IV

En que se sabe quién era el incógnito amante de doña Guiomar.

Trémula la mano, alborotado el corazón, encendido el bello semblante y

turbados los divinos ojos, doña Guiomar abrió la puerta del cuarto, y

dijo con la voz tan turbada que apenas si se la oía:

--¡Eh, caballero, salid si os place, yo os lo ruego!

A cuyas palabras sólo respondió el silencio, como si nadie hubiera

habido en el cuarto, que ya se ha dicho estaba oscuro como boca de lobo.

Vínosela otra vez a las mientes a la bella viuda, que aquel en quien

había creído ver a la dichosa persona que la enamoraba, no había sido un

hombre, sino un duende, que había tomado aquella apariencia para

burlarla y atormentarla, y que, a causa de llevar ella la milagrosa

medalla del Santo Oficio, el duende había huido; pero oyó a punto uno

como resuello recio de persona que duerme, que allá de lo hondo del

oscuro cuarto salía, cosa que doña Guiomar sintió más que si en efecto

su enamorado se hubiese tornado en humo y desaparecido; porque quien de

tal y tan sosegada y profunda manera se había dormido, cuando ella le

había dicho que la esperase, no debía ser muy extremado en amar; que

ella sabía muy bien, y a causa de él mismo, que el amor desvela, y tanto

más cuanto se está más cerca del objeto amado, y en términos de duda y

esperanza.

Llamó al dormido, ya con más fuerza y aun con enojo, la hermosa indiana,

y a poco se oyó un bostezo, luego pasos, y al fin apareció el incógnito,

con los ojos cargados aún de sueño y con todas las muestras de que en lo

mejor de él se le había interrumpido; y como doña Guiomar cuando le

sintió que se acercaba se hubiese ido a un canapé o escaño que allí

había, y se hubiese sentado, él tomó una silla baja que encontró al

paso, y fue a sentarse junto a doña Guiomar, tocando su falda, y de tal

manera que no parecía sino que hacía un siglo eran amantes, y con un

desenfado tal, que aunque sin dar en la descortesía, parecía mostrar la

confianza que él tenía en ser amado, si es que ya no lo era, y con toda

el alma; mirábala él con codicia, aunque sin irreverencia, y ella le

contemplaba asombrada por lo que en él veía, que harto claro se mostraba

en sus ojos; y ni el uno ni el otro decían una palabra, y ella se

turbaba más y más, y más y más se la encendía el enojado tal vez, y tal

vez amoroso semblante, y él lo conocía y tal lo mostraba, que más y más

ruborosa se mostraba ella, y más y más confusa.

Díjole ella, en fin, que era muy extraña cosa que un hombre que, como

él, de tal manera se había entrado en su casa amparándose de la

justicia, y que decía que por ella se había puesto en tal trabajo, y que

la había dado música, y tan amorosos y encendidos versos la había

cantado, viniese a dormirse como si ningún cuidado le inquietase y como

hubiera podido dormirse en su casa: a lo que él respondió mirándola

amorosísimamente, que tantas noches había pasado en vela atormentado por

sus amores, y tan desesperado y triste, que no había que admirarse de

que, cuando al fin lucía para su amor el sol de la esperanza, descansado

hubiese en alguna manera de su trabajo.

--¿Y quién os ha dicho,--exclamó ella,--que yo os amo, ni en amaros

piense, ni para vos me haya criado, ni al cabo la dureza mía para el

amor, por vos se haya deshecho?

--Dícenmelo,--respondió él,--vuestros divinos ojos, que en vano de mí se

apartan para no verme, porque con más afición y más encendidos rayos de

amor, ¿qué digo? de gloria, a mirarme tornan; dícemelo vuestro hermoso

seno, que los amantes latidos de vuestro corazón mueven; dícemelo

vuestra voz enamorada, que en vano pretende remedar al enojo; dícemelo,

en fin, mi deseo, señora mía, porque si vos no me amaráis, tormento

insoportable sería para mí la desesperada memoria de vuestra adorada

imagen, muerte mi vida, infierno mi esperanza.

--Paso, paso, señor mío,--exclamó la enamorada indiana, queriendo en

vano que no saliese a su boca en una sonrisa de contento su alma, y a

sus ojos en un volcán;--que si seguís así, creeré que mentís, que no

puede llegarse a un tal rendimiento de amor tan de súbito y por una

mujer apenas vista, y por la primera vez de amores requerida; y luego,

que yo tengo para mi, aunque puede ser que me engañe, porque yo de

amores no entiendo, ni he querido entender nunca, que el amor para ser

sublimado ha menester de todo punto ser correspondido.

