La mísera Abelarda andaba tan desmejoradilla, que su madre y su tía la
creyeron enferma y hablaron de llamar al médico. No obstante, continuaba
haciendo la vida ordinaria, trabajando, durante muchas horas del día, en
transformaciones y arreglos de vestidos. Usaba un maniquí de mimbres,
trashumante del gabinete al comedor, y que al anochecer parecía una
persona, la cuarta _Miau_, ó el espectro de alguno de la familia que
venía del otro mundo á visitar á su progenie. Sobre aquel molde probaba
la insignificante sus cortes y hechuras, que eran bastante graciosas. Á
la sazón traía entre manos un vestido con retazos de cachemir que
prestaron ya dos servicios y había sido vuelto del revés y lo de arriba
abajo. Se les añadía, para combinar, una telucha de á peseta. Semejantes
componendas eran familiares á Pura, y si una tela no podía lavarse ni
volverse, la mandaba al tinte, y... como acabada de estrenar. Con tal
sistema, hubo vestido que salió por veinticuatro reales. Pero en lo que
Abelarda lucía sorprendentes facultades era en la metamorfosis de
sombreros. La capota de doña Pura había pasado por una serie de vidas
diferentes, que al modo de encarnaciones la hacían siempre nueva y
siempre vieja. Para invierno, forrábanla de terciopelo, y para verano la
cubrían con el encaje de una _visita_ desechada: las flores ó prendidos
eran regalo de las vecinas del principal. La martirizada armadura del
sombrero de Abelarda había tomado ya, durante la época de la cesantía,
formas y estilos diferentes, según las pragmáticas de la moda, y con
este exquisito arte de disimular la indigencia, salían las Villaamil á
la calle hechas unos brazos de mar.
Las noches que no iban las _Miaus_ á rendir culto á Euterpe, tenía que
aguantar Abelarda, por dos ó tres horas, la jaqueca de Ponce, ó bien
ensayaba su papel en la pieza. Mucho disgustaba á doña Pura tener que
dar función dramática habiendo fracasado las esperanzas de próxima
colocación; pero como estaba anunciada á son de trompeta, distribuídos
los papeles y tan adelantados los ensayos, no había más remedio que
sacrificarse en aras de la tiránica sociedad. De propósito había
escogido Abelarda un papel incoloro, el de criada, que al alzarse el
telón salía plumero en mano, lamentándose de que sus amos no le pagaban
el salario, y revelando al público que la casa en que servía era la más
tronada de Madrid. La pieza pertenecía al género predilecto de los
ingenios de esta Corte, y se reducía á presentar una familia cursi, con
menos dinero que vanidad; una señora hombruna que trataba á zapatazos á
su marido, un noviazgo, un enredo fundado en equivocaciones de nombres,
con gran mareo de entradas y salidas, hasta que, cuando aquello parecía
una casa de Orates, salía el padre memo diciendo: _Ahora lo comprendo
todo_, y se acababa el entremés con boda y una décima pidiendo al
público aplausos. Ponce hacía el papel de padre tonto; y el de un pollo
calavera y achulado, que era autor del lío y la sal y pimienta de la
pieza, tocó á un tal Cuevas, hijo del vecino del principal, D. Isidoro
Cuevas, viudo con mucha familia, empleado en la Alcaidía de la vecina
Cárcel de Mujeres, y comúnmente llamado en la vecindad _el señor de la
Galera_. El Cuevas hijo era chistoso, de buena sombra; contaba cuentos
de borrachos con tal gracia, que era morirse de risa; imitaba el
lenguaje chulo, se cantaba flamenco por todo lo alto, amén de otras
muchas habilidades, por las cuales se lo rifaban en las tertulias del
jaez de la de Villaamil. El papel de señorita de la casa corría á cargo
de la chica de Pantoja (D. Buenaventura Pantoja, empleado en el
Ministerio de Hacienda, amigo íntimo de Villaamil); y el de mamá
impertinente, ordinaria, lenguaraz, sargentona, papel del tipo Valverde,
correspondió á una de las chicas de Cuevas (eran cuatro y se ayudaban
con la modistería de sombreros, por cierto muy bien). Otros papeles, un
lacayo, un viejo prestamista, un marqués tronado y de filfa, que
resultaba ser _lipendi_ de marca mayor, fueron repartidos entre
diferentes chicos de la tertulia. El cojo Guillén se avino á ser
apuntador. Federico Ruiz oficiaba de director de escena, y habría
deseado que tal función tuviera carteles en las esquinas, para poner en
ellos con letras muy gordas: _bajo la dirección del reputado
publicista_, etc., etc.
