Cadalsito tampoco tuvo ganas de comer y menos de estudiar. Mientras le
acostaban, la tiíta, completamente repuesta de aquel salvaje desvarío y
sin tener de él más que vaga reminiscencia, le besó y le hizo extremadas
caricias, no sin cierta escama del pequeño y aun de doña Pura. Milagros
se quedó allí á dormir aquella noche, por lo que pudiera tronar.
Luis cogió pronto el sueño; pero á media noche despertó con los síntomas
anunciadores de la visión. Su tía Milagros cuidó de arroparle y hacerle
mimos, acostándose al fin con él para que se tranquilizase y no tuviera
miedo. Lo primero que vió el chiquillo al adormilarse, fué una extensión
vacía, un lugar indeterminado, cuyos horizontes se confundían con el
cielo, sin accidente alguno, casi sin términos, pues todo era igual, lo
próximo y lo lejano. Discurrió si aquello era suelo ó nubes, y luego
sospechó si sería el mar, que nunca había visto más que en pintura. Mar
no debía de ser, porque el mar tiene olas que suben y bajan, y la
superficie aquélla era como la de un cristal. Allá lejos, muy lejos,
distinguió á su amigo el de la barba blanca, que se aproximaba
lentamente recogiendo el manto con la mano izquierda y apoyándose con la
otra en un bastón grande ó báculo como el que usan los obispos. Aunque
venía de muy lejos y andaba despacio, pronto llegó delante de Cadalsito,
sonriendo al verle. Acto continuo se sentó. ¿Dónde, si allí no había
piedra ni silla? Todo ello era maravilloso en grado sumo, pues por
encima de los hombros del Padre vió Luis el respaldo de uno de los
sillones de la sala de su casa. Pero lo más estupendo de todo fué que el
buen abuelo, inclinándose hacia él, le acarició la cara con su preciosa
mano. Al sentir el contacto de los dedos que habían hecho el mundo y
cuanto en él existe, sintió Cadalso que por su cuerpo corría un temblor
gustosísimo.
--Vamos á ver--le dijo el amigo,--he venido desde la otra parte del
mundo sólo por echar un párrafo contigo. Ya sé que te pasan cosas muy
raras. Tu tía... ¡Parece mentira que queriéndote tanto!... ¿Tú entiendes
esto? Pues yo tampoco. Te aseguro que cuando lo vi, me quedé como quien
ve visiones. Luego tu papá, empeñado en llevarte con la tía Quintina...
¿Sabes tú el porqué de estas cosas?
--Pues yo--opinó Luis con timidez, asombrándose de tener ideas propias
ante la sabiduría eterna--creo que de todo lo que está pasando tiene la
culpa el Ministro.
--¡El Ministro! (asombrado y sonriente).
--Sí, señor, porque si ese tío hubiera colocado á mi abuelo, todos
estarían contentos y no pasaría nada.
--¿Sabes que me estás pareciendo un sabio de tomo y lomo?
--Mi abuelo furioso porque no le colocan y mi abuela lo mismo, y mi tía
Abelarda también. Y mi tía Abelarda no puede ver á mi papá, porque mi
papá le dijo al Ministro que no colocara á mi abuelo. Y como no se
atreve con mi papá, porque puede más que ella, la emprendió conmigo.
Después se puso á llorar... Dígame, ¿mi tía es buena ó es mala?
--Yo estoy en que es buena. Hazte cuenta que el achuchón de hoy fué de
tanto como te quiere.
--¡Vaya un querer! Todavía me duele aquí, donde me clavó las uñas... Me
tiene mucha tirria desde un día que le dije que se casara con mi papá.
¿Usted no sabe? Mi papá la quiere; pero ella no le puede ver.
--Eso sí que es raro.
--Como usted lo oye. Mi papá le dijo una noche que estaba enamoradísimo
de ella, por lo fatal... ¿sabe? y que él era un condenado, y qué sé yo
qué...
--¿Pero á ti quien te mete á escuchar lo que dicen las personas mayores?
--Yo... estaba allí... (alzando los hombros).
--¡Vaya, vaya! ¡Qué cosas ocurren en tu casa! Se me figura que estás en
lo cierto: el pícaro del Ministro tiene la culpa de todo. Si hubiera
hecho lo que yo le dije, nada de esto pasaría. ¿Qué le costaba, en
aquella casona tan llena de oficinas, hacer un hueco para ese pobre
señor? Pero nada, no hacen caso de mí, y así anda todo. Verdad que
tienen que atender á éste y al otro, y cuanto yo les digo, por un oído
les entra y por otro les sale.
--Pues que le coloquen ahora... ¡vaya! Si usted va allá y lo manda
pegando un bastonazo fuerte con ese palo en la mesa del Ministro...
--¡Quiá! No hacen caso. Pues si consistiera en bastonazos, por eso no
había de quedar. Los doy tremendos, y como si no.
--Entonces, ¡contro! (envalentonado por tanta benevolencia), ¿cuándo le
van á colocar?
--Nunca--declaró el Padre con serenidad, como si aquel _nunca_ en vez de
ser desesperante fuera consolador.
--¡Nunca! (no entendiendo que esto se dijera con tanta calma). ¡Pues
estamos aviados!
--Nunca, sí, y te añadiré que lo he determinado yo. Porque verás: ¿para
qué sirven los bienes de ese mundo? Para nada absolutamente. Esto, que
tú habrás oído muchas veces en los sermones, te lo digo yo ahora con mi
boca, que sabe cuanto hay que saber. Tu abuelito no encontrará en la
tierra la felicidad.
--¿Pues dónde?
--Parece que eres bobo. Aquí, á mi lado. ¿Crees que no tengo yo ganas de
traérmele para acá?
