No pareció Víctor en toda la noche; pero á la mañana, temprano, fué á
reiterar la temida sentencia respecto á Luis, no cediendo ni ante las
conminaciones de doña Pura, ni ante las lágrimas de Abelarda y Milagros.
El chiquillo, afectado por aquel aparato luctuoso, se mostró rebelde á
la separación; no quería dejarse vestir ni calzar; rompió en llanto, y
Dios sabe la que se habría armado sin la intervención discreta de
Villaamil, que salió de su alcoba diciendo: «Pues es forzoso separarnos
de él, no atosigarle, no afligir á la pobre criatura». Asombrábase
Víctor de ver á su suegro tan razonable, y le agradecía mucho aquel
criterio consolador, que le permitiría realizar su propósito sin apelar
á la violencia, evitando escenas desagradables. Milagros y Abelarda,
viendo el pleito perdido, retiráronse á llorar al gabinete. Pura se
metió en la cocina echando de su boca maldiciones contra los Cabreras,
los Cadalsos y demás razas enemigas de su tranquilidad, y en tanto
Víctor le ponía las botas á su hijo, tratando de llevársele pronto,
antes que surgieran nuevas complicaciones.
--Verás, verás--le decía--qué cosas tan monas te tiene allí la tía
Quintina: santos magníficos, grandes como los que hay en las iglesias,
y otros chiquitos para que tú enredes con ellos; vírgenes con mantos
bordados de oro, luna de plata á los pies, estrellas alrededor de la
cabeza, tan majas... verás... Y otras cosas muy divertidas...
candeleros, cristos, misales, custodias, incensarios...
--¿Y les puedo poner fuego y menearlos para que den olor?
--Sí, vida mía. Todo es para que tú te entretengas y vayas aprendiendo,
y á los santos puedes quitarles la ropa para ver cómo son por dentro, y
luego volvérsela á poner.
Villaamil se paseaba en el comedor oyendo todo esto. Como observara que
Luis, después de aquel entusiasmo por el uso del incensario, volvió á
caer en su morriña, gimoteando: «Yo quiero que la abuela me lleve y se
esté allí conmigo», hubo de meter su cuarto á espadas en la
catequización, y acariciándole, le dijo:
--Tienes allá también altares chicos con velitas y arañas de este
tamaño, custodias así, casullitas bordadas, un sagrario que es una
monada, una manga-cruz que la puedes cargar cuando quieras, y otras
preciosidades... como, por ejemplo...
No sabía por dónde seguir, y Víctor suplió su falta de inventiva
añadiendo:
--Y un hisopo de plata que echa agua bendita por todos lados, y, en fin,
un cordero pascual...
--¿De carne?
--No, hombre... Digo, sí, vivo...
Para abreviar la penosa situación y acelerar el momento crítico de la
salida, Villaamil ayudó á ponerle la chaqueta; pero aun no le habían
abrochado todos los botones, cuando ¡Madre de Dios! sale doña Pura hecha
una pantera y arremete contra Víctor, badila en mano, diciendo:
--¡Asesino, vete de mi casa! ¡No me robarás esta joya!... ¡Vete, ó te
abro la cabeza!
Y lo mismo fué oir las otras _Miaus_ aquella voz airada, salieron
también chillando en la propia cuerda. En suma, que aquello se iba
poniendo feo.
--Puesto que ustedes no quieren que sea por buenas, será por malas--dijo
Víctor poniéndose á salvo de las uñas de las tres furias.--Pediré
auxilio á la justicia. Él aquí no se ha de quedar. Conque ustedes
verán...
Villaamil intervino, diciendo con voz conciliadora, sacada
trabajosamente del fondo de su oprimido pecho:
--Calma, calma. Ya lo teníamos arreglado, cuando estas mujeres nos lo
echan á perder. Váyanse para adentro.
--Eres un estafermo--le dijo la esposa, ciega de ira.--Tú tienes la
culpa, porque si te pusieras de nuestra parte, entre todos habíamos
ganado la partida.
--Cállate tú, loca, que harto sé yo lo que tengo que hacer. ¡Fuera de
aquí todo el mundo!
Pero Luisito, viendo á sus tías y abuela tan interesadas por él, volvió
á mostrar resistencia. Pura no se contentaba con menos que con sacarlo
los ojos á su yerno, y aquello iba á acabar malamente. La suerte que
aquel día estaba Villaamil tan razonable y con tal dominio de sí mismo y
de la situación, que parecía otro hombre. Sin saber cómo, su
respetabilidad se impuso.
--Mientras tú estés aquí--dijo á Víctor, sacándole con hábil movimiento
de la cuna del toro, ó sea de entre las manos tiesas de doña Pura,--no
adelantaremos nada. Vete, y yo te doy mi palabra de que llevaré á mi
nieto á casa de Quintina. Déjame á mí, déjame... ¿No te fías de mi
palabra?
