En que se contiene una carta de Cervantes para doña Guiomar, y se
sabe a lo que Florela se aventuró por servir a su señora.
No dice la historia si los amantes descansaron lo que quedaba de noche,
que no era mucho por ser verano, pero sí que cuando al alba fue Florela
a despertar a su señora como de costumbre para que fuese a misa,
encontrola ya vestida, señal de que el lecho se la había hecho enojoso,
y tan hermosa con las suaves ojeras y con la melancolía que mostraba su
semblante, que deidad más que mujer parecía.
Preguntó con desmayada y dulce voz a su doncella si había visto señales,
al pasar por el aposento del escondido, de que éste hubiese despertado;
y Florela no supo qué decir, sino que debía de dormir el buen soldado,
porque cuando ella pasaba por la puerta del aposento, adonde pocas horas
antes le había conducido, escuchado había un cierto ruido, que si no se
parecía al roncar de una persona que está en siete sueños, no sabía ella
a lo que se parecía.
Suspiró la bella indiana, porque se la representó que aquella
tranquilidad de sueño no convenía, como ella hubiese querido, con las
congojas y con la inquietud, de ella no conocidas hasta entonces, que de
sus ojos habían ahuyentado el sueño; y acordándose de que le había
encontrado dormido antes, cuando fue a sacarle del cuarto en que le
había encerrado para ir a hablar con el familiar del Santo Oficio, se la
apretó el corazón, y sobresaltose su vanidad, y fue necesario que se
acordase de las amorosas razones y de las encendidas miradas de su
amado, para que en alguna manera se la endulzase el amargor que en su
alma había sentido.
Mandó a Florela hiciese salir a algún criado a inquirir si en la calle
había alguna novedad, o persona apostada o en espera que a corchete o
alguacil o cosa de justicia se pareciese, y cuando supo que el barrio
estaba tranquilo y que en diez calles a la redonda no había ni aun olor
de gente de justicia, alegrose, o más bien, aunque ella quiso no
conocerlo y se engañó a sí misma, contristose, porque mejor hubiera
querido tener una excusa para que de su casa no saliese Miguel de
Cervantes por aquel día.
--Ahora bien, Florela amiga,--dijo a su doncella;--yo te ruego guardes
el secreto de lo que sabes, ya que sabes bien que yo no he buscado la
ocasión en que me he visto, y por estar tú allí detrás de las cortinas,
como yo te mandé, a solas no he estado con ese hidalgo, y bien has
podido oír lo que hemos hablado.
--Eso no, señora,--contestó Florela,--porque sin ser yo poderosa a
evitarlo, por más que procuré resistirlo, cogiome el sueño, y de tal
manera, que bien puedo jurar que ni aun entre sueños he oído nada.
--¡Válgate Dios por sueño, Florela!--exclamó doña Guiomar toda encendida
y confusa, por las imaginaciones en que a causa de su sueño podía dar su
criada;--¿y para qué había yo de haberte mandado que detrás de las
cortinas te sentaras, sino para que fueras testimonio a ti misma de lo
honesto de mi conversación con ese hidalgo? Anda, anda, Florela, y dile
que ya puede salir sin temor, y sácale tú misma por el postigo del
huerto antes de que venga el día más claro, y que Dios le ayude, y a El
plegue que no vuelva, que estoy sintiendo barruntos de que no le he
conocido sino para mi desdicha.
Volvió a poco Florela toda sobresaltada, diciendo:
--¡Ay, señora, que ese hombre no parece, ni han quedado de él más
señales que si se hubiese deshecho en aire!
Entrole en oyendo esto a doña Guiomar otra vez, y con mucho más efecto,
su temor a los duendes, y se apresuró a mirar si tenía aún en su seno
aquella poderosa e inestimable medalla del familiar de la Inquisición, y
hallola; y temió que aquel hombre con quien había hablado, no hubiese
sido otra cosa que una imaginación suya, o cosa de encantamiento y
hechicería, de la cual se había librado por la virtud de la santa
medalla.
Pero no pudo durar mucho en esta creencia, porque habiendo mandado a
Florela fuese a registrar de nuevo el aposento, volvió con un papel en
la mano, y dijo:
--Por la ventana descolgose sin duda, señora, que abierta la he hallado,
y sobre la mesa este papel escrito que os traigo.
--Dame acá,--dijo ansiosa doña Guiomar.
Y vio que el papel decía lo siguiente:
«Hermosa señora de esta enamorada alma mía, y digo mal, porque debiera
decir vuestra; y ni aun así digo bien, porque no puedo llamarla vuestra,
si vos no queréis admitirla en vuestra alma, que es el único asiento
donde puede estar sin condenarse, esta que ya no sé si en vuestra alma
es mi alma, o fuera de ella fuego fatua y perdido, de acá para allá por
el helado viento de la desventura arrebatado.»
