De como, sin esperarlo, hallose la hermosa viuda con aquel su amor,
que tan acongojada la tenía.
Suspensa el alma, la mirada anhelante y fija por descubrir lo que
envolvía en sus sombras la oscura calle; aguzando el oído por coger una
palabra, entre el murmullo de las voces de los que hablaban bajo sus
miradores, que le fuese indicio de quiénes eran los que en aquella hora
la rondaban, la hermosa indiana estúvose con su doncella Florela; y
asomándose a la entreabierta vidriera de una ventana de su cámara, en la
cual había matado la luz, toda era cuidado y toda congojas; que
enamorada estaba, no embargante su viudez, lo que decía con harta
elocuencia que, o no había amado al difunto marido, o que le había amado
tanto, que, por la dulce costumbre, sin amor no podía pasarse. Y el
caso era que el nuevo dueño al cual su alma se rendía, había sido tan
corto en manifestarla su afición y tan rápidamente había pasado delante
de ella, diciéndola, empero, con sus encendidas miradas su deseo, que no
parecía hombre enamorado que en ocasión se pone de contemplar a la
deidad que adora, sino alma en pena y cobarde que cree tan menguados sus
merecimientos, que esquiva, cuanto puede, ser reparada por miedo del
menosprecio; y justamente por esto doña Guiomar le había estimado; por
aquella su timidez, la grandeza de su amor había medido; que no hay
afición sin cuidado, ni pasión sin ansia; ni es amor el que con mortales
recelos no desconfía del logro de la victoria; y esto lo saben bien las
mujeres, y tanto más cuanto por su hermosura son más pretendidas y
buscadas y acechadas; y doña Guiomar, que lo era grandemente, aunque no
saliese de su casa más que entre dos luces, y aun así para ir a la
iglesia, sabíalo más que otras.
La esperanza de que el sujeto de su amor, encubierto con el amigo manto
de la tenebrosa noche, viniese a decirla sus amantes penas con la
regalada cadencia de la encantadora música, despertándola de su inquieto
sueño, tenía a la hermosa indiana, toda anhelo, toda impaciencia, toda
oídos y toda ojos; y cuando oyó la voz doliente, dulce y grave del que
cantaba, y los conceptos de la amorosa canción, abriéronsela las
entrañas para recibir en ellas el encendido suspiro que fue de la
canción fin y remate, y confirmación del alma de lo que habían dicho los
labios; y saliósela de la suya otro tan amantísimo y hondo suspiro, que
si el cantor le oyera, no se tuviera por venido a un valle de lágrimas,
sino a un encantado paraíso; y no le oyó, porque a punto sonó el
¡ténganse a la justicia! de la ronda, tras lo cual vinieron las
cuchilladas y tumulto.
Acongojose con esto doña Guiomar, y al suelo viniera traspuesta, si no
la sostuviera en sus brazos su fiel doncella Florela; y cuando todo pasó
y renació el silencio y tornó la calma; bañados en lágrimas los dulces
ojos y la bella color mudada, dijo a Florela con una voz en que se
entendía claramente lo que en su alma había de temor y de esperanza:
--¡Ay, amiga Florela, que si esto es amor, a Dios pluguiera que nunca
hubiera yo amado en mi vida! ¿y quién había de decirme a mí que a tal
punto había de traerme un hombre a quien no más que tres veces he visto,
y aun así como sombra que pasa, o mentida imagen de un sueño, que al
despertar se pierde?
A lo cual respondió Florela suspirando:
--Cosa es el amor, señora, que no ha menester más que un punto para
rendir a su imperio un alma; y tanto más, cuanto más esta alma está
anegada en tristezas, y huérfana de dulces afectos.
--Calla, Florela,--dijo doña Guiomar enjugando sus lágrimas,--que me
parece que alguien viene.
Entreabrió a punto la mampara un paje, asomó la cabeza, y dijo a su
señora que el familiar del Santo Oficio que había estado antes, había
vuelto, y que decía que por la señora era venido; y doña Guiomar mandó
le llevasen al estrado, y que le rogasen que allí esperase.
