En que doña Guiomar prosigue el relato de su historia.
--Tan a tiempo venís, señor Miguel de Cervantes,--le dijo doña Guiomar
apenas hubo entrado,--que esta señora iba a empezar a relatarme sus
desventuras.
Margarita, con los hermosos ojos fijos en el suelo, parecía ruborosa y
como con miedo; pero no embargante esto, cuando oyó los pasos de
Cervantes y las palabras que doña Guiomar, con la voz no muy segura, le
había dirigido, alzó la vista y en él la fijó, y de tal manera, que él
se encontró entre dos fuegos; que de una parte le miraban los lucientes
y enamorados ojos de doña Guiomar, y de otra los más tímidos, aunque no
más castos, de Margarita, que aunque triste y apenada por la muerte de
su madre y por la tristísima orfandad en que se veía, no se defendía
del amor que por Cervantes en el alma se le había entrado, y le mostraba
claramente en su mirar ansioso. Reparó en esto doña Guiomar, y
apretósele el corazón, y empezó a nacer en ella la enemistad amarga de
los celos contra Margarita; que a ella le parecía que Cervantes no
miraba de una manera tan indiferente como ella hubiera querido a la
hermosa huérfana; y con competidora se encontraba, y tal en cuanto a las
bellezas corporales y en cuanto a las del alma, que por sus lucientes
ojos mostraba, que era para que doña Guiomar temiese, y mucho, por el
buen suceso de sus amores.
Alegrose de esto, en que no pudo menos de reparar, Cervantes; que él
creía, y no sin razón, que por más que doña Guiomar hubiese dado
muestras, enviando primero a Florela en busca suya, y lanzándose
después, sin algún miramiento, en un lugar tan indigno de ella como el
bodegón de la tía _Zarandaja_, del encendido amor que le tenía, que este
amor era de dificilísimo logro; que podía ser muy bien que, estando aun
en los principios de aquel amor, por grande que él fuese, de los
principios no pasase; antes bien, con la reflexión se amenguase y
desapareciese; sobre todo, que cuando en mucho se aprecia una cosa,
viene a parecer imposible, y tanto cuanto más imposible se la cree,
tanto más empeño en ella se pone, y tanto más se estima aquello que
puede ayudarnos al logro de la victoria; y que los celos de una parte, y
la vanidad femenil de otra, son los mejores amigos de un enamorado para
ayudarle a vencer su hermoso y anhelado imposible, sábelo todo el mundo;
y sabíalo mejor que otros Cervantes, que en esto de conocer las cosas
del mundo era graduado _in utroque_, como lo muestra claramente la gran
perspicacia que acerca de la vida y de sus sentimientos ha patentizado
en sus inmortales escritos: por lo mismo, y para estimular más los
ansiosos celos de doña Guiomar, miró tiernamente, y como con codicia, a
Margarita, puesto que por ella no sintiese otra cosa que una caritativa
voluntad y una afición honesta, que podía muy bien compararse con el
amor de un hermano; que muy reciente estaba la herida que en su pecho
habían abierto las grandes perfecciones de la hermosa indiana, y harto
encendido el volcán de sus amorosas ansias por ella, para que otra
mujer, siquiera fuese un trasunto de belleza, pudiese curarla ni
apagarle.
Sentose entre las dos Cervantes en el canapé; procuró apagar doña
Guiomar con el disimulo el fuego de su celoso cuidado, posó Margarita su
mirada en el suelo, y habiéndola rogado la bellísima, enamorada y celosa
viuda comenzase el cuento de sus desdichas, ella empezó de esta manera:
--Mi nombre es Margarita de Ledesma; el lugar de mi cuna la villa de
Vitigudino, en Castilla, donde tenían alguna hacienda mía honrados
padres. Llamábase él don Diego de Ledesma, y ella doña Isabel Ampuero;
nobles eran, aunque no ricos, y me criaron en la comodidad, el temor de
Dios y el ejemplo de honestísimas costumbres, y crecía yo contenta y
feliz, sin sospechar siquiera que hubiese penas en el mundo.
