XIII

Antes de proseguir, evoquemos la doliente imagen de Luisa Villaamil,

muerta aunque no olvidada, en los días de esta humana crónica. Pero

retrocediendo algunos años, la cogeremos viva. Vámonos, pues, al 68, que

marca el mayor trastorno político de España en el siglo presente, y

señaló además graves sucesos en los azarosos anales de la familia

Villaamil.

Contaba Luisa cuatro años más que su hermana Abelarda, y era algo menos

insignificante que ella. Ninguna de las dos se podía llamar bonita; pero

la mayor tenía en su mirada algo de _ángel_, un poco más de gracia, la

boca más fresca, el cuello y hombros más llenos, y por fin, la

aventajaba ligeramente en la voz, acento y manera de expresarse. Las

escasas seducciones de entrambas no las realzaba una selecta educación.

Se habían instruído en tres ó cuatro provincias distintas, cambiando de

colegio á cada triquitraque, y sus conocimientos, aun en lo elemental,

eran imperfectísimos. Luisa llegó á saber un francés macarrónico que

apenas le consentía interpretar, sobando mucho el Diccionario, la primer

página del _Telémaco_, y Abelarda llegó a farfullar dos ó tres polcas,

martirizando las teclas del piano. De cuatro niñas y un varón, frutos

del vientre de doña Pura, sólo se lograron aquellas dos; las demás crías

perecieron á poco de nacer. Á principios de 1868, desempeñaba Villaamil

el cargo de Jefe Económico en una capital de provincia de tercera clase,

ciudad arqueológica, de corto y no muy brillante vecindario, famosa por

su catedral, y por la abundante cosecha de desportillados pucheros é

informes pedruscos romanos que al primer azadonazo salían del terruño.

En aquel _pueblo de pesca_ pasó la familia de Villaamil la temporada

triunfal de su vida, porque allí doña Pura y su hermana daban el tono á

las costumbres elegantes y hacían lucidísimo papel, figurando en primera

línea en el escalafón social. Cayó entonces en la oficina de Villaamil

un empleadillo joven y guapo, de la clase de aspirantes con cinco mil

reales, engendro reciente del caciquismo. Cómo fué á parar allí Víctor

Cadalso, es cosa que no nos importa saber. Era andaluz, había estudiado

parte de la carrera en Granada, se vino á Madrid sin blanca, y aquí,

después de mil alternativas, encontró un padrinazgo de momio, que lo

lanzó de un manotazo á la vida burocrática, como se puede lanzar una

pelota. Á poco de entrar en las oficinas de aquella provincia, hízose

muy de notar, y como tenía atractivos personales, lenguaje vivo y

gracioso, buenas trazas para vestirse y desenvueltos modales, no tardó

en obtener la simpatía y agasajo de la familia del jefe, en cuya sala

(no hay manera de decir _salones_), bastante concurrida los domingos y

fiestas de guardar, fué desde la primera noche astro refulgente. Nadie

le igualaba en el donaire, generalmente equívoco, de la conversación, en

improvisar pasatiempos ingeniosos, en dar sesiones de magnetismo,

prestidigitación ó nigromancia casera. Recitaba versos imitando á los

actores más célebres, bailaba bien, contaba todos los cuentos de

Manolito Gázquez, y sabía, como nadie, entretener á las señoras y

embobar á las niñas. Era el _lión_ de la ciudad, el número uno de los

chicos elegantes, espejo de todos en finura, garbo y ropa. La alta

sociedad se reunía alternativamente en la casa de Villaamil, en la del

Brigadier gobernador militar, cuya esposa era una jamona de muchas

campanillas, en la de cierto personaje, que era el cacique, agente

electoral y déspota de la comarca; pero la casa en que había más

refinamientos sociales era la de Villaamil, y las señoras de Villaamil

las más encumbradas y vanagloriosas. La esposa del cacique tenía hijas

casaderas, la Brigadiera no las tenía de ninguna edad, el Gobernador era

célibe; de modo que las del Jefe Económico, las _cacicas_, la

Gobernadora militar y la Alcaldesa, boticaria por añadidura, componían

todo el mujerío distinguido de la localidad. Eran las dueñas del cotarro

elegante, las que recibían incienso de aquella espiritada juventud

masculina, con _chaquet_ y hongo, las que asombraban al pueblo

presentándose en los Toros (dos veces al año) con mantilla blanca, las

que pedían para los pobres en la catedral el Jueves Santo, las que

visitaban al Obispo, las que daban el tono y recibían constantemente el

homenaje tácito de la imitación. En aquellos tiempos le quedaban aún á

Milagros algunos vestigios de su hermosa voz, mucha afinación y todo el

compás. Todavía, haciéndose muy de rogar, casi casi á la fuerza, se

acercaba al piano, y soltando las rebañaduras de su arte, les largaba

allí un par de cavatinas que hacían furor. Los palmoteos se oían desde

la cercana plaza de la Constitución, y las alabanzas duraban toda la

noche, amenizando el baile y los juegos de prendas.

