XII

De como se iban, cruzando los amores y apercibiéndose a una ruda

batalla los celos.

Tal era la mesa de doña Guiomar, y tan alhajada de ramilletes y vajilla

de oro y plata, que no la mesa de una dama particular parecía, sino la

del opulento Lúculo.

Sentáronse a la mesa con doña Guiomar y sus dos convidados, doña Agueda,

ya anciana, que aún junto a ella vivía, y su capellán, docto licenciado,

ya de edad provecta y de muy buenas maneras y gracia, que la mesa

bendijo, después de lo cual, y de haber servido lindas doncellas los

aguamaniles, empezó la comida, tan variada y tan suculenta, que más que

comida ordinaria, banquete de Estado parecía.

Asomaba en todo clara y manifiesta la gran riqueza de la bella indiana,

y era de ver el lujo de las libreas de los pajes, que solícitos y

diestros, y seis u ocho en número, las viandas servían, yendo sin cesar

de los bufetes a la mesa y de la mesa a los bufetes.

Duró la comida no menos de dos horas, y no se acordaba Cervantes de

haber comido en su vida de una tan egregia manera, no embargante lo

cual, inapetente mostrose; que harto le ocupaban el cuerpo los

pensamientos que le combatían, aunque en el semblante sus efectos

disimulase; y disimulaba doña Guiomar, pero mostrábase taciturna; y en

cuanto a Margarita, no podía pasar bocado, porque su triste madre se la

representaba muerta a las crueles manos de la miseria, y recién

enterrada, y la desnudez de la mezquina casa que para siempre había

abandonado se la ponía en comparación con aquella ostentosísima sala,

ennoblecida por tablas y lienzos de los más estimados pintores

sevillanos, y con aquella riquísima mesa, cargada de oro y plata, de

flores y frutas, en cuyas botellas de rico cristal de Alemania aparecían

los dorados vinos de Montilla, y los pardos del Rhin, y los tintos de la

Mancha, pareciendo los unos topacios, y carbunclos negros los otros.

Amargábala todo esto su ya grande amargura a Margarita, y por no

mostrarse desagradecida, fuerza se hacía para comer, y comiendo se

martirizaba; y considerando que con lo que en aquella mesa sobraba a lo

necesario, y aun a lo noble y rico, hubiera podido salvarse su madre,

las lágrimas se la subían a los ojos, y el mayor tormento que sufría era

contenerlas. Aumentaba su martirio el ver cuánto la aventajaba en

hermosura y riqueza doña Guiomar, y que ni aún esperar por soñación la

era dado que aquel su generoso protector dudase ni un solo punto entre

ella y doña Guiomar.

Entretuvo como pudo la conversación el capellán con las noticias que por

Sevilla corrían, siendo gran parte para ello lo que se contaba de la

liga del rey Católico con los venecianos para su guerra contra el Gran

Turco.

Terciado había en la conversación Cervantes, y puesto en cuidado a sus

dos enamoradas, porque decir le oyeron que él sentía mucho que su

compañía de infantería no era de las que habían de embarcarse para ir

contra el Turco, sino que se embarcaría para Nápoles; y temían que,

según encarecía su deseo de hallarse en aquella grande empresa, al fin

no se pasase a una de las compañías que muy presto habían de embarcarse

en las galeras que debían zarpar para Mesina.

La comida, de suyo triste, más triste se hizo para ellas con la noticia

de que, si no contra el Turco, para Nápoles había de embarcarse

Cervantes; y levantados que fueron de la mesa, fuéronse todos a dormir

la siesta, que así era uso, aunque nuestro Cervantes y nuestras dos

enamoradas no pudiesen conciliar el sueño, combatidos como estaban por

sus graves, celosos y tristes pensamientos.

Pero cuando sonaron las Ave-Marías de las tres, levantáronse todos,

aliñáronse, y habiendo avisado doña Guiomar que los esperaba en un

sombroso cenador del jardín, allá se fueron, y a doña Guiomar

encontraron sentada en unos cogines, bajo la sombra de las tupidas

enredaderas, de las zarzas rosas y de los jazmines que el cenador

cerraban, dejándole en aquella hora, que era la del gran calor, en una

media luz y con tal frescura, que allí no se conocía que fuese verano y

en el punto más caloroso.

Servida había en una mesa una limonada para el refresco, y tomádole que

hubieron, Cervantes y Margarita pusiéronse el uno a un lado y el otro al

otro de doña Guiomar, que con voz ya un tanto caneada y lánguida,

continuó su relación de esta manera.

El manco de Lepanto episodio de la vida del príncipe de los ingenios, Miguel de Cervantes-Saavedra · 第 27 / 40 题