En la visita se habló primero de la ópera, á la que Ruiz iba con
frecuencia, lo mismo que las Miaus, con entradas de _alabarda_. Después
recayó la conversación en el tema de destinos. «A D. Ramón--dijo
Ruiz--no le harán esperar ya mucho».
--Va en la combinación que se hará estos días--dijo Pura radiante.--Y no
ha ido ya, porque Ramón no quiso aceptar plaza fuera de Madrid. El
Ministro tenía gran empeño en mandarle á una provincia, donde hacen
falta hombres como mi esposo. Pero Ramón no está ya para viajes. Yo, si
he de decir verdad, deseo que le coloquen porque esté ocupado; nada más
que porque esté ocupado. No puede usted figurarse, Federico, lo mal que
le sienta á mi marido la ociosidad... vamos, que no vive. ¡Ya se ve,
acostumbrado á trabajar desde mozo!... Y que le conviene también
colocarse para los derechos pasivos. Figúrese usted, á Ramón no le
faltan más que dos meses para poderse jubilar con los cuatro quintos. Si
no fuera por esto, mejor se estaría en su casa. Yo lo digo: «No te
apures, hijo, que, gracias á Dios, para vivir modestamente no nos
falta»; pero él no se conforma, le gusta el calor de la oficina, y hasta
el cigarro no le sabe si no se lo fuma entre dos expedientes.
--Lo creo... ¡Qué santo varón! ¿Y cómo está de salud?
--Delicadillo del estómago. Todos los días tengo que inventar algo nuevo
para sostenerle el apetito. Mi hermana y yo nos dedicamos ahora á la
cocina, por entretenimiento, y por vernos libres de criadas, que son una
calamidad. Le hacemos cada día un platito distinto... caprichos y
frioleras suculentas. Á veces tengo que irme á la plazuela del Carmen en
busca de cosas que no se encuentran en los Mostenses.
--Pues vea usted--dijo la señora de Ruiz,--ese es un trabajo que yo no
conozco, porque éste tiene un estómago que no se lo merece, y un apetito
tan famoso, que no se necesitan melindres para sostenérselo.
--Gracias á Dios--indicó el _publicista_ con jovialidad.--De ahí viene
esta buena pasta mía y la confianza que tengo en mi suerte. Créame
usted, doña Pura, no hay nada que valga lo que un buen estómago. Aquí me
tiene usted tan conforme siempre: si me colocan, bien; si no, dos
cuartos de lo mismo. Hablando con verdad, no me gusta ser empleado, y
preferiría lo que me ofreció ayer el Ministro: una comisión para
estudiar los Montes de Piedad de Alemania. Es cuestión muy importante.
--Ya lo creo que es importante. ¡Figúrese usted!--exclamó la señora de
Villaamil arqueando las cejas.
En esto entró otra visita. Era un amigo de Villaamil, que vivía en la
calle del Acuerdo, un tal Guillén, cojo por más señas, empleado en la
Dirección de Contribuciones. Dijo el tal, después de los saludos, que un
compañero suyo, que estaba en el Personal, le había asegurado aquella
misma tarde que Villaamil iba en la próxima combinación. Doña Pura lo
dió por cierto, y Ruiz y su señora apoyaron esta apreciación lisonjera.
Se fueron enzarzando de tal modo en la conversación los plácemes, que
doña Pura, al fin, se arrancó á ofrecer á sus buenos amigos una copita y
pastas. Entre las provisiones de aquel fausto día, se contaba una
botella de moscatel de á tres pesetas, licor con que Pura solía
obsequiar á su marido á los postres. Ruiz y Guillén chocaron las copas,
expresando con igual calor su afecto á la simpática familia. La
sobriedad del _pensador_ contrastaba con la incontinencia un tanto
grosera del empleado cojo, quien rogó á doña Pura no se llevase la
botella, y escanciando que te escanciarás, pronto se vió que quedaba el
líquido en menos de la mitad.
Ya encendidas las luces, y cuando se habían ido las visitas, entró
Villaamil. Pura corrió á su encuentro, viendo con satisfacción que el
ferocísimo semblante tigresco tenía cierto matiz de complacencia. «¿Qué
hay? ¿Qué noticias traes?»
--Nada, mujer--dijo Villaamil, que se encastillaba en el pesimismo y no
había quien le sacara de él.--Todavía nada; las palabritas sandungueras
de siempre.
--¿Y el Ministro... le has visto?
--Sí, y me recibió tan bien--se dejó decir Villaamil haciendo traición,
por descuido, á su afectada misantropía,--me recibió tan bien, que... no
sé... parece que Dios le ha tocado al corazón, que le ha dicho algo de
mí. Estuvo amabilísimo... encantado de verme por allí... sintiendo mucho
no tenerme á su lado... decidido á llevarme...