Venturosos conocía a mis padres, venturosos a los que me rodeaban;
hermoso era cuanto veía, la tierra, las aguas, las flores, el cielo, y
yo no podía creer otra cosa sino que todo en el mundo era ventura,
contento y hermosura. Llegué a mis quince años, y requiriome de amores
el hijo de un rico ganadero vecino nuestro; y digo mal que me requirió,
porque aunque él por mí de amores se abrasase, como después pareció,
nunca, ni con sus ojos, ni con su lengua, osó decirme el cuidado en que
por mí se encontraba; ni aun fue él quien a mis padres lo dijo, sino los
suyos, que cuidadosos por la salud de Gaspar, que así se llamaba este mi
primer enamorado, viendo que cada día estaba más melancólico y más y más
se tornaba amarillo, inquirieron la causa de su dolencia, y sabiendo por
él que yo lo era, a mis padres me pidieron, y dijéronmelo mis padres, y
yo, que no sabía qué cosa fuese amor, ni necesidad alguna de él sentía,
ni cosa encontraba en Gaspar que a él me llevase, dije a mis padres que
los obedecería, sin saber a lo que me obligaba mi obediencia; y sin
pensar mis padres en otra cosa que en el buen casamiento que yo haría,
por lo rico que Gaspar era, mi casamiento con él concertaron, esperando
que con el trato y comunicación vendría el amor, de que entonces yo no
daba ni aun remota señal. Como yo era niña, tratose que el casamiento no
se haría sino de allí a dos años, cuando yo cumpliese los diez y siete;
y entre tanto, Gaspar, no teniendo valor, según lo que en su carta me
dijo, para conllevar a mi lado una tan larga espera, fuese del pueblo a
Sevilla, y de allí partió en una galeota para las Indias Occidentales.
Por algún tiempo yo recibí cartas suyas, que mi madre me leía y yo no
entendía, porque felizmente mi corazón dormía tranquilo sin que le
despertasen amorosos cuidados; pero al año no vino de las Indias carta
de Gaspar, y se esperó en vano que viniese, y tanto tiempo pasó, que se
dio a Gaspar por muerto; y aconteció entonces que, pensando yo que por
mí solamente se había partido a las Indias, y que yo, sin quererlo,
había sido la causa de su desventura, empezó a labrarse en mí por él una
primera afición y congoja; que se me representaba en sueños triste y
enamorado, y tan macilento y pálido, que no parecía sino cosa del otro
mundo. Desasosegueme, y acabé al fin por sentir un amor tan extraño, que
yo no podía darme cuenta de lo que sentía; y acometiome una dolencia
que no entendían los médicos, pero que, harto de prisa iba
desmejorándome y acabándome. Pensaron mis padres que trayéndome entre el
tumulto y las grandezas de la opulenta Sevilla me distraería, y a ella
me trajeron, y me engalanaron, y me llevaron a saraos y a
divertimientos, adonde concurría la gente más garrida y más noble de
Sevilla. Gastábase en esto mi padre, llevado del entrañable amor que me
tenía, la mejor parte de su hacienda; y aunque por ser yo muchacha, y no
mal parecida, y en las apariencias rica, me galanteaba gran número de
jóvenes y hermosos caballeros, no se me iba a mí de la memoria aquel
pobre Gaspar que por mí a las Indias se había ido, y por mí sin duda
había muerto; y aparecíaseme con mucha más frecuencia en sueños, y más
melancólico, y a cada aparición con más semejanza de un alma en pena.
Así es que los galanteos de los jóvenes señores que me buscaban
enojábanme, y de tal manera mostrábame yo con ellos impía e incapaz de
amores, que acabaron por llamarme la niña de _diamante_: yo tenía en el
alma al sin ventura Gaspar, y él la llenaba de tal manera, que no
quedaba para otra pasión ni aun el lugar más mínimo; yo creía que esto
era amor, y bien veo que amor no es, sino una pasión que yo no puedo
decir cómo fuese, sino que tal como era, me quitaba el gusto y el deseo
para cualquier otro afecto.
Suspiró Margarita, y callose como tomando descanso, aunque tan al
principio de su historia se encontraba. Oídola había atentamente doña
Guiomar, y cuando hizo pausa en su relato, aprovechando la ocasión, la
dijo:
--¿Y Gaspar decís que se llamaba ese vuestro primer enamorado, amiga
mía, y que de Castilla era y de Vitigudino?
--Si que así es,--respondió Margarita.
--¿Y sabéis si, por ventura, ese Gaspar tomó bandera en Sevilla para los
tercios de Méjico?
--De Méjico nos escribía,--respondió Margarita;--pero él nunca nos dijo
en sus cartas hubiese entrado en la milicia; y si entró callolo, sin
duda por no dar pesadumbre a sus padres.
--Un alférez he conocido yo,--dijo doña Guiomar,--que Gaspar se llamaba,
y castellano y de Vitigudino era, y joven, y de no mal semblante y
apostura.
--¿Llamábase por acaso Gaspar de Valcárcel, señora mía?
--Sacado hemos al fin en claro que era el mismo que yo me pensaba el sin
ventura,--dijo doña Guiomar.
--Pues sin ventura le llamáis,--contestó con la voz triste Margarita,
mirando con sus ojos serenos a doña Guiomar,--noticias debéis tener
seguras de sus desdichas.
