En que se ve cuán dura tenía la Inquisición la mano, aun para sus
familiares, y cuánta fuerza, cuánta virtud y cuánta prudencia doña
Guiomar para encubrir sus amarguras.
Había acudido doña Guiomar desasosegada y con disgusto a la visita del
señor Ginés de Sepúlveda, al que encontró todo mezquino y encogido, y
tan espantado como quien se cree en un gravísimo peligro.
Miraba a doña Guiomar cual si hubiera sido cosa del otro mundo, y con
tal avaricia y tal miedo, en que la misma ansia con que la miraba le
ponía, que tanto movía a lástima como a risa su extraña catadura.
Hízole una profunda reverencia en entrando doña Guiomar, y luego fue a
sentarse en el canapé.
Saludole, y le convidó a que se sentase.
Hízolo el menguado, quedándose tan encogido y tan temeroso como cuando
estaba de pie, y continuó mirándola de la misma manera absorta,
codiciosa y espantada.
--En mal hora para mí y para castigo de mis culpas,--dijo con la voz
balbuciente,--fui yo a esta casa venido anoche; y no os digo por qué,
aunque bien podéis figuraros la causa; que prohibido me está
severísimamente, y bajo pena de grave censura, el que más de la cuita en
que estoy agonizando hable, ni con vos ni con nadie, ni aun conmigo
mismo: quejas hanse dado hoy a la Inquisición, porque en vez de
prenderos a vos, señora, al rapista _Viváis-mil-años_ prendí; y yo no sé
quién pudo dar esta queja; pero es lo cierto, que puesto que el rapista
haya dado en otras ocasiones motivos o sospechas para que la Inquisición
le prenda o le aperciba, por lo de ahora limpio está de acusaciones y
sospechas, y le han soltado, y en su casa se halla, insolente y ufano y
satisfecho, diciendo que a un tal católico apostólico romano como él, no
hay quien en materias de fe le meta el diente, y que si hay malos
ministros que, por servir a hermosas damas, a los buenos católicos
llevan a la Inquisición a encerrarlos, este tribunal, en su justicia y
en su sabiduría, al atropellado suelta y le satisface, y a sus
temerarios o tal vez malévolos familiares, que a tanto osan, reprende,
apercibe y penitencia. Y la Inquisición hame obligado, después de
haberme enderezado una severa y dura amonestación, a que a buscar venga
al tal rapista, y ante él me ponga, y perdón por el desaguisado que
dicen que contra él he hecho, y que sin duda he debido de hacer, porque
la Inquisición no se engaña ni puede engañarse, le pida. Mucha mano ha
debido de haber en todo esto; que la Inquisición no suelta tan aínas al
que una vez en sus prisiones coge, aunque luego resulte inocente. A un
mes de convento y de ayuno y de penitencia me han sentenciado, a más de
a la demanda del perdón del rapista, que ya he solicitado, y en cuyo
acto de humildad, que la Santa Inquisición se ha dignado imponerme, he
sufrido cuantas insolencias pueden decirse y son imaginables, de la boca
del rapista. Y otrosí, como la Inquisición haya notado que yo no tenía
al pecho su medalla, y por ella me haya pedido, y yo, no atreviéndome ni
debiéndome atrever a engañar a la Santa Inquisición, la verdad haya
respondido, por esto se me ha castigado con suspensión del oficio y de
las preeminencias que en la Inquisición tengo, por un año; se me ha
impuesto una multa de cien ducados para obras pías, y se me ha mandado
que a vos venga y la medalla os pida, y os aperciba para que de ahora en
adelante, y en toda vuestra vida no volváis a solicitar su posesión, que
por ser vos persona extraña al Santo Oficio, y sobre todo hembra, no
podéis poseerla ni aun tocarla, sin incurrir en una especie de pecado,
que no es verdaderamente sacrilegio, ni deja de serlo; y que cuando os
haya reprendido bien sobre esto, y apercibídoos y anunciádoos que tiene
puesto la Inquisición sobre vos su ojo perspicaz y escudriñador, que
todo lo ve y lo descubre, y lo juzga y lo castiga, la medalla os pida y
a entregarla al Santo Oficio vaya, después de lo cual me llevarán a los
capuchinos de la Paciencia, bien recomendado para que a severos
ejercicios se me someta, y en rigoroso ayuno y encierro se me ponga.
Conque así, señora, cumplido ya lo de la reprensión y el advertimiento,
que bien a mi pesar os he hecho, la medalla dadme, y con ella la
licencia de que vuestras manos bese, y a cumplir la penitencia que se me
ha impuesto vaya.
Dijo todo esto el familiar con voz desfallecida y con ansias, y de tal
manera, que para no perder algunas palabras, doña Guiomar tuvo que
aguzar el oído.
