De como lo que no podía amparar Cervantes vino a ampararlo doña
Guiomar.
Tropezábase por entonces en Sevilla a cada paso con una opulenta
hostería, lugar de morada, de pasatiempo y placeres de la gente alegre,
noble y rica, pero olíales el resuello a las más a una legua a carestía,
y no era la menguada bolsa de Miguel la que podía atreverse con ninguna
de ellas, ni aun con la más humilde; no había que pasar de bodegón, y
aun así, cuidando no fuera de aquellos que se daban tufos de hostería, y
acordándose del de la tía _Zarandaja_, que en una revuelta de la calle
de las Sierpes estaba, y al que podía llegarse sin pasar por delante de
la casa de la bella indiana, a él se fue, y en ella dio al fin a punto
que el sol asomaba por el Oriente, y la tía _Zarandaja_, que ya para el
despacho había, abierto, a la puerta se encontraba departiendo con
algunas vecinas de los sucesos de la noche, que a la vecindad habían
alborotado, y que habían tenido por remate el que la Inquisición
prendiese al señor _Viváis-mil-años_, cosa que ponía espanto en aquellas
buenas comadres, la que más y la que menos parienta próxima, y hermana
en el diablo, por brujas, del preso; y por aquello de que cuando las
barbas de tu vecino veas pelar echa las tuyas en remojo, todas aquellas
valientes hembras andaban desasosegadas y en corrillos por las puertas,
que no era sola la del bodegón de la tía _Zarandaja_ la en que se las
veía.
--Algo que sea bueno y confortativo, buena madre,--dijo Cervantes
entrándose por el bodegón,--habéis de darme para esta pobre joven, que
harto doliente se encuentra; y sea esto pronto, y empiece por una buena
taza de caldo que tenga por mitad del generoso trasañejo de Montilla.
--Medio muerta tráela vuesa merced, señor soldado,--dijo la tía
_Zarandaja_, mirando con el rabo del un ojo a Margarita, y guiñando con
el rabo del otro a las vecinas que con ella estaban a la puerta;--y con
sólo haberla metido en mi casa, a la vida la ha tornado; y ya se verá
cuando saliere, si es la misma que cuando entró.
Y entrose la tía _Zarandaja_, y fuese a las hornillas, y sentáronse a un
lado, y en el cabo de una larga mesa, Miguel y Margarita, él pensativo,
ella triste y abatida; cuando hete aquí que se presentó, a la puerta, y
en ella se detuvo, y adentro miró con curiosidad y atención, y su mirada
se detuvo, penetrante y grave en nuestro Miguel, una extraña persona.
Reparola Cervantes, y en ella con curiosidad y aun con cuidado se
fijaron sus ojos. Era la tal persona ni alta ni baja, airosa, aunque
parecía pretender apariencias de desgarbo y desmayo, y más años de los
que pesaban sobre sus huesos; era su traje negro de tercianela, con
botones dorados en la ropilla, gorguera larga de puntas lacias, peluca
rubia de guedejas desmadejadas, pañizuelo blanco y rosario con medallas
pendientes de la pretina, medias calzas negras, zapatos con grandes
lazos, y gorra asimismo de tercianela; un rodrigón, en fin, en el traje,
pero sólo en la apariencia, que quería ser de viejo, sin conseguirlo;
que el vigor de la juventud se patentiza a sí mismo, por mucho que
quiera encubrírsele, y no eran aquellas redondas, carnosas, finas y bien
contornadas piernas de sexagenario, ni aquellos pies diminutos, a
despecho de los gruesos zapatones; ni casaban bien con aquella frente
despejada, serena y tersa, las descomunales narices bermejas y ásperas
que bajo ella nacían: a disfraz trascendía todo el pergeño del rodrigón,
y por mujer bella y joven, que para algo que la importaba habíase
disfrazado, túvola Cervantes; y como ella creciese en la atención con
que le miraba, pasando sus ojos de él a Margarita y de Margarita a él,
en más cuidado se puso, y acabó por convencerse de que el fingido
rodrigón no era otra cosa que una muy apuesta y gentil moza, que en vano
con todos aquellos trebejos y nariz postiza había cargado, y antojósele
que tal vez aquello tenía que ver algo, y aun mucho, con su adorada doña
Guiomar; y no se engañaba, porque el rodrigón fingido no era sino
Florela, que con las ropas del rodrigón García había procurado
encubrirse, añadiendo unas narices de pasta que en otro tiempo había
usado ella para una mogiganga, y que había guardado.
