IX

De como lo que no podía amparar Cervantes vino a ampararlo doña

Guiomar.

Tropezábase por entonces en Sevilla a cada paso con una opulenta

hostería, lugar de morada, de pasatiempo y placeres de la gente alegre,

noble y rica, pero olíales el resuello a las más a una legua a carestía,

y no era la menguada bolsa de Miguel la que podía atreverse con ninguna

de ellas, ni aun con la más humilde; no había que pasar de bodegón, y

aun así, cuidando no fuera de aquellos que se daban tufos de hostería, y

acordándose del de la tía _Zarandaja_, que en una revuelta de la calle

de las Sierpes estaba, y al que podía llegarse sin pasar por delante de

la casa de la bella indiana, a él se fue, y en ella dio al fin a punto

que el sol asomaba por el Oriente, y la tía _Zarandaja_, que ya para el

despacho había, abierto, a la puerta se encontraba departiendo con

algunas vecinas de los sucesos de la noche, que a la vecindad habían

alborotado, y que habían tenido por remate el que la Inquisición

prendiese al señor _Viváis-mil-años_, cosa que ponía espanto en aquellas

buenas comadres, la que más y la que menos parienta próxima, y hermana

en el diablo, por brujas, del preso; y por aquello de que cuando las

barbas de tu vecino veas pelar echa las tuyas en remojo, todas aquellas

valientes hembras andaban desasosegadas y en corrillos por las puertas,

que no era sola la del bodegón de la tía _Zarandaja_ la en que se las

veía.

--Algo que sea bueno y confortativo, buena madre,--dijo Cervantes

entrándose por el bodegón,--habéis de darme para esta pobre joven, que

harto doliente se encuentra; y sea esto pronto, y empiece por una buena

taza de caldo que tenga por mitad del generoso trasañejo de Montilla.

--Medio muerta tráela vuesa merced, señor soldado,--dijo la tía

_Zarandaja_, mirando con el rabo del un ojo a Margarita, y guiñando con

el rabo del otro a las vecinas que con ella estaban a la puerta;--y con

sólo haberla metido en mi casa, a la vida la ha tornado; y ya se verá

cuando saliere, si es la misma que cuando entró.

Y entrose la tía _Zarandaja_, y fuese a las hornillas, y sentáronse a un

lado, y en el cabo de una larga mesa, Miguel y Margarita, él pensativo,

ella triste y abatida; cuando hete aquí que se presentó, a la puerta, y

en ella se detuvo, y adentro miró con curiosidad y atención, y su mirada

se detuvo, penetrante y grave en nuestro Miguel, una extraña persona.

Reparola Cervantes, y en ella con curiosidad y aun con cuidado se

fijaron sus ojos. Era la tal persona ni alta ni baja, airosa, aunque

parecía pretender apariencias de desgarbo y desmayo, y más años de los

que pesaban sobre sus huesos; era su traje negro de tercianela, con

botones dorados en la ropilla, gorguera larga de puntas lacias, peluca

rubia de guedejas desmadejadas, pañizuelo blanco y rosario con medallas

pendientes de la pretina, medias calzas negras, zapatos con grandes

lazos, y gorra asimismo de tercianela; un rodrigón, en fin, en el traje,

pero sólo en la apariencia, que quería ser de viejo, sin conseguirlo;

que el vigor de la juventud se patentiza a sí mismo, por mucho que

quiera encubrírsele, y no eran aquellas redondas, carnosas, finas y bien

contornadas piernas de sexagenario, ni aquellos pies diminutos, a

despecho de los gruesos zapatones; ni casaban bien con aquella frente

despejada, serena y tersa, las descomunales narices bermejas y ásperas

que bajo ella nacían: a disfraz trascendía todo el pergeño del rodrigón,

y por mujer bella y joven, que para algo que la importaba habíase

disfrazado, túvola Cervantes; y como ella creciese en la atención con

que le miraba, pasando sus ojos de él a Margarita y de Margarita a él,

en más cuidado se puso, y acabó por convencerse de que el fingido

rodrigón no era otra cosa que una muy apuesta y gentil moza, que en vano

con todos aquellos trebejos y nariz postiza había cargado, y antojósele

que tal vez aquello tenía que ver algo, y aun mucho, con su adorada doña

Guiomar; y no se engañaba, porque el rodrigón fingido no era sino

Florela, que con las ropas del rodrigón García había procurado

encubrirse, añadiendo unas narices de pasta que en otro tiempo había

usado ella para una mogiganga, y que había guardado.