Ornamento de esta sociedad fué, desde que en ella se introdujo, Víctor

Cadalso, artista social digno de teatro mejor, y no con las facultades

marchitas como las de Milagros, sino en la plenitud de su poder y

lozanía. Por esto sucedió lo que debía suceder, que Luisa se prendó del

aspirante repentina y locamente, desde la primera noche que se vieron,

con ese amor explosivo en que los corazones parece que están llenos de

pólvora cuando los traspasa la inflamada flecha. Esto suele ocurrir en

las clases populares y en las sociedades primitivas, y pasa también

alguna vez en el seno del vulgo infatuado y sin malicia, cuando cae en

él, como rayo enviado del cielo, un ser revestido de apariencias de

superioridad. La pasión súbita de Luisa Villaamil fué tan semejante á la

de Julieta, que al día siguiente de hablarle por primera vez, no habría

vacilado en huir con Víctor de la casa paterna, si él se lo hubiera

propuesto. Siguieron al flechazo unos amoríos furibundos. Luisa perdió

el sueño y el apetito. Había carteo dos ó tres veces al día y telégrafos

á todas horas. Por la noche espiaban la coyuntura de verse á solas,

aunque fuese breves momentos. La enamorada chica contaba sus tristezas y

sus alegrones á la luna, á las estrellas, al gato, al jilguero, á Dios y

á la Virgen. Hallábase dispuesta, si la ley de su amor se lo exigía, á

cualquier género de heroicidad, al martirio. Doña Pura no tardó en

contrariar aquellos amores, porque soñaba con el ayudante del Brigadier

para yerno; y Villaamil, que empezó á columbrar en el carácter de Víctor

algo que no le agradaba, hubo de gestionar con el cacique para que le

trasladasen á otra provincia. Los amantes, guiados por la perspicacia

defensiva que el amor, como todo gran sentimiento, lleva en sí,

olfatearon el peligro, y ante el enemigo se juraron fidelidad eterna,

resolviendo ser dos en uno, y antes morir que separarse, con todo lo

demás que en estos apretados lances se acostumbra. El delirio les

extraviaba, y la oposición les precipitó á estrechar de tal modo sus

lazos, que nadie fuera poderoso á desatarlos. En resolución, que el amor

se salió con la suya, como suele. Trinaron los señores de Villaamil;

pero, pensándolo bien, ¿qué remedio quedaba más que arreglar aquel

desavío como se pudiese?

Luisa era toda sensibilidad, afecto y mimo; un ser desequilibrado,

incapaz de apreciar con sentido real las cosas de la vida. Vibraban en

ella el dolor y la alegría con morbosa intensidad. Tenía á Víctor por el

más cabal de los hombres, se extasiaba en su guapeza y era completamente

ciega para ver las jorobas de su carácter. Los seres y las acciones eran

como hechuras de su propia imaginación, y de aquí su fama de escaso

mundo y discernimiento. Fue padrino del bodorrio el cacique, y su regalo

sacarle á Víctor una credencial de ocho mil, lo que agradecieron mucho

D. Ramón y su mujer, pues una vez incorporado Cadalso á la familia, no

había más remedio que empujarle y hacer de él un hombre. Á poco estalló

la Revolución, y Villaamil, por deber aquel destino á un íntimo de

González Brabo, quedó cesante. Víctor tuvo aldabas y atrapó un ascenso

en Madrid. Toda la familia se vino por acá, y entonces empezaron de

nuevo las escaseces, porque Pura había tenido siempre el arte de no

ahorrar un céntimo, y una gracia especial para que la paga de primero de

mes hallase la bolsa más limpia que una patena.

Volviendo á Luisa, sépase que, comido el pan de la boda, seguía

embelesada con su marido, y que éste no era un modelo. La infeliz niña

vivía en ascuas, agrandando cavilosamente los motivos de su pena; le

vigilaba sin descanso, temerosa de que él partiese en dos su cariño ó se

lo llevase todo entero fuera de casa. Entonces empezaron las

desavenencias entre suegros y yerno, enconadas por enojosas cuestiones

de interés. Luisa pasaba las horas devorada por ansias y sobresaltos sin

fin, espiando á su marido, siguiéndole y contándole los pasos de noche.

Y el truhán, con aquella labia que Dios le dió, sabía desarmarla con una

palabrita de miel. Bastaba una sonrisa suya para que la esposa se

creyese feliz, y un monosílabo adusto para que se tuviera por

inconsolable. En Marzo del 69 vino al mundo Luisito, quedando la madre

tan desmejorada y endeble, que desde entonces pudieron, los que

constantemente la veían, augurar su cercano fin. El niño nació

raquítico, expresión viva de las ansias y aniquilamiento de su madre.

Pusiéronle ama, sin ninguna esperanza de que viviera, y estuvo todo el

primer año si se va ó no se va. Y por cierto que trajo suerte á la

familia, pues á los seis días de nacido, dieron al abuelo un destino con

ascenso, en Madrid, y de este modo pudo doña Pura bandearse en aquel

golfo de trampas, imprevisión y despilfarro. Víctor se enmendó algo.

