IX

¡Cosa rara! nada le pasó á Cadalsito aquella noche, ni sintió ni vió

cosa alguna, pues á poco acostarse hubo de caer en sueño profundísimo.

Al día siguiente costó trabajo levantarle. Sentíase quebrantado, y como

si hubiese andado largo trecho por sitio desconocido y lejano, que no

podía recordar. Fue á la escuela, y no se supo la lección. Encontrábase

tan torpe aquel día, que el maestro le hizo burla y ajó su dignidad ante

los demás chicos. Pocas veces se había visto en la escuela carrera en

pelo como la que aguantó Cadalsito al ser confinado al último puesto de

la clase en señal de ignorancia y desaplicación. Á las once, cuando se

pusieron á escribir, Cadalso tenía junto á sí al famoso _Posturitas_,

chiquillo travieso y graciosísimo, flexible como una lombriz, y tan

inquieto, que donde él estuviese no podía haber paz. Llamábase Paquito

Ramos y Guillén, y sus padres eran los dueños de la casa de préstamos de

la calle del Acuerdo. Aquel Guillén, cojo y empleado, que hemos visto en

casa de Villaamil celebrando con copiosas libaciones de moscatel la

próxima colocación de su amigo, era tío materno de _Posturitas_, el cual

debía este apodo á la viveza ratonil de sus movimientos, á la gracia con

que remedaba las actitudes y gestos de los _clowns_ y dislocados del

Circo. Todo se le volvía hacer garatusas, sacar la lengua, volver del

revés los párpados; y como pudiera, metía el dedo en el tintero para

pintarse rayas negras en la cara.

Aquella mañana, cuando el maestro no le veía, _Posturitas_ abría la

carpeta, y él y su amigo Cadalso hundían la pelona en ella para ver las

cosas diversas que encerraba. Lo más notable era una colección de

sortijas, en las cuales brillaban el oro y los rubíes. No se vaya á

creer que eran de metal, sino de papel, anillos de esos con que los

fabricantes adornan los puros medianos para hacerlos pasar por buenos.

Aquel tesoro había venido á manos de Paquito Ramos mediante un

cambalache. Perteneció la colección á otro chico llamado Polidura, cuyo

padre, mozo de café ó restaurant, solía recoger los aros de cigarro que

los fumadores dejaban caer al suelo, y obsequiar con ellos á su hijo á

falta de mejores juguetes. Había llegado á reunir Polidura más de

cincuenta sortijas de diversos calibres. En unas decía _Flor fina_, en

otras _Selectos de Julián Álvarez_. Cansado al fin de la colección, se

la cambió á _Posturas_ por un trompo en buen uso, mediante contrato

solemne ante testigos. Cadalso regaló al nuevo propietario el anillo de

la tagarnina dada por el señor de Pez á Villaamil, y que éste se fumó

majestuosamente después de la comida.

La travesura de _Posturitas_, fielmente reproducida por el bueno de

Cadalso, consistía en llenarse ambos los dedos de aquellas sorprendentes

joyas, y cuando el maestro no les veía, alzar la mano y mostrarla á los

otros granujas con dos ó tres anillos en cada dedo. Si el maestro venía,

se los quitaban á toda prisa, y a escribir como si tal cosa. Pero en una

vuelta brusca, sorprendió el dómine á Cadalsito con la mano en alto,

distrayendo á toda la clase. Verle, y ponerse hecho un león, fué todo

uno. Pronto se descubrió que el principal delincuente era el maligno

_Posturitas_, que tenía en su carpeta un depósito de aros de papel; y en

un santiamén el maestro, después que arrancó de los dedos las pedrerías

de que estaban cuajados, agarró todo el depósito y lo deshizo,

terminando con una mano de coscorrones aplicados á una y otra cabeza.

Ramos rompió á llorar, diciendo: «Yo no he sido... _Miau_ tiene la

culpa». Y _Miau_, no menos lastimado de esta calumnia que del mote,

clamó con severa dignidad: «Él es el que los tenía. Yo no traje más que

uno...» «Mentira...» «El mentiroso es él».

--_Miau_ es un hipócrita--dijo el maestro, y Cadalso no supo contener su

aflicción oyendo en boca de D. Celedonio el injurioso apodo. Soltó el

llanto sin consuelo, y toda la clase coreaba sus gemidos, repitiendo

_Miau_, hasta que el maestro ¡pim, pam! repartió una zurribanda

general, recorriendo espaldas y mofletes, como el fiero cómitre entre

las filas de galeotes, vapulando á todos sin misericordia.

--Se lo voy á decir á mi abuelo--exclamó Cadalso con un arranque de

dignidad,--y no vengo más á esta escuela.

--Silencio... silencio todos--gritó el verdugo, amenazándoles con una

regla, que tenía los ángulos como filos de cuchillo.--Sin vergüenzas, á

escribir; y al que me chiste le abro la cabeza.

Al salir, Cadalso seguía indignado contra su amigo _Posturitas_. Éste,

que era procaz, de una frescura y audacia sin límites, dió un empujón á

Luis, diciéndole: «Tú tienes la culpa, tonto... panoli... cara de gato.

Si te cojo por mi cuenta...»

Cadalso se revolvió iracundo, acometido de nerviosa rabia, que le puso

pálido y con los ojos relumbrones. «¿Sabes lo que te digo? Que no tiés

que ponerme motes, ¡contro!, mal criado... ordinario... cualisquiera».

--_¡Miau!_--mayó el otro con desprecio, sacando media cuarta de lengua y

crispando los dedos.--Ole... _Miau..._ morrongo... fu, fu, fu...

Por primera vez en su vida percibió Luis que las circunstancias le

hacían valiente. Ciego de ira se lanzó sobre su contrario, y lo mismo se

lanzaría si éste fuese un hombre. Chillido de salvaje alegría infantil

resonó en toda la banda, y viendo el desusado embestir de Cadalso,

muchos le gritaron: «Éntrale, éntrale...» _Miau_ peleándose con

_Posturas_ era espectáculo nuevo, de trágicas y nunca sentidas

emociones, algo como ver la liebre revolviéndose contra el hurón, ó la

perdiz emprendiéndola á picotazos con el perro. Y fué muy hermosa la

actitud insolente de _Posturitas_, al recibir el primer achuchón,

espatarrándose para aplomarse mejor, soltando libros y pizarra para

tener los brazos libres... Al mismo tiempo rezongaba con orgullo insano:

«Verás, verás... ¡recontro!... me caso con la biblia...»

Trabóse una de esas luchas homéricas, primitivas y cuerpo á cuerpo, más

interesantes por la ausencia de toda arma, y que consisten en encepar

brazos con brazos y empujar, empujar, sacudiendo topetadas con la

cabeza, á lo carneril, esforzándose cada cual en derribar á su

contrario. Si pujante estaba _Posturas_, no lo parecía menos Cadalso.

Murillito, Polidura y los demás, miraban y aplaudían, danzando en torno

con feroz entusiasmo de pueblo pagano, sediento de sangre. Pero acertó á

salir de la casa en aquel punto y ocasión la hija del maestro, señorita

algo hombruna, y les separó de un par de manotadas, diciendo: «Sin

vergüenzas, á casa, ó llamo á la pareja para que os lleve á la

prevención». Ambos tenían la cara como lumbre, respiraban como fuelles,

y echaban por aquellas bocas injurias tabernarias, sobre todo Paco

Ramos, que era consumado hablista en el idioma de los carreteros.

--Vamos, _hombres_--decía Murillito, el hijo del sacristán de Monserrat,

en la actitud más conciliadora;--no es para tanto... vaya... Quítate

tú... Miá que te... verás. Sacabaron las quistiones.

Mostrábase el mediador decidido á arrearle un buen lapo á cualquiera de

los dos que intentase reanudar la contienda. Un policía que por allí

andaba les dispersó, y se alejaron chillando y saltando, algunos

haciéndose lenguas del arranque de Cadalsito. Éste tomó silencioso el

camino de su casa. Su ira se calmaba lentamente, aunque por nada del

mundo le perdonaba á _Posturas_ el apodo, y sentía en su alma los

primeros rebullicios de la vanidad heroica, la conciencia de su

capacidad para la vida, ó sea de su aptitud para ofender al prójimo, ya

probada en la tienta de aquel día.

Aquella tarde no había escuela, por ser jueves. Luisito se fué á su

casa, y durante el almuerzo, ninguna persona de la familia reparó en lo

sofocado que estaba. Bajó luego á pasar un ratito en compañía de sus

amigos los memorialistas, que sin duda le tenían guardada alguna

friolera. «Parece que arriba andamos muy divertidos--le dijo Paca.--Oye,

¿han colocado ya á tu abuelo? Porque debe de ser ya lo menos ministro ó

tan siquiera embajador. ¡Vaya con la cesta de compra que trajeron ayer!

Y botellas de moscatel como quien no dice nada. ¡Anda, anda, qué rumbo!

Estamos como queremos. Así no hay quien haga bajar á _Canelo_ de tu

casa...»

Luis dijo que todavía no habían colocado á su abuelo; pero que era cosa

_de entre hoy y mañana_. El día estaba hermosísimo, y Paca propuso á su

amiguito ir á tomar el sol en la explanada del Conde-Duque, á dos pasos

de la calle de Quiñones. Púsose la enorme memorialista su mantón,

mientras Luisito subía á pedir permiso, y echaron á andar. Eran las

tres, y el vasto terraplén comprendido entre el paseo de Areneros y el

cuartel de Guardias estaba inundado de sol, y muy concurrido de vecinos

que iban allí á desentumecerse. Gran parte de este terreno se veía

entonces, y se ve hoy, ocupado por sillares, baldosas, adoquines, restos

ó preparativos de obras municipales, y entre la cantería, las vecinas

suelen poner colgaderos para secar ropa lavada. La parte libre de

obstáculos la emplea la tropa para los ejercicios de instrucción, y

aquella tarde vió Cadalsito á los reclutas de Caballería aprendiendo á

marchar, dirigidos por un oficial que, sable al puño y dando gritos, les

enseñaba á medir el paso. Entretúvose el pequeñuelo en contemplar las

evoluciones, y oía la cadencia con que los soldados pisaban

unísonamente, diciendo: _una, dos, tres, cuatro_. Era un mugido que se

confundía con la vibración del suelo al ser golpeado á compás, cual

inmenso tambor batido por un gigante. Entre la sociedad que allí se

congregaba á gozar del sol, discurrían vendedores de cacahuet y

avellanas, pregonándolos con un grito dejoso. Paca le compró á Cadalso

algunas de estas golosinas, y se sentó en una piedra á chismorrear con

varias comadres amigas suyas. El chiquillo corrió detrás de la tropa,

evolucionando con ella; fué y vino durante una hora en aquella militar

diversión, marcando también el _uno, dos, tres, cuatro_, hasta que,

sintiendo fatiga, se sentó en un rimero de baldosas. Entonces se le fué

un poco la cabeza; vió que la mole pesada del cuartel se corría de

derecha á izquierda, y que en la misma dirección iba el palacio de

Liria, sepultado entre el ramaje de su jardín, cuyos árboles parecen

estirarse para respirar mejor fuera de la tumba inmensa en que están

plantados. Empezóle á Cadalsito la consabida desazón; se le iba el

conocimiento de las cosas presentes, se mareaba, se desvanecía, le

entraba el misterioso sobresalto, que era en realidad pavor de lo

desconocido; y apoyando la frente en una enorme piedra que próxima

tenía, se durmió como un ángel. Desde el primer instante, la visión de

las Alarconas se le presentó clara, palpable, como un ser vivo, sentado

frente á él, sin que pudiese decir dónde. El fantástico cuadro no tenía

fondo ni lontananza. Lo constituía la excelsa figura sola. Era el mismo

personaje de luenga y blanca barba, vestido de indefinibles ropas, la

mano izquierda escondida entre los pliegues del manto, la derecha fuera,

mano de persona que se dispone á hablar. Pero lo más sorprendente fué

que antes de pronunciar la primer palabra, el Señor alargó hacia él la

diestra, y entonces se fijó en ella Cadalsito y vió que tenía los dedos

cuajados de aquellas mismas sortijas que formaban la rica colección de

_Posturas_. Sólo que en los dedos soberanos, que habían fabricado el

mundo en siete días, los anillos relumbraban cual si fueran de oro y

piedras preciosas. Cadalsito estaba absorto, y el Padre le dijo: «Mira,

Luis, lo que os quitó el maestro. Ve aquí los bonitos anillos. Los

recogí del suelo, y los compuse al instante sin ningún trabajo. El

maestro es un bruto, y ya le enseñaré yo á no daros coscorrones tan

fuertes. Y por lo que hace á _Posturitas_, te diré que es un pillo,

aunque sin mala intención. Está mal educado. Los niños decentes no ponen

motes. Tuviste razón en enfadarte, y te portaste bien. Veo que eres un

valiente y que sabes volver por tu honor».

Luis quedó muy satisfecho de oirse llamar valiente por persona de tanta

autoridad. El respeto que sentía no le permitió dar las gracias; pero

algo iba á decir, cuando el Señor, moviendo con insinuación de castigo

la mano aquella cuajada de sortijas, le dijo severamente: «Pero, hijo

mío, si por ese lado estoy contento de ti, por otro me veo en el caso de

reprenderte. Hoy no te has sabido la lección. Ni por casualidad

acertaste una sola vez. Bien claro se vió que no habías abierto un libro

en todo el santo día... (Luisín, acongojadísimo, mueve los labios

queriendo disculparse.) Ya, ya sé lo que me vas á decir. Estuviste hasta

muy tarde repartiendo cartas; volviste á casa de noche. Pero luego

pudiste leer algo; no me vengas con enredos. Y esta mañana, ¿por qué no

echaste un vistazo á la lección de Geografía? ¡Cuidado con los desatinos

que has dicho hoy! ¿De dónde sacas tú que Francia está limitada al Norte

por el Danubio y que el Po pasa por Pau? ¡Vaya unas barbaridades! ¿Te

parece á ti que he hecho yo el mundo para que tú y otros mocosos como tú

me lo estéis deshaciendo á cada paso?»

Enmudeció la augusta persona, quedándose con los ojos fijos en Cadalso,

al cual un color se le iba y otro se le venía, y estaba silencioso,

agobiado, sin poder mirar ni dejar de mirar á su interlocutor.

«Es preciso que te hagas cargo de las cosas--añadió por fin el Padre,

accionando con la mano cuajada de sortijas.--¿Cómo quieres que yo

coloque á tu abuelo si tú no estudias? Ya ves cuán abatido está el pobre

señor, esperando como pan bendito su credencial. Se le puede ahogar con

un cabello. Pues tú tienes la culpa, porque si estudiaras...»

Al oir esto, la congoja de Cadalsito fué tan grande, que creyó le

apretaban la garganta con una soga y le estaban dando garrote. Quiso

exhalar un suspiro y no pudo.

«Tú no eres tonto y comprenderás esto--agregó Dios.--Ponte tú en mi

lugar; ponte tú en mi lugar, y verás que tengo razón».

Luis meditó sobre aquéllo. Su razón hubo de admitir el argumento

creyéndolo de una lógica irrebatible. Era claro como el agua: mientras

él no estudiase, ¡contro! ¿cómo habían de colocar á su abuelo? Parecióle

esto la verdad misma, y las lágrimas se le saltaron. Intentó hablar,

quizás prometer solemnemente que estudiaría, que trabajaría como una

fiera, cuando se sintió cogido por el pescuezo.

--Hijo mío--le dijo Paca sacudiéndole,--no te duermas aquí, que te vas á

enfriar.

Luis la miró aturdido, y en su retina se confundieron un momento las

líneas de la visión con las del mundo real. Pronto se aclararon las

imágenes, aunque no las ideas; vió el cuartel del Conde-Duque, y oyó el

_uno, dos, tres, cuatro_, como si saliese de debajo de tierra. La

visión, no obstante, permanecía estampada en su alma de una manera

indeleble. No podía dudar de ella, recordando la mano ensortijada, la

voz inefable del Padre y Autor de todas las cosas. Paca le hizo

levantar y le llevó consigo. Después, quitándole del bolsillo los

cacahuets que antes le diera, díjole: «No comas mucho de esto, que se te

ensucia el estómago. Yo te los guardaré. Vámonos ya, que principia á

caer relente...» Pero él tenía ganas de seguir durmiendo; su cerebro

estaba embotado, como si acabase de pasar por un acceso de embriaguez;

le temblaban las piernas, y sentía frío intensísimo en la espalda.

Andando hacia su casa, le entraron dudas respecto á la autenticidad y

naturaleza divina de la aparición. «¿Será Dios ó no será

Dios?--pensaba.--Parece que es, porque lo sabe todito... Parece que no

es, porque no tiene ángeles».

De vuelta del paseo, hizo compañía á sus buenos amigos. Mendizábal,

concluída su tarea, y después de recoger los papeles y de limpiar las

diligentes plumas, se dispuso á alumbrar la escalera. Paca limpió los

cristales del farol, encendiendo dentro de él la lamparilla de petróleo.

El _secretario del público_ lo cogió entonces, y con ademán tan solemne

como si alumbrara al Viático, fué á colgarlo en su sitio, entre el

primero y segundo piso. En esto subía Villaamil, y se detuvo, como de

costumbre, para echar un párrafo con el memorialista.

--Sea enhorabuena, D. Ramón--le dijo éste.

--Calle usted, hombre...--replicó Villaamil, afectando el humor que

suele acompañar á un terrible dolor de muelas.--Si todavía no hay nada,

ni lo habrá...

--¡Ah! pues yo creí.. Es que son muy perros, D. Ramón. ¡Vaya unos

birrias de Ministros! Lo que yo le digo á usted: mientras no venga la

escoba grande...

--¡Oh! amigo mío--exclamó Villaamil con cierto aire de templanza

gubernamental,--ya sabe usted que no me gustan exageraciones. Sus ideas

son distintas de las mías... ¿Qué es lo que usted quiere? ¿Más religión?

Pues venga religión, venga; pero no osbcurantismo... Desengañémonos.

Aquí lo que hace falta es administración, moralidad...

--Ahí duele, ahí duele (con expresión de triunfo). Precisamente lo que

no habrá mientras no haya fe. Lo primero es la fe, ¿sí ó no?

--Corriente; pero... No, amigo Mendizábal; no exageremos.

--Y las sociedades que la pierden (en tono triunfal), corren derechitas,

como quien dice, al abismo...

--Todo eso está muy bien; pero... Haya moralidad, moralidad; que el que

la hace la pague, y allá los curas se entiendan con las conciencias. No

me cambalache los poderes, amigo Mendizábal.

--No, si yo no cambalacho nada... En fin, usted lo verá (bajando un

escalón mientras Villaamil subía otro). Ínterin domine el libre

pensamiento, espere usted sentado. Como que no hay justicia ni nadie se

acuerda del mérito. Buenas noches.

Desapareció por la escalera abajo aquel hombre feísimo, de semblante

extraño, por tener los ojos tan poco separados que parecían juntarse y

ser uno solo cuando fijamente miraban. La nariz le salía de la frente, y

después bajaba chafada y recta, esparranclando sus dos ventanillas en el

nacimiento del labio superior, dilatado, tirante y tan extenso en todas

direcciones que ocupaba casi la mitad del rostro. La boca era larga,

terminada en dos arrugas que dividían la barba en tres compartimientos

flácidos, de pelambre ralo y gris; la frente estrecha, las manos enormes

y velludas, el cogote recio, el cuerpo corto, inclinado hacia adelante,

como resabio de una raza que hasta hace poco ha andado á cuatro pies. Al

descender la escalera, parecía que la bajaba con las manos, agarrándose

al barandal. Con esta filiación de _gorilla_, Mendizábal era un buen

hombre, sin más tacha que su furiosa inquina contra el libre

pensamiento. Había sido traficante en piedras de chispa durante la

primera guerra civil, espía faccioso y cocinero del padre Cirilo.

«¡Ah!--mil veces lo decía él,--¡si yo escribiera mi historia!» Último

detalle biográfico: le compuso una rueda á la célebre tartana de San

Carlos de la Rápita.

X

Poco después de anochecido, al subir á su casa, Cadalsito sintió pasos

detrás de sí; pero no volvió la cara. Mas cuando faltaban pocos

escalones para llegar al piso segando, manos desconocidas le cogieron la

cabeza y se la apretaron, no dejándole mirar hacia atrás. Tuvo miedo,

creyéndose en poder de algún ladrón barbudo y feo, que iba á robar la

casa y empezaba por asegurarle á él. Pero antes que tuviera tiempo de

chillar, el intruso le levantó en peso y le besó. Luis pudo verle

entonces la cara, y al reconocerle, su intranquilidad no disminuyó.

Había visto aquella cara por última vez algún tiempo antes, sin poder

apreciar cuándo, en una noche de escándalo y reyerta, en la cual todos

chillaban en su casa, Abelarda caía con una pataleta, y la abuelita

gritaba pidiendo el auxilio de los vecinos. La dramática escena

doméstica había dejado indeleble impresión en Luis, que ignoraba por qué

se habían puesto sus tías y abuela tan furiosas.

En aquel tiempo estaba el abuelito en Cuba, y no vivía la familia en la

calle de Quiñones. Recordó también que las iras de las _Miaus_ recaían

sobre una persona que entonces desapareció de la casa, para no volver á

ella hasta la ocasión que ahora se refiere. Aquel hombre era su padre.

No se atrevió Luis á pronunciar el cariñoso nombre; de mal humor dijo:

«Suéltame». Y el sujeto aquél llamó.

Cuando doña Pura, al abrir la puerta, vió al que llamaba, acompañado de

su hijo, quedóse un instante como quien no da crédito á sus ojos. La

sorpresa y el terror se pintaban en su semblante... después

contrariedad. Por fin murmuró: «¿Víctor... tú?»

Entró saludando á su suegra con cierta emoción, de una manera cortés y

expresiva. Villaamil, que tenía el oído muy fino, se estremeció al

reconocer desde su despacho la voz aquélla. «¡Víctor aquí... Víctor otra

vez en casa! Este hombre nos trae alguna calamidad». Y cuando su yerno

entraba á saludarle, el rostro tigresco de D. Ramón se volvió espantoso,

y le temblaba la mandíbula carnicera, indicando como un prurito de

ejercitarla contra la primera res que se le pusiera delante. «¿Pero cómo

estás aquí? ¿Has venido con licencia?», fué lo único que dijo.

Víctor Cadalso sentóse frente á su suegro. El quinqué les separaba, y su

luz, iluminando los dos rostros, hacía resaltar el vivo contraste entre

una y otra persona. Era Víctor acabado tipo de hermosura varonil, un

ejemplar de los que parecen destinados á conservar y transmitir la

elegancia de formas en la raza humana, desfigurada por los cruzamientos,

y que por los cruzamientos, reflujo incesante, viene de vez en cuando á

reproducir el gallardo modelo, como para mirarse y recrearse en el

espejo de sí misma, y convencerse de la permanencia de los arquetipos de

hermosura, á pesar de las infinitas derivaciones de la fealdad. El

claro-obscuro producido por la luz de la lámpara modelaba las facciones

del guapo mozo. Tenía nariz de contorno puro, ojos negros, de ancha

pupila, cuya expresión variaba desde el matiz más tierno hasta el más

grave, á voluntad. La frente pálida tenía el corte y el bruñido que en

escultura sirve para expresar nobleza.--Esta nobleza es el resultado del

equilibrio de piezas cranianas y de la perfecta armonía de líneas.--El

cuello robusto, el pelo algo desordenado y de azabache, la barba obscura

también y corta, completaban la hermosa lámina de aquel busto, más

italiano que español. La talla era mediana, el cuerpo tan bien

proporcionado y airoso como la cabeza; la edad debía de andar entre los

treinta y tres ó los treinta y cinco. No supo responder terminantemente

á la pregunta de su suegro, y después de titubear un instante, se aplomó

y dijo:

--Con licencia no... es decir... he tenido un disgusto con el jefe. Salí

sin dar cuenta á nadie. Ya conoce usted mi carácter. No me gusta que

nadie juegue conmigo... Ya le contaré. Ahora vamos á otra cosa. Llegué

esta mañana en el tren de las ocho, y me metí en una casa de huéspedes

de la calle del Fúcar. Allí pensaba quedarme. Pero estoy tan mal, que si

ustedes (doña Pura se hallaba todavía presente) no se incomodan, me

vendré aquí por unos días, nada más que por unos días.

Doña Pura se echó á temblar, y corrió á transmitir la fatal nueva á su

hermana y á su hija. «¡Se nos mete aquí! ¡Qué horror de hombre! Nos ha

caído que hacer».

--Aquí estamos muy estrechos--objetó Villaamil con cara cada vez más

fiera y tenebrosa.--¿Por qué no te vas á casa de tu hermana Quintina?

--Ya sabe usted--replicó--que mi cuñado Ildefonso y yo estamos así... un

poco de punta. Con ustedes me arreglo mejor. Yo les prometo ser pacífico

y razonable, y olvidar ciertas cosillas.

--Pero, en resumidas cuentas, ¿sigues ó no en tu destino de Valencia?

--Le diré á usted... (mascando las primeras palabras, pero discurriendo

al fin una respuesta que disimulase su perplejidad). Aquel Jefe

Económico es un trapisonda... Se empeñó en echarme de allí, y ha

intentado formarme expediente. No conseguirá nada; tengo yo más conchas

que él.

Villaamil dió un suspiro, tratando de descifrar por la fisonomía de su

yerno el misterio de su intempestiva llegada. Pero sabía por

experiencia que la cara de Víctor era impenetrable y que, histrión

consumado, expresaba con ella lo que mas convenía a sus fines.

--¿Y qué te parece tu hijo?--le preguntó al ver entrar á Pura con

Luisín.--Está crecido, y le vamos defendiendo la salud, Delicadillo

siempre, por lo cual no queremos apretarle para que estudie.

--Tiempo tiene--dijo Cadalso, abrazando y besando al niño.--Cada día se

parece más á su madre, á mi pobre Luisa. ¿Verdad?

Al anciano se le humedecieron los ojos. Aquella hija malograda en la

flor de la edad, fué todo su amor. El día de su temprana muerte,

Villaamil envejeció de un golpe diez años. Siempre que alguien la

nombraba en la casa, el pobre hombre sentía renovada su aflicción

inmensa, y si quien la nombraba era Víctor, al pesar se mezclaba la

repugnancia que inspira el asesino condoliéndose de su víctima después

de inmolada. Á doña Pura también se le abatieron los espíritus al ver y

oir al que fué esposo de su querida hija. Luis se entristeció, más bien

por rutina, pues había notado que cuando alguien pronunciaba en la casa

el nombre de su mamá, todos suspiraban y se ponían muy serios.

Víctor, llevando á su hijo, pasó á saludar á Milagros y á Abelarda.

Aquélla le aborrecía de todo corazón, y respondió á su saludo con

desdeñosa frialdad. La cuñadita se metió en su cuarto al sentirle;

luego salió, y su color, siempre malo, era como el color de una muerta.

Le temblaba la voz; quiso afectar el mismo desdén de su tía hacia

Víctor; éste la apretaba la mano. «¿Ya estás aquí otra vez, perdido?»,

balbuceó ella, y sin sabor qué hacer se volvió á meter en el aposento.

Entretanto Villaamil, aprensivo y sobresaltado, se desperezaba en su

asiento como si quisiera crucificarse, y decía á su mujer:

--Este hombre traerá hoy la desgracia á nuestra casa como la ha traído

siempre. Y si no, tú lo has de ver. Cuando le sentí la voz, creí que el

infierno se nos metía por las puertas. Maldita sea la hora (exaltándose

y dejando caer con ruidosa pesadumbre las palmas de las manos sobre la

mesa) en que este hombre entró en mi casa por vez primera; maldita la

hora en que nuestra querida hija se prendó de él, y maldito el día en

que les casamos... porque ya no tenía remedio. ¡Ojalá viviera mi hija

deshonrada, ojalá!... ¡Qué estúpido afán de casar á las hijas sin saber

con quién! ¡Ah! Pura, mucho cuidado con ese danzante; no te fíes. Tiene

el arte de adornar su perversidad con palabras que, al pronto, emboban y

seducen. Á mí no me la da, no; á mí me engañó una vez sola. Pero pronto

le calé, y ahora me pongo en guardia, porque es el hombre más malo que

Dios ha echado al mnundo.

--¿Pero no ha dicho á qué viene? ¿Le han dejado cesante? De seguro ha

hecho alguna pillada y viene á que tú se la tapes.

--¡Yo! (espantado y echando los ojos fuera del casco). ¡Como no se la

tape el moro Muza! Á buena parte viene...

Llegada la hora de comer, Víctor, sentándose á la mesa con la mayor

frescura, hubo de permitirse ciertos alardes de conversación jocosa.

Todos le miraban con hostilidad, esquivando los temas joviales que

quería sacar á relucir. Á ratos se ponía ceñudo y receloso; pero á la

manera de un actor que recobra su papel momentáneamente olvidado, tomaba

la estudiada actitud bonachona y festiva. Luego reapareció la dificultad

grave. ¿Dónde le ponían? Y doña Pura, sofocada ante la imposibilidad de

alojar al intruso, se plantó diciéndole:--No, no puede ser, Víctor; ya

ves que no hay medio de tenerte en casa.

--No se apure usted, mamá--replicó él, acentuando con cariño el

tratamiento.--Me quedaré aquí, en el sofá del comedor. Déme usted una

manta, y dormiré como un canónigo.

Nada pudieron oponer á esta conformidad doña Pura y las otras _Miaus_.

Cuando empezaron á llegar las personas que iban á la tertulia, Víctor

dijo á su suegra:--Mire usted, mamá, yo no me presento. No tengo

malditas ganas de ver gente, al menos en algunos días. Me parece que he

oído la voz de Pantoja. No le diga usted que estoy aquí.

--Pues no sé á qué vienen esos incógnitos--replicóle amoscada su

suegra.--¿Te vas á estar de plantón en el comedor? Pues sabrás que voy á

poner en esta mesa los vasos de agua, para que salgan á beber todos los

que tengan sed. Y te advierto que Pantoja es hombre que me bebe media

cuba todas las noches.

--Pues me meteré en el cuarto de Luis, si no pone usted el abrevadero en

otra parte.

--¿Pero dónde?

--Nada, nada, mamá; por mi parte no altere usted sus costumbres. Váyase

usted á la sala, donde ya tiene toda la _crème_ reunida. No olvide

ponerme aquí la manta. Mañana temprano traeré mi equipaje.

Cuando doña Pura transmitió á su marido el recelo de ser visto que en

Cadalso notara, el buen señor se intranquilizó más, y echó nuevas pestes

contra el intruso. Puesta sobre la mesa del comedor la bandeja con los

vasos de agua, único refrigerio que los Villaamil podían ofrecer á sus

amigos, Cadalso se quedó un rato solo con su hijo, el cual mostraba

aquella noche aplicación desusada. «¿Estudias mucho?», preguntó su padre

acariciándole. Y él contestó que sí con la cabeza, cohibido y

vergonzoso, como si el estudiar fuese delito. Su padre era para él como

un extraño, y al intentar hablarle, la timidez le ataba la lengua. El

sentimiento que al pobre niño inspiraba aquel hombre era mezcla

singularísima de respeto y temor. Lo respetaba por el concepto de padre,

que en su alma tierna tenía ya el natural valor; lo temía, porque en su

casa había oído mil veces hablar de él en términos harto desfavorables.

Era Cadalso el papá malo, como Villaamil era el papá bueno.

Al sentir los pasos de algún tertulio sediento que venía al abrevadero,

Víctor se colaba en el cuarto de Milagros. Conoció por la voz á Ponce,

que amén de crítico era novio de Abelarda; reconoció también á Pantoja,

empleado en Contribuciones, amigo de Villaamil y aun del propio Cadalso,

quien le tenía por la máquina humana más inútil y roñosa que en oficinas

existiera. No puedo dejar de notar que una de las personas que más sed

tuvieron aquella noche fué Abelarda. Salió dos ó tres veces á beber, y

además quiso substituir á su tía Milagros en la obligación de acostar al

pequeño. Estando en ello, se metió Víctor en la alcoba, huyendo de otro

tertulio sofocado que iba á refrescarse.

--Papá está muy inquieto con esta aparición tuya--le dijo Abelarda sin

mirarle.--Has entrado en casa como Mefistófeles, por escotillón, y todos

nos alteramos al verte.

--¿Me como yo la gente?--respondió Víctor sentándose en la misma cama de

Luis.--Por lo demás, en mi venida no hay misterio; hay algo, sí, que no

comprenderán tu padre y tu madre; poro tú lo comprenderás cuando te lo

explique, porque tú eres buena para mí, Abelarda; tú no me aborreces

como los demás, sabes mis desgracias, conoces mis faltas y me tienes

compasión.

Insinuó esto con mucha dulzura, contemplando á su hijo, ya medio

desnudo. Abelarda evitaba el mirarle. No así Luisito, que había clavado

los ojos en su padre, como queriendo descifrar el sentido de sus

palabras.

--¡Lástima yo de ti!--repuso al fin la insignificante con voz

trémula.--¿De dónde sacas eso?... ¿Si pensarás que creo algo de lo que

dices? Á otras engañarás, pero á la hija de mi madre...!

Y como Víctor empezase á replicarle con cierta vehemencia, Abelarda le

mandó callar con un gesto expresivo. Temía que alguien viniese ó que

Luis se enterase, y aquel gesto señaló una nueva etapa en el diálogo.

--No quiero saber nada--dijo, determinándose al fin á mirarle cara á

cara.

--¿Pues á quién he de confiarme yo si no me confío á ti... la única

persona que me comprende?

--Vete á la iglesia, arrodíllate ante el confesonario...

--La antorcha de la fe se me apagó hace tiempo. Estoy á

obscuras--declaró Víctor mirando al chiquillo, ya con las manos cruzadas

para empezar sus oraciones.

Y cuando el niño hubo terminado, Abelarda se volvió hacia el padre,

diciéndole con emoción:--Eres muy malo, muy malo. Conviértete á Dios,

encomiéndate á él, y...

--No creo en Dios--replicó Víctor con sequedad;--á á Dios se le ve

soñando, y yo hace tiempo que desperté.

Luisito escondió su faz entre las almohadas, sintiendo un frío terrible,

malestar grande y todos los síntomas precursores de aquel estado en que

se le presentaba su misterioso amigo.

Miau · 第 14 / 49 题