--De su palabra sí, pero no de su capacidad para reducir á estos
energúmenos.
--Yo los reduciré con razones. Descuida. Vete, y espérame allá.
Habiendo logrado tranquilizar á su yerno, entró en gran parola con la
familia, agotando su ingenio en hacerles ver la imposibilidad de impedir
la separación del chiquillo.
--¿No veis que si nos resistimos vendrá el propio juez á quitárnosle?
Media hora duró el alegato, y por fin las _Miaus_ parecieron resignadas;
convencidas, nunca.
--Lo primero que tenéis que hacer--les dijo, deseando alejarlas en el
momento crítico de la salida,--es iros á la sala cantando bajito. Yo me
entiendo con Luis. ¡Si él no va á dejar de querernos porque se vaya con
Quintina!... y además, su padre me ha prometido que le traerá todos los
días á vernos, y los domingos á pasar el día en casa...
Abelarda se retiró la primera, llorando, como quien se aparta de la
persona agonizante para no verla morir. Después se fué Milagros, y
finalmente Pura, quien no se hubiera resignado, á no domarla su esposo
con este último argumento:
--Si porfiamos, vendrá el juez esta tarde. ¡Figúrate qué escena!
Apuremos el cáliz, y Dios castigará al infame que nos le ofrece.
Solo con Luis, el abuelo estuvo á punto de perder su estudiada,
dificilísima compostura, y echarse á llorar. Se tragó toda aquella hiel,
invocando mentalmente al cielo con esta frase:
--Terrible es la separación, Señor, pero es indudable que estará mucho
mejor allá, mucho mejor... Vamos, Ramón, ánimo, y no te amilanes.
Pero no contaba con su nieto, que, oyendo el gimoteo de las tías, volvió
á las andadas, y cuando se acercaba el instante fiero de la partida, se
afligió diciendo:
--Yo no quiero irme.
--No seas tonto, Luis--le amonestó el anciano.--¿Crees tú que si no
fuera por tu bien te sacaríamos de casa? Los niños bonitos y dóciles
hacen lo que se les manda. Y que no puedes tú figurarte, por mucho que
yo te las pondere, las preciosidades que Quintina tiene allí para tu uso
particular.
--¿Y puedo yo cogerlo todo para mí, y hacer con ello lo que me dé la
gana?--preguntó el chiquillo con la ansiedad avariciosa que en la edad
primera revela el egoísmo sin freno.
--¿Pues quién lo duda? Hasta puedes romperlo si te acomoda.
--No, romper no. Las cosas de la iglesia no se rompen--declaró el niño
con cierta unción.
--Bueno... vamos ya... Saldremos calladitos para que no nos sientan
ésas... y no se alboroten... Pues verás; entre otras cosas, hay una
pilita bautismal, que es una monería; yo la he visto.
--Una pila... ¿con mucha agua bendita?
--Cabe tanta agua como en la tinaja de la cocina... Vamos (cargándoselo
á cuestas). Mejor será que yo te lleve en brazos...
--¿Y esa pila es para bautizar personas?
--¡Claro!... Con ella puedes tú jugar todo lo que quieras, y de paso vas
aprendiendo, para cuando seas cura, la manera de cristianar á un pelón.
Atravesó Villaamil con paso recatado el corredor y recibimiento,
llevando á su nieto en brazos, y como durante la peligrosa travesía el
chico prosiguiese con su flujo de preguntas, sin bajar la voz, el abuelo
le puso una mano por tapaboca, susurrándole al oído: «Sí, puedes
bautizar niños, todos los niños que quieras. Y también hay mitras á la
medida de tu cabeza y capitas doradas y un báculo para que te vistas de
obispín y nos eches bendiciones...»
Con esto franquearon la puerta, que Villaamil no cerró á fin de evitar
el ruido. La escalera la bajó á trancos, como ladrón que huye cargando
el objeto robado, y una vez en el portal, respiró y dejó su carga en el
suelo: ya no podía más. No estaba él muy fuerte que digamos, ni
soportaba pesos, aun tan livianos como el de su nietecillo. Temeroso de
que Paca y Mendizábal cometiesen alguna indiscreción, esquivó sus
saludos. La mujerona quiso decir algo á Luis, condoliéndose de su
marcha; pero Villaamil anduvo más listo; dijo _volvemos_, y salió á la
calle más pronto que la vista.