Y no se rió, porque no era para que riese el saber que estaba vigilada y
acechada por la Inquisición, y porque hubiera sido además poca caridad,
según aparecía de acabado y casi moribundo el señor Ginés de Sepúlveda.
Apresurose la hermosa indiana a sacarse la medalla del pecho y su cordón
por la cabeza, y dándosela al familiar, le dijo:
--Tomad, que más valiera que no vinierais nunca, si tal había de
costaros el haber venido y en tal cuidado había de poneros.
Y aquí cortara la visita doña Guiomar, y al señor Ginés de Sepúlveda
dejara irse, por volver cuanto antes al jardín, impulsada por el ansia
en que la tenía el haber dejado a solas y en lugar apartado y espeso a
Miguel de Cervantes y a Margarita; que sobresaltada estaba la
hermosísima viuda, y celosa y con toda el alma puesta en el jardín,
antojándosela que oía ternezas y veía rendimientos que Cervantes
prodigaba a Margarita.
Pero aquello de haber soltado la Inquisición tan presto al maleante
rapista, y lo que el asendereado familiar había dicho de que en aquello
debía de haber habido mucha mano, y lo del apercibimiento, y la
reprensión, habíanla puesto muy en cuidado y en la necesidad de
averiguar acerca de esto lo más que pudiese.
Así es, que habiéndose puesto de pie el señor Ginés de Sepúlveda para
despedirse en el punto en que tuvo pendiente otra vez de su cuello
aquella malhadada medalla, que si no la tuviera en su vida en aquellos
aprietos de amor no se hallara, ni penitenciado ni castigado por el
Santo Oficio se viera, díjole:
--No tan pronto, señor mío; sentaos otra vez, yo os lo ruego, que puesto
que haya persona que mida el tiempo que en mi casa permaneciereis,
aunque este tiempo se alargue, bien podrá creer que en la larga y
severa reprensión que os mandaron me hicierais vos le empleasteis; y yo
tengo que preguntaros algunas cosas, que para mí son de mucho momento, y
no dejéis de decírmelas si las sabéis, aunque no sea más que por esa
entrañable afición que decís tenerme.
--En esto no hablemos,--dijo desfalleciendo el familiar,--que prohibido
me está, como os he dicho, de esto hablaros, ni aun pensar en ello, so
pena de gravísimos castigos; pero no tratándose de esto, y siendo verdad
que por la dura comisión que he traído entretener un tanto puedo el
tiempo sin que a mala parte se eche, preguntadme lo que de mí saber
queréis, que yo os responderé en verdad, porque yo nunca he mentido.
--Habeisme dicho,--dijo doña Guiomar, en tanto que el señor Ginés de
Sepúlveda otra vez se sentaba, quedando tan encogido como antes,--que la
libertad del rapista tan presto como ha sido, no ha podido ser sin que
en ello haya habido mucha mano.
--Eso he dicho, señora,--contestó el familiar,--porque tengo la larga
experiencia de que las cosas del Santo Oficio de la General Inquisición
nunca fueron tan de prisa; pero no sabré deciros cuya sea la grande
influencia que tal y tan extraña cosa he causado; y que no ha habido
influjos de tal monta, que a ellos el Santo Oficio no haya podido
negarse, no me lo digan a mi, que el mismo rapista en su insolencia me
lo ha dado a entender, diciéndome:
»--Pues qué, familiarcillo mezquino y simplote que tú eres, ¿creías tú
que yo era un gusano así tan desamparado, que podías echar mano de él a
tu placer y a horro, sin que el gato te se viniera a las barbas? Anda,
anda, y buena pro te haga, que por el año de mi abuela, que yo no la
conocí, ni sé quién fuese, que las has de pagar a ayunos y vahídos y
hasta con las setenas: pues qué, ¿soy yo ahí una nonada, y no tengo yo
aldabas a que agarrarme, y tales, que no digo yo de ti, sino de la
mismísima Gorgona que de mí hiciera presa me librara? Anda, anda,
menguadillo, bobalicón y mentecato, y atrévete otra vez a personas que,
como yo, tanto valen.»
--Hinchádole hubiera yo la cara a mogicones al tal rapista, y aun siendo
mujer, si tal a decirme se atreviera,--exclamó doña Guiomar
irritada;--que yo no sé para qué os ha hecho Dios hombre, señor Ginés de
Sepúlveda; y cosas son estas más para vistas que para oídas, porque no
viéndolas parecen imposibles.
--Atado enviome a ese barbero el Santo Tribunal, por su mandato de ir a
demandarle perdón de mi culpa; y el que perdón humilde pide, al tanto se
está de la reprensión que le endilguen, y no puede hacer otra cosa que
sufrirla, y sufrirla con paciencia, si el acto de humildad que se le
manda ha de ser provechoso para su alma.