Era el caso que, como ya se dijo, doña Guiomar, toda cuidadosa por la

extraña partida de Cervantes y por la carta que la había dejado, había

encargado a Florela se disfrazase y le buscase, para impedir una

desgracia que doña Guiomar recelaba, si su enamorado buscaba a don

Baltasar de Peralta y le encontraba; y Florela no había podido

disfrazarse tan pronto, y repasar y adovar las narices y la peluca, para

que al efecto la sirviesen, sin que pasase tiempo bastante para que

sucediese lo que ya se ha relatado, desde que Cervantes escapó, hasta

que con Margarita entró en el bodegón de la tía _Zarandaja_; acasos hay

que parecen providencias, y a veces providencias no son, sino artimañas

del diablo para enredar más las cosas; y así sucedió en esta ocasión,

porque habiéndose ido Florela a casa de la tía _Zarandaja_ a tomar

lenguas, por si podía descubrir algo (que ella conocía a la tía

_Zarandaja_, porque la había vendido no sé qué brevajes, medicinas y

hechizos, contra un mozo de cuadra, o dígase palafrenero, de la misma

servidumbre de la indiana, para meterle en amores, y por este

conocimiento a buscarla iba; que ella tal vez podría darle indicios, y

buscarle quien la aconsejara, acompañara y guiara), como vio a Cervantes

con Margarita casa de la tía _Zarandaja_, conociole, y alterose toda, y

no supo qué hacerse; y cuando Cervantes sospechó, poniéndose en lo

cierto, que aquella mujer disfrazada que tan atentamente le miraba,

podía ser muy bien una criada de doña Guiomar, a quien ésta hubiera

mandado le buscase, levantose y se encaminó a ella para preguntarla.

Florela, que por haber hallado con otra mujer joven y bella a Cervantes,

no sabía qué hacerse, poseída de un miedo súbito, echose fuera de la

puerta del bodegón al ver que Cervantes se levantaba y para ella se iba,

y diose a correr, y doblando una próxima esquina, metiose por la

callejuela a que daban las tapias del jardín de la casa de su señora, y

llegó al postigo por donde había salido, y del cual tenía llave, y

entró, y no se creyó segura hasta que tornó a cerrar, poniendo aquel

reparo entre ella y Cervantes, que la había perseguido.

Creerla no quería doña Guiomar, cuando la oyó decir que a Cervantes

había encontrado en un tan no decente lugar como el bodegón de la tía

_Zarandaja_, y en compañía de una hermosísima joven en hábito de miseria

y de enfermedad; pero como Florela lo afirmase y la dijese que ella

misma por sus propios ojos podría convencerse si la siguiese, perdida

toda prudencia y todo miramiento la hermosa indiana, arrebatada por la

locura de sus celos, que no lo serían si hasta la locura no llegasen,

amontonose, y a salga lo que saliere, y sin importársele nada de otra

cosa que no fuese su amor, que en tan dolorosos cuidados y tan mortales

ansias la ponía, hizo que sin dilación Florela la prendiese un manto, y

en el momento con ella saliose por el jardín y el postigo, y se fue a

dar con toda su nobleza, toda su altivez, toda su riqueza y toda su

hermosura, en el bodegón de la tía _Zarandaja_, en donde se entró de

rondón y como si hubiese ido a buscar allí lo que más que la vida y la

honra la importase.

Olor de gloria diole en los vientos (que ella tenía algo de podenca, y

aun pudiera decirse que de vulpeja) a la tía _Zarandaja_, al ver entrar

tan reciamente en su casa a una tan principalísima dama; y reconociola,

aunque no la había visto sino una sola vez y de refilón, desde las

ventanas del tinglado o casa del rapista, en su jardín; alegrósela el

alma toda, porque olió aventura, y vio celos, y conoció que de quien la

enamorada indiana estaba celosa era de aquel gentil soldado que en su

casa estaba con la hermosa y doliente joven.

Perseguido había Cervantes a Florela sin poder cogerla, por la rapidez

de su fuga y la delantera que le llevaba, y habíase vuelto cuando

Florela se había puesto a salvo por el postigo, entrándose por el cual,

había certificado a Cervantes de que no se había engañado cuando había

supuesto que aquella mujer disfrazada era una criada de doña Guiomar,

que la había enviado para que le buscase; lo cual había sido para

nuestro mozo un gran contentamiento y una ardorosísima esperanza de su

amor; que cuando ella a tales cosas se arrojaba por él, no podía ser

menos sino que le adoraba; y cuando ya al lado de Margarita, que tomaba

la escudilla de caldo con vino generoso que la tía _Zarandaja_ la había

llevado, vio que doña Guiomar se metía por el bodegón como fuera de sí,

y en él reparaba, y se detenía sobresaltada, tuvo por cierta su ventura,

y levantose y hacia doña Guiomar se fue todo cortesanía y rendimiento.

