De como hubiera hecho muy bien doña Guiomar en no acudir a la
visita que le hizo el señor Ginés de Sepúlveda.
Como Margarita, libre de testigos, a solas con Cervantes se encontrase
en aquel cenador sombrío, donde la belleza, el silencio y la frescura al
amor convidaban, sin reparar en que los que están rodeados de tupido
ramaje no pueden tener la seguridad de no ser acechados, como lo eran
ellos, y de cerca, porque la celosa doña Guiomar había diputado a su
fiel Florela para que observase, los ojos alzó ella sin miedo y los fijó
en Cervantes de una manera tan clara, que él se sintió amado hasta las
entrañas, y dolorido por doña Guiomar y contra ella irritado, sus ojos
fijó en Margarita con no menos vehemencia y fuego que ella en él fijaba
los suyos; y fuésele a ella un suspiro, y él con otro suspiro contestó,
y así permanecieron algún tiempo, indecisos, sin hablarse, y mirándose
tiernamente, y requebrándose con los ojos, que el diablo andaba por allí
suelto y tejía ya una maraña que sin desdichas no habría de
desenredarse, y cuando fuese peor el remedio que la enfermedad.
--En verdad, en verdad, señora mía,--dijo Cervantes,--que ni yo sé lo
que me pasa, ni dónde estoy, ni a qué atiendo, ni qué deseo, ni de qué
hilo he de valerme para salir del laberinto en que perdido me hallo.
Oíalo todo Florela, que a poca distancia estaba, entre el follaje de un
bello jazmín escondida, y oyó asimismo que Margarita dijo, con la voz
apenada y débil, y tan apasionada, aunque quería ocultarlo, como si su
voz hubiera salido de en medio de sus doloridas entrañas:
--¡Ay, señor mío, que yo también estoy espantada de mí misma, porque no
debiendo tener ni corazón ni alma más que para la desgracia, que nunca
lloraré bastantemente, del fallecimiento de la desventurada madre mía,
en cosas pienso que tan lejos están de mi madre como de mi ventura! Y en
cuanto a lo que decís del hilo que necesitáis para salir del laberinto
en que os encontráis perdido, dígoos que bien podéis valeros del hilo de
oro que tenéis en las manos, y él os sacará a buen puerto.
--¿Pero no sabéis, hermosa señora mía,--contestó Cervantes,--que el hilo
de oro, cuanto más rico es, por no tener mezcla de ningún otro metal, es
más quebradizo? Oro no me deis a mí para que de guía me sirva, que nunca
ha sido el oro el imán de la aguja de mis deseos; que si lo fuera, no
hubiera yo dado en poeta, que es lo mismo que hacer voto de pobreza
perpetua e incurable, y de perpetuo afán e irremediable locura.
--De poetas es,--dijo Margarita,--volverse a lo que más brilla y adorar
el sol que deslumbra.
--Pero a veces, señora, cuando más luce el poeta, es cuando la fragancia
aspira del humilde lirio que entre la yerba se esconde, y con plácida
voz y acordada armonía le canta.
Coloráronse súbitamente las mejillas de Margarita, y un súbito temblor
acometió a Cervantes, que en los ojos de Margarita vio algo que, yendo
más allá de lo humano, divino parecía, y que le atraía con una no
conocida fuerza, y de tal manera, que el uno dio en los brazos del otro,
y sus labios se unieron, y ella, desfallecida sobre el hombro de
Cervantes, reclinó su hermosa cabeza, y suspirando le dijo:
--Mi esposo sois, que ya de ello con vuestros labios y con vuestro
abrazo me habéis dado testimonio; y ved lo que hacéis, señor mío, de mi
alma, que aquí de celos fallezco y de espanto me muero; que de vos doña
Guiomar está enamorada, y duendes hay en esta casa, y yo no tengo como
ella medalla de la Inquisición que de los duendes me defienda.
Selló una y otra vez Cervantes los labios de Margarita, libando la
ambrosia de su aliento, y reparándose al cabo y pensando en que de aquel
su olvido y arrebato podía haber ocultado cuidadosos testigos la
espesura, de sus brazos dulcemente separó a Margarita, y la dijo:
--Vuestro esposo soy; de ello no podéis tener duda, si no es que en duda
ponéis mi hidalguía y mis cristianos pensamientos; y puesto que esto no
tiene ya remedio, ni yo deseo que lo tenga, ni arrepentido estoy de
haber llegado al punto a que me ha convidado mi por vos próspera
fortuna, disimulemos, que a vuestra honra y a la mía el disimulo
conviene; que no hay para qué de vos se hable ni de mí se diga que no he
tenido valor para contener los impulsos de este violento corazón mío,
que tan presto, de tal manera y para siempre, habéis hecho vuestro.
--¡Dios sea bendito!--exclamó Margarita, levantando los hermosos ojos,
llenos de lágrimas, al cielo,--que en el amargo y negro día en que para
mí juzgaba ya cerradas todas las puertas de la esperanza, la felicidad
encuentro, no embargante el dolor que siento porque mi desdichada madre
no vive, y es testigo y partícipe de mi ventura.
--Cesemos en esto, señora de mi alma,--dijo Cervantes,--y procuremos
recobrar la serenidad del rostro, no sea que doña Guiomar vuelva y
sospeche, y celosa os injurie, y en trance me ponga de hacer lo que no
quisiera ni cumpliría a mi honra; y habladme de los sucesos de vuestra
vida que relatar os falta, y más que esposos enamorados, parezcamos
buenos amigos hasta que de esta casa salgamos, y habiendo pasado por la
iglesia, a la pobre mía os lleve.
Y como aconteciese que Cervantes fuese volviendo en sí de aquel
trastorno de sus sentidos, de lo a que él, si no hubiese estado celoso y
perturbado, no hubiera llegado, espantose; porque conoció claro que no
por haber empeñado él su honra, tomando la de ella, había menguado en un
ápice su adoración por doña Guiomar, sino que antes bien, con la nueva
dificultad había acrecido; y aquejábale hasta criar dentro de su pecho
una rabiosa tormenta, el ver que la visita del familiar con la hermosa
viuda continuaba, y que ella no volvía; y mientras esto ponía a
Cervantes en una borrasca de confusiones, Florela atisbaba, demudada y
pálida, porque a su señora amaba, oculta entre los jazmines, y
proponíase todo relatarlo como ella lo había visto y oído a doña
Guiomar, para que no fuese más tiempo burlada y engañada, y por la burla
y el engaño se vengase.