XII

Apareciósele muy temprano _la figura arrancada á un cuadro de Fra

Angélico_, por otro nombre doña Pura, quien le acometió con el arma

cortante de su displicencia, agravada por la mala noche que un

dolorcillo de muelas le hizo pasar. «Ea, despejarme el comedor. Ve á

lavarte á mi cuarto, que tenemos precisión de barrer aquí. Lárgate

pronto si no quieres que te llenemos de polvo». Apoyaba esta admonición,

de una manera más persuasiva, la segunda _Miau_, que se presentó escoba

en mano.

--No se enfade usted, mamá. (Á doña Pura le cargaba mucho que su yerno

la llamase _mamá_.) Desde que está usted hecha una potentada, no se la

puede aguantar. ¡Qué manera de tratar á este infeliz!

--Eso es, búrlate... Es lo que te faltaba para acabar de conquistarnos.

¡Y que tienes el don de la oportunidad! Siempre te descuelgas por aquí

cuando estamos con el agua al cuello.

--¿Y si dijera que precisamente he venido creyendo ser muy oportuno? Á

ver... ¿qué respondería usted á esto? Porque no conviene despreciar á

nadie, querida mamá, y se dan casos de que el huésped molesto nos

resulte Providencia de la noche á la mañana.

--Buena Providencia nos dé Dios (siguiéndole hacia el cuarto donde

Víctor pensaba lavarse). ¿Qué quieres decir? ¿que vas á apretar la

cuerda que nos ahorca?

--Tanto como está usted chillando ahí (con zalamería), y todavía soy

hombre para convidarla á usted á palcos por asiento.

--Ninguna falta nos hacen tus palcos... ¡Ni qué has de convidar tú, si

siempre te he conocido más arrancado que el Gobierno!

--Mamá, mamá, por Dios, no rebaje usted tanto mi dignidad. Y sobre todo,

el que yo sea pobre no es motivo para que se dude de mi buen corazón.

--Déjame en paz. Ahí te quedas. Despacha pronto.

--Prefiero ver delante de mí el puñal del asesino á ver malas caras.

(Deteniéndola por un brazo.) Un momento. ¿Quiere usted que pague mi

hospedaje?

Sacó su cartera en el mismo instante, y á doña Pura se le encandilaron

los ojos viendo que abultaba y que el bulto lo hacía un grueso manojo de

billetes de Banco.

--No quiero ser gravoso (dándole un billete de 100 pesetas). Tome usted,

querida mamá, y no juzgue mis intenciones por la insuficiencia de mis

medios.

--Pues no creas... (echando la zarpa al billete como si éste fuera un

ratón), no creas que voy á llevar mi delicadeza hasta lo increíble,

rechazando con indignación tu dinero, á estilo de teatro. No estamos

ahora para escrúpulos ni para indignaciones cursis. Lo tomo, sí, lo

tomo, y voy á pagar con él una deuda sagrada, y además, nos viene bien

para...

--¿Para qué?

--Déjame á mí. ¿Quién no tiene sus secretillos?

--Y un hijo, un hijo cariñoso, ¿no merece ser depositario de esos

secretos? Gracias por la confianza que merezco. Yo creí que me

apreciaban más. Querida mamá, aunque usted no me considere de la

familia, yo no puedo desprenderme de ella. Mándeme usted que no los

quiera, y no obedeceré... En otra parte puedo entrar con indiferencia,

poro en esta casa no; y cuando en ella noto síntomas de estrechez,

aunque usted me lo prohiba, me tengo que afligir... (poniéndole

cariñosamente la mano en el hombro). Simpática suegra, no me gusta que

papá ande sin capa.

--¡Pobrecito!... y ¡qué le hemos de hacer!... Su situación viene siendo

muy triste hace tiempo. La cesantía va estirando más de lo que creíamos.

Sólo Dios y nosotras sabemos las amarguras que en esta casa se pasan.

--Menos mal si el remedio viene, aunque sea de la persona á quien no se

estima (dándole otro billete de igual cantidad, que doña Pura se

apresura á recoger).

--Gracias... No es que no te estimemos; es que tú...

--He sido malo, lo confieso (patéticamente); reconocerlo es señal de que

ya no lo soy tanto. Tengo mis defectos como cada _quisque_; pero no soy

empedernido, no está mi corazón cerrado á la sensibilidad, ni mi

entendimiento á la experiencia. Yo seré todo lo malo que usted quiera;

pero, en medio de mi perversidad, tengo una manía, vea usted... no

tolero que esta familia, á quien tanto debo, pase necesidades. Me da por

ahí... llámelo usted debilidad ó como quiera (dándole un tercer billete

con gallardía generosa, sin mirar la mano que lo daba). Mientras yo gane

un real, no consiento que el padre de mi pobre Luisa vista

indecorosamente, ni que mi hijo ande desabrigado.

--Gracias, Víctor, gracias (entre conmovida y recelosa).