Pero ella, antes que él llegase, con voz airada y trémula le dijo:

--¿Qué queréis? ¿A dó venís? ¿Qué buscáis? ¿En dónde nos hemos visto, ni

qué empeños tenemos, ni qué palabras entre nosotros han mediado, ni

cómo ni cuándo, en fin, y esto basta, nos hemos conocido, para que así

os acerquéis a mí, como si para ello tuvieseis autoridad y razón

bastante? Volveos al lado de quien estábais, y dejad a los demás que a

sus negocios vayan, que otra cosa no os importa, ni yo he de permitirlo.

Oyendo estuvo Cervantes estas palabras en silencio, el sombrero en la

mano, el amor en los ojos y la sonrisa en los labios; y atentas

estuvieron también a aquellas palabras, Margarita asombrada y la tía

_Zarandaja_ alegre.

--Ingrato sería yo para con Dios,--dijo Cervantes,--si no le bendijese

por haberme traído al mundo para este momento de suprema ventura, señora

mía; y ruégoos que os soseguéis y me escuchéis, que cuando me hubiereis

oído, bien sé yo que razones hayaréis en lo que veis y os enoja, más

para estimarme que para reprenderme y despreciarme; y porque este no es

lugar decente para vos, dejadme os ruego que a algún aposento de esta

casa pasemos, donde en compañía de esta doncella, con la cual me habéis

encontrado, me oigáis, y la oigáis a ella, y sepáis que no traidor para

con vos he sido, sino compasivo y cristiano para con una gran

desventura, con la cual, para ventura mía a lo que presumo, me he

encontrado.

--No ha de ser aquí donde yo os oiga,--dijo doña Guiomar,--y donde a esa

sinventura deje; que ya que vos decís, y yo quiero creerlo, que como

hidalgo y cristiano la habéis amparado, ampararla quiero yo, que mejor

podré hacerlo y más honestamente, dado que mujer soy y viuda. Y no se

hable más de esto, y véngase conmigo esa doncella y con mi rodrigón, y

vos id luego, que ya sabéis dónde está la puerta principal de mi casa.

Con asombro había visto todo lo que había sucedido desde que en el

bodegón entró la hermosa indiana, la no menos hermosa Margarita, y con

un mayor asombro oyó aquellas palabras; y como con la cólera se le

hubiese descompuesto el manto a doña Guiomar, y dejádola al descubierto

la incomparable cabeza con aquella su dorada corona de riquísimos

cabellos, al ver tanta beldad, y el rubor que por hallarse allí, y hasta

tal punto haber llegado, la encendía el purísimo semblante, aficionose a

ella, y túvola por buena, y a más por gran señora, que no mostraba menos

por su continente y su atavío doña Guiomar, y levantándose a ella fuese,

y asiéndola una mano, con voz desfallecida por la enfermedad y por el

sentimiento, la dijo:

--Amparada he sido, y tan generosa y noblemente como pudiera serlo, por

este caballero con el cual me habéis hallado; y pues también le

conocéis, señora, como se muestra por lo que con él hablado habéis, sin

duda habéis también conocido cuánta debe haber sido y ser la desventura

en que me ha encontrado; y porque acepto el amparo que me ofrecéis y

porque sepáis mis desdichas, a vos me acojo y a vuestra casa os sigo.

Y con esto, dándola el brazo doña Guiomar, para que en él se sostuviese,

salieron seguidas de Florela, y al postigo del jardín se encaminaron, y

por él entraron en la casa.

X

De como Cervantes encontró casa de la tía Zarandaja más de lo que

había querido buscar.

Suspenso quedose Miguel de Cervantes, cuando hubieron desaparecido doña

Guiomar, Margarita y Florela.