El temor de que Luis cerdease otra vez, le estimuló á reforzar en la
calle sus mentirosas artimañas de catequista:
--Tienes allí tan gran cantidad de flores de trapo para altares, que
sólo para verlas todas necesitas un año... y velas de todos colores... y
la mar de cirios... Pues hay un San Fernando vestido de guerrero, con
armadura, que te dejará pasmado, y un San Isidro con su yunta de bueyes,
que parecen naturales. El altar chico para que tú digas tus misas es
más bonito que el de Monserrat...
--Dime, abuelito, y confesionario, ¿no tengo?
--¡Ya lo creo!... y muy majo... con rejas, para que las mujeres te
cuenten sus pecados, que son muchísimos... Te digo que vas á estar muy
bien, y cuando crezcas un poquito, te encontrarás hecho cura sin
sentirlo, sabiendo tanto como el padre Bohigas, de Monserrat, ó el
propio capellán de las Salesas Nuevas, que ahora sale á canónigo.
--Y yo, ¿seré canónigo, abuelito?
--¿Pues qué duda tiene?... y obispo, y hasta puede que llegues á Papa.
--¿El Papa es el que manda en todos los curas?...
--Justamente... ¡Ah! también verás allí un monumento de Semana Santa,
que lo menos tiene mil piezas, qué sé yo cuántas estatuas, todo blanco y
como de alfeñique. Parece que acaba de salir de la confitería.
--¿Y se come, abuelo, se come?--preguntó Cadalsito, tan vivamente
interesado en todo aquello, que su casa, su abuela y sus tías se le
borraron de la mente.
--¿Quién lo duda? Cuando te canses de jugar le pegas una
dentellada--respondió Villaamil, ya vuelto tarumba, pues su imaginación
se agotaba, y no sabía de qué echar mano.
Andaba el abuelo rápidamente por la acera de la calle Ancha, y á cada
paso suyo daba Cadalsito tres, cogido de la mano paterna, ó más bien
colgado. Don Ramón se detuvo bruscamente y giró sobre sí mismo,
dirigiéndose hacia la parte alta de la calle, donde está el Hospital de
la Princesa. Fijóse Luis en la incongruencia de esta dirección, y
observó, impacientándose:
--Pero, abuelo, ¿no vamos á casa de la tía Quintina en la calle de los
Reyes?
--Sí, hijo mío; pero antes daremos una vuelta por aquí para que tomes el
sol.
En el cerebro del afligido anciano se determinó un retroceso súbito,
semejante al rechazo de la enérgica idea que informaba todos los actos
referentes á la cesión y traslado de su nieto. Éste seguía charla que te
charla, preguntando sin cesar, tirándole á su abuelo del brazo cuando
las respuestas no empalmaban inmediatamente con las interrogaciones. El
abuelo contestaba por monosílabos, evasivamente, pues todo su espíritu
se reconcentraba en la vida interior del pensar. Cabizbajo, fijos los
ojos en el suelo como si contara las rayas de las baldosas, apechugaba
con la cuesta, tirando de Luisito, el cual no advertía la congoja de su
abuelo, ni el temblor de sus labios, articulando en baja voz la
expresión de las ideas. «¿No es un verdadero crimen lo que voy á hacer,
ó, mejor dicho, dos crímenes?... Entregar á mi nieto, y después...
Anoche, tras larga meditación, me parecieron ambas cosas muy acertadas,
y consecuencia la una de la otra. Porque si yo voy á... cesar de vivir
muy pronto, mejor quedara Luis con los Cabreras que con mi familia... Y
pensé que mi familia le criaría mal, con descuido, consintiéndole mil
resabios... eso sin contar el peligro de que esté al lado de Abelarda,
que volverá á las andadas cualquier día. Los Cabreras me son
antipáticos; pero les tengo por gente ordenada y formal. ¡Qué diferencia
de Pura y Milagros! Éstas, con su música y sus tonterías, no sirven para
nada. Así pensé anoche, y me pareció lo más cuerdo que á humana cabeza
pudiera ocurrirse... ¿Por qué me arrepiento ahora y me entran ganas de
volver á casa con el chico? ¿Es que estará mejor con las Miaus que con
Quintina? No, eso no... ¿Es que desmaya en mí la resolución salvadora
que ha de darme libertad y paz? ¿Es que te da ahora el antojillo de
seguir viviendo, cobarde? ¿Es que te halagan el cuerpo los melindres de
la vida?»
Atormentado por cruelísima duda, Villaamil echó un gran suspiro, y
sentándose en el zócalo de la verja del hospital que cae al paseo de
Areneros, cogió las manos del niño y le miró fijamente, cual si en sus
inocentes ojos quisiera leer la solución del terrible conflicto. El
chico ardía de impaciencia; pero no se atrevió á dar prisa á su abuelo,
en cuyo semblante notaba pena y cansancio.
--Dime, Luis--propuso Villaamil, abrazándole con cariño.--¿Quieres tú
de veras irte con la tía Quintina? ¿Crees que estarás bien con ella, y
que te educarán é instruirán los Cabreras mejor que en casa? Háblame con
franqueza.