--Mucho pudiera yo decir sobre esto,--repuso él;--pero aquéjame haceros

una pregunta sobre lo que acabáis de decir, de que no entendéis de

amores, ni entender de ellos habéis querido nunca.

--¿Pues no decíais vos en vuestro soneto,--repuso ella,--que vuestra

alma había sido hasta ahora hielo para el amor? ¿por qué, pues, os

maravilla que hielo haya sido hasta ahora, y que aún lo sea para el

fuego amoroso, el corazón mío?

--Casada fuisteis, señora,--dijo con tristeza el galán,--y para amargura

mía, que las venturas concedidas a otro, aunque pasadas y lícitas, y aun

santificadas por el matrimonio, dardos son de celos y ponzoña de

despecho, para el que bien ama y ser quisiera el único en el amor de la

que adora.

--En hondos discursos os metéis, y no sé qué os diga, ni qué deje de

deciros,--contestó doña Guiomar, bajando los ojos y poniéndose muy más

colorada que otras veces;--y tanto más, cuanto que no sé a quién hablo.

--De buenos y honrados padres vengo, señora,--respondió él;--hidalgo

soy; Alcalá es mi patria; cursé en las aulas de su famosa universidad;

tirome la afición a las armas, y muy más el amor a las letras; soldado

soy, y a poeta aspiro por mi desgracia, porque la poesía es sueño que

devora el alma y la finge lo que no existe, y en los espacios

imaginarios la pierde: Miguel de Cervantes Saavedra me llamo, y vuestro

esclavo soy.

--¿Miguel de Cervantes Saavedra sois vos?--exclamó con encarecimiento

doña Guiomar;--pues por ahí andan en unos papeles impresos los versos

que se recitan en casa de Arquijo por todos los buenos ingenios de

Sevilla, y entre ellos hay los, y no de los peores, que según el papel,

han sido compuestos por vos.

--Si yo hubiera podido creer,--dijo Cervantes,--que los pobres versos

míos habían de llegar a tan hermosas manos, puede ser bien que el deseo

de contentaros hubiera sido inspiración que los hiciese dignos de

Pindaro; ¿pero qué poesía queréis que haya sin amor, y cuando sólo se

escribe para ejercitar el ingenio?

--¿Y sin amor vivíais cuando esos versos compusisteis? pues o no me

amáis como decís, o me amáis desde muy poco tiempo, que ha ocho días se

vendía el papel nuevo, y versos vuestros había en él.

--Desde que perdí el corazón en el cielo de vuestras perfecciones,

señora,--dijo Cervantes,--de tal manera he ansiado, tanto he dudado, tan

grande la desdicha de mi amor he creído, que no he tenido alma ni vida

más que para ansiar y temer, y buscaros y entreveros, apareciendo con el

alba, tornándoos a vuestra casa a punto que el sol salía, menos que vos

hermoso; y todo era en mí sobresalto y congoja, y afán y miedo; que ante

vos no quería mostrarme, por no ver el desdén en vuestros ojos, hasta

que no pudiendo más, y desesperado y loco, a daros música vine, y a

deciros ese triste soneto, que en su poco valer bien muestra que las

musas están enojadas conmigo, al verse por vos, a causa del grande amor

que os tengo, por mí desdeñadas y olvidadas; bien que si vos, como me lo

hace creer el deseo, me amáis, ¿qué vale el laurel de Apolo comparado

con la gloria de teneros mía?

Responder quiso doña Guiomar, pero desfalleció la voz en su garganta;

sus ojos se posaron, exhalando un dulce fuego, en el venturoso amante;

suspiró luego tan hondamente como si el suspiro hubiera salido de lo

recóndito de sus entrañas, y dijo:

--Pues que Miguel de Cervantes sois, y antes de conoceros yo había

conocido en vuestros versos vuestra alma, y estimádola había por ellos,

quiero contaros mi historia, y por ella veréis claramente cómo, habiendo

sido casada y con buen marido, amor no conocí, ni conozco, como no sea

amor esto que me tiene hablando con vos y a deshora en mi aposento; que

para ampararos en el aprieto en que os veis, no era menester que yo os

hiciese compañía; y amor debe ser este, porque habéis de saber que no

sabía yo que hubiese cosa que vencer pudiese la fuerza de mi recato, y a

él falto hablando con vos a solas, y a tal hora; y si esto no es amor,

no sé lo que ello sea; amor es, ¿quién lo duda, cuando ocultarlo no

puedo, y si os lo niego más os lo afirmo, y vencida y enamorada os lo

confieso? Pero si creéis que ese amor mío ha de ser parte para que yo me

olvide de mi honra, a la menor señal que en mi desdoro hagáis, morirá mi

amor para que ocupe su lugar el menosprecio.