Procuró sosegarse doña Guiomar, aunque esto era más para deseado que
conseguido, y dijo a su doncella:
--Mira, Florela, si es posible que los de casa averigüen si ha pasado
alguna desgracia en la riña, y si la hubo, quién o quiénes son los sin
ventura; que esto bien podrá hacerse con el pretexto de socorrer a los
que hubieren menester socorro; y vuelve, mientras yo me aliño un tanto
para ir e advertir a ese familiar aquello para lo que le he rogado que
vuelva; y no tardes, que la duda de que él haya podido quedar en el
lance, me tiene sin vida.
Saliose Florela, y doña Guiomar fue a sentarse a su tocador, y
contemplose al espejo, y hallose, más hermosa que nunca; que el amor
hace hermosos aun a los ojos feos, y a los hermosos los sublima,
haciendo de ellos un cielo; y un cielo veía en sus ojos doña Guiomar,
porque en el amor que en sus ojos hallaba, la parecía como que veía la
imagen de aquel por quien el amor acongojaba su alma; y la sucedía que
cuanto más se contemplaba, más la parecía ver en sus ojos la fugitiva
sombra de su deseo; y a tal llegó su amorosa ilusión, que creyó que no
en sus ojos, sino detrás de ella, sobre las rubias trenzas de sus
cabellos, aparecía la imagen de su anhelado, mirándola ansioso, copiado
por el espejo, y como si detrás de ella hubiese estado de rodillas.
Pareciola asimismo que una mano trémula asía una mano suya que pendía
descuidada, y que en ella unos labios ardientes posaban un amoroso beso.
Volviose estremecida doña Guiomar, y vio que de rodillas estaba junto a
ella, no una imagen vana, ni una sombra, sino un hombre, con atavío de
soldado, que anhelante la miraba, y que parecía que quería hablar y no
podía, aunque harto claro decía lo que sentía el temblor que todo su
cuerpo agitaba.
Sobresaltose doña Guiomar, nubláronsela los ojos, apretósela el corazón,
y desfalleció toda al ver que quien tenía a sus pies y oprimiéndola una
mano, que ella no tenía fuerzas para retirar, contra sus labios, era el
mismo por quien ella la dulce muerte del amor sentía; y así los dos, en
un silencio más elocuente que el mejor de los discursos, pasose algún
tiempo, hasta que recobrándose la hermosa indiana y conociendo que por
su decoro debía manifestar extrañeza y enojo por lo que sucedía,
desasió su mano de las de su enamorado, y dijo con la voz entera y
enojada:
--¿Qué es esto? ¿quién sois? ¿cómo habéis entrado aquí? ¿qué queréis?
--Hermosa señora,--dijo levantándose aquel hombre,--no mi voluntad, sino
los no sé si para mí crueles o propicios hados, son los que, cuando yo
pensaba sólo en libertarme de ser preso, aquí me han traído, para que
postrado a vuestros pies pueda deciros que vos sois mi vida, sin la cual
vivir no puedo, ni quiero; y que si en vos no hallo esperanza a mi pena,
alivio a mi enfermedad, alegría a mi tristeza, luz a mis ojos, a mi
pecho aliento y gloria a mi deseo, por condenado me doy y sin vislumbre
de redención que me salve.
A lo que doña Guiomar respondió, mirándole no tan ceñuda ya, ceño
fingido, que si ella hubiera mostrado lo que sentía en el alma en el
semblante, por bien hallado y dichoso hubiérase dado él:
--Cortés sois, bien nacido parecéisme y bien criado; dejadme que me
asombre de veros en mi presencia, entrado aquí como un salteador pudiera
entrarse, y sin más disculpa que la de la necesidad que habéis tenido de
salvaros de ser preso.
--En tal aprieto,--dijo él,--no me hubiera visto si no os viera, si
viéndoos no os amara, y por amaros no ansiara deciros mi pena; que yo
soy el que, no ha mucho, en unos tan desdichados y pobres versos, como
míos, os decía mis ansias; y si vos, señora de mi alma, esos versos
habéis oído, oído habréis también la riña, que ha sido tal, que cortada
la salvación, obligado me he visto a saltar una tapia, que es sin duda
la del jardín de vuestra casa; porque adelantando por ese jardín, y
dando en un cenador, y en él en unas escaleras, siguiendo por un
corredor, halleme junto a una puerta entreabierta, y os vi, y sin pensar
en otra cosa, acerquéme, se me doblaron las rodillas, convidome vuestra
mano de alabastro, y mis hambrientos labios besarla osaron: si lo que os
digo no fuese para vos disculpa bastante del que habéis creído
atrevimiento mío, volveré a salir de vuestra casa, importándome ya poco
de cuanto mal pudiera avenirme, que, por grande que fuese, no sería
mayor que la desgracia de haberos enojado.