Llevose la mano sobre el corazón doña Guiomar, ya acabada de perder de
amores por el enrevesado comienzo del papel en que los turbados ojos
ponía, y cuando estos al fin volvieron a aclararse, continuó leyendo,
pálida ahora, encendida luego, y toda anhelante y turbada, lo que sigue:
«Sea de esto lo que Dios fuere servido, y lo que queráis vos, que,
después de Dios, sois lo que más yo amo, si es que puede llamarse
bastantemente lo que yo por vos siento amor, que yo creo que es más bien
agonía y quebranto, y fuego irresistible, y gloria en un infierno, y
infierno delicioso, y muerte que vale cien vidas, y vida que no se
resiste, y cosa, en fin, tan no conocida de mí, que al verme a ella
sujeto, yo mismo me desconozco y de mí dudo, y parece que siendo no soy,
y que, no siendo, soy más que nunca he sido. Y como deciros no puedo lo
que en mí es y no es, ni lo que yo soy por el efecto de vos que en mí se
hace, quiero deciros, que acordándome del papel y del tintero que
conmigo siempre traigo para coger al vuelo las mercedes que mi pobre
musa me concede alguna vez, especialmente cuando entre las verdes
alamedas del Guadalquivir la tristeza de mis pensamientos paseo, he
querido escribiros por que sepáis que cuando yo vuelva a veros, más que
por lo de anoche, de la justicia habréis de ampararme; y quedad con
Dios, puede ser que hasta la noche, que cumplido ya mi propósito bajo
vuestros miradores venga a ponerme, o si lo queréis mejor, señora mía,
por la reja que a la vuelta de vuestra casa en la callejuela se halla,
podéis a la media noche tener noticias del suceso de las aventuras en
que por vos voy a meterme. Y no os digo más, que bien creo yo que con lo
dicho me habéis comprendido, y a Dios os quedad y en mí pensad,
pagándome en buena moneda el pensamiento enamorado y perdurable, que de
vos en esta encendida alma vuestra me llevo.»
--¡Ay, Florela!--dijo la hermosa indiana,--que no sé qué piense, ni qué
tema, ni qué espere, ni qué haga, ni qué deje de hacer. Este hombre que
así se nos entró anoche, por la justicia perseguido, a ampararle
obligándome, de tal manera se me ha entrado en el alma, que en él vivo y
en él muero, y ansio lo que no sé a qué violento término, ni nunca vista
ni oída pasión puede llevarme. ¡Ay, cielos tiranos, que habéis hecho que
cuando yo ame, ame de tal manera, que sobresaltos de muerte sean los
comienzos de mi amor!... Escucha, oye, atiende, Florela; mira lo que en
este papel me dice, y cuán preñado está de peligros y temores; que él
sabe, porque yo en mal hora se lo he dicho, el crudo enemigo que
sedienta me tiene de desagravio; y yo me acongojo viendo en estas casi
desembozadas razones del papel que el alma mía me ha escrito, que él se
ha puesto en términos de darme cumplida venganza, si pudiere, de ese mi
impío perseguidor; y sabe, Florela, que ese enemigo de mi reposo puede
tanto y a tanto llega, que posible hallo que con una nueva desgracia
aumente la saña que en mi desventurado corazón en contra de él, y en
vano hasta ahora, se alienta. Oye, pues, Florela amiga, y dime lo que de
esta carta juzgas, y ayúdame con tu ingenio, que yo estoy tan turbada,
tan confusa y tan cobarde, que, como ya te he dicho, no sé qué haga, ni
qué deje de hacer, ni qué espere, ni qué tema.
Leyó el papel que en tales confusiones y en tal pelea con su razón la
ponía, doña Guiomar a su doncella, y esta, sonriendo a lo picaresco,
empero con el gracejo de sus pocos años y de su doncellil belleza, la
dijo:
--¿Pues hay más, sino que yo arremeta al rodrigón García, y le tome
prestado un traje, y me pinte, y en blanca nieve convierta lo negro de
mis cabellos, y de García acompañada, y de muchacha trocada en rodrigón
viejo, a esas calles de Sevilla me eche, y busque, y averigüe, y con
vuestro enamorado me tope, y le arme una trampa en la que caiga antes de
que en el empeño, que a él pudiera costarle caro y a vos, se meta?
--¿Conocerasle tú, Florela?--dijo doña Guiomar con la voz un tanto
cuanto sonando a celos.
--Cien años pasaran, y entre mil le viera, y conociérale,--respondió
Florela.
--¿Pues cómo le has visto tú, o cómo te ha mirado él,--exclamó, ya con
la voz y la mirada enemigas, doña Guiomar,--que así, no habiéndole
visto más que por breves momentos, no puede despintársete?
--Con vuestro deseo, señora,--contestó Florela,--que a mí se ha pasado
por la mucha lealtad y amor que os tengo.
--No entiendo yo ese pasamiento y trasiego del deseo de una mujer a
otra, ni que por lealtad esto suceda,--dijo doña Guiomar.--Y paréceme a
mí que no en sosegado y tranquilo sueño ese hidalgo ha pasado el tiempo
desde que de aquí se partió, sino en plática contigo, traidora, que
puede ser, y bien se me representa, que un hombre mozo de los que hoy se
usan, haga una sola aventura amorosa del ama y de la doncella.
--Cosas son esas, señora,--respondió Florela,--que vuestro grande amor
por ese caballero os pinta con el falaz color de los celos, que hace que
parezcan ciertas cosas que ni aun en sueños verdad han sido, ni pudieran
serlo; que mi alma tengo yo en mi almario, y aunque yo conozca bien
cuánta es la primacía que sobre mí os han dado naturaleza y fortuna, aun
todavía no he quedado yo para segundo servicio, o relieve de sobremesa,
que en Dios y en mi ánima, que cada cual tiene en este mundo lo que le
hace falta, a más de aquello, que nunca falta un roto para un descosido;
y sosegaos, señora, y en la lealtad fiad de vuestra Florela, y vamos a
lo que importa, y dejadme hacer, que Dios será servido que todo llegue
a felice término.
Y con esto Florela se fue a buscar al rodrigón García para disfrazarse,
y acompañada de él ir a lo que el curioso lector verá más adelante, si
continuare leyendo.