Cuando ya su mujer no tenía remedio, mostróse con ella cariñoso y

solícito. Padecía la infeliz accesos de angustiosa tristeza ó de alegría

febril, cuyo término era siempre un ataque de hemoptisis. En el último

período de su enfermedad, el cariño á su marido se le recrudeció en

términos que parecía haber perdido la razón, y cuando él no estaba

presente, llamábale á gritos. Por una de esas perversiones del

sentimiento que no se explican sin un desorden cerebral, su hijo llegó á

serle indiferente; trataba á sus padres y á su hermana con esquiva

sequedad. Toda la atención de su alma era para el ingrato, para él todos

sus acentos de amor, y sus ojos habían eliminado cuantas hermosuras

existen en el mundo moral y físico, quedándose tan sólo con las que su

exaltada pasión fantaseaba en él.

Villaamil, que conocía la incorrecta vida de su yerno fuera de casa,

empezó á tomarle aborrecimiento; Pura, más conciliadora, dejábase

engatusar por las traidoras palabras de Cadalso, y á condición de que

éste tratara con piedad y buenos modos á la pobre enferma, se daba por

satisfecha y perdonaba lo demás. Por fin, la demencia, que no otro

nombre merece, de la infortunada Luisa tuvo fatal término en una noche

de San Juan. Murió llorando de gratitud porque su marido la besaba

ardientemente y le decía palabras amorosas. Aquella mañana había sufrido

un ataque de perturbación mental más fuerte que los anteriores, y se

arrojó del lecho pidiendo un cuchillo para matar á Luis. Juraba que no

era hijo suyo, y que Víctor le había traído á la casa en una cesta,

debajo de la capa. Fué aquel día de acerbo dolor para toda la familia,

singularmente para el buen Villaamil que, sin ruidoso duelo exterior,

mudo y con los ojos casi secos, se desquició y desplomó interiormente,

quedándose como ruina lamentable, sin esperanza, sin ilusión ninguna de

la vida; y desde entonces se le secó el cuerpo hasta momificarse, y fué

tomando su cara aquel aspecto de ferocidad famélica que le asemejaba á

un tigre anciano é inútil.

La necesidad de un sueldo que permitiese economías, le lanzó á colocarse

en Ultramar. Fué con un regular destino, de los que proporcionan buenas

obvenciones, y regresó á los dos años con algunos ahorros, que se

deshicieron pronto como granos de sal en la mar sin fondo de la

administración de doña Pura. Emprendió segundo viaje con mejor empleo;

pero tuvo no sé qué cuestiones con el Intendente, y volvió para acá en

los aciagos días de los cantonales. El Gobierno presidido por Serrano

después del 3 de Enero del 74 le mandó á Filipinas, donde se las

prometía muy felices; pero una cruel disentería le obligó á embarcarse

para España sin ahorros, y con el propósito firme de desempeñar la

portería de un Ministerio antes que pasar otra vez el charco. No le fué

difícil volver á Hacienda, y vivió tres años tranquilo, con poco sueldo,

siendo respetado por la Restauración, hasta que en hora fatídica le

atizaron un _cese_ como una casa. Y el tremendo anatema cayó sobre él

cuando sólo le faltaban dos meses para jubilarse con los cuatro quintos

del sueldo regulador, que era el de Jefe de Administración de tercera.

Acudió al Ministro, llamó á distintas puertas; todas las intercesiones

fueron solicitadas sin éxito. Poco á poco sucedió á la molesta escasez

la indigencia descarnada y aterradora; los recursos se concluían, y se

agotaron también los medios extraordinarios y arbitristas de sostener á

la familia.

Llegó por último la etapa dolorosísima para un hombre delicado como

Villaamil, de tener que llamar á la puerta de la amistad implorando

socorro ó anticipo. Había él prestado en mejor tiempo servicios de tal

naturaleza á algunos que se los agradecieron y á otros que no. ¿Por qué

no había de apelar al mismo sistema? Sobre todo, no podía discutirse si

estas postulaciones eran ó no decorosas. El que se quema no se pone á

considerar si es conveniente ó no sacudir los dedos. El decoro era ya

nombre vano, como la inscripción impresa en la etiqueta de una botella

vacía. Poco á poco se gasta la vergüenza, como se gasta el diente de una

lima, y las mejillas pierden la costumbre de colorearse. El desgraciado

cesante llegó á adquirir maestría terrible en el arte de escribir cartas

invocando á la amistad. Las redactaba con amplificaciones patéticas, y

en un estilo que parecía oficial, algo parecido á los preámbulos de las

leyes en que se anuncia al país aumento de contribución, verbigracia:

«Es muy sensible para el Gobierno tener que pedir nuevos sacrificios al

contribuyente...» Tal era el patrón, aunque el texto fuera otro.

Miau · 第 17 / 49 题