Poseía Abelarda memoria felicísima, y se aprendió el papel muy pronto.
Asistía á los ensayos como un autómata, prestándose dócilmente á la vida
de aquel mundo, para ella secundario y artificial; como si su casa, su
familia, su tertulia, Ponce, fuesen la verdadera comedia, de fáciles y
rutinarios papeles... y permaneciese libre el espíritu, empapado en su
vida interior, verdadera y real, en el drama exclusivamente suyo,
palpitante de interés, que no tenía más que un actor, ella, y un solo
espectador, Dios.
Monólogo desordenado y sin fin. Una mañana, mientras la joven se
peinaba, el espectador habría podido oir lo siguiente: «¡Qué fea soy,
Dios mío; qué poco valgo! Más que fea, sosa, insignificante; no tengo ni
un grano de sal. ¡Si al menos tuviera talento!; pero ni eso... ¿Cómo me
ha de querer á mí, habiendo en el mundo tanta mujer hermosa y siendo él
un hombre de mérito superior, de porvenir, elegante, guapo y con
muchísimo entendimiento, digan lo que quieran?... (Pausa.) Anoche me
contó Bibiana Cuevas que en el paraíso del Real nos han puesto un mote;
nos llaman las de _Miau_ ó las _Miaus_, porque dicen que parecemos tres
gatitos, sí, gatitos de porcelana, de esos con que se adornan ahora las
rinconeras. Y Bibiana creía que yo me iba á incomodar por el apodo. ¡Qué
tonta es! Ya no me incomodo por nada. ¿Parecemos gatos? ¿Sí? Mejor.
¿Somos la risa de la gente? Mejor que mejor. ¿Qué me importa á mí? Somos
unas pobres cursis. Las cursis nacen, y no hay fuerza humana que les
quite el sello. Nací de esta manera y así moriré. Seré mujer de otro
cursi y tendré hijos cursis, á quienes el mundo llamará los
_michitos_... (Pausa.) ¿Y cuándo colocarán á papá? Si lo miro bien, no
me importa; lo mismo da. Con destino y sin destino, siempre estamos
igual. Poco más ó menos, mi casa ha estado toda la vida como está ahora.
Mamá no tiene gobierno; ni lo tiene mi tía, ni lo tengo yo. Si colocan á
papá, me alegraré por él, para que tenga en qué ocuparse y se distraiga;
pero por la cuestión de bienestar, me figuro que nunca saldremos de
ahogos, farsas y pingajos... ¡Pobres _Miaus_! Es gracioso el nombre.
Mamá se pondrá furiosa si lo sabe; yo no; ya no tengo amor propio. Se
acabó todo, como el dinero de la familia... si es que la familia ha
tenido dinero alguna vez. Le voy á decir á Ponce esto de las _Miaus_, á
ver si lo toma á risa ó por la tremenda. Quiero que se encrespe un día
para encresparme yo también. Francamente, me gustaría pegarle ó algo
así... (Pausa.) ¡Vaya que soy desaborida y sin gracia! Mi hermana Luisa
valía más; aunque, la verdad, tampoco era cosa del otro jueves. Mis ojos
no expresan nada; cuando más, expresan que estoy triste, pero sin decir
por qué. Parece mentira que detrás de estas pupilas haya... lo que hay.
