¡Cosa rara! nada le pasó á Cadalsito aquella noche, ni sintió ni vió
cosa alguna, pues á poco acostarse hubo de caer en sueño profundísimo.
Al día siguiente costó trabajo levantarle. Sentíase quebrantado, y como
si hubiese andado largo trecho por sitio desconocido y lejano, que no
podía recordar. Fue á la escuela, y no se supo la lección. Encontrábase
tan torpe aquel día, que el maestro le hizo burla y ajó su dignidad ante
los demás chicos. Pocas veces se había visto en la escuela carrera en
pelo como la que aguantó Cadalsito al ser confinado al último puesto de
la clase en señal de ignorancia y desaplicación. Á las once, cuando se
pusieron á escribir, Cadalso tenía junto á sí al famoso _Posturitas_,
chiquillo travieso y graciosísimo, flexible como una lombriz, y tan
inquieto, que donde él estuviese no podía haber paz. Llamábase Paquito
Ramos y Guillén, y sus padres eran los dueños de la casa de préstamos de
la calle del Acuerdo. Aquel Guillén, cojo y empleado, que hemos visto en
casa de Villaamil celebrando con copiosas libaciones de moscatel la
próxima colocación de su amigo, era tío materno de _Posturitas_, el cual
debía este apodo á la viveza ratonil de sus movimientos, á la gracia con
que remedaba las actitudes y gestos de los _clowns_ y dislocados del
Circo. Todo se le volvía hacer garatusas, sacar la lengua, volver del
revés los párpados; y como pudiera, metía el dedo en el tintero para
pintarse rayas negras en la cara.
Aquella mañana, cuando el maestro no le veía, _Posturitas_ abría la
carpeta, y él y su amigo Cadalso hundían la pelona en ella para ver las
cosas diversas que encerraba. Lo más notable era una colección de
sortijas, en las cuales brillaban el oro y los rubíes. No se vaya á
creer que eran de metal, sino de papel, anillos de esos con que los
fabricantes adornan los puros medianos para hacerlos pasar por buenos.
Aquel tesoro había venido á manos de Paquito Ramos mediante un
cambalache. Perteneció la colección á otro chico llamado Polidura, cuyo
padre, mozo de café ó restaurant, solía recoger los aros de cigarro que
los fumadores dejaban caer al suelo, y obsequiar con ellos á su hijo á
falta de mejores juguetes. Había llegado á reunir Polidura más de
cincuenta sortijas de diversos calibres. En unas decía _Flor fina_, en
otras _Selectos de Julián Álvarez_. Cansado al fin de la colección, se
la cambió á _Posturas_ por un trompo en buen uso, mediante contrato
solemne ante testigos. Cadalso regaló al nuevo propietario el anillo de
la tagarnina dada por el señor de Pez á Villaamil, y que éste se fumó
majestuosamente después de la comida.
La travesura de _Posturitas_, fielmente reproducida por el bueno de
Cadalso, consistía en llenarse ambos los dedos de aquellas sorprendentes
joyas, y cuando el maestro no les veía, alzar la mano y mostrarla á los
otros granujas con dos ó tres anillos en cada dedo. Si el maestro venía,
se los quitaban á toda prisa, y a escribir como si tal cosa. Pero en una
vuelta brusca, sorprendió el dómine á Cadalsito con la mano en alto,
distrayendo á toda la clase. Verle, y ponerse hecho un león, fué todo
uno. Pronto se descubrió que el principal delincuente era el maligno
_Posturitas_, que tenía en su carpeta un depósito de aros de papel; y en
un santiamén el maestro, después que arrancó de los dedos las pedrerías
de que estaban cuajados, agarró todo el depósito y lo deshizo,
terminando con una mano de coscorrones aplicados á una y otra cabeza.
Ramos rompió á llorar, diciendo: «Yo no he sido... _Miau_ tiene la
culpa». Y _Miau_, no menos lastimado de esta calumnia que del mote,
clamó con severa dignidad: «Él es el que los tenía. Yo no traje más que
uno...» «Mentira...» «El mentiroso es él».
--_Miau_ es un hipócrita--dijo el maestro, y Cadalso no supo contener su
aflicción oyendo en boca de D. Celedonio el injurioso apodo. Soltó el
llanto sin consuelo, y toda la clase coreaba sus gemidos, repitiendo
_Miau_, hasta que el maestro ¡pim, pam! repartió una zurribanda
general, recorriendo espaldas y mofletes, como el fiero cómitre entre
las filas de galeotes, vapulando á todos sin misericordia.
--Se lo voy á decir á mi abuelo--exclamó Cadalso con un arranque de
dignidad,--y no vengo más á esta escuela.
--Silencio... silencio todos--gritó el verdugo, amenazándoles con una
regla, que tenía los ángulos como filos de cuchillo.--Sin vergüenzas, á
escribir; y al que me chiste le abro la cabeza.
Al salir, Cadalso seguía indignado contra su amigo _Posturitas_. Éste,
que era procaz, de una frescura y audacia sin límites, dió un empujón á
Luis, diciéndole: «Tú tienes la culpa, tonto... panoli... cara de gato.
Si te cojo por mi cuenta...»
Cadalso se revolvió iracundo, acometido de nerviosa rabia, que le puso
pálido y con los ojos relumbrones. «¿Sabes lo que te digo? Que no tiés
que ponerme motes, ¡contro!, mal criado... ordinario... cualisquiera».
--_¡Miau!_--mayó el otro con desprecio, sacando media cuarta de lengua y
crispando los dedos.--Ole... _Miau..._ morrongo... fu, fu, fu...
Por primera vez en su vida percibió Luis que las circunstancias le
hacían valiente. Ciego de ira se lanzó sobre su contrario, y lo mismo se
lanzaría si éste fuese un hombre. Chillido de salvaje alegría infantil
resonó en toda la banda, y viendo el desusado embestir de Cadalso,
muchos le gritaron: «Éntrale, éntrale...» _Miau_ peleándose con
_Posturas_ era espectáculo nuevo, de trágicas y nunca sentidas
emociones, algo como ver la liebre revolviéndose contra el hurón, ó la
perdiz emprendiéndola á picotazos con el perro. Y fué muy hermosa la
actitud insolente de _Posturitas_, al recibir el primer achuchón,
espatarrándose para aplomarse mejor, soltando libros y pizarra para
tener los brazos libres... Al mismo tiempo rezongaba con orgullo insano:
«Verás, verás... ¡recontro!... me caso con la biblia...»
Trabóse una de esas luchas homéricas, primitivas y cuerpo á cuerpo, más
interesantes por la ausencia de toda arma, y que consisten en encepar
brazos con brazos y empujar, empujar, sacudiendo topetadas con la
cabeza, á lo carneril, esforzándose cada cual en derribar á su
contrario. Si pujante estaba _Posturas_, no lo parecía menos Cadalso.
Murillito, Polidura y los demás, miraban y aplaudían, danzando en torno
con feroz entusiasmo de pueblo pagano, sediento de sangre. Pero acertó á
salir de la casa en aquel punto y ocasión la hija del maestro, señorita
algo hombruna, y les separó de un par de manotadas, diciendo: «Sin
vergüenzas, á casa, ó llamo á la pareja para que os lleve á la
prevención». Ambos tenían la cara como lumbre, respiraban como fuelles,
y echaban por aquellas bocas injurias tabernarias, sobre todo Paco
Ramos, que era consumado hablista en el idioma de los carreteros.
--Vamos, _hombres_--decía Murillito, el hijo del sacristán de Monserrat,
en la actitud más conciliadora;--no es para tanto... vaya... Quítate
tú... Miá que te... verás. Sacabaron las quistiones.
Mostrábase el mediador decidido á arrearle un buen lapo á cualquiera de
los dos que intentase reanudar la contienda. Un policía que por allí
andaba les dispersó, y se alejaron chillando y saltando, algunos
haciéndose lenguas del arranque de Cadalsito. Éste tomó silencioso el
camino de su casa. Su ira se calmaba lentamente, aunque por nada del
mundo le perdonaba á _Posturas_ el apodo, y sentía en su alma los
primeros rebullicios de la vanidad heroica, la conciencia de su
capacidad para la vida, ó sea de su aptitud para ofender al prójimo, ya
probada en la tienta de aquel día.
Aquella tarde no había escuela, por ser jueves. Luisito se fué á su
casa, y durante el almuerzo, ninguna persona de la familia reparó en lo
sofocado que estaba. Bajó luego á pasar un ratito en compañía de sus
amigos los memorialistas, que sin duda le tenían guardada alguna
friolera. «Parece que arriba andamos muy divertidos--le dijo Paca.--Oye,
¿han colocado ya á tu abuelo? Porque debe de ser ya lo menos ministro ó
tan siquiera embajador. ¡Vaya con la cesta de compra que trajeron ayer!
Y botellas de moscatel como quien no dice nada. ¡Anda, anda, qué rumbo!
Estamos como queremos. Así no hay quien haga bajar á _Canelo_ de tu
casa...»
Luis dijo que todavía no habían colocado á su abuelo; pero que era cosa
_de entre hoy y mañana_. El día estaba hermosísimo, y Paca propuso á su
amiguito ir á tomar el sol en la explanada del Conde-Duque, á dos pasos
de la calle de Quiñones. Púsose la enorme memorialista su mantón,
mientras Luisito subía á pedir permiso, y echaron á andar. Eran las
tres, y el vasto terraplén comprendido entre el paseo de Areneros y el
cuartel de Guardias estaba inundado de sol, y muy concurrido de vecinos
que iban allí á desentumecerse. Gran parte de este terreno se veía
entonces, y se ve hoy, ocupado por sillares, baldosas, adoquines, restos
ó preparativos de obras municipales, y entre la cantería, las vecinas
suelen poner colgaderos para secar ropa lavada. La parte libre de
obstáculos la emplea la tropa para los ejercicios de instrucción, y
aquella tarde vió Cadalsito á los reclutas de Caballería aprendiendo á
marchar, dirigidos por un oficial que, sable al puño y dando gritos, les
enseñaba á medir el paso. Entretúvose el pequeñuelo en contemplar las
evoluciones, y oía la cadencia con que los soldados pisaban
unísonamente, diciendo: _una, dos, tres, cuatro_. Era un mugido que se
confundía con la vibración del suelo al ser golpeado á compás, cual
inmenso tambor batido por un gigante. Entre la sociedad que allí se
congregaba á gozar del sol, discurrían vendedores de cacahuet y
avellanas, pregonándolos con un grito dejoso. Paca le compró á Cadalso
algunas de estas golosinas, y se sentó en una piedra á chismorrear con
varias comadres amigas suyas. El chiquillo corrió detrás de la tropa,
evolucionando con ella; fué y vino durante una hora en aquella militar
diversión, marcando también el _uno, dos, tres, cuatro_, hasta que,
sintiendo fatiga, se sentó en un rimero de baldosas. Entonces se le fué
un poco la cabeza; vió que la mole pesada del cuartel se corría de
derecha á izquierda, y que en la misma dirección iba el palacio de
Liria, sepultado entre el ramaje de su jardín, cuyos árboles parecen
estirarse para respirar mejor fuera de la tumba inmensa en que están
plantados. Empezóle á Cadalsito la consabida desazón; se le iba el
conocimiento de las cosas presentes, se mareaba, se desvanecía, le
entraba el misterioso sobresalto, que era en realidad pavor de lo
desconocido; y apoyando la frente en una enorme piedra que próxima
tenía, se durmió como un ángel. Desde el primer instante, la visión de
las Alarconas se le presentó clara, palpable, como un ser vivo, sentado
frente á él, sin que pudiese decir dónde. El fantástico cuadro no tenía
fondo ni lontananza. Lo constituía la excelsa figura sola. Era el mismo
personaje de luenga y blanca barba, vestido de indefinibles ropas, la
mano izquierda escondida entre los pliegues del manto, la derecha fuera,
mano de persona que se dispone á hablar. Pero lo más sorprendente fué
que antes de pronunciar la primer palabra, el Señor alargó hacia él la
diestra, y entonces se fijó en ella Cadalsito y vió que tenía los dedos
cuajados de aquellas mismas sortijas que formaban la rica colección de
_Posturas_. Sólo que en los dedos soberanos, que habían fabricado el
mundo en siete días, los anillos relumbraban cual si fueran de oro y
piedras preciosas. Cadalsito estaba absorto, y el Padre le dijo: «Mira,
Luis, lo que os quitó el maestro. Ve aquí los bonitos anillos. Los
recogí del suelo, y los compuse al instante sin ningún trabajo. El
maestro es un bruto, y ya le enseñaré yo á no daros coscorrones tan
fuertes. Y por lo que hace á _Posturitas_, te diré que es un pillo,
aunque sin mala intención. Está mal educado. Los niños decentes no ponen
motes. Tuviste razón en enfadarte, y te portaste bien. Veo que eres un
valiente y que sabes volver por tu honor».
Luis quedó muy satisfecho de oirse llamar valiente por persona de tanta
autoridad. El respeto que sentía no le permitió dar las gracias; pero
algo iba á decir, cuando el Señor, moviendo con insinuación de castigo
la mano aquella cuajada de sortijas, le dijo severamente: «Pero, hijo
mío, si por ese lado estoy contento de ti, por otro me veo en el caso de
reprenderte. Hoy no te has sabido la lección. Ni por casualidad
acertaste una sola vez. Bien claro se vió que no habías abierto un libro
en todo el santo día... (Luisín, acongojadísimo, mueve los labios
queriendo disculparse.) Ya, ya sé lo que me vas á decir. Estuviste hasta
muy tarde repartiendo cartas; volviste á casa de noche. Pero luego
pudiste leer algo; no me vengas con enredos. Y esta mañana, ¿por qué no
echaste un vistazo á la lección de Geografía? ¡Cuidado con los desatinos
que has dicho hoy! ¿De dónde sacas tú que Francia está limitada al Norte
por el Danubio y que el Po pasa por Pau? ¡Vaya unas barbaridades! ¿Te
parece á ti que he hecho yo el mundo para que tú y otros mocosos como tú
me lo estéis deshaciendo á cada paso?»
Enmudeció la augusta persona, quedándose con los ojos fijos en Cadalso,
al cual un color se le iba y otro se le venía, y estaba silencioso,
agobiado, sin poder mirar ni dejar de mirar á su interlocutor.
«Es preciso que te hagas cargo de las cosas--añadió por fin el Padre,
accionando con la mano cuajada de sortijas.--¿Cómo quieres que yo
coloque á tu abuelo si tú no estudias? Ya ves cuán abatido está el pobre
señor, esperando como pan bendito su credencial. Se le puede ahogar con
un cabello. Pues tú tienes la culpa, porque si estudiaras...»
Al oir esto, la congoja de Cadalsito fué tan grande, que creyó le
apretaban la garganta con una soga y le estaban dando garrote. Quiso
exhalar un suspiro y no pudo.
«Tú no eres tonto y comprenderás esto--agregó Dios.--Ponte tú en mi
lugar; ponte tú en mi lugar, y verás que tengo razón».
Luis meditó sobre aquéllo. Su razón hubo de admitir el argumento
creyéndolo de una lógica irrebatible. Era claro como el agua: mientras
él no estudiase, ¡contro! ¿cómo habían de colocar á su abuelo? Parecióle
esto la verdad misma, y las lágrimas se le saltaron. Intentó hablar,
quizás prometer solemnemente que estudiaría, que trabajaría como una
fiera, cuando se sintió cogido por el pescuezo.
--Hijo mío--le dijo Paca sacudiéndole,--no te duermas aquí, que te vas á
enfriar.
Luis la miró aturdido, y en su retina se confundieron un momento las
líneas de la visión con las del mundo real. Pronto se aclararon las
imágenes, aunque no las ideas; vió el cuartel del Conde-Duque, y oyó el
_uno, dos, tres, cuatro_, como si saliese de debajo de tierra. La
visión, no obstante, permanecía estampada en su alma de una manera
indeleble. No podía dudar de ella, recordando la mano ensortijada, la
voz inefable del Padre y Autor de todas las cosas. Paca le hizo
levantar y le llevó consigo. Después, quitándole del bolsillo los
cacahuets que antes le diera, díjole: «No comas mucho de esto, que se te
ensucia el estómago. Yo te los guardaré. Vámonos ya, que principia á
caer relente...» Pero él tenía ganas de seguir durmiendo; su cerebro
estaba embotado, como si acabase de pasar por un acceso de embriaguez;
le temblaban las piernas, y sentía frío intensísimo en la espalda.
Andando hacia su casa, le entraron dudas respecto á la autenticidad y
naturaleza divina de la aparición. «¿Será Dios ó no será
Dios?--pensaba.--Parece que es, porque lo sabe todito... Parece que no
es, porque no tiene ángeles».
De vuelta del paseo, hizo compañía á sus buenos amigos. Mendizábal,
concluída su tarea, y después de recoger los papeles y de limpiar las
diligentes plumas, se dispuso á alumbrar la escalera. Paca limpió los
cristales del farol, encendiendo dentro de él la lamparilla de petróleo.
El _secretario del público_ lo cogió entonces, y con ademán tan solemne
como si alumbrara al Viático, fué á colgarlo en su sitio, entre el
primero y segundo piso. En esto subía Villaamil, y se detuvo, como de
costumbre, para echar un párrafo con el memorialista.
--Sea enhorabuena, D. Ramón--le dijo éste.
--Calle usted, hombre...--replicó Villaamil, afectando el humor que
suele acompañar á un terrible dolor de muelas.--Si todavía no hay nada,
ni lo habrá...
--¡Ah! pues yo creí.. Es que son muy perros, D. Ramón. ¡Vaya unos
birrias de Ministros! Lo que yo le digo á usted: mientras no venga la
escoba grande...
--¡Oh! amigo mío--exclamó Villaamil con cierto aire de templanza
gubernamental,--ya sabe usted que no me gustan exageraciones. Sus ideas
son distintas de las mías... ¿Qué es lo que usted quiere? ¿Más religión?
Pues venga religión, venga; pero no osbcurantismo... Desengañémonos.
Aquí lo que hace falta es administración, moralidad...
--Ahí duele, ahí duele (con expresión de triunfo). Precisamente lo que
no habrá mientras no haya fe. Lo primero es la fe, ¿sí ó no?
--Corriente; pero... No, amigo Mendizábal; no exageremos.
--Y las sociedades que la pierden (en tono triunfal), corren derechitas,
como quien dice, al abismo...
--Todo eso está muy bien; pero... Haya moralidad, moralidad; que el que
la hace la pague, y allá los curas se entiendan con las conciencias. No
me cambalache los poderes, amigo Mendizábal.
--No, si yo no cambalacho nada... En fin, usted lo verá (bajando un
escalón mientras Villaamil subía otro). Ínterin domine el libre
pensamiento, espere usted sentado. Como que no hay justicia ni nadie se
acuerda del mérito. Buenas noches.
Desapareció por la escalera abajo aquel hombre feísimo, de semblante
extraño, por tener los ojos tan poco separados que parecían juntarse y
ser uno solo cuando fijamente miraban. La nariz le salía de la frente, y
después bajaba chafada y recta, esparranclando sus dos ventanillas en el
nacimiento del labio superior, dilatado, tirante y tan extenso en todas
direcciones que ocupaba casi la mitad del rostro. La boca era larga,
terminada en dos arrugas que dividían la barba en tres compartimientos
flácidos, de pelambre ralo y gris; la frente estrecha, las manos enormes
y velludas, el cogote recio, el cuerpo corto, inclinado hacia adelante,
como resabio de una raza que hasta hace poco ha andado á cuatro pies. Al
descender la escalera, parecía que la bajaba con las manos, agarrándose
al barandal. Con esta filiación de _gorilla_, Mendizábal era un buen
hombre, sin más tacha que su furiosa inquina contra el libre
pensamiento. Había sido traficante en piedras de chispa durante la
primera guerra civil, espía faccioso y cocinero del padre Cirilo.
«¡Ah!--mil veces lo decía él,--¡si yo escribiera mi historia!» Último
detalle biográfico: le compuso una rueda á la célebre tartana de San
Carlos de la Rápita.
X
Poco después de anochecido, al subir á su casa, Cadalsito sintió pasos
detrás de sí; pero no volvió la cara. Mas cuando faltaban pocos
escalones para llegar al piso segando, manos desconocidas le cogieron la
cabeza y se la apretaron, no dejándole mirar hacia atrás. Tuvo miedo,
creyéndose en poder de algún ladrón barbudo y feo, que iba á robar la
casa y empezaba por asegurarle á él. Pero antes que tuviera tiempo de
chillar, el intruso le levantó en peso y le besó. Luis pudo verle
entonces la cara, y al reconocerle, su intranquilidad no disminuyó.
Había visto aquella cara por última vez algún tiempo antes, sin poder
apreciar cuándo, en una noche de escándalo y reyerta, en la cual todos
chillaban en su casa, Abelarda caía con una pataleta, y la abuelita
gritaba pidiendo el auxilio de los vecinos. La dramática escena
doméstica había dejado indeleble impresión en Luis, que ignoraba por qué
se habían puesto sus tías y abuela tan furiosas.
En aquel tiempo estaba el abuelito en Cuba, y no vivía la familia en la
calle de Quiñones. Recordó también que las iras de las _Miaus_ recaían
sobre una persona que entonces desapareció de la casa, para no volver á
ella hasta la ocasión que ahora se refiere. Aquel hombre era su padre.
No se atrevió Luis á pronunciar el cariñoso nombre; de mal humor dijo:
«Suéltame». Y el sujeto aquél llamó.
Cuando doña Pura, al abrir la puerta, vió al que llamaba, acompañado de
su hijo, quedóse un instante como quien no da crédito á sus ojos. La
sorpresa y el terror se pintaban en su semblante... después
contrariedad. Por fin murmuró: «¿Víctor... tú?»
Entró saludando á su suegra con cierta emoción, de una manera cortés y
expresiva. Villaamil, que tenía el oído muy fino, se estremeció al
reconocer desde su despacho la voz aquélla. «¡Víctor aquí... Víctor otra
vez en casa! Este hombre nos trae alguna calamidad». Y cuando su yerno
entraba á saludarle, el rostro tigresco de D. Ramón se volvió espantoso,
y le temblaba la mandíbula carnicera, indicando como un prurito de
ejercitarla contra la primera res que se le pusiera delante. «¿Pero cómo
estás aquí? ¿Has venido con licencia?», fué lo único que dijo.
Víctor Cadalso sentóse frente á su suegro. El quinqué les separaba, y su
luz, iluminando los dos rostros, hacía resaltar el vivo contraste entre
una y otra persona. Era Víctor acabado tipo de hermosura varonil, un
ejemplar de los que parecen destinados á conservar y transmitir la
elegancia de formas en la raza humana, desfigurada por los cruzamientos,
y que por los cruzamientos, reflujo incesante, viene de vez en cuando á
reproducir el gallardo modelo, como para mirarse y recrearse en el
espejo de sí misma, y convencerse de la permanencia de los arquetipos de
hermosura, á pesar de las infinitas derivaciones de la fealdad. El
claro-obscuro producido por la luz de la lámpara modelaba las facciones
del guapo mozo. Tenía nariz de contorno puro, ojos negros, de ancha
pupila, cuya expresión variaba desde el matiz más tierno hasta el más
grave, á voluntad. La frente pálida tenía el corte y el bruñido que en
escultura sirve para expresar nobleza.--Esta nobleza es el resultado del
equilibrio de piezas cranianas y de la perfecta armonía de líneas.--El
cuello robusto, el pelo algo desordenado y de azabache, la barba obscura
también y corta, completaban la hermosa lámina de aquel busto, más
italiano que español. La talla era mediana, el cuerpo tan bien
proporcionado y airoso como la cabeza; la edad debía de andar entre los
treinta y tres ó los treinta y cinco. No supo responder terminantemente
á la pregunta de su suegro, y después de titubear un instante, se aplomó
y dijo:
--Con licencia no... es decir... he tenido un disgusto con el jefe. Salí
sin dar cuenta á nadie. Ya conoce usted mi carácter. No me gusta que
nadie juegue conmigo... Ya le contaré. Ahora vamos á otra cosa. Llegué
esta mañana en el tren de las ocho, y me metí en una casa de huéspedes
de la calle del Fúcar. Allí pensaba quedarme. Pero estoy tan mal, que si
ustedes (doña Pura se hallaba todavía presente) no se incomodan, me
vendré aquí por unos días, nada más que por unos días.
Doña Pura se echó á temblar, y corrió á transmitir la fatal nueva á su
hermana y á su hija. «¡Se nos mete aquí! ¡Qué horror de hombre! Nos ha
caído que hacer».
--Aquí estamos muy estrechos--objetó Villaamil con cara cada vez más
fiera y tenebrosa.--¿Por qué no te vas á casa de tu hermana Quintina?
--Ya sabe usted--replicó--que mi cuñado Ildefonso y yo estamos así... un
poco de punta. Con ustedes me arreglo mejor. Yo les prometo ser pacífico
y razonable, y olvidar ciertas cosillas.
--Pero, en resumidas cuentas, ¿sigues ó no en tu destino de Valencia?
--Le diré á usted... (mascando las primeras palabras, pero discurriendo
al fin una respuesta que disimulase su perplejidad). Aquel Jefe
Económico es un trapisonda... Se empeñó en echarme de allí, y ha
intentado formarme expediente. No conseguirá nada; tengo yo más conchas
que él.
Villaamil dió un suspiro, tratando de descifrar por la fisonomía de su
yerno el misterio de su intempestiva llegada. Pero sabía por
experiencia que la cara de Víctor era impenetrable y que, histrión
consumado, expresaba con ella lo que mas convenía a sus fines.
--¿Y qué te parece tu hijo?--le preguntó al ver entrar á Pura con
Luisín.--Está crecido, y le vamos defendiendo la salud, Delicadillo
siempre, por lo cual no queremos apretarle para que estudie.
--Tiempo tiene--dijo Cadalso, abrazando y besando al niño.--Cada día se
parece más á su madre, á mi pobre Luisa. ¿Verdad?
Al anciano se le humedecieron los ojos. Aquella hija malograda en la
flor de la edad, fué todo su amor. El día de su temprana muerte,
Villaamil envejeció de un golpe diez años. Siempre que alguien la
nombraba en la casa, el pobre hombre sentía renovada su aflicción
inmensa, y si quien la nombraba era Víctor, al pesar se mezclaba la
repugnancia que inspira el asesino condoliéndose de su víctima después
de inmolada. Á doña Pura también se le abatieron los espíritus al ver y
oir al que fué esposo de su querida hija. Luis se entristeció, más bien
por rutina, pues había notado que cuando alguien pronunciaba en la casa
el nombre de su mamá, todos suspiraban y se ponían muy serios.
Víctor, llevando á su hijo, pasó á saludar á Milagros y á Abelarda.
Aquélla le aborrecía de todo corazón, y respondió á su saludo con
desdeñosa frialdad. La cuñadita se metió en su cuarto al sentirle;
luego salió, y su color, siempre malo, era como el color de una muerta.
Le temblaba la voz; quiso afectar el mismo desdén de su tía hacia
Víctor; éste la apretaba la mano. «¿Ya estás aquí otra vez, perdido?»,
balbuceó ella, y sin sabor qué hacer se volvió á meter en el aposento.
Entretanto Villaamil, aprensivo y sobresaltado, se desperezaba en su
asiento como si quisiera crucificarse, y decía á su mujer:
--Este hombre traerá hoy la desgracia á nuestra casa como la ha traído
siempre. Y si no, tú lo has de ver. Cuando le sentí la voz, creí que el
infierno se nos metía por las puertas. Maldita sea la hora (exaltándose
y dejando caer con ruidosa pesadumbre las palmas de las manos sobre la
mesa) en que este hombre entró en mi casa por vez primera; maldita la
hora en que nuestra querida hija se prendó de él, y maldito el día en
que les casamos... porque ya no tenía remedio. ¡Ojalá viviera mi hija
deshonrada, ojalá!... ¡Qué estúpido afán de casar á las hijas sin saber
con quién! ¡Ah! Pura, mucho cuidado con ese danzante; no te fíes. Tiene
el arte de adornar su perversidad con palabras que, al pronto, emboban y
seducen. Á mí no me la da, no; á mí me engañó una vez sola. Pero pronto
le calé, y ahora me pongo en guardia, porque es el hombre más malo que
Dios ha echado al mnundo.
--¿Pero no ha dicho á qué viene? ¿Le han dejado cesante? De seguro ha
hecho alguna pillada y viene á que tú se la tapes.
--¡Yo! (espantado y echando los ojos fuera del casco). ¡Como no se la
tape el moro Muza! Á buena parte viene...
Llegada la hora de comer, Víctor, sentándose á la mesa con la mayor
frescura, hubo de permitirse ciertos alardes de conversación jocosa.
Todos le miraban con hostilidad, esquivando los temas joviales que
quería sacar á relucir. Á ratos se ponía ceñudo y receloso; pero á la
manera de un actor que recobra su papel momentáneamente olvidado, tomaba
la estudiada actitud bonachona y festiva. Luego reapareció la dificultad
grave. ¿Dónde le ponían? Y doña Pura, sofocada ante la imposibilidad de
alojar al intruso, se plantó diciéndole:--No, no puede ser, Víctor; ya
ves que no hay medio de tenerte en casa.
--No se apure usted, mamá--replicó él, acentuando con cariño el
tratamiento.--Me quedaré aquí, en el sofá del comedor. Déme usted una
manta, y dormiré como un canónigo.
Nada pudieron oponer á esta conformidad doña Pura y las otras _Miaus_.
Cuando empezaron á llegar las personas que iban á la tertulia, Víctor
dijo á su suegra:--Mire usted, mamá, yo no me presento. No tengo
malditas ganas de ver gente, al menos en algunos días. Me parece que he
oído la voz de Pantoja. No le diga usted que estoy aquí.
--Pues no sé á qué vienen esos incógnitos--replicóle amoscada su
suegra.--¿Te vas á estar de plantón en el comedor? Pues sabrás que voy á
poner en esta mesa los vasos de agua, para que salgan á beber todos los
que tengan sed. Y te advierto que Pantoja es hombre que me bebe media
cuba todas las noches.
--Pues me meteré en el cuarto de Luis, si no pone usted el abrevadero en
otra parte.
--¿Pero dónde?
--Nada, nada, mamá; por mi parte no altere usted sus costumbres. Váyase
usted á la sala, donde ya tiene toda la _crème_ reunida. No olvide
ponerme aquí la manta. Mañana temprano traeré mi equipaje.
Cuando doña Pura transmitió á su marido el recelo de ser visto que en
Cadalso notara, el buen señor se intranquilizó más, y echó nuevas pestes
contra el intruso. Puesta sobre la mesa del comedor la bandeja con los
vasos de agua, único refrigerio que los Villaamil podían ofrecer á sus
amigos, Cadalso se quedó un rato solo con su hijo, el cual mostraba
aquella noche aplicación desusada. «¿Estudias mucho?», preguntó su padre
acariciándole. Y él contestó que sí con la cabeza, cohibido y
vergonzoso, como si el estudiar fuese delito. Su padre era para él como
un extraño, y al intentar hablarle, la timidez le ataba la lengua. El
sentimiento que al pobre niño inspiraba aquel hombre era mezcla
singularísima de respeto y temor. Lo respetaba por el concepto de padre,
que en su alma tierna tenía ya el natural valor; lo temía, porque en su
casa había oído mil veces hablar de él en términos harto desfavorables.
Era Cadalso el papá malo, como Villaamil era el papá bueno.
Al sentir los pasos de algún tertulio sediento que venía al abrevadero,
Víctor se colaba en el cuarto de Milagros. Conoció por la voz á Ponce,
que amén de crítico era novio de Abelarda; reconoció también á Pantoja,
empleado en Contribuciones, amigo de Villaamil y aun del propio Cadalso,
quien le tenía por la máquina humana más inútil y roñosa que en oficinas
existiera. No puedo dejar de notar que una de las personas que más sed
tuvieron aquella noche fué Abelarda. Salió dos ó tres veces á beber, y
además quiso substituir á su tía Milagros en la obligación de acostar al
pequeño. Estando en ello, se metió Víctor en la alcoba, huyendo de otro
tertulio sofocado que iba á refrescarse.
--Papá está muy inquieto con esta aparición tuya--le dijo Abelarda sin
mirarle.--Has entrado en casa como Mefistófeles, por escotillón, y todos
nos alteramos al verte.
--¿Me como yo la gente?--respondió Víctor sentándose en la misma cama de
Luis.--Por lo demás, en mi venida no hay misterio; hay algo, sí, que no
comprenderán tu padre y tu madre; poro tú lo comprenderás cuando te lo
explique, porque tú eres buena para mí, Abelarda; tú no me aborreces
como los demás, sabes mis desgracias, conoces mis faltas y me tienes
compasión.
Insinuó esto con mucha dulzura, contemplando á su hijo, ya medio
desnudo. Abelarda evitaba el mirarle. No así Luisito, que había clavado
los ojos en su padre, como queriendo descifrar el sentido de sus
palabras.
--¡Lástima yo de ti!--repuso al fin la insignificante con voz
trémula.--¿De dónde sacas eso?... ¿Si pensarás que creo algo de lo que
dices? Á otras engañarás, pero á la hija de mi madre...!
Y como Víctor empezase á replicarle con cierta vehemencia, Abelarda le
mandó callar con un gesto expresivo. Temía que alguien viniese ó que
Luis se enterase, y aquel gesto señaló una nueva etapa en el diálogo.
--No quiero saber nada--dijo, determinándose al fin á mirarle cara á
cara.
--¿Pues á quién he de confiarme yo si no me confío á ti... la única
persona que me comprende?
--Vete á la iglesia, arrodíllate ante el confesonario...
--La antorcha de la fe se me apagó hace tiempo. Estoy á
obscuras--declaró Víctor mirando al chiquillo, ya con las manos cruzadas
para empezar sus oraciones.
Y cuando el niño hubo terminado, Abelarda se volvió hacia el padre,
diciéndole con emoción:--Eres muy malo, muy malo. Conviértete á Dios,
encomiéndate á él, y...
--No creo en Dios--replicó Víctor con sequedad;--á á Dios se le ve
soñando, y yo hace tiempo que desperté.
Luisito escondió su faz entre las almohadas, sintiendo un frío terrible,
malestar grande y todos los síntomas precursores de aquel estado en que
se le presentaba su misterioso amigo.