EL MANCO DE LEPANTO

I

En que se trata de un percance que le sobrevino a un barbero de

Sevilla, por meterse a afeitar a oscuras.

Había en la ilustrísima ciudad de Sevilla, allá por los tiempos en que

llegaban a la Torre del Oro, que a la margen del claro y profundo

Guadalquivir se levanta, los galeones cargados de oro que venían de las

Indias, y cuando reinaba en España el señor rey don Felipe el Segundo,

de clara y pavorosa memoria, en la calle de las Sierpes, y en una

rinconada a la que jamás llegaba el sol, como no fuese en verano y al

mediodía, un tinglado de madera, de dos altos, desvencijado y giboso, al

que llamaban casa, y en el cual vivía una valiente persona, cuyo

apellido y nombre de pila ignoraba él mismo, que si los tuvo olvidolos,

y nadie le conocía ni él respondía más que por el sobrenombre de

_Viváis-mil-años_, cortesanía que empleaba para saludar a todo el mundo.

Era de mediana edad, entre los treinta y cinco y los cuarenta, de no

mala apariencia, agradable y sonriente el rostro, morena la color,

agudas las facciones, sutil la sonrisa, la mirada rebuscona, y no

mezquino el cuerpo; vivía de rasurar y rapar, entreteniendo durante el

día sus ocios con el puntear de una vihuela morisca que le dejó su

padre, ya harto usada por sus abuelos, y cantando como un ruiseñor las

alegres canciones de la tierra, y las que él mismo componía, para lo que

se daba muy buena gracia; comadreaba a las comadres de la vecindad, y,

fuera de esto, las vendía untos y bebedizos, y las leía el sino, y las

traía a todas engañadas y pendientes de sus labios; y a tal llegaba la

fama de brujo y de hechicero del señor _Viváis-mil-años_, que más de una

vez la Inquisición se había metido en sus asuntos, y había quien se

acordaba de haberle visto con coroza y sambenito, luciendo su persona en

un auto de fe.

No se sabía si era cristiano, o judío, o moro; pero él escapaba tan bien

que mal de sus empeños con la Inquisición y con la justicia, y

continuaba rasurando y trasquilando, rasgueando y cantando, haciendo de

sus bebedizos y de su brujería industria, y estimado y querido de la

vecindad y allende.

No se le conocía a _Viváis-mil-años_ moza ni parienta de algún género,

ni vicio que de reparar fuese; vivía solo, en paz y en gracia de Dios,

como él decía, no embargante lo de los hechizos y los untos, que él

negaba; y así iba pasando nuestro hombre sin crecer ni menguar, y

siempre feliz y contento, y con una tal y tan peregrina salud, que él

afirmaba que en todos los días de su vida no le había dolido ni una uña.

La justicia le había entrecogido alguna vez de noche rondando por sitios

tenebrosos, con un estoque desnudo debajo de la capa, largo de cinco

palmos (que él había comprado en sus mocedades por veinte maravedís en

el Rastro); y por esto, y por algunos hurtos que le habían achacado

malos testimonios, le habían batanado más de tres veces las espaldas,

llevándole en burro y con acompañamiento, para edificación de las

gentes, por lo más concurrido de la ciudad; cosas todas que, decía

_Viváis-mil-años_, caían por encima y no había que echárselas en cara,

cuando no habían tenido que ver sino con sus espaldas. Buscábanle

dueñas, solicitábanle doncellas que habían necesidad de casarse;

servíanse de él, como de secretario, mozas a las cuales les estorbaba

para escribir lo negro de los ojos, y él era, finalmente, el consuelo de

las hermosas, la alegría de los galanes, el consejo de los pícaros, y

el sirve para todo. Almorzaba, comía y cenaba por diez maravedís casa de

su vecina la tía _Zarandaja_; descolgaba sus bacías, y quitaba sus

celosías a puestas del sol, y al cerrar la noche se salía sin que nadie

le sintiese; iba adonde nadie sabía, y volvía a su casa sin que la

vecindad pudiese enterarse de la hora de su vuelta.