--No tiene usted por qué darme las gracias. No hay mérito ninguno en

cumplir un deber sagrado. Se me ocurre que podría usted tomar hasta dos

mil reales, porque no serán una ni dos las cosas que se han ido á

Peñaranda.

--Rico estás... (con escama de si serían falsos los billetes).

--Rico, no... Ahorrillos. En Valencia se gasta poco. Se encuentra uno

con economías sin notarlo. Y repito que si usted me habla de

agradecimiento, me incomodo. Yo soy así. ¡He variado tanto! Nadie sabe

la pena que siento al recordar los malos ratos que he dado á ustedes, y

sobre todo á mi pobre Luisa (con emoción falsa ó verdadera, pero tan

bien expresada, que á doña Pura se le humedecieron los ojos). ¡Pobre

alma mía! ¡Que no pueda yo reparar los agravios que aquella santa

recibió de mí! ¡Que no pueda yo resucitarla para que vea mi corazón

mudado, aunque luego nos muriéramos los dos! (Dando un gran suspiro.)

Cuando la muerte se interpone entro la culpa y el arrepentimiento, no

tiene uno ni el amargo consuelo de pedir perdón á quien ha ofendido.

--¡Cómo ha de ser! No pienses ahora en cosas tristes. ¿Quieres otra

toalla? Aguarda. Y si necesitas agua caliente, te la traeré volando.

--No; nada de molestarse por mí. Pronto despacho, y en seguida iré á

traer mi equipaje.

--Pues si se te ocurre algo, llamas... La campanilla no hay quien la

haga sonar. Te asomas á la puerta y me das una voz.

Aquel hombre, que sabía desplegar tan variados recursos de palabra y de

ingenio cuando se proponía mortificar á alguien, ya con feroz sarcasmo,

ya hiriendo con delicada crueldad las fibras más irritables del corazón,

entendía maravillosamente el arte de agradar, cuando entraba en sus

miras. Á doña Pura no la cogían de nuevas las demostraciones insinuantes

de su yerno; pero esta vez, sea porque fuesen acompañadas de la donación

en metálico, sea porque Víctor extremara sus zalamerías, la pobre señora

le tuvo por moralmente reformado ó en camino de ello siquiera. Corridas

algunas horas, no pudo la _Miau_ ocultar á su cónyuge que tenía dinero,

pues el disimular las riquezas era cosa enteramente incompatible con el

carácter y los hábitos de doña Pura. Interrogóla Villaamil sobre la

procedencia de aquellos que modestamente llamaba _recursos_, y ella

confesó que se los había dado Víctor, por lo cual se puso D. Ramón muy

sobresaltado, y empezó á mover la mandíbula con saña, soltando de su

feroz boca algunos vocablos que asustarían á quien no le conociera.

--¡Pero qué simple eres!... Si no me ha dado más que una miseria. ¿Pues

qué querías tú, que le mantenga yo el pico? Bonitos estamos para eso. Le

he acusado las cuarenta... clarito, clarito. Si se empeña en estar aquí,

que contribuya á los gastos de la casa. ¡Bah! ¡qué cosas dices! Que ha

defraudado al Tesoro. Falta probarlo... serán cavilaciones tuyas. ¡Vaya

usted á saber! Y en último caso, ¿es eso motivo para que viva á costa

nuestra?

Villaamil calló. Tiempo hacía que estaba resignado á que su señora

llevase los pantalones. Era ya achaque antiguo que cuando Pura alzaba el

gallo, bajase él la cabeza fiando al silencio la armonía matrimonial.

Recomendáronle, cuando se casó, este sistema, que cuadraba

admirablemente á su condición bondadosa y pacífica. Por la tarde volvió

doña Pura á la carga, diciéndole: «Con este poco de barro hemos de tapar

algunos agujeros. Ve pensando en hacerte ropa. Es imposible que consiga

nada el que se presenta en los Ministerios hecho un mendigo, los tacones

torcidos, el sombrero del año del hambre, y el gabán con grasa y flecos.

Desengáñate: á los que van así nadie les hace caso, y lo más á que

pueden aspirar es á una plaza en San Bernardino. Y como ahora te han de

colocar, también necesitas ropa para presentarte en la oficina.

--Mujer, no me marees... No sabes el daño que me haces con esa confianza

de que no participo; al contrario, yo nada espero.

--Pues sea lo que sea; si te colocan, porque sí, y si no, porque no,

necesitas ropa. El traje es casi casi la persona, y si no te presentas

como Dios manda, te mirarán con desprecio, y eres hombre perdido. Hoy

mismo llamo al sastre para que te haga un gabán. Y el gabán nuevo pide

sombrero, y el sombrero botas.

Villaamil se asustó de tanto lujo; pero cuando Pura adoptaba el énfasis

gubernamental, no había medio de contradecirla. Ni se le ocultaba lo

bien fundado de aquellas razones, y el valor social y político de las

prendas de vestir; y harto sabía que los pretendientes bien trajeados

llevan ya ganada la mitad de la partida. Vino, pues, el sastre llamado

con urgencia, y Villaamil se dejó tomar las medidas, taciturno y fosco,

como si más que de gabán fuesen medidas de mortaja.