Amor, celos y rendimiento, hasta tocar en los límites de la locura,

había visto en su bella indiana; que si ella no hubiese estado enamorada

hasta volverse loca por él, ni en su busca hubiera enviado disfrazada a

su doncella, ni a buscarle hubiera ido a un lugar tan indigno de ella

como el bodegón de la tía _Zarandaja_, ni con tan celoso ahínco allí le

hubiera hablado, ni con tan cuidadoso recelo se hubiera llevado consigo

a la hermosa Margarita; que para nuestro mancebo era cosa manifiesta,

que más por separarla de él se la había llevado que por caridad, puesto

que ella fuese de condición tierna y caritativa. Contento estaba

Cervantes con su buena aventura, que tan en claro le había puesto el

encendido amor en que por él ardía doña Guiomar, y parecíale que ya su

vida y su alma habían encontrado buen empleo, y la codicia de ver de

nuevo a doña Guiomar le aquejaba, y de gozar otra vez de sus ardientes

miradas, de las que para él se la salían del alma; pero temía, si iba,

no le obligase ella con juramento a que nada intentase contra aquel

enemigo de sus padres y suyo, que de tal modo había perseguido a su

madre y a ella la perseguía. Aborrecía ya a aquel hombre Cervantes, y

por nada del mundo hubiera querido obligarse a no pedirle razón

cumplida, espada contra espada, de todas las desgracias que había

causado a la madre de doña Guiomar y a ella misma; y por esto, y aunque

ardía en deseos de tener cuanto antes presentes las perfecciones y los

encantos de su bien amada, deteníase, y pensaba en que tal vez sería

mejor ir a buscar a aquel bachiller Carrascosa, su amigo, porque conocía

a todo el mundo en Sevilla, y debía conocer a don Baltasar de Peralta, y

preguntarle cuál fuese su morada, e ir a buscarle y provocarle de tal

manera, que no pudiese dejar de ponerle en la ocasión de matarle. Y

estando en estas vacilaciones Cervantes, entre si acudiría en el momento

a la casa de la hermosa indiana, o iría, para lo que se ha dicho, a

buscar a su amigo el bachiller Carrascosa, entrose en el figón un

hombre alto, con el sombrero de alas gachas echado sobre los ojos,

subido hasta el sombrero el embozo de su larga capa, con botas altas de

gamuza y larga espada, que bajo la capa se mostraba.

Pareciole a Cervantes que, además de lo abatido del sombrero y lo subido

del embozo, llevaba aquel hombre antifaz; y prevínole contra él, el ver

que, cuando junto a él pasó le miró como con recelo, y yéndose a una

puertecilla que allá en lo último del bodegón se veía, hizo seña a la

tía _Zarandaja_ de que fuese, y entrose por la puertecilla, y a ella se

fue la tía _Zarandaja_, y cuando se hubo entrado por ella cerrola,

quedándose solo en la primera parte, o dígase en la parte pública del

figón, Cervantes con una moza como hasta de veinticinco años,

cariredonda, rubicunda y sucia, que a la tía _Zarandaja_ servia.

Llamola Cervantes, diola un real sencillo para que hiciese boca (su

pobreza no le consentía ser más largo en la dádiva), y teniéndola ya por

suya (que ella era tal, que con un real sencillo se conocía bien

apreciada), preguntola quién fuese aquel, que, aunque encubierto, por su

soberbia y su talante parecía caballero, y de los principales.

Díjole ella que aquel señor era uno de los a quien su ama servía; y

preguntándola Cervantes cuáles fueran estos servicios, ella le nombró

una cáfila de ellos tal, que sin más información quedaron hechas todas

las alabanzas, y representados todos los méritos de la tía _Zarandaja_,

y que eran tales, que si la Inquisición o la justicia ordinaria los

hubieran sabido, no los hubieran premiado con menos que con quemarla

viva, o enrodarla y descuartizarla; en lo tocante al señor que acababa

con la tía _Zarandaja_ de encerrarse, dijo la moza que su ama le traía

engañado, chupándole los dineros con la promesa de embrujar y hechizar,

para que le amase, a aquella misma señora que vivía en la vecindad, y

que poco antes había estado allí. Con estas noticias creyó conveniente

Cervantes dejar por el momento el campo, y volver cuando el encubierto

del figón hubiese salido, y para saber cuándo esto sucediese, fue a

esconderse detrás de un poste de un soportal que en una rinconada frente

del figón había. Pasó bien media hora antes de que el embozado saliese,

y cuando Cervantes le hubo visto, metiose por una callejuela inmediata,

volviose al figón, y púsose delante de la tía _Zarandaja_, que se turbó,

y por encubrir su turbación le dijo:

--Bien se os conoce que sois honrado, y que tenéis conciencia, y que no

habéis querido dejar de pagarme la buena taza de caldo con vino

trasañejo de Montilla, que se tomó aquella desventurada doncella con

quien primero vinisteis.