Por los tiempos en que esta verídica historia comienza, había en la

calle de las Sierpes, no lejos de la tienda del rapista, una casa

deshabitada, grande y hermosa, con piedra de armas en el frontispicio,

de cuyas armas los entendidos sacaban el apellido Velasco de Llanes, y

que hacía luengos años que no se ocupaba, porque se decía de fama

pública que tenía duende.

Daba su gran jardín, o más bien huerta, a las medianerías de algunas

casas, y, por un punto, esta medianería era la tapia de un corralejo que

la casa del barbero tenía, y en que vagaban, tristes y con hambre, en

una perpetua umbría, cuatro gallinas, un gallo y un pato, en compañía de

un cerdo (con perdón sea dicho) y de un perro flaco que guardaba de

noche la casa. No había que dudar de que el señor _Viváis-mil-años_ era

buen cristiano, puesto que, para que el duende de la gran casa vecina no

se pasase a la mezquina casa suya, había puesto en el lomo de la tapia

de su corralejo, que daba a la huerta de la casa enduendada, un calvario

de madera, lo cual no hubiera hecho si hubiera sido judío o moro, y

había pintado una cruz en cada una de las dos ventanas que al corral

daban, y desde las cuales se veía la huerta.

Una mañana (de primavera y radiante y hermosa), al abrir una de aquellas

ventanas, el rapista vio que por la huerta de la casa vecina vagaban, no

duendes ni trasgos, sino algunas personas de muy noble apariencia, que

andaban por allí como reconociendo y tomando trazas. Era una dama como

de veinte a veinticuatro años, muy gentil y hermosa, rubia y blanca, de

buen continente y estatura, pensativa y grave, y vestida noble y

riquísimamente. Acompañábanla dueña quintañona y rodrigón avellanado, y

la hablaban con encarecimiento, y proponíanla, a lo que parecía por las

señas, composturas y arreglos en la huerta, dos maestros de obras.

Seguíanla dos pajes, el uno de los cuales llevaba una rica silla de

tijera y el otro un cojín de terciopelo con rapacejos de oro debajo del

un brazo, y terciada en el otro una rica alfombrilla. Por último, cuatro

lacayos bigotudos, con sendos espadones al cinto, la servían.

No había que dudar de que aquella era una gran señora, si no princesa,

por lo menos de título, y cuando no, riquísima; y en punto a nobleza,

rebosaba de ella y olía que trascendía. No yendo con ella persona que

por la apariencia en calidad se la igualase, había que pensar que era

viuda; que a ser doncella, padre, hermano o tutor la hubieran

acompañado.

Alegráronsele los ojos y aun las entrañas a _Viváis-mil-años_, porque se

le ocurrió que la que de tal manera, y con dos que parecían maestros de

obras, buscaba trazas y tomaba medidas en la huerta, debía haber

comprado la casa, y empezó a echar cuentas con los provechos que tan

buena vecindad podía procurarle; porque pensar que a tal divina beldad

no habían de acudir como moscas a la miel los enamorados, era ser

simple, y ya el rapista inventaba historias y enredos, que daba por

seguros, y en los cuales él andaría como una importantísima persona, lo

cual le produciría buenos escudos, cuando no sendos doblones; por todo

lo cual, y ansioso de inquirir lo que hubiese, dejó la ventana, se dejó

ir por las fementidas escaleras, y se lanzó en la calle, yendo a dar con

su cuerpo en el bodegón de la tía _Zarandaja_, que en cuanto le vio

acudió a la marmita, llenó una escudilla con uña de vaca y morcilla de

lustre, y se fue al cabo de mesa, donde, en lo último del figón, se

había sentado, como lo acostumbraba, el señor _Viváis-mil-años_.

Preguntole él, oyole atentamente ella; díjole que a lo que ella había

pesquisado, se la alcanzaba que la dama que el rapista había visto en el

jardín de la casa del duende, era una riquísima señora indiana, que,

con sus criados y algunos toneles llenos de oro, había venido de Méjico,

y aposentádose en la posada de la _Cabeza del rey don Pedro_; y que

había comprado la casa, ignorando que tenía duende, a su dueño el señor

marqués de los Alfarnaches; y que lo que el señor _Viváis-mil-años_

había visto, era que la susodicha hermosa y riquísima viuda indiana

buscaba el modo de convertir aquella huerta abandonada e inculta en un

paraíso en que solazarse.

