Notaban aquellos días doña Pura y su hermana algo desusado en las
maneras, en el lenguaje y en la conducta del buen Villaamil, que si en
actos de relativa importancia se mostraba excesivamente perezoso y
apático, en otros de ningún valor y significación desplegaba brutales
energías. Tratóse de la boda de Abelarda, de señalar fecha y de fijar
ciertos puntos á tan gran suceso pertinentes, y el hombre no dijo esta
boca es mía. Ni la bonita herencia de su futuro yerno (pues ya se había
llevado Dios al tío notario) le arrancó una sola de aquellas hipérboles
de entusiasmo que de la boca de doña Pura salían á borbotones. En
cambio, á cualquier tontería daba Villaamil la importancia de suceso
transcendente, y por si su mujer cerró la puerta con algún ruido
(resultado de lo tirantes que tenía los nervios), ó por si le habían
quitado, para ensortijarse la cabellera, un número de _La
Correspondencia_, armó un cisco que hubo de durar media mañana.
También merece notarse que Abelarda acogió la formalización de su boda
con suma indiferencia, la cual, á los ojos de la primera _Miau_, era
modestia de hija modosa bien educada, sin más voluntad que la de sus
padres. Los preparativos, en atención al ahogo de la familia, habían de
ser muy pobres, casi nulos, limitándose á algunas prendas de ropa
interior, cuya tela se adquirió con un donativo de Víctor, del cual no
se dió cuenta á Villaamil para evitar susceptibilidades. Debo advertir
que desde la escena aquella en las Comendadoras, Víctor apenas paraba en
la casa. Rarísimas noches entraba á dormir, y comía y almorzaba fuera
todos los días. Los tertulios de la casa eran los mismos, excepto
Pantoja y familia, que escaseaban sus visitas, sin que doña Pura
penetrase la causa de este desvío, y Guillén, que definitivamente se
eclipsó, muy á gusto de las tres _Miaus_. Las repetidas ausencias de
Virginia Pantoja motivaron gran atraso en los ensayos de la pieza. Á la
señorita de la casa se le olvidó en absoluto su papel, y por estas
razones y por la desgana de fiestas que Pura sentía mientras no se
resolviera el problema de la colocación de su esposo, fué abandonado el
proyecto de función teatral.
Federico Ruiz, consecuente siempre, iba algunos ratos por las tardes,
pidiendo mil perdones á las _Miaus_ por quitarles su tiempo, pues no
ignoraba que debían de estar sobre un pie con los preparativos...
¡Dichosos preparativos, y cuántos castillos y torres edificó sobre
cimiento tan frágil la imaginación fecunda de la esposa de Villaamil!...
Una mañana entró Ruiz muy sofocado, seguido de su mujer, ambos
despidiendo alegría de sus ojos, ebrios de júbilo, deseando que los
amigos participaran de su dicha.
Vengo--dijo él casi sin aliento--á que nos den la enhorabuena. Sé que
nos quieren y que se alegrarán de verme colocado.
Tanto Federico como Pepita fueron sucesivamente abrazados por las tres
_Miaus_. En esto salió de su despacho olfateando alegría el buen
Villaamil, y antes de que Ruiz tuviera tiempo de embocarle la venturosa
nueva, le cogió en los brazos, diciéndole:
--Sea mil y mil veces enhorabuena, queridísimo... Bien merecido lo
tiene, y muy requetebién ganado.
--Gracias, muchísimas gracias--dijo Ruiz constreñido en los enormes
brazos de Villaamil, que apretaba con nerviosa contracción.--Pero, por
la Virgen Santísima, no me apriete tanto, que me va á ahogar... D.
Ramón... ¡ay, ay! que me hace añicos...
--Pero, hombre--dijo Pura á su marido sorprendida y temerosa,--¿qué
manera de abrazar?
--Es que...--balbució el cesante--quiero darle un parabién bien dado...
una enhorabuena de padre y muy señor mío, para que le quede memoria de
mí y de lo muy contento que estoy por su triunfo. ¿Y qué es ello?
--Una comisioncilla en Madrid mismo... esa es la ganga... para estudiar
y proponer mejoras en el estudio de las ciencias naturales... á fin de
que resulte práctico.
