

y él vería cómo salía del empeño en que se había metido. Pero es el caso

que don Baltasar se ha puesto en todo, y con gente dura y resuelta en

casa de doña Guiomar meterse quiere, cosa que puede salir de tal manera

y con una tal tormenta, que el agua llegue a las nubes.

--¿Y a cuento de qué me habéis manifestado todas esas cosas, señor

_Viváis-mil-años?_--dijo la tía _Zarandaja_.

--A cuento de que vos podéis sacarme del aprieto en que me hallo.

--¿Y cómo, si os place, de tal aprieto he de sacaros yo?--dijo, poniendo

muy mal gesto al rapista, la tía _Zarandaja_.--Ya que vos estáis

perdido, ¿queréis que yo me pierda también? ¿Y estas son las buenas

correspondencias de nuestra amistad? Pues de amigos como vos, Dios me

libre, y que yo no los vea jamás sino descuartizados.

--Dios os lo pague por la buena voluntad, que me tenéis, que cuando a

vos vengo a ampararme, porque ya me considero ahorcado, vos me tiráis de

los pies. Y no a que perdáis vengo yo, tía _Zarandaja_, sino a que

ganéis la mitad de mil ducados, que porque le sirva me ha dado don

Baltasar de Peralta. Y vedlos aquí en buenos doblones de a ocho de los

del cuño del emperador.

Y el señor _Viváis-mil-años_ sacó una bolsa de malla de seda verde, con

ricos pasadores de oro, y tan repleta, que casi reventaba.

--La mitad voy a contaros,--continuó _Viváis-mil-años_, corriendo los

pasadores de la bolsa y echando fuera con tiento los doblones para que

no sonaran,--y así no podréis decirme, si os perdéis, que os perdéis

por mi provecho y no por el vuestro. Y sabed, tía _Zarandaja_, que esta

buena hacienda que tomáis, nada tiene que ver con lo que haya de pagarse

a los bravos que con don Baltasar de Peralta, para resguardarle y

asegurarle el golpe, hayan de entrar casa de la hermosa viuda; ni

tampoco lo que haya de darse a los que con una silla de mano esperarán

en mi corral para meter en ella a doña Guiomar, tapada la boca y atada;

y porque vos busquéis a esa buena gente, que vos tenéis más

conocimientos que yo, que no conozco más que pelones y personas de

nonada, muy buenos para bravear de lengua y sin valor alguno para llegar

a los hechos, estas riquezas os doy; que bien sé yo que una docena de

hombres de alma y puños que se necesitan, los encontraréis vos a medio

rodeo; y contando ya con que los buscaréis, porque veo que os vais

guardando estos bendecidos doblones, os digo que no andéis escasa en

prometerles, y con lo que pidieren por su pena y el peligro en que van a

ponerse, a mi casa andad y se os dará lo que fuere menester; y no

reposemos, que las noches son cortas, y las doce se echan encima en

seguida. Así pues, decidme lo que os parezca, y si os pareciere no hacer

lo que se os pide, tornadme esos doblones e ireme yo a otra parte en

donde mejor dispuestos estén a ayudarme.

El alma hubiera dado antes la tía _Zarandaja_ que los doblones, que ya

había sepultado en la honda faltriquera que llevaba debajo de la saya.

Así es que dijo:

--Hablando, las gentes se entienden; y cuanto más honradas son, mejor.

Id y en paz y contento, señor _Viváis-mil-años_, que dentro de media

hora en vuestra casa me tendréis con la razón de lo que sea, y que será

tal, que bien descontentadizo habréis de ser para no contentaros.

Acabose de beber su vino el señor _Viváis-mil-años_, despidiose de la

tía _Zarandaja_, echole esta afuera, cerró la puerta de la calle y fuese

a abrir la del aposentillo en que Cervantes toda la conversación que

acababa de pasar había escuchado.

Estaba nuestro mozo pálido de cólera, y a duras penas se contenía.

Y tan feroz miraba, que de miedo, se echó a temblar la tía _Zarandaja_,

y por satisfacerle, y temiendo no empezase por ella con algo que no muy

del gusto de ella fuese, se apresuró a decirle:

--Pues que yo no puse punto en boca al señor _Viváis-mil-años_ cuando en

tales honduras se metía, claro os he dado, señor mío, a entender, que mi

intento era que todo lo supieseis; y si todo lo habéis oído, vos diréis

lo que haya de hacerse, que a vuestro mandato me pongo, y estos dineros

que el señor _Viváis-mil-años_ me ha dejado, dispuesta estoy a

entregaros.

--Guardadlos, tía _Zarandaja_, que pocos son, y una mínima parte

comparados con lo que doña Guiomar os dará cuando sepa de qué manera la

habéis servido.

--Venga ahora el mandato de lo que quisiereis,--dijo la tía _Zarandaja_.

--Pues dígoos,--respondió Cervantes,--que hagáis como si yo nada supiera

y como si quisierais servir a ese don Baltasar de Peralta.

--Ved lo que hacéis, o más bien lo que pensáis hacer, señor

soldado,--dijo la tía _Zarandaja_, mirando con asombro a Cervantes;--que

en una temeridad tal podíais dar, que os cueste cara; que no querría yo

que a un mozo tal como vos, que sois un pino de oro, y tan amado por una

tal y tan rica hembra de la hermosura como doña Guiomar, le aconteciese

una desgracia; que no me consolaría de ella en todos los días de mi

vida.

--Nada se os dé por eso,--dijo Cervantes,--y dejad a cada cual que allá

vaya adonde le parezca bien ir, y haced vos lo que os he dicho, que así

conviene que sea. Y sin más, quedaos con Dios y hasta la vista, que no

será sino para premiaros largamente por lo bien que nos habréis servido.

Y como la tía _Zarandaja_ quisiese replicar, impúsola Cervantes

silencio, mandola abriese la puerta, saliose, y de allí a gran paso

fuese a casa de doña Guiomar, y allegándose al postigo del jardín llamó,

y abrió Florela, que harto cuidadosa por la gravedad de los sucesos que

habían sobrevenido, por allí andaba esperando.

El manco de Lepanto episodio de la vida del príncipe de los ingenios, Miguel de Cervantes-Saavedra · 第 32 / 40 题