SONETO

Insensible es al sol el duro hielo

De crudo invierno en el rigor impío;

Agua en la primavera, en el estío

En cálido vapor se eleva al cielo.

Siempre insensible al amoroso anhelo

Tuve el ingrato corazón vacío:

Mi llanto, agora, por el bien ansío,

Lava presta será de un Mongibelo.

¿Quién, sino tú, señora, a tal mudanza

Forzó a mi pecho helado y enemigo

De todo amor y todo rendimiento,

Que hoy espero sin sombra de esperanza,

Vivo muriendo, y hallo mi castigo

En la llama de amor que es mi tormento?

Calló la voz, y luego se oyó un profundísimo suspiro, que las vihuelas,

que con el canto habían terminado su música, no pudieron cubrir con sus

acordadas voces, y hubo algún espacio de tan grande silencio, que

hubiérase podido oír el vuelo de un mosquito que por allí en aquel punto

hubiera pasado; y aún duraba el encanto de la música, y el familiar no

sabía qué pensar de lo que pasaba por su poco antes ánima castísima,

cuando con más concierto y dulcedumbre que antes, volvieron las vihuelas

al ritornelo. Amor parecía que volaba en los aires y lo llenaba todo;

amor decían las vihuelas; de amor, escuchando en sus oscuros miradores

palpitaba, sin saber por quién, y toda en imaginaciones sin sujeto, doña

Guiomar, y amor iba emponzoñando en su dulce veneno el corazón del

familiar, que veía delante de sus ojos, aunque allí no estaba, las

doradas hebras de los sedosos cabellos de la viuda, y su frente de

alabastro, y sus labios, que a una entreabierta granada se asemejaban, y

sus ojos, con los que el claro azul del cielo de la alborada no pudiera

competir; y batallaba el mísero con aquel amor que tan de súbito se le

había metido en el alma, como si hubiera sido tentación de Satanás, y no

fuego celeste, que del infierno venía, y había tomado por bellas

ventanas por donde asomarse y dejarse ver en la tierra los divinos ojos

de la indiana.

Seguían en su ritornelo las vihuelas, limpiábase el pecho para empezar

de nuevo, tal vez con algún madrigal competidor del soneto, el encendido

amante, cuando las voces de ¡ténganse a la justicia! que vinieron de lo

alto de la callejuela, cortaron en un punto el puntear de las vihuelas,

y dejaron lugar al chocar de los broqueles, que apresuradamente los

músicos se arrancaban del cinto, y que tal vez al desenvainar las

espadas daban contra sus gavilanes; y a poco, no era ya dulce música lo

que en la calle se oía, sino áspero son de espadas, que por los raudales

de chispas que de ellas saltaban, no parecía sino que se habían allí

reunido todas las fraguas de Vulcano.

Apercibiose con asombro de sí mismo el familiar, de que él, que antes

había hecho sin empacho profesión de tímido, y tenido por gala el

parecer prudente y bien mirado, no se asustaba de lo que antes le

hubiera causado espeluznos; e íbasele la mano al pomo de la espada, que

hasta entonces había llevado por adorno, y sentíase más atrevido y más

arrojado a todo que Gerineldos, aquel amante de la enamorada sobrina de

Carlo-Magno; y pensaba que el del soneto había dicho bien, que tales

mudanzas hace el amor, que no son para creídas, según que trastrueca a

los que caen debajo de su imperio, y de menguados los cambia en altivos,

y de corderos en leones, y de no atreverse a mover un pie sin pedirle

licencia al otro, en atropelladores de todo, sin que haya quebradura que

no salten, ni obstáculo, por insuperable que sea, que no venzan; pero

puesto que a él nada le iba ni le venía en aquello, y que antes debía

alegrarse de que la ronda le desembarazara la calle y le permitiera

llegar a la puerta de la hermosísima viuda, que sin duda le esperaba,

estúvose quedo y esperando a ver en lo que aquello quedaba, cuyo fin y

remate, y de quién fuese al cabo la victoria no se veía muy claro: que

la calle veníase abajo a cuchilladas; y no dulces requiebros enamorados

se oían, sino juramentos y maldiciones, y ayes de aquellos a quienes

alcanzaba alguna dura punta; y tanto duraba aquello y tan trabado, que

claro aparecía que si los rondadores eran duros de pelar, no eran mucho

más blandos los de la ronda, ni había allí que contar con manco ni

flojo, según que arreciaba, cuanto más duraba, aquella tempestad de

tajos y reveses.

Pero acertó a acudir por la parte de abajo de la calle otra ronda, que,

como venía de refresco, embistió duro, y puestos entre dos potencias los

músicos, hubieron de ceder el campo; así pues, cubriéndose el rostro con

los embozos, y apretando dientes y puños, embistió cada cual con lo que

tenía delante, sonaron algunos tiros de pistolete, arremolináronse los

alguaciles de ambas rondas; y los músicos escaparon, dejando sobre la

calle alguna vihuela rota y algún alguacil malherido, que de ellos,

cuando se acudió al lugar de la pelea, no se halló ni uno sólo, ni se

tuvo indicio de quiénes fueran, aunque harto claro dejaron conocer, por

lo que hicieron, que todos eran hidalgos, y de los buenos.

Escapádose habían familiar y alguacil del Santo Oficio, cuando los

alcaldes y los alguaciles de la justicia ordinaria pusiéronse en

persecución de los que más bien que huían se esquivaban, por excusarse

el familiar de preguntas y de respuestas con los otros alcaldes, y el

alguacil por seguir a su superior; que lo que el familiar anhelaba era

que la calle quedase libre para entrarse en la casa de la indiana, y

contemplar otra vez al sol resplandeciente de su hermosura; y como iban

corriendo por la callejuela que daba la vuelta a la manzana donde estaba

la casa de doña Guiomar, vieron que un bulto, que delante de ellos iba,

saltaba y se agarraba a las asperezas de una tapia, y se alzaba y se

estiraba, y por el caballete de la tapia desaparecía; y no deteniéndose

por esto, siguieron familiar y alguacil su carrera, dieron la vuelta,

hallándose al fin del rodeo en la misma calle de las Sierpes donde había

pasado la pendencia, y vieron que en ella no había un alma viviente, ni

se oía otro ruido que el del vientecillo de la noche, que zumbaba

dulcemente en las encrucijadas.

Mandó el familiar al alguacil que allí le esperase, y él se fue a la

puerta de la casa de la viuda, y llamó, y abrieron en cuanto dijo cuál

era su calidad y oficio y que la señora le esperaba, y entró, se cerró

la puerta, y la calle se quedó tan en silencio y tan pacífica, como

solía estarlo a aquellas horas de ordinario.

El manco de Lepanto episodio de la vida del príncipe de los ingenios, Miguel de Cervantes-Saavedra · 第 19 / 40 题