Parece mentira que este entrecejo y esta frente angosta oculten lo que
ocultan. ¡Qué difícil para mí figurarme cómo es el cielo; no acierto, no
veo nada! ¡Y qué fácil imaginarme el infierno! Me lo represento como si
hubiera estado en él... Y tienen razón; el parecido con la cara de un
gato salta a la vista... La boca es lo peor; esta boca de esquina que
tenemos las tres... Sí; pero la de mamá es la más característica. La
mía, tal cual; y cuando me río, no resulta maleja. Una idea se me
ocurre: si yo me pintara, ¿valdría un poco más? ¡Ah! no; Víctor se
reiría de mí. Él podrá desdeñarme; pero no me considera mujer ridícula y
antipática. ¡Jesús! ¿Seré antipática? Esta idea sí que no la puedo
sufrir. Antipática, no, Dios mío. Si me convenciera de que soy
antipática, me mataría... (Pausa.) Anoche entró y se metió en su cuarto
sin decir oxte ni moxte. Más vale así. Cuando me habla me estruja el
corazón. Porque me quisiera, sería yo capaz de cometer un crimen. ¿Qué
crimen? Cualquiera... todos. Pero no me querrá nunca, y me quedaré con
mi crimen en proyecto y desgraciada para siempre».
--Hija--indicó doña Pura, sacándola impensadamente de su
abstracción.--Cuando venga Ponce, le dices que le matamos si no nos trae
los billetes para el beneficio de la Pellegrini. Si no los tiene, que
los busque. Ella ha de dar billetes á los periódicos y á toda la
dignísima alabarda. Créelo; si Ponce va á pedírselos, ella es muy fina y
no se los negará. Nos enojaremos de veras si no los trae.
--Los traerá--dijo Abelarda, que había acabado de edificar su
moño.--Como no los traiga, no le vuelvo á dirigir la palabra.
Ponce entraba allí como Pedro por su casa, dirigiéndose al comedor,
donde comúnmente encontraba á su novia. Llegó aquella tarde á eso de las
cuatro, y pasó, atusándose el pelo, después de haber colgado la capa y
hongo en la percha del recibimiento. Era un joven raquítico y linfático,
de esos que tienen novia como podrían tener un paraguas, con ribetes de
escritor, crítico gratuito, siempre atareado, quejoso de que no le leía
nadie (aquí no se lee), abogadillo, buen muchacho, orejas grandes,
lentes sin cordón, bizcando un poco los ojos, mucha rodillera en los
pantalones, poca sal en la mollera, y en el bolsillo obra de seis
reales, cuando más. Gozaba un destinillo en el Gobierno de provincia, de
seis mil, y estaba hipando por los ocho que le habían prometido desde el
año anterior... que hoy, que mañana. Cuando los tuviera, boda al canto.
Estas esperanzas no habrían bastado á que los Villaamil aceptasen su
candidatura á yerno; pero tenía un tío rico, notario, sin hijos, enfermo
de cáncer, y como se había de morir antes de un año, quizás de un mes, y
Ponce era su heredero, la familia _Miau_ vió en el aspirante una
chiripa. El desgraciado tío, según los cálculos de Pantoja, que era su
amigo y testamentario, dejaría dos casas, algunos miles y la notaría...
Lo mismo fué entrar Ponce en el comedor, que soltarle Abelarda esta
indirecta:
--Si no trae usted las entradas para el beneficio de la Pellegrini, no
vuelve usted á poner los pies aquí.
--Calma, hija, calma; déjame sentar, tornar aliento... He venido á
escape. Me pasan cosas muy gordas, pero muy gordas.
--¿Qué lo pasa á usted, hombre de Dios?--preguntó doña Pura, que
acostumbraba reprenderle como á un hijo.--Siempre viene con apuros, y
total, nada.
--Óigame usted, doña Pura, y tú, Abelarda, óyeme también. Mi tío está
muy malo, pero muy malo.
--¡Ave María Purísima!--exclamó doña Pura, sintiendo que le daba un
vuelco el corazón.
Y brincando como un cervatillo, fué á la cocina á dar la noticia á su
hermana.
--Está expirando...
--¿Quién?
--El tío, mujer, el tío... ¿no te enteras?... Pero dígame usted, Ponce
(volviendo al comedor con rapidez gatuna), ¿va de veras?... Estará usted
muy contento, muy... triste quiero decir.
