XVI

En que se ve cuán dura tenía la Inquisición la mano, aun para sus

familiares, y cuánta fuerza, cuánta virtud y cuánta prudencia doña

Guiomar para encubrir sus amarguras.

Había acudido doña Guiomar desasosegada y con disgusto a la visita del

señor Ginés de Sepúlveda, al que encontró todo mezquino y encogido, y

tan espantado como quien se cree en un gravísimo peligro.

Miraba a doña Guiomar cual si hubiera sido cosa del otro mundo, y con

tal avaricia y tal miedo, en que la misma ansia con que la miraba le

ponía, que tanto movía a lástima como a risa su extraña catadura.

Hízole una profunda reverencia en entrando doña Guiomar, y luego fue a

sentarse en el canapé.

Saludole, y le convidó a que se sentase.

Hízolo el menguado, quedándose tan encogido y tan temeroso como cuando

estaba de pie, y continuó mirándola de la misma manera absorta,

codiciosa y espantada.

--En mal hora para mí y para castigo de mis culpas,--dijo con la voz

balbuciente,--fui yo a esta casa venido anoche; y no os digo por qué,

aunque bien podéis figuraros la causa; que prohibido me está

severísimamente, y bajo pena de grave censura, el que más de la cuita en

que estoy agonizando hable, ni con vos ni con nadie, ni aun conmigo

mismo: quejas hanse dado hoy a la Inquisición, porque en vez de

prenderos a vos, señora, al rapista _Viváis-mil-años_ prendí; y yo no sé

quién pudo dar esta queja; pero es lo cierto, que puesto que el rapista

haya dado en otras ocasiones motivos o sospechas para que la Inquisición

le prenda o le aperciba, por lo de ahora limpio está de acusaciones y

sospechas, y le han soltado, y en su casa se halla, insolente y ufano y

satisfecho, diciendo que a un tal católico apostólico romano como él, no

hay quien en materias de fe le meta el diente, y que si hay malos

ministros que, por servir a hermosas damas, a los buenos católicos

llevan a la Inquisición a encerrarlos, este tribunal, en su justicia y

en su sabiduría, al atropellado suelta y le satisface, y a sus

temerarios o tal vez malévolos familiares, que a tanto osan, reprende,

apercibe y penitencia. Y la Inquisición hame obligado, después de

haberme enderezado una severa y dura amonestación, a que a buscar venga

al tal rapista, y ante él me ponga, y perdón por el desaguisado que

dicen que contra él he hecho, y que sin duda he debido de hacer, porque

la Inquisición no se engaña ni puede engañarse, le pida. Mucha mano ha

debido de haber en todo esto; que la Inquisición no suelta tan aínas al

que una vez en sus prisiones coge, aunque luego resulte inocente. A un

mes de convento y de ayuno y de penitencia me han sentenciado, a más de

a la demanda del perdón del rapista, que ya he solicitado, y en cuyo

acto de humildad, que la Santa Inquisición se ha dignado imponerme, he

sufrido cuantas insolencias pueden decirse y son imaginables, de la boca

del rapista. Y otrosí, como la Inquisición haya notado que yo no tenía

al pecho su medalla, y por ella me haya pedido, y yo, no atreviéndome ni

debiéndome atrever a engañar a la Santa Inquisición, la verdad haya

respondido, por esto se me ha castigado con suspensión del oficio y de

las preeminencias que en la Inquisición tengo, por un año; se me ha

impuesto una multa de cien ducados para obras pías, y se me ha mandado

que a vos venga y la medalla os pida, y os aperciba para que de ahora en

adelante, y en toda vuestra vida no volváis a solicitar su posesión, que

por ser vos persona extraña al Santo Oficio, y sobre todo hembra, no

podéis poseerla ni aun tocarla, sin incurrir en una especie de pecado,

que no es verdaderamente sacrilegio, ni deja de serlo; y que cuando os

haya reprendido bien sobre esto, y apercibídoos y anunciádoos que tiene

puesto la Inquisición sobre vos su ojo perspicaz y escudriñador, que

todo lo ve y lo descubre, y lo juzga y lo castiga, la medalla os pida y

a entregarla al Santo Oficio vaya, después de lo cual me llevarán a los

capuchinos de la Paciencia, bien recomendado para que a severos

ejercicios se me someta, y en rigoroso ayuno y encierro se me ponga.

Conque así, señora, cumplido ya lo de la reprensión y el advertimiento,

que bien a mi pesar os he hecho, la medalla dadme, y con ella la

licencia de que vuestras manos bese, y a cumplir la penitencia que se me

ha impuesto vaya.

Dijo todo esto el familiar con voz desfallecida y con ansias, y de tal

manera, que para no perder algunas palabras, doña Guiomar tuvo que

aguzar el oído.