A lo cual contestó él con este cuarteta, que se salió sola y sin

licencia suya de su enamorado pensamiento:

Amores que son del alma

hacen callar los sentidos;

que en verse correspondidos

alcanzan su mejor palma.

--Así os quiero, señor mío,--contestó ella,--y por que veáis cuánto en

vos confío y cuánta es la estimación en que os tengo, para que sepáis

bien quién soy, os voy a contar mi historia; eso si no es que os aqueje

el sueño, que si tal fuese, mi doncella Florela, que es discreta, os

llevarla a un aposento donde pudierais reposar seguro.

--¡Ah! no me castiguéis,--dijo él,--por aquel impertinente sueño mío en

que me encontrasteis; y empezad, mi dulce señora, que con vida y alma os

escucho.

Quedose ella por algún tiempo pensativa y como dudando, y luego empezó

de esta manera.

V

En que doña Guiomar comienza a contar su historia a Miguel de

Cervantes.

--No puede llamarse con verdad desdichada la criatura que no lo fue

desde su nacimiento, y aun en el seno yo de mi madre, para mí empezó la

desdicha. Nací en esta hermosa ciudad de Sevilla, y en su calle que

llaman del Hombre de Piedra, y con tan dura fortuna, que el instante del

primer aliento mío, fue el del postrero de mi padre. Matáronle cuando

nací yo, y a las puertas de nuestra casa, siendo su muerte la más rara

tragedia que se vio en los pasados tiempos, ni se verá en los venideros.

Era mi padre viejo, pero alentado y tan entero, que su vejez parecía

primavera bajo nieve, o invierno que bajo su hielo tenía galas de

primavera. Natural de Méjico era mi padre, y rico, y a Sevilla vino con

unas galeras de rey, de las que era general.

Acudió el gentío a la Torre del Oro a ver la flota, y entre las damas

que estaban en los estrados que para ellas se habían puesto junto a la

orilla, asistía mi madre, que era una hermosa doncella de veinte años, y

tan desamorada y esquiva, que no parecía sino que el amor no alentaba

para ella, según que era de desabrida con todos los que se rendían a los

encantos de su hermosura. Si la hubiera contentado el claustro,

hubiérase entendido que el santo amor de Dios no dejaba en su corazón

lugar para el amor al hombre; pero tampoco era esto, porque una tía

monja que tenía en las del Espíritu-Santo quiso llevársela consigo, a lo

que ella no se acomodó, diciendo que Dios no la había hecha para que la

sofocasen tocas ni monjiles, ni para enojarse entre cuatro paredes.

Pluguiera a Dios que mi madre hubiera tenido vocación de monja, que así

yo no naciera, ni pasaran por mi familia desdichas que parecen una

maldición que alcanza a la desventurada vida mía.

Limpiose doña Guiomar con un pañizuelo los líquidos diamantes que por la

amargura de sus tristes memorias de sus hermosos ojos se desprendían,

por lo cual Miguel de Cervantes la dijo:

--Enjugarnos yo, hermosa señora mía, esas lágrimas que por vuestras

alabastrinas mejillas corren, con mis labios, si tan bienaventurado

fuera que ya me llamara vuestro esposo; y tal procuraría que fuese para

vos mi amor, que no lágrimas de amargura, sino de contento del alma

enamorada vertieseis, si es que mi amor podía enamoraros, cosa en la que

no espero, porque si la esperara, ya en la sola esperanza encontraría la

ventura milagrosa de este amor que por vos me abrasa las entrañas, y es

mi vida en mi muerte y mi contento en mi tristeza.

--No hay para qué repetirme que me amáis,--dijo doña Guiomar,--sino es

que creéis que soy desmemoriada; que ya me lo habéis dicho, y yo,

escuchándooslo y continuando en oíros, os he dicho claramente que os

amo; que si no os amara, la primera palabra de vuestro amor hubiera sido

la última; y eso de enjugarme las lágrimas con vuestros labios callarlo

debisteis, que hay tales cosas que cuando no se pueden hacer no deben

decirse; y pase esto por alto, que a galantería sin intención quiero

achacarlo, y no a otra cosa; y sin más de esto, y esperando que a mi

lado seáis tal y tan hidalgo como me lo parecéis, con la relación de mi

historia continúo, que ya que me amáis, según decís, quiero que sepáis

quién es la desventurada mujer que ha alcanzado no sé si la desdicha o

la fortuna de enamoraros. Decía yo, que a la llegada de las galeras de

que era general mi padre, y entre las damas y caballeros que a su

llegada habían acudido y ocupaban los estrados en la orilla,

dispuestos, estaba mi madre, sin más compañía que la de dos tías, viudas

y ya ancianas, que eran los únicos parientes que la quedaban, y tan

hermosa, que unos versos que un enamorado suyo, poeta tan desdeñado como

los otros que no eran favorecidos de las musas, la compuso, decían:

Porque copien un instante

los encantos que atesoras,

sus puras linfas sonoras

impulsa Bétis amante;

y las ondas, al pasar,

murmuran en su tristeza,

recordando la belleza

que ya no pueden copiar.

