Á las doce; cuando los tertulios desfilaron, Cadalso se acomodó en el
sofá del comedor, cubriéndose con la manta que Abelarda le diera.
Ignoraba él que su cuñada se acostaría vestida aquella noche por carecer
de abrigo. Retiráronse todos, menos Villaamil, que no quiso recogerse
sin tener una explicación con su yerno. La lámpara del comedor había
quedado encendida, y el abuelo, al entrar, vió á Víctor incorporado en
su duro lecho, con la manta liada de medio cuerpo abajo. Comprendió al
punto el yerno que su padre político quería palique, y se preparó, cosa
fácil para él, pues era hombre de imaginación pronta, de afluente
palabra, de salidas ágiles y oportunas, á fuer de meridional de pura
sangre, nacido en aquella costa granadina que tiene detrás la Alpujarra
y enfrente á Marruecos. «Este tío--pensó--me quiere embestir. Á buena
parte viene... Empiece la brega. Le trastearemos con gracia».
--Ahora que estamos solos--dijo Villaamil con aquella gravedad que
imponía miedo,--decídete á ser franco conmigo. Tú has hecho algún
disparate, Víctor. Te lo conozco en la cara, aunque tu cara pocas veces
dice lo que piensas. Confiésame la verdad, y no trates de marearme con
tus pases de palabras ni con esas ideas raras de que sacas tanto
partido.
--Yo no tengo ideas raras, querido D. Ramón; las ideas raras son las de
mi señor suegro. Debemos juzgar las ideas de las personas por el pelo
que éstas echan. ¿Le han colocado á usted ya? Se me figura que no. Y
usted sigue tan fresco, esperando su remedio de la justicia, que es lo
mismo que esperarlo de la luna. Mil veces le he dicho á usted que el
mismo Estado es quien nos enseña el derecho a la vida. Si el Estado no
muere nunca, el funcionario no debe perecer tampoco administrativamente.
Y ahora le voy á decir otra cosa: mientras no cambie usted de papeles,
no le colocarán; se pasará los meses y los años viviendo de ilusiones,
fiándose de palabras zalameras y de la sonrisa traidora de los que se
dan importancia con los tontos, haciendo que les protegen.
--Pero tú, necio--dijo Villaamil enojadísimo,--¿has llegado á figurarte
que yo tengo esperanzas? ¿De dónde sacas, majadero, que yo me forje ni
la milésima parte de una condenada ilusión? ¡Colocarme á mí! No se me
pasa por la imaginación semejante cosa, no espero nada, nada, y digo
más: hasta me ofende el que me supone pendiente de formulillas y de
palabras cucas.
--Como siempre le he conocido á usted así, tan confiado, tan
optimista...
--¡Optimista yo! (muy contrariado). Vamos, Víctor, no te burles de estas
canas. Y sobre todo, no desvíes la cuestión. Ahora no se trata de mí,
sino de ti. Vuelvo á mi pregunta: ¿Qué has hecho? ¿Por qué estas aquí, y
por qué te escondes de la gente?
--Es que las tertulias de esta casa me cargan. Ya sabe usted que soy muy
extremado en mis antipatías. Yo no me escondo; es que no quiero ver la
cara de Ponce con sus ojos pitañosos, ni que me hable Pantoja, el cual
tiene un aliento que da el _quién vive_.
--No se trata del aliento de Pantoja, sino de que tú no has dejado tu
destino con la frente alta.
--Tan alta que si mi jefe dice algo contra mí, tengo medios de mandarle
á presidio (acalorándose). Sepa usted que he prestado servicios tales,
que si el Estado fuera agradecido, ya sería yo jefe de Administración.
