III

De como, sin esperarlo, hallose la hermosa viuda con aquel su amor,

que tan acongojada la tenía.

Suspensa el alma, la mirada anhelante y fija por descubrir lo que

envolvía en sus sombras la oscura calle; aguzando el oído por coger una

palabra, entre el murmullo de las voces de los que hablaban bajo sus

miradores, que le fuese indicio de quiénes eran los que en aquella hora

la rondaban, la hermosa indiana estúvose con su doncella Florela; y

asomándose a la entreabierta vidriera de una ventana de su cámara, en la

cual había matado la luz, toda era cuidado y toda congojas; que

enamorada estaba, no embargante su viudez, lo que decía con harta

elocuencia que, o no había amado al difunto marido, o que le había amado

tanto, que, por la dulce costumbre, sin amor no podía pasarse. Y el

caso era que el nuevo dueño al cual su alma se rendía, había sido tan

corto en manifestarla su afición y tan rápidamente había pasado delante

de ella, diciéndola, empero, con sus encendidas miradas su deseo, que no

parecía hombre enamorado que en ocasión se pone de contemplar a la

deidad que adora, sino alma en pena y cobarde que cree tan menguados sus

merecimientos, que esquiva, cuanto puede, ser reparada por miedo del

menosprecio; y justamente por esto doña Guiomar le había estimado; por

aquella su timidez, la grandeza de su amor había medido; que no hay

afición sin cuidado, ni pasión sin ansia; ni es amor el que con mortales

recelos no desconfía del logro de la victoria; y esto lo saben bien las

mujeres, y tanto más cuanto por su hermosura son más pretendidas y

buscadas y acechadas; y doña Guiomar, que lo era grandemente, aunque no

saliese de su casa más que entre dos luces, y aun así para ir a la

iglesia, sabíalo más que otras.

La esperanza de que el sujeto de su amor, encubierto con el amigo manto

de la tenebrosa noche, viniese a decirla sus amantes penas con la

regalada cadencia de la encantadora música, despertándola de su inquieto

sueño, tenía a la hermosa indiana, toda anhelo, toda impaciencia, toda

oídos y toda ojos; y cuando oyó la voz doliente, dulce y grave del que

cantaba, y los conceptos de la amorosa canción, abriéronsela las

entrañas para recibir en ellas el encendido suspiro que fue de la

canción fin y remate, y confirmación del alma de lo que habían dicho los

labios; y saliósela de la suya otro tan amantísimo y hondo suspiro, que

si el cantor le oyera, no se tuviera por venido a un valle de lágrimas,

sino a un encantado paraíso; y no le oyó, porque a punto sonó el

¡ténganse a la justicia! de la ronda, tras lo cual vinieron las

cuchilladas y tumulto.

Acongojose con esto doña Guiomar, y al suelo viniera traspuesta, si no

la sostuviera en sus brazos su fiel doncella Florela; y cuando todo pasó

y renació el silencio y tornó la calma; bañados en lágrimas los dulces

ojos y la bella color mudada, dijo a Florela con una voz en que se

entendía claramente lo que en su alma había de temor y de esperanza:

--¡Ay, amiga Florela, que si esto es amor, a Dios pluguiera que nunca

hubiera yo amado en mi vida! ¿y quién había de decirme a mí que a tal

punto había de traerme un hombre a quien no más que tres veces he visto,

y aun así como sombra que pasa, o mentida imagen de un sueño, que al

despertar se pierde?

A lo cual respondió Florela suspirando:

--Cosa es el amor, señora, que no ha menester más que un punto para

rendir a su imperio un alma; y tanto más, cuanto más esta alma está

anegada en tristezas, y huérfana de dulces afectos.

--Calla, Florela,--dijo doña Guiomar enjugando sus lágrimas,--que me

parece que alguien viene.

Entreabrió a punto la mampara un paje, asomó la cabeza, y dijo a su

señora que el familiar del Santo Oficio que había estado antes, había

vuelto, y que decía que por la señora era venido; y doña Guiomar mandó

le llevasen al estrado, y que le rogasen que allí esperase.