--No me parecen mal esos versos,--dijo Miguel de Cervantes;--madrigal

son, o más bien, madrigal doble; poeta era quien los compuso, y no de

los peores, y por míos los tomara, antes con satisfacción que empacho de

ellos; pero decidme, señora: ¿cómo es que vos habéis premiado esos

versos guardándolos en vuestra memoria? ¿quién os los recitó, o quién os

dio el papel en que estaban escritos?

--Hallose ese papel entre los de mi madre cuando murió, y a mí con su

herencia llegaron esos desdichados versos, que yo no puedo recitar sin

que se me llenen de lágrimas los ojos; que si el que esos versos

compuso no hubiera nacido o no viviera, ni muriera mi padre, ni mi madre

fuera desventurada, ni yo tendría un cruel enemigo de mi reposo.

--Lo que acabáis de decir, señora, aguija el ya grande interés con que

vuestra historia escucho,--dijo Miguel de Cervantes;--pues ¿cómo,

señora, si vuestra madre era tan ingrata y desconocida para el amor,

versos tenía, para ella compuestos por un amador desdeñado, ni cómo

este, sin ventura, pudo ser una desventura para vuestra madre entonces,

y ser hoy para vos un crudo enemigo? Decidme su nombre, que si él hizo

desdichada a vuestra madre, no lo seréis vos por él, o faltaráme por la

primera vez la fortuna en un empeño.

--Decíroslo quiero,--respondió doña Guiomar,--porque bastante habéis

hecho con darme música para que él viva atento hasta averiguar quién el

de la música haya sido, y buscarle riña; conque así, ved si una dama que

tan a su despecho tiene un enamorado o empeñado que tan celoso la

guarda, aunque tan sin razón ni derecho para ello, os conviene por lo

que pueda costaros.

--No digo yo,--respondió Miguel de Cervantes,--por el temor de un viejo,

que tal debe serlo quien, teniendo vos veintidós años, pretendió a

vuestra madre antes que vos nacierais, sino por el de todos los trasgos,

jigantes, enanos y vestiglos de los libros de caballería, y aun por el

de los doce de la Tabla Redonda que vinieran a reñiros con toda la

cohorte de magos y de encantadores que en los tales libros se nombran,

dejara yo de venir a daros música y a hablar con vos, si era que vos me

concedíais esta merced venturosa.

--Hombre de años es ya, pero no viejo,--respondió doña Guiomar,--que aún

no pasa de los cuarenta y cinco, y es uno de los capitanes más temidos y

más respetados de los ejércitos de su majestad; lo que, y sus otras

buenas cualidades, no es parte para que yo deje de aborrecerle y desee

venganza contra él, y de tal manera, que si al fin ese amor que vos

decís tenerme, y al que yo os digo correspondo cuanto corresponder

puedo, llegase a sus buenos términos, yo no me desposaría con vos, si

antes no me habíais vengado y libertado de ese hombre; que para que vos

podáis estimarle en lo que vale, sabed se llama don Baltasar de Peralta,

que ya por su buen ingenio, como por su valor, su nobleza y su hacienda,

es en Sevilla de todos conocido y estimado.

--Conózcole, y más de lo que podáis figuraros, señora,--dijo Miguel de

Cervantes un tanto sorprendido;--sé quién es, y lo que puede y lo que

vale, y cuánta es su nobleza y cuánto su ingenio; y estimádole hubiera

en mucho más, si no llevara peluca; que el quedarse, cuando la mucha

edad no lo disculpa, con la cabeza rasa y sin un pelo, como bala de

bombarda, paréceme a mí que es a efecto de malas cabilaciones y

picardías; de lo que resulta, que yo no me fío de un calvo, ni con buena

voluntad le miro; y a mayor abundamiento, llenádome habéis las medidas

con decirme que de él ansiáis venganza, que como un cruel enemigo os

persigue, y que no seríais mi esposa si antes de sus persecuciones no os

libertaba.

--Decís bien,--exclamó doña Guiomar,--en lo de vuestra enemiga contra

los calvos, que yo tengo para mí, que, como decís vos, la gran parte de

las veces lo que la calvicie causa es el fuego de los malos y perversos

pensamientos que en la cabeza arden, y queman la raíz de los cabellos y

los mata.

