Luisito empeoró. Tratábase de un catarro gástrico, achaque propio de la
infancia, y que no tendría consecuencias, atendido á tiempo. Víctor,
intranquilo, trajo al médico, y aunque su vigilancia no era necesaria
porque las tres _Miaus_ cuidaban con mucho cariño al enfermito, y hasta
se privaron durante varias noches de ir á la ópera, no cesaba de
recomendar la esmerada asistencia, observando á todas horas á su hijo,
arropándole para que no se enfriara y tomándole el pulso. Á fin de
entretenerle y alegrar su ánimo, cosa muy necesaria en las enfermedades
de los niños, le llevó algunos juguetes, y su tía Quintina también
acudió con las manos llenas de cromos y estampas de santos, el
entretenimiento favorito de Luis. Debajo de las almohadas llegó á reunir
un sinnúmero de baratijas y embelecos, que sacaba á ciertas horas para
pasarles revista. En aquellas noches de fiebre y de mal dormir,
Cadalsito se había imaginado estar en el pórtico de las Alarconas ó en
el sillar de la explanada del Conde-Duque; pero no veía á Dios, ó, mejor
dicho, sólo le veía á medias. Presentábasele el cuerpo, el ropaje
flotante y de incomparable blancura; á veces distinguía confusamente las
manos, pero la cara no. ¿Por qué no se dejaba ver la cara? Cadalsito
llegó á sentir gran aflicción, sospechando que el Señor estaba enfadado
con él. ¿Y por qué causa?... En una de las estampitas que su padre le
había traído, estaba Dios representado en el acto de fabricar el mundo.
¡Cosa más fácil!... Levantaba un dedo, y salían el cielo, el mar, las
montañas... Volvía á levantar el dedo, y salían los leones, los
cocodrilos, las culebras enroscadas y el ligero ratón... Pero la lámina
aquélla no satisfacía al chicuelo. Cierto que el Señor estaba muy bien
pintado; pero no era, no, tan guapo y respetuoso como su amigo.
Una mañana, hallándose ya Luis limpio de calentura, entró su abuelo á
visitarle. Parecióle al chico que Villaamil sufría en silencio una gran
pena. Ya, antes de llegar el viejo, había oído Luis un run-run entre las
_Miaus_, que le pareció de mal agüero. Se susurraba que no había sitio
en la combinación. ¿Cómo se sabía? Cadalsito recordaba que por la mañana
temprano, en el momento de despertar, había oído á doña Pura diciendo á
su hermana: «Nada por ahora... Valiente mico nos han dado. Y no hay duda
ya; me lo ha dicho Víctor, que lo averiguó anoche en el Ministerio».
Estas palabras, impresas en la mente del chiquillo, las relacionó luego
con la cara de ajusticiado del abuelo cuando entró á verle. Luis, como
niño, asociaba las ideas imperfectamente, pero las asociaba, poniendo
siempre entre ellas afinidades extrañas sugeridas por su inocencia. Si
no hubiera conocido á su abuelo como le conocía, le habría tenido miedo
en aquella ocasión, porque en verdad su cara era cual la de los ogros
que se zampan á las criaturas... «No le colocan», pensó Luisito, y al
decirlo juntaba otras dos ideas en su mente aún turbada por la mal
extinguida calentura. La dialéctica infantil es á voces de una precisión
aterradora, y lo prueba esto razonamiento de Cadalsito: «Pues si no le
quiere colocar, no sé por qué se enfada Dios conmigo y no me enseña la
cara. Más bien debiera yo estar enfadado con él».
Villaamil se puso á dar paseos por la habitación, con las manos en los
bolsillos. Nadie se atrevía á hablarle. Luis sintió entonces congojosa
pena que le abatía el ánimo: «No le colocan--pensaba,--porque yo no
estudio, ¡contro! porque no me sé las condenadas lecciones». Pero al
punto la dialéctica infantil resurgió para acudir á la defensa del amor
propio: «¿Pero cómo he de estudiar si estoy malo?... Que me ponga bueno
él, y verá si estudio»»
Entró Víctor, que venía de la calle, y lo primero que hizo fué darle un
abrazo á Villaamil, cortando sus pasos de fiera enjaulada. Doña Pura y
Abelarda hallábanse presentes.
--No hay que abatirse ante la desgracia--dijo Víctor al hacer la
demostración afectuosa, que Villaamil, por más señas, recibió de
malísimo temple.--Los hombres de corazón, los hombres de fibra, tienen
en sí mismos la fuerza necesaria para hacer frente á la adversidad... El
Ministro ha faltado una vez más á su palabra, y han faltado también
cuantos prometieron apoyarle á usted. Que Dios les perdone, y que sus
conciencias negras les acusen con martirio horrible del mal que han
hecho.
--Déjame, déjame--replicó Villaamil, que estaba como si le fueran á dar
garrote.
