II

En que se trata de una música de enamorado acabada no muy

amorosamente a tajos y reveses.

Volviose el familiar desalado a casa de doña Guiomar, y sin más compañía

que un alguacil que le llevaba la linterna, en cuanto hubo dejado con

miedo, frío y hierros al rapista, y bajo cerrojos, y tomado recibo de su

persona; y acontecíale al tal Ginés de Sepúlveda, que así se llamaba

este honrado familiar, que no las llevaba todas consigo, y que decía

para sí que él debía ser también preso y juzgado por la Inquisición;

porque si bien se miraba, él había pecado, aficionándose a una mujer,

por en cuanto a su voto de castidad, y había faltado a su obligación en

no prender a quien se le había mandado prendiese; antes bien,

disculpádola, y excusádola, y puéstose por su pecado de su parte, sin

importársele otra cosa; y hubiera querido que le naciesen alas para

llegar pronto; y en fin, no vivía de miedo de haber ofendido a Dios, y

de ansia por que tardaba en ver aquel hermoso sol que, a la media noche,

le había deslumbrado.

Iban alguacil delante y familiar detrás, estirando a cual más podían las

zancas y alargando los pescuezos, aficionado el uno al agasajo que de

seguro le harían en aquella principalísima casa mientras esperase, y

desasosegado y agonizando el otro por volver a ver a doña Guiomar; y

esperaba el alguacil que alguna linda doncella, o dueña de no malos

bigotes viniese a él, por mandamiento de su señora, para hacerle menos

enojosa la espera; que el alguacil no podía creer sino que a cosa de

amores volvía el familiar solo a la casa, y sin color de justicia, y que

por esto se había salido de la casa sin prender a nadie; y en cuanto al

familiar, no pensaba nada, sino que de él tiraban duendes o diablos para

llevarle a su perdición; y aunque él no quería, salíasele el alma al

mezquino, como si su alma hubiese querido llegar súbitamente y juntarse

con aquella otra alma que dentro de aquel hermosísimo cuerpo vivía.

Y yendo así y como disparados familiar y alguacil, y muy cerca ya de la

casa de doña Guiomar, oyeron un rumor de voces que de la cercana

revuelta de una callejuela venía, y como templar de vihuelas; cosas que

daban a entender claramente que se trataba de dar música por algún

enamorado a la señora de su pensamiento; y había por entonces una

ordenanza que mandaba que de noche y a deshora no se diesen músicas por

las calles, so pena de dos días de cárcel y diez ducados para obras

pías; y como la gente que sonaba junta a poco trecho parecía mucha y

debía ser alegre y maleante, y ellos sólo eran dos, o diríase mejor, uno

y medio, porque el familiar aprovechaba poco, éste ordenó al alguacil

torciese el paso por la boca de una callejuela que se veía a mano, y

rodease, con lo cual el familiar creyó haber evitado aquella gente _non

sancta_; pero vio, cuando dada la vuelta se hallaba a poca distancia de

la casa de doña Guiomar, que a su puerta había un gran bulto de sombras

como de hombres, del cual salía confuso rumor de voces recatadas.

Quedáronse tras la esquina familiar y corchete, y a poco oyeron que

rompían en una muy armoniosa música las vihuelas, y que cuando se acabó

el ritornelo, una voz grave y melancólica, enamorada y dulce, cantó el

siguiente:

El manco de Lepanto episodio de la vida del príncipe de los ingenios, Miguel de Cervantes-Saavedra · 第 18 / 40 题