De como Cervantes oyó el fin de la historia de Margarita entre las
cabilaciones que le causaba el no saber adónde le llevaría la
historia de sus amores.
Receloso estaba Cervantes, sospechando lo que acontecía, esto es, que
testigos había habido de su repentino e inevitable delirio; y no
sospechando nada de esto por su inocencia Margarita, y dominando cuanto
pudo las huellas que en su semblante quedaban del frenesí de amor que
por ella había pasado, con voz dulce y enamorada dijo:
--Pues lo que contar de mis desdichas queda es tan breve, señor de mi
alma, que muy presto habré terminado; mucho antes quizá de que doña
Guiomar venga; que Dios sabe cuán largos pueden ser los asuntos por los
que la Inquisición la busca.
Con estas palabras avivado había Margarita el fuego de la celosa rabia
de Cervantes, que se arrepentía más y más de su pasada, pero irreparable
debilidad y ligereza.
Mantúvose, sin embargo, sereno, y Margarita continuó:
--Por curarme de las tristezas en que la ausencia de Gaspar de Valcárcel
me había puesto, aunque yo, por lo que siento ahora conozca, ¡ay de mí!
harto bien no era amor lo que por mi ausente enamorado sentía, ni viso,
ni aun sombra de ello, trajéronme mis padres, como ya he dicho, a la
populosa Sevilla, ansiosos porque mis melancolías tuviesen término en un
nuevo amor; que yo era muchacha, y a la juventud no hay que pedirla
reflexión ni firmeza; que no hay firmeza sin reflexión, y las jóvenes
plantas que cuando dejan de ser halagadas por el dulce céfiro se
doblegan mustias, otras céfiros las alientan y reviven; y céfiro es para
la mujer el primer amor que apenas si su inocente alma conmueve; amor de
la inocencia, que en nada se parece a este otro amor de la vida, que por
vos, señor de mi alma, me abrasa y me devora, y de tal manera, que me
parece que no es mía la vida que vivo, sino que en vuestra vida aliento,
y en medio de vuestras propias entrañas, y que en mis entrañas os
siento; pues, como decía, aunque mis padres tenían una tal cual
hacienda, por la que en el pueblo por ricos eran tenidos y respetados, y
como ricos vivían, no era esta hacienda cosa bastante para sufragar los
dispendios a que les obligaban las galas y las joyas con que para
llevarme a las principales casas, de Sevilla necesitaban ataviarme y
prenderme; y como mis melancolías y pesadumbres no cesaban, y llamaban
hermosura al pobre parecer mío los galanes de la populosa y regocijada
Sevilla, y con pretensiones me asediaban, sin que yo de mis melancolías
y negro humor me curase, esforzábanse mis padres, y acrecían sus
dispendios, y hasta llegaron a poner gran casa donde pudiesen tener
lugar saraos y representaciones de pasos y comedias; que así los
tristes, que por no tener más hija que yo, en mí sus ojos y su alma y
todo el amor de su corazón habían puesto, creían dar alegría a mis
tristezas, alivio a mis pesares, y ponerme más y más en ocasión de que
algún gentil y joven caballero de mí se enamorase, y fuese tal que yo no
pudiese menos de amarle; pero esto no acontecía; que para mí los hombres
eran como si no los hubiese, y en vez de agradarme me martirizaban con
sus solicitudes, y mis tristezas y mi desabrimiento aumentaban; y en
balde dábanme música, y en balde escribíanme versos en que me comparaban
con el sol, con la luna y con las estrellas, con el cielo y con la
tierra, con las praderas y las selvas, con las flores y los céfiros; yo
no leía estas composiciones, sino que, desdeñándolas, las rompía o las
quemaba; y si yo las guardara, bien hubieran podido hacerse con ellas
dos o tres gruesos libros infolio. Vendido había mi padre su hacienda
para sufragar los diparatados gastos en que por amor mío se había
metido, y puesto el dinero a ganancia casa de genoveses; pero la
ganancia del dinero no alcanzaba ni con mucho a aquel loco y continuo
gastar de mi padre, y fue necesario al propio dinero recurrir quitándole
de la ganancia; tal era la ceguedad de mi padre, tal la vehemencia de su
amor por mí, que en aquel camino de perdición no se detuvo, esperando
siempre que algún poderoso magnate de mí se prendase, y yo le
correspondiese y nos casásemos, y todo viniese por último a un fin
próspero; que tal era la idolatría que mi padre tenía por mí, que no se
le figuraba menos que yo era la única mujer hermosa que en la tierra
había, en cuya creencia le ayudaba el ver que las gentes que a mi casa
iban y que en paseo nos encontraban, y en las comedias, y en las
iglesias, se desojaban mirándome, y tras mí se iban y ansiosamente me
pretendían.