--No habéis de decir,--replicó la hermosa indiana,--que poniéndoos en
peligro el salir ahora de mi casa, de ella os echo; tanto más, cuando
por venir, aunque sin licencia mía y aun sin yo conoceros, a darme
música, en tal cuidado os habéis puesto; y hagamos aquí punto a la
conversación, y entraos en ese aposento, que yo voy a ver si por acaso
ha podido oíros alguno de mis criados, y cuando todos estén recogidos y
el peligro que corréis haya pasado, podréis iros.
Y yendo a una puerta, abriola, y haciéndole seña de que pasase, él pasó
a un cuarto oscuro, donde doña Guiomar encerrole tan a tiempo, que ya
las fuerzas la faltaban para el fingimiento, y aquejábala el deseo de
trocar su severidad en dulzura, su enojo en rendimiento, y su
indiferencia en amor.
Valídose había además doña Guiomar de la industria de encerrar al aun
para ella desconocido amante suyo, porque, aunque turbada, acordose de
que en la sala la esperaba aquel familiar de la Inquisición que poco
tiempo hacía la había asustado, metiéndose de rondón y en son de amenaza
en su casa, como si hubiera ido a buscar herejes malditos; y porque
había conocido (siempre las mujeres lo conocen) que de ella el familiar
se había prendado, citole para saber por qué causa la Inquisición la
había buscado, y además para acabar de prendarle y volverle loco, con lo
cual el disgusto o el peligro de una nueva visita de la Inquisición se
evitaría.
Fuese, pues, a la sala donde el familiar la esperaba; hallole inmóvil
como una estatua, teniendo en la una mano el sombrero, puesta la otra en
los gabilanes de su inútil espada, y grave y triste y compungido;
alegráronsele los ojos al menguado cuando a él se acercó doña Guiomar
sonriendo, y habiéndose ella ido al estrado y sentádose y héchole seña
de que a su lado se sentase, él lo hizo, quedando encogido y encorvado;
y luego ella le habló de esta manera:
--Agradecida os estoy, señor, con toda mi alma, por la benevolencia con
que habéis tornado a que yo os diga lo que no puedo menos de deciros, y
es, que no sé yo por qué causa la Inquisición, que amo, respeto y
venero, ha venido, no a honrar mi casa, sino a traer a ella el juicio
engañado de la vecindad, que, sin duda, ha creído que yo no soy tan
buena y católica cristiana como tengo la ventura de serlo, y
obedientísima hija de nuestra Santa Madre Iglesia.
Comídose había con los ojos a doña Guiomar, mientras dijo las anteriores
palabras, el señor Ginés de Sepúlveda, y comiéndosela aún, y atragantado
por el hechizo de tantas y tan no vistas bellezas como en doña Guiomar
se atesoraban, dijo con la voz temblorosa y desfallecida y espantado de
sí mismo:
--Deber es del Santo Oficio de la General Inquisición, contra la
herética pravedad, extremar su celo, y tanto más en los calamitosos
tiempos en que las naciones más poderosas del mundo amparan la herejía,
engañados y perdidos sus monarcas por Satanás; que la Alemania y la
Inglaterra hierven en herejes, y aquí nos vemos obligados a hacer cada
auto de fe que espanta, y sin que este saludable rigor sea bastante para
purgarnos de la maldita simiente; así es que, señora, como esta casa que
vos habéis comprado y habitáis tenía duende...
Interrumpiole doña Guiomar, y con muestras de sobresalto le dijo:
--¿Duende decís que tenía esta casa?
--Por ello estuvo muchos años deshabitada,--respondió el señor Ginés de
Sepúlveda;--y si vos que, por ser forastera, no lo sabíais, no la
hubiérades comprado y habitado, sin habitar estaría aún, y seguiría
deshabitada por los siglos de los siglos amen.