--Prendose el señor Gaspar de Valcárcel,--dijo doña Guiomar,--de una
señora, que ni a su amorosa pasión ni a la de nadie podía corresponder
honradamente, ni hacer cosa que contra su honra fuese, porque casada
estaba con un oidor de aquella real chancillería.
Aguzó el oído Cervantes, porque sabía él bien que doña Guiomar era viuda
de un oidor de la real chancillería de Méjico, y no dudó de que doña
Guiomar era aquella por quien el alférez Gaspar de Valcárcel había
olvidado en Méjico los amores que había dejado en España, y disculpole;
porque aunque Margarita era bella como la flor de la qué el nombre
tenía, y niña y pura, comparada con doña Guiomar, era lo que la violeta
comparada con la azucena, o con el sol la luna; y díjose para sí, que a
él, en el coleto del malaventurado alférez, hubiérale acontecido lo
mismo; y disimuló sus imaginaciones, y continuó escuchando atento.
--Pues que vos le conocisteis, señora,--dijo Margarita,--y a la dama que
sin pretenderlo y sin menoscabo de su decoro, que bien lo creo, fue
causa de que de mí se olvidase, decidme os ruego cuáles fueron sus
aventuras, que sin duda a un desastrado fin le llevaron.
--Combatido había como bueno contra los indios bravos,--dijo doña
Guiomar,--el señor Gaspar de Valcárcel; merecido había, por tanto, que
el virey le hiciese alférez, y, más aún, que le diese este empleo en los
alabarderos de su guardia, con lo que Gaspar de Valcárcel vino a
residir de asiento en Méjico, y a tratarse con las personas más
calificadas que en aquella rica ciudad, gloria de Hernán Cortés y joya
de España en las Indias, moraban. Conoció a la dama que os he dicho, y
aunque ella no le diese causa ni razón alguna para que a su honra se
atreviese solicitándola, que el que solicita a una mujer casada, por
serlo, la desprecia, que si no la creyera capaz de una vileza, no la
solicitara; solicitola, y ella, que calzaba muy altos los puntos de la
honra, indignose, y por no afligir e indignar al viejo marido, que a más
de ser únicamente hombre de leyes, no estaba en edad de mantener espada
en la mano contra mozos, y aun mozos bravucones, no queriendo dejar sin
castigo aquel de todo punto sin disculpa atrevimiento, confiose a un
alguacil de los más agrios de la cámara de su esposo, hombre de puños y
de alientos, y díjole:
--Cedacillo, tan leal eres a tu amo y a mí, que hacerte quiero una
confianza, esperando que harás lo que te cumple, en agradecimiento a lo
que a tu señor y a mi nos debes, y es que si te atreves des una apretada
vuelta, como tuya, a cierto bravo mancebo, alférez de los alabarderos
del virey, que se llama Gaspar de Valcárcel, y que cuando le apretares
los puños, le digas: «Ahí va eso de parte de mi señora.»
Y aconteció, que a la otra mañana encontraron sin sentido en la plaza,
molido y casi descoyuntado, rota la espada, rasgado el traje y entre si
se va si se viene, al señor Gaspar de Valcárcel, sin que nadie supiese,
ni él lo dijo, quién de tal manera ni por qué causa le había malparado.
Convaleció nuestro hombre, no sin que se temiese por su vida, y tan
escarmentado quedó, que ni osó volver a poner sus ojos en aquella dama,
ni a buscar a Cedacillo para tomar venganza del rapapelo que había
sufrido.
--Tan al por menor estáis, señora mía,--dijo a este punto
Margarita,--que no es dable que no seáis vos aquella dama, que con tanta
justicia mandó castigar al ciego y enloquecido, más bien que culpable,
enamorado mío. Y no le culpo, porque vuestra hermosura es tal, que bien
se alcanza que de todo otro amor aparte a un hombre, y le vuelva loco.
--Yo soy en efecto,--dijo doña Guiomar,--y dígoos a lo de la disculpa
que en el que fue vuestro enamorado encontráis, que no la merecía; que
no una locura de amor le llevó a punto de ofenderme, sino un apetito
desordenado y asqueroso; y no pasión tuvo por mí, sino empeño tenaz por
el que olvidó hasta el último vislumbre de su honra; que no atreviéndose
a insistir en sus solicitudes, temeroso de un nuevo y más grave castigo,
tiró a vengarse, y como no tenía de qué, porque la justicia que se sufre
no da ni puede dar lugar a la venganza, quiso deshonrarme propalando
contra mí inauditas calumnias, que por fortuna mía acabaron donde
empezaron. Y aquí, para que sepáis lo que sucedió, empieza esta
historia, que es la prosecución de la que yo os he contado ya, señor
Miguel de Cervantes, hasta el punto en que, engañado mi padre por la
traición que a mi madre hacía su doncella Lisarda haciendo creer a don
Baltasar de Peralta, como ya os dije, que con mi madre, y no con una
doncella suya, tenía amores, mi padre, llamado por un su pariente,
acudió a sorprender, engañado, a la que creía su esposa adúltera.