--¡Ah!... (abriendo la boca todo lo que abrirse podía). Entonces... eso
quiere decir que mi abuelo se muere.
--Y verdaderamente, chico, ¿á cuento de qué está tu abuelo en este mundo
feo y malo? El pobre no sirve ya para nada. ¿Te parece bien que viva
para que se rían de él, y para que un Ministrillo le esté desairando
todos los días?
--Pero yo no quiero que se muera mi abuelo...
--Justo es que no lo quieras... pero ya ves... él está viejo, y, créelo,
mejor le irá conmigo que con vosotros. ¿No lo comprendes?
--Sí (diciendo que sí por cortesía, pero sin estar muy convencido...)
Entonces... ¿el abuelo se va á morir pronto?
--Es lo mejor que puede hacer. Adviérteselo tú; dile que has hablado
conmigo, que no se apure por la credencial, que mande al Ministro á
freir espárragos, y que no tendrá tranquilidad sino cuando esté conmigo.
¿Pero qué es eso? ¿Por qué arrugas las cejas? ¿No comprendes eso,
tontín? ¿Pues no dices que vas á ser cura y á consagrarte á mí? Si así
lo piensas, vete acostumbrando á estas ideas. ¿No te acuerdas ya de lo
que dice el Catecismo? Apréndetelo bien. El mundo es un valle de
lágrimas, y mientras más pronto salís de él, mejor. Todas estas cosas,
y otras que irás aprendiendo, las has de predicar tú en mi púlpito
cuando seas grande, para convertir á los malos. Verás cómo haces llorar
a las mujeres, y dirán todas que el padrito _Miau_ es un pico de oro.
Dime, ¿no estás en ser clérigo y en ir aprendiendo ya unas miajas de
misa, un poco de latín y todo lo demás?
--Sí, señor... Murillo me ha enseñado ya muchas cosas: lo que significa
_aleluya_ y _gloria patri_, y sé cantar lo que se canta cuando alzan, y
cómo se ponen las manos al leer los santísimos Evangelios.
--Pues ya sabes mucho. Pero es menester que te apliques. En casa de tu
tía Quintina verás todas las cosas que se usan en mi culto.
--Me quieren llevar con la tía Quintina. ¿Qué le parece?... ¿voy?
Al llegar aquí, Cadalsito, alentado por la amabilidad de su amigo, que
le acariciaba con sus dedos las mejillas, se tomó la confianza de
corresponder con igual demostración, y primero tímidamente, después con
desembarazo, le tiraba de las barbas al Padre, quien nada hacía para
impedirlo, ni se incomodaba diciendo como Villaamil: _¿en qué cochino
bodegón hemos comido juntos?_
--Sobre eso de vivir ó no con los Cabreras, yo nada te digo. Tú lo
deseas por la novelería de los juguetes eclesiásticos, y al mismo tiempo
temes separarte de tus abuelitos. ¿Sabes lo que te aconsejo? Que
llegado el momento, hagas lo que te salga de dentro.
--¿Y si me lleva mi papá á la fuerza sin dejarme pensarlo?
--No sé... me parece que á la fuerza no te llevará. En último caso,
haces lo que mande tu abuelo. Si él te dice: «Á casa de Quintina», te
callas, y andando.
--¿Y si me dice que no?
--No vas. Pásate sin los altaritos, y entretanto, ¿sabes lo que haces?
Le dices al amigo Murillo que te dé otra pasada de latín, de ese que él
sabe, que te explique bien la misa y el vestido del cura, cómo se pone
el cíngulo, la estola, cómo se preparan el cáliz y la hostia para la
consagración... en fin, Murillito está muy bien enterado, y también
puede enseñarte á llevar el Viático á los enfermos, y lo que se reza por
el camino.
--Bueno... Murillo sabe mucho; pero su padre quiere que sea abogado.
¡Qué estúpido! Dice él que llegará á Ministro, y que se casará con una
moza muy guapa. ¡Qué asco!
--Sí que es un asco.
--También _Posturas_ tenía malas ideas. Una tarde nos dijo que se iba á
echar una querida y á jugar á la timba. ¿Qué cree usted? Fumaba colillas
y era muy mal hablado.
--Todas esas mañas se le quitan aquí.
--¿Dónde está que no le veo con usted?
--Todos castigados. ¿Sabes lo que me han hecho esta mañana? Pues entre
_Posturitas_ y otros pillos que siempre están enredando, me cogieron el
mundo, ¿sabes?, aquel mundo azul que yo uso para llevarlo en la mano, y
lo echaron á rodar, y cuando quise enterarme, se había caído al mar.
Costó Dios y ayuda sacarlo. La suerte que es un mundo figurado, ¿sabes?,
que no tiene gente, y no hubo que lamentar desgracias. Les di una mano
de cachetes como para ellos solos. Hoy no me salen del encierro...
--Me alegro. Que la paguen. Y dígame, ¿dónde les encierra?
La celestial persona, dejándose tirar de las barbas, miraba sonriendo á
su amigo, como si no supiera qué decir.
--¿Dónde les encierra?... á ver... diga...
La curiosidad de un niño es implacable, y ¡ay de aquel que la provoca y
no la satisface al momento! Los tirones de barba debieron de ser
demasiado fuertes, porque el bondadoso viejo, amigo de Luis, hubo de
poner coto á tanta familiaridad.
--¿Que dónde les encierro?... Todo lo quieres saber. Pues les
encierro... donde me da la gana. ¿Á ti qué te importa?
Pronunciada la última palabra, la visión desapareció súbitamente, y
quedóse el buen Cadalso hasta la mañana, durante el sueño, atormentado
por la curiosidad de saber dónde les encerraba... ¿Pero dónde diablos
les encerraría?