Pero el Estado es esencialmente ingrato, bien lo sabe usted, y no sabe
premiar. Si el funcionario inteligente no se recompensa á sí propio,
está perdido. Para que usted se entere: cuando fuí á Valencia á
encargarme de Propiedades é Impuestos, el Negociado estaba por los
suelos. Mi antecesor era un cómico sin voz, que recibió el empleo como
jubilación de la escena. El infeliz no sabía por dónde andaba. Llegué
yo, y _¡arsa!_ á trabajar. ¡Qué lío! Las cédulas personales no se
cobraban ni á tiros. En Consumos había descubiertos horribles. Llamé á
los alcaldes, les apremié, les metí el resuello en el cuerpo. Total, que
saqué una millonada para el Tesoro, millonada que se habría perdido sin
mí... Entonces reflexioné, y dije: «¿Cuál es la consecuencia natural del
inmenso servicio que he prestado á la Nación? Pues la consecuencia
natural, lógica, ineludible de defender al Estado contra el
contribuyente es la ingratitud del Estado. Abramos, pues, el paraguas
para resguardarnos de la ingratitud, que nos ha de traer la miseria».
--No se puede decir más claro que tus manos no están muy limpias.
--No hay tal, no, señor (incorporándose y accionando con mucha energía);
porque mediador entre el contribuyente y el Estado, debo impedir que
ambos se devoren, y no quedarían más que los rabos si yo no los pusiera
en paz. Yo formo parte de la entidad contribuyente, que es la Nación;
yo formo parte del Estado, como funcionario. Con esta doble naturaleza,
yo, mediador, tengo que asegurar mi vida para seguir impidiendo el
choque mortal entre el contribuyente y el Estado...
--Ni te entiendo, ni te entenderá nadie (con gesto de ira y desprecio).
El mismo de siempre. Con esas chuscadas de tu ingenio quieres ocultar
tus trapisondas. ¿Pues sabes lo que te digo? que en mi casa no puedes
estar.
--No se acalore mi querido suegro. Entre paréntesis, no he pretendido
que me tengan aquí por mi linda cara. Pagaré mi pupilaje... Será por
pocos días, porque en cuanto me asciendan...
--¡Ascenderte! ¿qué dices? (como si le hubiera picado un escorpión).
--¡Ay! ¿pues usted qué se creía? ¡Qué inocente! Siempre el mismo D.
Ramón, la virginal doncella. Que le traigan tila. Ya... ¿qué creía
usted? ¿que yo no soy de Dios y no debo ascender? ¿Sabe que llevo dos
años de oficial primero y me corresponde el ascenso á Jefe de Negociado
de tercera, por la ley de Cánovas? Y usted, que tan optimista es en lo
propio y tan pesimista en lo ajeno, creerá que me voy á pasar la vida
escribiendo cartas, espiando la sonrisa de un Director general ó
quitándole motas á Cucúrbitas! No, señor mío, yo no voy al trapo rojo,
sino al bulto.
--Sí, sí, lo que es a descarado no te gana nadie; y digo más... por lo
mismo que no tienes vergüenza (lívido de ira y tragándose su propia
amargura), consigues todo lo que quieres... El mundo es tuyo... Vengan
ascensos, y ole morena.
--En cambio usted (con cruel sarcasmo), siga meciéndose en esos dulces
éeextasis, siga creyendo que las mariposillas le traen la credencial, y
despiértese todos los días diciendo: «hoy, hoy será», y lea _La
Correspondencia_ por las noches con la esperanza de ver su nombre en
ella.
--Te repito de una vez para siempre (deseando tener á mano una botella,
tintero ó palmatoria que tirarle á la cabeza), que yo no espero nada, ni
pienso que me colocarán jamás. En cambio estoy convencido de que tú, tú,
que acabas de defraudar al Tesoro, tendrás el premio de tu gracia,
porque así es el mundo, y así está la cochina Administración... ¡Dios
mío! ¡que viva yo para ver estas cosas! (levantándose y llevándose las
manos á la cabeza).
--Lo que tiene usted que hacer (con cierta fatuidad) es aprender de mí.
--¡Bonito modelo! No quiero oirte, no quiero verte ni en pintura...
Adiós (marchándose y volviendo desde la puerta). Y ten entendido que yo
no espero ni esto; que estoy conforme, que llevo con paciencia mi
desgracia, y que no se me ocurre que me puedan colocar ahora, ni
mañana, ni el siglo que viene... aunque buena falta nos hace. Pero...
--¿Pero qué?... (echándose á reir malignamente). Vamos, ¿á que le coloco
yo á usted si me atufo?