Dejamos mi relato, señor Miguel de Cervantes, en el lugar en que,
habiendo abierto Lisarda el postigo, entrose por él don Baltasar de
Peralta, y en aquel mismo momento, y antes de que el postigo se cerrase,
metiéronse por él espada en mano mi padre y su primo Francisco de
Rivalta, que este era el nombre de mi difunto marido.
Y como este pariente mío llegó a ser, andando el tiempo, mi marido, lo
sabréis cuando llegue la hora. Decía yo que por el postigo, aun
entreabierto, entráronse empujándole, y espada en mano, mi padre y su
primo Francisco de Rivalta; y como el aposento estuviese oscuro, Rivalta
abrió una linterna que a prevención llevaba, y encontráronse con que,
hecha una estatua a causa del espanto, estaba a poca distancia del
postigo Lisarda, y junto a ella, con la espada en la mano, y mirando a
aquella mala mujer, todo asombro, a don Baltasar de Peralta. Arrojose
Lisarda a los pies de mi padre y confesó su delito, pidiéndole con
lágrimas y desmayos la perdonase, y viese que el amor que la había
cogido por don Baltasar de Peralta, al engaño la había llevado de
hacerle creer, recibiéndole siempre a oscuras, que no era ella, sino su
señora quien le recibía. A lo cual, ciego de furor mi padre, contestó
atravesando con su espada a aquella criada traidora, y volviéndose luego
a don Baltasar de Peralta, que deshonrado le había, aunque no hubiese
sido sino engañándose, con él cerró, y a poco cayó mi padre sin vida,
que menos diestro era que don Baltasar de Peralta y le furor le cegaba.
Huyó espantado del suceso don Baltasar de Peralta, y mi pariente
Francisco Rivalta salió tras él, siguiéndole sañudo y loco, y sin poder
alcanzarle, que no hay quien alcance al que huye llevando el pavor en el
alma. Hallose Francisco de Rivalta, cuando se perdió en las oscuras y
revueltas callejuelas don Baltasar de Peralta, a mucha distancia del
lugar de la tragedia, y vino sobre sí, y pensó en lo que le acontecía, y
vio que si a la justicia daba parte, y por ello pruebas de haberse
hallado en el lance, le prenderían, y prendiéndole le impedirían el
tomar venganza y justicia, como el quería tomarla por su mano, de don
Baltasar de Peralta; y fuese para su casa, entrando en ella
recatadamente, como había salido con mi padre, por un postigo. Y
sucedió, que cuando aquella inaudita desgracia sobrevenía, mi madre me
daba a luz a esta vida desventurada, que he sufrido y sufro. Al ruido de
las espadas acudieron algunos criados; pero cuando llegaron sólo
hallaron los dos cuerpos sin vida de mi padre y de Lisarda, y el postigo
abierto, por donde claramente, a lo que parecía, el autor o los autores
de aquellas muertes habían escapado.
Sobrevino la justicia; ocultose el suceso a mi madre, que fuera impío
decirla recién parida que se había quedado viuda y con aquellas
apariencias; el mundo no juzga más allá de lo que se ve en la
superficie, y todos echaron a la peor parte lo que había acontecido, y
díjose, porque así lo creyeron, que mi padre, enamorado de la hermosura
de Lisarda, secretamente se había venido de Nápoles, y con Lisarda se
veía en secreto, y que tal vez algún otro enamorado, celoso de Lisarda,
las dos muertes había hecho.
Callose don Francisco de Rivalta, que bien pudiera haber patentizado la
verdad; pero como la honra, de mi madre quedaba a salvo, y venganza
quería tomar por su mano de don Baltasar de Peralta, guardó el secreto.
