VIII

En la visita se habló primero de la ópera, á la que Ruiz iba con

frecuencia, lo mismo que las Miaus, con entradas de _alabarda_. Después

recayó la conversación en el tema de destinos. «A D. Ramón--dijo

Ruiz--no le harán esperar ya mucho».

--Va en la combinación que se hará estos días--dijo Pura radiante.--Y no

ha ido ya, porque Ramón no quiso aceptar plaza fuera de Madrid. El

Ministro tenía gran empeño en mandarle á una provincia, donde hacen

falta hombres como mi esposo. Pero Ramón no está ya para viajes. Yo, si

he de decir verdad, deseo que le coloquen porque esté ocupado; nada más

que porque esté ocupado. No puede usted figurarse, Federico, lo mal que

le sienta á mi marido la ociosidad... vamos, que no vive. ¡Ya se ve,

acostumbrado á trabajar desde mozo!... Y que le conviene también

colocarse para los derechos pasivos. Figúrese usted, á Ramón no le

faltan más que dos meses para poderse jubilar con los cuatro quintos. Si

no fuera por esto, mejor se estaría en su casa. Yo lo digo: «No te

apures, hijo, que, gracias á Dios, para vivir modestamente no nos

falta»; pero él no se conforma, le gusta el calor de la oficina, y hasta

el cigarro no le sabe si no se lo fuma entre dos expedientes.

--Lo creo... ¡Qué santo varón! ¿Y cómo está de salud?

--Delicadillo del estómago. Todos los días tengo que inventar algo nuevo

para sostenerle el apetito. Mi hermana y yo nos dedicamos ahora á la

cocina, por entretenimiento, y por vernos libres de criadas, que son una

calamidad. Le hacemos cada día un platito distinto... caprichos y

frioleras suculentas. Á veces tengo que irme á la plazuela del Carmen en

busca de cosas que no se encuentran en los Mostenses.

--Pues vea usted--dijo la señora de Ruiz,--ese es un trabajo que yo no

conozco, porque éste tiene un estómago que no se lo merece, y un apetito

tan famoso, que no se necesitan melindres para sostenérselo.

--Gracias á Dios--indicó el _publicista_ con jovialidad.--De ahí viene

esta buena pasta mía y la confianza que tengo en mi suerte. Créame

usted, doña Pura, no hay nada que valga lo que un buen estómago. Aquí me

tiene usted tan conforme siempre: si me colocan, bien; si no, dos

cuartos de lo mismo. Hablando con verdad, no me gusta ser empleado, y

preferiría lo que me ofreció ayer el Ministro: una comisión para

estudiar los Montes de Piedad de Alemania. Es cuestión muy importante.

--Ya lo creo que es importante. ¡Figúrese usted!--exclamó la señora de

Villaamil arqueando las cejas.

En esto entró otra visita. Era un amigo de Villaamil, que vivía en la

calle del Acuerdo, un tal Guillén, cojo por más señas, empleado en la

Dirección de Contribuciones. Dijo el tal, después de los saludos, que un

compañero suyo, que estaba en el Personal, le había asegurado aquella

misma tarde que Villaamil iba en la próxima combinación. Doña Pura lo

dió por cierto, y Ruiz y su señora apoyaron esta apreciación lisonjera.

Se fueron enzarzando de tal modo en la conversación los plácemes, que

doña Pura, al fin, se arrancó á ofrecer á sus buenos amigos una copita y

pastas. Entre las provisiones de aquel fausto día, se contaba una

botella de moscatel de á tres pesetas, licor con que Pura solía

obsequiar á su marido á los postres. Ruiz y Guillén chocaron las copas,

expresando con igual calor su afecto á la simpática familia. La

sobriedad del _pensador_ contrastaba con la incontinencia un tanto

grosera del empleado cojo, quien rogó á doña Pura no se llevase la

botella, y escanciando que te escanciarás, pronto se vió que quedaba el

líquido en menos de la mitad.

Ya encendidas las luces, y cuando se habían ido las visitas, entró

Villaamil. Pura corrió á su encuentro, viendo con satisfacción que el

ferocísimo semblante tigresco tenía cierto matiz de complacencia. «¿Qué

hay? ¿Qué noticias traes?»

--Nada, mujer--dijo Villaamil, que se encastillaba en el pesimismo y no

había quien le sacara de él.--Todavía nada; las palabritas sandungueras

de siempre.

--¿Y el Ministro... le has visto?

--Sí, y me recibió tan bien--se dejó decir Villaamil haciendo traición,

por descuido, á su afectada misantropía,--me recibió tan bien, que... no

sé... parece que Dios le ha tocado al corazón, que le ha dicho algo de

mí. Estuvo amabilísimo... encantado de verme por allí... sintiendo mucho

no tenerme á su lado... decidido á llevarme...