--Pues si de conciencia entendéis,--dijo Cervantes,--llevadme adonde a

solas podáis decirme lo que con vos habló, buena madre, ese caballero

embozado con quien os encerrasteis no ha mucho.

--¡Ah, señor soldado!--dijo la tía _Zarandaja_, más conforme que

antes,--que ese caballero es un menesteroso que me busca para que yo le

remedie; como si yo fuese una santa que pudiese hacer milagros.

--¿Y un milagro es lo que ese señor ha menester?--dijo Cervantes.

--Y tan milagro, que sería más fácil resucitar a un muerto. Pero ya,

señor hidalgo, que yo he visto que sois tan amigo de la señora doña

Guiomar, hablaros quiero, y de tal cosa, que importa grandemente a esa

vuestra amiga y a vos; y venid donde nadie pueda oírnos, que más de lo

que pensáis el secreto importa.

Y fuese a la misma puerta que ya se ha dicho, y entrose por ella, y

siguiéndola Cervantes, hallose en un aposentillo desguarnecido y

lóbrego, en el que no entraba más luz que la que venía de un altísimo

patio estrecho, y por una raja de la pared, a manera de saetera, pasaba,

y allí, sentándose la tía _Zarandaja_ en una estera y Cervantes en un

taburete cojo, ella le dijo que aquel caballero amaba de una manera

desesperada, desde hacía mucho tiempo, a doña Guiomar, y que con ella

quería casarse; pero que ella ni aun de él dejaba verse, porque para que

no la viese se mantenía encerrada en su casa, y no salía sino entre dos

luces para ir a misa a la iglesia mayor, y que cuando iba no era sino en

silla de manos, cerrada y guardada por cuatro lacayos armados, que eran

cuatro fieras, y de tan probada lealtad, que no había habido medios

bastantes para obligarlos a que a su señora desirviesen, dejándola

arrebatar por otros que de buena gana el caballero de quien se trataba

hubiera enviado para apoderarse de ella: añadió la vieja que aquel día

aquel caballero había ido a pedirla noticias de quién fuese el que la

noche anterior había dado música a la hermosa viuda, y si no lo sabía,

que lo averiguase, como asimismo de la causa por qué la Inquisición

había estado, antes de la música, en casa de la viuda, y en vez de

prenderla a ella, había preso al rapista _Viváis-mil-años_; y que ella

le había dicho que no sabía nada, pero que procuraría averiguarlo.

Escuchando estuvo atentamente Cervantes a la tía _Zarandaja_, y cuando

hubo ésta acabado, la dijo:

--¿Y nada os preguntó ese hombre acerca de mí, que cuando junto a mí

pasó, pareciome que me miraba con recelo?

--Sí que me preguntó, y con encarecimiento,--contestó la tía

_Zarandaja_;--pero yo, que pude decirle mucho, nada le dije, porque me

importa mucho más servir a la buena señora, mi vecina, que al otro.

--¿Y qué os parece, madre, si yo me casara con doña Guiomar?--dijo

Cervantes.

A lo que respondió la vieja:

--Si no os casaseis con ella, o casado seríais, o estaríais dejado de la

mano de Dios; porque un tal bocado de cardenal, y aun si me apretáis de

papa, ¿dónde le podríais encontrar mejor? Y que ella está enamorada, y

celosa, y rabiando por que vos la pidáis la mano, no me lo digáis a mí,

que en esto de amores soy yo maestra. Y si doña Guiomar no os quisiere,

y para nada menos que para marido, que me lleven por esas calles hasta

las cuatro estatuas de la Tablada con coroza y sambenito, y que allí me

quemen viva.

--Pues dándome ya por casado con doña Guiomar,--dijo Cervantes,--mirad

si yo os recompensaré bien por lo que ahora me sirváis; antes ha de

faltaros talego, que escudos para llenarle.

--Pues diga vuesa merced, señor soldado,--dijo relumbrándole los ojos la

tía _Zarandaja_.

--Quédese aquí por ahora,--dijo Cervantes,--que yo vendré más tarde y

hablaremos.

Y con esto saliose, y ya más resuelto, fuese a la casa de doña Guiomar,

a la que halló en su retrete con Margarita.

El manco de Lepanto episodio de la vida del príncipe de los ingenios, Miguel de Cervantes-Saavedra · 第 25 / 40 题