Buscó la justicia a los homicidas, diose por vencida no hallándolos, y
mediando los ruegos y las dádivas de Francisco de Rivalta, se echó
tierra sobre los muertos, y con ellos se enterró para mi madre el
secreto de la muerte de su esposo, a quien en Nápoles creía. Pero no
recibiendo cartas suyas en respuesta a las que le escribió anunciándole
mi nacimiento, y como el tiempo pasase y carta de mi padre no viniese,
puesta en un angustiosísimo cuidado, escribió al mayor de los tercios de
Nápoles pidiéndole noticias de su esposo. Entretúvola aquel caritativo
caballero con escusas y vaguedades, hasta que al fin la dijo, no
pudiendo más defenderse, lo que él en verdad sabía, esto es, que mi
padre había pedido licencia y partido para España, sin que hubiese
vuelto a saberse lo que de él había sido. Y como Lisarda hubiese
desaparecido también, dio mi madre en imaginar que enamorado de ella su
esposo, por ella secretamente a Sevilla había venido, llevádosela, y con
ella desaparecido. Callábase todavía Francisco de Rivalta, porque tenía,
y con razón, por más cruel para mi madre la verdad que la duda; y
asistíala, que adolecido había mi madre gravísimamente de tristeza, y
agravábase y amenazaba irse por la posta, acabada por el insoportable
dolor de su desventura. Desaparecido había también don Baltasar de
Peralta, como gota de agua que cayó en la mar, y Francisco de Rivalta no
le buscaba, porque le obligaba la asistencia a mi doliente madre, que al
fin halló el remedio a su desventura en la muerte.
Detúvose al llegar aquí doña Guiomar; el corazón se la había oprimido,
y las lágrimas, que en vano quiso contener, rompieron por sus hermosos
ojos.
Oídola había Cervantes grave y triste, y estremecida y tomada por una
melancólica pena Margarita. Desahogó con sus lágrimas el dolor de
aquellos sus tristísimos recuerdos doña Guiomar, y enjugándose los ojos,
continuó con voz desfallecida.
--Huérfana quedé cuando aún no contaba un año, con mucha hacienda y
mucha nobleza; pero sola y sin más arrimo que aquel mi lejano pariente,
que fue después el buen esposo mío. Un labrador que tenía en
arrendamiento una de mis haciendas, y cuya mujer estaba criando, a su
cargo tomome; y libre ya del cuidado mío, mi pariente, Francisco de
Rivalta, por el mundo se fue a buscar, ardiendo en saña, al causador de
tanta desdicha. Era él joven aún, graduado en letras humanas, en leyes y
en sagrada teología y cánones, y como he dicho, alcalde del crimen en
Sevilla. Por mí a su vara renunció, que pareciole cosa imposible atender
a las graves obligaciones de su oficio y al mismo tiempo a las de padre
mío, en que mi orfandad le había puesto. Atrasose en su carrera por
buscar al causador de nuestras desdichas y tomar sobre él, en el nombre
de mis padres, justicia y venganza; y por el mundo andúvose tres años,
gastando su hacienda, inquiriendo y buscando a aquel hombre,
vislumbrándole a veces, sin encontrarle nunca, y perdiéndole de nuevo
cuando más esperanza tenía de ponerse a una distancia de él del largo de
las espadas. Pero Dios no quería que aquel irreconciliable enemigo de mi
familia fuese castigado, sin duda porque le guardaba para que le
castigaseis vos, señor Miguel de Cervantes.
--Gran merced es esta que a los cielos debo, y por la que les estoy
agradecido,--dijo Cervantes;--y justo es que una tan grande hermosura
como la vuestra, y una tan gran suma de perfecciones como en vos se
hallan, con grandes merecimientos conseguida sea y lograda; y dígoos,
que mucho me pesa de que lo a que por vos obligado estoy, de tan liviano
momento sea, en vez de ser comparable a los trabajos de Hércules o a los
peligros de la encantada Puente Mantible, que si así fuera, mayor sería
mi contento, porque exponiendo por vos cien veces mi vida, y poniéndola
en cuestión con lo imposible, más estimaríais y a mayor amor por mí os
llevaría, el encendido amor que os tengo.
--No creo yo que sea posible ir más allá de donde, no sé si por mi
ventura o mi desdicha, reconocida; obligada y enamorada me siento; y no
extrañéis que esto delante de esta doncella aquí presente os diga, que
ella es mujer, y sabe, o si no lo sabe lo barrunta, los rendimientos de
amor a que puede llegar una mujer enamorada, no embargante la
honestidad y la honra, que prendas preciosas son estas del alma, y no
pueden perderse sin que antes se pierda el temor de Dios. Y no hablemos
más de esto, y con mis desventuras sigo. Desesperado ya Francisco de
Rivalta, mi pariente, al ver que por cerca que hubiese tenido a don
Baltasar de Peralta, nunca ponerse delante de él había logrado, volviose
a su casa de Sevilla, y encomendó a la Providencia de Dios el castigo de
nuestro contrario; y pasó él tiempo cuidando él mi hacienda, y yo
criándome, y habiendo yo cumplido seis años y él treinta, vínose al
pueblo, sacome del poder de los honrados labradores que me habían
criado, y púsome en las monjas de Santa Clara, y al cuidado de dos tías,
hermanas de mi padre, que allí eran señoras de piso. Vendió la hacienda
que le quedaba para comprar otra vara de alcalde, y alcalde fue algunos
años, y por sus merecimientos, luego, oidor en la real chancillería de
Valladolid, y por último nombráronle presidente de sala de la real
chancillería de Méjico. Larga era la distancia a que de mi iba a
ponerse, y o renunciaba el honorífico y encumbrado oficio que se le
había dado, o descuidada me dejaba, estando entre ambos los mares. Había
yo cumplido ya mis diez y ocho años, y enseñádome habían las buenas
madres todo lo que enseñarme podían.