--¡Tú... tú! ¡deberte yo á ti...!
Y fué tal su indignación, que no quiso hablar más, temeroso de hacer un
disparate, y pegando un portazo que estremeció la casa, huyó á su alcoba
y arrojóse en la inquieta superficie de su camastro, como un desesperado
al mar.
Víctor se arrebujó en la manta, tratando de dormir; poro hallábase
excitadísimo, más que por el altercado con su suegro, por la memoria de
sucesos recientes, y no podía conciliar el sueño, no siendo tampoco
extraña á esto fenómeno la dureza del banco en que reposaba. La luz
menguó de tal manera después de media noche, que apenas alumbraba con
incierto resplandor la estancia; y en el cerebro insomne y febril de
Víctor, esta penumbra y el olor á comida fiambre que flotaba en la
atmósfera, se confundían en una sola impresión desagradable. Examinó
punto por punto el comedor, las paredes vestidas de papel, á trozos
desgarrado, á trozos sucio. En algunos sitios, particularmente junto á
las puertas, la crasitud marcaba el roce de las personas; en otros se
veían impresas las manos de Luisito y aun los trazos de su artístico
lápiz. El techo, ahumado en la proyección de la lámpara, tenía dos ó
tres grietas, dibujando una inmensa M y quizás otras letras menos
claras. En la pared, agujeros de clavos, de los cuales colgaron en otros
tiempos láminas. Víctor recordaba haber visto allí un reloj, que nunca
había dicho _esta campana es mía_, y señalaba siempre una hora
inverosímil; también hubo antaño bodegones al cromo con sandías y
melones despanzurrados. Láminas y reloj habían desaparecido, como carga
que se arroja al mar para que el barco no zozobre. El aparador
subsistía; pero ¡qué viejo y qué aburrido estaba, con sus vivos negros
despintados, un cristal roto, caído el copete! Dentro de él se veían
algunas copas boca abajo, vinagreras con frascos desiguales, un limón
muy arrugado, un molinillo de café, latas mugrientas y algunas piezas de
loza. La puerta que conducía al pasillo de la cocina estaba cubierta por
un pesado portier de abacá, mugriento por el borde en que lo sobaban las
manos, y con una claraboya en medio, que bien pudiera servir de torno.
Cansado de mudar posturas, Víctor se incorporó en su lecho, que parecía
un potro, y su desasosiego paró en desvarío mental. Le entraron ganas de
explicarse consigo mismo, de deshacer con recriminaciones el nublado de
su alma, y en voz no muy alta, pero perceptible, se expresó de este
modo: «Esto es mío, estúpidos. Ratas de oficina, idos á roer
expedientes. Yo valgo más que vosotros; en un día sé despabilar yo todo
el trabajo del Negociado, correspondiente á un mes.
Después se echó, asustado de su propio acento. Y al poco rato, los ojos
cerrados, el ceño fruncido, reprodujo en su cerebro, como ciertos
sonámbulos, el caso cuya reminiscencia no podía echar de sí.
«Los consumos... ¡ah! los consumos. Son la más ingeniosa de las
invenciones. ¡Pícaros pueblos! Por no pagar, son ellos capaces de
venderse al diablo... ¡Y cómo les sabe á cuerno quemado la cuenta
corriente que se los lleva! Y que á mí no me joraban. Al que me cerdee,
le abraso vivo. ¡Ah! en la expedición de los apremios está el _quid_. Y
como nunca falta un roto para un descosido, nada más fácil que ponerse
de acuerdo con el interventor para formar la relación de apremios.