Preguntó el rapista a la bodegonera de dónde había sacado todas aquellas

noticias, y díjole ella, que el rodrigón que había visto acompañando a

la hermosa indiana, había ido tres días antes al bodegón, y la había

preguntado quién fuese el amo de la casa deshabitada y si sabía que la

casa se vendiese, a lo que ella había contestado ocultándole lo del

duende, lo cual la había valido un buen regalo del señor marqués de los

Alfarnaches, a quien había avisado en buen tiempo, y que el señor

marqués la había dicho después, que la tal dama se llamaba doña Guiomar

de Céspedes y Alvarado, que era viuda, que apaleaba el oro, y que al

morir su marido, que había sido un viejo oidor de la chancillería de

Méjico, había hecho buenos doblones su hacienda, y se había venido a

Sevilla, de donde era natural, aunque por haberla llevado su marido a

Méjico, todos la creían y la llamaban indiana.

Comiose con muy buen apetito y con mucho placer por estas noticias su

escudilla de uña y morcilla el señor _Viváis-mil-años_, y se restituyó a

su casa, sacó la celosía y colgó las bacías a la puerta, y se puso a

rasguear la guitarra, esperando al primero que tuviese necesidad de

rasurarse.

Al otro día sobrevinieron albañiles y todo género de artistas, y

empezaron a trabajar en la casa, y a las dos semanas no había persona

que pudiese reconocerla, según que había sido de compuesta y

trastrocada, y pintada, y rejuvenecida; habíase quitado la antigua

piedra de armas y puéstose en su lugar otra, y el jardín se había

desbrozado, y poblado de estatuas y fuentes, y de tal manera que se

había hecho de él, antes selvático, intrincado y desapacible, una verde

y hermosa delicia. Carrozas, y mulas, y caballos, habían llenado las

cocheras y las caballerizas; y en el zaguán hervían los lacayos con

librea, y daba gozo el ver las escaleras alfombradas y con macetas a

todo lo largo de ellas.

En fin, un domingo, la hermosísima viuda doña Guiomar de Céspedes y

Alvarado se vino a la casa, y en cuanto en ella entró, la casa se cerró

a piedra y lodo, y de tal manera que no parecía sino que lo que en la

casa se había hecho había sido para encantarla después; la puerta

principal no se abría sino por la mañana entre dos luces, para que

saliese una silla de manos, en la cual iba sin duda la hermosísima doña

Guiomar, y una hora después, cuando la silla de manos volvía; tanto a la

ida como a la venida acompañaban la silla de manos la dueña, el

rodrigón, los dos pajes, con la silla, el cogín y la alfombra, y los

cuatro lacayos bigotudos que _Viváis-mil-años_ había visto, como hemos

dicho en otra ocasión, acompañando a la dama en el jardín o huerta de la

casa del duende.

Siguió una mañana _Viváis-mil-años_ a la viuda, y vio que la llevaban a

la catedral, y que ella se iba, seguida de los criados, a la capilla de

San Fernando; y que allí los pajes extendían sobre el blanco mármol la

alfombra, abrían la silla de tijera, y ponían delante de ella el cojín

de terciopelo con rapacejos de oro para que la bella indiana se

arrodillase. Los criados se quedaban fuera de la capilla; y una vez oída

la misa de alba, la dama se levantaba, recogían los pajes cojín, silla y

alfombra, se encaminaba la indiana a la puerta del Patio de los

Naranjos, tomaba allí su silla de manos, y se volvía a su casa.

Poníase en acecho en la catedral _Viváis-mil-años_, atisbaba, pero nada

podía sacar en claro tocante a la dama, sino que aun de rodillas era

gallarda; que sus manos, que tenían un rico rosario de perlas, eran más

nacaradas que ellas, y que oía la misa con una singular devoción: en

cuanto al rostro, lo tapaba un celoso velo de encaje, y ocultaba su

talle un cumplido manto de raja de Florencia.

Habíala visto en el jardín descubierta la faz _Viváis-mil-años_; hermosa

la había admirado, joven la había conocido, pero su imagen se había

borrado de su memoria: en vano había registrado el jardín desde su

ventana; la dama no salía a él nunca, o por lo menos de día, y

_Viváis-mil-años_ no había podido dar señas que les satisfacieran a los

ricos galanes que de él se servían para sus amores, y a los que había

hecho relación de la nueva y hermosa dueña de la casa del duende.