--No decía yo eso,--respondió Cervantes;--que San Pedro es calvo, y aun

se me antoja haber visto en alguna parte que lo fue desde mozo; pero a

mí, no sé por qué, los calvos me enojan, como me enojan otras muchas

cosas que no enojan a nadie, y cuando una cosa me enoja, sobre ella me

voy sin reparar en inconvenientes, y salga por donde saliere. Y, vive

Dios, señora, que contento estoy, porque, al fin, de lo que habéis dicho

aparece que yo puedo contentaros en algo, y ponerme en ocasión de que

sepáis que para vos tengo yo toda la sangre que late en este corazón que

os adora.

Miró tiernísimamente doña Guiomar a su enamorado, que al decir sus

últimas palabras osó besarla las manos, por lo cual no se ofendió ella,

aunque las recogió, y dijo:

--Tornando a lo que me dijisteis sobre si mi madre podía tener versos de

un amador desdeñado, os diré, que si mi madre no era fácil para el amor,

éralo, ¿y qué mujer no lo es? para la vanidad; y que aunque volvió a don

Baltasar los versos que os he recitado y otros muchos, no fue sin

guardarlos trasladados; lo que era causa de que don Baltasar, que veía,

que si bien se le devolvían sus versos, eran leídos, como lo demostraba

el ir abiertos los papeles en que se contenían, alentase esperanzas, y

siguiese a mi madre a cuantas partes iba, y la diera música, y la

rondase eternamente la calle, que de ella no se apartaba sino para comer

de prisa y dormir breves horas.

Aconteció que cuando las galeras de rey llegaron, y desembarcó de la

capitana mi padre, y subió al estrado en que mi madre con otras damas y

caballeros estaba, no lejos de mi madre estaba don Baltasar, que era

poco menos que su sombra; de modo que pudo ver mejor que lo que hubiera

querido, que cuando mi padre vio a mi madre se inmutó todo, y que mi

madre dejó ver el carmín de su sangre en sus mejillas, y sus ojos, antes

para todos tan impíos, no pudieron ocultar el fuego del amor que de

improviso, a traición, y sin que ella pudiera prevenirse, la había

abrasado el alma.

Preguntó mi padre a algunos caballeros conocidos suyos que allí

estaban, quién mi madre fuese, y destos principios vinieron a resultar

muy pronto los fines de un casamiento y de una unión dichosa; pero

turbada a poco por la orden que recibió mi padre, aun antes de los

quince días de sus bodas, para partir con las galeras a Nápoles. Bien

quería acompañarle mi madre; pero mi padre no quiso confiar a las

instables ondas el tesoro de su ventura. Quedose, pues, mi madre casada

y enamorada, y si no con el dolor de viuda, con las angustias de

ausente; que las mujeres que bien aman, aunque yo de amores no entienda,

tengo para mí que han de recelar y temer por todas partes una mudanza o

un peligro que les roben su esposo, y a verle no vuelvan.

Pasaba el tiempo, y mi padre no volvía.

Teníale el rey empleado en sus galeras, y aunque menudeaban las cartas

cuanto era posible, del afán de una carta esperada pasaba mi madre al

del recibo de otra, y tanto más, que estaba en cinta de mí, y el tiempo

pasaba, y temía mi madre que mi vida fuese para ella la muerte, y

muriese sin volver a ver a su esposo.

¡Ay, señor mío,--dijo en llegando a este lugar doña Guiomar, y soltando

con estas palabras un profundísimo suspiro,--que vamos acercándonos al

triste suceso de la más nueva desventura que ingenio humano haya podido

inventar para suspender el ánimo de sus lectores, con los no pensados y

peregrinos casos de una novela! ¡Oh traiciones no adivinadas, oh

desdichas no temidas, oh no merecidas tragedias!

Habéis de saber, señor mío, que mi madre, como esposa amante y mujer

honrada, desde el punto en que mi padre partió hizo de su casa clausura,

y de ella no salió ni para misa, que en un oratorio se la decían, ni

recibió a amigos, ni aun en sus miradores dejose ver por acaso.

Ya en esta clausura, muriéronse la una tras la otra sus dos ancianas

tías, y quedose mi madre sola con sus criados, que pluguiera a Dios no

los hubiera tenido, o por lo menos a una traidora Lisarda, que fue la

causa con sus liviandades, de lo que nunca recuerdo sin que de la

congoja de mi corazón den muestra las lágrimas que salen por mis ojos.

