En que se ve que doña Guiomar hubiera hecho muy bien en no contar
tan presto su historia a Cervantes y en no amparar a Margarita.
--Decía yo,--dijo doña Guiomar--cuando la hora del comer llegando,
suspendió mi historia, que el capitán don Baltasar de Peralta,
apareciendo como si le hubiera abortado la tierra, en el punto en que
murió mi buen esposo, requiriome de amores, y con tal empeño, y una al
parecer tan grande seguridad de la victoria, que yo hube de arrojarle de
mi casa con la prohibición de no volver a ella; y aquí empieza la
tragedia del alférez Gaspar de Valcárcel, que desesperado y codicioso
don Baltasar de mostrarme cuánto me amaba y cuánto por mi honra miraba,
aunque él hubiese sido quien, a socapa y permaneciendo oculto en Méjico,
hubiese ayudado con dinero y malos consejos a Valcárcel, que no lo
necesitaba mucho, para que contra mí la viperina lengua soltase, ya
trocadas las cosas por la inopinada muerte de mi marido, y pensando en
hacerme su mujer, por aquello de que quien porfía consigue, y de que no
hay fortaleza que no se rinda si bien se la asedia, y doliéndole que de
la qué, según él creía, había de ser su mujer se dijesen cosas bajas,
deshonestas y vergonzosas, por todo esto, un día que encontró a Gaspar
de Valcárcel entre otros caballeros extremando contra mí sus calumnias,
díjole:
--Cosa seria es, y con la cual los que se precian de hidalgos no se
atreven, publicar las debilidades o las liviandades de una señora,
puesto que sean ciertas; que hay cosas tales y tan infames, que aun los
labios por donde se manifiestan queman; y señal de buen estómago,
aparejado para todo, da el que de cosas corrompidas hace pasto, y luego
le arroja por la boca en inmundicia, apestando a todo el que a su lado
tiene, para lo cual se necesita ser mal nacido y villano; pero cuando no
se vomitan podredumbres ajenas, sino de la propia alma de quien las
arroja, quiero decir, cuando aquello con que se escandaliza al mundo es
ficción traidora, villanía intencionada, puñalada dada a traición,
ponzoña administrada a trasmano, como es todo lo que vos decís, alférez,
de esa señora, (para hablar, de la qué debíais bañaros la boca con agua
rosada, y quitaros el sombrero y arrojar de vuestra boca perlas, que no
difamaciones), no es ser ya villano y mal nacido, sino infame y traidor
y asesino cobarde, que por la espalda en el corazón hiere a quien
debiera honrar y reverenciar; y adviértoos que a lo que digo no admito
réplica; y que si no os rompo a bofetones la malvada boca que tales
nunca oídas vilezas pronuncia, es por no contaminarme la mano con el
veneno asqueroso que de vuestra boca mana.--A lo cual no contestó el
alférez, sino que dijo a uno de sus amigos dijese a don Baltasar que
tales cosas no podían decírsele a él, no ya públicamente, sino que ni
aun en secreto, sin que él cortase, quemase la lengua y arrancase el
corazón al que a tanto se había atrevido. Y con esto, aquella noche el
alférez, con un su amigo, y don Baltasar con otro, a un lugar apartado
se fueron, y allí don Baltasar, con más fortuna, o más valor, o más
destreza que Valcárcel, matole, dándole a los primeros embites de la
pelea una estocada tal, que el corazón partiole; y el mísero a quien su
mala lengua, o más bien la desgracia de encontrarse en el mismo empeño
que don Baltasar, había matado, no pudo ni aun decir ¡Dios me valga!
Contomelo al otro día uno que de todo había sido testigo, o por
servirme, o tal vez por servir a don Baltasar, que quiso que yo supiese
cuánto por mí había hecho, y en qué trance por mi honra se había puesto.
Ya sabéis, pues, doña Margarita, a qué mal fin llegó, por sus malos
pasos, aquel vuestro amante, y desde ahora, si queréis, podéis
continuar vuestra historia, que yo no interrumpí sino para deciros lo
que del alférez Valcárcel había sido.
