--No cedo, no cedo--dijo Víctor á Milagros, al quedarse solo con
ella.--Me llevo á mi hijo. ¿Pero no comprende usted que no podré vivir
con tranquilidad dejándole aquí después de lo que ha pasado hoy?
--¡Por Dios, hijo!--le respondió con dulzura _la pudorosa Ofelia_,
queriendo someterle por buenas.--Todo ello es una tontería... No volverá
á suceder. ¿No ves que es nuestro único consuelo este mocoso?... y si
nos le quitas...
La emoción le cortaba la palabra. Calló la artista, tratando de
disimular su pena, pues harto sabía que como la familia mostrase vivo
interés en la posesión de Luisito, esto sólo era motivo suficiente para
que el monstruo se obstinase en llevársele. Creyó oportuno dejar el
delicado pleito en las manos diplomáticas de doña Pura, que sabía tratar
á su yerno combinando la energía con la suavidad. Al ir la _Miau_ mayor
al gabinete en seguimiento de su marido, le encontró arrojado en un
sillón, la cabeza entre las manos.
--¿Qué te parece que debemos hacer?--le dijo ella confusa, pues no había
tenido tiempo aún de tomar una resolución. Grande, inmensa fué la
sorpresa de doña Pura, cuando su marido, irguiendo la frente, respondió
estas inverosímiles palabras:
--Que se lo lleve cuando quiera. Será un trance doloroso verle salir de
aquí; pero ¡qué remedio!... Por lo demás, no hay que remontarse, y digo
más... digo que, en efecto, mejor estará el chiquillo con Quintina que
con... _vosotras_.
Al oir esto, _la figura de Fra Angélico_ examinó en silencio, atónita,
el turbado rostro del cesante. La sospecha de que empezaba á perder la
razón, confirmóse entonces, oyéndole decir aquel gran desatino. «¡Que
estará mejor con Quintina que con nosotras! Tu no estás en tu juicio,
Ramón».
--Y dejando á un lado lo que al niño convenga (atenuando su crueldad),
Víctor es su padre, y tiene sobre él más autoridad que nosotros. Si él
quiere llevársele...
--Es que no querrá... ¡Pues no faltaba otra! Verás cómo arreglo yo á ese
truhán...
--Yo no le diría una palabra, ni me rebajaría á tratar con él (cayendo
en gran aplanamiento, sedación enérgica de su furia pasada). Yo le
dejaría hacer su gusto. Tiene la autoridad, ¿sí ó no? Pues si la tiene,
á nosotros nos corresponde callar y sufrir.
--¿Pues no dice que callemos y suframos (espantada y briosa), cuando ese
vil nos quiere quitar nuestra única alegría?... Tú no estás bueno. Te
aseguro que Víctor se llevará al niño, pero ha de ser á la fuerza,
atropellándonos, y no sin que yo le arranque las orejas á ese perro.
--Pues mi opinión es no cuestionar con semejante tipo... Se me figura
que si le veo otra vez delante de mí, le muerdo... Siento algo como una
ansiedad física de clavar los dientes en alguien. Créelo, mujer, la
Administración está deshonrada; ya no podrá decir _el probo_ y _sufrido
personal_ de Hacienda, como se decía antes. Y lo que en cuanto á
nivelación del presupuesto, que se limpien. Con esta chusma que va
invadiendo la casa, es imposible.
--¿Pero á qué me sacas ahora la Administración (exaltada), ni qué tiene
que ver el burro con las témporas? ¡Ay, Ramón, tú no estás bueno! Déjame
á mí de _probos_... Que les parta un rayo. Mírate en tu espejo, y abre
esos ojos, ábrelos...
--¡Abiertos, muy abiertos los tengo! (Intencionadamente.) ¡Y qué
horizontes ante mí!
Viendo que no podía ponerse de acuerdo con su marido, volvió á
emprenderla con Víctor, que no había salido aún. Contra la creencia de
Pura, el otro continuaba inflexible, sosteniendo su acuerdo con
tenacidad digna de mejor causa. Á entrambas _Miaus_ se les habría podido
ahogar con un cabello, y Abelarda, confesándose autora del conflicto,
lloraba en su lecho como una Magdalena. Entre atender á su hija y
discutir con Víctor, doña Pura tenía que duplicarse, corriendo de aquí
para allí, mas sin poder dominar la aflicción de la una ni la implacable
contumacia del otro. Nunca había visto al guapo mozo tan encastillado en
una resolución, ni encontraba el busilis de tanta crueldad y firmeza.
Para ello habría sido preciso estar al tanto de lo ocurrido el día
anterior en casa de los de Cabrera. Éste ganó en segunda instancia el
famoso pleito de la casucha de Vélez-Málaga, siendo Víctor condenado á
reintegrar el valor de la finca y al pago de costas. El irreconciliable
Ildefonso le había echado ya el dogal al cuello y disponíase á apretar,
reteniéndole la paga, persiguiéndole y acosándole sin piedad ni
consideración. Pero del fallo judicial tomó pie la muy lagarta de
Quintina para satisfacer sus aspiraciones maternales, y engatusando á
Cabrera con estudiadas zalamerías y carantoñas, obtuvo de él que
aprobara las bases del siguiente convenio: «Se echaría tierra al asunto;
Ildefonso pagaría las costas (quedándose con la casa, se entiende). Y
Víctor les entregaría á su hijo». Vió el cielo abierto Cadalso, y aunque
le hacía mala boca arrancar al chiquillo del poder y amparo de sus
abuelos, hubo de aceptar á ojos cerrados. Todo se reducía á pasar un mal
rato en casa de las _Miaus_, á recibir algún arañazo de Pura y otro de
Milagros y una dentellada quizás de Villaamil. He aquí muy claro el
móvil de la determinación por la cual hubo de cambiar de casa y de
familia el célebre Cadalsito.