Mis dos ancianas tías habían muerto la una tras la otra. A tomar el velo
habíase querido inclinarme; pero Dios no me llamaba a la perfección de
la vida monástica; antes bien, ansiaba yo ver lo que fuera del convento
había, que aunque decían que el mundo estaba gobernado por Satanás, y
que en él la perdición acechaba a las criaturas, decíame a mí la luz
natural de mi entendimiento que cuando tantas gentes vivían en el mundo,
no debían ser tan grandes sus peligros, dado que el mundo no se había
acabado ya, y todas las cosas que contra el mundo me decían, metíanme
más en apetito de conocerle.
En fin, que yo no tenía vocación para la clausura, y así lo dije a mi
buen padre y pariente cuando me preguntó sobre ello. Visto por él lo
cual, y que yo estaba ya crecida y hecha una mujer, y que en el
monasterio estaba de ojos, luego de él sacome y llevome a una casa
noblemente alhajada, en que para servirme había una respetable dueña, o
más bien aya, señora viuda, de grande virtud, honestidad y
entendimiento, con otras doncellas y criados; y carrozas y sillas de
mano, todo como había de ser, teniendo en cuenta mi grande hacienda y la
clara nobleza de mi linaje; y él, para evitar murmuraciones, fuese a
otra casa, y no me veía más que al día breves momentos, y aun así,
tratándome con un tal respeto y encogimiento, y de una manera tan
avarienta mirándome, aunque lo disimulaba, que puesto que yo no
entendía de amores, por barrunto conocí que él de mí estaba enamorado, y
que por su edad y sus achaques, que le hacían parecer más viejo que lo
que en realidad lo era, a declararme sus amorosos sentimientos no se
atrevía; muy por el contrario, mandaba a doña Agueda me llevase a
cuantos divertimientos podía yo concurrir honestamente, y en esto veía
yo que él buscaba que, conociendo el mundo y tratándome con él, de algún
caballero que de mí fuese digno me enamorase, para con él casarme. Pero
era el caso, que aunque muchos me solicitaban, y me escribían versos, y
me daban música, y por mí con otros se enemistaban y reñían, haciendo de
mi calle palenque nocturno, donde más de alguno dejó entre rabiosas y
celosas ansias la vida, yo no me agradaba de nadie ni quería agradarme,
y no había rendimiento que me incitase ni merecimiento que me rindiese;
visto lo cual por don Francisco de Rivalta, y creyendo, acaso, por el
cariñoso modo de mi trato con él, que a pesar de sus años y sus
dolencias yo le amaba, y que si yo no se lo mostraba, a causa era de mi
recato, propúsome un día, todo tembloroso, como aquel que teme encontrar
la muerte en su propio atrevimiento, si quería con él casarme.
Díjele que sí, sin saber lo que me decía, que era yo tan inocente como
cuando entré en el convento; y el casamiento se hizo con gran pompa y
regocijo, como a nuestra riqueza y nobleza convenía; y antes de que el
festín de las bodas se terminase, díjome mi aya doña Agueda no sé
cuántas cosas, que yo no pude entender; y luego, cuando acabada la
fiesta se fueron saliendo de casa los convidados, la madrina me dijo
otras cosas que tampoco entendí; y rodeada de las doncellas, de honor,
lleváronme a lo que mi madrina llamaba el tálamo, y que yo no sabía qué
cosa fuese, y metiéronme en una habitación o cámara lujosamente ornada,
en la que había un gran lecho todo guarnecido de blanco, y adornado con
flores, y allí me dejaron sola y suspensa, cuando a poco he aquí que
entró mi esposo pálido y convulso, y alentando apenas, y a mí se vino a
abrazarme; visto lo cual, yo me hice atrás tres pasos, y espanteme y
extendí hacia él los brazos, como para impedir que me tocase.