--Ignoraba yo,--dijo Margarita,--que tal fuese el hombre con quien mis
padres mi casamiento trataron, y al que no sé si amé; porque ahora
conozco que el amor es muy distinto de lo que yo había creído. Y como al
decir estas palabras, por más que quisiese disimularlo, se la fuesen los
dulces ojos a Margarita hacia Cervantes, mucho tuvo que hacer doña
Guiomar para no dar indicios de la enemistad y aun del odio que en aquel
mismo punto nació en ella contra Margarita.
Disimuló, no obstante, y dijo:
--Pues que del relato de vuestra historia estamos pendientes, seguidla,
que ya veis con cuánta atención y buen deseo os escuchamos.
--No ha de ser sin que vos acabéis vuestro relato,--señora,--dijo
Margarita, que lo que del mío queda, aunque sea bien doloroso, es harto
breve.
--Pues no falta gran cosa a mi historia,--dijo doña Guiomar,--y sigo en
ella por complaceros y porque se acabe la porfía. Y habéis de saber que
matando don Baltasar a aquel villano difamador de mi honra, no me
favoreció por esto, sino que a peor punto llevó mi fama; que todos
dijeron, no que yo era una dama honesta, sino que don Baltasar había
cegado de amores por mí, propuéstose había casarse conmigo, y pretendido
atajar una maledicencia, que cuando él fuese mi esposo había de
alcanzarle; y si antes era el difunto Valcárcel el solo que contra mí
vomitaba maledicencias, una vez él muerto, avivado el incendio de la
calumnia por el móvil de la envidia, dieron en decir de mí tales cosas a
propósito de las músicas y de las rondaduras con que don Baltasar me
afligía, que ya abandonada en Méjico de todos, que de mí huían como si
hubiese estado apestada, me propuse escapar de aquel no merecido
infierno en que me encontraba; y vendidos los cuantiosos bienes de mi
marido, que montaron a muchos cuentos de escudos, amen del oro y plata
labrada que en nuestra casa había, embarqueme para España y llegue a
Sevilla, donde en manos de genoveses puse mi dinero a ganancia, y en la
casa de la Contratación las barras de oro y plata que de las Indias
truje, y al mesón de la Cabeza del Rey don Pedro acogime, en tanto que
casa hallaba en donde morar con la decencia que a mi linaje y a la
memoria de mi marido correspondía; y no siempre en el mesón de la Cabeza
del Rey don Pedro he estado, que largas temporadas he pasado en una
granja que de mis padres era; y así se han pasado bien dos años, y
hubiérame quedado en la granja con mi viudez y mi desgano del mundo,
lejos del ruido de la populosa Sevilla, a no ser porgue, descubierto mi
retiro por el eterno enemigo de mi familia y mío, de tales asechanzas me
vi rodeada, que de vivir en despoblado tuve miedo; que aunque mis
criados eran muchos y valientes, y fieles, capaz hubiera sido don
Baltasar de juntar un ejército de salteadores, y combatir la granja y
robarme, cosa que en Sevilla no es fácil, donde hay tanta gente de
guerra y de justicia, y toda al servicio del rey, para seguridad de sus
buenos vasallos. Víneme, pues, otra vez al mesón de la Cabeza del Rey
don Pedro, y sin dejarlo de la mano, casa mandé buscar, y hallaron esta,
y visítela y agradome y comprela, y reparada y alhajada que fue, a ella
víneme, harto ajena de creer que duende en la casa había, y que por ello
la Inquisición había de visitarme, y aparecérseme duende que me
perturbara y me pusiera en ocasión en que yo hasta ahora no me he visto,
ni pensado verme; y si no fuera por esta bendita medalla que me dejó el
familiar que a verme vino, ni aun a pensar me atrevo en lo que de mí
hubiera podido ser.
Y como al acabar su relato doña Guiomar sacara del hermosísimo seno la
medalla que la noche anterior la había dado el señor Ginés de Sepúlveda,
sintió Cervantes un no sé qué de desabrimiento y de celosa rabia, que
hubo menester un gran esfuerzo para que de ello al semblante no le
salieran los indicios; que antojósele (antojo ocioso y aun calumnioso
de enamorado) que doña Guiomar no era una tal y tan honesta dama, ya que
no inmaculada doncella, como él había creído, sino que se agradaba de
parecer tan rara en lo tocante a la condición en que se hallaba, como
era rara en hermosura; y que tal vez todo aquello que de ella se había
dicho en Méjico, y que había costado la vida al alférez Gaspar de
Valcárcel, y que ella no había tenido empacho en referir, no era sino
muy cierto; y que tal vez en él no buscaba marido amante, sino marido
pobre y sufrido, que a trueque de sus grandes riquezas y aun de los
abandonos de su hermosura, todo se lo sufriese y callase, y su reparo y
el nombre de sus hijos ante el mundo fuese.