Suspenso estaba nuestro Miguel oyendo a su acongojada amante, que en sus

hermosos ojos dejaba ver el llanto que a ellos asomaba, como ansioso de

correr por aquellas mejillas émulas de la rosa y vencedoras de la

azucena; y en tanto la estrechaba las manos entre las suyas, sin que

ella pareciese sentirlo, embebecida en la historia de su madre, que era

el principio de sus desdichas.

Reposaba la mirada de doña Guiomar en la de Miguel de Cervantes, y la

mirada de éste en la de ella, y no parecía sino que en aquellas dos

miradas sus almas se mezclaban y se confundían para no ser más que una

sola alma.

Dejó al fin ella salir de su pecho, o más bien de su pecho se escapó,

otro profundísimo suspiro, y continuó su relación de esta manera:

--Hasta tal punto se parecía Lisarda en las proporciones de la figura y

en los movimientos a mi madre, que viéndola por detrás, sólo por la

diferencia del traje podía distinguirse a la criada de la señora.

Era además Lisarda muy hermosa y muy joven, y a estas prendas de la

persona, realzadas por la lozanía de su edad temprana, juntaba una

grande honestidad y la buena y cristiana crianza que la habían dado sus

padres, humildes, pero honrados; amábala por estas sus buenas prendas mi

madre, y por ser ella tan de su gusto, complacíala se le pareciese en la

estatura y en la corpulencia, y en aquella su gallarda manera de andar y

de accionar; cosas todas estas últimas que mi madre hubiera aborrecido,

si hubiera adivinado las cosas que sobrevinieron, y que ya vos, señor

Miguel de Cervantes, debéis haber vislumbrado con vuestro claro ingenio.

Y fue que don Baltasar de Peralta, no porque mi madre se hubiese casado

había matado, o por lo menos sujetado a los preceptos de la virtud, de

la religión y de la honra, que en sí son unos mismos, aquel su amor

tirano y voluntarioso que a mi madre había tenido y tenía, sino que muy

contrariamente, dejó a la rabia y a los celos, sin intentar siquiera

combatir con ellos, que este amor aumentasen; no dejaba la ida por la

venida a la calle del Hombre de Piedra, y pasaba en ella, oculto por una

esquina, o embebido en el hueco de una puerta, luengas horas,

particularmente de noche, ansiando ver a aquella que era la agonía de su

vida, la desesperación de su alma y el sujeto de todos sus pensamientos.

Aumentaba el fuego de su amor y la rabia de su desdicha, con no ver

asomarse jamás mi madre a sus miradores, con el de no salir nunca de

casa ni aun a misa, y con no dar más muestras de estar viva que si

hubiera estado encerrada en una tumba.

Respetando estuvo muchos días don Baltasar el decoro de mi madre, no

atreviéndose a escribirla, ni aun a darla música; pero al fin pudo más

en él la desesperación que el miramiento, y una noche llenó de músicos

la calle, y sus concertadas voces y sus bien tañidos instrumentos,

estuvieron dulcemente divirtiendo a los vecinos, sin que mi madre de

ello se apercibiese, porque habitaba un aposento allá en lo interior de

la casa, que era muy grande, y al que no podía llegar la música.

Pero la oyeron algunas criadas, que avisaron a Lisarda, que en un cuarto

próximo al de mi madre dormía, y todas se fueron a ponerse en los

miradores a gozar de la regalada música.

Habían dado en la imprudencia de llevar luz a la habitación, y en las

vidrieras del mirador se pintaba, junto al de las otras doncellas, el

bulto de Lisarda, que por ser tan semejante en el aire y en la forma de

la persona a mi madre, como ya os he dicho, don Baltasar creyó, y

creyéronlo los amigos que le acompañaban, que no era doncella que a mi

madre en el bulto se parecía, sino que era mi madre misma la que,

acompañada de sus doncellas, en el mirador estaba oyendo la música.

Esto fue bastante para que don Baltasar ardiese en esperanzas, alentase

ilusiones, diese cuerpo a las soñadas venturas de su deseo, y se creyese

ya en posesión de un tesoro que no podía ser suyo, sino a costa de la

vergüenza, de la traición, del perjurio y de la infamia de mi madre.

¡Pero a qué locuras no lleva la sombra de una esperanza a un enamorado!

Don Baltasar encontró llano lo que había creído insuperable, fácil lo

imposible, próximo lo que nunca podía llegar, trocado en ventura lo que

antes sólo había sido para él angustias y desvelos, y desesperación y

lágrimas, que a tanto puede llegar un error creído verdad por el deseo.