--Vamos; no dirás ahora que no tienes esperanza.
--Ninguna, mujer, absolutamente ninguna (recobrando su papel). Veras
cómo todo se queda en jarabe de pico. Si sabré yo... ¡Tenlo por cierto!
¡No me colocan hasta el día del juicio por la tarde!
--¡Ay, qué hombre! Eso también es ponerle á Dios cara de palo. Se podría
enojar y con muchísima razón.
--Déjate de tonterías, y si tú esperas, buen chasco te llevarás. Yo no
quiero llevármelo; por eso no espero nada, ¿sabes? Y cuando venga el
golpe me quedaré tan tranquilo.
Luisito llegó cuando sus abuelos discutían acaloradamente si debían
abrigar ó no esperanza, y dió cuenta de la puntual entrega de todas las
cartas. Tenía hambre, frío, y le dolía un poco la cabeza. Al regreso de
la excursión se había sentado en el pórtico de las Alarconas; pero no le
_dió aquéllo_, ni la visión tuvo á bien presentarse en ninguna forma.
_Canelo_ no se apartaba de doña Pura, siguiéndola del despacho á la
cocina, y de ésta al comedor, y cuando llamaron á comer al dueño de la
casa, como éste tardara un poco en salir, fué el entendido perro á
buscarle y con meneos de cola le decía: «Si usted no tiene gana, dígalo;
pero no nos tenga tanto tiempo espera que te espera».
Comieron con regular apetito y bastante buen humor, y de sobremesa
Villaamil se fumó, saboreándolo mucho, un habano que el señor de Pez le
había dado aquella tarde. Era muy grande, y al tomarlo, el cesante dijo
á su amigo que lo guardaría para después. Aquel cigarro le recordaba sus
tiempos prósperos. ¿Sería tal vez anuncio de que los tales tiempos
volverían? Dijérase que el buen Villaamil leía en las espirales de humo
azul su buena ventura, porque se quedaba alelado mirándolas subir en
graciosas curvas hacia el techo del comedor, nublando vagamente la
lámpara.
Por la noche tuvieron gente (Ruiz, Guillén, Ponce, los de Cuevas,
Pantoja y su familia, de quien se hablará después), y se formalizó el
proyecto iniciado el mes anterior, de representar una piececita, pues
algunos amigos de la casa tenían aptitudes no comunes para el teatro,
sobre todo en el género cómico. Federico Ruiz se encargó de escoger la
pieza, de distribuir los papeles y dirigir los ensayos. Se convino en
que Abelarda haría uno de los principales personajes, y Ponce otro; pero
éste, reconociendo con laudable modestia que no tenía maldita gracia y
que haría llorar al público en los papeles más jocosos, reservó para sí
la parte de _padre_, si en la comedia le hubiera.
Cansado de tales majaderías, D. Ramón huyó de la sala buscando en el
interior obscuro de la casa las tinieblas que convenían á su pesimismo.
Maquinalmente entró en el cuarto de Milagros, donde ésta desnudaba á
Luis para acostarle. El pobre niño había hecho tentativas para estudiar,
que fueron completamente inútiles. Le dolía la cabeza, y sentía como el
presagio y el temor de la visión, pues ésta, al par que le daba mucho
gusto, causábale cierta ansiedad. Se fué á acostar con la idea de que le
entraría la desazón y de que iba á ver cosas muy extrañas. Cuando su
abuelo entró, ya estaba metido en la cama, y su tía le hacía rezar las
oraciones de costumbre: _Con Dios me acuesto, con Dios me levanto_,
etc... que él recitaba de carretilla. Con brusca interrupción se volvió
hacia Villaamil para decirle: «Abuelito, ¿verdad que el Ministro te
recibió muy bien?»
--Sí, hijo mío--replicó el anciano, estupefacto de esta salida y del
tono con que fué dicha.--¿Y tú por dónde lo sabes?
--¿Yo?... yo lo sé.
Miraba Cadalsito á su abuelo con una expresión tan extraña, que el pobre
señor no sabía qué pensar. Parecióle expresión de Niño-Dios, la cual no
es otra cosa que la seriedad del hombre armonizada con la gracia de la
niñez.
--Yo lo sé... lo sé--repitió Luis sin sonreir, clavando en su abuelo una
mirada que le dejó inmóvil.--Y el Ministro te quiere mucho... porque le
escribieron...
--¿Quién le escribió?--dijo con ansiedad el cesante, dando un paso hacia
el lecho, los ojos llenos de claridad.
--Le escribieron de ti--afirmó Cadalsito sintiendo que el miedo le
invadía y no le dejaba continuar. En el mismo instante pensó Villaamil
que todo aquello era una tontería, y dando media vuelta se llevó la mano
á la cabeza, y dijo: «¡Pero qué cosas tiene este chiquillo!...»