XIV

De como hubiera hecho muy bien doña Guiomar en no acudir a la

visita que le hizo el señor Ginés de Sepúlveda.

Como Margarita, libre de testigos, a solas con Cervantes se encontrase

en aquel cenador sombrío, donde la belleza, el silencio y la frescura al

amor convidaban, sin reparar en que los que están rodeados de tupido

ramaje no pueden tener la seguridad de no ser acechados, como lo eran

ellos, y de cerca, porque la celosa doña Guiomar había diputado a su

fiel Florela para que observase, los ojos alzó ella sin miedo y los fijó

en Cervantes de una manera tan clara, que él se sintió amado hasta las

entrañas, y dolorido por doña Guiomar y contra ella irritado, sus ojos

fijó en Margarita con no menos vehemencia y fuego que ella en él fijaba

los suyos; y fuésele a ella un suspiro, y él con otro suspiro contestó,

y así permanecieron algún tiempo, indecisos, sin hablarse, y mirándose

tiernamente, y requebrándose con los ojos, que el diablo andaba por allí

suelto y tejía ya una maraña que sin desdichas no habría de

desenredarse, y cuando fuese peor el remedio que la enfermedad.

--En verdad, en verdad, señora mía,--dijo Cervantes,--que ni yo sé lo

que me pasa, ni dónde estoy, ni a qué atiendo, ni qué deseo, ni de qué

hilo he de valerme para salir del laberinto en que perdido me hallo.

Oíalo todo Florela, que a poca distancia estaba, entre el follaje de un

bello jazmín escondida, y oyó asimismo que Margarita dijo, con la voz

apenada y débil, y tan apasionada, aunque quería ocultarlo, como si su

voz hubiera salido de en medio de sus doloridas entrañas:

--¡Ay, señor mío, que yo también estoy espantada de mí misma, porque no

debiendo tener ni corazón ni alma más que para la desgracia, que nunca

lloraré bastantemente, del fallecimiento de la desventurada madre mía,

en cosas pienso que tan lejos están de mi madre como de mi ventura! Y en

cuanto a lo que decís del hilo que necesitáis para salir del laberinto

en que os encontráis perdido, dígoos que bien podéis valeros del hilo de

oro que tenéis en las manos, y él os sacará a buen puerto.

--¿Pero no sabéis, hermosa señora mía,--contestó Cervantes,--que el hilo

de oro, cuanto más rico es, por no tener mezcla de ningún otro metal, es

más quebradizo? Oro no me deis a mí para que de guía me sirva, que nunca

ha sido el oro el imán de la aguja de mis deseos; que si lo fuera, no

hubiera yo dado en poeta, que es lo mismo que hacer voto de pobreza

perpetua e incurable, y de perpetuo afán e irremediable locura.

--De poetas es,--dijo Margarita,--volverse a lo que más brilla y adorar

el sol que deslumbra.

--Pero a veces, señora, cuando más luce el poeta, es cuando la fragancia

aspira del humilde lirio que entre la yerba se esconde, y con plácida

voz y acordada armonía le canta.

Coloráronse súbitamente las mejillas de Margarita, y un súbito temblor

acometió a Cervantes, que en los ojos de Margarita vio algo que, yendo

más allá de lo humano, divino parecía, y que le atraía con una no

conocida fuerza, y de tal manera, que el uno dio en los brazos del otro,

y sus labios se unieron, y ella, desfallecida sobre el hombro de

Cervantes, reclinó su hermosa cabeza, y suspirando le dijo:

--Mi esposo sois, que ya de ello con vuestros labios y con vuestro

abrazo me habéis dado testimonio; y ved lo que hacéis, señor mío, de mi

alma, que aquí de celos fallezco y de espanto me muero; que de vos doña

Guiomar está enamorada, y duendes hay en esta casa, y yo no tengo como

ella medalla de la Inquisición que de los duendes me defienda.

Selló una y otra vez Cervantes los labios de Margarita, libando la

ambrosia de su aliento, y reparándose al cabo y pensando en que de aquel

su olvido y arrebato podía haber ocultado cuidadosos testigos la

espesura, de sus brazos dulcemente separó a Margarita, y la dijo:

--Vuestro esposo soy; de ello no podéis tener duda, si no es que en duda

ponéis mi hidalguía y mis cristianos pensamientos; y puesto que esto no

tiene ya remedio, ni yo deseo que lo tenga, ni arrepentido estoy de

haber llegado al punto a que me ha convidado mi por vos próspera

fortuna, disimulemos, que a vuestra honra y a la mía el disimulo

conviene; que no hay para qué de vos se hable ni de mí se diga que no he

tenido valor para contener los impulsos de este violento corazón mío,

que tan presto, de tal manera y para siempre, habéis hecho vuestro.

--¡Dios sea bendito!--exclamó Margarita, levantando los hermosos ojos,

llenos de lágrimas, al cielo,--que en el amargo y negro día en que para

mí juzgaba ya cerradas todas las puertas de la esperanza, la felicidad

encuentro, no embargante el dolor que siento porque mi desdichada madre

no vive, y es testigo y partícipe de mi ventura.

--Cesemos en esto, señora de mi alma,--dijo Cervantes,--y procuremos

recobrar la serenidad del rostro, no sea que doña Guiomar vuelva y

sospeche, y celosa os injurie, y en trance me ponga de hacer lo que no

quisiera ni cumpliría a mi honra; y habladme de los sucesos de vuestra

vida que relatar os falta, y más que esposos enamorados, parezcamos

buenos amigos hasta que de esta casa salgamos, y habiendo pasado por la

iglesia, a la pobre mía os lleve.

Y como aconteciese que Cervantes fuese volviendo en sí de aquel

trastorno de sus sentidos, de lo a que él, si no hubiese estado celoso y

perturbado, no hubiera llegado, espantose; porque conoció claro que no

por haber empeñado él su honra, tomando la de ella, había menguado en un

ápice su adoración por doña Guiomar, sino que antes bien, con la nueva

dificultad había acrecido; y aquejábale hasta criar dentro de su pecho

una rabiosa tormenta, el ver que la visita del familiar con la hermosa

viuda continuaba, y que ella no volvía; y mientras esto ponía a

Cervantes en una borrasca de confusiones, Florela atisbaba, demudada y

pálida, porque a su señora amaba, oculta entre los jazmines, y

proponíase todo relatarlo como ella lo había visto y oído a doña

Guiomar, para que no fuese más tiempo burlada y engañada, y por la burla

y el engaño se vengase.

El manco de Lepanto episodio de la vida del príncipe de los ingenios, Miguel de Cervantes-Saavedra · 第 29 / 40 题