Con la entrada del sastre, tuvieron Paca y su marido comidilla para todo

el resto del día y parte de la noche.--¿No sabes, Mendizábal? Ha entrado

también un sombrero nuevo. Desde que estamos en esta casa, y va para

quince años, no he visto entrar más chisteras nuevas que la de hoy y la

que estrenó D. Basilio Andrés de la Caña, el que vivió en el tercero, á

los pocos días de venir Alfonso. ¿Será que va á haber revolución?

--No me extrañaría--dijo Mendizábal,--porque ese Cánovas ha perdido los

papeles. El periódico dice que hay crisis.

--Debe de haberla, y será que van á subir los de D. Ramón. Tú, ¿quiénes

son los del señor Villaamil?

--Los del Sr. Villaamil son las ánimas benditas... (echándose á reir).

¿Conque cobertera nueva y ropa maja? Pues mira, mujer, en vista de ese

lujo... asiático, voy á subir ahorita mismo con los recibos atrasados,

por si pagan todo ó parte de lo que deben. Á esta gente es menester

acecharla, para cogerla en el momento económico, ¿me entiendes?, en el

ínterin, como quien dice, de tener dinero, que es ni visto ni oído.

Miraba el memorialista á su perro, el cual parecía decirle con su

expresiva geta: «Arriba, mi amo, y no se descuide, que ahora tienen

guita. Vengo de allí y están como unas pascuas. Por más señas, que han

traído un salchichón italiano, gordo como mi cabeza, y que huele á

gloria divina».

Subió, pues, Mendizábal, precedido del can. Casi siempre, cuando el

portero se aparecía con aquellos fatídicos papeles en la mano, Villaamil

temblaba sintiendo herida su dignidad en lo más vivo, y á doña Pura se

le ponía la boca amarga, los labios descoloridos y el corazón rebosando

congoja y despecho. Ambos, cada cual en la forma propia de su

temperamento, alegaban razones mil para convencer á Mendizábal de lo

bueno que sería esperar al mes siguiente. Por dicha suya, el hombre

_gorilla_, aquel monstruo cuyas enormes manos tocarían el suelo á poco

que la cintura se doblase; aquel tipo de transición zoológica en cuyo

cráneo parecían verse demostradas las audaces hipótesis de Darwin, no

ejercía con malos modos los poderes conferidos por el casero. Era, en

suma, Mendizábal, con su fealdad digna de la vitrina de cualquier museo

antropológico, hombre benévolo, indulgente, compasivo, que se hacía

cargo de las cosas. Sentía lástima de la familia y verdadero afecto

hacia Villaamil. No apremiaba sino en términos comedidos y amistosos, y

al rendir cuentas al casero echaba por aquella boca horrenda, rascándose

la oreja corta y chata, frases de intercesión misericordiosa en pro del

inquilino atrasado _por mor_ de la cesantía. Y gracias á esto, el

propietario, que no era de los más déspotas, aguardaba con triste y

filosófica resignación.

Cuando Villaamil y doña Pura no estaban en disposición de pagar, añadían

á sus excusas algún oficioso párrafo con el memorialista, lisonjeándole

y cayéndose del lado de sus aficiones. Decíale Villaamil: «¡Pero cuánto

ha visto usted en este mundo, amigo Mendizábal, y qué de cosas habrá

presenciado tan trágicas, tan interesantes, tan...!» Y el _gorilla_,

abarquillando los recibos, contestaba: «La historia de España no se ha

escrito todavía, amigo D. Ramón. Si yo plumeara mis memorias, vería

usted...» Doña Pura extremaba aún más la adulación: «El mundo anda

perdido. Mendizábal está en lo cierto: mientras haya libertad de cultos

y eso que llaman el racionalismo...!» Total, que el portero se guardaba

los recibos, y á la señora se le alegraban las pajarillas. Ya teníamos

otro mes de respiro.

Pero aquel día en que, por merced de la Providencia, les era dado pagar

dos meses de los tres vencidos, ambos esposos rectificaron con cierta

arrogancia aquel criterio de asentimiento. Villaamil habló con discreta

autoridad de los ideales modernos, y doña Para, al verle embolsar los

billetes, dijo: «Pero venga acá, Mendizábal, ¿para que tiene esas ideas?

¿Y usted cree de buena fe que va á venir aquí D. Carlos con la

Inquisición y todas esas barbaridades? Vamos, que es preciso estar

(apuntando á la sien) de la jícara para creer eso...»

Mendizábal les contestó con frases truncadas, mal aprendidas del

periódico que solía leer, y se alejó refunfuñando. Contraste increíble:

se iba de mal humor siempre que llevaba dinero.

Miau · 第 16 / 49 题