Llegó al fin un punto en que, no habiendo habido hombre que en él
reparar me hiciese, y por el que en nada mi malaventura del alma se
aliviase, mi padre llegó al fin y remate de su hacienda, y no
rindiéndose aún y esperando siempre el ave-fénix que conmigo había de
casarse, pidió dinero prestado, que cuando los plazos se cumplieron no
pudo pagar; de modo que, conocida la pobreza de mi padre, nadie fue
osado a prestarle un solo maravedí; más bien los acreedores embargáronle
cuanto en la casa había: muebles, tapices, carroza, y aun la misma ropa
y alhajas de mi madre y mías; y como mi padre se viese en medio de la
calle con mi madre y conmigo, sin poder volver a nuestro pueblo, porque
en él nada nos quedaba, y sin tener otro refugio que la pobre casa de un
fiel criado que de nuestras bien merecidas desdichas condoliose,
enfermó, y de tal y tan grave manera, que al hospital de San Juan de
Dios fue necesario conducirle; que el criado que nos amparaba no tenía
fuerzas para otra cosa; y allí el desgraciado, perdida ya toda
esperanza, comido del remordimiento de la miseria en que a mi madre y a
mí nos había puesto, muriose, y de caridad le enterraron no lejos del
sitio en que esta mañana fue sepultada mi desventurada madre, en ese
cementerio del Salvador, adonde vos, movido a compasión por mi desgracia
y mi soledad, me seguisteis. No aprovechábamos mi madre ni yo para
sustentarnos con nuestro trabajo, que trabajar no sabíamos, como no
fuese el soportar por amor de Dios nuestras nunca oídas y agudísimas
desgracias.
Trabajaba para nosotras, que se quitaba la vida, él bueno de Francisco;
pero viejo, también adoleció, y al hospital se lo llevaron, y otro día
fuimos acompañando su cadáver como habíamos acompañado el de mi padre.
Cerrábase todo para nosotras, y de tal manera, que el cielo que todos
veían azul y sereno, nosotras le veíamos nublado y siniestro, preñado de
tempestades, y entre sus neblinas caliginosas parecíanos ver la muerte
que cruzaba y sobre nosotras descendía, amenazándonos con su horrible
guadaña.
Algunos de los amigos que tuvimos en aquellos tiempos que la locura de
mi padre (¡Dios le perdone!) hizo que pata nosotras pareciesen
prósperos, nos socorrieron; pero no hay quien socorra una necesidad
continua: la amistad se cansa pronto; que para la miseria no hay amigos,
y si la caridad subsiste algún tiempo más, acaba al fin por entibiarse y
por convertir su ardiente fuego en duro hielo. Hace cuatro meses desto,
y ya mi madre, por amor mío, había pretendido salir a mendigar de noche,
yéndose a las puertas de las iglesias donde había ejercicios; y yo por
mí no se lo hubiera consentido, pero por ella consentilo y acompañela, y
ambas a dos, en cuanto la noche cerraba, a la iglesia más próxima donde
había ejercicios nos íbamos, y a su puerta nos poníamos rebozadas, y aun
a pesar del rebozo avergonzadas, y trémulas, y poco menos que
agonizando.