--¿De manera,--dijo con impaciencia doña Guiomar, dando con el breve pie
sobre la estera,--que vos no sabéis, ni aun sospecháis, quién sea el que
su mucha mano ha interpuesto en favor del rapista, para con el Santo
Oficio?
--Ignorolo, señora, y aunque averiguarlo pudiese, guardaríame bien de
ello; que cuando de esa persona que yo supongo tanto caso ha hecho el
Santo Tribunal de la Fe, gran persona y respetabilísima debe ser ella.
--Vaya,--dijo doña Guiomar de todo punto disgustada y mohína,--pues que
de nada podéis servirme, señor Ginés de Sepúlveda, y estáis ahí inquieto
y desasosegado como si asentareis sobre alfileres, idos en buen hora, y
no os digo que cuando escapéis de vuestra penitencia podéis venir a
visitarme como un buen amigo, porque se me antoja que mi casa ha de
causaros espanto, por creerla lugar de perdición para vuestra alma.
--En ella se queda la desventurada,--exclamó poniéndose de pie y dando
un hipido el señor Ginés de Sepúlveda,--y ya, señora, que veis que de
vos tan mal aventurado me aparto, y tan castigado y doliente, acordaos
de mí en vuestras oraciones, que puede ser que Dios os oiga, y por
vuestro ruego la paz del alma me vuelva que he perdido.
Y haciendo un puchero, miró a través de sus lágrimas tan ansiosa y
miserablemente a doña Guiomar, que ésta, no embargante los amargos
cuidados en que estaba, sintió por él lástima.
Fuese el familiar, y doña Guiomar quedose toda confusiones, toda
temores, toda celos, toda amargura. Y así, ensimismada en sus
pensamientos, y la bella color trocada, y el semblante grave y apenado,
estúvose inmóvil una gran pieza, hasta que de improviso alzose, y sus
ojos ardieron, y hacia el jardín se volvieron, que a él daban las
ventanas de la sala, como si a través de las paredes ver hubiera querido
lo que en el sombroso cenador del jardín pasaba, y hacia la puerta fuese
rápida; y antes de que a ella llegara, abriose la mampara y apareció
Florela, la fiel doncella, toda descompuesta y airada, y tan pálida, que
un viviente cadáver parecía.
--Malas noticias me traes, Florela,--dijo doña Guiomar;--en tu semblante
las leo: habla, no tardes; ¿qué desdicha tan grande me sucede, que así,
por la mucha lealtad que me tienes, te ha puesto?
--Echáralos yo a palos de lacayos, si señora y no criada fuese, a esos
desvergonzados, ingratos y mal nacidos; y poco castigo sería, que su
bajeza y su atrevimiento bien merecen la muerte.
De ella fueron las agonías que, en oyendo esto a Florela, sintió doña
Guiomar, y tales, que por algún tiempo, aunque quiso hablar no pudo; que
harto claro vio su desdicha en las razones de Florela; pero como el
alma, cuando prueba la amargura, de ella parece hambrienta y más busca
desesperada, doña Guiomar hizo que Florela la contase punto por punto
cuanto había visto y oído; y ella no fue escasa, que a su señora dijo
mucho más de lo que hubiera querido saber, y de una manera tan clara,
que no pudo caberla duda de que Miguel de Cervantes a Margarita había
empeñado su corazón y su honra.
Reprimiose, sin embargo, doña Guiomar, dominó su corazón, contuvo las
lágrimas que a los ojos se la salían, serenose, y dijo a Florela:
--Y bien mirado, ¿qué es de todo esto lo que a mí me importa? A tiempo
he sido desengañada; de ello me alegro; allá ellos; con su pan se lo
coman, que no ha de faltarme a mí marido, y bueno, si alguna vez lo
quisiese; y encárgote, Florela, que acerca de esto guardes un grande
secreto, o que más bien lo que sabes olvides; esta es la mejor manera de
que el secreto se guarde.
Callose en diciendo esto doña Guiomar, y quedose tan tranquila y tan
conforme en la apariencia, que Florela, aunque no era lerda, se engañó y
creyó que a su ama la iba muy poco en la infidelidad de su amante, y
alegrose, porque la fiel muchacha amaba grandemente a su señora.
Enviola esta a sus quehaceres, y acabando de componer su semblante, y
resuelta a no dar ni el más leve indicio de saber lo que sucedía,
encaminose al jardín, en el que apareció, y poco después en el cenador,
sombroso teatro de su mala fortuna, de tal manera tranquila y al parecer
contenta, que Cervantes se alegró y Margarita perdió el miedo que la
había acometido al sentir los pasos de doña Guiomar.