Era el caso que, como ya se dijo, doña Guiomar, toda cuidadosa por la
extraña partida de Cervantes y por la carta que la había dejado, había
encargado a Florela se disfrazase y le buscase, para impedir una
desgracia que doña Guiomar recelaba, si su enamorado buscaba a don
Baltasar de Peralta y le encontraba; y Florela no había podido
disfrazarse tan pronto, y repasar y adovar las narices y la peluca, para
que al efecto la sirviesen, sin que pasase tiempo bastante para que
sucediese lo que ya se ha relatado, desde que Cervantes escapó, hasta
que con Margarita entró en el bodegón de la tía _Zarandaja_; acasos hay
que parecen providencias, y a veces providencias no son, sino artimañas
del diablo para enredar más las cosas; y así sucedió en esta ocasión,
porque habiéndose ido Florela a casa de la tía _Zarandaja_ a tomar
lenguas, por si podía descubrir algo (que ella conocía a la tía
_Zarandaja_, porque la había vendido no sé qué brevajes, medicinas y
hechizos, contra un mozo de cuadra, o dígase palafrenero, de la misma
servidumbre de la indiana, para meterle en amores, y por este
conocimiento a buscarla iba; que ella tal vez podría darle indicios, y
buscarle quien la aconsejara, acompañara y guiara), como vio a Cervantes
con Margarita casa de la tía _Zarandaja_, conociole, y alterose toda, y
no supo qué hacerse; y cuando Cervantes sospechó, poniéndose en lo
cierto, que aquella mujer disfrazada que tan atentamente le miraba,
podía ser muy bien una criada de doña Guiomar, a quien ésta hubiera
mandado le buscase, levantose y se encaminó a ella para preguntarla.
Florela, que por haber hallado con otra mujer joven y bella a Cervantes,
no sabía qué hacerse, poseída de un miedo súbito, echose fuera de la
puerta del bodegón al ver que Cervantes se levantaba y para ella se iba,
y diose a correr, y doblando una próxima esquina, metiose por la
callejuela a que daban las tapias del jardín de la casa de su señora, y
llegó al postigo por donde había salido, y del cual tenía llave, y
entró, y no se creyó segura hasta que tornó a cerrar, poniendo aquel
reparo entre ella y Cervantes, que la había perseguido.
Creerla no quería doña Guiomar, cuando la oyó decir que a Cervantes
había encontrado en un tan no decente lugar como el bodegón de la tía
_Zarandaja_, y en compañía de una hermosísima joven en hábito de miseria
y de enfermedad; pero como Florela lo afirmase y la dijese que ella
misma por sus propios ojos podría convencerse si la siguiese, perdida
toda prudencia y todo miramiento la hermosa indiana, arrebatada por la
locura de sus celos, que no lo serían si hasta la locura no llegasen,
amontonose, y a salga lo que saliere, y sin importársele nada de otra
cosa que no fuese su amor, que en tan dolorosos cuidados y tan mortales
ansias la ponía, hizo que sin dilación Florela la prendiese un manto, y
en el momento con ella saliose por el jardín y el postigo, y se fue a
dar con toda su nobleza, toda su altivez, toda su riqueza y toda su
hermosura, en el bodegón de la tía _Zarandaja_, en donde se entró de
rondón y como si hubiese ido a buscar allí lo que más que la vida y la
honra la importase.
Olor de gloria diole en los vientos (que ella tenía algo de podenca, y
aun pudiera decirse que de vulpeja) a la tía _Zarandaja_, al ver entrar
tan reciamente en su casa a una tan principalísima dama; y reconociola,
aunque no la había visto sino una sola vez y de refilón, desde las
ventanas del tinglado o casa del rapista, en su jardín; alegrósela el
alma toda, porque olió aventura, y vio celos, y conoció que de quien la
enamorada indiana estaba celosa era de aquel gentil soldado que en su
casa estaba con la hermosa y doliente joven.