Creían entonces en los duendes como se creía en los artículos de fe, y
por creer en ellos doña Guiomar, imaginósela que, tal vez, no el hombre
que amaba en carne y hueso era el que se la había aparecido en su
retrete, sino una apariencia de él, tomada por algún duende maligno; y
espantose y pareciola que detrás de cada tapicería se movía un duende
travieso, y que las figuras de los lienzos que las paredes poblaban
tomaban extrañas y espantables cataduras, y que de todos los ángulos de
la sala surgían trasgos y fantasmas; y como tenía la imaginación muy
viva, porque era andaluza, venida de las Indias, asustose de tal modo,
que al familiar se asió como si hubiera creído que agarrándose a una
parte de la Inquisición, por exígua y mezquina que fuese, a ella no se
atreverían duendes, trasgos, ni espectros.
Aconteciole al señor Ginés de Sepúlveda, cuando las suaves manos de doña
Guiomar asieron las suyas y sus ojos se fijaron espantados en sus ojos,
que creyó que de él se apoderaba el diablo; espantose muy mucho más que
doña Guiomar, y aturdiose; y sin saber cómo, no encontrando otra cosa de
que ampararse, amparose del mismo peligro que le espantaba; es decir,
que se abrazó a doña Guiomar, y de tal manera, que no parecía sino
náufrago que, llevado por las furiosas olas, con una tabla se encuentra
y a ella se agarra.
¿Quién pudiera decir lo que pasó por ambos cuando en aquel abrazo, tan
súbita e inopinadamente sobrevenido, se encontraron enlazados? Pareciole
a doña Guiomar el señor Ginés de Sepúlveda, cuando le vio tan cerca, más
feo y pavoroso que todos los duendes y vestiglos habidos y por haber, y
rechazole; y él, cuando hubo sentido las corpóreas bellezas de doña
Guiomar, y alentado la ambrosia de su aliento, no defendió ya su alma
del demonio, sino que, cayendo en la tentación y olvidándose de sus
votos (que como ya se dijo, aunque seglar, de castidad había
pronunciado), y siendo valiente por la primera vez de su vida,
volteándole los ojillos grises, y todo contraído y perturbado, dijo:
--¡Amor!... ¡amor!... ¡yo te reconozco y te adoro! ¡Alma mía, que te
pierdes, perdóname, porque te fenezco en otra alma, que ya, sin ser yo
poderoso a evitarlo, es el alma mía!
--Pero ¿qué es lo que estáis diciendo, hombre,--dijo doña Guiomar,--que
me parece que os habéis vuelto loco? ¿De qué alma habláis, que decís
que es vuestra alma? Si por ventura el alma que decís es el alma mía,
ved que os engañáis, que yo no os la doy, ni mi alma puede irse a vos
sin que yo lo quiera.
A todo esto, doña Guiomar se había separado a una buena distancia del
familiar, y parecía como que éste empezaba a volver en sí, y a
arrepentirse de haberse dejado ir de aquella manera por los para él
desconocidos espacios del amor.
Doña Guiomar estaba toda encendida e indignada, y le miraba fosca: como
que aún la parecía sentir el apretón de unos brazos que la ceñían, y ver
dos ojos que, como los de un lobo hambriento, la miraban.
--Perdonadme, señora,--dijo el familiar,--que yo creo que los duendes de
esta casa maldita se han metido en mí, y me han obligado a hacer y decir
contra mi voluntad lo que he hecho y dicho; pero ya veis que a la razón
vuelvo, que respetuoso os hablo, que humillado perdón os pido; y el que
esta influencia infernal que me ha dominado no haya persistido, consiste
en que yo llevo conmigo un preservativo contra toda hechicería y
maleficio, y esos demonios familiares, que se llaman vulgarmente
duendes, han huido lanzados por la virtud de ese bendito preservativo.
--¿Preservativo tenéis contra diablos familiares?--dijo doña Guiomar.
--Sí, señora,--contestó el señor Ginés de Sepúlveda,--y ese preservativo
es la medalla, que con la cruz dominica, que como sabéis es la cruz de
la Inquisición, llevo pendiente de este cordón sobre el pecho.
--De suerte, que si yo llevara pendiente de la garganta esa medalla,
libre de duendes estaría,--dijo doña Guiomar.
--Y no sólo vos,--respondió Ginés de Sepúlveda,--sino vuestra casa y las
otras casas adonde fuéredes, como todo lugar en que os encontráredes.