--¿Pues qué, señora de mi alma,-dijo don Francisco, quedando inmóvil y
como si le hubiese herido un rayo,--no sabéis que sois mi esposa y que
ante el altar de Dios nos hemos juntado en uno?
Siguiose a esto una conversación, por la que el desdichado don Francisco
de Rivalta vino a convencerse de que yo con él sin amor me había casado,
y aun sin saber Lo que el amor y el casamiento fuesen, y de esto provino
que, dando un profundo suspiro, me dijo:
--Siéntolo, porque si mañana os prendareis de alguno, amarle no podréis,
sin ofensa a Dios y sin menoscabo de la vuestra y de mi honra; pero yo
juro, que si alguna vez solamente inclinada a prendaros de alguien os
conociere, con mi muerte os dejaré libre, para que podáis ser dichosa.
Entre tanto, por padre tenedme.
Y sin decir más, saliose, pálido como un muerto, y preñados de lágrimas
los ojos, sin que yo llegase a comprender todavía la causa de aquello,
que era para mí lo que la luz para el ciego, que no sabe que hay otra
cosa que las tinieblas en que su ceguera le tiene.
Llevome mi esposo a Méjico, y digo mal mi esposo, mi padre, adonde le
llevaba el cumplido plazo de la licencia que para el cuidado de sus
asuntos propios en España habíanle concedido. Gente es la de Méjico rica
y ociosa, dada al galanteo e inclinada a las malas costumbres; y como si
don Francisco hubiese querido remediar el yerro en que, casándose
conmigo, había dado, abierto había nuestra casa a los saraos y a los
festines, y no parecía sino que para convidarlos a ellos buscaba a los
caballeros más jóvenes, y más galanes, y más ricos; y de tentaciones me
rodeaba, sin apartar de mí la vista, y aguzando la experiencia que le
habían dado sus largos años de judicatura, todo por ver si yo a alguno
me inclinaba, que pudiese, libre ya y viuda, amándome, por su amor
venturosa hacerme. Perdido había yo, en fuerza de las solicitudes y
galanteos que me rodeaban por todas partes, aquella mi primera
inocencia, o más bien ignorancia, de las cosas de la vida. Conocía harto
bien el grande sacrificio en que por amor mío mi buen esposo se
empeñaba, y gran parte hubiera sido esto para que yo me enamorase de él,
que Dios me ha dado buena alma y agradecida; pero no es el amor cosa que
cuando se quiere se tiene, ni hay tienda donde se compre, ni lugar donde
se le busque; que él viene cuando menos se le espera y en el alma se nos
entra, y la avasalla, y prenda nos hace, no de aquel a quien hemos
buscado, sino del que Dios ha querido que venga para hacerse dueño de
nuestra vida y de nuestra alma en un solo punto; que el amor viene del
cielo cuando menos se le espera, y porque es aliento de Dios, es coma
Dios divino, y logrado cuanta gloria puede haber en la tierra.
Suspiró doña Guiomar, partiósele de los ojos, aunque involuntariamente,
una mirada, que como si hubiera sido fuego del cielo, en su dulce fuego
abrasó el corazón de Cervantes, y luego, bajando los ojos ruborosa la
bellísima doncella viuda, quedose en silencio como si la grandeza de lo
que sentía la vedara el uso de la palabra.
No menos confusa y turbada parecía Margarita, y agitábasela el seno,
como si una potente fuerza dentro de él se hubiera conmovido inquieta.