Perseguido había Cervantes a Florela sin poder cogerla, por la rapidez
de su fuga y la delantera que le llevaba, y habíase vuelto cuando
Florela se había puesto a salvo por el postigo, entrándose por el cual,
había certificado a Cervantes de que no se había engañado cuando había
supuesto que aquella mujer disfrazada era una criada de doña Guiomar,
que la había enviado para que le buscase; lo cual había sido para
nuestro mozo un gran contentamiento y una ardorosísima esperanza de su
amor; que cuando ella a tales cosas se arrojaba por él, no podía ser
menos sino que le adoraba; y cuando ya al lado de Margarita, que tomaba
la escudilla de caldo con vino generoso que la tía _Zarandaja_ la había
llevado, vio que doña Guiomar se metía por el bodegón como fuera de sí,
y en él reparaba, y se detenía sobresaltada, tuvo por cierta su ventura,
y levantose y hacia doña Guiomar se fue todo cortesanía y rendimiento.
Pero ella, antes que él llegase, con voz airada y trémula le dijo:
--¿Qué queréis? ¿A dó venís? ¿Qué buscáis? ¿En dónde nos hemos visto, ni
qué empeños tenemos, ni qué palabras entre nosotros han mediado, ni
cómo ni cuándo, en fin, y esto basta, nos hemos conocido, para que así
os acerquéis a mí, como si para ello tuvieseis autoridad y razón
bastante? Volveos al lado de quien estábais, y dejad a los demás que a
sus negocios vayan, que otra cosa no os importa, ni yo he de permitirlo.
Oyendo estuvo Cervantes estas palabras en silencio, el sombrero en la
mano, el amor en los ojos y la sonrisa en los labios; y atentas
estuvieron también a aquellas palabras, Margarita asombrada y la tía
_Zarandaja_ alegre.
--Ingrato sería yo para con Dios,--dijo Cervantes,--si no le bendijese
por haberme traído al mundo para este momento de suprema ventura, señora
mía; y ruégoos que os soseguéis y me escuchéis, que cuando me hubiereis
oído, bien sé yo que razones hayaréis en lo que veis y os enoja, más
para estimarme que para reprenderme y despreciarme; y porque este no es
lugar decente para vos, dejadme os ruego que a algún aposento de esta
casa pasemos, donde en compañía de esta doncella, con la cual me habéis
encontrado, me oigáis, y la oigáis a ella, y sepáis que no traidor para
con vos he sido, sino compasivo y cristiano para con una gran
desventura, con la cual, para ventura mía a lo que presumo, me he
encontrado.
--No ha de ser aquí donde yo os oiga,--dijo doña Guiomar,--y donde a esa
sinventura deje; que ya que vos decís, y yo quiero creerlo, que como
hidalgo y cristiano la habéis amparado, ampararla quiero yo, que mejor
podré hacerlo y más honestamente, dado que mujer soy y viuda. Y no se
hable más de esto, y véngase conmigo esa doncella y con mi rodrigón, y
vos id luego, que ya sabéis dónde está la puerta principal de mi casa.
Con asombro había visto todo lo que había sucedido desde que en el
bodegón entró la hermosa indiana, la no menos hermosa Margarita, y con
un mayor asombro oyó aquellas palabras; y como con la cólera se le
hubiese descompuesto el manto a doña Guiomar, y dejádola al descubierto
la incomparable cabeza con aquella su dorada corona de riquísimos
cabellos, al ver tanta beldad, y el rubor que por hallarse allí, y hasta
tal punto haber llegado, la encendía el purísimo semblante, aficionose a
ella, y túvola por buena, y a más por gran señora, que no mostraba menos
por su continente y su atavío doña Guiomar, y levantándose a ella fuese,
y asiéndola una mano, con voz desfallecida por la enfermedad y por el
sentimiento, la dijo:
--Amparada he sido, y tan generosa y noblemente como pudiera serlo, por
este caballero con el cual me habéis hallado; y pues también le
conocéis, señora, como se muestra por lo que con él hablado habéis, sin
duda habéis también conocido cuánta debe haber sido y ser la desventura
en que me ha encontrado; y porque acepto el amparo que me ofrecéis y
porque sepáis mis desdichas, a vos me acojo y a vuestra casa os sigo.
Y con esto, dándola el brazo doña Guiomar, para que en él se sostuviese,
salieron seguidas de Florela, y al postigo del jardín se encaminaron, y
por él entraron en la casa.
X
De como Cervantes encontró casa de la tía Zarandaja más de lo que
había querido buscar.
Suspenso quedose Miguel de Cervantes, cuando hubieron desaparecido doña
Guiomar, Margarita y Florela.