Puesta la cuestión en el terreno pedagógico, y descartado el aliciente
de la juguetería eclesiástica, Luis no supo qué contestar. Buscó una
salida, y al fin la halló:
--Yo quiero ser cura.
--Corriente; tú quieres ser cura y yo lo apruebo... Pero suponiendo que
yo falte, que Pura y Milagros se vayan á vivir con Abelarda, señora de
Ponce, ¿con quién te parece á ti que estarías mejor?
--Con la abuela y la tía Quintina juntas.
--Eso no puede ser.
Cadalsito alzó los hombros.
--«¿Y no temerías tú, si siguieras donde estabas, que mi hija se
alborotase otra vez y te quisiera matar?
--No se alborotará--dijo Cadalsito con admirable sabiduría.--Ahora se
casa y no volverá á pegarme.
--¿De modo que tú... no tienes miedo? Y entre la tía Quintina y
nosotros, ¿qué prefieres?
--Prefiero... que vosotros viváis con la tía.
Ya tenía Villaamil abierta la boca para decirle: «Mira, hijo, todo eso
que te he contado de los altaritos es música. Te hemos engañado para
que no te resistieses á salir de casa»; pero se contuvo, esperando que
el propio Luis esclareciese con alguna idea primitiva, sugerida por su
inocencia, el problema tremendo. Cadalsito montó una pierna sobre la
rodilla de su abuelo, y echándole una mano al hombro para sostenerse
bien, se dejó decir:
--Lo que yo quiero es que la abuela y la tía Milagros se vengan á vivir
con Quintina.
--¿Y yo?--preguntó el anciano, atónito de la preterición.
--¿Tú? Te diré. Ya no te colocan... ¿entiendes? ya no te colocan, ni
ahora ni nunca.
--¿Por dónde lo sabes? (con el alma atravesada en la garganta).
--Yo lo sé. Ni ahora ni nunca... Pero maldita la falta que te hace.
--¿Cómo lo sabes? ¿Quién te lo ha dicho?
--Pues... yo... Te lo contaré; pero no lo digas á nadie... Veo á Dios...
Me da así como un sueño, y entonces se me pone delante y me habla.
Tan asombrado estaba Villaamil, que no pudo hacer ninguna observación.
El chico prosiguió:
--Tiene la barba blanca, es tan alto como tú, con un manto muy bonito...
Me dice todo lo que pasa... y todo lo sabe, hasta lo que hacemos los
chicos en la escuela...
--¿Y cuándo le has visto?
--Muchas veces: la primera en las Alarconas, después aquí cerca, y en
el Congreso y en casa... Me da primero como un desmayo, me entra frío, y
luego viene él y nos ponemos á charlar... ¿Qué, no lo crees?
--Sí, hijo, sí lo creo (con emoción vivísima); ¿pues no lo he de creer?
--Y anoche me dijo que no te colocarán, y que este mundo es muy malo, y
que tú no tienes nada que hacer en él, y que cuanto más pronto te vayas
al cielo, mejor.
--Mira tú lo que son las cosas: á mí me ha dicho lo mismo.
--¿Pero tú le ves también?
--No, tanto como verlo... no soy bastante puro para merecer esa
gracia... pero me habla alguna vez que otra.
--Pues eso me dijo... Que morirte pronto es lo que te conviene, para que
descanses y seas feliz.
El estupor de Villaamil fué inmenso. Eran las palabras de su nieto como
revelación divina, de irrefragable autenticidad.
--¿Y á ti qué te cuenta el Señor?
--Que tengo que ser cura... ¿ves? lo mismo, lo mismito que yo deseaba...
y que estudie mucho latín y aprenda pronto todas las cosas...
La mente del anciano se inundó, por decirlo así, de un sentido
afirmativo, categórico, que excluía hasta la sombra de la duda,
estableciendo el orden de ideas firmísimas á que debía responder en el
acto la voluntad con decisión inquebrantable.
--Vamos, hijo, vamos á casa de la tía Quintina--dijo al nieto,
levantándose y cogiéndole de la mano.
Le llevó aprisa, sin tomarse el trabajo de catequizarle con
descripciones hiperbólicas de juguetes y chirimbolos sacro-recreativos.
Al llamar á la puerta de Cabrera, Quintina en persona salió á abrir.
Sentado en el último escalón, Villaamil cubrió de besos á su nieto,
entrególe á su tía paterna, y bajó á escape sin siquiera dar á ésta los
buenos días. Como al bajar creyese oir la voz del chiquillo que
gimoteaba, avivó el paso y se puso en la calle con toda la celeridad que
sus flojas piernas le permitían.