Procuró sosegarse doña Guiomar, aunque esto era más para deseado que

conseguido, y dijo a su doncella:

--Mira, Florela, si es posible que los de casa averigüen si ha pasado

alguna desgracia en la riña, y si la hubo, quién o quiénes son los sin

ventura; que esto bien podrá hacerse con el pretexto de socorrer a los

que hubieren menester socorro; y vuelve, mientras yo me aliño un tanto

para ir e advertir a ese familiar aquello para lo que le he rogado que

vuelva; y no tardes, que la duda de que él haya podido quedar en el

lance, me tiene sin vida.

Saliose Florela, y doña Guiomar fue a sentarse a su tocador, y

contemplose al espejo, y hallose, más hermosa que nunca; que el amor

hace hermosos aun a los ojos feos, y a los hermosos los sublima,

haciendo de ellos un cielo; y un cielo veía en sus ojos doña Guiomar,

porque en el amor que en sus ojos hallaba, la parecía como que veía la

imagen de aquel por quien el amor acongojaba su alma; y la sucedía que

cuanto más se contemplaba, más la parecía ver en sus ojos la fugitiva

sombra de su deseo; y a tal llegó su amorosa ilusión, que creyó que no

en sus ojos, sino detrás de ella, sobre las rubias trenzas de sus

cabellos, aparecía la imagen de su anhelado, mirándola ansioso, copiado

por el espejo, y como si detrás de ella hubiese estado de rodillas.

Pareciola asimismo que una mano trémula asía una mano suya que pendía

descuidada, y que en ella unos labios ardientes posaban un amoroso beso.

Volviose estremecida doña Guiomar, y vio que de rodillas estaba junto a

ella, no una imagen vana, ni una sombra, sino un hombre, con atavío de

soldado, que anhelante la miraba, y que parecía que quería hablar y no

podía, aunque harto claro decía lo que sentía el temblor que todo su

cuerpo agitaba.

Sobresaltose doña Guiomar, nubláronsela los ojos, apretósela el corazón,

y desfalleció toda al ver que quien tenía a sus pies y oprimiéndola una

mano, que ella no tenía fuerzas para retirar, contra sus labios, era el

mismo por quien ella la dulce muerte del amor sentía; y así los dos, en

un silencio más elocuente que el mejor de los discursos, pasose algún

tiempo, hasta que recobrándose la hermosa indiana y conociendo que por

su decoro debía manifestar extrañeza y enojo por lo que sucedía,

desasió su mano de las de su enamorado, y dijo con la voz entera y

enojada:

--¿Qué es esto? ¿quién sois? ¿cómo habéis entrado aquí? ¿qué queréis?

--Hermosa señora,--dijo levantándose aquel hombre,--no mi voluntad, sino

los no sé si para mí crueles o propicios hados, son los que, cuando yo

pensaba sólo en libertarme de ser preso, aquí me han traído, para que

postrado a vuestros pies pueda deciros que vos sois mi vida, sin la cual

vivir no puedo, ni quiero; y que si en vos no hallo esperanza a mi pena,

alivio a mi enfermedad, alegría a mi tristeza, luz a mis ojos, a mi

pecho aliento y gloria a mi deseo, por condenado me doy y sin vislumbre

de redención que me salve.

A lo que doña Guiomar respondió, mirándole no tan ceñuda ya, ceño

fingido, que si ella hubiera mostrado lo que sentía en el alma en el

semblante, por bien hallado y dichoso hubiérase dado él:

--Cortés sois, bien nacido parecéisme y bien criado; dejadme que me

asombre de veros en mi presencia, entrado aquí como un salteador pudiera

entrarse, y sin más disculpa que la de la necesidad que habéis tenido de

salvaros de ser preso.

--En tal aprieto,--dijo él,--no me hubiera visto si no os viera, si

viéndoos no os amara, y por amaros no ansiara deciros mi pena; que yo

soy el que, no ha mucho, en unos tan desdichados y pobres versos, como

míos, os decía mis ansias; y si vos, señora de mi alma, esos versos

habéis oído, oído habréis también la riña, que ha sido tal, que cortada

la salvación, obligado me he visto a saltar una tapia, que es sin duda

la del jardín de vuestra casa; porque adelantando por ese jardín, y

dando en un cenador, y en él en unas escaleras, siguiendo por un

corredor, halleme junto a una puerta entreabierta, y os vi, y sin pensar

en otra cosa, acerquéme, se me doblaron las rodillas, convidome vuestra

mano de alabastro, y mis hambrientos labios besarla osaron: si lo que os

digo no fuese para vos disculpa bastante del que habéis creído

atrevimiento mío, volveré a salir de vuestra casa, importándome ya poco

de cuanto mal pudiera avenirme, que, por grande que fuese, no sería

mayor que la desgracia de haberos enojado.