Los criados, o eran fieles, o temían y no daban luz, por más que

_Viváis-mil-años_ los agasajaba y los convidaba a la taberna; ellos no

decían de su señora sino que era una dama honestísima, que tenía penas y

que las lloraba en su soledad: si aquellas eran penas de amor, los

criados no lo decían, o no lo sabían, y _Viváis-mil-años_ vivía como un

alma en pena, metiendo las narices por todos los resquicios, y sin oler

nada que le sirviese para cerciorarse de qué casta de, pájaro era aquel

prodigio humano, que siendo rica y joven huía del mundo, y siendo

hermosa no buscaba el amor.

Pasaron así días, semanas y meses, siempre la misma cosa, sin dejarse

ver la dama más que de bulto entre dos luces, cuando salía de la silla

de manos, en la catedral, y volviendo a sepultarse una hora después en

el silencio y en el retiro de su casa, que permanecía cerrada, ni más ni

menos que cuando se decía estaba habitada por duendes; al jardín no

salía de día: sólo algunas noches de luna solía verla _Viváis-mil-años_,

vestida de blanco y vagando como un fantasma, yendo al cabo a sentarse

en un poyo de piedra junto a la fuente, permaneciendo allí largo tiempo

inmóvil, hasta que, al fin, se levantaba, y en paso lento atravesaba el

jardín y se metía en la casa: la luz de la luna no había sido bastante

para que _Viváis-mil-años_ hubiese visto su rostro. Desesperábase el

menguado, y decía a los caballeros que le aquejaban con preguntas, que

él creía bien que todo aquello no era realidad, sino sueño, y que había

que pensar que los duendes continuaban en la casa, y que habían tomado

la forma de la dama y de la servidumbre que la asistía, no embargante

que la tal dama y parte de sus criados con ella, fuesen a oír misa de

alba todos los días, lo cual podía ser muy bien, dado que fuesen los

susodichos duendes cristianas almas del purgatorio.

La comunidad entera de los Terceros, a los que rasuraba desde el prior

al último lego _Viváis-mil-años_, andaba también ocupada y puesta en

imaginaciones por los relatos de su rapista; y a tal encarecimiento

fueron llegando estos relatos, que llegó a los oídos de la Inquisición

la noticia de que había en Sevilla una casa habitada por gentes

sospechosas, de las cuales se murmuraban hechizos y encantos; porque

había muchas cosas extrañas. ¿Qué se habían hecho aquellas ricas

carrozas, aquellos hermosos caballos, aquellas poderosas mulas, que la

vecindad había visto entrar en la casa del duende? nadie los había

vuelto a ver. ¿Qué comían todas aquellas personas, y todos aquellos

animales? la puerta de la casa no se abría jamás. ¿Y cómo podía ser

esto? La Inquisición envió sus alguaciles para que recatadamente

observaran aquella casa que de tan antiguo tenía fama de maldita, y

viesen lo que eran sus nuevos habitantes; y los alguaciles declararon lo

que ya se sabía, esto es, que la dama iba todas las mañanas a misa de

alba a la catedral, y que la oía con recogimiento; que se volvía luego a

su casa; que la puerta, y las ventanas, y los miradores permanecían

cerrados, y que no se oía dentro ruido alguno; que la casa del duende

parecía encantada, y que sólo por un postigo del jardín salían muy

temprano seis negros esclavos, que iban a la plaza de la Encarnación y

volvían con seis grandes cestones llenos de vituallas; que, en fin, los

pocos criados que salían de la casa eran serios y pálidos como

desenterrados, y que si bien bebían cuando los convidaban, hablaban poco

y muy pensado, y no se les sacaba ni una sola palabra con referencia a

su señora.

El Santo Oficio determinó, pues, saber lo que hubiese en aquello; y una

noche a las doce, en sábado, hora en que las brujas tienden su vuelo

hacia Barahona, un familiar llamó a las puertas de la casa de la llamada

dama fantasma, que se abrieron, obedeciendo humildemente las órdenes de

la Inquisición.

