XV

De como Cervantes oyó el fin de la historia de Margarita entre las

cabilaciones que le causaba el no saber adónde le llevaría la

historia de sus amores.

Receloso estaba Cervantes, sospechando lo que acontecía, esto es, que

testigos había habido de su repentino e inevitable delirio; y no

sospechando nada de esto por su inocencia Margarita, y dominando cuanto

pudo las huellas que en su semblante quedaban del frenesí de amor que

por ella había pasado, con voz dulce y enamorada dijo:

--Pues lo que contar de mis desdichas queda es tan breve, señor de mi

alma, que muy presto habré terminado; mucho antes quizá de que doña

Guiomar venga; que Dios sabe cuán largos pueden ser los asuntos por los

que la Inquisición la busca.

Con estas palabras avivado había Margarita el fuego de la celosa rabia

de Cervantes, que se arrepentía más y más de su pasada, pero irreparable

debilidad y ligereza.

Mantúvose, sin embargo, sereno, y Margarita continuó:

--Por curarme de las tristezas en que la ausencia de Gaspar de Valcárcel

me había puesto, aunque yo, por lo que siento ahora conozca, ¡ay de mí!

harto bien no era amor lo que por mi ausente enamorado sentía, ni viso,

ni aun sombra de ello, trajéronme mis padres, como ya he dicho, a la

populosa Sevilla, ansiosos porque mis melancolías tuviesen término en un

nuevo amor; que yo era muchacha, y a la juventud no hay que pedirla

reflexión ni firmeza; que no hay firmeza sin reflexión, y las jóvenes

plantas que cuando dejan de ser halagadas por el dulce céfiro se

doblegan mustias, otras céfiros las alientan y reviven; y céfiro es para

la mujer el primer amor que apenas si su inocente alma conmueve; amor de

la inocencia, que en nada se parece a este otro amor de la vida, que por

vos, señor de mi alma, me abrasa y me devora, y de tal manera, que me

parece que no es mía la vida que vivo, sino que en vuestra vida aliento,

y en medio de vuestras propias entrañas, y que en mis entrañas os

siento; pues, como decía, aunque mis padres tenían una tal cual

hacienda, por la que en el pueblo por ricos eran tenidos y respetados, y

como ricos vivían, no era esta hacienda cosa bastante para sufragar los

dispendios a que les obligaban las galas y las joyas con que para

llevarme a las principales casas, de Sevilla necesitaban ataviarme y

prenderme; y como mis melancolías y pesadumbres no cesaban, y llamaban

hermosura al pobre parecer mío los galanes de la populosa y regocijada

Sevilla, y con pretensiones me asediaban, sin que yo de mis melancolías

y negro humor me curase, esforzábanse mis padres, y acrecían sus

dispendios, y hasta llegaron a poner gran casa donde pudiesen tener

lugar saraos y representaciones de pasos y comedias; que así los

tristes, que por no tener más hija que yo, en mí sus ojos y su alma y

todo el amor de su corazón habían puesto, creían dar alegría a mis

tristezas, alivio a mis pesares, y ponerme más y más en ocasión de que

algún gentil y joven caballero de mí se enamorase, y fuese tal que yo no

pudiese menos de amarle; pero esto no acontecía; que para mí los hombres

eran como si no los hubiese, y en vez de agradarme me martirizaban con

sus solicitudes, y mis tristezas y mi desabrimiento aumentaban; y en

balde dábanme música, y en balde escribíanme versos en que me comparaban

con el sol, con la luna y con las estrellas, con el cielo y con la

tierra, con las praderas y las selvas, con las flores y los céfiros; yo

no leía estas composiciones, sino que, desdeñándolas, las rompía o las

quemaba; y si yo las guardara, bien hubieran podido hacerse con ellas

dos o tres gruesos libros infolio. Vendido había mi padre su hacienda

para sufragar los diparatados gastos en que por amor mío se había