--No habéis de decir,--replicó la hermosa indiana,--que poniéndoos en

peligro el salir ahora de mi casa, de ella os echo; tanto más, cuando

por venir, aunque sin licencia mía y aun sin yo conoceros, a darme

música, en tal cuidado os habéis puesto; y hagamos aquí punto a la

conversación, y entraos en ese aposento, que yo voy a ver si por acaso

ha podido oíros alguno de mis criados, y cuando todos estén recogidos y

el peligro que corréis haya pasado, podréis iros.

Y yendo a una puerta, abriola, y haciéndole seña de que pasase, él pasó

a un cuarto oscuro, donde doña Guiomar encerrole tan a tiempo, que ya

las fuerzas la faltaban para el fingimiento, y aquejábala el deseo de

trocar su severidad en dulzura, su enojo en rendimiento, y su

indiferencia en amor.

Valídose había además doña Guiomar de la industria de encerrar al aun

para ella desconocido amante suyo, porque, aunque turbada, acordose de

que en la sala la esperaba aquel familiar de la Inquisición que poco

tiempo hacía la había asustado, metiéndose de rondón y en son de amenaza

en su casa, como si hubiera ido a buscar herejes malditos; y porque

había conocido (siempre las mujeres lo conocen) que de ella el familiar

se había prendado, citole para saber por qué causa la Inquisición la

había buscado, y además para acabar de prendarle y volverle loco, con lo

cual el disgusto o el peligro de una nueva visita de la Inquisición se

evitaría.

Fuese, pues, a la sala donde el familiar la esperaba; hallole inmóvil

como una estatua, teniendo en la una mano el sombrero, puesta la otra en

los gabilanes de su inútil espada, y grave y triste y compungido;

alegráronsele los ojos al menguado cuando a él se acercó doña Guiomar

sonriendo, y habiéndose ella ido al estrado y sentádose y héchole seña

de que a su lado se sentase, él lo hizo, quedando encogido y encorvado;

y luego ella le habló de esta manera:

--Agradecida os estoy, señor, con toda mi alma, por la benevolencia con

que habéis tornado a que yo os diga lo que no puedo menos de deciros, y

es, que no sé yo por qué causa la Inquisición, que amo, respeto y

venero, ha venido, no a honrar mi casa, sino a traer a ella el juicio

engañado de la vecindad, que, sin duda, ha creído que yo no soy tan

buena y católica cristiana como tengo la ventura de serlo, y

obedientísima hija de nuestra Santa Madre Iglesia.

Comídose había con los ojos a doña Guiomar, mientras dijo las anteriores

palabras, el señor Ginés de Sepúlveda, y comiéndosela aún, y atragantado

por el hechizo de tantas y tan no vistas bellezas como en doña Guiomar

se atesoraban, dijo con la voz temblorosa y desfallecida y espantado de

sí mismo:

--Deber es del Santo Oficio de la General Inquisición, contra la

herética pravedad, extremar su celo, y tanto más en los calamitosos

tiempos en que las naciones más poderosas del mundo amparan la herejía,

engañados y perdidos sus monarcas por Satanás; que la Alemania y la

Inglaterra hierven en herejes, y aquí nos vemos obligados a hacer cada

auto de fe que espanta, y sin que este saludable rigor sea bastante para

purgarnos de la maldita simiente; así es que, señora, como esta casa que

vos habéis comprado y habitáis tenía duende...

Interrumpiole doña Guiomar, y con muestras de sobresalto le dijo:

--¿Duende decís que tenía esta casa?

--Por ello estuvo muchos años deshabitada,--respondió el señor Ginés de

Sepúlveda;--y si vos que, por ser forastera, no lo sabíais, no la

hubiérades comprado y habitado, sin habitar estaría aún, y seguiría

deshabitada por los siglos de los siglos amen.