Metiose por el zaguán el familiar con su negra cohorte de alguaciles, y

dio por cierto lo que de aquella casa endemoniada se había dicho a la

Inquisición, cuando vio que, en efecto, los criados eran muy pálidos y

muy serios y muy graves, y le vino de ellos un olorcillo como de tumba y

cosa del otro mundo; y mucho más cuando, avisada la dueña de la casa, y

levantada de prisa, porque reposaba, y mal recogidos los cabellos de oro

bajo una toquilla, y vestida de blanco, salió al estrado, donde el

familiar la esperaba armado de severidad y resuelto a llevarla presa, a

poco que viera en ella que le confirmase en las brujerías que a aquella

señora ociosos maldicientes achacaban; y ver a doña Guiomar y creerse

cogido por los cabezones el familiar, fue todo en un punto; porque verla

y entrarle un tal temblor que si hubiera tenido cascabeles en las

piernas hubiera causado más ruido que un tiro de mulas al trote, fue un

punto mismo; y secósele el paladar, y quedósele la lengua fría, y se le

anudó la voz en la garganta; que en todos los días de su vida él no

había visto una más garrida moza, ni más gentil dama, ni más peregrina

hermosura.

En resumen: a él, que por haber estudiado para clérigo, y haber hecho

voto de castidad, aunque no había entrado en Orden, le habían parecido

todas las mujeres, menos la Virgen María y la madre que le había parido,

artificios del diablo para perder a los hombres, entrole de súbito una

tal ansia amorosa y una tal sed de hermosura, que no se conoció a sí

propio; y el diablo se le metió en el cuerpo, y pensó que si todas las

brujas eran como aquella, vendríase a gobernar el mundo por ellas; y en

vez de hablar recio y seco y altisonante e imperativo a aquella

divinidad, besola rendidamente las manos y se declaró muy su servidor, y

aun criado. Y preguntándole ella a qué era ido a su casa tan a deshora y

con tal estrépito de aldabadas, y tal y tan pavoroso acompañamiento de

alguaciles, él, oyendo su voz, que era meliflua y clara y sonora,

figurósele que se había bajado del cielo a la tierra un ángel, y

disculpose, y disculpó a la Inquisición, diciendo que de puerta se había

engañado, y que no era allí donde él iba, sino a casa de un cierto

rapista que en la vecindad vivía, y que el diablo sin duda, por amparar

al susodicho, había hecho que él y sus alguaciles creyesen barbería la

que era noble casa de viejo solar; y rogándola encarecidamente le

perdonase, besola las manos y pidiola licencia para irse. Concediósela

doña Guiomar, pero con el prosupuesto que cuando prendiese al barbero

volviese, que ella le aguardaría, que tenía que decirle.

Con esto, saliose de la casa el familiar con su escuadrón alguacilesco,

y fue a dar de rebote casa del barbero, al que encontró oliendo a unto

de bruja, que así lo declaró un alguacil que entendía mucho en estas

cosas; y como el rapista había tardado en contestar y en abrir más de lo

justo, confirmose más esta sospecha; y examinado que fue en su persona,

se le encontró pringoso; con lo que, y con haber hallado en un rincón

ciertos pucheros y redomas, se le esposó, y no con moza gentil y

apetecible, sino con dos esposas de hierro, con cadena de alambre

recocido de las que usaban alguaciles y cuadrilleros y toda la otra

gente de presa que tenían la Inquisición y el rey para el buen servicio

de la república; y con esto y con algunos cintarazos y sopapos que se le

dieron como por vía de estimación y caricia, sacáronle mano con mano y

codo con codo, dando con él en uno de los encierros de los sótanos de la

cárcel de la Inquisición, y haciéndole, en fin, la barba como merecía,

que si él no propalara tanto disparate contra la buena reputación y

limpia vida de doña Guiomar, tal no le aconteciera; de donde se saca,

que porque Dios lo quiere, los pícaros se enredan muchas veces en los

mismos lazos que tienden a otros para que se pierdan, y en ellos se

pierden.

El manco de Lepanto episodio de la vida del príncipe de los ingenios, Miguel de Cervantes-Saavedra · 第 17 / 40 题