¿Pues cómo a ese cruel enemigo de mi madre y mío, no se le representó

que una señora tan de tal nobleza y tal y tan grande crianza como lo era

mi madre, no podía dar en la liviandad de asistir a una música que un

mal respetador de su honra la daba, en sus miradores, y dejándose ver, y

aun no sola, sino acompañada de sus doncellas, como para hacerlas

testigos de su desvergüenza? Fue así, sin embargo, y bastante necio don

Baltasar para creer en tales increíbles disparates; y alentado por este

error suyo, y creyéndose amado, o, cuando no, en camino de serlo,

arrojose al otro día a sobornar y corromper a uno de los criados, y a

fuerza de dádivas y promesas consiguió que aquel mal servidor

consintiese en tomar una carta que le dio para su señora; carta que fue

a dar por desdicha en las manos de Lisarda, que no se la dio a mi madre,

que si se la diera, en aquel punto hubiera terminado la historia.

Tomó para sí Lisarda la carta, y se la acreció la afición que ya tenía

en su alma por don Baltasar desde que le había oído cantar

amorosísimamente versos que todo eran flores, estrellas, cielos,

suspiros, desvelos, congojas y volcanes; y leyendo en la carta, que con

mil encendidas palabras de amor don Baltasar agradecía a mi madre el que

hubiese salido a los miradores a oír la música, cayó en la cuenta del

error en que don Baltasar había dado trastrocándola con su señora, y el

diablo la puso en la tentación de contestar manteniendo el engaño, que

en un punto la afición que por don Baltasar se la había entrado en el

alma la hizo perder la timidez de su honestidad, y dio lecciones a su

inexperiencia (que el amor es un gran maestro de atrevimientos

desdichados), para responder de tal manera a don Baltasar, que éste

creyó que no otra que mi madre era la que a su carta respondía, y con

esto su amor dio ya en los últimos increíbles disparates de la locura;

de modo que si llena de ternezas y encarecimientos estaba la primera

carta que Lisarda había leído, la segunda acabó con los últimos restos

de su virtud, apenas combatida cuando rendida, y se determinó a la más

negra de las traiciones que pueden, no digo ya cometerse, pero ni aun

pensarse.

Contestó Lisarda a aquella segunda carta, siempre con el nombre de mi

madre, suplicando a don Baltasar no la diese más músicas, que

escandalizarían sin duda alguna a la vecindad, y que era mejor, por lo

que a su recato convenía, fuese a hablar con ella, ya muy vencida la

noche, por una reja oscura, escondida bajo unos soportales que a una

callejuela excusada daban.

Vio con esto el cielo abierto don Baltasar, y avanzando viento en popa

por el dulce mar de su amor y de su deseo la nave de sus esperanzas,

acudió a la siguiente noche a la reja, donde acabó de perderse en su

error, y de perder a mi madre, la inocente, que un tal engaño y una tal

traición había de pagar tan caros; y no pasando mucho tiempo, porque la

infame Lisarda, oyendo con demasiada facilidad y ansioso deseo los

consejos de su lascivia, no tardó en franquear un postigo, que por un

zaguán a una oscura sala baja daba, al enamorado don Baltasar.

Temía Lisarda que si él la conocía, en aquel punto se acabasen sus

amores, y por esto recibíale siempre a oscuras y a pretexto de vergüenza

impedíale la reconociese, y el engaño duraba, y la honra de mi madre

andaba ya por calles y plazas; porque don Baltasar dijo primero el

secreto de su dicha a un su amigo, encareciéndole lo guardase, y este

otro lo dijo también muy en secreto a otro muy su amigo, y así, de amigo

en amigo y encargándose el secreto todos, todo el mundo vino a creer en

lo que no era más que un tejido de infames mentiras, en las que, sin

embargo, se creía a causa de las apariencias; porque algunos que habían

dudado, siguieron a don Baltasar, yo no sé si por un honrado celo de la

honra de mi madre, o si por celos de la dicha de don Baltasar; y vieron,

en efecto, que éste entraba en casa de mi madre por un postigo a

trasmano, muy después de la media noche, y que no salía sino muy poco

antes de la alborada.

Sucedió, al fin, que, por desdicha, estas cosas que de mi madre se

decían, llegaron a oídos de un pariente de mi padre, que tenía un oficio

de alcalde en Sevilla; y digo por desdicha, pues cuando este pariente

nuestro supo lo que de mi madre se contaba, ya mi madre estaba próxima

a su alumbramiento, que cuando hubiera sobrevenido se hubiera sabido por

la solemnidad de mi bautizo, que no podía menos de ser solemne, siendo

yo hija de un general de las galeras del rey; don Baltasar hubiera caído

de su engaño, y no hubiera podido menos de reconocer que la liviana que

desde hacía poco tiempo le concedía sus favores, no era mi madre ni

podía serlo, lo cual le hubiera movido tal vez a restaurar a mi madre en

su honra.