Creían entonces en los duendes como se creía en los artículos de fe, y

por creer en ellos doña Guiomar, imaginósela que, tal vez, no el hombre

que amaba en carne y hueso era el que se la había aparecido en su

retrete, sino una apariencia de él, tomada por algún duende maligno; y

espantose y pareciola que detrás de cada tapicería se movía un duende

travieso, y que las figuras de los lienzos que las paredes poblaban

tomaban extrañas y espantables cataduras, y que de todos los ángulos de

la sala surgían trasgos y fantasmas; y como tenía la imaginación muy

viva, porque era andaluza, venida de las Indias, asustose de tal modo,

que al familiar se asió como si hubiera creído que agarrándose a una

parte de la Inquisición, por exígua y mezquina que fuese, a ella no se

atreverían duendes, trasgos, ni espectros.

Aconteciole al señor Ginés de Sepúlveda, cuando las suaves manos de doña

Guiomar asieron las suyas y sus ojos se fijaron espantados en sus ojos,

que creyó que de él se apoderaba el diablo; espantose muy mucho más que

doña Guiomar, y aturdiose; y sin saber cómo, no encontrando otra cosa de

que ampararse, amparose del mismo peligro que le espantaba; es decir,

que se abrazó a doña Guiomar, y de tal manera, que no parecía sino

náufrago que, llevado por las furiosas olas, con una tabla se encuentra

y a ella se agarra.

¿Quién pudiera decir lo que pasó por ambos cuando en aquel abrazo, tan

súbita e inopinadamente sobrevenido, se encontraron enlazados? Pareciole

a doña Guiomar el señor Ginés de Sepúlveda, cuando le vio tan cerca, más

feo y pavoroso que todos los duendes y vestiglos habidos y por haber, y

rechazole; y él, cuando hubo sentido las corpóreas bellezas de doña

Guiomar, y alentado la ambrosia de su aliento, no defendió ya su alma

del demonio, sino que, cayendo en la tentación y olvidándose de sus

votos (que como ya se dijo, aunque seglar, de castidad había

pronunciado), y siendo valiente por la primera vez de su vida,

volteándole los ojillos grises, y todo contraído y perturbado, dijo:

--¡Amor!... ¡amor!... ¡yo te reconozco y te adoro! ¡Alma mía, que te

pierdes, perdóname, porque te fenezco en otra alma, que ya, sin ser yo

poderoso a evitarlo, es el alma mía!

--Pero ¿qué es lo que estáis diciendo, hombre,--dijo doña Guiomar,--que

me parece que os habéis vuelto loco? ¿De qué alma habláis, que decís

que es vuestra alma? Si por ventura el alma que decís es el alma mía,

ved que os engañáis, que yo no os la doy, ni mi alma puede irse a vos

sin que yo lo quiera.

A todo esto, doña Guiomar se había separado a una buena distancia del

familiar, y parecía como que éste empezaba a volver en sí, y a

arrepentirse de haberse dejado ir de aquella manera por los para él

desconocidos espacios del amor.

Doña Guiomar estaba toda encendida e indignada, y le miraba fosca: como

que aún la parecía sentir el apretón de unos brazos que la ceñían, y ver

dos ojos que, como los de un lobo hambriento, la miraban.

--Perdonadme, señora,--dijo el familiar,--que yo creo que los duendes de

esta casa maldita se han metido en mí, y me han obligado a hacer y decir

contra mi voluntad lo que he hecho y dicho; pero ya veis que a la razón

vuelvo, que respetuoso os hablo, que humillado perdón os pido; y el que

esta influencia infernal que me ha dominado no haya persistido, consiste

en que yo llevo conmigo un preservativo contra toda hechicería y

maleficio, y esos demonios familiares, que se llaman vulgarmente

duendes, han huido lanzados por la virtud de ese bendito preservativo.

--¿Preservativo tenéis contra diablos familiares?--dijo doña Guiomar.

--Sí, señora,--contestó el señor Ginés de Sepúlveda,--y ese preservativo

es la medalla, que con la cruz dominica, que como sabéis es la cruz de

la Inquisición, llevo pendiente de este cordón sobre el pecho.

--De suerte, que si yo llevara pendiente de la garganta esa medalla,

libre de duendes estaría,--dijo doña Guiomar.

--Y no sólo vos,--respondió Ginés de Sepúlveda,--sino vuestra casa y las

otras casas adonde fuéredes, como todo lugar en que os encontráredes.

--Pues mirad,--dijo doña Guiomar,--si me dais esa milagrosa medalla, os

perdono el abrazo que tan sin licencia mía, y tan contra mi voluntad y

mi pudor, me habéis dado; que en Dios y en mi ánima, este es el primer

abrazo de hombre que he sentido.