Caían algunos maravedís en nuestras heladas manos, y para el pan sacamos
la primera noche; pero la segunda, los mendigos de oficio que allí
acudan, y que la noche anterior de nosotras se habían apercibido, nos
echaron, llenándonos de improperios, diciéndonos que les hacíamos
perjuicio, y que como éramos pobres nuevos, si habíamos de seguir
pidiendo, habíamos de ganarlo, y no había de ser esto menos que
repelándonos contra toda aquella falanje de ciegos, cojos, mancos,
tullidos y muchachuelas de mal vivir; y no nos lo decían esto de buena
manera, sino rodeándonos y empujándonos, y poniéndonos los puños a dos
dedos de la cara, y amenazándonos con garrotes y vihuelas, y gritando y
chillando y aullando todos y todas a una, ni más ni menos que si
hubiesen sido una legión de demonios voraces, contra nosotras
conjurados. Y no sabemos lo que de nosotras hubiera sido, porque aquella
mala gente se iba embraveciendo con su propia cólera, si de improviso
sobre aquel torbellino de rabiosos no lloviera de repente una tal
tempestad de cintarazos, que todos, sanos y lisiados, escaparon,
quedándonos solas en el atrio de la iglesia, asustadas y poco menos que
agonizando, mi madre y yo, y de tal manera amedrentadas, que no
acertábamos a movernos, estrechadas la una contra la otra, y temblando.
Estando en esto, vino a nosotras un caballero, ya no joven, pero al que
tampoco podía llamársele viejo, que era el que en aquel apretado trance
nos había socorrido, y en él para nuestra desdicha, porque nos impidió
aceptar de él más socorro, reconocimos a un señor capitán, persona muy
noble y muy rica, y de mucho respeto en Sevilla, y como poeta no mal
reputado; en una palabra, el capitán don Baltasar de Peralta, del que
tan acerbas e impías memorias tiene la hermosa doña Guiomar, vuestra
amiga, y tan perseguida de él se encuentra.
--¿Y os persiguió también ese hombre?--dijo con la voz alterada y
demudado el semblante Miguel.
--Su concupiscencia no encuentra respeto que le ataje, ni su soberbia
dificultad, en vencer la cual no se empeñe,--dijo Margarita;--cuatro
meses hacía que a Sevilla había llegado y conocídome, cuando todavía nos
encontrábamos con las apariencias de una riqueza mentida, y requerídome
había de amores, y como yo le resistiese, habíame dicho:--«O mía habéis
de ser, señora, o hemos de ver los dos para qué hemos nacido.»
--Desde Adam acá,--dijo Cervantes,--al mundo no ha venido criatura sino
para morir; sólo que a unas las mata Dios y a otras las matan los
hombres, sino es ya que ellas a sí mismas, porque no se puedan resistir,
se destruyan; y antójaseme que para el capitán don Baltasar de Peralta
las tres sangrientas parcas miden ya con muy breve término su vida; y la
más tremenda de ellas, la despiadada Atropos, sus inexorables tijeras
prepara; y tengo para mí que lo que ha de ser esas tijeras lo es la
buena hoja de Toledo que a la cinta llevo.
--No por Dios, señor mío,--exclamó Margarita, poniéndose como la cera
amarilla,--que hartas desventuras he sufrido ya y el valor me falta, y
si yo os perdiese, no podría resistir ni un punto, y ahogaríame la pena;
que mirad que ese hombre es tal que no hay valiente ni diestro con quien
se mida a quien no hiera o mate; y ved no hagáis que la despiadada punta
que a vos os corte la vida a mí al corazón me llegue, y en la tumba me
arroje desesperada.