No lo quiso así Dios; porque nuestro pariente, cuando supo lo que de mi

madre se decía, siguió una y otra noche a don Baltasar, y las dos le vio

entrar por un postigo de mi casa ya bien adelante la media noche, y no

salir sino a la proximidad del día.

Dio con esto por cierto lo que se decía de mi madre, y no queriendo

quitar a mi padre el propio desagravio de su honra, escribiole, y de tal

manera, que mi padre, sin pedir la licencia al rey para dejar la

conducta de las galeras con las cuales estaba en las costas de Nápoles,

tomó postas para España, y se vino por tierra, temeroso de que la

instable mar le dilatase el triste y horrendo logro de la venganza de su

honra, que debía ser para él la muerte del dolor y de la pesadumbre de

la infamia.

Llegó mi padre a los pocos días y reventando caballos a Sevilla, una

noche, antes de que se cerrasen las puertas, y encubriéndose con las

sombras, fue a esconderse casa de su pariente, de quien mientras llegaba

la hora de ir a vengar su honra, oyó la triste relación de su desdicha,

y como al acabarse esta tocasen a maitines unas monjas que en la

vecindad había, y fuese ya la hora, ambos, mi padre y su pariente, bien

embozados y apercibidos, fueron a adelantar a don Baltasar, que nunca

iba sino muy pasada la media noche.

Antes de que él llegase llegaron, y ocultáronse en un soportal,

amparados de la oscuridad, y allí esperaron con el oído en el silencio y

las convulsas manos en las espadas.

No hay que pensar por esto que se prevenían a ser dos contra uno, que ni

para el castigo de un infame agravio puede el honrado valerse de

ventajas contra su enemigo, sino que a don Baltasar acompañaba un criado

que se quedaba fuera, y necesario era prevenirse contra este hombre, que

podría muy bien ayudar a su amo.

Pasó así largo tiempo, y de tal manera, que mi padre y su pariente

creyeron que por aquella noche se les escapaba la venganza.

La tardanza de don Baltasar era porque él no entraba nunca en la

callejuela donde estaban los soportales y el postigo, sino después de

haber visto el resplandor de una luz, desde la calle del Hombre de

Piedra, en los vidrios de una ventana de la parte principal de la casa,

cuya seña hacía Lisarda para que él supiese que podía ir sin cuidado; y

aquella noche Lisarda no había hecho la seña a la hora de costumbre,

porque en aquella hora estaba yo viniendo al mundo, y ella estaba junto

a mi madre.

En este punto se detuvo la hermosa indiana, y dijo a Miguel de

Cervantes:

--Perdonadme, señor mío, si aquí suspendo la relación de las desdichas

de mi familia, que con mis propias desdichas se han continuado, que el

corazón me va doliendo, más de lo que resistir al dolor puedo, al

recordarlas, y harto tiempo tenemos para que yo dé fin y remate al

cuento de mis desventuras; y porque estoy más de lo que puedo sufrirlo

fatigada, y de todo punto me es necesario el reposo, yo os ruego me deis

licencia para llamar a mi doncella Florela, a fin de que os lleve adonde

podáis acabar de pasar la noche seguro, que mañana sabremos lo que haya

de vuestro negocio, y si estáis en peligro o no lo estáis, y lo que en

todo caso haya necesidad de hacer.

Conocía Cervantes que a poco que él hiciese, doña Guiomar no llamaría a

su doncella; antes bien dejaría con mucha voluntad venir el día,

entretenida con él en blanda y amorosa plática; no lo hizo, empero,

porque para primera vista ya había alcanzado más favores que los que él

se había atrevido a desear; que tal era la grandeza del enamoramiento

en que por aquella hermosísima señora suya se encontraba, que a sueño y

fingimiento de su deseo tenía el encontrarse a solas con ella y a sus

pies, y asiéndola las manos, y gozando de la luz de sus ojos, que no

encubrían el contento del alma, y encantado con la dulzura de su voz,

que de ángel, más que de mujer le parecía.

Así pues, vino en lo que doña Guiomar quería sin quererlo, más por

miramiento a su recato que por voluntad, y habiendo ella llamado a

Florela, él se fue con ella, dejando a doña Guiomar confusa y

sobresaltada con aquella aventura, que tan sin esperarlo ella la había

llevado la ventura de sus amores, o tal vez el principio de otras más

grandes y más dolorosas desventuras.

El manco de Lepanto episodio de la vida del príncipe de los ingenios, Miguel de Cervantes-Saavedra · 第 21 / 40 题