metido, y puesto el dinero a ganancia casa de genoveses; pero la

ganancia del dinero no alcanzaba ni con mucho a aquel loco y continuo

gastar de mi padre, y fue necesario al propio dinero recurrir quitándole

de la ganancia; tal era la ceguedad de mi padre, tal la vehemencia de su

amor por mí, que en aquel camino de perdición no se detuvo, esperando

siempre que algún poderoso magnate de mí se prendase, y yo le

correspondiese y nos casásemos, y todo viniese por último a un fin

próspero; que tal era la idolatría que mi padre tenía por mí, que no se

le figuraba menos que yo era la única mujer hermosa que en la tierra

había, en cuya creencia le ayudaba el ver que las gentes que a mi casa

iban y que en paseo nos encontraban, y en las comedias, y en las

iglesias, se desojaban mirándome, y tras mí se iban y ansiosamente me

pretendían.

Llegó al fin un punto en que, no habiendo habido hombre que en él

reparar me hiciese, y por el que en nada mi malaventura del alma se

aliviase, mi padre llegó al fin y remate de su hacienda, y no

rindiéndose aún y esperando siempre el ave-fénix que conmigo había de

casarse, pidió dinero prestado, que cuando los plazos se cumplieron no

pudo pagar; de modo que, conocida la pobreza de mi padre, nadie fue

osado a prestarle un solo maravedí; más bien los acreedores embargáronle

cuanto en la casa había: muebles, tapices, carroza, y aun la misma ropa

y alhajas de mi madre y mías; y como mi padre se viese en medio de la

calle con mi madre y conmigo, sin poder volver a nuestro pueblo, porque

en él nada nos quedaba, y sin tener otro refugio que la pobre casa de un

fiel criado que de nuestras bien merecidas desdichas condoliose,

enfermó, y de tal y tan grave manera, que al hospital de San Juan de

Dios fue necesario conducirle; que el criado que nos amparaba no tenía

fuerzas para otra cosa; y allí el desgraciado, perdida ya toda

esperanza, comido del remordimiento de la miseria en que a mi madre y a

mí nos había puesto, muriose, y de caridad le enterraron no lejos del

sitio en que esta mañana fue sepultada mi desventurada madre, en ese

cementerio del Salvador, adonde vos, movido a compasión por mi desgracia

y mi soledad, me seguisteis. No aprovechábamos mi madre ni yo para

sustentarnos con nuestro trabajo, que trabajar no sabíamos, como no

fuese el soportar por amor de Dios nuestras nunca oídas y agudísimas

desgracias.

Trabajaba para nosotras, que se quitaba la vida, él bueno de Francisco;

pero viejo, también adoleció, y al hospital se lo llevaron, y otro día

fuimos acompañando su cadáver como habíamos acompañado el de mi padre.

Cerrábase todo para nosotras, y de tal manera, que el cielo que todos

veían azul y sereno, nosotras le veíamos nublado y siniestro, preñado de

tempestades, y entre sus neblinas caliginosas parecíanos ver la muerte

que cruzaba y sobre nosotras descendía, amenazándonos con su horrible

guadaña.

Algunos de los amigos que tuvimos en aquellos tiempos que la locura de

mi padre (¡Dios le perdone!) hizo que pata nosotras pareciesen

prósperos, nos socorrieron; pero no hay quien socorra una necesidad

continua: la amistad se cansa pronto; que para la miseria no hay amigos,

y si la caridad subsiste algún tiempo más, acaba al fin por entibiarse y

por convertir su ardiente fuego en duro hielo. Hace cuatro meses desto,

y ya mi madre, por amor mío, había pretendido salir a mendigar de noche,

yéndose a las puertas de las iglesias donde había ejercicios; y yo por

mí no se lo hubiera consentido, pero por ella consentilo y acompañela, y

ambas a dos, en cuanto la noche cerraba, a la iglesia más próxima donde

había ejercicios nos íbamos, y a su puerta nos poníamos rebozadas, y aun

a pesar del rebozo avergonzadas, y trémulas, y poco menos que

agonizando.