--¡Oh, cosa buena!... Ni sé cómo no se les había ocurrido antes. ¡Y este
mísero País vive ignorando cómo se enseñan las ciencias naturales!
Felizmente, ahora, amigo Ruiz, vamos á salir de dudas... Nuestro sabio
Gobierno tiene una mano para escoger el personal... Así está la Nación
reventando de gusto. Pues digo, si tendrá su aquel la comisioncita.
Golpes de esos bastan á salvar la patria oprimida... En fin, lo celebro
mucho... Y digo más, Sr. de Ruiz; si usted está de enhorabuena, no lo
está menos el País, que debe ponerse á tocar las castañuelas al saber
que tiene quien le estudie eso... ¿verdad? Con su permiso, me vuelvo á
trabajar. Mil millones de plácemes.
Sin esperar lo que Federico contestaba á estas expansiones calurosas, el
buen hombre se metió de rondón en su despacho. Algo extrañó á los
Ruíces, lo mismo que á las _Miaus_, aquella manera desordenada y
estrepitosa de dar enhorabuenas; pero disimularon su extrañeza. Fuéronse
los felicitados para seguir sus visitas de dar parte, cosechando á
granel las felicitaciones. Y no era la comisioncita el único motivo de
contento que Ruiz aquella mañana tenía, pues el correo le trajo nueva
satisfacción con que no contaba. Era nada menos que el diploma de una
sociedad portuguesa, cuyo objeto es enaltecer á los que realizan actos
heroicos en los incendios, y también á los que propagan por escrito las
mejores teorías sobre este útil servicio. Todo individuo perteneciente á
dicha asociación tenía derecho, según rezaba el diploma, á usar el
título de _Bombeiro, salvador da humanidade_, y á ponerse un vistosísimo
uniforme con relucientes bordados. El figurín de la deslumbradora casaca
acompañaba al nombramiento. ¡Si estaría hueco el hombre con su comisión
(de que dependía el porvenir científico de España), con los honores de
_bombeiro_, y con la librea reluciente que pensaba lucir en la primera
coyuntura pública y solemne que se le presentase!
Luisito salió á paseo aquella tarde con Paca, y al volver se puso á
estudiar en la mesa del comedor. Pasado el extrañísimo, increíble
arrechucho de Abelarda en la famosa noche de que antes hablé, el cerebro
de la insignificante quedó aparentemente restablecido, hasta el punto
de que un olvido benéfico y reparador arrancó de su mente los vestigios
del acto. Apenas lo recordaba la joven con la inseguridad de sueño
borroso, como pesadilla estúpida cuya imagen se desvanece con la luz y
las realidades del día. Ocupábase en coser su ajuar, y Luis, cansado del
estudio, se entretenía en quitarle y esconderle los carretes de algodón.
«Chiquillo--le dijo su tía sin incomodarse,--no enredes. Mira que te
pego». En vez de pegarle, le daba un beso, y el sobrinillo se
envalentonaba más, ideando otras travesuras, como suyas, poco
maliciosas. Pura ayudaba á su hija en los cortes, y Milagros funcionaba
en la cocina, toda tiznada, el mandilón hasta los pies. Villaamil
siempre encerrado en su leonera. Tal era la situación de los individuos
de la familia, cuando sonó la campanilla y cátate á Víctor.
Sorprendiéronse todos, pues no solía ir á semejante hora. Sin decir nada
pasó á su cuartucho, y se le sintió allí lavándose y sacando ropa del
baúl. Sin duda estaba convidado á una comida de etiqueta. Esto pensó
Abelarda, poniendo especial estudio en no mirarle ni dirigir siquiera
los ojos á la puerta del menguado aposento.