Sonreía Cervantes oyendo a Margarita, como quien sonríe cuando escucha
las raras quimeras de un sueño que se relatan, y asiéndola dulcemente
una mano y mirándola amoroso, la dijo:
--Aunque yo no tuviera más valor que el que el encanto de vuestra
hermosura y el amor que me mostráis me infunden, dígoos que no ya ese
capitán, que de tal modo os espanta, sino el mismísimo Orlando con toda
una cohorte de encantadores y vestiglos, no bastaría para contrarestar
el poder de mi brazo, que vengada ha de haceros, mal que le pese al brío
y a la fama de vuestro enemigo; y tened más confianza en el aliento de
quien bien os ama, y no tembléis ni empalidezcáis, mi dulce señora, que
en verdad os digo que para vos y para mí han empezado ya días más
bonancibles de amor, de ventura y de esperanza. Y en esto no porfiemos,
porque ved que yo no he de dejaros por todos los hombres del mundo, así
sean gigantones de los que por los libros de caballería se encuentran, y
que si no os dejo, él sobre mí vendrá y provocarame, y en trance me
pondrá de que yo le ponga de manera que más mal que el que ha hecho no
pueda hacer a nadie en este mundo; y otrosí, señora mía, que a doña
Guiomar tengo prometido castigar a ese su contumaz y peligroso
contrario.
Y a Cervantes se le iba el pensamiento sin poderlo remediar a doña
Guiomar, o, por decirlo mejor, se le estaba en ella; porque ni un punto
de ella se había olvidado, como no fuese en aquellos momentos en que
otra cosa no vio, ni para más vivió que para Margarita; y ahogábase ya,
aunque lo disimulaba Cervantes, porque la ausencia de doña Guiomar se
hacía tan larga, que ocasión daba a toda suposición de los recelosos y
abultadores celos, y la ira y el espanto le cogían el corazón, e
inquieto se hallaba, y a no mediar miramientos, a buscar hubiérase ido a
la hermosísima indiana; que entonces, a causa de sus celos y de las
emponzoñadas imaginaciones que por ellos en la turbada mente revolvía,
parecíale más y más hermosa, y espantábase, porque veía que, si en vez
de estar ausente doña Guiomar, lo hubiese estado Margarita,
conturbádose hubiera de igual modo y de igual manera enojado e irritado,
y no sabía explicarse por qué extraña, y para él no conocida razón,
enamorado y en igual o casi igual término de empeño por dos mujeres sé
encontraba; y no sabía cómo de aquella dificultad había de salir; que él
con las dos no podía casarse, ni hacer desmerecer en su alma a la una
por la otra, con la una casándose y teniendo a la otra por amiga; que
ambas eran altivas y honradas, y si la virtud había faltado un punto a
Margarita, culpa del amor que enloquece había sido, y a punto doña
Guiomar había estado de olvidarse de su virtud por su amor, lo que nada
implicaba para que ellas estimasen su honra de una igual manera; que la
mujer que ama y, por el amor, de su honra se olvida, no cree que su
honra ha perdido, sino que en depósito la ha dado al señor de su alma, y
en obligación le considera de restaurarla en su honra, haciéndola suya,
su esposa y compañera.
Disimulaba Cervantes aquel sufrimiento en que los sucesos de su amor tan
inopinadamente le habían puesto, y a Margarita sonreía, y no parecía
sino que teniéndola a ella, toda cuanta felicidad había ansiado tener
tenía; y como ella, por las razones que Cervantes la había dicho,
hubiese conocido que el venir a las manos el capitán don Baltasar y
Cervantes inminente era, en cuanto el capitán supiese que ella a
Cervantes amaba, y que a mayor abundamiento, en la casa de la
hermosísima viuda indiana estaba, y ella le amaba, no porfió, sino que
disimulando también su angustia, dijo:
--Si cuando yo me veía rica, porque mi padre me cubría con flores el
abismo que cerca de los pies teníamos, atención no presté a las
solicitudes y a los encarecimientos del amor de don Baltasar, menos
podía admitirle cuando por la miseria en que me encontraba, él podía
creer que, no esposa amante en mí tenía, sino mujer desesperada, que por
no morir a los rigores del hambre, a él se había unido esclava de su
desventura; y si altiva me había mostrado con él antes, más altiva con
él fui luego; y de tal manera irritado y desesperado, y con el alma
torcida apartose de nosotras, dejándome ver claro en una mirada, que no
parecía sino que de los ojos de un demonio salía, que creía que la
miseria, y la desesperación, y el amor a mi madre haríanme someterme a
sus deseos; y no fue ya sólo la dura y horrenda pobreza, los días sin
pan, el cuerpo sin abrigo, la soledad y la tristeza lo que sufrir
tuvimos, sino asechanzas y humillaciones, y visitas de viejas olvidado
todo temor de Dios, que a proponernos cosas venían, que no eran ni aun
para oídas; y rondadas nos veíamos por bravas y malas gentes, y
asustadas nos encerrábamos de noche, y mientras la una dormía velaba la
otra, siempre dispuesta a clamar socorro a los vecinos al primer asomo
de peligro, y sin atrevernos a salir ni aun de día a la calle. En fin,
mi desdichada madre resistir no pudo a tanta miseria, a tanto dolor, a
tal quebranto, y ya lo habéis visto, vos me habéis acompañado cuando la
conducía al lugar de su reposo; junto a mí habéis estado cuando la
horrenda y negra tierra de la fosa de ella me ha separado, y en vuestros
brazos me habéis sostenido cuando, arrebatada por el insoportable
desconsuelo de mi alma, creí también para mí llegada la última hora.