--Bien sé que el varón fuerte no necesita consuelos de un hombre vulgar
como yo. ¿Qué ha sucedido aquí? Lo natural, lo lógico en estas
sociedades corrompidas por el favoritismo. ¿Qué ha pasado? Que al padre
de familia, al hombre probo, al funcionario de mérito, envejecido en la
Administración, al servidor leal del Estado que podría enseñar al
Ministro la manera de salvar la Hacienda, se le posterga, se le
desatiende y se le barre de las oficinas como si fuera polvo. Otra cosa
me sorprendería; esto no. Pero hay más. Mientras se comete tal
injusticia, los osados, los ineptos, los que no tienen conciencia ni
título alguno, apandan la plaza en premio de su inutilidad. Contra esto
no queda más recurso que retirarse al santuario de la conciencia y
decir: «Bien. Me basta mi propia aprobación».
Víctor, al expresarse con tanta filosofía, miraba á doña Pura y á
Abelarda, que estaban muy conmovidas y á dos dedos de llorar. Villaamil
no decía palabra, y con la cara lívida y la mandíbula temblorosa había
vuelto á sus paseos.
--Nada me sorprende--añadió Víctor, desbordándose en sacrosanta
indignación.--Esto está tan podrido, que va á resultar la cosa más
chocante del mundo: mientras á este hombre, que debiera ser Director
general, lo menos, se le desatiende y se le manda á paseo, yo, que ni
valgo nado, ni soy nada y tengo tan cortos servicios, yo... créanlo
ustedes, yo, cuando esté más descuidado, me encontraré con el ascenso
que he pedido. Así es el mundo, así es España y así nos vamos educando
todos en el desprecio del Estado, y atizando en nuestra alma el rescoldo
de las revoluciones. Al que merece, desengaños; al que no, confites.
Esta es la lógica española. Todo al revés; _el país de los
viceversas_... Y yo, que estoy tranquilo, que no me apuro, que no tengo
tampoco necesidades, que desprecio la credencial y á quien me la ofrece,
seré colocado, mientras el padre de familia, cargado de obligaciones, el
que por su respetabilidad, por sus servicios, se hacía tan fundadamente
la ilusión de que...
--Yo no me hacía ilusiones, ni ese es el camino--dijo bruscamente y con
arrebato de ira don Ramón, elevando las manos hasta muy cerca del
techo.--Yo no tuve nunca esperanzas... yo no creí que me colocasen, ni
lo volveré á creer jamás. ¡Vaya, que es tema el de esta gente! Si yo no
esperé nada... ¿Cómo se ha de decir? De veras parece que entre todos os
proponéis freirme la sangre.
--Hijo, cualquiera diría que es crimen tener esperanzas--observó doña
Pura.--Pues las tengo, y ahora más que nunca. Habrá otra combinación. Te
lo han prometido, y á la fuerza te lo han de cumplir.
--¡Claro!--dijo Víctor, contemplando á Villaamil con filial interés.--Y,
sobre todo, no conviene apurarse. Venga lo que viniere, puesto que todo
es injusticia y sinrazón, si á mí me ascienden, como espero, mi suerte
compensará la desgracia de la familia. Yo soy deudor á la familia de
grandes favores. Por mucho que haga, no los podré pagar. He sido malo;
pero ahora me da, no diré que por ser bueno, pues lo veo difícil, pero
sí porque se vayan olvidando mis errores... La familia no carecerá de
nada mientras yo tenga un pedazo de pan.
Agobiado por sentimientos de humillación, que caían sobre su alma como
un techo que se desploma, Villaamil dió un resoplido y salió del cuarto.
Siguióle su mujer, y Abelarda, dominada por impresiones muy distintas de
las de su padre, se volvió hacia la cama de Luis, fingiendo arroparle,
para esconder su emoción, mientras discurría: «No, lo que es de malo no
tiene nada. No lo creeré, dígalo quien lo diga».
--Abelarda--insinuó él melosamente, después de un rato de estar solos
con el pequeño.--Yo bien sé que á ti no necesito repetirte lo que he
manifestado á tus padres. Tú me conoces algo, me comprendes algo; tú
sabes que míentras yo tenga un mendrugo de pan, vosotros no habéis de
carecer de sustento; poro á tus padres he de decírselo y aun probárselo
para que lo crean. Tienen muy triste idea de mí. Verdad que no se pierde
en dos días una mala reputación. ¿Y cómo no había de brindar á ustedes
ayuda, á no ser un monstruo? Si no lo hiciera por los mayores, tendría
que hacerlo por mi hijo, criado en esta casa, por este ángel, que más os
quiere á vosotros que á mí... y con muchísima razón.
Abelarda acariciaba á Luis, tratando de ocultar las lágrimas que se le
agolpaban á los ojos, y el pequeñuelo, viéndose tan besuqueado y oyendo
aquellas cosas que papá decía y que le sonaban á sermón ó parrafada de
libro religioso, se enterneció tanto, que rompió á llorar como una
Magdalena. Ambos se esforzaron en distraer su espíritu, riendo,
diciéndole chuscadas festivas ó inventando cuentos.
Por la tarde, el muchacho pidió sus libros, lo que admiró á todos, pues
no comprendían que quien tan poco estudiaba estando bueno, quisiese
hacerlo hallándose encamado. Tanto se impacientó él, que le dieron la
Gramática y la Aritmética, y las hojeaba, cavilando así: «Ahora no,
porque se me va la vista; pero en cuanto yo pueda, ¡contro! me lo
aprendo enterito... y veremos entonces... ¡veremos!»