En lo más recio del trajín que Milagros y Pura traían, corriendo de
Abelarda inconsolable á Víctor inflexible, con escala en Luisito, que
también había vuelto á gimotear, entró Ponce. No podía venir en peor
ocasión, y su presunta suegra, contrariada con la visita, le enchiqueró
en la sala para decirle: «Ese trasto de Víctor nos ha hecho una pillada.
Hemos tenido aquí hoy una verdadera tragedia. Figúrese usted que ha dado
en llevarse al chiquitín, arrancándolo de este hogar, donde se ha
criado. Estamos consternadísimas. Abelarda, al ver que ese verdugo se
llevaba al niño á viva fuerza, cayó con un síncope atroz, pero atroz. En
la cama la tenemos, hecha un mar de llanto. ¡Ay, hijo, qué rato hemos
pasado!»
Por fin, como Abelarda estaba vestida sobre el lecho, se permitió á
Ponce pasar á verla. La insignificante no lloraba ya; tenía los ojos
encendidos, los miembros desmadejados. El ínclito mancebo se sentó á la
cabecera, apretándole la mano y permitiéndose el inefable exceso de
besársela cuando no estaba presente la mamá, quien repitió delante de su
hija la versión dada al novio sobre el suceso del día.
--¡Pero qué malo es ese hombre!--dijo el crítico á su amada.--Es una
bestia apocalíptica.
--No lo sabes tú bien--respondió la chica, mirando fijamente á su novio
mientras éste se acariciaba con el pañuelo sus siempre húmedos
lagrimales.--Alma más negra no echó Dios al mundo... ¡Mira tú que es
maldad; querer quitarnos á Luisito, nuestro encanto, nuestra dicha!
Desde que nació está con nosotras. Nos debe la vida, porque le hemos
cuidado como á las niñas de nuestros ojos; le sacamos adelante del
sarampión y la tos ferina, con mil sacrificios. ¡Qué ingratitud, y qué
infamia! Ya ves lo pacífica que soy. Más que pacífica soy cobarde,
inofensiva, pues hasta cuando mato una pulga me da lástima del pobre
animalito. Pues bien; á ese hombre, si á mano le tuviera, creo que le
atravesaría de parte á parte con un cuchillo... Para que veas.
--Sosiégate, minina--dijo Ponce con voz meliflua.--Estás excitada. No
hagas caso tú. ¿Me quieres mucho?
--¡Vaya si te quiero!--replicó Abelarda, plenamente decidida á tirarse
por el Viaducto, es decir, á casarse con Ponce.
--Tu mamá te habrá dicho que hemos fijado el 3 de Mayo, día de la Cruz.
¡Qué largo me está pareciendo el tiempo y con que lentitud corren noches
y días.
--Pero todo llega... Detrás de un día viene otro--dijo Abelarda mirando
al techo.--Todos los días son enteramente iguales.
Las conferencias entre las dos _Miaus_ y Víctor duraron hasta que éste
salió vestido de etiqueta, y toda la diplomacia de la una y los ruegos
quejumbrosos de la otra no ablandaron el duro corazón de Cadalso. Lo más
que obtuvieron fué aplazar la traslación de Luis hasta el día siguiente.
Enterado Villaamil de esto, salió y dijo á su yerno con sequedad:
--Yo te prometo, te doy mi palabra de que lo llevaré yo mismo á casa de
Quintina. No hay más que hablar... No necesitas tú volver más acá.
Á esto respondió el monstruo que por la noche volvería á mudarse de
ropa, añadiendo benévolamente que el acto de llevarse al hijo no
significaba prohibición de que le vieran sus abuelos, pues podían ir á
casa de Quintina cuando gustaran, y que así lo advertiría él á su
hermana.
--Gracias, señor elefante--dijo doña Pura con desdén.
Y Milagros:
--Lo que es yo... ¿allá?... ¡Estás tú fresco!
Faltaba todavía un dato importante para apreciar la gravedad del asunto;
faltaba conocer la actitud del interesado, si se prestaría de buen grado
á cambiar de familia, ó si, por el contrario, se resistiría con la
irreductible firmeza propia de la edad inocente. Su abuela, en cuanto
el monstruo se fué, empezó á disponer el ánimo del chico para la
resistencia, asegurándole que la tía Quintina era muy mala, que le
encerraría en un cuarto obscuro, que la casa estaba llena de unas
culebronas muy grandes y de bichos venenosos. Oía Cadalsito estas cosas
con incredulidad, porque realmente eran papas demasiado gordas para que
las tragase un niño ya crecidito y que empezaba á conocer el mundo.
Aquella noche nadie tuvo apetito, y Milagros se llevaba para la cocina
las fuentes lo mismo que habían ido al comedor. Villaamil no desplegó
los labios sino para desmentir las terroríficas pinturas que su mujer
hacía del domicilio de Cabrera. «No hagas caso, hijo mío; la tía
Quintina es muy buena, y te cuidará y te mimará mucho. No hay allí sapos
ni culebras, sino las cosas más bonitas que puedes imaginarte; santos
que parece que están hablando, estampas lindísimas y altares soberbios,
y... la mar de cosas. Vas á estar muy á gusto».
Oyendo esto, Pura y Milagros se miraban atónitas, sin poder explicarse
que el abuelo se pasase descarada y cobardemente al enemigo. ¿Qué vena
le daba de apoyar la inicua idea de Víctor, llegando hasta defender á
Quintina y pintando su casa como un paraíso infantil? ¡Lástima que la
familia no estuviera en fondos, pues de lo contrario, lo primero sería
llamar á un buen especialista en enfermedades de la cabeza para que
estudiara la de Villaamil y dijere lo que dentro de ella ocurría.