Dios junto a mí os ha puesto; Dios ha querido que, habiendo mi corazón
repugnado siempre el amor, en él por vos haya caído en breves horas, y
de tal manera, que a la locura del amor llegada, vuestra esposa me
hayáis hecho y héchoos mi esposo ante Dios, que el juramento de nuestras
almas ha oído; y Dios ha debido quererlo, porque yo no sé cómo, dolorida
y desesperada por la eterna separación de la adorada madre mía, esto ha
sido, o más bien ha sido por esto; que la yedra que pierde el árbol que
la sostenía, si otro árbol encuentra próximo, a él vase y a él se
estrecha con más fuerza que con la que al otro que perdió se asía; y
pues yo soy la yedra y vos el árbol, y por el amor la yedra al árbol se
une, no me hagáis temer, único apoyo y sustento mío, que en peligro me
veo de que otra hacha enemiga el dulce arrimo a que llena de esperanza
me he enlazado, me robe.
--Dígoos,--exclamó Cervantes,--que mi esposa sois, que de otra manera
ser no puede, porque ni yo puedo olvidarme de los buenos padres de que
vengo, de la honra que de ellos he recibido, ni de la religión ni de la
crianza que me han dado, ni de mi propio honor, ni de mi corazón propio,
que vuestros son tanto como míos; y porque yo tenía ciertos empeños,
aunque no de honra, con doña Guiomar, y en su casa estamos, y en ella os
tiene amparándoos, y amparándoos a vos a mí me ampara, y por ello, no
sólo respeto, sino agradecimiento la debemos, dejadme hacer, y nada de
lo que hacer me viereis os extrañe, os ponga en cuidado, ni os enoje;
que todo será buscando el camino para salir a buen lugar y honrado; y en
esto cesemos, que ya por entre aquellas espesuras me parece haber visto
a doña Guiomar que se acerca.
Y así era la verdad, que la hermosa indiana venía por entre las verdes
frondosidades del jardín, y en paso lento, hacia el sombroso cenador
donde los dos amantes se encontraban; y era el paso lento de doña
Guiomar la vacilación de su alma, en la que tal tumulto habían levantado
su amor y sus celos, su indignación contra Cervantes, su odio contra
Margarita, y la obligación en que se encontraba, por su propio decoro,
de vencer aquella tempestad que en su alma se revolvía, y aparecer ante
los dos amantes tal y de igual manera que como estaba cuando se separó
de ellos, que no sabía qué hacerse, y temía que en el semblante se le
conociesen la turbación, y el despecho, y la ira, y los celos, y la
venganza, y el infierno, en una palabra, que a su alma daban cruda
guerra; porque Florela no había andado con rodeos, y todo lo que había
visto y oído habíala contado en el momento en que se partió el familiar
que a visitarla había ido. Y porque importa saber lo que el familiar y
doña Guiomar hablaron, y lo que hablaron doña Guiomar y su doncella, de
ello se va a dar cuenta en el capítulo siguiente.