--Se harán ustedes cargo de que no puedo ir al teatro, ni visitar á la
Pellegrini... Como ustedes conocen... Muy malo, muy malito... Dicen los
médicos que no dura dos días...
--¡Pobre señor!... ¿Y qué hace usted que no se planta en casa del
difunto... digo, del enfermo?
--De allí vengo... Esta noche, á las siete, le llevaremos el Viático.
Corrió doña Pura al despacho, donde estaba Villaamil.
--El Viático... ¿no te enteras?
--¿Qué?... ¿quién?
--El tío, hombre, el tío de Ponce, que está dando las boqueadas...
(Deslizándose otra vez hacia el comedor). Amigo Ponce, ¿quiere usted
tomar una copita de vino con bizcochos? Estará usted muy afectado... Y
no hay que pensar en teatros... No faltaba más. Nosotras tampoco iremos.
Ya ve usted, el luto... guardaremos luto riguroso... ¿De veras no quiere
usted una copita de vino con bizcochos?... ¡Ah! ¡qué cabeza!... ¡si se
ha acabado el vino!... Pero lo traeremos... Con formalidad: ¿no quiere
usted?
--Gracias; ya sabe usted que el vino se me sube á la cabeza.
Abelarda y Ponce pegaron la hebra, sin más testigo que Luis, que andaba
enredando en el comedor, y á veces se paraba ante los novios, mirándoles
con estupor infantil. Hablaban á media voz... ¿Qué dirían? Las
trivialidades de siempre. Abelarda hacía su papel con aquella indolente
pasividad que demostraba en los lances comunes de la vida. Era ya rutina
en ella charlotear con aquel tonto, decirle que le quería, anticipar
alguna idea sobre la boda. Había contraído hábito de responder
afirmativamente á las preguntas de Ponce, siempre comedidas y correctas.
El albedrío no tomaba parte alguna en semejantes confidencias; la mujer
exterior y visible realizaba una serie de actos inconscientes, á manera
de sonámbula, quedando desligada la mujer interna para obrar conforme á
sentimientos más humanos. Antes de la aparición súbita de Víctor en la
casa, Abelarda consideraba á Ponce como un recurso y apoyo probable en
las vicisitudes de la suerte. Se casaría con él por colocarse, por tener
posición y nombre y salir de aquella estrechez insoportable de su hogar.
Desde que vino _el otro_, dejábase llevar de estas mismas ideas, pero
como el patinador, que una vez lanzado, sigue y sigue girando y
resbalando sin caer sobre el hielo. No se le ocurría á la joven
desdecirse ni renegar del matrimonio con Ponce; porque tener aquel
marido equivalía á tener un abanico, un imperdible ú otro objeto
cualquiera de los más usuales á la vez que indiferentes. El pegajoso
crítico se creyó obligado á mostrarse aquel día más tierno que los
demás, atreviéndose á fijar el de las bendiciones y á proponer,
desmintiendo su timidez, algunos particulares de su futura existencia
matrimonial. Oíale la insignificante como quien oye llover, y en virtud
de la velocidad adquirida, se mostraba conforme con semejantes proyectos
y los apoyaba con palabras glaciales y descoloridas, á la manera de
quien repite paternóster y avemarías de un rosario rezado á bostezos sin
devoción alguna.
Sonó la campanilla y Abelarda se sobresaltó por dentro, sin perder su
continente frío. Le conocía en el modo de llamar, conocía su taconeo al
subir la escalera, y si desde la puerta de la casa hasta el comedor
pronunciaba alguna frase, hablando con doña Pura ó con Villaamil,
discernía por la inflexión lejana del acento si llegaba bien ó mal
humorado. Doña Pura, al abrir á Víctor, le embocó la noticia de la
inminente muerte del tío de Ponce. Incapaz de contenerse la buena
señora, se espontaneó hasta con el _maestro de baile_ (vulgo aguador).
Víctor entró sonriendo, y, por inadvertencia ó malicia, hubo de dar la
enhorabuena á Ponce, el cual se quedó turulato.