Caían algunos maravedís en nuestras heladas manos, y para el pan sacamos

la primera noche; pero la segunda, los mendigos de oficio que allí

acudan, y que la noche anterior de nosotras se habían apercibido, nos

echaron, llenándonos de improperios, diciéndonos que les hacíamos

perjuicio, y que como éramos pobres nuevos, si habíamos de seguir

pidiendo, habíamos de ganarlo, y no había de ser esto menos que

repelándonos contra toda aquella falanje de ciegos, cojos, mancos,

tullidos y muchachuelas de mal vivir; y no nos lo decían esto de buena

manera, sino rodeándonos y empujándonos, y poniéndonos los puños a dos

dedos de la cara, y amenazándonos con garrotes y vihuelas, y gritando y

chillando y aullando todos y todas a una, ni más ni menos que si

hubiesen sido una legión de demonios voraces, contra nosotras

conjurados. Y no sabemos lo que de nosotras hubiera sido, porque aquella

mala gente se iba embraveciendo con su propia cólera, si de improviso

sobre aquel torbellino de rabiosos no lloviera de repente una tal

tempestad de cintarazos, que todos, sanos y lisiados, escaparon,

quedándonos solas en el atrio de la iglesia, asustadas y poco menos que

agonizando, mi madre y yo, y de tal manera amedrentadas, que no

acertábamos a movernos, estrechadas la una contra la otra, y temblando.

Estando en esto, vino a nosotras un caballero, ya no joven, pero al que

tampoco podía llamársele viejo, que era el que en aquel apretado trance

nos había socorrido, y en él para nuestra desdicha, porque nos impidió

aceptar de él más socorro, reconocimos a un señor capitán, persona muy

noble y muy rica, y de mucho respeto en Sevilla, y como poeta no mal

reputado; en una palabra, el capitán don Baltasar de Peralta, del que

tan acerbas e impías memorias tiene la hermosa doña Guiomar, vuestra

amiga, y tan perseguida de él se encuentra.

--¿Y os persiguió también ese hombre?--dijo con la voz alterada y

demudado el semblante Miguel.

--Su concupiscencia no encuentra respeto que le ataje, ni su soberbia

dificultad, en vencer la cual no se empeñe,--dijo Margarita;--cuatro

meses hacía que a Sevilla había llegado y conocídome, cuando todavía nos

encontrábamos con las apariencias de una riqueza mentida, y requerídome

había de amores, y como yo le resistiese, habíame dicho:--«O mía habéis

de ser, señora, o hemos de ver los dos para qué hemos nacido.»

--Desde Adam acá,--dijo Cervantes,--al mundo no ha venido criatura sino

para morir; sólo que a unas las mata Dios y a otras las matan los

hombres, sino es ya que ellas a sí mismas, porque no se puedan resistir,

se destruyan; y antójaseme que para el capitán don Baltasar de Peralta

las tres sangrientas parcas miden ya con muy breve término su vida; y la

más tremenda de ellas, la despiadada Atropos, sus inexorables tijeras

prepara; y tengo para mí que lo que ha de ser esas tijeras lo es la

buena hoja de Toledo que a la cinta llevo.

--No por Dios, señor mío,--exclamó Margarita, poniéndose como la cera

amarilla,--que hartas desventuras he sufrido ya y el valor me falta, y

si yo os perdiese, no podría resistir ni un punto, y ahogaríame la pena;

que mirad que ese hombre es tal que no hay valiente ni diestro con quien

se mida a quien no hiera o mate; y ved no hagáis que la despiadada punta

que a vos os corte la vida a mí al corazón me llegue, y en la tumba me

arroje desesperada.

Sonreía Cervantes oyendo a Margarita, como quien sonríe cuando escucha

las raras quimeras de un sueño que se relatan, y asiéndola dulcemente

una mano y mirándola amoroso, la dijo:

--Aunque yo no tuviera más valor que el que el encanto de vuestra

hermosura y el amor que me mostráis me infunden, dígoos que no ya ese

capitán, que de tal modo os espanta, sino el mismísimo Orlando con toda

una cohorte de encantadores y vestiglos, no bastaría para contrarestar

el poder de mi brazo, que vengada ha de haceros, mal que le pese al brío

y a la fama de vuestro enemigo; y tened más confianza en el aliento de

quien bien os ama, y no tembléis ni empalidezcáis, mi dulce señora, que

en verdad os digo que para vos y para mí han empezado ya días más

bonancibles de amor, de ventura y de esperanza. Y en esto no porfiemos,

porque ved que yo no he de dejaros por todos los hombres del mundo, así

sean gigantones de los que por los libros de caballería se encuentran, y

que si no os dejo, él sobre mí vendrá y provocarame, y en trance me

pondrá de que yo le ponga de manera que más mal que el que ha hecho no

pueda hacer a nadie en este mundo; y otrosí, señora mía, que a doña

Guiomar tengo prometido castigar a ese su contumaz y peligroso

contrario.

Y a Cervantes se le iba el pensamiento sin poderlo remediar a doña

Guiomar, o, por decirlo mejor, se le estaba en ella; porque ni un punto

de ella se había olvidado, como no fuese en aquellos momentos en que

otra cosa no vio, ni para más vivió que para Margarita; y ahogábase ya,

aunque lo disimulaba Cervantes, porque la ausencia de doña Guiomar se

hacía tan larga, que ocasión daba a toda suposición de los recelosos y

abultadores celos, y la ira y el espanto le cogían el corazón, e

inquieto se hallaba, y a no mediar miramientos, a buscar hubiérase ido a

la hermosísima indiana; que entonces, a causa de sus celos y de las

emponzoñadas imaginaciones que por ellos en la turbada mente revolvía,

parecíale más y más hermosa, y espantábase, porque veía que, si en vez

de estar ausente doña Guiomar, lo hubiese estado Margarita,

conturbádose hubiera de igual modo y de igual manera enojado e irritado,

y no sabía explicarse por qué extraña, y para él no conocida razón,

enamorado y en igual o casi igual término de empeño por dos mujeres sé

encontraba; y no sabía cómo de aquella dificultad había de salir; que él

con las dos no podía casarse, ni hacer desmerecer en su alma a la una

por la otra, con la una casándose y teniendo a la otra por amiga; que

ambas eran altivas y honradas, y si la virtud había faltado un punto a

Margarita, culpa del amor que enloquece había sido, y a punto doña

Guiomar había estado de olvidarse de su virtud por su amor, lo que nada

implicaba para que ellas estimasen su honra de una igual manera; que la

mujer que ama y, por el amor, de su honra se olvida, no cree que su

honra ha perdido, sino que en depósito la ha dado al señor de su alma, y

en obligación le considera de restaurarla en su honra, haciéndola suya,

su esposa y compañera.

Disimulaba Cervantes aquel sufrimiento en que los sucesos de su amor tan

inopinadamente le habían puesto, y a Margarita sonreía, y no parecía

sino que teniéndola a ella, toda cuanta felicidad había ansiado tener

tenía; y como ella, por las razones que Cervantes la había dicho,

hubiese conocido que el venir a las manos el capitán don Baltasar y

Cervantes inminente era, en cuanto el capitán supiese que ella a

Cervantes amaba, y que a mayor abundamiento, en la casa de la

hermosísima viuda indiana estaba, y ella le amaba, no porfió, sino que

disimulando también su angustia, dijo:

--Si cuando yo me veía rica, porque mi padre me cubría con flores el

abismo que cerca de los pies teníamos, atención no presté a las

solicitudes y a los encarecimientos del amor de don Baltasar, menos

podía admitirle cuando por la miseria en que me encontraba, él podía

creer que, no esposa amante en mí tenía, sino mujer desesperada, que por

no morir a los rigores del hambre, a él se había unido esclava de su

desventura; y si altiva me había mostrado con él antes, más altiva con

él fui luego; y de tal manera irritado y desesperado, y con el alma

torcida apartose de nosotras, dejándome ver claro en una mirada, que no

parecía sino que de los ojos de un demonio salía, que creía que la

miseria, y la desesperación, y el amor a mi madre haríanme someterme a

sus deseos; y no fue ya sólo la dura y horrenda pobreza, los días sin

pan, el cuerpo sin abrigo, la soledad y la tristeza lo que sufrir

tuvimos, sino asechanzas y humillaciones, y visitas de viejas olvidado

todo temor de Dios, que a proponernos cosas venían, que no eran ni aun

para oídas; y rondadas nos veíamos por bravas y malas gentes, y

asustadas nos encerrábamos de noche, y mientras la una dormía velaba la

otra, siempre dispuesta a clamar socorro a los vecinos al primer asomo

de peligro, y sin atrevernos a salir ni aun de día a la calle. En fin,

mi desdichada madre resistir no pudo a tanta miseria, a tanto dolor, a

tal quebranto, y ya lo habéis visto, vos me habéis acompañado cuando la

conducía al lugar de su reposo; junto a mí habéis estado cuando la

horrenda y negra tierra de la fosa de ella me ha separado, y en vuestros

brazos me habéis sostenido cuando, arrebatada por el insoportable

desconsuelo de mi alma, creí también para mí llegada la última hora.

Dios junto a mí os ha puesto; Dios ha querido que, habiendo mi corazón

repugnado siempre el amor, en él por vos haya caído en breves horas, y

de tal manera, que a la locura del amor llegada, vuestra esposa me

hayáis hecho y héchoos mi esposo ante Dios, que el juramento de nuestras

almas ha oído; y Dios ha debido quererlo, porque yo no sé cómo, dolorida

y desesperada por la eterna separación de la adorada madre mía, esto ha

sido, o más bien ha sido por esto; que la yedra que pierde el árbol que

la sostenía, si otro árbol encuentra próximo, a él vase y a él se

estrecha con más fuerza que con la que al otro que perdió se asía; y

pues yo soy la yedra y vos el árbol, y por el amor la yedra al árbol se

une, no me hagáis temer, único apoyo y sustento mío, que en peligro me

veo de que otra hacha enemiga el dulce arrimo a que llena de esperanza

me he enlazado, me robe.

--Dígoos,--exclamó Cervantes,--que mi esposa sois, que de otra manera

ser no puede, porque ni yo puedo olvidarme de los buenos padres de que

vengo, de la honra que de ellos he recibido, ni de la religión ni de la

crianza que me han dado, ni de mi propio honor, ni de mi corazón propio,

que vuestros son tanto como míos; y porque yo tenía ciertos empeños,

aunque no de honra, con doña Guiomar, y en su casa estamos, y en ella os

tiene amparándoos, y amparándoos a vos a mí me ampara, y por ello, no

sólo respeto, sino agradecimiento la debemos, dejadme hacer, y nada de

lo que hacer me viereis os extrañe, os ponga en cuidado, ni os enoje;

que todo será buscando el camino para salir a buen lugar y honrado; y en

esto cesemos, que ya por entre aquellas espesuras me parece haber visto

a doña Guiomar que se acerca.

Y así era la verdad, que la hermosa indiana venía por entre las verdes

frondosidades del jardín, y en paso lento, hacia el sombroso cenador

donde los dos amantes se encontraban; y era el paso lento de doña

Guiomar la vacilación de su alma, en la que tal tumulto habían levantado

su amor y sus celos, su indignación contra Cervantes, su odio contra

Margarita, y la obligación en que se encontraba, por su propio decoro,

de vencer aquella tempestad que en su alma se revolvía, y aparecer ante

los dos amantes tal y de igual manera que como estaba cuando se separó

de ellos, que no sabía qué hacerse, y temía que en el semblante se le

conociesen la turbación, y el despecho, y la ira, y los celos, y la

venganza, y el infierno, en una palabra, que a su alma daban cruda

guerra; porque Florela no había andado con rodeos, y todo lo que había

visto y oído habíala contado en el momento en que se partió el familiar

que a visitarla había ido. Y porque importa saber lo que el familiar y

doña Guiomar hablaron, y lo que hablaron doña Guiomar y su doncella, de

ello se va a dar cuenta en el capítulo siguiente.

El manco de Lepanto episodio de la vida del príncipe de los ingenios, Miguel de Cervantes-Saavedra · 第 30 / 40 题