Y no se rió, porque no era para que riese el saber que estaba vigilada y

acechada por la Inquisición, y porque hubiera sido además poca caridad,

según aparecía de acabado y casi moribundo el señor Ginés de Sepúlveda.

Apresurose la hermosa indiana a sacarse la medalla del pecho y su cordón

por la cabeza, y dándosela al familiar, le dijo:

--Tomad, que más valiera que no vinierais nunca, si tal había de

costaros el haber venido y en tal cuidado había de poneros.

Y aquí cortara la visita doña Guiomar, y al señor Ginés de Sepúlveda

dejara irse, por volver cuanto antes al jardín, impulsada por el ansia

en que la tenía el haber dejado a solas y en lugar apartado y espeso a

Miguel de Cervantes y a Margarita; que sobresaltada estaba la

hermosísima viuda, y celosa y con toda el alma puesta en el jardín,

antojándosela que oía ternezas y veía rendimientos que Cervantes

prodigaba a Margarita.

Pero aquello de haber soltado la Inquisición tan presto al maleante

rapista, y lo que el asendereado familiar había dicho de que en aquello

debía de haber habido mucha mano, y lo del apercibimiento, y la

reprensión, habíanla puesto muy en cuidado y en la necesidad de

averiguar acerca de esto lo más que pudiese.

Así es, que habiéndose puesto de pie el señor Ginés de Sepúlveda para

despedirse en el punto en que tuvo pendiente otra vez de su cuello

aquella malhadada medalla, que si no la tuviera en su vida en aquellos

aprietos de amor no se hallara, ni penitenciado ni castigado por el

Santo Oficio se viera, díjole:

--No tan pronto, señor mío; sentaos otra vez, yo os lo ruego, que puesto

que haya persona que mida el tiempo que en mi casa permaneciereis,

aunque este tiempo se alargue, bien podrá creer que en la larga y

severa reprensión que os mandaron me hicierais vos le empleasteis; y yo

tengo que preguntaros algunas cosas, que para mí son de mucho momento, y

no dejéis de decírmelas si las sabéis, aunque no sea más que por esa

entrañable afición que decís tenerme.

--En esto no hablemos,--dijo desfalleciendo el familiar,--que prohibido

me está, como os he dicho, de esto hablaros, ni aun pensar en ello, so

pena de gravísimos castigos; pero no tratándose de esto, y siendo verdad

que por la dura comisión que he traído entretener un tanto puedo el

tiempo sin que a mala parte se eche, preguntadme lo que de mí saber

queréis, que yo os responderé en verdad, porque yo nunca he mentido.

--Habeisme dicho,--dijo doña Guiomar, en tanto que el señor Ginés de

Sepúlveda otra vez se sentaba, quedando tan encogido como antes,--que la

libertad del rapista tan presto como ha sido, no ha podido ser sin que

en ello haya habido mucha mano.

--Eso he dicho, señora,--contestó el familiar,--porque tengo la larga

experiencia de que las cosas del Santo Oficio de la General Inquisición

nunca fueron tan de prisa; pero no sabré deciros cuya sea la grande

influencia que tal y tan extraña cosa he causado; y que no ha habido

influjos de tal monta, que a ellos el Santo Oficio no haya podido

negarse, no me lo digan a mi, que el mismo rapista en su insolencia me

lo ha dado a entender, diciéndome:

»--Pues qué, familiarcillo mezquino y simplote que tú eres, ¿creías tú

que yo era un gusano así tan desamparado, que podías echar mano de él a

tu placer y a horro, sin que el gato te se viniera a las barbas? Anda,

anda, y buena pro te haga, que por el año de mi abuela, que yo no la

conocí, ni sé quién fuese, que las has de pagar a ayunos y vahídos y

hasta con las setenas: pues qué, ¿soy yo ahí una nonada, y no tengo yo

aldabas a que agarrarme, y tales, que no digo yo de ti, sino de la

mismísima Gorgona que de mí hiciera presa me librara? Anda, anda,

menguadillo, bobalicón y mentecato, y atrévete otra vez a personas que,

como yo, tanto valen.»

--Hinchádole hubiera yo la cara a mogicones al tal rapista, y aun siendo

mujer, si tal a decirme se atreviera,--exclamó doña Guiomar

irritada;--que yo no sé para qué os ha hecho Dios hombre, señor Ginés de

Sepúlveda; y cosas son estas más para vistas que para oídas, porque no

viéndolas parecen imposibles.

--Atado enviome a ese barbero el Santo Tribunal, por su mandato de ir a

demandarle perdón de mi culpa; y el que perdón humilde pide, al tanto se

está de la reprensión que le endilguen, y no puede hacer otra cosa que

sufrirla, y sufrirla con paciencia, si el acto de humildad que se le

manda ha de ser provechoso para su alma.