¡Feliz el pueblo que se escabulle de la relación, aunque tenga dos
semestres en descubierto!... Señor Alcalde, entendámonos. ¿Ustedes
quieren respirar? Pues yo también necesito oxígeno. Todos somos hijos de
Dios... Y tú, Hacienda, ¿por qué te amontonas? ¿No te salvé yo más de
seis millones que mi antecesor dió por perdidos? Pues entonces, ¿á qué
ese lloriqueo de mujer arratrada? Quien presta tan grandes servicios,
¿no merece premio? ¿No hemos de ponernos á cubierto de la ingratitud del
Estado, agradeciéndonos nosotros mismos nuestros leales servicios? La
recompensa es el principio de la moralidad, es la aplicación de la
justicia, del derecho, del _Jus_ á la Administración. Un Estado ingrato,
indiferente al mérito, es un Estado salvaje... Lo que yo digo:
dondequiera que hay el _haber_ de un servicio, hay el _debe_ de una
comisión. Partida por partida, esto es elemental. Yo doy al Estado con
una mano seis millones que andaban trasconejados, y alargo la otra para
que me suelte mi comisión... ¡Ah! perro Estado, ladrón, indecente; ¿qué
querías tú? ¿mamarte los millones y después dejarme asperges? ¡Ah!
infame, eso habrías hecho si yo me descuido. Pues te juro que por listo
que tú seas, más lo soy yo. Vamos de pillo á pillo. Y tú, contribuyente,
¿por qué me pones hocico? ¿No ves que te defiendo? Pero para que tú
respires es preciso que respire yo también. Si yo me ahogo, vendrá otro
que te sacará el redaño.
»¡Y ese estúpido Jefe, ese animal, ese bandido que en Pontevedra se
merendó la suscripción para los náufragos y en Cáceres dejó en cueros á
las viudas de los mineros muertos; ese que sería capaz de tragarse la
Necrópolis con todos sus difuntos, quiere formarme expediente! Pero la
comprobación es muy difícil, tunante, y si me pinchas, te denunciaré, te
sacaré los trapitos á la calle, con datos, con fechas, con números. Yo
tengo buenos amigos, y manos blancas que me defiendan... Eso es lo que
tú no me perdonas... Te come la envidia. Y por eso te revuelves contra
mí ahora, tomador, que no sirviendo para afanar relojes, te metiste á
empleado».
Y al cabo de un cuarto de hora, cuando parecía que había encontrado el
sueño, soltó de improviso la risa, diciendo: «No me pueden probar nada.
Pero aunque me lo probaran...» Por fin se durmió, y tuvo una pesadilla,
semejante á otras que en los casos de agitación moral turbaban su
descanso. Soñó que iba por una galería muy larga, inacabable, con
paredes de espejos, que hasta lo infinito repetían su gallarda persona.
Iba por aquel inmenso callejón persiguiendo á una mujer, á una dama
elegante, la cual corría agitando con el rápido mover de sus pies la
falda de crujiente seda. Cadalso le veía los tacones de las botas, que
eran... ¡cascarones de huevo! Quién podía ser la dama, lo ignoraba; era
la misma con quien soñara otra noche, y al seguirla, se decía que todo
aquello era sueño, asombrándose de correr tras un fantasma, pero
corriendo siempre. Por fin ponía la mano en olla, la dama se paraba y se
volvía, diciéndole con voz muy ronca: «¿Por qué te empeñas en quitarme
esta cómoda que llevo aquí?» En efecto, la dama llevaba en la mano una
cómoda ¡de tamaño natural!, y la llevaba tan desahogadamente como si
fuera un portamonedas. Entonces Víctor despertaba sintiendo sobre sí un
peso tal que no podía moverse, y un terror supersticioso que no sabía
relacionar ni con la cómoda, ni con la dama, ni con los espejos. Todo
ello era estúpido y sin ningún sentido.
Despierto, tenían más miga los sueños de Cadalso, porque toda la vida se
la llevaba pensando en riquezas que no tenía, en honores y poder que
deseaba, en mujeres hermosas, cuyas seducciones no le eran desconocidas,
en damas elegantes y de alta alcurnia que con ardentísima curiosidad
anhelaba tratar y poseer, y esta aspiración á los supremos goces de la
vida le traía siempre intranquilo, vigilante y en acecho. Devorado por
el ansia de introducirse en las clases superiores de la sociedad, creía
tener ya en las manos un cabo y el primer nudo de la cuerda por donde
otros menos audaces habían logrado subir. ¿Cuál era este nudo? Ved aquí
un secreto que por nada del mundo revelaría Cadalso á sus vulgarísimos y
apocados parientes los de Villaamil.