Y esto lo pensaba Miguel de Cervantes, aunque tenía el alma noble,
porque no hay recelos que de una mujer se tengan sin pruebas, que
villanos no den; y en este pecado dan los que bien aman, por buenos que
sean, y por la misma fuerza de su amor, que a los tristes y desesperados
recelos los lleva.
Inocente había sido en contar con tal lisura su historia doña Guiomar, y
claras muestras había dado de no conocer el mundo; que el calumniado que
de la calumnia de que es víctima habla, es uno más que a la calumnia que
le sacrifica ayuda. Y esperárase a lo menos doña Guiomar a que, por ser
mujer de Cervantes, este dudar no pudiera de la hasta entonces entera
castidad suya, y mejor hiciera, y sobre seguro y sin peligro pudiera
contarle lo qué, no habiendo llegado a aquellos términos, era ocasionado
a los recelos, que como no podía menos de ser, a nuestro Miguel, que era
hombre de una grande experiencia, acometieron.
Imprudente había sido doña Guiomar confiando en su inocencia, y más aún
en el amor de su soldado; y si hubiera su corazón visto cuando ella sacó
de su seno la medalla del señor Ginés de Sepúlveda, arrepentídose
hubiera de su imprudencia; que Cervantes creyó, que si el familiar no la
había preso, a causa había sido de algún inapreciable favor con que la
rectitud del enviado de la Inquisición doña Guiomar había torcido; y no
tuvo la medalla que de su hermosísimo seno doña Guiomar había sacado,
sino como recuerdo y prenda de amor por el familiar a ella dejados. Y no
había sido otra la intención de doña Guiomar que la de espantar a
Margarita, a la que una vez recibida no se atrevía a echar a la calle,
para que ella de su _motu proprio_ se fuese, atemorizada al saber que la
casa tenía duende, y que para defenderse del mal era necesaria una
medalla de la Santa Inquisición, que ella no tenía. Celosa andaba doña
Guiomar, porque poco recatado Cervantes, atraído por aquellos dos
opuestos polos entre los cuales se encontraba, y aunque más cerca de
doña Guiomar, no muy distante de Margarita, había mirado más de una vez
a esta con encendido ahínco, y hartas señales había dado Margarita,
aunque sin pensarlo, del amor que por Cervantes se había encendido en su
pecho; todo lo cual había nublado y ennegrecido los inquietos espíritus
de doña Guiomar, y por esto, como se ha dicho, de duendes había hablado
y había sacado la medalla, para que de ella, y por su propia voluntad,
se apartase aquella su negra enemiga. Y estando en esto, entró en el
cenador Florela, ya repuesta en su natural y propio traje de doncella, y
arrimose a doña Guiomar y quiso hablarla en secreto, pero ella le dijo:
--Dime alto lo que tuvieres que decirme, que no hay necesidad de que
estos, mis buenos amigos, crean que yo tengo algo oculto, y a más que es
descortesía.
--Pues, señora,--dijo Florela,--ahí está, y por vos pide, aquel señor
familiar que anoche vino, y dice que de graves asuntos tiene necesidad
de hablaros.
--Pues que allá voy dile,--respondió doña Guiomar.
Y como Florela se fuese, continuó:
--Cosa es la Inquisición a que no puede cerrarse la puerta ni obligar a
espera. Y así vosotros, amigos míos, me perdonaréis si os dejo para ir a
ver lo que la Inquisición de mí quiere.
Y doña Guiomar, levantándose con no pequeñas muestras de sobresalto, del
cenador saliose llena de celosos cuidados, porque a solas dejaba con
Miguel a Margarita; y más cuidosa hubiérase sentido doña Guiomar si en
el alma de Cervantes pudiera haber leído; que éste creyó que doña
Guiomar se encontraba en la mezquina y dura ocasión de una dama de poco
más o menos, que estando al lado de un su enamorado, la visita de otro
enamorado con quien tiene grandes respetos, y dejar de asistir a la cual
no puede, la anuncian.