--¿De manera,--dijo con impaciencia doña Guiomar, dando con el breve pie

sobre la estera,--que vos no sabéis, ni aun sospecháis, quién sea el que

su mucha mano ha interpuesto en favor del rapista, para con el Santo

Oficio?

--Ignorolo, señora, y aunque averiguarlo pudiese, guardaríame bien de

ello; que cuando de esa persona que yo supongo tanto caso ha hecho el

Santo Tribunal de la Fe, gran persona y respetabilísima debe ser ella.

--Vaya,--dijo doña Guiomar de todo punto disgustada y mohína,--pues que

de nada podéis servirme, señor Ginés de Sepúlveda, y estáis ahí inquieto

y desasosegado como si asentareis sobre alfileres, idos en buen hora, y

no os digo que cuando escapéis de vuestra penitencia podéis venir a

visitarme como un buen amigo, porque se me antoja que mi casa ha de

causaros espanto, por creerla lugar de perdición para vuestra alma.

--En ella se queda la desventurada,--exclamó poniéndose de pie y dando

un hipido el señor Ginés de Sepúlveda,--y ya, señora, que veis que de

vos tan mal aventurado me aparto, y tan castigado y doliente, acordaos

de mí en vuestras oraciones, que puede ser que Dios os oiga, y por

vuestro ruego la paz del alma me vuelva que he perdido.

Y haciendo un puchero, miró a través de sus lágrimas tan ansiosa y

miserablemente a doña Guiomar, que ésta, no embargante los amargos

cuidados en que estaba, sintió por él lástima.

Fuese el familiar, y doña Guiomar quedose toda confusiones, toda

temores, toda celos, toda amargura. Y así, ensimismada en sus

pensamientos, y la bella color trocada, y el semblante grave y apenado,

estúvose inmóvil una gran pieza, hasta que de improviso alzose, y sus

ojos ardieron, y hacia el jardín se volvieron, que a él daban las

ventanas de la sala, como si a través de las paredes ver hubiera querido

lo que en el sombroso cenador del jardín pasaba, y hacia la puerta fuese

rápida; y antes de que a ella llegara, abriose la mampara y apareció

Florela, la fiel doncella, toda descompuesta y airada, y tan pálida, que

un viviente cadáver parecía.

--Malas noticias me traes, Florela,--dijo doña Guiomar;--en tu semblante

las leo: habla, no tardes; ¿qué desdicha tan grande me sucede, que así,

por la mucha lealtad que me tienes, te ha puesto?

--Echáralos yo a palos de lacayos, si señora y no criada fuese, a esos

desvergonzados, ingratos y mal nacidos; y poco castigo sería, que su

bajeza y su atrevimiento bien merecen la muerte.

De ella fueron las agonías que, en oyendo esto a Florela, sintió doña

Guiomar, y tales, que por algún tiempo, aunque quiso hablar no pudo; que

harto claro vio su desdicha en las razones de Florela; pero como el

alma, cuando prueba la amargura, de ella parece hambrienta y más busca

desesperada, doña Guiomar hizo que Florela la contase punto por punto

cuanto había visto y oído; y ella no fue escasa, que a su señora dijo

mucho más de lo que hubiera querido saber, y de una manera tan clara,

que no pudo caberla duda de que Miguel de Cervantes a Margarita había

empeñado su corazón y su honra.

Reprimiose, sin embargo, doña Guiomar, dominó su corazón, contuvo las

lágrimas que a los ojos se la salían, serenose, y dijo a Florela:

--Y bien mirado, ¿qué es de todo esto lo que a mí me importa? A tiempo

he sido desengañada; de ello me alegro; allá ellos; con su pan se lo

coman, que no ha de faltarme a mí marido, y bueno, si alguna vez lo

quisiese; y encárgote, Florela, que acerca de esto guardes un grande

secreto, o que más bien lo que sabes olvides; esta es la mejor manera de

que el secreto se guarde.

Callose en diciendo esto doña Guiomar, y quedose tan tranquila y tan

conforme en la apariencia, que Florela, aunque no era lerda, se engañó y

creyó que a su ama la iba muy poco en la infidelidad de su amante, y

alegrose, porque la fiel muchacha amaba grandemente a su señora.

Enviola esta a sus quehaceres, y acabando de componer su semblante, y

resuelta a no dar ni el más leve indicio de saber lo que sucedía,

encaminose al jardín, en el que apareció, y poco después en el cenador,

sombroso teatro de su mala fortuna, de tal manera tranquila y al parecer

contenta, que Cervantes se alegró y Margarita perdió el miedo que la

había acometido al sentir los pasos de doña Guiomar.

El manco de Lepanto episodio de la vida del príncipe de los ingenios, Miguel de Cervantes-Saavedra · 第 31 / 40 题