Pero lo más singular fué que á poco de la entrada del monstruo, sintió
la sosa en su alma, de improviso, con aterradora fuerza, la misma
perturbación de la noche de marras. Estalló el trastorno cerebral como
una bomba, y en el mismo instante toda la sangre se le removía, amargor
de odio hacíale contraer los labios, sus nervios vibraban, y en los
tendones de brazos y manos se iniciaba el brutal prurito de agarrar, de
estrujar, de hacer pedazos algo, precisamente lo más tierno, lo más
querido y por añadidura lo más indefenso. Tuvo Cadalsito, en tan crítica
ocasión, la mala idea de tirarle del hilo de unos hilvanes, y la tela se
arrugó... «Chiquillo, si no te estás quieto, verás», gritó Abelarda, con
eléctrica conmoción en todo el cuerpo, los ojos como ascuas. Quizás no
habría pasado á mayores; pero el tontín, queriendo echárselas de muy
pillo, volvió á tirar del hilo, y... aquí fué Troya. Sin darse cuenta de
lo que hacía, obrando cual inconsciente mecanismo que recibe impulso de
origen recóndito, Abelarda tendió un brazo, que parecía de hierro, y de
la primera manotada le cogió de lleno á Luis toda la cara. El restallido
debió de oírse en la calle. Al hacerse para atrás, vaciló la silla en
que el chico estaba, y ¡pataplúm!, al suelo.
Doña Pura dió un chillido... «¡Ay, hijo de mi alma!... ¡mujer!», y
Abelarda, ciega y salvaje, de un salto cayó sobré la víctima, clavándole
los dedos furibundos en el pecho y en la garganta. Como las fieras
enjauladas y entumecidas recobran, al primer rasguño que hacen al
domador, toda su ferocidad, y con la vista y el olor de la primera
sangre pierden la apatía perezosa del cautiverio, así Abelarda, en
cuanto derribó y clavó las uñas á Luisito, ya no fué mujer, sino el ser
monstruoso creado en un tris por la insana perversión de la naturaleza
femenina. «¡Perro, condenado... te ahogo! ¡embustero, farsante... te
mato!», gruñía rechinando los dientes; y luego buscó con ciego tanteo
las tijeras para clavárselas. Por dicha, no las encontró á mano.
Tal terror produjo el acto en el ánimo de doña Pura, que se quedó
paralizada sin poder acudir á evitar el desastre, y lo que hizo fué dar
chillidos de angustia y desesperación. Acudió Milagros, y también Víctor
en mangas de camisa. Lo primero que hicieron fué sacar al pobre
Cadalsito de entre las uñas de su tía, operación no difícil, porque
pasado el ímpetu inicial, la fuerza de Abelarda cedió bruscamente. Su
madre tiraba de ella, ayudándola á levantarse, y de rodillas aún,
convulsa, toda descompuesta, su voz temblorosa y cortada, balbucía:
--Ese infame... ese trasto... quiere acabar conmigo... y con toda la
familia...
--Pero, hija, ¿qué tienes?...--gritaba la mamá sin darse cuenta del
brutal hecho, mientras Víctor y Milagros examinaban á Luisito, por si
tenía algún hueso roto. El chico rompió á llorar, el rostro encendido,
la respiración fatigosa.
--¡Dios mío, qué atrocidad!--murmuró Víctor ceñudamente.
Y en el mismo instante se determinaba en Abelarda una nueva fase de la
crisis. Lanzó tremendo rugido, apretó los dientes, rechinándolos, puso
en blanco los ojos y cayó como cuerpo muerto, contrayendo brazos y
piernas y dando resoplidos. Aparece entonces Villaamil pasmado de aquel
espectáculo: su hija con pataleta, Luisito llorando, la cara rasguñada,
doña Pura sin saber á quién atender primero, los demás turulatos y
aturdidos.
--No es nada--dijo al fin Milagros, corriendo á traer un vaso de agua
fría para rociarle la cara á su sobrina.
--¿No hay por ahí éter?--preguntó Víctor.
--Hija, hija mía--exclamó el padre,--¿qué te pasa? Vuelve en ti.
Había que sujetarla para que no se hiciese daño con el pataleo incesante
y el bracear violentísimo. Por fin, la sedación se inició tan enérgica
como había sido el ataque. La joven empezó á exhalar sollozos, á
respirar con esfuerzo como si se ahogara, y un llanto copiosísimo
determinó la última etapa del tremendo acceso. Por más que intentaban
consolarla, no tenía término aquel río de lágrimas. Lleváronla á su
lecho, y en él siguió llorando, oprimiéndose con las manos el corazón.
No parecía recordar lo que había hecho. Entre Villaamil y Cadalso
habían conseguido acallar á Luisito, convenciéndole de que todo había
sido una broma un poco pesada.