--¿Pues qué, no sois vos viuda, señora?--preguntó admirado el familiar.

--Padre fue, que no marido para mí, el buen esposo mío cuya muerte

lloro,--respondió tristemente doña Guiomar.

Atragantose el familiar cuando, por la propia confesión de los rosados

labios de doña Guiomar, reconoció en la ya bastantemente preciada

persona que le volvía el seso, un atractivo más, que era el de ser

doncella, no embargante lo de viuda, que bien puede ser esto, aunque

rara vez suceda y haya de ponerse muy en duda; pero de tal manera lo

había dicho doña Guiomar, y con tal y tan ruboroso embarazo, que había

que creerlo, y creyolo el señor Ginés de Sepúlveda, y el corazón se le

volvió de arriba abajo, y atragantose, y de tal manera, que se estuvo

bien cinco minutos sin decir palabra, y mirando espantado a la hermosa

indiana, ni más ni menos que si en ella hubiera tenido delante esa ave

fénix de la que todos hablan y ninguno ha visto; porque en doncella moza

puede con no mucha dificultad creerse, pero creer en doncella viuda, era

ya cosa recia. Y este espanto del familiar no era por que le pareciese

mentirosa doña Guiomar, que él la hubiera creído aunque ella le hubiera

dicho que no había venido al mundo por medio de mujer, sino caída de una

estrella; pero espantábale el ver que su castidad iba más y más

desmoronándose y deshaciéndose, y que el diablillo del amor con más y

más fuerza le abrasaba el alma.

Sabe Dios cuánto tiempo hubiera estado silencioso y como sujeto a un

encanto, si ella, repuesta del trabajo que la había costado aquella su

extraña confesión, no le hubiera dicho:

--Sólo hay una manera, señor mío, repito, para que yo os perdone vuestro

atrevimiento, y es que siendo, según decís, esa medalla que pendiente de

ese cordón lleváis sobre el pecho, un preservativo contra los demonios,

ya sean o no sean familiares, y contra toda casta de espíritus foletos

y malditos, me la entreguéis, para que yo pueda quedar esta noche sin

morirme de miedo en mi casa; que mañana será otro día, y ya buscaré yo

vivienda en que acomodarme, donde no haya habido nunca, ni duende, ni

trasgo, ni fantasma, ni alma en pena, ni cosa que en mil leguas al otro

mundo huela.

--No ya la medalla del Santo Oficio os daría yo, y tenedla, señora

mía,--dijo todo amor y todo rendimiento el familiar,--sino el alma,

aunque supiera que os la daba para que me la perdieseis.

--No por Dios,--dijo doña Guiomar, tomando la medalla que el familiar la

daba y poniéndosela al cuello,--que no quiero yo que por mí seáis

idólatra y os condenéis; tanto más, cuanto que yo no podría

corresponderos, porque aborrezco el amor, principio y causa de todas las

malas aventuras que a la mujer la avienen; y porque es ya tarde y el

sueño me pesa en los ojos, y porque veo que la Santa Inquisición está

ya, en vos, convencida de que yo aliento buena y vieja sangre católica,

apostólica, romana, sin que haya en ella la más mínima partícula no

limpia, ruégoos os vayáis, y si quisiereis volver a verme, lugar habrá

en hora no tan incómoda y más conveniente para mi recato.

Levantose doña Guiomar como manifestando con la acción añadida a la

palabra que el familiar sería muy discreto si se iba cuanto antes, y el

pobre hombre, mirando con ansia y todo aturdido a doña Guiomar, besola

las manos y fuese, llegando hasta la puerta de espaldas, por no

volverlas a doña Guiomar, no se sabe si por verla algún tiempo más, o

por respeto. Inclinose con gran acatamiento cuando hubo llegado a la

mampara, y luego esta se abrió y se cerró, desapareciendo el familiar,

con lo cual doña Guiomar se volvió presurosa, y sin miedo a los duendes,

por la milagrosa medalla que llevaba al cuello, a su retrete, donde,

como se ha dicho, y en un cuarto que a él daba, había dejado encerrado

al su desconocido amante, que la tenía tan sin vida.

El manco de Lepanto episodio de la vida del príncipe de los ingenios, Miguel de Cervantes-Saavedra · 第 20 / 40 题