--Pues mirad,--dijo doña Guiomar,--si me dais esa milagrosa medalla, os
perdono el abrazo que tan sin licencia mía, y tan contra mi voluntad y
mi pudor, me habéis dado; que en Dios y en mi ánima, este es el primer
abrazo de hombre que he sentido.
--¿Pues qué, no sois vos viuda, señora?--preguntó admirado el familiar.
--Padre fue, que no marido para mí, el buen esposo mío cuya muerte
lloro,--respondió tristemente doña Guiomar.
Atragantose el familiar cuando, por la propia confesión de los rosados
labios de doña Guiomar, reconoció en la ya bastantemente preciada
persona que le volvía el seso, un atractivo más, que era el de ser
doncella, no embargante lo de viuda, que bien puede ser esto, aunque
rara vez suceda y haya de ponerse muy en duda; pero de tal manera lo
había dicho doña Guiomar, y con tal y tan ruboroso embarazo, que había
que creerlo, y creyolo el señor Ginés de Sepúlveda, y el corazón se le
volvió de arriba abajo, y atragantose, y de tal manera, que se estuvo
bien cinco minutos sin decir palabra, y mirando espantado a la hermosa
indiana, ni más ni menos que si en ella hubiera tenido delante esa ave
fénix de la que todos hablan y ninguno ha visto; porque en doncella moza
puede con no mucha dificultad creerse, pero creer en doncella viuda, era
ya cosa recia. Y este espanto del familiar no era por que le pareciese
mentirosa doña Guiomar, que él la hubiera creído aunque ella le hubiera
dicho que no había venido al mundo por medio de mujer, sino caída de una
estrella; pero espantábale el ver que su castidad iba más y más
desmoronándose y deshaciéndose, y que el diablillo del amor con más y
más fuerza le abrasaba el alma.
Sabe Dios cuánto tiempo hubiera estado silencioso y como sujeto a un
encanto, si ella, repuesta del trabajo que la había costado aquella su
extraña confesión, no le hubiera dicho:
--Sólo hay una manera, señor mío, repito, para que yo os perdone vuestro
atrevimiento, y es que siendo, según decís, esa medalla que pendiente de
ese cordón lleváis sobre el pecho, un preservativo contra los demonios,
ya sean o no sean familiares, y contra toda casta de espíritus foletos
y malditos, me la entreguéis, para que yo pueda quedar esta noche sin
morirme de miedo en mi casa; que mañana será otro día, y ya buscaré yo
vivienda en que acomodarme, donde no haya habido nunca, ni duende, ni
trasgo, ni fantasma, ni alma en pena, ni cosa que en mil leguas al otro
mundo huela.
--No ya la medalla del Santo Oficio os daría yo, y tenedla, señora
mía,--dijo todo amor y todo rendimiento el familiar,--sino el alma,
aunque supiera que os la daba para que me la perdieseis.
--No por Dios,--dijo doña Guiomar, tomando la medalla que el familiar la
daba y poniéndosela al cuello,--que no quiero yo que por mí seáis
idólatra y os condenéis; tanto más, cuanto que yo no podría
corresponderos, porque aborrezco el amor, principio y causa de todas las
malas aventuras que a la mujer la avienen; y porque es ya tarde y el
sueño me pesa en los ojos, y porque veo que la Santa Inquisición está
ya, en vos, convencida de que yo aliento buena y vieja sangre católica,
apostólica, romana, sin que haya en ella la más mínima partícula no
limpia, ruégoos os vayáis, y si quisiereis volver a verme, lugar habrá
en hora no tan incómoda y más conveniente para mi recato.
Levantose doña Guiomar como manifestando con la acción añadida a la
palabra que el familiar sería muy discreto si se iba cuanto antes, y el
pobre hombre, mirando con ansia y todo aturdido a doña Guiomar, besola
las manos y fuese, llegando hasta la puerta de espaldas, por no
volverlas a doña Guiomar, no se sabe si por verla algún tiempo más, o
por respeto. Inclinose con gran acatamiento cuando hubo llegado a la
mampara, y luego esta se abrió y se cerró, desapareciendo el familiar,
con lo cual doña Guiomar se volvió presurosa, y sin miedo a los duendes,
por la milagrosa medalla que llevaba al cuello, a su retrete, donde,
como se ha dicho, y en un cuarto que a él daba, había dejado encerrado
al su desconocido amante, que la tenía tan sin vida.