De repente el jefe de la familia se cuadró ante su yerno, y con temblor
de mandíbula, intensa amarillez de rostro y mirada furibunda, gritó:
--De todo esto tienes tú la culpa, danzante. Vete pronto de mi casa, y
ojalá no hubieras entrado nunca en ella.
--¡Que tengo yo la culpa!... ¡Pues no dice que yo...!--respondió el otro
descaradamente.--Ya me parecía á mí que no estaba usted bueno de la
jícara...
--La verdad es--observó Pura, saliendo del cuarto próximo,--que antes de
que tú vinieras no pasaban en mi casa estas cosas que nadie entiende.
--¡Ahí también usted... No parece sino que me hacen un favor con tenerme
aquí. ¡Y yo creí que les ayudaba á pasar la travesía del ayuno! Si me
marcho, ¿dónde encontrarán un huésped mejor?
Villaamil, ante tanta insolencia, no encontraba palabras para expresar
su indignación. Acarició el respaldo de una silla, con prurito de
blandirla en alto y estampársela en la cabeza á su hijo político. Pudo
dominar las ganas que de esto tenía, y reprimiendo su ira con fortísima
rienda, le dijo con voz hueca de sochantre:
--Se acabaron las contemplaciones. Desde este momento estás de más
aquí. Recoge tus bártulos y toma el portante, sin ningún género de
excusas ni aplazamiento.
--No se apure usted... No parece sino que estoy en Jauja.
--Jauja ó no Jauja (á punto de estallar), ahora mismo fuera. Vete á
vivir con los esperpentos que te protegen. ¿De qué te sirve esta familia
pobre y desgraciada? Aquí no hay credenciales, ni destinos, ni
recomendaciones, ni nada, como dijo el otro. Y en esta pobreza honrada
somos felices. ¿No ves lo contento que yo estoy? (Castañeteando los
dientes.) En cambio tú no tendrás paz en el pináculo de tus glorias,
alcanzadas por el deshonor... Pronto, á la calle... El señor de _Miau_
quiere perderte de vista.
Víctor lívido, doña Pura asustada, Luisito con ganas de romper á llorar
nuevamente, Milagros haciendo pucheros...
--Bien--dijo Cadalso con aquella gallardía que sabía poner en sus
resoluciones, siempre que eran mortificantes.--Me voy. También yo lo
deseaba, y no lo había hecho por caridad, porque soy aquí un sostén, no
una carga. Pero la separación será absoluta. Me llevo á mi hijo.
Las dos _Miaus_ le miraron aterradas. Villaamil apretó con ferocidad los
dientes.
--¿Pues qué...? Después de lo que ha pasado hoy--añadió
Víctor,--¿todavía pretenden que yo deje aquí á este pedazo de mi vida?
La lógica de esto argumento desconcertó á lodos los _Miaus_ de ambos
sexos.
--¡Pero qué tonto!--insinuó doña Pura con ganas de capitular,--¿crees tú
que esto volverá á pasar? ¿Y adónde vas con tu hijo, adónde? Si el
pobrecito no quiere separarse de nosotros.
Poco le faltaba para llorar. Milagros dijo:
--No, lo que es el niño no sale de aquí.
--¡Vaya si sale!--sostuvo Cadalso con brutal resolución.--Á ver: saque
usted toda la ropita de mi hijo para juntarla con la mía.
--Pero, ¿adónde le llevas?, bobo, simple... ¡Qué cosas se te ocurren tan
disparatadas!
--Por sabido se calla. Su tía Quintina le criará y le educará mejor que
ustedes.
Doña Pura se sentó, atacada de gran congoja, sudor frío y latidos
dolorosos del corazón. Vaya, que después de la hija, la madre iba á caer
con la pataleta. Villaamil dió una vuelta sobre sí mismo, como si le
hiciera girar el vértice de un ciclón interior, y después de parar en
firme; abrióse de piernas, alzó los brazos enormes, simulando la figura
de San Andrés clavado en las aspas, y rugió con toda la fuerza de sus
pulmones:
--¡Que se lo lleve... que se lo lleve con mil demonios! Mujeres locas,
mujeres cobardes, ¿no sabéis que _Morimos... Inmolados... Al...
Ultraje_?
Y tropezando en las paredes corrió hacia el gabinete. Su mujer fué
detrás, creyendo que iba disparado á arrojarse por el balcón á la calle.