--Vamos; no dirás ahora que no tienes esperanza.

--Ninguna, mujer, absolutamente ninguna (recobrando su papel). Veras

cómo todo se queda en jarabe de pico. Si sabré yo... ¡Tenlo por cierto!

¡No me colocan hasta el día del juicio por la tarde!

--¡Ay, qué hombre! Eso también es ponerle á Dios cara de palo. Se podría

enojar y con muchísima razón.

--Déjate de tonterías, y si tú esperas, buen chasco te llevarás. Yo no

quiero llevármelo; por eso no espero nada, ¿sabes? Y cuando venga el

golpe me quedaré tan tranquilo.

Luisito llegó cuando sus abuelos discutían acaloradamente si debían

abrigar ó no esperanza, y dió cuenta de la puntual entrega de todas las

cartas. Tenía hambre, frío, y le dolía un poco la cabeza. Al regreso de

la excursión se había sentado en el pórtico de las Alarconas; pero no le

_dió aquéllo_, ni la visión tuvo á bien presentarse en ninguna forma.

_Canelo_ no se apartaba de doña Pura, siguiéndola del despacho á la

cocina, y de ésta al comedor, y cuando llamaron á comer al dueño de la

casa, como éste tardara un poco en salir, fué el entendido perro á

buscarle y con meneos de cola le decía: «Si usted no tiene gana, dígalo;

pero no nos tenga tanto tiempo espera que te espera».

Comieron con regular apetito y bastante buen humor, y de sobremesa

Villaamil se fumó, saboreándolo mucho, un habano que el señor de Pez le

había dado aquella tarde. Era muy grande, y al tomarlo, el cesante dijo

á su amigo que lo guardaría para después. Aquel cigarro le recordaba sus

tiempos prósperos. ¿Sería tal vez anuncio de que los tales tiempos

volverían? Dijérase que el buen Villaamil leía en las espirales de humo

azul su buena ventura, porque se quedaba alelado mirándolas subir en

graciosas curvas hacia el techo del comedor, nublando vagamente la

lámpara.

Por la noche tuvieron gente (Ruiz, Guillén, Ponce, los de Cuevas,

Pantoja y su familia, de quien se hablará después), y se formalizó el

proyecto iniciado el mes anterior, de representar una piececita, pues

algunos amigos de la casa tenían aptitudes no comunes para el teatro,

sobre todo en el género cómico. Federico Ruiz se encargó de escoger la

pieza, de distribuir los papeles y dirigir los ensayos. Se convino en

que Abelarda haría uno de los principales personajes, y Ponce otro; pero

éste, reconociendo con laudable modestia que no tenía maldita gracia y

que haría llorar al público en los papeles más jocosos, reservó para sí

la parte de _padre_, si en la comedia le hubiera.

Cansado de tales majaderías, D. Ramón huyó de la sala buscando en el

interior obscuro de la casa las tinieblas que convenían á su pesimismo.

Maquinalmente entró en el cuarto de Milagros, donde ésta desnudaba á

Luis para acostarle. El pobre niño había hecho tentativas para estudiar,

que fueron completamente inútiles. Le dolía la cabeza, y sentía como el

presagio y el temor de la visión, pues ésta, al par que le daba mucho

gusto, causábale cierta ansiedad. Se fué á acostar con la idea de que le

entraría la desazón y de que iba á ver cosas muy extrañas. Cuando su

abuelo entró, ya estaba metido en la cama, y su tía le hacía rezar las

oraciones de costumbre: _Con Dios me acuesto, con Dios me levanto_,

etc... que él recitaba de carretilla. Con brusca interrupción se volvió

hacia Villaamil para decirle: «Abuelito, ¿verdad que el Ministro te

recibió muy bien?»

--Sí, hijo mío--replicó el anciano, estupefacto de esta salida y del

tono con que fué dicha.--¿Y tú por dónde lo sabes?

--¿Yo?... yo lo sé.

Miraba Cadalsito á su abuelo con una expresión tan extraña, que el pobre

señor no sabía qué pensar. Parecióle expresión de Niño-Dios, la cual no

es otra cosa que la seriedad del hombre armonizada con la gracia de la

niñez.

--Yo lo sé... lo sé--repitió Luis sin sonreir, clavando en su abuelo una

mirada que le dejó inmóvil.--Y el Ministro te quiere mucho... porque le

escribieron...

--¿Quién le escribió?--dijo con ansiedad el cesante, dando un paso hacia

el lecho, los ojos llenos de claridad.

--Le escribieron de ti--afirmó Cadalsito sintiendo que el miedo le

invadía y no le dejaba continuar. En el mismo instante pensó Villaamil

que todo aquello era una tontería, y dando media vuelta se llevó la mano

á la cabeza, y dijo: «¡Pero qué cosas tiene este chiquillo!...»

Miau · 第 13 / 49 题