En que se trata de una música de enamorado acabada no muy
amorosamente a tajos y reveses.
Volviose el familiar desalado a casa de doña Guiomar, y sin más compañía
que un alguacil que le llevaba la linterna, en cuanto hubo dejado con
miedo, frío y hierros al rapista, y bajo cerrojos, y tomado recibo de su
persona; y acontecíale al tal Ginés de Sepúlveda, que así se llamaba
este honrado familiar, que no las llevaba todas consigo, y que decía
para sí que él debía ser también preso y juzgado por la Inquisición;
porque si bien se miraba, él había pecado, aficionándose a una mujer,
por en cuanto a su voto de castidad, y había faltado a su obligación en
no prender a quien se le había mandado prendiese; antes bien,
disculpádola, y excusádola, y puéstose por su pecado de su parte, sin
importársele otra cosa; y hubiera querido que le naciesen alas para
llegar pronto; y en fin, no vivía de miedo de haber ofendido a Dios, y
de ansia por que tardaba en ver aquel hermoso sol que, a la media noche,
le había deslumbrado.
Iban alguacil delante y familiar detrás, estirando a cual más podían las
zancas y alargando los pescuezos, aficionado el uno al agasajo que de
seguro le harían en aquella principalísima casa mientras esperase, y
desasosegado y agonizando el otro por volver a ver a doña Guiomar; y
esperaba el alguacil que alguna linda doncella, o dueña de no malos
bigotes viniese a él, por mandamiento de su señora, para hacerle menos
enojosa la espera; que el alguacil no podía creer sino que a cosa de
amores volvía el familiar solo a la casa, y sin color de justicia, y que
por esto se había salido de la casa sin prender a nadie; y en cuanto al
familiar, no pensaba nada, sino que de él tiraban duendes o diablos para
llevarle a su perdición; y aunque él no quería, salíasele el alma al
mezquino, como si su alma hubiese querido llegar súbitamente y juntarse
con aquella otra alma que dentro de aquel hermosísimo cuerpo vivía.
Y yendo así y como disparados familiar y alguacil, y muy cerca ya de la
casa de doña Guiomar, oyeron un rumor de voces que de la cercana
revuelta de una callejuela venía, y como templar de vihuelas; cosas que
daban a entender claramente que se trataba de dar música por algún
enamorado a la señora de su pensamiento; y había por entonces una
ordenanza que mandaba que de noche y a deshora no se diesen músicas por
las calles, so pena de dos días de cárcel y diez ducados para obras
pías; y como la gente que sonaba junta a poco trecho parecía mucha y
debía ser alegre y maleante, y ellos sólo eran dos, o diríase mejor, uno
y medio, porque el familiar aprovechaba poco, éste ordenó al alguacil
torciese el paso por la boca de una callejuela que se veía a mano, y
rodease, con lo cual el familiar creyó haber evitado aquella gente _non
sancta_; pero vio, cuando dada la vuelta se hallaba a poca distancia de
la casa de doña Guiomar, que a su puerta había un gran bulto de sombras
como de hombres, del cual salía confuso rumor de voces recatadas.
Quedáronse tras la esquina familiar y corchete, y a poco oyeron que
rompían en una muy armoniosa música las vihuelas, y que cuando se acabó
el ritornelo, una voz grave y melancólica, enamorada y dulce, cantó el
siguiente: