--¡Ah! no... dispense usted. Me confundí... Es que á mi señora suegra lo
bailaban los ojos cuando me lo dijo. Efectos del cariño que le tiene á
usted, ínclito Ponce. El cariño ciega á las personas... Usted es ya de
casa; le queremos mucho, y como no tenemos el gusto de conocer, ni aun
de vista, á su señor tío...
Acarició á Luis sobándole la cara y repujándole los carrillos para
besárselos, y después le mostró el regalo que le traía. Era un álbum
para sellos, prometido el día que el niño tomó la purga, y además del
álbum una porción de sellos de diferentes colores, algunos extranjeros,
españoles los más, para que se entretuviera pegándolos en las hojas
correspondientes. Lo que agradeció Cadalsito este obsequio, no puede
ponderarse. Estaba en la edad en que empieza á desarrollarse el sentido
de la clasificación y en que relacionamos los juguetes con los
conocimientos serios de la vida. Víctor le explicó la distribución de
las hojas del álbum, enseñándole á reconocer la nacionalidad de los
sellos. «Mira, esta tía frescachona es la República francesa. Esta
señora con corona y _bandós_ es la Reina de Inglaterra, y esta águila
con dos cabezas, Alemania. Los vas poniendo en su sitio, y ahora lo que
has de hacer es reunir muchos para llenar los huecos todos». El
pequeñuelo estaba encantado; sólo sentía que la cantidad de sellos no
fuera suficiente á inundar la mesa. Pronto se enteró del procedimiento,
y en su interior hizo voto de conservar el álbum y de cuidarlo mientras
le durase la vida.
Víctor, entretanto, metió cucharada en la conversación hocicante que se
traían Abelarda y Ponce. Casi estaban morro con morro, tejiendo un
secreto, una conspiración de soserías, para él amorosas y para ella
indiferentes y cansadas. Víctor encajó la cuchara entre boca y boca,
diciéndoles:
--Amiguitos, los gorros á quien los tolere; yo protesto. ¿Y no podrían
aguardar á la luna de miel para hacer los tortolitos? Francamente, eso
es insultar á la desgracia. La felicidad debe disimularse ante los
desdichados, como la riqueza ante el pobre. La caridad lo manda así.
--¿Pero á ti qué te importa que nosotros nos queramos ó dejemos de
querernos--dijo Abelarda,--ni que nos casemos ó dejemos de casarnos?
Seremos felices ó no, según nos dé la gana. Eso, acá nosotros. Tú nada
tienes que ver.
--Don Víctor--indicó Ponce con su habitual insipidez,--si está usted
envidioso, con su pan se lo coma.
--¿Envidioso? No negaré que lo estoy. Mentiría si otra cosa dijese.
--Pues rabia, pues rabia.
--Papá, papá--chilló Luisito, empeñado en que Víctor volviera la cabeza
hacia donde él estaba, y poniéndole la mano en la cara para obligarlo á
que lo mirase.--¿De qué parte es este que tiene un señor con bigotes muy
largos?
--¿Pero no lo vos, hijo? Es de Italia... Pues sí que estoy envidioso.
Ésta me dice que rabie, y no tongo inconveniente en rabiar y aun en
morder. Porque cuando veo dos que se quieren bien, dos que resuelven el
problema del amor y allanan todas las dificultades, y caminito, caminito
de la dicha, llegan hasta el matrimonio, me muero de envidia. Para mí,
créanlo ó no lo crean, ustedes han resuelto el problema. Yo miro en esta
parejita lo que nunca podré alcanzar. Ustedes no tienen ambición,
ustedes se contentan con una vida pacífica y modesta, estimándose y
queriéndose sin fiebre ni locuras de esas... Ustedes no tendrán mucho
_parné_, pero no carecerán del puchero; ustedes, sin ser santos, reúnen
bastante virtud para recrearse el uno en el otro... ¿Qué más se puede
desear?... ¡Ah! ínclito Ponce, usted la ha sabido entender; ha sabido
elegir... y ella también, esta pícara, que parece que no rompe un plato,
ha metido la mano en el cesto y ha sacado la fruta mejor. Yo me
felicito, ¿pues no me he de felicitar? Pero eso no quita que tenga mi
_pelusa_, como cualquier hijo de vecino, porque me contemplo en
situación tan distinta, ay! tan distinta... Daría todo cuanto tengo,
cuanto espero, por una cosa. ¿Á que no lo adivinan?
Con repentina intuición, Abelarda le vió venir y temblaba.
--Pues yo daría todo por ser el ínclito Ponce. Créanlo ustedes ó no lo
crean, esta es la verdad. ¿Quiere usted cambiarse, Ponce amigo?
--Francamente, si en el cambio me quedo con la dama, no hay
inconveniente ninguno.
--¡Oh! eso no, porque cabalmente ahí está la tostada. Yo daría sangre de
las venas por echar mi anzuelo en el mar de la vida con el cebo de una
declaración amorosa y pescar una Abelarda. Es una ambición que me
curaría de las demás.
--Papá, papá (tirándole de la nariz para que volviera la cara hacia él).
¿Y esto que tiene una cotorra?
--Guatemala... Déjame, hijo... No aspiro á más. Una Abelardita que me
mime, y con tal compañía lo arrostro todo. Con una como ésta me casaría
yo por puertas, es decir, sin una mota. No faltaría el garbanzo.
Prefiero con ella un pedazo de pan solo, á todas las riquezas del mundo.
Porque ¿dónde se encuentra un carácter tan dulce, un corazón tan tierno,
una mujer tan hacendosita, tan...
--Don Víctor, que se corre usted mucho (con tentativas de humorismo,
enteramente frustradas). Que es mi novia, y tantos piropos me van á dar
celos...
--Aquí no se traía de celos... Á buena parte viene usted... ¿Ésta,
ésta?... Ésta es segura, amigo; lo quiere á usted con el alma y con la
vida. Ya podían acudir todos los reyes y príncipes del orbe á
disputársela á su Ponce adorado. ¿Pues se figura usted que si no lo
creyera yo así no lo habría puesto los puntos? La caridad bien ordenada
empieza por uno mismo. Si yo llego á concebir tanto así de esperanzas,
¿piensa que no me alzo con el santo y la limosna? Pero, ¡quiá!, á otra
puerta... Mírela usted: al que le hablo de cambiar á su Poncecito por
otro, le tira los trastos á la cabeza... Véala usted con esa cara que
parece un enigma, con esa sonrisita que parece postiza; cualquiera se
atreve á decirle algo.
--Vamos, D. Víctor--objetó Ponce con mucha saliva en la boca,--que
cuando usted habla así, es porque ha tenido sus pretensiones... y ha
sacado lo que el negro del sermón.
--No hagas caso, tontín--dijo Abelarda muy inquieta, sonriendo
violentamente, y con más gana de llanto que de broma.--¿No ves que se
está quedando contigo?
--Que se quede. Lo que hay es que Abelarda es formal, y una vez dada su
palabra, no hay quien la apee. Nosotros nos comprendimos en cuanto nos
tratamos; nuestros caracteres ajustan perfectamente, y si yo estoy
cortado para ella, ella está cortadita para mí.
--Poco á poco, caballero Ponce (poniéndose muy serio, como siempre que
elevaba al grado heroico sus crueles bromas), usted estará cortado para
quien guste, no me meto en eso. Pero lo que es Abelarda, lo que es
Abelarda...
Ponce le miró serio también, esperando el final de la frase, y la
insignificante bajó la vista hacia su labor de costura.
--Digo que lo que es ella no está, cortada para usted. Y lo sostendré
contra todo el que opine lo contrario. La verdad por delante. Ella le
quiere á usted, lo reconozco; pero en cuanto al corte... Es mucho corte
el suyo; hablo del corte moral y también del físico, sí, señor, también
del físico. ¿Quiere usted que lo diga claro? Pues para quien está
cortada Abelarda es para mí... Para mí; y no hay que tomarlo á ofensa.
Para mí, aunque á usted le parezca un disparate. ¡Si usted no puede
juzgarla como yo, que la conocí siendo una muñeca todavía!... Y, además,
usted no me ha tratado á mí lo bastante para saber si congeniamos ó
no... Ya sé que estoy hablando de una cosa imposible; ya sé que tengo la
culpa de haber llegado tarde; ya sé que usted me cogió la delantera, y
no hemos de reñir... Pero en cuanto á conocer el mérito de quien lo
tiene; en cuanto á deplorar que tantas dotes no sean para mí, lo que es
en eso (marcando la frase con la mayor formalidad y en tono oratorio),
¡ah! lo que es en eso, no cedo ni puedo ceder.
--No le hagas caso, déjale--indicó Abelarda á su novio, que empezaba á
enfurruñarse.
--Amigo D. Víctor, todo eso podrá ser verdad, poro no viene muy al caso.
--Parece que se amostaza usted, ínclito Ponce. Sépase que yo soy muy
leal. Reconozco que se ha ganado usted lo que á mi parecer debió ser
mío. (Patéticamente.) Bien ganado está. Ha sido en buena lid. Lo que he
perdido, lo he perdido por mi culpa. No me quejo. Seremos amigos,
siempre amigos. Vengan esos cinco.
--¡Ah, este D. Víctor, qué cosas tiene! (dejándose apretar la mano).
Con otro que no fuera Ponce, bien se libraría Cadalso de emplear
lenguaje tan impertinente; pero ya sabía él con quién trataba. El novio
estaba amoscadillo, y Abelarda no sabía qué pensar. Para burla, le
parecía demasiado cruel; para verdad, harto expresiva. Mucho le pesó á
Ponce tener que marcharse: presumía que Víctor continuaría hablando á la
chica en el mismo tono, y, francamente, Abelarda era su novia, su
prometida, y aquel cuñadito hospedado bajo el propio techo principiaba á
inquietarle. El pillete de Cadalso, conociendo la turbación del crítico,
en el momento de despedirse le sacudió mucho la diestra, repitiendo:
--Leal, soy muy leal... Nada hay que temer de mí.
Y cuando volvió al lado de la joven, que lo miraba consternada:
--Perdóname, hija; se me escapó aquella idea, que yo quería esconder a
todos... Espontaneidades que uno tiene cuando menos piensa, y que el más
ducho en disimular no puede contener á veces. Yo no quería hablar de
esto; pero no sé qué me entró. ¡Me dió tal envidia de veros como dos
tórtolos!... ¡me asusté tanto de la soledad en que me encontraba, nada
más que por llegar tarde, sí, por llegar tarde!... Dispénsame, no te
diré una palabra más. Sé que este capítulo te aburre y te molesta. Seré
discreto.
Abelarda no podía reprimirse. Levantóse, sintiendo pavor, deseo de huir
y de esconderse, para ocultar algo que impetuosamente al demudado rostro
le salía.
--Víctor--exclamó descompuesta y temblando,--ó eres el hombre más malo
que hay en el mundo, ó no sé lo que eres.
Corrió á su habitación y rompió á llorar, desplomándose de cara sobre
las almohadas de su lecho. Víctor se quedó en el comedor, y Luis, que en
su inocencia comprendía que pasaba algo extraño, no se atrevió durante
un rato á molestar á papá con aquel teje-maneje de los sellos. El padre
fué quien afectó entonces interesarse en el juego inteligente, y se puso
á explicar á su hijo los símbolos de nacionalidades que éste no
comprendía: «Este rey barbudo es Bélgica, y esta cruz la República
helvética, es decir, Suiza».
Doña Pura entró de la calle, y como no viese á su hija en el comedor ni
en la cocina, buscóla en el dormitorio. Abelarda salía ya, con los ojos
muy colorados, sin dar á su madre explicación satisfactoria de aquellos
signos de dolor. Víctor, interrogado por doña Pura sobre el particular,
lo dijo con socarronería:
--Parece usted tonta, mamá. Llora por el tío de Ponce.