Amor, celos y rendimiento, hasta tocar en los límites de la locura,
había visto en su bella indiana; que si ella no hubiese estado enamorada
hasta volverse loca por él, ni en su busca hubiera enviado disfrazada a
su doncella, ni a buscarle hubiera ido a un lugar tan indigno de ella
como el bodegón de la tía _Zarandaja_, ni con tan celoso ahínco allí le
hubiera hablado, ni con tan cuidadoso recelo se hubiera llevado consigo
a la hermosa Margarita; que para nuestro mancebo era cosa manifiesta,
que más por separarla de él se la había llevado que por caridad, puesto
que ella fuese de condición tierna y caritativa. Contento estaba
Cervantes con su buena aventura, que tan en claro le había puesto el
encendido amor en que por él ardía doña Guiomar, y parecíale que ya su
vida y su alma habían encontrado buen empleo, y la codicia de ver de
nuevo a doña Guiomar le aquejaba, y de gozar otra vez de sus ardientes
miradas, de las que para él se la salían del alma; pero temía, si iba,
no le obligase ella con juramento a que nada intentase contra aquel
enemigo de sus padres y suyo, que de tal modo había perseguido a su
madre y a ella la perseguía. Aborrecía ya a aquel hombre Cervantes, y
por nada del mundo hubiera querido obligarse a no pedirle razón
cumplida, espada contra espada, de todas las desgracias que había
causado a la madre de doña Guiomar y a ella misma; y por esto, y aunque
ardía en deseos de tener cuanto antes presentes las perfecciones y los
encantos de su bien amada, deteníase, y pensaba en que tal vez sería
mejor ir a buscar a aquel bachiller Carrascosa, su amigo, porque conocía
a todo el mundo en Sevilla, y debía conocer a don Baltasar de Peralta, y
preguntarle cuál fuese su morada, e ir a buscarle y provocarle de tal
manera, que no pudiese dejar de ponerle en la ocasión de matarle. Y
estando en estas vacilaciones Cervantes, entre si acudiría en el momento
a la casa de la hermosa indiana, o iría, para lo que se ha dicho, a
buscar a su amigo el bachiller Carrascosa, entrose en el figón un
hombre alto, con el sombrero de alas gachas echado sobre los ojos,
subido hasta el sombrero el embozo de su larga capa, con botas altas de
gamuza y larga espada, que bajo la capa se mostraba.
Pareciole a Cervantes que, además de lo abatido del sombrero y lo subido
del embozo, llevaba aquel hombre antifaz; y prevínole contra él, el ver
que, cuando junto a él pasó le miró como con recelo, y yéndose a una
puertecilla que allá en lo último del bodegón se veía, hizo seña a la
tía _Zarandaja_ de que fuese, y entrose por la puertecilla, y a ella se
fue la tía _Zarandaja_, y cuando se hubo entrado por ella cerrola,
quedándose solo en la primera parte, o dígase en la parte pública del
figón, Cervantes con una moza como hasta de veinticinco años,
cariredonda, rubicunda y sucia, que a la tía _Zarandaja_ servia.
Llamola Cervantes, diola un real sencillo para que hiciese boca (su
pobreza no le consentía ser más largo en la dádiva), y teniéndola ya por
suya (que ella era tal, que con un real sencillo se conocía bien
apreciada), preguntola quién fuese aquel, que, aunque encubierto, por su
soberbia y su talante parecía caballero, y de los principales.
Díjole ella que aquel señor era uno de los a quien su ama servía; y
preguntándola Cervantes cuáles fueran estos servicios, ella le nombró
una cáfila de ellos tal, que sin más información quedaron hechas todas
las alabanzas, y representados todos los méritos de la tía _Zarandaja_,
y que eran tales, que si la Inquisición o la justicia ordinaria los
hubieran sabido, no los hubieran premiado con menos que con quemarla
viva, o enrodarla y descuartizarla; en lo tocante al señor que acababa
con la tía _Zarandaja_ de encerrarse, dijo la moza que su ama le traía
engañado, chupándole los dineros con la promesa de embrujar y hechizar,
para que le amase, a aquella misma señora que vivía en la vecindad, y
que poco antes había estado allí. Con estas noticias creyó conveniente
Cervantes dejar por el momento el campo, y volver cuando el encubierto
del figón hubiese salido, y para saber cuándo esto sucediese, fue a
esconderse detrás de un poste de un soportal que en una rinconada frente
del figón había. Pasó bien media hora antes de que el embozado saliese,
y cuando Cervantes le hubo visto, metiose por una callejuela inmediata,
volviose al figón, y púsose delante de la tía _Zarandaja_, que se turbó,
y por encubrir su turbación le dijo:
--Bien se os conoce que sois honrado, y que tenéis conciencia, y que no
habéis querido dejar de pagarme la buena taza de caldo con vino
trasañejo de Montilla, que se tomó aquella desventurada doncella con
quien primero vinisteis.