Conocíase adorado Cervantes por la hermosísima doña Guiomar y por la
bellísima Margarita amado, y dolíale, y no sabía qué hacerse, y
acometíanle un tumulto de tentaciones que consigo mismo le enemistaban;
porque si bien él era mozo galanteador que no reparaba en
inconvenientes, hasta entonces, como ya se ha dicho, con amor no había
dado que le obligase y en tristezas y cuidados le pusiese; y
encontrábase entre dos mujeres, ambas merecedoras de todo respeto y
homenaje; y puesto que Margarita le pareciese hermosa a maravilla, y
dulce y enamorada, parecíale doña Guiomar una divinidad; y no había
lugar a que dudase; que tratándose de que perdiese su libertad bajo el
yugo, tal vez durísimo, del himeneo, doña Guiomar era sin contradicción
y sin sombra de duda su escogida y su bien amada; y como él no pudiera
partirse en dos, o no hubieran de llegar a hechos las tentaciones que
por Margarita sentía, o había de tenerla por amiga, cosa que los
hidalgos y cristianos pensamientos de Cervantes repugnaban; que
tratándose de una doncella tal, y tan mal aventurada, y tan cuitada como
Margarita, infamia hubiera sido, prevaleciéndose de sus inocentes amores
y de sus desdichas, perderla en la deshonra como una hembra de poca
valía, en malos pañales criada y a todo puesta; así es que Cervantes no
sabía qué hacerse; que si los amores de Margarita, que ya se mostraban
harto claros, no aceptaba, heríala a un tiempo en su vanidad y en su
amor, y aceptándolos la perdía y a doña Guiomar ofendía, y él mismo se
ofendía en sí mismo en las dos; que no se puede ir por un mal camino sin
exponerse a caer en los despeñaderos que en él se encuentran, y tanto
más, que estos caminos malos son resvaladizos, y una vez entrados en
ellos, atrás no podemos volvernos y nuestra perdición es segura, y quien
en el peligro se mete conociéndole, las desventuras que le sobrevengan
merece. Conocíalo todo esto Cervantes, y en ello pensaba, y pensando en
ello aparecía confuso y turbado, tanto casi como las dos de él
enamoradas doncellas. Al fin doña Guiomar, rompiendo su silencio,
continuó de esta suerte:
--Yo, conociendo ya el mundo, hubiera querido premiar el amor de mi
esposo, si no con el amor de mi alma, dándole la posesión de esta mi
persona que tan hermosa le parecía, y, aunque procurelo, ser no pudo,
que él tenía mucha experiencia y mi intento conocía, y que aquello por
lo que yo me brindaba a arrojarme en sus brazos, no era amor, sino
compasión y agradecimiento; y evitolo, y sufrió su martirio en silencio,
y como estaba achacoso y más viejo que por sus años debía serlo,
agraváronse sus dolencias y con él al fin acabaron; que murió el
desdichado casi loco de amor entre mis brazos, y sin que yo evitarlo
pudiera. Dejome su hacienda, que puesto que hubiese vendido para
comprar su primer oficio la primera que sus padres le dejaron, por los
grandes provechos que los oidores gozan en las Indias, habíala hecho, y
buena: ¿pero qué era su hacienda comparada con la opulenta hacienda mía?
¿ni de qué podía servirme más que de amargura, siendo así que la tenía
por su muerte?
Triste quedeme, desamparada, y lo que fue peor, en peligro; que apenas
cubrió la tierra de la fosa el cuerpo del sin ventura esposo mío,
pareció que de otra fosa ignorada salía, para poner en mi corazón ira y
espanto, el eterno perturbador de mi sosiego, a quien yo no conocía más
que por la relación que de él me había hecho mi esposo; digo que apenas,
después de los primeros meses del luto, a la calle salí, y en mi casa
empecé a recibir como antes a mis amigas, y a los amigos de mi marido,
hizo le presentasen en ella sin mirar en nada, y como si hubiese
ignorado que yo ignoraba su nombre, conociéndole por el mortal enemigo
de mi familia, el capitán don Baltasar de Peralta. Perturbeme al oír su
nombre, pero tuve valor, o Dios me lo dio, para disimular; y cuando
todos se fueron y con él me quedé sola, que él de intento para procurar
la ocasión se había hecho reacio (cosa que fue reparada por todos, y a
todos les hizo creer que eran ciertas las calumnias que de mí se decían,
y que Gaspar de Valcárcel, alférez de alabarderos del virey, había
propalado), túvoseme por liviana muy más que antes, y por mujer que,
olvidada de todo pudor, libre ya por la muerte del marido, en nada
reparaba ni se detenía, y que no era ya el alférez Valcárcel el único y
sólo favorecido por mí, sino que también de mis favores gozaba el
capitán don Baltasar de Peralta, que por muerte del capitán de los
alabarderos del virey, de España para sucederle había ido.
Nadie pudo oír lo que yo, encolerizada y embravecida, dije a don
Baltasar de Peralta en cuanto, como lo ansiaba, con él me vi a solas;
que después de manifestarle que al oír su nombre le había conocido como
el matador de mi padre, de mi casa arrojele, amenazándole con mi
venganza. Oyome inalterable don Baltasar de Peralta, sonriose como
hubiera podido sonreírse un demonio, y díjome saliendo de mi estrado:
--¡Vive Dios, que o habéis de ser mía, o tanto haré, que habéis de soñar
conmigo como si soñarais con el diablo!
Dieron a este punto en la iglesia del Salvador las Ave-Marías de las
doce, y como un paje apareciese y dijese que ya la mesa estaba servida y
esperaba a los señores, doña Guiomar dijo:
--Pongamos por ahora punto redondo a la relación de los negros sucesos
de mi vida, que de ellos no ha de hablarse delante de los criados, y
déjese la prosecución para después de la siesta, que en el jardín nos
juntaremos.
Y con esto levantose la hermosísima viuda, y tras ella, Margarita y
Cervantes a comer con ella se fueron.