--Pues si de conciencia entendéis,--dijo Cervantes,--llevadme adonde a
solas podáis decirme lo que con vos habló, buena madre, ese caballero
embozado con quien os encerrasteis no ha mucho.
--¡Ah, señor soldado!--dijo la tía _Zarandaja_, más conforme que
antes,--que ese caballero es un menesteroso que me busca para que yo le
remedie; como si yo fuese una santa que pudiese hacer milagros.
--¿Y un milagro es lo que ese señor ha menester?--dijo Cervantes.
--Y tan milagro, que sería más fácil resucitar a un muerto. Pero ya,
señor hidalgo, que yo he visto que sois tan amigo de la señora doña
Guiomar, hablaros quiero, y de tal cosa, que importa grandemente a esa
vuestra amiga y a vos; y venid donde nadie pueda oírnos, que más de lo
que pensáis el secreto importa.
Y fuese a la misma puerta que ya se ha dicho, y entrose por ella, y
siguiéndola Cervantes, hallose en un aposentillo desguarnecido y
lóbrego, en el que no entraba más luz que la que venía de un altísimo
patio estrecho, y por una raja de la pared, a manera de saetera, pasaba,
y allí, sentándose la tía _Zarandaja_ en una estera y Cervantes en un
taburete cojo, ella le dijo que aquel caballero amaba de una manera
desesperada, desde hacía mucho tiempo, a doña Guiomar, y que con ella
quería casarse; pero que ella ni aun de él dejaba verse, porque para que
no la viese se mantenía encerrada en su casa, y no salía sino entre dos
luces para ir a misa a la iglesia mayor, y que cuando iba no era sino en
silla de manos, cerrada y guardada por cuatro lacayos armados, que eran
cuatro fieras, y de tan probada lealtad, que no había habido medios
bastantes para obligarlos a que a su señora desirviesen, dejándola
arrebatar por otros que de buena gana el caballero de quien se trataba
hubiera enviado para apoderarse de ella: añadió la vieja que aquel día
aquel caballero había ido a pedirla noticias de quién fuese el que la
noche anterior había dado música a la hermosa viuda, y si no lo sabía,
que lo averiguase, como asimismo de la causa por qué la Inquisición
había estado, antes de la música, en casa de la viuda, y en vez de
prenderla a ella, había preso al rapista _Viváis-mil-años_; y que ella
le había dicho que no sabía nada, pero que procuraría averiguarlo.
Escuchando estuvo atentamente Cervantes a la tía _Zarandaja_, y cuando
hubo ésta acabado, la dijo:
--¿Y nada os preguntó ese hombre acerca de mí, que cuando junto a mí
pasó, pareciome que me miraba con recelo?
--Sí que me preguntó, y con encarecimiento,--contestó la tía
_Zarandaja_;--pero yo, que pude decirle mucho, nada le dije, porque me
importa mucho más servir a la buena señora, mi vecina, que al otro.
--¿Y qué os parece, madre, si yo me casara con doña Guiomar?--dijo
Cervantes.
A lo que respondió la vieja:
--Si no os casaseis con ella, o casado seríais, o estaríais dejado de la
mano de Dios; porque un tal bocado de cardenal, y aun si me apretáis de
papa, ¿dónde le podríais encontrar mejor? Y que ella está enamorada, y
celosa, y rabiando por que vos la pidáis la mano, no me lo digáis a mí,
que en esto de amores soy yo maestra. Y si doña Guiomar no os quisiere,
y para nada menos que para marido, que me lleven por esas calles hasta
las cuatro estatuas de la Tablada con coroza y sambenito, y que allí me
quemen viva.
--Pues dándome ya por casado con doña Guiomar,--dijo Cervantes,--mirad
si yo os recompensaré bien por lo que ahora me sirváis; antes ha de
faltaros talego, que escudos para llenarle.
--Pues diga vuesa merced, señor soldado,--dijo relumbrándole los ojos la
tía _Zarandaja_.
--Quédese aquí por ahora,--dijo Cervantes,--que yo vendré más tarde y
hablaremos.
Y con esto saliose, y ya más resuelto, fuese a la casa de doña Guiomar,
a la que halló en su retrete con Margarita.